Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela contemporánea, cuya autora y biografía se publicarán al final. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro. Creada para el blog de Doris Cullen - Advertencia: Lenguaje adulto.
REGALO
Isabella
A la mañana siguiente, tomo un baño, me cambio rápidamente, y me detengo en una tienda de mascotas, en un impulso para hacer una compra. No sé por qué quiero hacer esta compra en particular, pero mi madre siempre ha sido del tipo de mujer que tienen pequeñas sorpresas dulces para mi padre. No sé si es su manera de decir gracias por algo bueno que él hizo o simplemente la forma en que la hacía sentir que lo valoraba en el día a día. Quiero conseguir algo para Ed, pero sé que no sería adecuado. Pero cuando el deseo de darle a Jake alguna pequeña cosa me golpea, decido no luchar contra la idea.
Una vez que llego a la oficina de la campaña, salgo del ascensor y veo a Ed en el pasillo. Inmediatamente mi cuerpo responde: mi pulso salta, mis pezones se aprietan y mi coño se contrae.
Lleva pantalones vaqueros oscuros y un suéter de cachemira gris oscuro de aspecto suave que contrasta notablemente con el pelo. Está hablando con su mánager web de la campaña cuando me ve. Se detiene a mitad de frase, y mi corazón tartamudea cuando me sonríe.
Sus ojos se ven más cálidos y hay algo más en su mirada, casi como protectora.
Continúa hablando con el chico que —rebosando positivamente de esa confianza que parece aferrarse a él como una segunda piel— y me dirijo a mi silla. Exhalo y echo un vistazo alrededor de mi escritorio desbordado de cartas, diciéndome que tengo que ponerme al día.
Aquí todo el mundo es inteligente, va a la velocidad del rayo, y tiene ganas de mayoría de ellos son confiados y también un poco más experimentados que yo.
Los he visto responder sin esfuerzo una llamada tras otra, una carta tras otra, un correo electrónico tras otro. Me pongo sentimental con estas cosas. Me he encontrado necesitando una caja de pañuelos de papel para cubrir mi respuesta cuando leo las cartas. Hay casos tan apabullantes. Hay tanta necesidad y tanta confianza en que Ed hará posible el cambio.
Después de todo un día, y todavía no sé cómo responder a la carta de este pequeño.
Me he ocupado de la mujer en la fundación de mi madre, pero nunca de ninguna persona menor de dieciocho años. Hay algo acerca de alguien más joven que tiene dificultades que me llega doblemente.
—Lee esta carta —le digo a Eric, cuya mesa está a unos pocos metros de distancia de la mía.
—¿Qué pasa con ella?
—Me gustaría preguntarle a Edward si podría intentar visitarle…
—¿Qué? De ninguna manera. Él tiene cuatrocientos compromisos para hablar esta semana. No tiene tiempo para todo y todos. Tenemos miles de cartas como esa en estas pilas. Sólo responde en forma genérica y vas a por la siguiente.
Camino a mi escritorio, descontenta con la sugerencia de Eric.
Se inclina en su silla y mira en mi cubículo por un momento, y estoy segura de que estaba tratando de echar un vistazo a mis tetas mientras me inclinaba para llevarme mi silla. —¿Qué importa pedírselo? Es sólo uno entre miles —me pregunta, poniendo sus ojos en blanco.
Sacudo la carta en el aire. —Es importante para éste.
Volviendo a las cartas en mi escritorio, la dejo a un lado y agacho la cabeza para seguir respondiendo a mano.
Estimada Kim,
Edward está muy conmovido por tu carta y le gustaría que recibieras sus mejores deseos en tu graduación. Por favor, acepta este conjunto de marcadores de libro así como las más sentidas felicitaciones de él y todo su equipo de campaña. Estoy segura de que podemos esperar grandes cosas de ti en el futuro.
Saludos Cordiales, Isabella Swan, asesora decampaña.
Unas pocas horas después, Carlisle nos convoca a una reunión. Cojo una libreta amarilla y me levanto para seguir a mis compañeros de trabajo hacia la sala de conferencias.
Ed está observando cada paso mientras entro en la habitación donde nos informan de la nueva estrategia de campaña. Cuando todos se van, los nervios se comen las paredes de mi estómago cuando voy a mi escritorio, cojo mi compra de esta mañana, y me dirijo a la esquina del edificio donde Ed ha erigido su oficina.
Él ya está detrás de su escritorio cuando entro.
—Te traje un regalo.
Se inclina atrás en la silla y nos miramos, y la mera forma en que me mira hace que mi estómago se cierre y mi sexo se apriete.
—No es para ti, es para Jake. —Tartamudeo mientras me explico.
Se asoma a la caja, ve el collar azul, rojo y blanco con el colgante de metal unido, y lo levanta en una mano. —Un collar anti pulgas. —Toca el collar anti pulgas con un dedo—. Gracioso.
Aprieto mis labios para no reírme.
—¿Cómo estás esta mañana? —Pone el collar contra pulgas a un lado en su escritorio, en el que tiene una foto de su padre, su madre, y de él mismo.
—Estoy absolutamente fabulosa, señor Cullen —digo efusivamente, presionando las carpetas contra mi pecho.
—Ed. —Enuncia claramente cada letra.
—Ed —digo.
Su sonrisa llega hasta sus ojos—. Buena chica, has obtenido una A hoy.
—Tú una M de mandón. Ed.
Me giró, y cuando miro por encima de mis hombros, él está cogiendo un par de gafas para leer y mirando la propuesta de Carlisle sin dejar de apretar los labios como si algo le molestara.
Se ve elegante, tranquilo e intelectual mientas lee con sus gafas puestas, con aire ausente pasando sus dedos por su cabello. Ahí es cuando le veo levantar su cabeza y mirar el collar que compré para su perro, sus labios curvándose.
Sólo un poco.
He visto a Ed en la sede de campaña todos los días. Al principio sonreía y me miraba directamente, pero últimamente parezco invisible para él. Mira por encima de mi hombro cuando le pregunto algo, respondiendo cortante con comentarios cortos como: — Es bueno, lo aprecio.
Ayer, su mirada cayó a un pasador que llevaba puesto y que fue puesto a la venta en la conmemoración de la presidencia de su padre, un círculo de oro con un
águila en él y un lema latino grabado debajo. Lo compré en el momento en que salió y la edición limitada se agotó en cuestión de horas. La oscura mirada en sus ojos me confunde. Parece disgustado, o casi. Coge la carpeta que le doy y se aleja, mirándola mientras se dirige a su oficina.
Tras ese encuentro, voy al baño. Reviso mi ropa; no está arrugada o manchada. Paso mis manos por mis pantalones y camisa, tocando el pasador de mi cuello. Me siento insegura. ¿Tal vez piensa que mi persona es lamentable? ¿Tal vez el fantasma de su padre está acechándolo? ¿Tal vez esté insatisfecho con la mala prensa que estoy recibiendo?
Cuando salgo, está hablando con Alice —y mirándola fijamente a los ojos— me doy la vuelta y tomo el camino largo hacia mi cubículo. Alice es vistosa. Tiene algunos años más que Ed pero lleva un porte de modelo y prendas que acentúan su buen cuerpo. Para que me engaño, cualquier mujer que recibe atención de él, me provoca estas reacciones enfermizas de celo e inseguridad.
De vuelta en mi asiento, mi ordenador en suspensión me mira sin nada en la pantalla.
He tratado tanto para colaborar y ser eficiente, y estoy decepcionada porque claramente no está feliz con mi trabajo.
—No te burles de mí —le digo a la pantalla mientras agarro una pila de cartas y continúo leyendo.
Tantas peticiones. Tantas personas esperan el cambio. Tantas personas quieren un pedazo de Ed Cullen.
Mis ojos están cansados. He tomado unas diez tazas de café. Escucho ruidos y le veo en su oficina. No me he percatado de la hora.
Somos los únicos en el edificio. Dos luces en el interior. Le veo pasar una mano por su cara y levantar la cabeza, y yo bajo la mía para que no se dé cuenta de que lo estaba mirando. Comienzo a ordenar mi escritorio. No quiero que piense que me quedé para estar a solas con él.
Mi estómago se retuerce mientras oigo pasos. Debería haberme marchado.
La energía de Edward comienza a envolverme, y siento mis latidos acelerarse mientras le escucho agarrar la silla del cubículo de al lado y traerla para sentarse junto a mi.
Pone su café junto al mío, y una carpeta, y sus gafas de lectura—. ¿No hay café? —Levanta mi taza vacía.
—Si tomo una más nunca voy a dormir otra vez en la vida —gimo, y se ríe, una risa agradable, y toma mi taza y se va para llenarla.
La pone en el mismo lugar que antes. Al lado de la suya.
Luego toma el asiento a mi lado, y no puedo concentrarme ni un momento. Soy súper consciente de él, de que no hay nadie más en el edificio, excepto nosotros.
Ed tiene una manera de ocupar más espacio que su cuerpo. Se mueve para apoyar los codos sobre sus rodillas, y mi corazón se tropieza ante su cercanía. — Oye. ¿Por qué sigues aquí, Isabella?
—Es mi cubículo.
Sonríe con sarcasmo y sólo me fulmina por ser una listilla.
Soy demasiado consciente de él sentado allí, con los contornos de sus hombros presionando contra el tejido negro, del aspecto suave de su camisa.
—Estaba tratando de terminar este montón de cartas. Paso el tiempo. No me he dado cuenta. —contesto por fin, cogiendo el bolígrafo y pretendiendo volver a trabajar.
No puedo.
Él me está mirando.
—Estoy bastante seguro de que no acordaste ayudarme para poder pasar toda la noche respondiendo cartas —dice.
—Tal vez sí. —Entrecierro mis ojos. —Sabes que me tomo muy en serio la correspondencia.
—Cuando recibes una carta de una chica que acabas de conocer, y que pasado
los años perdura en tu cabeza por solo lo que escribió; pues es seguro que debo
tomarla muy en serio.
—Puse perfume en la carta —por supuesto que iba en serio —digo con malicia—. A pesar de que parece que tú no lo decías en serio cuando dijiste que no querías ser Presidente cuando nos conocimos por primera vez.
—Sí, bueno. —Una risa se eleva hasta su pecho, y pasa una mano por su pelo.
—Cambiaste de opinión —digo.
—Se podría decir que maduré la idea. Toma tiempo reunir el valor de creer que puedes hacerlo. Luego toma más tiempo creer que puedes hacerlo mejor que nadie.
Parece estar en calma, como si él no tuviera nada que ocultar, con ojos cálidos y simplemente… amigable mientras se inclina hacia atrás y pasa su brazo por detrás de la silla mientras se mueve. —Me quedé pensando ¿si no soy yo, entonces quién? Si no es ahora, ¿cuándo? —Mira por la ventana del otro extremo antes de mirarme de nuevo—. Me gustaría cambiar las cosas. Todavía hay desigualdad, sigue existiendo la necesidad de puestos de trabajo, aún hay demasiados con ambiciones egoístas. Todos somos lobos salvajes que fueron alimentados en el umbral
demasiado tiempo y se olvidaron de cómo cazar. ¿Dónde están los trabajadores que construyeron a América? ¿En el desempleo?
Suena tan apasionado, y él está tan cerca, me quedo sin aliento un poco. — Me encanta cómo eres proactivo con lo de los trabajos.
—Debido a que nada se siente tan bien como un día bien invertido en hacer algo bien. —Sus ojos bajan hacia mis labios por un momento minúsculo. —En realidad, nada. Excepto unas pocas cosas preciosas.
Ninguno de los dos nos reímos.
De hecho, el aire se siente un poco cargado, un poco eléctrico.
Quiere besarte, susurra una parte de mí.
No, Isabella , ¡quiere sexo!
Me siento enrojecer ante eso, consciente de que Edward me está mirando como si estuviera disfrutando inmensamente. He dejado el bolígrafo y le miro—. Lo que dijiste el otro día, de que nunca serías capaz de confiar en alguien que no muestre nada. Hay tantas historias sobre tu familia y tú… ¿Son todas reales?
—Créeme. No son tan interesantes como podrías pensar que lo son.
—¡No es cierto! —Protesto—. Todas son fascinantes.
Sonríe. Se mueve hacia adelante. —Tú eres fascinante —susurra. Casi me ahogo. —Todo de ti me parece fascinante. Incluso el hecho de que estás sentada aquí ahora a esta hora.
—Tú también —contrarresto.
—Soy el candidato.
—Y eres mi candidato. Por lo tanto estoy aquí.
La palabra mi se siente un poco diferente cuando se la digo a él. La idea de que Ed podría ser cualquier cosa mía es simplemente alucinante, por no decir improbable.
Pero podría ser mi Presidente. Él fue mi primer amor.
Él es mi jefe, y mi candidato.
Y ahora mismo es mi aliento, porque nunca nada se ha sentido tan emocionante para mí como este hombre, este hombre en este momento, bebiendo
su café, reclinándose en su silla, mirándome con esos perezosos ojos, como si no tuviera ninguna intención de ir a ninguna parte.
Como si lo que ocurrió cuando nos encontramos, caminando juntos, también fuera una especie de conexión para él.
—¿Es cierto que tenías un chimpancé en la Casa Blanca? ¿Te lo regaló un embajador extranjero? —Pregunté.
Admito que soy adicta a hablar con él, a aprender más sobre él.
—Baboo. Tenía seis meses de edad cuando me la dieron.
—¿Oh, enserio? ¿Todas tus novias en la universidad estaban terriblemente celosas porque ella conseguía vivir contigo? Ni siquiera puedo seguir el ritmo de todas esas novias. Christina Aguilera, Jennifer —¿Quién era en realidad tu novia?
Ed coloca su taza de café, una sonrisa se dibuja en sus labios. —Ninguna. Ambas son mis amigas. Mis años de la Casa Blanca me enseñaron a controlar todos mis pasos y después… digamos que me gusta ser el cazador en la relación. —Me mira con malicia—. ¿Y tú, Isabella?
—Oh, no. —Niego, riendo—. Mis padres han renunciado a hacerme salir con alguien que tenga algún tipo de entidad política prometedora. Simplemente no he encontrado al chico adecuado.
Hay un silencio.
Edward parece extrañamente satisfecho. Se inclina hacia delante. Tan cerca que su hombro toca el mío, y una parte de mí se pregunta si es a propósito.
—¿Quieres? —Su voz es profunda y tranquila. Levanta su mano y mete un mechón de pelo detrás de mi oreja, casi como lo hizo cuando estábamos trotando juntos, y un escalofrío caliente atraviesa mi espalda.
Mi corazón está dando vueltas en mi pecho mientras nos miramos fijamente el uno al otro y Ed baja su mano, sin dejar de mirarme con sus párpados entrecerrados.
—Por supuesto, todo el mundo quiere encontrar eso. Soy realista, pero sueño con encontrar lo que mis padres tienen.
—¿Entonces por qué no…? —dice, su mirada acariciándome.
—La mayoría de los políticos son viejos, estirados, o aburridos. Se ríe, un sonido rico y profundo.
Cuando se serena, su voz cae un decibelio. —Lo bueno es que yo soy un abogado y un hombre de negocios, y no un político. Porque no soy un estirado, y definitivamente no soy aburrido.
Mi garganta se seca. Oh Dios. Él sin duda no es nada como los políticos que he visto, incluso con los Kennedy.
Pero no estás disponible, pienso para mí misma, aunque de alguna manera me siento demasiado cohibida como para decirlo.
Un silencio se instala entre nosotros. Siento que mis pezones se tensan y temo que Ed, con una mirada hacia abajo, se dé cuenta. Entre mis piernas siento calor y mi sexo se aprieta, y estoy desesperada por deshacerme de la necesidad de alivio.
Me toma un momento y una respiración profunda para obtener control sobre la tensión sexual que hay entre nosotros. Recuerdo por qué estoy aún aquí, trabajando tan tarde, reelaborando un itinerario en el que ya había trabajado hace un par de días. Busco debajo de mis papeles para sacar un sobre, mirando inquisitivamente a sus ojos.
—¿Leerías esto?
Antes de pensarlo, estoy extendiendo mi mano.
Toma un sorbo de su café ausentemente y rápidamente lo pone a un lado. Luego coge sus gafas, se las pone y saca la carta. Nuestros pulgares se rozan mientras lo hace, y mi vientre vuelve a apretarse profundamente.
Sonríe, como si definitivamente lo hubiera hecho a propósito.
Pero su sonrisa se desvanece mientras Ed mira la carta. Sé lo que dice de memoria. Me ha tocado profundamente.
Estimado Edward Cullen ,
Estoy muy feliz de que te estés presentando para ser Presidente. Mi madre se preocupa de que algo pueda pasarte por lo que creo que eres muy valiente. Soy muy valiente también. Tengo siete años y conseguí un nuevo tratamiento experimental para mi leucemia llamado PCL. Pregunté si también podía matarme. Pero mi padre dice que alguien tiene que ser el que lo pruebe y abra nuevos caminos desconocidos como tú.Mi sueño es ira la casa blanca cuando te conviertas en Presidente. Sé que me va a ir muy bien con este tratamiento ya que espero ir allí con cada una de mis respiraciones. Así que, ¡gana Ed ! Ah, y mi nombre es Edward también, mis padres me pusieron tu nombre.
Ed
—¿Visitarías a este chico? —Pregunto. Ed se quita las gafas y me mira.
Sólo me mira.
Con tanta atención y como si pudiera ver todo lo que soy, siempre he sido y lo que siempre seré.
Rápidamente saco el horario de la semana siguiente y mi propia versión del mismo. —Es hijo de una de las mujeres de Mujeres por el Mundo. Reconocí su nombre en el sobre de envío. Creo que lo puedo encajar antes de que nos vayamos de D.C. —están tratándolo en el Children's National de Michigan Northwest.
Pongo mi nueva versión de su calendario para que lo vea.
Pero no se fija en el calendario. Sólo en mí. Su voz es suave pero más profunda que antes.
—Es por eso que estás aquí tan tarde; estás tratando de encajar esto —dice. Es más una afirmación que una pregunta.
Me muerdo el labio mientras un destello de admiración aparece en sus ojos.
Desliza el calendario sobre la mesa de nuevo hacia mí sin ni siquiera mirarlo.
—Me gustaría ir.
Sonrío, mi pecho henchido de felicidad.
Me lanzo hacia adelante y le doy un abrazo y un beso dulce pero casto en la mandíbula. —¡Gracias! ¡Muchas, muchas gracias!
Mientras mis labios tocan su mandíbula, de repente su olor me está rodeando en un manto de colonia elegante y jabón. Comienzo a retroceder, sorprendida por mi propia acción impulsiva. Me doy cuenta de que sus manos cayeron a mi cintura, agarrándome suavemente pero con firmeza. Me mira con una ligera sonrisa en sus labios, y le miro; nuestra sorpresa mutua ante mi impulsividad se convierte en otra cosa.
Compartimos un momento de comprensión silenciosa, una conexión más poderosa que cualquier cosa que haya sentido.
La soledad del edificio de repente se vuelve aún más pronunciada. El calor de su cuerpo. Las vetas oscuras en sus ojos, los irises dilatados, el grosor de sus pestañas, y muy especialmente, la mirada en sus ojos.
Soy consciente de la admiración en su mirada cuando levanta su mano y me roza la mejilla con la yema de su dedo pulgar. Aguanto la respiración, con dolor por su cercanía, por establecer esta conexión física que siento, su cálido aliento contra
mi piel. Pasa su pulgar por mi mejilla una segunda vez, y luego, como si eso no fuera suficiente, sus labios le siguen. El toque más débil, mil veces más potente que una sesión de besos con nadie. —De nada. —Su voz es ronca.
Mientras me separo, parece que no podemos dejar de mirarnos. Sonríe de nuevo, sus ojos como metal líquido y demasiado caliente, y sonrío tímidamente en respuesta. Y de alguna manera esta es la sonrisa más honesta y la más íntima que alguien alguna vez me ha dirigido y que le he dirigido a nadie.
Supongo que debería sentirse incómodo, pero sólo se siente más agudo al siguiente minuto. El sonido de su respiración y el roce de la ropa mientras coge sus cosas de vuelta a su oficina, el timbre de su voz cuando me dice que si he terminado, que ha acabado y que puede llevarme a casa, el contorno de su cuerpo cerca del mío mientras me ayuda con mi chaqueta.
Voy en la parte de atrás del Lincoln negro con él, su chófer, Sam, nos lleva. La mirada de Ed cae abajo de repente.
Suavemente se apodera del pasador del águila de mi pecho. Acaricia el águila con la yema de su dedo pulgar. Una vez, eso es todo.
—Siempre usa esto —dice.
Una sonrisa ridículamente atractiva curva sus labios, pero esta vez, sus ojos no están sonriendo. Busca mi expresión con curiosidad. Y su sonrisa cae. Todavía está sosteniendo el pasador. Mantengo mi respiración, esperando más de esos toques, más de él.
Pero sé lo ridículo que es pensar en tener algo con él.
Está tan destinado a ganar, sé que lo último que necesita en este momento es una distracción como yo.
—Me recuerda a los viejos tiempos —contesto finalmente, tratando de empujar hacia abajo el grueso anhelo en mis venas—. Los que traerás de vuelta.
—Estoy listo.
Sonreímos. Hasta el aire entre nosotros parece estar en llamas.
—Buenas noches, Ed.
Alargo mi mano hacia la puerta, pero él se inclina encima de mí y pone sus dedos sobre los míos, abriéndola por mí, su calor envolviéndome de nuevo, sus dedos deslizándose sobre los míos, acariciándome como una pluma.
—Buenas noches, Bella.
Él mira entre las sombras del coche, sus ojos bailando de la forma en que lo hacen a veces cuando hago algo que le divierte, todavía siendo el chico del que valía la pena enamorarse cuando tenía once años.
¿Puede ver lo mucho que me he sonrojado al sentirlo llamarme así?
Por supuesto que puede.
Llego a mi apartamento y mis pies duelen, me duele la espalda, me duele el cerebro. Me siento demasiado agotada como para hacer otra cosa que no sea quitarme los zapatos, estirar los brazos hacia fuera, y caer plana, boca abajo en la cama. Pero no puedo dormir. Sus magníficos ojos con motas doradas siguen mirándome.
Y están mirándome como un hombre mira a una mujer que desea. Ed me está mirando como si él me quisiera.
No puedo dejar de pensar acerca de la forma en que impulsivamente me arrojé sobre él y le di un beso. La forma en que olía, como se sentía, tan cálido, masculino y fuerte. Estoy inquieta ese fin de semana y llamo a Emily para que venga al apartamento.
—¿Así que, como va todo?
Empujando la idea de haber querido besarlo, pienso en lo bien que se siente estar haciendo campaña con él. —Increíblemente bien —admito.
—¿Es tan delgado, guapo, alto y atlético como se ve en la televisión?
—La televisión no puede capturar con precisión su carisma en persona. Él es... él sería atractivo, con su rostro únicamente, pero combinado con su personalidad y su energía es una especie de super hombre. —Estoy hambrienta, comiendo mi cena de prisa para poder ir a dormir pronto.
—Está presentándose para Presidente. ¡Tú mega enamoramiento de la infancia y el mío! —Emily coge el mando a distancia y escoge el primer canal. Está en la pantalla, tan atractivo como lo es en persona.
—¿Qué dicen los republicanos? —Le pregunto.
—Se están cagando en sus pantalones.
—¿Y los demócratas?
—Cagándose en sus pantalones.
Ella suspira y se despliega en mi sofá. —Nunca ha votado por un candidato independiente en mi vida, pero ésta es la mía. ¡Cullen a por la victoria! —Me
mira—. Te extrañamos en Mujeres por el Mundo. ¿Estás pensando en volver después de la campaña?
—Por supuesto.
—¿Por qué dejaste MPEM del todo?
—Porque él es lo que Estados Unidos ha estado esperando. Nos lo merecemos. Debo dar todo mi tiempo a ayudar a conseguirlo.
—Odias ser el centro de atención, a pesar de que en secreto admiras lo bien que tu madre lo lleva.
—Soy tímida. —Me encojo de hombros—. No es tan fácil para mí como para mi madre. Pero quiero estar allí cuando él pateé culos.
—¿Qué hay de nuestro viaje a Europa este año? —Pregunta Emily.
Me uno a ella en el sofá, suspirando mientras miro hacia el techo. —Podemos ir a Europa en cualquier momento, pero Edward Cullen no se presenta para ser Presidente cada día.
—El padre del bebé perfecto y todas las mujeres lo saben. Si no le puedes tener en tu cama o cuidando de tus hijos, al menos déjale ser nuestro jefe al mando.
—Comandante en jefe —la corrijo.
—Puede ser cualquier cosa que quiera. Gimo y me río.
NUEVO CAPITULO
CORRIENDO EN EL MISMO CAMINO
Isabella
En realidad no me había dado cuenta de que me estaba metiendo en un trabajo de tan alta tensión cuando le dije que sí. ¿Quieres ayudar a la gente, tener tiempo limitado, y no poder ayudar a todos de la forma en la que quieres? Genera frustraciones reprimidas enormes. Tengo problemas de desahogo.
Me dirijo para una rápida carrera mañanera y está allí. Edward es el tipo más tranquilo que conozco, uno que puede mantener la calma durante la adversidad. Mientras que el mundo está revolucionado por las noticias, y la televisión sigue repitiendo su anuncio, él está estirando sus cuádriceps.
Una gorra cubre mi pelo, que está retorcido bajo ella. De alguna manera aun así me reconoce, sus cejas se elevaban sólo una fracción cuando nuestros ojos se encuentran. No lleva una gorra, su pelo se mueve por el viento, y la remera que lleva está presionada contra su torso definido.
No sólo presentándose para ser Presidente, también correrá en la maratón de TCS en Nueva York. A pesar de que ya es una gran maratón, las inscripciones se han disparado dado que los rumores de su participación han sido filtrados. —Es peligroso, Ed —le había advertido Carlisle justo esta misma semana.
Ed rió. —No estoy en esta campaña por el miedo —el miedo no tiene lugar cuando decides gobernar un país.
—¡Temerario! —Insistió Carlisle.
Ed se levantó de su escritorio y golpeó amistosamente la espalda de su jefe de campaña, negando, frunciéndole el ceño. —Relájate. Es sólo una maratón. Además, correr me ayuda a mantener mi cabeza fría.
Meto mi cara debajo de la gorra hasta que corro a su lado con un breve gesto de reconocimiento.
Oigo sus ligeros y ágiles pasos corriendo detrás de mí mientras se pone a mí altura, y me quedo un poco más sin aliento cuando le veo en mi periferia.
—Buenos días, Isabella.
—Buenos días —digo en voz baja, tratando de mantener mi ritmo. Corremos en silencio durante el resto de la hora.
Esto ha estado ocurriendo todos los días, durante casi dos semanas. Parece que estamos… corriendo juntos. No a propósito, sin embargo. A los dos parece que simplemente nos gusta correr a estahora, en esteparque, todos los días.
—¿Tienes algo de tiempo libre esta mañana en la oficina? —Pregunta.
—Tengo una agenda apretada.
—Nunca demasiado llena para mí. Mis labios se tuercen irónicamente.
Sus labios se tuercen irónicamente también. —Tenemos algunos asuntos que discutir contigo.
—¿Qué tipo de asuntos? —Pregunto con recelo—. ¿Tuyos o míos?
—¿No es lo mismo?
Dejo de correr, curiosa —más curiosa que nuestros gatos, como dice mi madre. —¿Qué?
Él ríe. —Paciencia, saltamontes. Voy a hacer que Carlisle lo gestione por ti.
Echo un vistazo a su enorme perro negro, que se ha sentado inmediatamente de manera protectora a su lado. Sonrío. —¿Le gusta su collar anti pulgas?
Él mira al perro como si sólo ahora se diera cuenta de que parece poderosamente cómodo con él. Sonríe, después pone un dedo en el final del collar.
—Vamos, Jake. —Se dirige hacia el coche—. ¿Quieres que te llevemos?
—Estoy bien, gracias.
Viéndose decepcionado, abre la puerta y entra, y se van.
Me quedo, estirándome un rato, y no parezco poder evitar repetirme nuestras conversaciones y sonreír. ¿Por qué sigo corriendo en este parque? ¿Por qué sigue él corriendo en este parque? ¿Por qué de repente es importante para mí saberlo?
Sabía que iba a ser desafiada de muchas maneras cuando tomé el trabajo, pero nunca imaginé que me fascinaría tanto no sólo los aspectos de la campaña, sino el mismo candidato. Es un hombre que podría, en menos de un año, ser nuestro Presidente. El conocimiento sobre nuestro país y una verdadera comprensión de cómo funciona se filtra por sus poros.
Tengo mucha curiosidad de saber más sobre lo que piensa, pero es el hombre más que el candidato, quien me tiene más curiosa.
A la hora del almuerzo, me entero de que la noticia de que Edward le ha pedido a Rosalie que cambie el horario para dar cabida a una petición mía, parece que no ha sentado demasiado bien a algunas de las otras ayudantes femeninas.
—Sabes, nunca nos ha hecho mucho caso a ninguna de nosotras. —Jessica mueve su pelo, obviamente molesta.
—Las familias de Ed y Isabella son cercanas. Ellos se conocían desde niños.
—dice Alice mientras entro.
—¿Oh? —Gira sus grandes ojos cuestionantes en mi dirección.
—Un poco. Lo conocí cuando tenía 11. —digo.
—Ah, así que por eso. —Parece aliviada.
La energía en la sala parece cambiar, y toda la atención va de mí hacia la puerta.
Mis ojos vuelan hacia Ed cuando se detiene en la sección de la pequeña cafetería para sacar una botella de agua. La abre, pensativo mientras mira al grupo de mujeres, a continuación, levanta la cabeza y me ve.
Sonrío y paso a través de la puerta y cuando mi hombro roza el suyo, mi piel crepita acaloradamente.
Distraídamente me paso mi mano por mi brazo mientras vuelvo a mi escritorio.
Estoy mirando a través de mi pila de cartas cuando Carlisle para al lado de mi escritorio.
—Edward quiere que seas su nueva planificadora —dice Carlisle. Me sorprende. —¿Yo?
—Tendrá que estar dispuesta a viajar; visitaremos los cincuenta estados. Es una buena idea que haya sólo un planificador o pueden surgir un montón de
confusiones. Confía en mí, no es divertido tener algo en New Hampshire una hora antes de tener algo en San Francisco.
Me quedo boquiabierta.
—Vamos a ver como funciona. Se espera mucho de ti para los siguientes meses — empieza Carlisle.
Me informa dentro de una habitación de tres por tres sobre mis funciones como planificadora política.
—Como nuestra única planificadora, debes supervisar toda la agenda de Ed durante toda la campaña. Vas a tener ayudantes políticos y equipos avanzados para organizarte, reservaras su tiempo de ejercicio en el gimnasio, sus comidas, su médico, tendrás que asegurarte de que los aviones y los autobuses están equipados con elementos esenciales, organizarás los mítines y cada uno de sus compromisos sociales y personales para el resto del año. Necesitamos un buen equilibrio entre todos sus compromisos. ¿Crees que puedes hacer eso?
Mi cabeza da vueltas, pero me esfuerzo para responder. —Yo… si Ed piensa que puedo, puedo —digo con valentía.
Me mira seriamente. —Para ser claros, un error de planificación podría costarnos toda la campaña. Cada minuto y segundo deben tenerse en cuenta. El planificador de su padre permaneció en la sede durante su campaña, pero Ed quiere un enfoque más práctico.
Parece preocupado por mi capacidad para hacer el trabajo, por lo que yo asiento con más fuerza de la necesaria.
—Rosalie estará en la coordinación de prensa, pero puede ayudar si te atascas en cualquier parte del proceso; ella te ayudará con cualquier pregunta que puedas tener.
Ed entra a ver a Carlisle, y cuando mi brazo roza el suyo mientras paso por la puerta, mi piel crepita acaloradamente de nuevo.
Paso mis dedos por encima de la piel que hormiguea en la parte superior de mi brazo mientras me dirijo a la mesa cuando la asistente de Carlisle se acerca.
—Isabella … —Señala en dirección a la planta donde Ed tiene su oficina—
. Vas a estar aquí ahora, frente a la oficina del candidato Cullen.
Trago, después empiezo a reunir mis cosas personales, más determinada que nunca en marcar una diferencia y probarme. Yo puedo.
