Disclaimer: Los personajes no son míos, pertenecen a Rumiko Takahashi. Además, la imagen de dicha historia tampoco es mía, es de Sakuban.
NA: Realmente siento el retraso, pero llevo unos días de bajón y se me ha hecho difícil el escribir algo de humor. Aún así he intentado hacer lo mejor que he podido. (Al final ha sido más largo, a modo compensación por la falta de historia la semana pasada).
¡Espero que os guste y os saque una sonrisa!
9. Questions
Llevaban horas en el mismo sitio. Ambos sentados frente al fuego, Inuyasha recostado sobre el tronco de un árbol y Kagome sentada sobre su saco de dormir encarando al hanyô. Había sido una tarde tranquila y la noche parecía que sería igual. Sólo se escuchaba el río que había cerca del campamento y algún ruido entre los arbustos cuando un animal corría entre el follaje.
El resto del grupo había partido hacia la aldea de los exterminadores a fin de reparar sus armas y recolectar algunos víveres necesarios. Pero la colegiala y el semidemonio se habían quedado atrás, esperando la vuelta de lo demás.
Habían intentado matar las horas jugando a las cartas, pero al ser sólo dos, pronto se hacía monótono. Así que habían optado por probar a "qué preferirías". Al principio era divertido, pero un hanyô con una mente retorcida y una Kagome con un estómago delicado, no había sido una buena combinación. Esta no había podido mantener el ritmo, ya que en varias ocasiones las arcadas habían sido tan prominentes que pensaba que iba a vomitar allí mismo. Así que la muchacha había sugerido jugar al "verdad o reto". Los retos eran aburridos, ya que estaban en medio de la nada y sólo eran dos, así que habían acabado jugando sólo a verdad con la regla de no volver a repetir la misma pregunta. Era una gran oportunidad de aprender sobre el otro cosas que hasta el momento desconocían.
Pronto harían dos meses desde que se habían confesado la atracción que sentían el uno por el otro. Todo había sido como siempre, una pelea entre ambos, ella volviendo a su tiempo y el detrás de ella buscando el perdón (aunque nunca lo admitiría). Y una cosa llevó a otra, y entre gritos se dijeron que se querían. Luego vinieron un par de días de vergüenza y evasión, pero el tiempo todo lo cura.
Y allí se encontraban, pasando tiempo como pareja y conociéndose mejor. Inuyasha había empezado a cortejarla, o eso le había explicado él sobre las costumbres de su especie, y empezaban a familiarizarse con el otro como pareja. Eran felices.
Al menos, hasta que habían empezado con lo de verdad. Las preguntas habían empezado inocentes, queriendo saber pequeños detalles sin importancia, pero a medida que cogían más confianza, las preguntas cambiaron a ser algo más comprometedoras.
Kagome se acercó más hacia el fuego buscando calor. Inuyasha la miró de arriba a bajo contemplando a su prometida mientras meditaba qué pregunta podría ser la próxima.
—¿Son tan grandes cómo parecen?— Preguntó sin tacto, el hanyô.
Kagome lo miró con curiosidad, tratando de descifrar a qué se refería.
—¿El qué es tan grande?— Preguntó entrecerrando los ojos—. ¿A qué te refieres?
—Tus pechos—. Contestó como si fuese obvio—. ¿Son tan grandes cómo se ven a través de la camisa?
—¡Inuyasha!— Exclamó avergonzada.
Las mejillas de la azabache se colorearon hasta tal punto que creía que de un momento para otro entraría en combustión. Inuyasha la miraba con intensidad, esperando su respuesta.
—¡Por supuesto que lo son! ¿Qué crees? ¿Que llevo calcetines o algo por el estilo para hacerlas más grandes? ¡Pues claro que son naturales!— Gritó mientras se las cubría con los brazos.
Inuyasha sonrió pícaramente al escuchar su respuesta. Eso lo hacía muy feliz, sin duda. Y más teniendo en cuenta que sólo él podría comprobarlo de primera mano. Mientras, Kagome se removía inquieta, intentando hacerse pequeña.
Debía vengarse.
—¿Todo el vello de tu cuerpo cambia de color durante tus transformaciones?— Preguntó la muchacha de vestida de uniforme.
—¡¿Cómo?!— Gritó Inuyasha, mientras se quedaba con la boca abierta.
—Ya me has oído, chico perro—. Continuó Kagome—. Siempre he tenido curiosidad.
Los ojos de Inuyasha se agrandaron y tomaron un brillo especial ante lo atrevida que estaba siendo Kagome. Jamás se le habría pasado por la cabeza que esa jovencita tuviese pensamientos tan impuros.
—Sí, que lo hace. Todo el vello de mi cuerpo cambia de color—. Afirmo mientras sonreía con suficiencia al ver el sonrojo de Kagome—. Mi turno. ¿En qué piensas cuando tu aroma se vuelve más picante?
—¿Puedes ser más específico?— Pidió Kagome.
Inuyasha se levantó para sentarse a un palmo de distancia de la muchacha. Se acercó y susurró en su oído.
—En ocasiones, cuando estás subida a mi espalda o cuando ando frente a ti, tu aroma se vuelve más fuerte. Se mezcla con un toque de excitación—. Explicó—. ¿En qué o quién piensas?
Kagome quería morirse de la vergüenza. ¡Maldecía mil veces ese fino olfato que tenía el inuyôkai! La azabache se mordió el labio mientras pensaba su respuesta. Debía ser lo más sincera posible pero sin llegar a dejarse en evidencia y parecer una loca desesperada. ¡Pero llevaban tres años juntos buscando los fragmentos, él y su culo prieto! ¡Era una gran tentación y ella sólo era humana!
—En ti—. Murmuró muy bajo.
Inuyasha la miraba esperando algo más. Kagome se retiró un poco, intentado dejar más espacio entre ellos y hacer que sus neuronas trabajasen adecuadamente.
—A veces— tragó con dificultad—. A veces, me imagino que podríamos estar haciendo si estuviésemos solos. Cosas que no necesitan espectadores.
Kagome sacudió la cabeza intentando despejarla de las imágenes sólo para adultos que empezaban a nublar su mente. Intentó pensar a toda prisa una nueva pregunta para el hanyô, al mismo tiempo que evitaba mirarlo a la cara.
Inuyasha creía que ese ángel que tenía por una persona inocente, era mucho más pervertida de lo que le había dado crédito. Se había imaginado que en esas ocasiones pensaba en cosas para mayores, pero escucharlo por esos labios rojos, era más de lo que un pobre semidemonio podía soportar.
—¿Eres de los que llevan fundoshi o de los que no?— Preguntó Kagome, cortando la línea de pensamiento del peliplateado.
Inuyasha la miró sorprendida. No esperaba para nada esa pregunta. ¿Debía decirle la verdad?
—No—. Respondió—. Son restrictivos y molestos. Mejor tener libertad.
—Oh dios.
Ambos respiraban superficialmente, los ojos brillantes de la emoción y sus cuerpos listos para saltar sobre el otro. Iba a ser una noche interesante.
Después de todo, el juego de verdad no estaba tan mal.
