Disclaimer: YuuYuuHakusho pertenece única y exclusivamente al gran MangaKa Yoshihiro Togashi. Únicamente me considero propietaria de este Fan Fic hecho sin ánimos de lucro.
Sumario: [AU Después de la muerte de una importante miembro de la familia, dos jóvenes deben dar un paso al frente y resolver el misterio de su familia que data de tres generaciones…
Puertas
Capítulo Cuatro
MINAMINO; SHUUICHI
Pese al mal sentimiento que me había estado acompañando desde el momento que pisé el terreno que rodea la casa, no pude evitar enojarme con la "ocupa". Pero a la vez, una extraña sensación de alivio se apoderó de mí, y no pude evitar pensar que prefería mil veces más enfrentarme a una chica sin casa que a unos fantasmas y una maldición terrible. Pero sin embargo ese alivio también había gastado un montón de expectación en vano, así que me enfadé.
Y me enfadé aún más porque Yuusuke parecía llevarse de maravilla con ella.
—¿Y por qué te fuiste de casa? –le estaba preguntando en esos momentos con una mirada llena de curiosidad.
La chica, que sonreía felizmente, ignoraba que estaba maldiciendo a su familia en esos momentos.
—¡Jaja…! Eso es un secreto, un chico como tú no tiene por qué saber nada –decía con su voz cantarilla. Yuusuke rió con ella.
Me pregunté si se daba cuenta de que ella era menor de edad y que, por lo tanto, no podía estar allí. Decidí que era hora de involucrarme un poco.
—¿Cómo te llamas? –le pregunté.
Me miró sorprendida unos instantes y dudó al darme su nombre. Seguro que era porque temía que avisara a las autoridades, cosa que pensaba hacer nada más salir y donde hubiera cobertura.
—Ran… podéis llamarme Ran –dijo de golpe. Fruncí el ceño, me hubiera ayudado tener su apellido, pero tampoco era demasiado relevante.
—Bien… Ran, voy a llamar a la policía y decirles que te lleven a casa.
—¡¡¡NO!!!
Su grito me dejó atónito. Esta Ran parecía haberse transformado de una contenta y despreocupada adolescente a una chica aterrorizada con la perspectiva de volver a casa.
—¿Por qué, Ran¿Qué ha pasado? –preguntó Yuusuke suavemente, con un tono de voz que me sorprendió.
Se había puesto nerviosa. Empezó a caminar de un sitio a otro, nunca demasiado cerca ni demasiado lejos de nosotros dos, agitando las manos frenéticamente y los ojos moviéndose de un lado a otro. Temí que fuera a darle un ataque de pánico en ese preciso instante.
—N-No puedo salir de aquí… –señaló arriba– Estoy… sujeta a este lugar.
—¿Sujeta a este lugar? –preguntó Yuusuke, con los ojos muy abiertos y expresando la misma sorpresa que sentía yo– ¿A qué… a qué te refieres?
—No… No puedo moverme de aquí. Si lo hago, se enfadarían… –dijo, de pronto deteniendo su paso nervioso y sentándose en las escaleras, sus ojos cerrados fuertemente, como si tratara de desconectar de este mundo.
Yuusuke y yo nos miramos. Creo que los dos pensamos la misma cosa. Fuera como fuera, esta chica estaba sujeta a esta maldición. Tal vez… lo pensamos, pero ninguno lo dijo en voz alta, esta chica hubiera escapado de su casa, se hubiera hospedado aquí y hubiera conocido a la maldición de cara. Como Keiko. Y era una suerte que no hubiera acabado como ella… pues tenía la misma edad o aproximada que la de ella.
—La maldición… ¿te ha atrapado¡¡Pero si tú no eres de la familia (que yo sepa)!! –exclamó mi primo, acercándose un paso a ella y haciendo que ella retrocediera, alarmada.
—Yuusuke, calma… –le dije, y luego me dirigí a ella y traté de sonreírle para tranquilizarla, de algún modo seguro que si me volvía muy estricto acabaría llorando y eso no quería hacerlo. Soy una persona severa, pero no cruel– ¿No puedes salir de aquí?
Negó con la cabeza.
Sabiendo que seguramente era mejor no insistir demasiado en el tema, pues pudiera entrar en crisis de haber sido una experiencia traumática, decidí ir poco a poco y dejar que se quedara aquí. Además, pensé, no podía molestar a nadie. Pensé que podría buscar a la familia de ella y ver si realmente eran tan malos como para hacer que ella huyera y, mientras, cuidar de que no le faltara de nada.
Y no sólo eso, si era verdad que ella estaba sujeta por la maldición, también lo era que ella sería una pista clave para romperla.
—Entonces nosotros vendremos a verte –parecía como si Yuusuke me hubiera leído la mente, pero seguramente era más sensato que hablara él, ya que parecía que se llevaban bien.
Ella asintió con la cabeza, finalmente atreviéndose a mirarnos a la cara. Sonrió al ver que mi primo le guiñaba el ojo. Siempre he envidiado un poco la forma que tiene de relacionarse con la gente, es un don del que carezco.
—¿Puedes enseñarnos la casa? –le pregunté. Me miró y asintió, también dedicándome una sonrisa.
—Vamos. Es muy bonita.
Se levantó y se quitó el polvo de la falda del kimono y empezó a caminar hacia arriba.
—Hacia arriba sólo hay los dormitorios, la escalera del ático y unos tres o cuatro cuartos de baño –comentó más alegremente. Me sorprendía el cambio de humor tan brusco que había experimentado en cuestión de segundos.
Cuando íbamos por la mitad de las escaleras, Ran hablando cada vez más y más deprisa, de repente calló al notar los tres una oleada muy intensa de frío. Mi termómetro pitó y vi, horrorizado, que estábamos a casi cero grados centígrados. Yuusuke maldijo en voz alta.
—Idos… –dijo Ran en un susurro que me costó oír, pues de golpe todo parecía más difícil de escuchar, como si tuviera un tapón en los oídos. Se giró hacia nosotros, pálida como la nieve y los ojos desorbitadamente abiertos y llenos de terror– ¡¡VAMOS¡¡MARCHAOS!! A mí no me harán daño… ¡¡PERO VOSOTROS TENÉIS QUE IROS!!
—Pero… –dijo Yuusuke.
De los ojos de Ran caían lágrimas de desesperación.
—¡¡POR FAVOR¡¡A mí no me harán nada… pero a vosotros os matarán¡¡YA¡¡IDOS!!
Durante unos instantes fui incapaz de respirar, como si alguien estuviera metiendo algún objeto muy pesado y muy afilado por mi garganta. Al carecer de aire y por culpa de esa agonía, no fui capaz de gritar, pero oí que Ran nos seguía pidiendo que nos fuéramos cuanto antes. Vi de reojo, pues tenía los ojos fuertemente cerrados y fue un gran esfuerzo abrir sólo uno, que Yuusuke lo estaba pasando tan mal como yo.
Y vi, a pesar de todo, una figura oscura detrás de mi primo. No lo vi muy bien, pero lo que estaba muy definido era esa sonrisa psicópata en una cara sin rostro.
Se me heló la sangre y ni me di cuenta de que esa sensación de opresión en la garganta había desaparecido por completo.
Alargué la mano y aparté a mi primo, que de golpe había empezado a gritar como un loco, agarrándose el cuello y sus labios volviéndose, lentamente, de color azul.
Aún recuerdo ese grito que hizo que se me erizaran los pelos de la nuca.
Cortes aparecidos de la nada aparecieron de golpe en su cuerpo y fue entonces cuando me di cuenta de que Ran tenía razón. Debíamos irnos. Y debíamos irnos YA.
Le cogí del brazo y asentí a Ran con la cabeza, que en esos momentos parecía a punto de estallar en lágrimas.
—Volveremos, te lo prometo, te sacaremos de aquí.
Dicho eso, le di un tirón a mi primo y corrí lo más rápido que pude hasta la salida y hacia el coche, a cada paso que daba sintiendo una oleada de calor insoportable a un frío igual de horrible, seguramente rompiendo mi termómetro. Tumbé a mi primo en el asiento de copiloto, le até el cinturón de seguridad y, sin atar el mío, conduje lo más aprisa que pude a casa.
Yuusuke había dejado de gritar y los cortes habían dejado de aparecer de la nada, pero seguía pálido y temblando. Sus labios, por eso, ya habían perdido esa tonalidad de muerto. Respirábamos los dos jadeando y su pulso estaba tan disparado como el mío, pero al menos habíamos salido de allí. Sólo esperaba que Ran tuviera razón y que no le hicieran daño a ella.
Aún no sé qué demonios ocurrió ni cómo salimos vivos de ésta.
Mamá se llevó un disgusto al vernos a Yuusuke y a mí en ese deplorable estado. Nos interrogó severamente durante mucho rato (perdí la noción del tiempo) aunque luego supongo que sintió compasión y nos dejó dormir el resto del día.
Yuusuke se despertó al día siguiente más fresco que una rosa, casi no parecía haberle pasado nada en esa casa. En cambio yo me levanté con dolor de cabeza y pesadez muscular. Le dije a mamá que era porque nos habíamos perdido el día anterior mientras íbamos por el coche por una zona montañosa, y que eso fue lo que nos agotó. Estoy seguro que no se creyó esa historia, pero por suerte no nos interrogó, pues no tenía nada preparado. Le dije que yo aún me sentía mal por el estrés de llevar el coche que apenas tenía gasolina (eso era cierto, así que al menos tenía esa excusa).
Mamá salió con Hiroshi a un restaurante con unos amigos suyos (les gustaba asistir a reuniones sociales, así son ellos) y ese tiempo estuvimos hablando Yuusuke y yo sobre el tema.
Al principio creo que ninguno de los dos supo muy bien cómo enfocar el tema. Nos habíamos esperado cualquier cosa menos lo que nos encontramos. Supongo que los cambios bruscos de temperatura estaban en la lista de cosas que les pasan a los que va a cazar fantasmas o investigar cualquier cosa paranormal, pero lo que no nos esperábamos era que la maldición pudiera afectar a alguien que no era de la familia (supuestamente) ni que una sombra extraña intentara estrangular a mi primo.
—Tío¿lo de ayer pasó? –me preguntó repentinamente. Le miré. Estábamos los dos sentados en mi habitación, él en mi cama y yo en la silla de mi escritorio.
—Sí. Tienes una herida en el cuello. Es pequeña, por eso mamá no se ha fijado –le comenté, señalando una pequeña fisura en su yugular. Se tocó la zona con el ceño fruncido, y asentí.
—Qué mal rollo. ¿Quién era esa Ran¿Sabes si tenemos alguna familia así? Porque me pensaba que la maldición afectaba sólo… ya sabes, sólo nos afectaba a nosotros.
Me encogí de hombros.
—No conozco muy bien a la familia aparte de los parientes más cercanos, así que no puedo asegurarte nada. Pero supongo que de haber desaparecido alguien, mi madre se hubiera enterado y tal vez hubiera comentado algo.
—Aunque no es cuestión de ir a preguntarle: 'Eh¿sabes si ha desaparecido alguien?'
Negué con la cabeza, sin poder evitar dar un suspiro.
—¿Qué era lo que nos atacó? Era como si me estuvieran estrangulando…
Recordaba claramente la sensación de ahogo que había sufrido, como si me estuvieran introduciendo algo duro y doloroso en la tráquea; pero al ver la marca en el cuello de mi primo supe que yo había sido el afortunado.
—Vi algo –dije sin pensarlo dos veces, y me arrepentí, porque decirle que me había parecido ver a un espectro no era la clase de reacción que tendría un científico… claro que la maldición tenía poco de empírico.
Me miraba con curiosidad.
—Un espectro… –le confesé– Era como una sombra negra. Como… Como si alguien tuviera que estar allí, detrás de ti, pero que no lo estaba. Y esa… cosa sonreía. No sé por qué, pero sonreía.
—Sería que le gustaba la idea de cargárseme.
Le fulminé con la mirada, dándole a entender que eso no había sido gracioso. Pero supe por la expresión que portaba entonces que no lo había dicho en broma, que lo que había dicho era una mera suposición. Nunca he sido un inconsciente respecto al tema de la maldición, siempre he sabido que era un tema muy peligroso… pero no fue hasta ver a mi primo azul por la falta de oxígeno por culpa de una figura sin forma… que realmente empezó a aterrorizarme la idea de volver a entrar en la casa.
Como leyendo mis pensamientos, Yuusuke dijo:
—No estarás pensando en echarte atrás.
Le miré intentando no demostrarle nada con mi cara, pero no pude evitar planteármelo. Pero al verle con el ceño fruncido y esa herida en el cuello, al ver que pese a que hubiera podido morir ayer mismo… seguía con las mismas ganas de pisar esa casa y librar a esta inestable familia de esa estúpida maldición…
—No. Vamos a romper esa maldición.
Asintió.
—Odio esto –confesó repentinamente, haciendo que alzara la vista del diario que estaba delante de mí, en el escritorio–. ¿Sabes? Odio tener que recordar que Keiko murió porque la familia está maldita, no por un accidente de coche o incluso una enfermedad. Algo lógico. Pero no… tiene que ser algo ilógico, algo que al no poder explicarse carece de todo sentido…
Asentí. Yo me sentía igual.
—Es como si su muerte careciera de sentido… –añadí.
—Pues vamos a buscárselo. No quiero seguir pensando que estamos perdiendo el tiempo… quiero cargarme a la maldición que se la llevó.
Le miré. Hablaba en serio, y sentí que se me contagiaban las ganas de obtener unas respuestas.
—¿Cuándo volvemos? –me preguntó.
—¿Quieres volver ya mismo? –le pregunté con el cejo fruncido– No sé si te acuerdas, pero ayer mismo casi te estrangularon...
Me miro con dureza:
—¿Y qué pretendes que hagamos¿Quedarnos aquí y no hacer nada? Aún no ha llegado eso que me pediste llevar a comisaría (al menos, que yo sepa) –negué con la cabeza, dándole a entender que, efectivamente, no había contestación alguna– ni tampoco nos van a decir más cosas las cartas o el diario que no sepamos ya...
Suspiré y de repente recordé algo. Algo sobre lo que mi primo siempre me estaba preguntando e insistiendo para que no lo atrasáramos. Los demonios. Tuve la impresión de que ya empezaba a ser hora de buscar respuestas sobre ese ámbito, de comenzar a preguntarme más sobre lo que Yuusuke llevaba diciéndome desde hace mucho tiempo.
Estuve a punto de decírselo, pero cambié de opinión. Supuse que aún no sería el momento.
Hice un error, pero entonces yo no me había dado cuenta.
En cambio de eso, tomé una decisión. Cuando se lo dije a Yuusuke, éste me miró como si le hubiera dicho que planeaba tirarme de un puente, cosa que seguramente tendría consecuencias aún menos graves.
Hablaría con mi madre.
Decidí que lo discutiríamos esa misma noche, Mientras cenábamos. Para suavizar la entrada, preparamos entre los dos la cena (claro que él fue quién hizo la mayor parte del trabajo, pues decía que le estorbaban si alguien se metía en su "obra de arte").
Le pregunté que qué tal estaba su compañero, el que se había herido la muñeca.
—Bien, tan animado como siempre. ¿Tú le conocías?
—Le vi una vez –le expliqué. Hablaba del tiempo en que Yuusuke celebraba que llevaba trabajando allí seis meses y le habían ascendido. Fuimos a su restaurante (pagaba él) y allí nos presentó a sus compañeros. No recuerdo muy bien sus nombres o sus rostros, pero todos ellos, tan animados y divertidos, me cayeron bien en seguida.
Le pregunté el nombre y me preguntó si tenía tan mala memoria. Cuando le fulminé con la mirada, rió y contestó:
—Kazemoto Jin, o Jin a secas. Es el pelirrojo aquél que está como un cencerro.
No recordaba exactamente quién era, pero asentí. La verdad es que poco me interesaba quién era, simplemente estaba intentando pensar en cómo sacar el tema sin herir demasiado a mi madre. Tampoco quería enojar a Hiroshi, pero ya había aceptado que eso era inevitable. Él tampoco soportaba hablar de la casa como si fuera la culpable. Siempre había dicho que había sido un terrible accidente.
Finalmente llegaron.
La mesa ya estaba puesta y la comisa aún estaba caliente. Nada más entrar, ella frunció el ceño y dijo con una sonrisa burlona:
—Vale¿cuánto?
Miré a Yuusuke que me miraba a mí sorprendido, ninguno de los dos nos esperábamos una respuesta así. Mamá nos miró sorprendida.
—¿No es por dinero?
Supongo que nuestra cara se lo explicó, pues se puso a reír y se disculpó, diciendo que el hijo de los Satô les había intentado hacer la comida para que le dieran dinero. Pero después de acabar de contárnoslo, nos miró dulcemente y dijo:
—Claro que vosotros no sois así.
—Y tiene una pinta estupenda –comentó Hiroshi ojeando la comida con una sonrisa– y, además, me muero de hambre. El restaurante ese era vegetariano, y allí sólo comen bien los conejos.
Yuusuke se rió, pero mamá le fulminó con la mirada.
—Los Satô son vegetarianos. Y la comida tampoco estaba tan mala.
Hiroshi la miró incrédulo.
—Venga, venga, a comer todos, que se va a enfriar la cena –exclamó Yuusuke, que también parecía estar hambriento.
Nunca he tenido problema alguno en admitir que mi primo tiene talento a la hora de manejar la paella y todo lo relacionado con la gastronomía. Mamá, por eso, no cesó en echar un cumplido tras otro a mi primo que progresivamente se iba volviendo más y más rojo.
Logró desviar el tema y comentó algo sobre los fideos que había hecho. Hiroshi hizo el comentario que él y yo esperábamos oír.
—A Kei le hubieran encantado, seguro.
Shiori asintió con una sonrisa triste. A Hiroshi le gustaba hablar de ella como si estuviera de viaje, como si fuera a volver la semana que viene sin falta. Era una buena actitud, pero era dolorosa. Asentí, sin poder evitar sonreír un poco nostálgicamente.
—Tía Shiori… –me sorprendió que fuera Yuusuke quién tomara la iniciativa. Me miró y asentí.
—Dime –dijo ella con curiosidad, sin imaginarse nada.
—Quiero saber más cosas sobre la casa –allí ella frunció el ceño levemente–, la casa donde murió Kei.
Hubo un silencio muy tenso en la habitación. Todos dejamos de comer al instante. Fue Hiroshi quién decidió romper el silencio carraspeando y diciendo:
—¿Para qué quieres saber nada? No hay nada de interés –comentó, obviamente tenso.
—Recuerdo haber ido allí de pequeño y recuerdo haber vivido cosas raras. Formas, gritos, brisas... –a la que iba numerando, mamá palidecía–, lo recuerdo bien. Y no puedo evitar pensar en las supersticiones.
—¿Qué supersticiones? –exigió saber Hiroshi, perdiendo su buen humor.
—Las conocéis muy bien. Hablo de la maldición.
—¡¡YUUSUKE!! –gritó Hiroshi, pero mi primo ya había terminado la frase. Yo miraba a mi madre, que se había encogido en la silla y se agarraba los brazos como tratando de abrazarse a sí misma. Estaba pálida y miraba al suelo. No pude evitar preocuparme y cuestionarme si no hube cometido un error. Tal vez tenía razón al principio. Tal vez lo mejor hubiera sido investigar por nuestra cuenta.
—Me imaginaba algo así –confesó ella después de unos segundos más en silencio, con un suspiro cansado, y de repente pareció mucho más anciana de lo que era.
—Cariño…
—No, Hiroshi. Ya me lo imaginaba todo. Algo me decía que estabais intentando resolver el misterio… pero dejadlo. Nada se puede hacer –miró a Yuusuke con una mirada triste, tan triste.
—¿Cómo puedes decir eso¿Acaso se ha intentado? –dijo Yuusuke con frialdad.
Ella le miró y asintió.
—Atsuko y yo intentamos hacer lo que pudimos… pero no sirvió nada. Mira dónde ha acabado.
Hablaba de mi tía. Un escalofrío recorrió mi espalda y me di cuenta que, hasta entonces, nunca relacionamos el que tía Atsuko estuviera en un psiquiátrico con la maldición. Siempre pensé que era algo patológico, algo… no sé, normal, lógico, como decíamos antes. Pero me pregunté qué había en mi familia que fuera normal.
—Mamá… –decidí intervenir– Eso era lo que Keiko trataba de averiguar. Una forma de romper la maldición… no sé por qué ni cómo lo descubrió… pero esa era su intención –les miré. Yuusuke estaba impasible sino un poco enfadado, mamá estaba pálida y triste, y Hiroshi apretaba los puños pero sabía que no me iba a interrumpir–. Escribió un diario, está todo.
Mamá agrandó los ojos y me miró, decepcionada.
—Has… ¿qué has hecho?
—Eh, eh... yo también me enfadé con él, pero no ha hecho nada malo –se apresuró a intervenir mi primo–, en la portada del diario ya invitaba a leerlo. Y es verdad, es como si lo hubiera escrito para que lo leyeran.
La mirada acusadora de mi madre se suavizó, pero seguía allí. Puede que no por el hecho de haber leído el diario de mi hermana, sino por haberlo escrito ella sobre ese tema considerado tabú.
Mamá suspiró, cansada.
—Qué… ¿qué es lo que queréis saber¿Qué era lo que quería saber ella…? –susurró.
—Lo queremos saber todo. Quienes eran nuestros antepasados. Quién era Kazuma, quién era Shizuru, quiénes eran los ángeles y quiénes los demonios, y la hechicera, y todas esas personas que mencionan las leyendas pero que ni Keiko pudo averiguar.
Como antes, ante cada numeración, parecía que se encogieran los dos.
—Espera –le dije a Yuusuke de golpe, cuando parecía que quería volver a hablar.
Miramos todos a mi madre, que estaba más blanca que el papel. Me incorporé y me puse a su lado, cogiéndole los hombros y comprobando que estaba empapada de sudor frío. Sus ojos parecían desenfocados, era como si se hubiera mareado de golpe. No fue hasta acercarme un poco más a ella que me di cuenta que jadeaba un poco.
Entonces me pareció que había hecho un error. Un error muy grave, pues por algún motivo que yo desconocía, mi madre parecía padecer de un ataque de ansiedad. Supe reconocer los síntomas con claridad y de inmediato me disculpé y le prometí que dejaríamos el tema, que no volveríamos a hablar de él. Pero por entonces ella ya empezaba a hiperventilarse. Le ordené a Hiroshi que cogiera una bolsa de papel y cuando me lo trajo se lo puse en la boca.
Después de unos momentos de pánico y de balancear suavemente a mi madre, ésta finalmente se tranquilizó, pero seguía temblorosa en mis brazos. Supongo que sólo entonces me di cuenta de lo frágil que era, de lo pequeña que era, y me arrepentí. Hiroshi nos fulminaba a los dos con la mirada.
Con un hilo de voz, mamá dijo:
—No pasa nada… es normal. Pero hijo… Yuusuke… prometedme que dejaréis el tema.
No respondí y me miró tristemente. Hiroshi la cogió de mis brazos, claramente disgustado con nuestra actitud. Claro que no hacía falta, yo mismo ya me sentía horrible per se.
La llevó a su habitación y no bajaron.
—La hemos cagado –dijo Yuusuke. Estuve a punto de replicarle con dureza, pero él mismo estaba pálido y arrepentido. Así que me limité a asentir con la cabeza.
Esa noche tuve una pesadilla, pero al despertarme no recordé qué había sido.
—Buenos días –me dijo mi madre con una gran sonrisa, como si hubiera olvidado todo lo ocurrido la noche anterior.
Me la quedé mirando y cuando estuve a punto de balbucear una disculpa, me interrumpió:
—No… no te disculpes. Hiciste lo que creías que debáis hacer… y te estoy agradecida. Pero hijo… –quise replicar, pero no lo hice– déjalo. Perder a Keiko fue… no-no quiero perderte a ti también.
No lloró, pero su voz temblaba y me abrazó con fuerza.
—Por favor…
—Mamá… –no sabía qué decirle. No podía contestarle que lo dejaría, pues no tenía intención alguna de hacerlo.
Supe que ella había comprendido mi decisión y lloró. Yo me limité a abrazarla. No me pidió nada más, así que no tuve que prometer nada ni mentir.
Hiroshi entró entonces. Tenía ojeras. Iba a disculparme, pero parecía haber acordado con mamá alguna cosa, porque negó con la cabeza como diciendo que no hacía falta, que no pasaba nada.
Acordé con Yuusuke que no volveríamos a hablar del tema con mamá. Él asintió. Yo ya sabía desde un buen principio que no sería una buena idea, pero también había sido yo quién dijo que lo discutiríamos la noche pasada.
Investigaríamos por nuestra cuenta. Además, esa reacción tan mala que tuvo… no hizo más que despertar una curiosidad en nosotros. Una curiosidad mórbida, lo admito ahora, pero era algo que no dejaba descansar nuestra mente.
Como simultáneamente, nos pusimos de acuerdo.
Si había algo que podía amargar a una mujer mayor, enviar a un psiquiátrico a otra y provocar ataques inesperados en la última...
Y si era algo que iba a ocurrir de generación en generación…
Debíamos pararlo.
Como no sabíamos por donde seguir hasta recibir la documentación que había pedido, decidimos volver a la casa.
Era peligroso y arriesgado, pero era algo necesario.
Además, quería hacerle unas cuantas preguntas a Ran, además de comprobar cómo debía de estar (le prometí que volveríamos a por ella). Yuusuke y yo fuimos a una tienda de víveres y compramos bebidas y algo de comida que se conservara bien pero que no fueran las bolsas de patatas que Yuusuke insistía en comprar.
Puse gasolina en el coche y nos dirigimos hacia la casa. No hablamos. Creo que el recuerdo de lo que ya había pasado estaba aún demasiado fresco. La herida en el cuello de Yuusuke no se había curado del todo.
Traje mi cámara fotográfica y una grabadora digital y otra analógica. Tiré el termómetro a la basura.
Llegamos sin incidente alguno. Aparcamos donde la última vez y fuimos caminando hasta la casa. Tomé otras muchas fotografías.
—¡¡AY¡¡QUÉ DEM—!!
Me giré sobresaltado y vi a mi primo estirando de la bolsa, cuyo otro extremo estaba fuertemente sujetado por el morro de un bebé zorro.
Parpadeé al tiempo que el zorro lograba arrebatarle la bolsa a mi primo (puesto que éste no había usado toda su fuerza, pues era un cachorro) y se apartaba (sin adentrarse en el bosque).
—¿Qué hace este cachorro aquí? –preguntó Yuusuke con una mueca de disgusto– ¿Dónde está su madre?
Me encogí de hombros. Me sorprendió ver que se acercaba cuidadosamente al pequeño animal y me impresionó aún más ver que éste no se movía ni se sentía amenazado. Es más, todo esto me estaba haciendo mucha, mucha gracia.
El animal se dejó coger. Era muy cariñoso para ser un zorro. Y Yuusuke le había cogido cariño también, por lo visto.
—¿Crees que Shiori me dejará quedármelo?
Le miré extraño, puesto que lo había preguntado muy en serio.
—Tío, que es un cachorro. No puede vivir sin su madre… y menos en un entorno tan muerto como éste. Y aunque lo dejáramos en el bosque, lo matarían... –se excusó.
Me encogí de hombros, yo tenía otras cosas en mente.
Otras cosas como la casa y la maldición.
—Haz lo que quieras. Pero no puede entrar en la casa…
—¿Por qué? Ah... –calló un momento–, es un animal. Sus sentidos están más desarrollados... se asustaría mucho...
No era por eso, era simplemente porque al ser un animal, podría "meter la pata" y "cagarla". Y no (del todo) en el sentido literal, que también. Asentí.
Yuusuke sacó de la bolsa un poco del sushi que había insistido en comprarle a Ran, el Inari sushi. Se rió mientras el cachorro lo devoraba con ansias y me miró con una sonrisa infantil: parecía un niño pequeño. Me sorprendió y me alegré... al menos él no había perdido esa parte tan suya...
Se alzó, se limpió el polvo que estaba en sus pantalones y guardó el resto de la comida.
—Vamos.
La había cambiado la expresión, ahora estaba serio. Ese chico, que era mi primo, a veces me dejaba si habla. Supongo que ésa fue una de las veces.
La búsqueda fue un desastre. Las escaleras no gemían, la puerta no tronaba. Toda sensación de suceso paranormal había desaparecido. No estaba Ran, no estaba el espectro que intentó estrangular a Yuusuke, no había absolutamente nada. Nada.
La casa era una casa normal.
—No lo entiendo… no está pasando nada fuera de lo normal… –dijo Yuusuke, diciendo en voz alta los pensamientos que cruzaban mi mente.
—Eso es porque estoy yo aquí.
Nos giramos sobresaltados. Nos encontramos con tía Atsuko en la puerta.
