Como prometí ayer, ¡aquí tenéis el siguiente capítulo! Intentaré volver a las actualizaciones semanales, a no ser que me quede sin contenido que publicar. Un saludo~ :)

A falta de caldero, el agua rompió a hervir en el cuenco de arcilla que usaba generalmente para mezclar hierbas, un pequeño tazón negro por el uso. Obviamente era imposible tener fuego en la ceremonia sin que saliera ardiendo parte de mi mobiliario, así que tuve que hacer un apaño marcando la base del recipiente con runas de fuego para calentar el contenido.

Esa misma mañana habíamos movido la cama hasta pegarla a la pared de la cómoda y retirado la alfombra entre Ángela y yo con la excusa, a ojos de mi padre, de pasar la aspiradora por el cuarto. El espacio frente a la ventana, desde la cual se podía vislumbrar el bosque iluminado por la luna menguante, estaba totalmente despejado y a la luz tenue de las velas que formaban un círculo a mi alrededor, el efecto óptico era de un lugar espacioso y despejado.

Ordené sobre la colcha negra que cubría la mesa de estudio (el altar improvisado que habíamos montado para la ocasión) el pincel y la daga que eran necesarios en el ritual. La hoja de acero reflejaba la luz cálida del círculo de velas y por alguna razón ese detalle me hizo relajarme un poco más. Era la primera Iniciación que conducía y los nervios me estaban comiendo viva. Fuera del círculo, junto a la cama, podía oír a Ángela desvestirse para la ceremonia.

En el silencio y la semioscuridad de la habitación cerré los ojos para centrarme y sacudir las emociones que pudieran interponerse en la buena marcha del ritual. Sentí los nervios de Ángela, un eco de los míos, y comencé a rememorar mi propia Iniciación, un recuerdo grabado a fuego en mi memoria.

Fui una de las iniciadas más jóvenes de mi congregación en más de treinta años, con solo ocho años. En la ceremonia conjunta en la que participé había otros seis hermanos (cuatro chicas y dos chicos), de entre doce y dieciséis años.

La celebración fue al aire libre, en un Círculo multitudinario, dos días antes de la festival estival de Lugnasad (el uno de agosto). Nos alinearon de pie en medio de un prado, alrededor de una inmensa fogata y a nuestro alrededor más de cincuenta brujas cerraban el Círculo portando antorchas. El recuerdo que guardo de la experiencia es claustrofóbico y abrumador, y a día de hoy aún me causa algún mal sueño.

Nos pintaron todo el cuerpo con marcas rituales, la práctica más usual, usando la misma sustancia herbal que estaba colocando junto al pincel. La receta era fácil pero efectiva, la mixtura de hierbas frescas fermentadas en aceite de almendras y para hacerla lo más agradable posible al olfato le había echado toda la menta que llevaba en el alijo. El efecto era más que evidente; todo mi cuarto olía a chicle mentolado.

Ángela se aclaró la garganta en algún lugar a mi espaldas. Me di la vuelta lentamente, acostumbrándome de vuelta a la iluminación de la habitación, y la vi al borde del círculo de velas, ya totalmente desnuda. A sus nervios previos se habían unido grandes cantidades de vergüenza y le sonreí para tranquilizarla, con cuidado de no mirar más abajo de su barbilla para no incomodarla. En cuanto vio mi gesto se acercó a paso rápido al otro lado del altar, intentando frenéticamente no taparse con las manos y respirando hondo para sobrellevar su pudor.

Es lógico sentirse así, avergonzada y vulnerable, la primera vez que dejas que otro ser humano te vea desnuda. Porque con la desnudez cae la imagen que creamos ante el mundo, el reflejo que queremos ver en los ojos de los demás, y solo queda el rostro sin máscara.

Llevando casi diez años en la congregación, la desnudez a mis ojos no era (y sigue siendo) más que la forma más natural del cuerpo. Todos los rituales importantes y aquellos en los que se crean marcas de bruja son nudistas. No se puede marcar la piel si no está al descubierto.

Para habituar a los jóvenes iniciados al nudismo, en las sedes de la congregación hay baños y dormitorios comunales que se comparten con todos los habitantes, independientemente de su sexo y rango; iniciados, brujas y maestros cohabitan estrechamente siguiendo todos las mismas rutinas y obligaciones, premiando el trabajo en equipo y la confianza. Además, aunque no es demasiado común, en alguna que otra sede se incentivan las orgías comunales para estrechar lazos entre sus residentes. Otra razón más por la que ver a tus compañeros desnudos sea de lo más normal.

Pero volviendo a Ángela; intenté aliviar lo máximo posible la incomodidad que sentía de manera empática. Dejé que sintiera lo relajada que yo estaba y lo normal que era para mí poder admirar su piel olivácea en todo su esplendor. A la luz vibrante de las velas, la piel de Ángela brillaba como si estuviera ungida de un aceite dorado y espeso, alisando cada imperfección y resaltando su belleza. Era una imagen impresionante.

Alta y delgada como una modelo, Ángela se paró ante la mesa y se irguió muy recta (al contrario que en el instituto, donde solía andar encorvada por vergüenza a que su altura la hiciera destacar por encima de los chicos), demostrando toda la dignidad que era capaz de reunir. Paseé la mirada por todo su cuerpo, apreciándolo y sabiendo que yo sería la única persona que la vería desnuda y sin marcar. Mientras admiraba pausadamente cada centímetro de su piel oí como su respiración se entrecortaba un poco y empecé a notar una pizca de excitación entre toda su vergüenza.

-Lo… lo siento -se disculpó rápidamente en cuanto supo que había notado-. Es la primera vez que alguien me mira… así.

-Tranquila, Angie. No hay nada por lo que disculparse.

Era preferible que se centrara en mi mirada y en lo que le hiciera sentir que empezase a acumular pensamientos y energía negativa, ya fueran inseguridad o miedo. Le sonreí y le guiñé un ojo para que se riera y así descargara un poco los nervios, pero no pude evitar fijarme en cómo sus pezones rojizos estaban ahora erectos.

Madre mía, Bella. Menos mal que en esta ceremonia no es obligatorio desnudarte tú también o la ayudarías a relajarse por las malas.

Controlar mi líbido me llevó un par de respiraciones profundas y no desviar la mirada de los ojos de Ángela, pero cuando lo conseguí le sonreí con facilidad. Llevaba demasiado en dique seco, me temo.

-Entiendo perfectamente tus sentimientos. Yo también tuve mi Iniciación, muchos años atrás, y recuerdo perfectamente todo por lo que estás pasando.

Bueno, puede que no todo. A mí no me puso cachonda la mirada de la Maestra que dirigió mi Iniciación, pero también es verdad que yo era mucho más pequeña y ese tipo de atención hubiera sido un poco… preocupante.

-Vamos a relajarnos un poco, ¿vale? Vamos a respirar hondo, con los ejercicios de concentración que te enseñé, ¿de acuerdo?

-¿Así, de pie?

Asentí y Ángela cerró los ojos con fe ciega, tomando una bocanada de aire y comenzando concentrarse. Los ejercicios que llevaba meses haciéndole practicar no eran más que formas de meditación básica para que aprendiese a equilibrar y enfocar su energía. En este caso, sirvió también para que centrase su atención de vuelta a la Iniciación y vi como poco a poco iba relajando los hombros y como la tensión desaparecía poco a poco de su figura.

Rodeé la mesa para ponerme frente a ella, concentrándome yo también en mi papel como maestra de Iniciación, y empecé a hablar en voz baja y calmada, pues sabía que Ángela me escuchaba atentamente.

-Cuando abras los ojos, Ángela Webber, no habrá lugar para nervios ni vergüenza, ni miedos ni duda, porque hoy entregas tu vida al Camino. A partir de esta noche te dedicarás en cuerpo y alma a la Hechicería. Cuando abras los ojos comenzarás tu Iniciación.

Tomé con cuidado el pincel y empecé a mojarlo con cuidado en la mezcla herbal. Mientras tanto Angie seguía los ejercicios de respiración, preparada para mis siguientes palabras. Las habíamos repasado decenas de veces, pero vi como su piel se erizaba al notar la magia que empezaba a acumularse a nuestro alrededor.

-Cuando abras los ojos, Ángela Webber, ya no seremos amigas. Seremos mentora y pupila -en un impulso, añadí unas palabras más-. Cuando abras los ojos no habrá marcha atrás, Angie. Eres tú quien debe decidir si quieres dar este paso.

Pasaron unos segundos en silencio, en los que ambas aguantamos la respiración y permanecimos en silencio. Al fin, Ángela abrió los ojos con cuidado y me sonrió serenamente.

-Como tu pupila -comenzó- me pongo en tus manos. Mi vida es tuya y mía tu guía por los senderos del Camino. Prometo obedecerte y no ponerte en duda si tú juras protegerme y responder cada pregunta que te dirija. Así debe ser, mentora y pupila hasta el día en que seamos hermanas.

Los votos que se recitan durante la Iniciación los redacta quien dirige la ceremonia y son un reflejo de la relación con la iniciada. En mi caso fueron bastante genéricos y se centraron en la responsabilidad y la tradición, pero para Ángela quise resaltar la relación entre mentor y pupilo para darle más seguridad a Angie.

-Aceptas ser mi protegida -terminé el intercambio- y como tal serás marcada. Yo seré tu mentora; tu bienestar es ahora mi deber.

Tomé con la mano izquierda el cuenco de madera con la esencia herbal y con la mano derecha el pincel. Lo tradicional es extenderla con los dedos, pero Ángela y yo habíamos acordado en usar un pincel (mi pincel de marcar runas más concretamente) para evitar momentos incómodos.

-Con estas marcas te reconozco como miembro de mi congregación bajo mi tutelaje.

Empecé dibujando su cara, lenta y minuciosamente. Las señales que puse lamentablemente no las puedo describir ni reproducir por escrito. Son parte de las invocaciones básicas de mi congregación. Baste saber que sirven para ser reconocida como miembro, para comenzar el desarrollo espiritual de la iniciada y como protección temporal (una manera de mantener seguros a los recién iniciados hasta que aprendan a hacer sus propias protecciones).

Cuando terminé con la cara, empecé con las runas y marcas de protección en el cuello y los brazos. Estas eran también temporales. Las definitivas requieren quemaduras, cortes, grandes laceraciones… es necesario dar para recibir, esa es la Ley principal de la magia. Marcas como las de mis brazos requerían sacrificio. Afortunadamente el té de malva evita que sean vistas por aquellos que no hayan pasado la Iniciación.

Me puse a su espalda y empecé a dibujarla, partiendo de la columna y luego por las costillas. Eran patrones en zigzag representando la energía y favoreciendo su control y desarrollo. Repasando las costillas hasta el final, comprobé que Angie tenía cosquillas en los laterales y bajo el pecho.

-Lo siento -susurró en voz baja, manteniendo el papel que había tomado en el intercambio de votos, mientras yo me agachaba para seguir con las piernas. Desde esa posición se le veían unos pechos preciosos.

Las marcas de las piernas son, según mi punto de vista, las más importantes para un iniciado recién llegado. Éstas permiten concentrarse más rápida y profundamente, ayuda a la meditación y fomenta el desarrollo de las defensas naturales del aura ante ataques psíquicos.

Una vez terminado todo ese paso, me incorporé y puse a un lado el cuenco casi vacío y el pincel. La esencia de hierbas estaba empezando a absorberse y solo los ojos entrenados de una bruja podrían ver el rastro psíquico de los signos dibujados.

-Has sido marcada por mi mano. Serás reconocida de ahora en adelante como Iniciada en la magia.

Ángela se acercó entonces al altar, situándose a mi lado. Echó un vistazo rápido a la daga y luego a mí. Asentí con la cabeza para darle mi aprobación.

-Ahora será mi mano la que me marque -y aguantando la respiración tocó la daga ceremonial por primera vez.

La primera marca de bruja es probablemente la más importante, pues representa la aceptación del sacrificio que exige seguir el camino de la Hechicería. Consiste en un símbolo o dibujo que la propia interesada diseña y fija en su piel. Angie había decidido que sería una mariposa desde la primera semana. Para ella simbolizaba su despertar como mujer y como bruja. El inicio de su independencia. La mía era una estrella dibujada a mano alzada con ocho años. El significado que le di entonces lamentablemente lo he olvidado.

Levantó la mano derecha, donde empuñaba el cuchillo ritual, lo más estable que pudo y se tocó el pecho con la otra mano, justo sobre el corazón. La elección del lugar en el que se marca es también muy personal y, en este caso, no fue decidida hasta el momento en que los dedos de Ángela tocaron la daga. Su gesto me hizo saber donde iba su marca y me preparé.

La hoja de la daga estaba imbuida de magia arcana; su corte cauterizaba inmediatamente, así que no había segundas oportunidades. Ángela llevaba dos semanas practicando el trazo en una libreta. Se apuntó hacia el pecho y yo sujeté sus manos para evitar que le temblasen.

-No hace falta que hundas la hoja. El roce marcará el dibujo perfectamente.

Asintió muy seria y empezó a deslizar la punta de la daga por su pecho, mordiéndose el labio, no sé si para evitar gritar o como gesto de concentración. Gracias a la cauterización inmediata, apenas se derramó sangre y la mariposa tomó forma poco a poco, brillando con luz dorada cuando el trazo estuvo completo.

Ya terminada, tomé la daga, la coloqué sobre la mesa y empapé una gasa en el agua caliente del cuenco de arcilla. El calor ayudaría a adormecer el dolor de la cicatriz y a evitar que se formaran cardenales demasiado grandes. Apoyé la gasa sobre la herida y con los dedos mojados retiré las gotas de sangre que llegaban ya casi al ombligo.

-¿Estás bien? ¿Te duele?

-No. Pero me tiemblan las piernas -confesó Ángela en voz baja.

Le pasé el brazo por los hombros y la acompañé hasta la cama después de apagar el circulo de velas con un gesto. A tientas encendí la lamparita de noche y señalé que se sentara en la cama. Le acerqué su bolsa pero al ver que le temblaban las manos, saqué yo misma su muda de ropa y la ayudé a vestirse.

-¿Por qué me tiembla todo el cuerpo?

-Es la adrenalina -respondí transmitiéndole calma y confianza-. Tu cuerpo ha estado bajo estrés y ha sufrido dolor, así que trata de recuperarse de la manera que sabe.

Mientras Angie se recuperaba, recogí todas las cosas de la mesa, incluyendo el cuenco y la daga que llevé corriendo al baño para enjuagarlos y retirar las runas dibujadas. Volviendo del baño encontré a Ángela recogiendo las velas del suelo.

-Angie, no es bueno que te muevas.

-Es imposible que el corte se abra. Y he traído pastillas para el dolor.

-¿Pero qué dirá tu novio? ¿O tu suegro el doctor sexy?

-Bella… -Ángela me frunció el ceño- no te rías de mí.

-No me río de ti, Angie, solo expreso lo que Edward parece que ha decidido. Porque no quiera Dios que se le niegue algo al pobre chaval.

-Creo que estás exagerando, Bella.

-¿Exagerando? Te rechazó, Angie, y llevas semanas ignorándole…

-No tienes que recordármelo -frunció el ceño y miró al suelo molesta.

-No. Tengo que recordártelo, porque parece que ahora que ha decidido que eres el amor de su vida te vas a echar a sus brazos.

Me levanté de la cama y di una vuelta al centro de la habitación para calmarme y evitar la discusión que estabamos creando.

-¿Por qué estás tan segura -dijo sin alzar la voz muy tensa- de que eso es lo que voy a hacer?

-Porque te miré a los ojos cuando me lo dijiste, Ángela, y sé que eso es lo que quieres hacer. Joder, porque llevamos un mes fraguando un vínculo empático y puedo sentir lo que sientes.

Ángie desvió la mirada y se puso en pie para acercarse a mi. La alcancé temiendo que le volvieran a fallar las piernas y la cogí de la cintura.

-¿Eres consciente -pregunté en voz baja, aprovechando su cercanía- de qué te ha dicho justo lo que querías oír? Justo lo que necesitaba decirte para…

Nos quedamos en silencio, en el centro de la habitación, prácticamente abrazadas. Dejé que mis palabras calaran poco a poco en Ángela y cuando levantó la mirada vi comprensión en sus ojos.

-Me conoce.

-No. Conocía tu mente. Ha estado años alimentándose de tus pensamientos, refugiándose en ellos para no oír a los demás. Eras su trocito de Edén hasta hace unas semanas.

-Hasta que dejó de oírme. Y quiere su refugio de vuelta.

Me encogí de hombros y la llevé de vuelta a la cama.

-Es muy probable que sea sincero. Que te ame. No es difícil enamorarse de tí. Pero no me gusta que use todo lo que sabe de ti para conseguir seducirte.

Ángela negó con la cabeza un par de veces (sonrojada por mi halagos) pero se quedó en silencio, meditando mis palabras de nuevo. Me dediqué a colocar de nuevo la mesa de estudio contra la pared y la pantalla del ordenador encima de ella, le hice señas para que se sentara en la mecedora y así mover la cama- Me costó algo de trabajo moverla sola y más aún convencer a Ángela de que no necesitaba ayuda, pero cuando terminé nos sentamos de nuevo las dos en ella.

-No estoy segura -confesó Angie- de qué siento. Edward siempre me ha parecido un chico educado y… guapo.

Asentí pero dejé que siguiera hablando para que se desahogara.

-Pero… ¡hace sólo un mes que empezamos a hablar! ¡Y ni siquiera me ha dado la oportunidad de conocerle! No ha hecho más que alejarme y ahora… ¡ahora no sé ni siquiera si lo que he visto en él es cierto! -se echó en la cama, frustrada.

-Háblalo con él -aconsejé acariciándole el brazo consolándola-. Pídele tiempo, conoceros sin trucos de feria, disfrutad de la compañía mutua ¡Fingid que sois normales!

El último comentario funcionó y se rió en voz baja un rato. Se relajó y me miró sonriendo.

-Oye, Bella, a tí Jacob…

-¿A mí Jacob qué, Angie?

-Bueno, cuando… -se incorporó un poco en la cama haciendo una pequeña mueca de dolor- cuando volvíamos de La Push me dijiste que la razón por la que Jared y Paul -me pareció que decía el nombre de este último en voz más baja y me fijé en que no despegaba la mirada de la cama- se acercaron a mí fue por su instinto. Por el instinto Familiar.

-Explicaría porqué dejaron de sentirse tensos, si. Los Familiares, al menos los normales, se alimentan de la energía de los Hechiceros, así que tiene sentido que sus instintos le hagan acercarse a nosotras.

-¿Puede ocurrir al revés? ¿Podría sentirme yo atraída a ellos por ser Familiares?

-Su energía podría atraerte, si -volví a afirmar sin saber bien a donde llevaba todo aquello.

-Entonces, ¿puede que por eso... te guste Jacob? -levantó la mirada y se quedó callada de golpe.

-Es posible, si -sonreí con una mueca-. Aunque aún no estoy segura del todo. Si fuera un Familiar desarrollado podría distinguir la atracción con facilidad, pero ahora… es difícil de decir -esta vez fue mi turno de echarme en la cama-. Aunque no niego que independientemente de eso, Jacob me pone a cien.

Nos echamos a reír, toda la tensión de la conversación anterior olvidada. Nos levantamos a montar el colchón hinchable en el que dormiría esa noche. Eran ya casi las tres y media y tendríamos que levantarnos en otras tres y media. Fuimos las dos al baño a terminar de prepararnos para dormir y luego obligué a Ángela a que se acostara en mi cama (porque la muy cabezota insistía en dormir en el suelo) y bajé a comprobar que la planta baja estaba cerrada a cal y canto.

Estaba todo tranquilo, ventanas y puertas cerradas, con todos los sellos defensivos intactos (claro que siendo los más avanzados que conocía hubieran sido muy difíciles de sortear) y las luces apagadas. Pasé por la cocina arrastrando los pies, deseando echarme a dormir cuanto antes, cuando sentí la presencia de uno de los Cullen muy cerca, en el bosque de detrás de mi casa.

Antes de lograr identificarlo (porque con el cansancio concentrarme no era tarea fácil en aquel entonces) su impronta energética desapareció sin dejar rastro y me quedé parada frente a la ventana de la cocina pensando confusa en si tal vez había sido mi imaginación. Había avisado a los Cullen de qué celebrábamos esa noche. Incluso me encargué de avisar a Alice de que no se preocupara si desaparecíamos de sus visiones durante unas horas, pues los sellos de las ceremonias secretas son imposibles de atravesar ni a través de profecías. Me encogí de hombros y me di media vuelta sin pensar más en ello.

De vuelta a la habitación, Ángela estaba ya profundamente dormida en mi cama pero aún así pude comprobar que se había puesto su amuleto, así que hice lo mismo y me tumbé en el colchón lo más silenciosamente posible a dormir por fin.