Realidades del Corazón

Capitulo 9

Te amaré

Con la paz de las montañas te amaré
con locura y equilibrio te amaré
con la rabia de mis años
como me enseñaste a hacer
con un grito en carne viva te amaré
En silencio y en secreto te amaré
arriesgando en lo prohibido te amaré
en lo falso y en lo cierto con el corazón abierto
por ser algo no perfecto te amaré
te amaré, te amaré como no está permitido
te amaré, te amaré como nunca se ha sabido
Porque así lo he decidido te amaré
Por ponerte algún ejemplo te diré
que aunque tengas manos frías te amaré
con tu mala ortografía y tu no saber perder
con defectos y manías te amaré
te amaré, te amaré porque fuiste algo importante
te amaré, te amaré cuando ya no estés presente
A pesar de todo, siempre te amare
al caer de cada noche esperaré
a que seas luna llena y te amaré
y aunque queden pocos restos
en señal de lo que fue
seguirás cerca y muy dentro te amaré
te amaré, te amaré a golpe de recuerdos
te amaré, te amaré hasta el último momento
seguirás cerca y muy dentro
a pesar de todo siempre
te amaré

Miguel Bosé

1980


Candy miraba el jardín por el ventanal del gran salón de la casa Lakewood, con la llegada de la primavera, las rosas, incluidas las Dulce - Candy, florecían haciendo la vista y la brisa exquisita, la mañana no podía ser más soleada y los recuerdos dulces y tristes de su niñez parecían vagar por toda la vereda hasta el portal de rosas. Aun podía ver ahí a Anthony, el dulce adolescente con esos ojos que siempre la miraron, que realmente la miraron, no a la niña del hogar de Pony, no a la revoltosa, ese chico de enorme corazón miro siempre a la pequeña perdida en un mundo tan diferente a lo que conocía y le sonrió cambiando para siempre su destino.

Ha pasado mucho tiempo desde que viví aquí… he recorrido mucho camino desde que viví en el establo de los Legan – pensaba mientras otros recuerdos llenaban su cabeza.

La familia Legan y su adopción, Neal siendo un niño consentido y ladino convertido ahora en un adulto resentido y vicioso, lo podía ver y hasta oler cada vez que estaba cerca, los ojos vidriosos y el aliento a alcohol, ¡qué desperdicio de vida! Y Elisa… últimamente la tenía en sus pensamientos constante, desde su boda no había podido quitársela de la cabeza y con esta boda completamente distinta, incluso totalmente opuesta a la de Elisa, traía una y otra vez a la pelirroja a su mente. No podía dejar de comparar la sencilla felicidad que se respiraba en este día a la grandiosa pero fría boda a la que asistió seis meses atrás. Elisa había cumplido con cada expectativa del acontecimiento, aun podía verla entrando del brazo de su padre en la iglesia, nadie dejo de admirar el vestido, el tocado y el velo, se veía… majestuosa, incluso el hecho de casarse con un hombre sin "ilustre" apellido le dio ese escandaloso encanto que fascina tanto a la sociedad de Chicago. Sin embargo no pudo nunca reconocer a Elisa. La mujer del brazo de Frank Harrington no tenía ese ademan de satisfacción, de suficiencia, esa aura de inconsciente seguridad en el caminar, en los modales y en las sonrisas de una joven que creció con la certidumbre de su lugar en el mundo, incluso parecía ausente y sola.

- ¡Candy! – grito Patricia desde lo alto de la escalera haciendo que esta olvidara por el momento el hilo de sus pensamientos y se girara para ver a la radiante mujer que bajaba la escalera.

- Te ves… feliz – fue la respuesta de Candy a la sonriente chica

- Me siento feliz, emocionada y nerviosa… ¿Qué haces aquí?- pregunto Paty

- Miraba y recordaba.

- ¿Buenos recuerdos Candy?

- Simplemente recuerdos Paty, este jardín y esta casa forman parte de mi niñez.

- Lakewood es hermosa, cuando sugeriste el lugar para la boda no pensé que me gustaría tanto.

- Pensé que sería lo mejor, fuera de Chicago, para una boda tan intima como la de ustedes.

Paty miro por la misma ventana que había llamado la atención de Candy, el jardín, la hermosa reja… suspirando, sonriente abrazo a su amiga fuerte.

- Mañana me caso con el hombre que amo Candy, después de haberlo perdido, haberlo pensado muerto y llorado, nos unimos para el resto de nuestras vidas. A veces no puedo creerlo, cuando despierto siempre tengo miedo de que sea solo un sueño…

- Bueno, supongo que el hecho de que te despierten sus ronquidos dejará a un lado ese miedo… - contesto riendo Candy

- ¡Candy! – Paty trato de sonar escandalizada, pero termino riendo con su amiga para después decir -Annie me mando por ti, estamos todas en la habitación de la tía Emilia, vamos a tomar té y galletas y a comenzar a prepararnos para la tarde.

- Preferiría café y sándwiches… espero que Dorothy haya pensado en mi.

- Seguramente si, te conoce… o tal vez conoce mejor tu buen apetito.

- Mi único consuelo es que Annie come ahora tanto como yo – le dijo guiñándole el ojo

- Es cierto pero es que ella esta comiendo por dos – devolviéndole el guiño

- Entonces creo que no es un gran consuelo – respondió riendo.

El par de chicas se reunieron con las demás mujeres que hablaban sobre los detalles de la boda, y al entrar Candy noto que la tía Emilia dejaba sobre el buró una carta que le entregaron con el seño fruncido, pero fue la voz de Flammy la que se adelantó con su pregunta.

- ¿Sucede algo Sra. Emilia? –

- Nada realmente importante, Elisa avisa que nos acompañará hasta esta tarde. – contesto la anciana contrariada.

- Lamento no coincidir con usted Tía, pero porque eso le molesta. – preguntó Kerry – pensé que estaban distanciadas.

- Es la excusa… dice que debe acompañar a su madre a un compromiso previamente concertado algo sobre caridad.

- Y cree que miente – Siguió Kerry

- Estoy segura que miente, su madre mando una excusa diferente más temprano – respondió la matriarca.

- Es evidente que ninguna quiere estar aquí, incluso es comprensible y en lo particular se los agradezco, no tenía ganas de lidiar con ellas el día de hoy… lo siento Tía Emilia - dijo Paty mirando a la anciana preocupada, pero ella no comentó nada.

Pero eso no es lo que te molesta, verdad Emilia. – continuó Martha, la única otro mujer mayor en la habitación y la única familia que acompañaría a Paty este día - sentándose junto a ella y mirándola directo a los ojos.

Tienes razón Martha. – le respondió directamente - me distancie bastante de Elisa y su madre poco antes de la boda de mi sobrina- nieta, no tuve oportunidad de mostrar mi desacuerdo con esa unión y estaba tan enojada que no había notado que ellas se distanciaran. Cada una da una excusa distinta donde incluyen a la otra, es decir, que no se hablan, que esta sucediendo que Elisa no habla con su madre a menos de 3 meses de casada, es un tiempo y un momento muy frágil en un matrimonio convenido y es generalmente la madre la que acompaña y aconseja en este tiempo. Si su madre no está con ella, ¿quién? – su voz se iba elevando mientras apretaba la mano de Martha.

- Tranquila Sra. Emilia, hoy puede hablar con ella, incluso si no puede invitarla después y averiguar que sucede. – la voz de Flammy la hizo mirar hacia ella, y respirando profundo tomo la taza de té que le ofrecía.

- Tienes razón, este no es el momento, mejor sírveme un poco de pastas antes de que Annie acabe con ellas – contesto sonriéndole a la chica que tenía la boca y el plato lleno.

Candy escucho en la voz de la tía Emilia su preocupación, de pronto tomo conciencia de lo que Elisa representaba para ella, era su nieta, la chica que hasta antes de la boda cumplió con todo lo que se esperaba de una chica de la familia y más que eso, paso veranos enteros en esta casa a su lado, mientras los chicos eran libres de ir y venir, Elisa pasaba las tardes con su Tía Abuela, la acompaño tras la muerte de Anthony, seguramente la quería tanto como a amo a Pauna, la madre de Albert y la única otra mujer en la familia. De pronto entendió por completo la preocupación por Elisa, sin su madre, debía sentirse totalmente sola y perdida en una casa y con un hombre desconocido.

- Y a mi acérquenme los emparedados antes de que también acabe con ellos – terció Kerry tratando de regresar al buen humor que tenían antes de la misiva.

- No deberías cuidarlos de mi si no de Candy, ella es la glotona aquí – dijo Annie tratando de zafarse de la mirada de todas mientras se limpiaba las migajas discretamente.

Todas rieron cuando al mirar a Candy la pescaron con un emparedado en cada mano y una gran sonrisa. El resto de la mañana pasó en feliz compañía, y al terminar ella, Kerry, Flammy y Annie acompañaron a Paty a su cuarto para ayudarla con los últimos detalles de su ajuar. Martha se quedó con la tía Emilia, y le pidió a Dorothy les trajera una botella de coñac y dos vasos, la chica trajo una bandeja con una licorera y dos vasos con una mirada un poco asombrada y se despidió rápidamente. Ya a solas Martha sirvió el coñac y le dio una copa a Emilia.

- Esto te calmará mas rápido que cualquier medicamento, simplemente no tomes ninguno hasta mañana.

- ¿Y esto lo sabes por qué…? -

- Yo también estoy vieja Emilia - contesto riendo

- Gracias – y mirando la copa le dijo con voz nostálgica – El coñac me recuerda a mi marido, con él aprendí a beberlo, era un secreto nuestro.

- Yo también aprendí con el mío, creo que le gustaba verme mareada – completo Martha con una media sonrisa - Mi marido murió cuando yo aun era muy joven, creo que por eso mi hijo se convirtió en el hombre que es hoy, serio, costumbrista, de pronto su vida se convirtió en la de su padre, se hizo duro y formal para compensar su juventud y su inexperiencia, sin lugar para la tolerancia o el perdón Emilia, su hija, su única hija se casa y no viene a su boda, aun esta furioso por la desobediencia de Paty y aun mas furioso conmigo por apoyarla… los extraño a los dos, pero aun mas a mi marido, cuando comenzó nuestro matrimonio, me trataba como a una niña consentida, pero nunca me hizo sentir tonta, me tuvo paciencia, me enseño y me dejo hacer tantas cosas… como el coñac, como el cigarro, como manejar… - Martha se quedo callada unos momentos y después miro a la mujer frente a ella que estaba perpleja.

- ¿Sabes manejar un auto? … yo siempre tuve curiosidad, pero lo mío fueron los caballos, mi marido me dejaba vagar por Lakewood a caballo por horas, mi yegua y yo ganamos varios premios, incluso montaba mejor que él, mi nieto Anthony heredo eso de mi… Aunque si aprendí a fumar – le dijo riendo al ver su cara.

- Vaya, somos un par ¿eh? – contesto Martha riendo igual, después se quedo en silencio, recordando.

Después de un rato, las ancianas se miraron…

- ¿Con cuál vas a hablar primero? -

- Con Elisa, su madre esta bastante ocupada con las andanzas de Neil.

- Elisa siempre me ha parecido una mujer muy segura y capaz, pero imprudente, cuando me enteré del matrimonio y del marido, sentí lastima por la chica, después de tanto esperar casarse con uno de tus nietos, que tuviera que sacrificarse así por su familia, no esta bien, su madre no debió permitirlo…

- Creo que fue precisamente su madre la que forzó toda la situación, siempre ha preferido a su hijo sobre Elisa, y fue el quien llevo a la familia en el desastre económico que la hundió en ese matrimonio.

- Tal vez ese fue el motivo del distanciamiento.

- Lo dudo, Elisa es imprudente y soberbia, pero siempre fue obediente.

- Entonces hasta que hables con ella, no sabrás qué pasa realmente y es mejor preocuparse por lo que si puedes resolver en el momento, como el coñac que aun queda en el vaso y el vestido de gala que aun tenemos que usar, a nuestra edad ya deberían perdonarnos la etiqueta – dijo vaciando su vaso

- Lo siento Martha, en lo del coñac estoy de acuerdo, pero a mi aun me encanta estrenar.


Elisa miraba el vestido que llevaría a la boda de Patricia, el primer vestido que no aprobaba su madre, pensar en ella era muy doloroso, se sentía muy sola. Girándose miro los zapatos a juego encima de la cama, Clara, su mucama, los había dejado ahí, era la primera vez que sabía el nombre de su mucama, la chica era bastante inteligente y callada, dos razones para conservarla. Su vida había cambiado radicalmente. Después de su noche de bodas, su nuevo marido simplemente toco a su puerta y le pidió se reuniera con él en la pequeña salita que dividía sus recamaras. Elisa se vistió, el espejo le dijo que no necesitaba decir nada, su semblante era muy elocuente, así que salió de la habitación con toda la dignidad posible. No tenía idea a que iba a enfrentarse, tenía miedo y al mismo tiempo se sentía furiosa, de pronto se dio cuenta de que se sentía así desde la noche de su compromiso y sentada en una habitación extraña, con un hombre extraño se sentía además totalmente sola.

- Ahora que te tengo enfrente no sé por dónde empezar… - comenzó a decir el hombre con el que se había casado el día anterior y se quedo callado.

- Mi Tía Abuela siempre me dijo que el principio es el mejor lugar – comentó tratando de aparentar tranquilidad.

- Y tiene razón – contesto después de un momento largo mientras la miraba – Elisa nos hemos casado sin conocernos en realidad, yo buscando tu apellido, tu buscando mi dinero. Obligue a tu familia en muchos sentidos, tenía ventaja, sin embargo ahora que tu eres mi esposa, las situación es totalmente distinta, y creo que necesitamos hablar sobre lo que vamos a ser, hacer y a necesitar el uno del otro de ahora en adelante.

- En realidad no te entiendo, y no sé qué quieres que responda – contesto Elisa frustrada y cansada al mismo tiempo.

- Es por que aun no te sientes mi esposa Elisa –dijo un poco frustrado, un poco desesperado - sigues siendo a todas luces una hija, y lo primero que quiero y necesito es que dejes tu lealtad hacia tu familia sobre todo a tu madre y me seas leal a mí. – le dijo Frank mientras se levantaba dando vueltas por la habitación. – Entiendo que te sientas enojada incluso ofendida conmigo por no… consumar nuestro matrimonio, pero creo que fue una buena decisión.

- Sigo sin entender que estas pidiéndome, yo no debo faltarte bajo ninguna circunstancia, yo soy una dama… - contestó Elisa avergonzada y más frustrada.

- No, no me refería a eso… - le interrumpió Frank, mirándola levanto la mano cuando Elisa pretendió hablar nuevamente, para silenciarla, después respiro profundo - no estoy buscando que me digas que vas a serme fiel y obediente, eso lo sé, creo que tu educación no te permitiría ni siquiera pensar de otro modo. Me refiero a que hoy ya no eres Elisa Legan, si no Harrison, tú eres mi esposa, la Sra. Elisa de Harrington, y ahora yo soy tu familia.

- Elisa abrió la boca nuevamente, pero se detuvo. Era verdad, totalmente verdad, ella ya no era una Legan, era una Harrington, su esposa, y de acuerdo a todo lo que le enseñaron le debía si no amor, obediencia y lealtad al hombre frente a ella… a su esposo.

- Entiendo lo que quieres decir. Por supuesto que tienes mi lealtad, eres el hombre con el que me casé, y así es como funciona.

- Espero que lo digas en serio Elisa, me gustaría pensar que podemos hacer un buen matrimonio, o por lo menos llegar a un acuerdo que sea satisfactorio para ambas partes. No deseo una mujer que solo diga si, ni tampoco una niña a la que tenga que cumplirle sus caprichos o demandas, espero de ti que te ocupes de mi casa, de mi persona en cuanto a todo lo que necesito saber y aprender sobre modales y etiqueta, que me acompañes a todo evento que sea necesario, eres muy inteligente Elisa y tus padres desperdiciaron sus esperanzas en tu hermano, cuando te conocí me di cuenta de esto y fue precisamente el motivo de apresurar las cosas, quería que fueras tú, tienes el carácter para lo que pretendo de nuestra vida, social y económica. Quiero ser claro, el mundo financiero en esta ciudad está totalmente ligado a la sociedad, yo puedo hacer negocios, buenos negocios, pero he perdido varias oportunidades por qué no tenía el apellido necesario, ahora te tengo a ti. Pero creo que en este arreglo los dos debemos estar consientes de nuestras responsabilidades, pero también de lo que obtendremos – comento haciendo una pausa – Mientras fuiste hija de familia Elisa, tu no tenías derecho a una opinión o a decir no… yo no quiero funcionar así, creo firmemente que si estás de acuerdo, incluso entusiasmada por lo que vas a obtener de este matrimonio, podemos lograr hacer una buena vida, yo te ofrezco no solo una casa, tu casa para hacer y ordenar, una situación económica más que desahogada, pero lo más importante la libertad de elegir que quieres hacer con tú vida, con nuestra vida.

- Entonces estamos hablando de un acuerdo… donde yo también puedo… pedir lo que quiero. – preguntó un tanto incomoda.

- Si, básicamente si, tendremos que ver que estamos dispuestos a hacer y que no, que queremos y podemos alcanzar y que no.

- Y además de la etiqueta y de modales, la casa y eventos, que mas vas a solicitarme.

- Tiempo Elisa, quiero conocerte, y que tú me conozcas.

- ¿Por qué quieres conocerme? – pregunto muy extrañada y curiosa, sus padres no hablaban mucho y solo sobre cosas sociales, o tal vez ella nunca se percato de más.

- Por qué Elisa, algún día vas a ser la madre de mis hijos.

Sintió como el color le subió a las mejillas, y se quedó callada durante un rato.

- Es por eso que no… que tú no… que anoche… - empezó a decir la pelirroja sin poder completar la frase.

- Si, en su mayor parte, creo que antes de iniciar esa parte de nuestra vida como marido y mujer deberíamos… conocernos más. – contestó Frank tratando de parecer calmado.

Elisa volvió a quedarse callada, miró a su marido por largo rato.

- Y… ¿necesitas qué ahora mismo te diga que quiero o necesito?

- No – le contestó sonriendo –piénsalo y podemos hablarlo cuando quieras, eres muy inteligente tomándote tu tiempo para pensar.

Tomaré eso como un cumplido… Frank. – le contestó dirigiéndose a él por primera vez por su nombre propio, que hizo sonreír a… su esposo.

Elisa pensó todo el día sobre su nueva situación, incluso pensó en llamar a su madre, pero algo dentro de ella se negaba a decirle nada, si concia bien a su madre, asumiría que la noche de bodas fue un desastre por su culpa y trataría de sacar el mejor provecho del convenio pero para ella misma, o para los Legan… y ella ya no era una Legan. Después de tener que obedecer toda su vida a su madre, al fin podía tomar sus propias decisiones, y cuando regreso su marido le dijo eso mismo, que quería tomar sus propias decisiones sobre ella, su casa, su forma de vestir, donde y a quien frecuentar.

El vestido era totalmente diferente a lo que hasta la fecha había usado, en azul turquesa y dorado, escotado de los brazos, dejando su garganta y principio de pecho descubierto, terminado a la cadera pero los pliegues que caían a partir de ahí eran largos dejando que la iridiscente tela cayera sobre el piso, sus pequeños pies cubiertos por zapatos con botones al frente, hasta su tobillo en dorado, como el frente de su vestido y un par de guantes hasta arriba del codo, el día que lo compro, lo hizo en un arranque de rabia hacia su madre, ella nunca aprobaría este vestido, pero ella no estaba y como le dijo su marido, era una mujer casada, con edad suficiente para elegir lo que quería, sin que su madre pudiera opinar nada al respecto, por supuesto si no estuviera disgustada con ella al grado de no dirigirle la palabra seguro tendría algo que decir. Recordaba perfectamente el último día que se vieron. Su madre fue a visitarla una semana después de la boda, un tiempo apropiado para visitar a su hija recién casada.

- Buenas tardes Madre, que bueno verte – saludo Elisa sinceramente.

- Te ves bien Elisa – le contestó su madre mientras se sentaba mirándola con ojo crítico, a ella y al salón – este lugar sin embargo necesita una remodelación inmediata, tendremos que ponerlo en la lista de pend….

- Permíteme pedir el servicio de té Madre – la interrumpió Elisa obteniendo un ceja alzada y desaprobatoria por parte de la mujer sentada frente a ella. De pronto ya no se sintió tan alegre de verla.

- No es propio de una jovencita interrumpir Elisa – le dijo su Madre – Acaso en una semana se te ha olvidado una vida de buenos modales…

- Lo siento, de cualquier forma, es hora del té. – contesto Elisa sin sentir ningún remordimiento real.

El servicio llegó en seguida y mientras tomaban te y galletas su Madre comenzó un monologo de acontecimientos sociales pasados y futuros, de quien, de donde, para cuando, mientras insertaba instrucciones para Elisa sobre cuando, donde y a qué hora asistir o no a eventos sociales y cuando tenía que acompañarla en una serie de citas y compras. Elisa la miró todo este tiempo callada, se preguntaba si su madre no se daba cuenta de que ella era una mujer casada, que no podía disponer más de su tiempo, ni de su agenda, ¿Qué no podía preguntarle si estaba bien, cómo se encontraba en este matrimonio convenido, si necesitaba algo? Comenzó a enojarse, ¿Acaso no debería estar preocupada por ella, no debería preguntar por su marido?

- ¿Me estas escuchando Elisa? – se interrumpió su madre de pronto – No parece que estés atendiendo a lo que te digo.

- Te escuche perfectamente Mama, simplemente estaba esperando a que terminaras para decirte que no puedo atender a todos los compromisos que estas enumerando.

- De que estás hablando Elisa, no sé qué sucede contigo pero ya basta, trae tu agenda, pide más té y comencemos a organizar la semana, no voy a tolerar un minuto más este comportamiento.

- Lo siento Mamá…

- No lo sientas y haz el favor de hacer lo que te pido…

Elisa se quedo callada unos segundos mirando a su Madre furiosa, de pronto toda esa angustia, toda esa tristeza, soledad y desilusión que venía sintiendo desde su compromiso la hicieron reaccionar.

- No me disculpo por el comportamiento Madre, me disculpo porque ya no puedo atenderte en este momento, veras Frank, mi marido viene a cenar temprano y debo ocuparme de los detalles de la cena. En cuanto a los demás compromisos, voy a dejar mi agenda abierta y te avisaré a cuales puedo y quiero asistir… - contesto Elisa con falsa dulzura, levantándose de su asiento obligando a su madre a levantarse también, seguro por reflejo y por asombro del cual se recupero en seguida.

- Te estás atreviendo a despedirme Elisa.

- No Madre, te estoy pidiendo disculpas por que ya no puedo atenderte.

- En serio piensas que atender los detalles de la cena de ese hombre es una disculpa para tu comportamiento

- Ese hombre es mi marido, aunque pareces no querer reconocerlo, algo bastante particular ya que fuiste tú la que lo elegiste para mí y es precisamente por qué debo ocuparme de mi casa, de mi marido y de mi agenda por lo que te suplico me disculpes.

- ¡Elisa Legan! Que… -

- No Mamá, ya no soy Elisa Legan, soy Elisa Harrington, soy una mujer casada y con deberes y obligaciones para con mi casa y mi marido, así que te aviso sobre los compromisos a los que pueda o no asistir, mientras tanto, te acompaño a la puerta.

- La madre de Elisa la miraba boquiabierta, pero se recuperó inmediatamente, como siempre Elisa tenía que admirar el calculado comportamiento de la mujer que hasta hoy había obedecido.

- No es necesario que me acompañes a la puerta, tampoco que me avises sobre nada. Crees que por haberte casado no tienes ninguna obligación para con tu familia, te equivocas, eso habla sobre tu falta de experiencia, sin mi niña, no vas a saber ni por dónde empezar – la amenazó – Cuando recapacites y te disculpes, llámame. – dijo mientras se dirigía a la puerta con una sonrisa calculada en la cara.

El ser dueña de una casa y estar al pendiente de todo, la cocina, la lavandería, el jardín le hizo ver lo mucho que se hacía, lo mucho que se trabajaba para tener una casa hermosa. Su casa, era un extraño pensamiento, desde el principio Frank le dio carta blanca para cambiar lo que quisiera, además le asigno una cuenta de banco y una chequera y le enseño a usarla, de pronto su tiempo era menos salidas y amigas y más responsabilidades, incluso su rutina cambio drásticamente, en casa de su madre cada uno desayunaba cuando y donde quería, a Frank le gustaba desayunar con ella, temprano no más de las 9:30, le preguntaba por su día como si realmente le interesara y le comentaba sobre su trabajo, incluso escuchaba si tenía alguna opinión al respecto, después su día transcurría según si su marido regresaba o no a comer, disponía la comida y las tareas de casa y remodelación, se encargaba de la correspondencia y las cuentas, salía si era necesario y alguna vez comía con su marido en algún lugar de moda. La cena era su parte favorita, la tomaban en el salón que comunicaba sus habitaciones, y la plática era sencilla, Frank preguntaba sobre temas de etiqueta que desconocía y Elisa le enseñaba sobre las formas correctas sociales, después se despedía tensamente de ella y la dejaba frustrada y encantada al mismo tiempo… su vida de casada no era nada de lo que le había pensado, pero no le disgustaba, incluso cuando peleaban o le advertía que no fuera impertinente, de esa manera pasaron 3 meses, y su primera aparición social era la boda intima de Stear, y por primera vez estaba más preocupada por su encuentro con su Tía Abuela y con su madre que con todos los demás familiares, incluso no le dedico un momento al hecho de que Patricia se casaba o a que Candy estaba prometida o Annie embarazada. Realmente su vida había cambiado radicalmente.


Por el pasillo formado por las sillas desplegadas en el jardín de rosas Candy sonreía a su amiga que caminaba hacia el dosel ornamentado con rosas y listones donde Stear la esperaba. Paty se veía serena, llena de alegría sin ninguna reserva. Candy solo había estado en dos bodas anteriores y ninguna de las dos novias estaba así de sosegada, sin nervios, como si casarse fuera solo el siguiente paso, algo que hacer para alcanzar la vida que ya sabía tendría. Su vestido blanco de seda brillante se ondulaba con cada paso que Paty daba hacia el hombre que amaría para siempre, no hacía falta un padre que la acompañara, no hacía falta una madre que llorará lagrimas de felicidad, su Abuela estaba ahí para eso, la mujer que tomaba las manos de Stear era toda amor; y mientras los escuchaba decir sus votos, jurarse el uno al otro, la presencia de Terry la llenaba por completo, junto a ella, su mano en la suya, sus dedos inquietos acariciándola, mirándola con amor, con pasión, susurrándole cuanto deseaba que fueran ellos los que estuvieran en ese altar.

Sentado al lado de su esposa, Frank Harrington observaba curioso la sencilla ceremonia y fiesta que los acaudalados Andric ofrecían por el enlace de uno de los herederos, incluso se enteró por comentarios de Elisa que la chica que desposaba Stear Cronwell era de una familia muy respetable pero que había sido desheredada por su padre, pero que aun era la única heredera de su Tía Abuela, lo que explicaba que la matrona fuera la única familiar por parte de la novia.

Frank pensaba que conocía a los aristócratas, a los nuevos ricos, a las familias de rancio abolengo, todos con los que había tratado hasta ahora eran iguales, gente que sonreía hipócrita, que toleraban su presencia debido al poder que tenía, a la posición que tenía dentro del mundo comercial, pero jamás se había topado con gente como esta, tan… auténtica. Comenzando por Albert, quien le ofreció la mano sin vacilar igual que su esposa la doctora Collier, no recordaba su nombre de pila; la dulce mujer de Archie, embarazada y sonriente le preguntó si quería algo mas de comer, la rubia del brazo del arrogante actor exudando amor y la feliz pareja con las ancianas a los lados con miradas beatificas y satisfechas, todo parecía irreal, sobretodo si lo comparaba con la compañía de su propia mesa, sus suegros una pareja peculiar y amargada, sobretodo su suegra una mujer de sonrisa congelada y nariz levantada que ya no podía controlar a su hija y por consiguiente a él, pero mientras se sentía aceptado y tranquilo con estas personas, era su cuñado el que lo hacía sentirse inquieto. Solo con mirarlo podías sentir como rezumaba odio y disgusto, whisky tras whisky no dejaba de mirar a la chica rubia… Candy. Miro a su esposa y tuvo nuevamente ese impulso de comentarle sobre todo lo que veía, pero al verla triste y ausente, lo olvido y de pronto deseo que su esposa lo amara, que lo mirara como la novia miraba al novio y pronunciaba sus votos de fidelidad y amor eternos. Sabía que era una tontería, no se caso por amor y era amor lo que deseaba.

- Deja ya el whisky Neal – le dijo su madre

- Lo dejaré cuando se acabe – contestó insolente

- Lo dejarás ahora – le dijo Frank en un tono bastante molesto

- Ocupate de tus asuntos Harrington, yo no tengo por que obedecerte, no soy mi hermana – contesto burlón mirando a Elisa quien lo miro roja de ira.

- Tienes razón Neal – contesto Frank en esa voz baja pero amenazante - si fueras tu hermana, jamas dejarías que nadie te viera hacer el ridiculo, nunca habrías jugado y perdido tanto dinero, ella si es una mujer, tu no eres nada mas que un niño de mamá, al cual se le tiene que salvar de si mismo, ¡cuidado! No te atrevas a levanatarte o ha hacer una escena que averguence a Elisa, recuerda bien que soy yo el que paga tu casa y lo que vistes, así que mejor vete, despidete y largate de una vez a dormir la borrachera. – le dijo con voz controlada pero se notaba la furia contenida, la amenaza no solo en las palabras – vamos Elisa, me gustaría saludar a tu Tía Abuela, tiene rato mirando hacia acá, seguro quiere hablarte. – dijo tomando a su esposa de la mano mientras se levantaba y cortésmente le quitaba la silla, justo como le había enseñado.

Elisa estaba perpleja, no por Neal, quien se sentó sin decir palabra, pero con la promesa de desquitarse en los ojos, si no por la respuesta de Frank, la defensa, nunca pensó que Frank podría verse así de furioso, de pronto al ver su sonrisa complice, se dio cuenta que quería darle una lección a su hermano y a su madre y ella… también. Acompaño a su marido hasta donde estaba su Tía Abuela se sintió de pronto nerviosa por el recibimiento que podrían tener, pero en cuanto su Tía Abuela la miro y le sonrió se tranquilizo.

- Tía Abuela, buenas tardes – dijo Elisa – Ya conoces a Albert y a su esposa y ellos son Terrence Granchester y Candy White Andric, te los presente en la boda – termino un poco descolocada al ver a la pareja acercarse a la mesa, hacia meses que no veía a Candy y… estaba radiante. Miro inmediatamente a su marido, esperando como siempre que alguien conocía a Candy, la admiración o lo que fuera que despertara en los hombres.

- Sra. Elroy, un placer saludarla nuevamente, – contestó Frank, propiamente – Sr. Andric, Sra., un placer, la Mansión Lakewood es todo lo que mi esposa me comento, muy hermosa, Sr. Granchester, Srita. White, un placer saludarlos nuevamente – Frank se dirigió a los hombres de forma apropiada, se inclino ante las mujeres e inmediatamente tomo su mano y la miro sonriendo.

Elisa le sonrió de regreso, totalmente feliz, Frank ni siquiera desperdicio un segundo en Candy o en Kerry, pero la miraba a ella, sonriendo.

- Qué bueno verte Elisa, por favor toma asiento aquí conmigo, déjame mirarte, desde tu boda que no te veo, pero el matrimonio parece… sentarte bien – comentó su Tía Abuela con los ojos llorosos – por favor Sr. Harrington, tome asiento también.

La plática continuo alegre, Albert inmediatamente incluyo a Frank en la discusión que tenia con Terry sobre autos, mientras el primero era fiel a la producción del país, Terry prefería los modelos Europeos, así que le tocaba a Frank desempatar ya que los argumentos estaban en la mesa y las esposas de cada uno opinaban, irónicamente contrario a sus maridos, la rubia estaba totalmente de acuerdo con Albert, mientras la esposa de este ultimo coincida con el Actor.

- Que opina Sr. Harrington, nacionales o europeos, tal vez usted o Elisa puedan desempatar esta discusión así podría hacer que Albert me comprara uno por fin. – le pregunto Kerry

Elisa se sorprendió de ser incluida en una discusión así, no estaba sorprendida de ver a ambas mujeres expresar sus opiniones sobre nada, pero sí de ser tomada en cuenta, nadie le preguntaba sobre estas cosas, y… ella no sabía manejar un auto, y se encontró deseando tener uno como Kerry.

- Lamento decirle Sra. Andric…

- Kerry por favor, creo que ya se habrá percatado que no somos muy formales cuando estamos en familia. – le dijo la mujer sonriendo, lo cual dejo totalmente sorprendido a Frank y a ella misma.

- Y yo soy solo Albert, aunque la Tía Abuela me recuerde siempre mis tres nombre y apellidos cuando quiere regañarme por alguna cosa – dijo guiñándole el ojo a la mujer que solo levanto los ojos exasperada, pero con una mueca que se parecía bastante a una sonrisa

- Gracias, yo solo soy Frank, algunos me llaman por mi apellido exclusivamente, como prefieran.

- !Ah! Mi tipo de hombre, a mi me llaman también por mi apellido, Terry o Terrence, me hacen sentirme aun un adolescente. – tercio el actor, seguido de una risa de su prometida.

- Tu nunca dejarás de ser un adolescente Terry – le dijo bromeando, mientras los demás reían.

- Pues te decía Kerry – siguió la conversación – que lamento decirte que creo en nuestra industria automotriz más que en la europea, yo mismo tengo un auto 100 % americano.

- Bueno eso lo resuelve Albert. – le dijo su esposa

- Resuelve el conflicto, pero aun no estoy muy convencido de comprarte un automóvil, tenemos autos y choferes que pueden llevarte donde y cuando quieras.

- Candy tiene un auto, tu se lo compraste, incluso la enseñaste a conducir – dijo Kerry extrañada

- Por lo cual no lo voy a perdonar jamás - contesto Terry – A quién se le ocurre darle maquinaria pesada a una revoltosa como ella. – dijo Terry

- Manejo mejor que tú – contesto Candy en tono ofendido.

- Qué dices Elisa? – le preguntó Kerry – *No te gustaría tener tu propio auto?

Elisa se quedo callada unos segundos, sorprendida nuevamente, por todo, la discusión, el intercambio de bromas y que nuevamente se pidiera su opinión.

- Creo que me encantaría tener un auto propio – dijo tentativamente mientras miraba a su marido – aun que nunca lo hemos hablado.

- Si quieres un auto, por supuesto que te compraría uno y yo mismo te enseñaría a conducir – contestó Frank totalmente serio.

- ¡Frank, Frank, que has hecho! Ahora no me queda más remedio que comprarle uno a Kerry – dijo Albert riéndose de lo serio que estaba.

Y yo voy a devolverte el favor enseñándole a conducir – le dijo Terry a Albert también riéndose al ver la cara de su amigo - al puro estilo europeo

- No, no, gracias, creo que prefiero hacerlo yo mismo, tú eres capaz de enseñarle a conducir del otro lado de las carreteras, solo por diversión.

- Qué te parece Elisa si la semana siguiente vamos con Frank y Albert, tomamos nuestras lecciones y tal vez cenar algo en casa, seguro a la Tía Abuela le encantará recibirlos, te ha extrañado mucho, no es verdad Emilia.

- Es cierto Kerry, me encantaría que vinieras a cenar a casa Elisa, con tu marido.

- Gracias Kerry, tía, por supuesto, si Frank puede con todo gusto.

- Claro que si Elisa, cuando es conveniente para ti Albert.

- El martes regresamos a Chicago, el miércoles es el mejor día, Tía está de acuerdo.

- Si Albert, para ese día es perfecto y ahora, me gustaría retirarme, estoy cansada – dijo la anciana mientras se levantaba – Candy podrías decirle a Flammy que me acompañe…

- Me gustaría acompañarte yo Tía Abuela – le dijo Elisa espontanea, nunca se ofrecia a nada

- Por supuesto hija, a mí también me encantaría- contesto ridiculamente feliz por el detalle de su nieta - Nos disculpa un rato Sr. Harrington, no la voy a ocupar mucho tiempo.

Por supuesto Sra. Elroy, que pase una buena noche. – dijo Frank levantándose al mismo tiempo que Albert y Terry.

Gracias – contesto la anciana – Candy, de cualquier forma, avisa a Flammy.

Por supuesto, descanse Tía Abuela. – le sonrió Candy mientras buscaba a Flammy y se dirigía a ella.

Mientras veía a su esposa acompañar a la anciana mujer, se dio cuenta del gran amor que existía entre ellas, esperaba que pudieran hablar, que la mujer tranquilizara a Elisa o quizás al contrario, y agradeció a esta familia por hacerla sentir incluida y a él.

Al sentarse nuevamente se encontró con la sonrisa de Albert y de su esposa, sin embargo mas allá de la pareja, vio a su cuñado tratando de salir del salón sin poder equilibrarse, empujando a la chica de servicio que traía una charola de copas, la chica cayó sobre las copas estrelladas y Neal gritándole intento patearla. Frank se levantó impulsado por la furia, detrás de él Albert y Terry, pero llegó muy tarde, la pequeña pero muy embarazada esposa de Archie que traía en la mano un florero se lo estrello en la cabeza, furiosa, mientras una chica de cabellos largos y castaños llegaba a atender a la chica que lloraba en el piso. Su cuñado cayó al piso, y desde ahí insulto a las mujeres e intento patear ahora a la esposa de Archie, pero no logro si quiera acercarse, de la nada, Archie se le fue encima, la furia del hombre se veía en cada golpe que le daba y el no recriminaba en nada, si hubiera sido Elisa y embarazada, lo mataría. El pensamiento lo desconcertó, pero la voz de Terry llamo su atención.

- Creo que ya fue suficiente Albert, lo va a matar, no es que me importe, de hecho lo ayudaría, pero hay demasiados testigos, y su madre esta gritando sin parar – dijo bastante tranquilo, y Frank no supo si hablaba en serio o no

- Vamos, tú puedes sacar… la basura, yo me encargo de Archie – dijo dirigiéndose a intervenir

- Bien… Qué dices Harrington, quieres encargarte de tu cuñado? – le preguntó en voz controlada

- Quisiera matarlo, pero como dices, hay demasiados testigos. – contesto y la verdad el mismo no sabía si hablaba en serio mientras veía en la mirada del otro hombre su mismo sentimiento – pero te ayudo a sacarlo de aquí

Mientras sacaban a un Neal casi inconsciente, con su madre pisándoles los talones y sin callarse un solo segundo, Frank se dio cuenta de que todas las mujeres pusieron manos a la obra, la chica estaba atendida por Kerry y la castaña, Arthur su hermano estaba revisando a la esposa de Archie… Annie se llama, o eso recordaba, junto a ella la rubia, mientras la novia tomaba la charola y comenzaba a recoger pedazos de vidrio mientras hablaban entre ellas, tranquilizándose mutuamente. Cuando regreso, su esposa miraba la escena desde el otro lado de donde se estaban, lo miro y vio el horror que sentía, la vergüenza, fue hasta ella y la abrazó. Mientras sus lágrimas empapaban su camisa.

- Tranquila Elisa, no paso nada realmente.

- ¡Cómo puedes decir eso! – le dijo consternada – Mi hermano atacó a una chica e iba a atacar a una mujer embarazada. Mi primo casi lo mata a golpes

- Pero no lo logró – la tranquilizó – ya acabó y va rumbo al hospital

- No me preocupa Neal - dijo – Frank yo siempre he sido cruel con estas mujeres, pero jamás me hubiera atrevido a… algo así… quiero… necesito…

Un momento después, Elisa se limpió las lagrimas y camino hasta donde estaba Annie, a menos de un metro, la conversación de las mujeres se corto y Annie miró a Elisa desde su asiento, Frank noto que la rubia daba un paso hacia la embarazada, protectora, pero no dijo nada.

- Annie, yo… lamento mucho esto… no sé como disculparme por Neal… no tiene excusa… espero que estés… que estén bien los dos – le dijo mientras lagrimas le llenaban los ojos

- Tú no tienes que disculparte por Neal, Elisa, tú no tienes la culpa de nada, estoy perfectamente.- contesto suavemente Annie, sin el menor reproche

- Es cierto Elisa, nadie tiene la culpa más que Neal – le dijo Candy – No te preocupes, Annie y el bebe están bien, Arthur ya los checo – completo mientras dirigía su mirada al médico.

- Espero que Dorothy esté bien – contestó mirando a Kerry – ¿necesitará ir a un hospital? – preguntó

- No, ni siquiera va a necesitar puntos, el vidrio no corto profundo, va a estar bien en unos días - le contesto Kerry intrigada, Elisa nunca se preocuapaba de la servidumbre.

Elisa no dijo mas, sin saber qué hacer, miro alrededor y vio a Paty tratando de recoger vidrio sin mancharse, se dirigió inmediatamente ahí y comenzó a ayudarla mientras le decía que se levantara y no manchara su hermoso vestido de novia. La sorpresa en la cara de cada persona a su alrededor no paso desapercibida a Frank, pero estaba completamente orgulloso de su esposa.


Mientras caminaba de la mano de Terry en el jardín de rosas, en silencio, Candy pensaba en él, en ellos, juntos, finalmente después de la sorpresa inicial, del acuerdo del compromiso y la fecha fijada del matrimonio, del pequeño que ya quería como propio, por fin su mente y su corazón se convencieron ¡era de ella!, Terry era de ella. El camino recorrido desde los jardines del San Pablo hasta los jardines de Lakewood fue muy largo, agridulce, pero hoy, en este lugar donde la música sonaba alegre, donde las risas, los abrazos, los buenos deseos eran parte de esta celebración, se dio cuenta que, al igual que Paty, ya no había sombras en su corazón. Mirando a Terry, a esos ojos que la inquietaban al mismo tiempo que la hacían sentirse segura, dentro de ella se produjo el cambio más fantástico, su amor idílico e imposible se convirtió en algo tangible, lleno de futuro, de vida común, de realidad. En los brazos del hombre que significaba más que nada para ella, sintió que necesitaba decirle, que supiera que ella se sentía así.

Terry sintió inmediatamente el cambio en su pequeña pecosa, mientras la besaba, en este jardín, en esta noche que se volvió intima y solitaria en solo momentos, porque todos estaban en otro lugar, en otro momento, la hermosa mujer en sus brazos se entregaba como nunca antes. Todo su cuerpo vibraba contra él, lo besaba sin prisas, pero sin reserva alguna y mientras sus pequeñas manos recorrieron sus hombros hasta su cuello, descansándolas en sus mejillas, el beso se convirtió en gemidos y después en murmullos, Candy estaba hablándole, decía una y otra vez las palabras más deseadas, las promesas más dulces y tiernas.

-Terry te amo, te he amado con la rabia de mis años adolescentes y en silencio y en secreto cuando estabas lejos de mí, arriesgando en lo prohibido, cuando no me estaba permitido. Cuando nos volvimos a ver, me di cuenta que te amaría como me enseñaste a hacer, a amarte, a golpe de recuerdos y hasta el último momento. Te amaré, con defectos y manías, en locura y equilibrio, te amaré, al caer cada noche, y te amaré hasta el último momento, porque estas cerca y muy dentro, porque así lo he decidido y a pesar de todo siempre te amaré. - le decía Candy, mientras suspiraba, mientras lo besaba, mientras lo miraba a los ojos y veía ahí la respuesta a su declaración, con toda la fuerza de la que sabia Terry era capaz, la amaba.

En silencio, Terry la abrazo con la pasión que le enciende siempre la piel cuando la tiene cerca, pero en este abrazo, en este beso, en estas lágrimas que se desprendían de sus ojos al mirarla, sin voz y sin palabras, le sonrió a ella, a su futuro con ella, a la realidad de su corazón.