Capítulo [9]
Eh, intentaré ser breve pues ando con un poquitín de prisa dado que estoy en el siguiente capítulo y a punto de tirarme a la cama por el cansancio. ¿No? Que va, por las ganas de irme de parise'o. En fin, este 9no capítulo, algo corto (no más 25 page), lo tuve que editar como unas cinco veces, caray. Todo a un enredo ahí cronológico de datos históricos de la vida pasada de nuestra querida guerrera. Ya saben, cuando era una pirata, cuando se enredó con Julio César, cuando hizo lo mismo con Borias. Uffff a saber que ocurrió antes o después. Gente, yo estaba bien mocosa cuando vi las primeras tres temporadas de esta serie. Entre las edades de 7, 8 a 10 años. Ni me acuerdo qué cosa me regalaron en ese tiempo en mis cumples. Pero sí, con este capítulo en adelante me he tenido que repasar la historia para no meter fecas aquí. Y si una hay detectada… GRITAR mi gente. Mi pueblo Xenite, ¡jajaja!
Para retirarme, les menciono ahí los episodios cuyas tramas o personajes menciono en este siguiente capítulo.
Primero, os menciono a Borias, mostrado en los ep.6 y 7 de la 3ra temporada de La deuda I y II (The Debt I y II) en donde Xena tiene que ajustar cuentas con cierto reino de oriente al que le hizo la vida de cuadritos en el pasado junto a su amado Borias. Siguiéndoles en la 4ta temporada lo están los ep.1 y 2 de Adventuras en la procesión del pecado I y II (Adventures in the Sin Trade I y II) en donde Xena viaja al norte y la tierra donde residen las Amazonas que mueren (una especie de inframundo para ellas) luego de que Gabrielle muere (de eso cuando se arroja con toda y Hope a las llamas para evitar que Xena muriera en el intento de matar a su malvada y semidiosa semilla) y se entera que debe de estar aquí al no encontrarla en el inframundo griego. Aún en esta 4ta temporada, prosigue el ep.9 de Pasado imperfecto (Past Inperfect) en donde Xena tiene que detener a alguien que está imitando sus barbaridades pasadas. Y por últimos, en la 6ta temporada se encuentran el ep.17 de El último de los centauros (Last of the Centaour) en donde Xena se topa con los descendientes de Borias; y el ep.21 de Una amiga necesitada I (Friends in need I), penúltimo y pre traumático de la serie en el que todos sabemos los que ocurrió. :'(
Segundo les recuerdo a Solan el hijo que nuestra Xena tuvo con Borias. Comentado y mostrado en la 2da temporada en ep.1 de Huérfano de guerra (Orphan of War) en el que se descubre que Xena tuvo un hijo, y en la 3ra temporada en el ep.11 de Instintos maternales (Maternal Instincts) en donde la detestable Hope le da muerte. Si apareció en otros capítulos anteriores ni me acuerdo ni lo encontré por fuentes online. Yo sólo tengo imágenes grabadas en mi mente. No soy la que escribió los libretos.
-oOo-
DISCLAIMER:
La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.
~Eterna Obsesión~
~o~
Entre guerreros
Con su habitual vestimenta de cuero, pechera de bronce y hombreras como esas que usaba en sus tiempos bélicos, Xena permanecía en el interior de la gran tienda en espera de que su dios de la guerra acudiera ante ella para llevarla a donde sea que se le hubiese ocurrido ese día. Tanta prisa porque se levantara de aquel cálido lecho entre sábanas de mullidas pieles y ahora le daba con desaparecerse. Estaba equivocado si pensaba que le iba a esperar un minuto más allí metida cuando podía explorar interesantes cosas fuera de esa tienda. Si eso era lo que hacían sus tantas amantes, deidades o mortales, esperarlo hasta que se dignase en aparecer, le demostraría cuán diferente era de todas esas en gran verdad. Y como si se lo hubiese propuesto para ese mismo día, salió de aquella tienda a puras zancadas sin tardar en llegar a la atmósfera que le ayudaría a hacer valer su personalidad. La de una guerrera. La de una mujer cuyo hielo no se derretía ante cualquier mísera llama ni ante cualquier llamarada que osara de su prepotencia. Porque ella conocía al fuego, como que la mitad de su ser estaba compuesto de ese elemento. Ah, pero también podía ser tierra, dura e inmutable. Como libre e inatrapable como el viento, y fluida y escurridiza como el agua.
De una sacudida, estampó las pesadas cortinas de piel que cubrían la abierta entrada de la tienda topándose con unos nerviosos guardias que se inclinaron ante su presencia y le preguntaron si sucedía o deseaba algo. A lo cual ella sólo respondió con otra pregunta.
―¿Dónde está Ares?
―Nuestro señor se encuentra en su templo, princesa nuestra ―le atinó con pálida piel uno de esos guardias en griega lengua.
―¿Templo? ¿Qué templo?
―El que los pueblos de Aresia le estamos edificando ―contestó otro con mayor soltura―. Al principio decía que no era necesario puesto que aun no decidía en que tierra forjaría su poderoso imperio, pero ahora resulta que el trabajo que quedaba para todo un año lo quiere terminado en semanas ―pareció brindar queja el griego guardia ganándose señas de su otro compañero para que no se dirigiera así.
―Umm ―mostró poco interés la guerrera―. Si viene por aquí díganle que me fui a dar un paseo.
―Pero princesa nuestra, él nos pidió que no la dejáramos sola y que…
―No, mejor no le digan nada.
―Es que, a Ares nunca le gusta que…
―Y a mí no me gusta que me detengan, soldado ―le cortó dándose la vuelta con seductores movimientos ante el primer guardia que le dirigió la palabra―. Soy libre como el viento. Y hasta el momento, lo sigo siendo. ¿O acaso hay alguien que tenga la vana osadía de atraparme? Porque si es así, me veré en la obligación de hacerle entender, que al viento, nadie le atrapa ―le siseó con cálido aliento la seductora guerrera a aquel pobre guerrero mientras le daba una rápida caricia en su rostro.
―No, Xena… Eh, que diga… No princesa nuestra. No hay nadie ―soltó con voz entrecortada y tragando hondo el pobre amenazado al que poco le faltaba para que se le saliera el alma del cuerpo.
Sin tener que dejar nada más en claro, Xena se giró con sus piernas y descendió por la loma de la tienda hacia los campamentos y villas que tanta curiosidad le provocaban. Ver varios pueblos unidos en una sola tierra, con el propósito de formar el más poderoso ejército, era algo que no podía dar por ignorado. Mucho más si entre esos pueblos, se hallaba uno al que estrechamente relacionada se sentía de acuerdo con los recuerdos de su pasado.
Al final de la loma, se cruzó con otro grupo de guardias de mayor número que se le quedaron mirando sin saber cómo soltar palabra. Eran anatolianos en su mayoría al juzgar por su apariencia y color de piel un tanto más bronceada ―producto del mestizaje con los persas― que la normal de los griegos. Xena pasó por sus lados con una leve sonrisa en sus labios y con la vista ahora enfocada en lo que acompañaba a cada guerrero. Un caballo.
―Quisiera tomar uno de estos corceles ―pidió sin esperar negativa alguna a tiempo que acariciaba el cuello de una de las bestia―. Creo que éste me gusta ―eligió ante el cremoso corcel que sus manos tocaban. El dueño de éste, que nada le entendía pues al parecer era dacio y como mensajero allí se hallaba, se limitó a bajarse de su caballo e inclinarse como reverencia pero sin aun moverse para que la guerrera pudiese montarlo.
―¡Muévete! ―le carraspeó en su lengua uno de sus compañeros, que el griego entendía y que si hasta ese instante habló, es porque temió que la princesa por todos se molestase ante la inconsciente desobediencia de uno de sus compañeros.
―¡Jiah! ―gritó Xena tras subirse con un brinco sobre aquel hermoso semental cuyo pelaje se le parecía a aquél que ella cabalgó en pasadas batallas. Con la única diferencia que fue hembra y el que ahí montaba era macho.
Cabalgó como si miles de titanes le estuviesen siguiendo o como si su más grande enemigo a su vez estuviese huyendo de ella. Sintiendo la fuerza de aquel animal bajo su cuerpo, lo alentó a dar distantes saltos sobre bajos muros y cercas para así cortar pasó y llegar más rápido ante las villas. También sobre los montículos de calabazas, pepinos, tomates y demás verduras recogidas tras la cosecha de ese año. Y hasta sobre agachados campesinos que no se esperaban a que un caballo "volador" sobre sus cabezas. Arrojando las canastas junto con su contenido en medio del susto.
En cuanto dio con la primera fila de tiendas de guerreros, se adentró en ésta causando el detenimiento de cuanta actividad ahí se llevaba a cabo. Los que se abatían con espadas dejaron caer los brazos cuando la que reconocieron como su princesa, y les cruzaba por el medio con un salto del caballo que galopaba. Más adelante, los que forcejeaban y ponían a pruebas la fortaleza de sus músculos en medio de una lucha, pues… Digamos que unos cuantos en cada pareja recibió el golpe noqueador de su oponente por quedarse embelesado con la figura de cierta guerrera. Guerrera que ahora se abría paso a pie entre la masa de varones que se agrupaba a su llegada. A los que por un examen de sus armaduras y trenzados mechones de cabellos, reconocía como los bárbaros búlgaros que asociados a los tracios del norte estaban.
―Jamás quiten los ojos de encima de su enemigo, porque les estarían entregando sus corazones al filo de sus espadas ―les dijo con desliz en la lengua de éstos.
A pesar de que en búlgaro había hablado, aquellos guerreros las palabras no se le quisieron soltar de sus lenguas. Un minuto atrás se encontraban con sus diarios entrenamientos y en eso que la princesa más esperada pero temida, la nacida de la guerra y la futura reina y mujer de su dios Ares, se les aparecía de repente. Allí, en medio de aquel polvoriento y sucio terreno cuando debería de estar siendo atendida por las mejores manos de sus mujeres.
―¿Qué? ―se extrañó ante los ojos que no se le despegaban de encima. Como si temiesen que en cualquier momento blandiera su espada y cortase unas cuantas cabezas―. ¿Por qué se quedan ahí parados? Sigan con sus entrenamientos, yo nada más voy de paso ―les animó en el griego que ahora hablaba en vista de que se sumaban norteños tracios al conjunto de admiradores―. ¡Vamos! O no me creeré el juramento de lealtad que me hicieron anoche ―amenazó pensando en aquellas seguramente ensayadas palabras: "¡Por Ares, por Xena, en nombre de la Guerra! ¡Juramos, juramos, dar hasta la sangre de nuestras venas!"
En un apuro porque eso jamás llegase a suceder, un búlgaro atestó un puñetazo contra el desprevenido compañero de práctica que tenía a su lado. Provocando, que se tuviera que conseguir uno nuevo, puesto que aquel estaría en medio de unas buenas horas de "sueño". Compañero que tenía que verse en la obligación de robar porque ante su acto, todos los demás continuaron luchando con sus mejores golpes y movimientos. No estaba bien que su futura reina sintiera dudas de ningún punto sobre ellos. A la que pareció gracioso como con unas meras palabras provocaba toda una tensión en unos hombres. Como que valía la pena estar con el dios Ares de todos modos. Riéndose más a un de ello, cuando dicho guerrero sin pareja, obtuvo una nueva noqueando también al que le pertenecía a otro.
De eso, el choque de las espadas pasó a llamar la atención de la guerrera, volteándose hacia el campo que había dejado atrás. Todo porque un dirigente de éstos había puesto a dos combatientes sobre una alta tabla a debatirse hasta que un primero cayera de ésta, y por lo tanto, anunciara su derrota. Sea porque no era más ágil que su contrincante, o porque se entretuvo con la figura de cierta princesa que volvía a pasar por su zona, la victoria para su compañero fue mostrada en cuanto uno impactó fuertemente contra el suelo a un piso y medio de alto.
―Si no se incrementa el temor o el peligro al batirse en contra el enemigo, y si no se vence dicho temor a enfrentarse con él, la caída y la derrota es lo que se plantará en tu destino ―asesoró una Xena en griego que le tendía el mango de su propia espada al caído para que se pusiera de pie. Acción que hizo en menos de un uno, dos y tres así le doliesen las vértebras de la columna como le dolían―. Tú ―le llamó al que aun seguía sobre la tabla―. Lo has hecho muy bien al parecer. ¡Pero baja! ―Y como si su vida dependiera de obedecer o no, aquel guerrero se tiró desde lo alto, cayendo agachado aunque un tanto adolorido de pies por el impacto. Xena, mostrando una de sus seductoras o indicativas sonrisas, estudió la masa de búlgaros y tracios norteños guerreros que tenía a su frente en busca de lo que le podía parecer apropiado para la demostración que se le había ocurrido. En vista de que no veía más que rudas o azoradas caras, se apresuró en ordenar lo siguiente:
―Qué suba el mejor entre ustedes.
Los guerreros más listo y más precavidos, se pasaron miradas y comenzaron a empujar hacia delante al vecino que a su lado tenían. En una indicativa de mejor tú que yo. Entonces, en medio del pequeño tumulto formado, una alta y prominente figura se encaminó hacia delante. A unos tres metros de distancia entre la guerrera de Xena y él. No dijo nada, sólo expresó su participación con una osca mueca y una firme empuñadura de su espada.
―Búlgaro, ¿cierto? ―le inquirió en tal lengua. A lo que el voluntario le acepta con la mirada―. Eres muy pesado ―se fijó Xena―. Esperemos que la tabla esa te resista al menos hasta que tú mismo te caigas ―musitó con un gesto de fingida preocupación.
Aquel búlgaro subió hasta el construido andamio por las cruzadas tablas en forma de "X" que le daban soporte, y en cuanto estuvo en lo alto, emitió un corto resoplido en donde decía que acabaran de darle a su oponente.
―Bien, ahora quiero que estaquen un par de lanzas, con el filo hacia arriba, bajo el terreno de este andamio.
Ante esta orden, las cruzadas y preocupadas miradas no se hicieron faltar. Ni se diga la del alto búlgaro sobre la tabla.
―¡Vamos, que es para ahora no para mañana ni para dentro del próximo siglo, muchachos!
En menos de dos minutos aquel suelo quedó repleto de las pedidas armas. Y cuando la guerrera se volteó para mirarles de nuevo por su realizado trabajo, unos cuantos por ahí comenzaron a rezar porque no fueran elegidos como el oponente del más fiero y rudo de sus compañeros de guerra.
―Bien, ahora a demostrarle lo que les decía. ―Y dicho esto, la guerrera pasó a trepar por uno de los postes de descrito andamio por medio de sus brazos y fuertes piernas que se prensaban contra el duro y lijado madero. Una vez arriba, extrajo la espada de la vaina que cargaba en su cinto.
―Fleh ―bufó con algo de fastidio pero al mismo tiempo de confianza el robusto búlgaro. Porque a su modo de pensar, aquella adorada princesa que tenía a su frente podía haber sido forjada en el propio calor de la batalla. Podía haber comandado en un pasado a los hombres de su propio pueblo para saquear a toda Asia. Podía también haber vencido hasta los dioses y hasta seducirlos con su carácter e inducirlos a que se les uniera. Sobre todo, podía haber hecho que el propio dios de la guerra se le arrodillara a sus pies y hasta matrimonio le pidiese, como desde antaño se venía rumorando. Pero… ¡JA! Seguía siendo ante todo eso, una MUJER. Y no siendo el nada ante lo que a los pies de aquella guerrera había caído, se preguntaba cómo sería que lo matarían luego de que la dejara estacada sobre aquellas lanzas.
En medio de su confianza, el alto búlgaro fue el primero en atestar el primer golpe contra la mujer que se había atrevido a batallarse con él. Como era de esperarse, Xena lo evadió fácilmente, pasando a propinar uno primero ella para luego bloquear con la hoja de su espada unos tantos más lanzados con furia por aquel robusto búlgaro. Entre tanto, en el suelo, el resto de los búlgaros y tracios norteños que hasta hace poco entrenaban, ahora recibían una clase de lo que era enfrentarse a un verdadero peligro. Pensando que le dirían a su dios y señor de la guerra si a su preciada princesa le llegaba a suceder algo. Seguro que los desmembrarían vivos. Así estuvieron con esas caras de querer morirse hasta que Xena, se dejó de juegos con aquel búlgaro, y pateó su pesado cuerpo por su abdomen en un descuido de éste por no querer otra cosa que clavarle el filo de su espada o impactarla con ésta para que callera de la tabla. Fue ahí cuando un grito de júbilo se hizo sonar entre los espectadores. Causando unas muecas de cortadas sonrisas entre unos tantos más al grado de que recordaran quién en verdad era la mujer que se batallaba sobre aquella tabla. Siendo no otra que la propia y rememorada Xena. La guerrera que había regresado de la muerte. Para revivir a su vez las victoriosas batallas que antes comandaba. ¿Cómo podrían estar entonces preocupados? Cuándo podían admirar su fuerza y agilidad por primera vez desde hacía un siglo.
Por otra parte, también estaba el deparo de uno de los suyos en caso del pueblo bárbaro, un propio búlgaro. Y el que hasta el momento demostraba ser el más capaz de todos. Aunque mirando bien, tal compañero como que no debía de catalogarse como tal. Nadie que allí estuviese se había salvado de una golpiza de él. Por algo muchos llevaban un ojo morado todo los meses. Y en los peores casos, unos dientes menos. No se ha de extrañar porque el respaldo pasó entonces hacia la figura que los motivaba cada día a creer en su propósito de guerra. Porque esta vez, las batallas a las que asistirían les acompañaría la victoria.
―XENA, XENA, XENA ―le apoyaban desde el suelo. Y ella que les escuchaba no se daba por elogiada hasta que hubiese vencido al gran oponente que había escogido. La confianza era buena para la autorrealización. Pero el exceso, podía llevarte directo a la muerte. Ha de ser por eso, que cuando el búlgaro con el que se peleaba la derribó sobre la tabla mas escuchó su nombre de Krasimir por boca de algunos que temían que los matase si salía ileso de aquella lucha, cayó ante este sentir. Ya Xena venía observándolo mientras se atestaban espadazos uno contra otro. El tipo se veía muy confiado por ser más grande y más que nada, por ser hombre. Percatándose también, que los susodichos espadazos que lanzaban, eran con objetivo a matar. Cuando ella en todo momento sólo los tiraba a bloquear o desarmar. En ningún momento tenía planeado asesinarle en las alturas, o dejar que las lanzas se encargaran de ello en el suelo. Mas ahora que entendía perfectamente la personalidad de aquel individuo, se dijo que ya era hora de demostrarle a él y a todos la lección que se había comprometido a sí misma en impartir. Si aquellos iban a ser unos de los hombres que lideraría en batallas, por nada permitiría que se fueran con equivocadas ideas sobre el combate cuerpo a cuerpo.
Las miradas de espanto que tuvieron los guerreros cuando vieron ahora a su princesa colgando de aquella tabla, seguro que les dejó permanentes arrugas en sus aún no envejecidas caras. Xena se balanceaba por los aires en aquella tabla hasta que dejó su cuerpo inmóvil, su espada aún yacía sobre la liza madera pero dado que sus manos estaban ocupadas en no dejar caer su cuerpo sobre las lanzas del suelo, lo mejor era dejar tal arma para una segunda prioridad. El alto búlgaro se le quedó mirando antes de comenzar a dar saltos sobre la propia tabla en un intento de que la guerrera se aflojara de ella. Abajo, bocas caídas no querían cerrarse hasta ver lo que sucediera. Volviendo a temer por el bienestar de la que sería su futura reina. Abucheando el tan cobarde acto de su compañero. Entre tantos, unos pocos hacían lo contrario y respaldando al que su sangre compartían, pidiendo que la derribara de una vez. Sí, ese día Xena pudo notar que no todos se arrodillaban ante la poderosa figura que ella representaba. Y que si estaban allí, era porque sólo seguían al espíritu de guerra que les hacía entrenar cada día en la espera de ese gran momento en el que levantaran sus armas contra el enemigo y en el nombre de su pueblo. Ares y ella se podían ir por donde mismo habían venido porque ellos seguirían luchando hasta la muerte. Los apoyase o no un dios y una legendaria guerrera.
Mientras tanto, ella se las ingeniaba para no caer sobre aquellas lanzas. A las que tuvo que exigir que les dejaran seguir clavadas dado que en un desespero porque algo malo le sucediese, unos guerreros acudieron a los bajos del andamio para removerlas. Sin más remedio que atacar su orden, se alejaron para ver cómo era que tenía planeado salvarse de aquello. Cuando tenía a un pesado hombre que no dejaba de saltar con una sonrisa que era más que una mueca, para que se cayera de una vez. Entonces fue cuando Xena se sonrió para sí misma. Midiendo el intervalo de tiempo entre cada estúpido brinco por aquel gigante. Fue en uno de éstos, que aprovechando que el pesado cuerpo del búlgaro se encontraba en los aires, Xena trasladó una de sus manos hacia el otro lado de la tabla y la sujetó fuertemente para recibir el temblor provocado por el peso del hombre al caer. Sujeto que no se molestó en ver que tramaba aquella mujer y continuó con un salto más. Siguiente salto en el que Xena nuevamente se aprovechó para subir uno de sus brazos sobre la tabla quedando en una especie de abrazo hacia ésta, y de paso, y sin perder un intervalo de segundo más, la giró con todo el peso de su cuerpo procurando sujetar su espada cuando una mano le pudo quedar libre por unos segundos. Todo tras descubrir que tal madero era de pino, fuerte pero liviano en comparación con la de otros árboles.
El resultado que se tuvo entonces, fue ahora un búlgaro que no encontró base en donde caer tras su salto, quedando ahora a duras penas sujetado del borde de la tabla como anteriormente lo hacía su oponente femenino. Oponente que ahora le miraba de vuelta sobre la tabla, con espada en mano y apuntándole seriamente. En esta escena, los gritos de victoria por parte de los guerreros que siempre apoyaron a su princesa se escucharon más allá de su propio campamento. Llamando la atención de la gente de los campos y de las villas. Atención que ya llevaba rato ejecutándose por parte de curiosos que por ahí transitaban. Fuesen así otros búlgaros, griegos y cierto anatoliano que rato llevaba con el mejor puesto de espectador. Desde lo alto de una torre que se usaban para la extensa vigilia.
―Esto, caballeros ―se les dirigió una Xena a un paso por su triunfo―, es lo que yo llamo la caída por el exceso de confianza. Y en este caso, por exceso de peso también ―se burló provocando las risas entre la mayoría y entre los que hasta ese momento no le apoyaron por su descrito modo de pensar―. Porque una buena y considerable confianza nunca nos debe faltar para alcanzar la copa de nuestra victoria. Sin embargo, cuando se toma en exceso, no vamos a ningún otro lado que a los dominios del propio Hades. Con un pasaje de ida pero sin posible vuelta al mundo de los vivos.
―Abajo, abajo, abajo, exigían los guerreros en griego luego de escuchar sus palabras.
Escuchándolos a su vez, Xena pasó a darles otra enseñanza a su forma de ver. Tomó por los trenzados cabellos al búlgaro que hasta hace poco intentó matarle, y lo ayudó a posicionarse nuevamente sobre la tabla. Xena que no dejó de apuntarle con su espada, sin que éste pudiese hacer uso de la suya ahora en el piso entre las estacas y arrojada en cuanto se vio obligado a hacer uso de sus dos manos para poder sostenerse, le amenazó a lo bajito y entre dientes.
―Baja de esta tabla, o muere antes de caer sobre las estacas.
La multitud comenzó a reírse de la nada en cuanto vieron a un apresurado grandulón bajar por los postes del andamio y no parar de correr hasta que no estuviese apartado de hasta la última lanza clavada sobre el suelo.
―¡Parece que ya sabemos quién es el vencedor! ―gritó un búlgaro en su bárbara lengua―. Nuestra princesa, la que nunca tocó el suelo.
―¡Wohohohohoohohohoho!
―XENA, XENA, XENA.
La nombrada, con sus manos sobre sus caderas, le dedicó una mirada a varias de las caras que aclamaban su nombre. Sí, caras como esas ella una vez lideró. Gente con esas caras se lanzaban sobre pueblos con tan solo ella levantar su espada a los aires. Porque si ella una vez fue reconocida como la sangrienta y fiera mujer que fue, era gracias a las tropas que lideró con hombres como aquellos.
―Dejad sus espadas para cuando les toque el verdadero combate es otra cosa que les garantiza la victoria. Porque los que anda haciendo y deshaciendo uso de su poder y fuerza, terminan padeciendo ante estos igual que ratas que se pudren entre su propia inmundicia ―le tiró tremenda indirecta al alto búlgaro que se había peleado a lo sucio con ella, al mismo tiempo que les hacía ver una gran verdad al resto. Porque si ella hubiese querido, hubiese matado allí mismo a aquel búlgaro. Mas como a su modo de ver, una espada no merecía mancharse en medio de la cobardía o una falsa batalla, pues le dejó con vida. Veremos si el búlgaro la seguía conservando cuando Ares se enterara de lo que allí pasó.
De un poderoso salto con una completa voltereta en el aire, Xena cayó de pies en medio de la masa de expectantes guerreros que no dejaban de aclamarle. Dando chocadas con sus manos sobre los hombros de aquellos que tenían la confianza en acercársele. Y siendo interrumpida por unos sonoros aplausos que resaltaron entre la masa de hombres. Siendo producidos por un propio general ya conocido.
―Vaya, vaya. ¡Toda una demostración digna de una futura reina!
Xena ya sabía quién era. Y los demás guerreros también porque se distanciaron como si se tratase del mismo diablo que acababa de llegar.
―Tarkan, ¿y tú qué haces aquí en el campamento del Plamen? ―le nombró la guerrera―. ¿No te había dicho Ares que debías de atender a tus hombres? ―le recordó con una sonrisa.
Notando que ya sus presencias ahí estaban demás, y bajo una no muy amigable mirada por parte de un mayor como lo era el nombrado general Tarkan, los tracios norteños y búlgaros se disiparon alrededor de Xena de vuelta con sus espadas y entrenamientos. Distanciamiento que el anatoliano general incrementó llevando a pasos a la llamativa de Xena hacia la sombra de una tienda cercana.
―Digamos que discutía unas tácticas de guerra con Plamen ―le contestó bajo el resguardo de la solitaria tienda―. Si es eso lo que a la futura reina de mis hombres, le interesa saber. Mi trabajo, mis pasos y mis… pa-sa-tiem-pos ―Y dicho esto, el moreno general se apoderó de los tres pies de distancias que lo separaban de la adorada princesa.
Xena, que no había nacido ayer, sino hacía más de un siglo, y que apenas le había costado la conversación del día anterior con aquel general para añadirlo a su lista de hombres interesados y con un alto grado de determinación, por no decir exceso de confianza, no necesitó darle vueltas a sus palabras para notar claramente los dobles mensajes que podían llevar. Más como se sabe, ella no era cualquier chiquilla que no supiera cómo manejar semejantes tipos de hombres. Como que se había enfrentado y superado al más grande de todos. Un tal dios y señor de la guerra.
―Descuide, ge-ne-ral. Que su vida laboral y personal no es de mi interés. Si tiene algún problema en esos aspectos, acuda donde Ares. ―Y con esto, la guerrera se encargó de retarle con la distancia aproximando su rostro al del éste al grado de casi rosarse las narices. El general, que reconocía aquello como una muestra de intimidación, no se quiso quedar con la molestia clavada y pasó a decirle lo que desde que la vio entre los tracios norteños y búlgaros le dio con comentarle.
―Que mal que me diga eso princesa. Y a mí que me agradaría más discutir tales aspectos con usted, mi nueva superiora. Como también me agradaría más escuchar los suyos. Así de extraños me resultasen. Como lo de hace un rato si soy lo más actual posible ―decía paseándose frente a Xena, disimulando que se entretenía con cuanta espada o dagas allí se encontraban. A tiempo que ésta ya se venía sospechando por dónde venía―. No sabía ―prosiguió el anatoliano― que además de haber regresado de la vida para comandar guerreros, también te la des de entrenadora de éstos. ¿O a caso es una recién salida de la nada nueva orden por parte de nuestra gran y aclamada deidad? El dios y señor de la guerra.
Si el general Tarkan tenía toda la intensión de cambiar las relajadas expresiones del rostro de Xena por unas fruncidas y seriamente serias, dejar saber que lo logró en toda la medida.
―A mí, Ares ni ningún otro dios del cielo, mar y tierra me da órdenes. Y mucho menos yo las ataco. ―Se esforzó la guerrera en dejar sumamente claro a través de unos enfurecidos ojos y un indicativo dedo hacia la cara de aquel joven hombre de Asia Menor.
―Oh, sí. Por su puesto. Es que más bien quise decir peticiones ―fingió corrección el general que sin que Xena se lo esperara, le toma de su mano y le deposita un duradero beso luego de unas un tanto melosas palabras―. A una hermosa reina de la guerra como usted, nadie le puede dar órdenes. Ni mucho menos vivir para contarlo.
―Ujumm ―se negó a tragarse el cuento la más intuitiva de las mujeres―. De cualquier modo nunca está demás dejar ciertas cosas en claro. Como la dis-tan-cia y la con-fian-za ―le puntualizó con boca notablemente cerrada y quitando su mano de un tirón de la del anatoliano―. Ahora, general, si me disculpa… quisiera seguir viendo los campos.
―Podría acompañarla si gusta ―se apresuró decir éste en cuanto vio como la futura comandante de sus hombres le pasaba directo por su lado en dirección hacia la salida de la carpa―. Por este campo y por el de mis hombres. Sí, sería perfecto que así fuese. No vaya a ser que se enteren que por aquí anduvo repartiendo ánimos y se pongan celosos.
―Que mal por ellos ―se desinteresó la emitida sin girarse a verle la cara aquel hombre que no cabía duda, que tenía que trabajar para Ares.
―No princesa. Que mal por todos. Pues ya veo que es usted la que permiten que muerdan la manzana y después que se mueran de hambre en la espera de poder comerse el resto.
Xena se quedó estacada en el suelo ante aquella descripción. No se había dado cuenta que ese comportamiento seductivo que ejercía en su segunda vida, era producto de la conducta de la primera vida. Con la única diferencia que ahora lo estaba haciendo de una manera inconsciente y antes todo era parte de una de sus principales armas en la guerra o en.. ¿En el amor?
―Como también veo ―prosiguió el general―. Que es de las que les gusta llevar el control del juego. Jugando sólo cuando les plazca.
La guerrera, no podía evitar que a todo esto aquel hombre le causaba un poco de gracia. Pobre, en su actitud confiada e interesada, se había hecho ideas con lo de la noche anterior. Cuando ella apenas le había mirado fijamente aquellos ojos ambarinos que resaltaban de su negra melena atada a una cola.
―Entonces, general… Vaya y consiga otra manzana que sí se deje comer completa y que durante el camino, sea marioneta que le regale sus cuerdas de juego. ―Y tras esta marcada sugerencia, abandonó la tienda pensando en lo rápido que se ilusionaban los hombres. Pobres, uno no podía ya saludarlos porque al otro día ya te pedían matrimonio. Hecho que la vida misma se había encargado de demostrarle. Siendo éste tal Tarkan uno más entre tantos. Aunque… También estaba la posibilidad de que bajo su conducta interesada hubiese algo más que pura ilusión caída como relámpago del cielo. Pues no sería extraño que desde antes de haberla visto, ya anduviese ideando planes con ella. De ser así, como que Ares no tenía tantos fieles como decía o creía tener.
―Princesa Guerrera, futura reina nuestra ―le arrancó de sus pensamientos la voz de otro conocido―. La he estado buscando en cuanto me dijeron que entre mis hombres andaba. ―Y hablando de fieles, y el que por lo visto parecía ser el más grande, que se presenta.
―Plamen.
―La he estado buscando para darle esto ―le indicó algo fatigado el joven general al tenderle algún alargado objeto envuelto en una piel de pardo cebú.
Xena lo recibió en sus manos, sin tan siquiera haberlo podido aceptar primero. O lo tomaba, o lo que fuese caía al suelo. Plamen estaba como que se moría si no tomaba lo que le regalaba. Y en vista de que la guerrera pasó unos largos intervalos de segundos mirando más bien a los alrededores entre carpas por si alguien le miraba, que el mismo objeto envuelto, Plamen pasó a descubrirlo por ella.
―Es una espada, princesa ―le identificó sonriente. Ah, pero ahora Xena ya la estaba viendo, y sus ojos ya no enfocaban a otro lugar que no fuese aquella propia arma. Una espada de un metro de largo desde la punta de la hoja hasta el extremo del mango en cuya unión con la empuñadura lucía unas incrustaciones de pequeñas gemas verdes que resaltaban entre el dorado de ambas partes. Siendo de una hoja resistente e inoxidable acero unido a dicho mango o empuñadura envuelto en cintas de prensado cuero oscuro en forma de "X".
―Ya veo, es hermosa ―atinó algo anonadada la princesa. Pues era una espada formidable. La que usaría un propio guerrero. Pero, ¿y qué tenía que ver con ella?
―Y poderosa. Ha estado entre mi pueblo desde hace años y por mucho hemos esperado su regreso para entregársela.
―¿A mí? ¿Y eso por qué? ―sonrió una Xena que creyendo que todo no era más que uno más entre los tantos tributos que le habían ofrecido, no dejó espacio en su mente para la entrada de grandes recuerdos emparentados e idos de la mano con aquella espada.
―Pues porque le pertenece, mi princesa. Porque dado que la descendencia de su legítimo dueño se extinguió con la muerte de su hijo y la desaparición del primogénito, pues es obvio que la porte ahora la revivida madre.
Para, para, para. Estaba entendiendo todo de lo más bien hasta que dijo hijo. De acuerdo, extinción de la descendencia con la muerte de SU hijo, ósea, el legítimo dueño de la espada que ahora sostenía. «¿Pero revivida madre?», se cuestionó. ¿Se estaría refiriendo a ella? ¿Quién más había revivido entre todos allí sino era ella? «No, tenía que tratarse de alguien más ―se dijo―. De Eurídice cuando Orfeo la sacó del inframundo aunque fuese por un segundo.» Sin reparar de primera instancia que tal mujer no fue madre. Ni mucho menos Orfeo guerrero. «Ay, en qué estoy pensando!», se percató de su estúpida suposición.
―Eh, ¿qué has dicho?
―Pues lo que quedó registrado en la historia, mi princesa. Tras la muerte del comandante más grande que haya tenido mi pueblo paterno, el búlgaro guerrero Borias, la espada se le quiso otorgar al hijo que usted tuvo con él. El niño Solan. Pues como dije, el primogénito de mi señor con otra mujer había desaparecido. Pero dado que éste segundo hijo también pereció justo cuando le localizamos y quisimos reconocerlo como el único heredero de las tropas de nuestro señor Borias, el fruto tenido de su vientre, entonces se le dio la encomienda a mi tatarabuelo de buscarle y entregársela a usted. La madre y última y elegida mujer del gran Borias. Más como nunca pudo hallarle, el arma pasó a la protección de mi bisabuelo sin más opción que permanecer entre los búlgaros década tras década. No así hasta que Ares nos juró que la devolvería a la vida. De eso ya para cuando mi abuelo aun no envejecía del todo. Ya se imaginará las ansias que se enraizaron en mi familia que no acababa de ver el día de su regreso.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? Estas eran las preguntas que rebotaban una contra la otra dentro de la cabeza de una estupefacta guerrera. ¿Qué qué había dicho aquel búlgaro que tenía a su frente? «¿Qué yo fui madre?» ―se cuestionó incrédula una vez más en sus adentros―. ¿De un hijo que tenía nombre y padre? ¿De un búlgaro?» Con esto se retumbó en su cabeza sin aun poder creer ni en la espada que sostenía. No, tenía que haber un error de narración. Ella no recordaba absolutamente nada de eso. De eso y de centenares de cosas más si se era franca consigo misma. Reconocimiento que entonces no le daba potestad para contradecir o afirmar nada. Pues si no recordaba no podía propiamente certificar o negar. Lo que la llevaba a las preguntas de… «¿Y si era verdad?» o «¿Y si era mentira?» Última cosa que aquel general no tenía por qué decir. Sería mejor volver a preguntar.
―¿Qué cosa ha dicho, Plamen?
―Que entre mi familia y mi pueblo por parte de padre decidimos entregarle la espada a usted. Verá no fue tarea fácil. Muchos pueblos extranjeros quisieron quedarse con ella. Casi nos la arrebatan un escuadrón de romanos cuando se encontraba en manos de mi tatarabuelo que la obtuvo de la propia tumba de Borias en territorio de centauros. Gracias a que…
―No, Plamen ―le cortó con desespero Xena―. Me refiero a lo que acabas de decir sobre un hijo que tuve y un padre de éste ―le detuvo con ojos agrandados sin darse cuenta que tenía fuertemente sostenido por los antebrazos a un hombre que parlaba sobre su vida pasada sin imaginar que ella nada de eso que recordaba.
Creyendo que había dicho alguna ofensa, el búlgaro general, al parecer por sangre paterna, se quedó con su lengua tragada por varios segundos mientras que con sus ojos cafés intentaba descifrar en los azules de Xena el motivo de su enojo.
―Discúlpeme si en medio de alguna posible ignorancia de mi parte, hablé de más princesa nuestra ―musitó pasmadamente y con una inclinación tras ser soltado por la guerrera que delante tenía. Xena, que al haberle escuchado le iba a decir que nada de eso ocurría, se quedó boquiabierta de verdad con lo próximo a decir por éste―. Todos entre el pueblo de mi padre y en el suyo sabemos que usted tomó como una traición el respaldo que nuestro antiguo señor Borias le dio a los centauros. En una batalla que usted lideró en el pasado. Ha de ser por eso que no pudo soportar la crianza de su propio hijo, entregándolo a un propio centauro para que se hiciese cargo de él.
Si los ojos de Xena se encontraban agrandados con lo primero escuchado, esta vez se le querían salir de las cuencas. Y lo lindo de asunto es que no sólo a ella. Sino a un aparecido dios de la guerra que llevaba más de medio minuto escuchando la conversación.
―¿Qué? ―continuaba con su estado en blanco la azorada guerrera.
―Lo siento nuevamente y un millón de veces más, princesa ―se disculpó con pena y nerviosismo un pobre general que no le daba buena espina el estado de shock de la gran Xena―. Mi pueblo paterno y yo entenderemos perfectamente si se rehúsa a aceptar esta espada ―dio por hecho tomando nuevamente la gran arma en sus manos encontrándose con que en medio de su petrificado estado, la guerrera no le daba soltura. Apresurándose a decir un cambio de opinión―. Aunque se entendería también que quisiera conservarla para cortar unas cuantas cabezas y saciar ese coraje que le provocó el antiguo comandante de los nómadas búlgaros, de los cuales provengo, con su visualizada traición ―pasó a decir retirando las manos en vista de que Xena no cedía en devolver la espada y ahora le miraba con un seño más estacado que nunca. Por lo que sería mejor arreglar las palabras―. Pero a todo esto, y como se ha contado, el gran Borias siempre la amó como nunca y le dolió profundamente cuando usted se fue de su lado. Al grado que cuando se volvieron a encontrar tras enterarse de que estaba embarazada de él, quiso llevarla lejos junto con su hijo. Pero ya vio como fueron las cosas del destino y éste cayó muerto del mismo modo en el que a muchos le dio muerte.
Bien, ya no tenía sentido continuar en aquel estado de shock total. Si todo aquello era verdad, tarde o temprano encajaría en su mente. Nada más que la cuestión hubiese sido más rápida y fácil y su "querido" y "preciado" dios de la guerra le hubiera comentado primero de ello. Tantas cosas que le había dicho, que le había recordado y ayudado a recordar. Tantas cosas que le explicaba y resultó que se estaba omitiendo lo más… ¿Cómo decirle? Ah, profundos. «¿Sería eso a lo que se refería Hades cuando nos encontró en Panonia?», se cuestionó. Jurándose que de ser así, ya le indicaría a Ares lo que le esperaba atenerse.
―Por supuesto que accederá aquedarse con ella ―se decidió por intervenir en definitivo momento el "querido" y "preciado" dios de los pensamientos de Xena―. De que la espada carga consigo amargos recuerdos es un hecho que tú y el pueblo de tu padre, abuelo y demás antecesores deben aceptar, mi fiel Plamen. Sin embargo es justo reconocer que también lleva consigo el recuerdo de tiempos de gloria. ¿No es así, mi querida Xena?
―Ares ―le nombró entre dientes una guerrera que con la mirada ya estaba exigiendo mil y una explicaciones al respecto.
―¿No es así, Xena? ¿Verdad que muy bien que lo recuerdas?
Xena no contestó. Se limitó a apoyar el peso de la espada contra su pecho y brindarle una forzada sonrisa al general que tenía delante. Si Ares le pedía que fingiera que recordara, por algo sería. Después ella lo abofetearía con sus merecidas reclamaciones al respecto.
―Gracias por la espada, Plamen ―le sacó de su preocupación a un general que entre la intervención y extremadamente seria mirada por parte del dios de la guerra, se cuestionaba el por qué tenía que haber sido a su familia paterna a los que le encomendaron semejante reliquia―. Y por todo lo dicho también ―sumó a sus palabras pasando sus ojos de los de éste y clavándolos sobre los de un dios que ya se imaginaba la sección de preguntas que se vería obligado a atender.
―No es por nada Xe… Eh… Princesa Guerrera ―titubeó al ver que su deidad no dejaba de asesinarlo con la mirada. «¿Habría sido por darle un obsequio?», concluyó erróneamente más que preguntarse en su interior. Como fuese, los nervios le estaban matando. «¿Me habría acercado más de lo debido a la princesa?», prosiguió en el mismo pensar. Interrogantes que se hacía el pobre. Bien se sabía lo posesivo que resultaba el dios de la guerra en ciertas ocasiones. Creyendo que de seguro que tenía que ser por eso. Por lo que se apuró a intentar suavizarlo todo con una serie de agradecimientos a la princesa a ver si con semejantes elogios ablandaba el contraído rostro de Ares. No contando que haría todo lo contrario.
―Sí, gracias ―repitió dicho dios en una indicativa de que se marchase. Para su lamento, el al parecer mixto de sangre se demoraría un par de minutos más.
―No, al contrario. Quien les debemos la gracias soy yo y todo mi pueblo paterno. Los búlgaros asentados en el norte de Tracia ―especificó―. Tierra en la que hallaron un hogar en el que vivir gracias a su alianza con el antiguo Borias. Como usted sabrá. Los búlgaros siempre han sido un pueblo nómada del oriente medio que como muchos otros bárbaros, viven de la recolecta, la caza, el trueque y penosamente de los saqueos en naciones enemigas. Tareas de las que aún siguen viviendo si a los que todavía habitan en oriente medio nos referimos. Pues la pequeña parte que viajó y se asentó en el norte de Tracia, conducidos por el admirable Borias cuando a usted le buscaba al saberla embarazada, ha podido crecer y desarrollarse con menores problemas gracia a la fructífera tierra en la que arribaron. Todos guerreros con sus mujeres igualmente búlgaras que dieron origen al pueblo de mi padre. Quien tras la alianza que formó mi abuelo, con los seguidores de nuestro poderoso dios Ares ―y con esto que se inclina levemente ante el nombrado― permitió que mi padre tomase como esposa a una tracia norteña, mi madre.
»Es por eso y más que los búlgaros de Tracia le homenajeamos tanto a usted y al gran Borias. Porque a pesar de el oscuro final que su unión tuvo, porque a pesar de las guerras que se produjeron y enfrentaron con su alianza, valió la pena la búlgara sangre derramada con tal de hallar una tierra para las siguientes generaciones. Conservando desde entonces la antigua espada que le he entregado como simbólico recuerdo de la lucha labrada. Lucha que los búlgaros de la norteña Tracia desean para sus antecesores en el oriente medio. El porcentaje mayor de búlgaros que aun continúan con su peregrinaje junto con sus vecinos y nada pacíficos los hunos. Por lo que según como una parte de la raza búlgara llegó alcanzar europeas tierras, esperamos que en algún futuro el restante y mayoritario pueblo corra la mismas suerte. Siendo por eso una de las razones por las que el pueblo de mi padre en tiempos de mi abuelo accedió a unirse a los seguidores de, una vez más, nuestro poderoso dios Ares. Bajo la promesa de que usted algún día sería revivida. Dándonos las fuerzas que una vez le dio al pueblo búlgaro en oriente medio cuando lideró a sus guerreros de su nación junto con los búlgaros de Borias. Sólo que esta vez sería para alcanzar la libertad del amenazante yugo romano junto con otros pueblos bárbaros enemigos y el de tal vez, proveerle un lugar a nuestros ancestros, los búlgaros de Asia.
Agachado casi como un mismo anciano tras finalizar, Plamen quedó ante un observador común como alguien que acaba de narrar la historia que más apreciaba. Pero ante uno como Ares, con un observador como este dios… quedaba con una merecida sentencia de muerte por indagar demás una vez más dentro de su agradecido relato. En cambio, para uno como Xena, simplemente quedaba como un abierto y revelador libro que entre su narrativa llena de chácharas, también poseía interesantes hechos. Hechos que precisamente con ella se relacionaba.
―Me alegra que después de todos esos calvarios que tuvieron que vivir el búlgaro pueblo del que desciendes, mientras me seguían a mí y a ese… a Borias, hayan hallado al final de camino tan querido tesoro. Una vasta tierra en la que vivir.
Con esas palabras de la boca para fuera, porque la verdad que después de lo escuchado relacionado a su vida poco le iba a importar lo de las de otros, Xena prácticamente dio por invisible a un agradecido de Plamen para posar su mirada con mil y una interrogantes sobre el rostro de Ares. Dios que al saberse atravesado por los ojos de su guerrera, pasó a desquitarse haciendo un tanto igual con el soplón tracio-búlgaro que tenía delante.
Plamen, que ya conocía esa mirada con la que su dios prácticamente le estacaba, comprendió que lo mejor habría sido no continuar dándole largas a su lengua. Pensando una vez más de todo cuanto podía deberse el enojo de Ares menos el motivo real. Como que éste tal vez desaprobaba que le dirigiesen la palabra por tanto tiempo a Xena.
―Y bueno, creo que mis hombres me necesitan. Así que… Así que le veré por ahí princesa. ―Con esto, Ares que cierra sus puños―. Eh, que diga, me mantendré al pendiente de cualquier petición que le surja. Y de usted también señor Ares ―añadió rápidamente al notar como la mirada de éste se intensificaba.
En cuanto Plamen se perdió entre las filas de tiendas y figuras de guerreros que entre éstas transitaban a lo lejos, una muy seria mortal encaró al dios de las artimañas y chantajes que tenía al lado con lo siguiente:
―Sólo una cosa Ares… ¡¿DE QUÉ DEMONIOS HABLABA ÉSTE MESTIZO?!
Los distanciados hombres que hasta ese momento no tenían la menor idea de que dos respetables presencias andaban entre sus tiendas, no encontraron que hacerse al saberse vistos en avanzada mañana en sus escasas prendas de dormir y sin estar llevando a cabo sus actividades y trabajos diarios. Para su suerte, su dios en ese momento tenía una más importante cosa en la cual concentrarse al parecer. Viéndole desaparecer con la futura reina que trajo la noche anterior.
…
Bonito le había salido la sorpresa que le tenía deparada a su hermosa guerrera. En la primera, uno de sus imbéciles hombres se encargó de soplarla. Él que quería llevarle personal y sorpresivamente al templo, y también palacio, que muy pronto finalizarían sus súbditos y en el que residirían los dos mientras se iniciaba la edificación de su anhelado y majestuoso imperio. Y su querida princesa que le daba con dar un paseo entre sus hombres y enterarse en plena salida de la tienda, la majestuosa edificación que se construía en su nombre. Mas como si fuera cosa de inicio en la aguada de sus planes, otro de sus hombres se le soltaba a más distancia la lengua hablando sobre lo que no le incumbía hablar sobre el pasado de ella. Para terminar con broche de oro, su princesa que le levantaba el berrinche más escandaloso en toda la historia de haberle conocido. Sin que pudiera avanzar en sus planes de "complacerla" en lo que le había pedido sobre llevarla al inframundo. Gracias al Olimpo que le vio nacer como dios, y lo designó como inmortal. Porque si no, a esas alturas estaría muerto y enterrado cuando la guerrera le impactó con un busto de mármol, de su propia persona, en su misma cabeza.
¿Ahora qué hacía? Tres días pasaron desde que la fiera de su princesa le saltó con una y mil preguntas y él que apenas podía entrar en su propia tienda de descanso sin recibir otro cantazo en su cabeza o un espadazo en su abdomen. En mala hora no le habló del maldito salvaje, a su ver, de Borias. Hubiese sido una perfecta oportunidad para decirle lo desgraciado y traidor que fue con ella. Según opinaba. Al responder a una masa de cuadrúpedos sin cerebro en vez de continuar la batalla de esos días al lado de la mujer que más valía en el mundo. ¡Ah, pero claro! Tenía que dejarse caer ante sus celos de macho. ¡Y no cualquier celos! Porque si se dijera que fuesen producidos porque un poderoso dios como él (cosa completamente imposible a su ver) cortejó a su amada mortal, pues como que se entendería que los tuviera. Pero no, se había comido por dentro, se le había hervido la sangre, y se había vuelto a comer por dentro cuando veía en el pasado a la que elegiría como su reina al lado de aquel búlgaro sin educación y modales. ¡Qué juntos habían estado los dos! Ahí antes o después de cada zaqueo por toda Asia. Mientras que él tenía que conformarse con imaginársela algún día entre sus manos.
Que mucho disfrutó entonces cuando la guerrera abandonó a su búlgaro y salvaje amante y dirigió sus ejércitos de terror y sangre. Fue cuando entonces se pudo decir así mismo que la tuvo en sus manos. Que era suya. Ni en el momento en el que le otorgaron su poderosa espada fabricada por Hefesto y los antiguos gigantes de un ojo: Brontes, Estéropes y Arges (referidos comúnmente por el nombre de su raza en mayúscula letra como los Cíclopes), se sintió tan gozoso y lleno de poder. Porque Xena, fue fuerza y poder. Él, la mano que le controló hasta el día en el que decidió encaminarse por el bendito camino del bien. Adueñándose el pasado con todos esos momentos de gloria.
Siguiéndole después otros momentos pero de profunda indecisión que sobre una balanza no acaban por elegir un bando. Y más adelante, la desaparición de su preciada mortal. Muerta como siempre exigía su condición de humana. Si tan sólo hubiese accedido a convertirse en una inmortal como él para ese entonces, nada de este laberinto de problemas vividos y por vivir se regodearía en su cara y en la de su princesa. Aunque ya era cosa de nada para que se fueran por el mismo infierno del que habían salido. Ya era cosa de nada para que su princesa guerrera al fin aceptara la inmortalidad que él le ofrecía, y la eternidad a su lado.
Que esperanzado estaba de que ese deseo ocurriera. Sin embargo, sería mejor que fuera viendo cómo se le acercaba y le sacaba aunque fuese una buena palabra de su boca. No le latía acudir ante su tío para que le curase de más maldiciones. Lo mejor sería que se "doblegase" aunque fuese cosa de actuación, y le contestase todas las preguntas que a puros golpes le gritó en aquella tienda. En donde si se permite decir, hasta pierde el aire con tanta carrera que le dio para atraparle y desaparecer, mas aparecer en lo alejado de un bosque de los campamentos. No tenía que ver a través de las paredes para saber que eran muchos los curiosos que echaban oídos entre éstas y hasta ojos por la entrada y ventanas. Librándose por un lado de éstos, pero dándole oportunidad a su guerrera de tener más espacio para caerle encima. Como dios que es, obviamente que se defendió. Mas mejor fue dejarla allí sola y que se le fuera quitando la ira en no que regresaba por sí misma a la tienda. El único fallo de cálculo fue que terminó llegando más envenenada que nunca.
Esperemos que los fieles testigos, lo vieran todo como comunes y pasajeras disputas entre parejas. Porque eso era lo que eran ante los ojos de todos. Una pareja encargada de revivir el perdido y enterrado espíritu de guerra. Espíritu que miraba bien como iba controlando Ares en cuanto quiso intentar de nuevo dialogar con la que por resentida se daba.
―¿Vas a escucharme ahora o continuarás en tus mil y un intentos por borrarme de la faz del universo ―le inquirió el dios una temprana mañana del cuarto día de haberle querido matarle. La guerrera, que aún no se desperezaba del lecho de cama, y que en sus piernas lucía seductora pero amenazadoramente su espada para el dios que le observaba, al verse así tendida, se apuró en sentarse y cubrirse sus piernas. Ahí con la tela del camisón blanco con el que dormía. A todo sin soltar su pesada arma―. Xena, te estoy hablando ―le insistió un dios que ya mostraba expresión de perrito triste y golpeado.
Xena se le quedó mirando. A la verdad que tenía cara de cretino.
―¡¿Qué demonios esperas entonces?! ―le gritó la nombrada haciendo que el dios retrocediera unos pasos y se deshiciera de la idea de masajearles los hombros como siempre acostumbraba a hacer cuando ésta estaba tensa. Y tan cerca que ya estaba―. ¡Y quita esa cara de perro matado a palazos! Que sé muy bien que no sientes ni la menor pena y que absolutamente nada te duele.
Ares como que se las tenía que ingeniar mejor si quería al menos montar una conversación de aunque fuesen unos cincos minutos. Su fiera estaba que echaba chispa hasta por los ojos.
―Te equivocas, Xena. Me duele el no tenerte ―le comentó al comenzar a desprenderse de su chaleco de cuero frente de ella imaginándose lo que haría. Levantarse de su cama, para así poder atraparla.
―¿Y ahora qué diablos haces? ¿No ves que estoy aquí? ―se imaginó ahora lo obvio la guerrera.
―Pues lo que ves. Me pongo cómodo. Es mi tienda. ¿No? ―le recordó con descaro en no que se dirigía su mano al cierre de sus pantalones.
―Perfecto. Pues yo me largo.
Xena se puso de pie de una sacudida y cuando iba por lo que se veía que eran sus ropas de cuero arrojadas en una esquina, su dios y señor de la guerra (que en esos momentos irónicos de la vida andaba en busca de paz y armonía con ella) que la detiene por un brazo.
―Eh, eh, eh. No tan rápido, belleza.
―¡Suéltame, Ares! ¿O quieres que te rompa otra cosa en la cabeza?
Ares, que para nada iba a hacer caso de lo dicho, sino todo lo contrario, la apresó a su cuerpo cerniéndola a su cintura con un brazo mientras que con la mano libre del otro le impedía que le golpeara.
―Si esa es la única forma en la que puedo tener contacto con tu dulce piel ―le susurró al lamer el brazo que le sujetaba entre tanto Xena expresaba una mueca de disgusto ―, estate segura que estaré dispuesto a aceptar cuanto golpe se te venga en gana darme. Ya te lo había dicho, ¿eh? En esta vida o en la otra. Da igual siempre que lo sepas.
―¡Cínico!
―Vamos, querida. Y yo que venía a explicarte todo cuanto me habéis exigido a golpes decir. Todavía me duele el haberme golpeado con mi propia cabeza de piedra, ¿sabes?
―¡Que bueno!
―Sí, me lo imaginaba. Pero en fin, vamos a hacer algo, muñeca. Tú te tranquilizas y me interrogas civilizadamente, y yo te contesto sin revivir las rajadas de tu espada sobre mi pecho. Sí, con esa misma y bonita espada que no se cómo has levantado hasta mi cuello sin que la sintiera subir entre nuestros cuerpos ―abundó en su indicación un Ares que ahora se encontraba bajo la asesina mirada de su Xena y ante el filo de su espada. No era que temiera ser herido de nuevo por ésta. No significando tan poco que le agradara que se la enterraran por el mismo pecho. Como dios que era jamás moriría por eso. Más no quería decir que no llegaba a sentir dolor sino se preparaba ante el impacto.
―Quiero toda y absolutamente toda la verdad, Ares ―exigió la tratada―. Y como presienta que haces el menor titubeo o que intentas ocultarme algo, me largaré de aquí. No creas que no lo he pensado ya.
Claro, claro, claro. Como si pudiera hacerlo e ir muy lejos sin que la trajera de vuelta en un santiamén. Vaya que si era toda una guerrera. Batallándose incluso cuando tenía de antemano la guerra totalmente perdida.
―Por supuesto —le aceptó la divinidad de Ares sirviéndose una copa de vino y tendiéndole una a Xena luego de que ésta dejara de apuntarle con su espada. Copa de vino que dejó en el aire al hacerse ciega ante ésta. Rechazándolo más a él que a la propia dorada copa―. Te diré todo cuanto me preguntes y sepa.
―Pues comienza ―le espetó con rudeza, sentándose de nuevo en la cama con brazos y piernas cruzadas.
Que divino era, a parte de lograr que le hablara, hasta le aceptó escucharle sus denominadas explicaciones respecto al asunto. Un poco más, y ya la amansaba de nuevo.
―Estoy esperando que me interrogues primero ―le fastidió sin poder evitarlo. ¿No que ya debía de saberse de memoria todas las preguntas que la guerrera le había hecho y gritoneado? En vez de pasar a contestarle salía con retrasos y demoras. ¿Qué pretendía con eso? Debía mejor aprovechar tan estupenda oportunidad. En fin, qué se podía esperar del mismo Ares en sí.
―Borias ―nombró la guerrera tras un suspiro que subió hasta el Olimpo en busca de toda la paciencia que existía sobre la tierra―. ¿Quién era ése? ¿Fue un búlgaro como cuenta Plamen? ¿Es cierto que yo fui su amante? ¿Por qué se dice que me traicionó si así fue? ¿Dónde lo conocí? Pero más que nada… ¿Por qué abandoné a un supuesto hijo que tuve con él?
―Despacio, despacio, querida. Que soy dios de la guerra no de los mensajes como mi medio hermano Hermes o la de pies ligeros de Iris ―se dio su puesto en contestar mientras acababa el contenido de su copa.
―Te estás tardando, Ares.
El dios, que creyó que al estar dispuesto a contestarle todo aquello a su guerrera, le garantizaba poder acercársele como quisiera, se topó ahora con un Chakram a pocos centímetros de rajarle el cuello. Xena lo sostenía amenazadoramente contra su garganta y con la mirada le decía un atrévete a acercarte y ya verás. «¿De dónde rayos sacó el arma? ―se preguntó sin habla Ares―. ¿También duerme con ésta?»
―Mujer, es mi cama ―reclamó sin poder creerlo.
«¡¿Hasta eso me negaba?!», se dijo de la boca hacia dentro.
―Pero yo estoy aquí, fíjate. Y date prisa de una buena y maldita vez en contestar lo que he preguntado. ¡¿Quién fue Borias?!
―¡Por los cielos! Que diga… ¡Por el infierno! ¡Pero qué carácter! ―continuaba en su juego el dios dirigiéndose ahora hacia una cercana y pesada silla hecha de… ¿De huesos humanos? Y sentándose al revés en ésta frente a Xena.
La guerrera, que ya no aguantaba ni un minuto más de majadería de aquel dios, decidió por largarse sin esperar nada más. Recibiendo en el acto un leve empujón por su vientre de modo que cayó sentada en la cama. Justo cuando iba a pronunciar protesta alguna, el dios que al fin le da con contestar lo preguntado.
―Borias, como bien escuchaste por boca de Plamen, fue un búlgaro. Un salvaje guerrero que lideró las tropas de su pueblo hace ya más de un siglo entero.
«Si existió entonces.»
―Ese es justo el tiempo en el que yo existí en mi primera vida ―re captó Xena haciendo que Ares levantara un ceja en atención a sus palabras. Con que por fin aceptaba que había vivido en un pasado. Las cosas no estaban tan mal para Ares como se veían después de todo―. Por lo que vuelvo y te pregunto, ¿llegué a relacionarme con él? ¿Fui su amante? ―se inquietó.
Ares tenía que ir por otro trago o si no se bebería su propia sangre. Cada vez que se acordaba de uno de los amantes mortales que tuvo su princesa, le daban unas enormes ganas de ir por ellos al inframundo, devolverlos al mundo de los vivos y ahí hacerlos pedazos uno por uno para que regresaran de nuevo a las manos de Hades.
―Sí querida, fuiste su amante ―admitió dirigiéndose hacia la mesa que contenía las botellas de licor y sirviéndose una segunda copa continuó―: Si te soy más que sincero, él fue el más grande de todos los amantes mortales que tuviste. ―Y dicho esto, se vació el contenido de la copa de un sólo trago. Atragantándose en el proceso. ¿Estaría nervioso? Xena nunca había visto a un dios atragantarse. Es más, ni ella ni nadie sabían que un dios se podía atragantar―. Que quede claro, de los mortales, ¿eh? Porque el más grande entre todos fui yo. Espero que lo recuerdes muy bien ―se apresuró en decir como si tal cosa le causara simpatía a Xena en esos momentos. No podía faltar su egocentrismo―. Fue el hombre con quien compartiste una larga relación en esos tiempos de gloriosas batallas que tuviste. Y a tú pregunta de que en dónde lo conociste… O mejor dicho, de dónde demonios lo sacaste…Pues eso habrás sabido tú, querida. Yo soy dios de la guerra. A mi pregúntame todo lo que suceda en y durante las batallas. Las escenas de romance y demás cuestiones relacionadas se las dejas a mi hijo Eros. Que lo mío son otros temas.
No iba a zafarse de esa pregunta. Bien se veía que sabía. El querer ocupar su boca con tantos tragos no indicaba otra cosa que el no querer seguir hablando.
―Ares ―masculló una Xena que estrujaba con sus puños las sábanas del lecho. El dios que se percató de ello, se decidió con que mejor era decirle algo aunque ni el mismo estuviera seguro de que así fue.
―Aunque por ahí escuché y tal vez vi―se tuvo que atener a contarle―, que fue cuando dejaste los mares y te internaste en Asia. Digamos que en medio de unos de los saqueos hechos uno o por el otro, tal vez por ambos, se encontraron y se unieron como compañeros de batalla. La vida no te había tratado muy bien en tu propia tierra ni en los mares a los que partiste, y el encuentro que tuviste con ese búlgaro te permitió devolverle esos mismos tratos en donde quiera que te plantaras.
―Entonces… Eso explica por qué antes de conocerte a ti ―le señaló de mala gana ―me veo liderando guerreros. Tanto griegos, como propios búlgaros. Eso explica por qué conozco la bárbara lengua de estos últimos. Porque fui la mujer de uno ―dijo dándole trabajo aceptar con una pequeña cara de espanto. Ni se diga a Ares.
―Eh, eh, eh. Tan poco así ―le quiso deshacer la conclusión―. Tú mujer, no fuiste de nadie. Ni si quiera de mí, que ya perdí la cuenta de cuántas veces te pedí que te me unieras como mi reina. Así que vamos a dejar las cosas claras en este tema ya que andamos sobre él.
―Pero aun así le di un hijo.
―¡¿Y eso qué?! ―Terminó botando una buena parte del contenido de su copa tras un brusco movimiento de su brazo producto del enfado―. Nada más fue un pequeño descuido tuyo. Se te pasaron los días o te equivocaste en la cuenta o yo qué sé. Y walah, te salió una barriga que te metió en nueve vulnerables y depresivos meses. Te aseguro que no estaba en tus planes quedar en cinta de un hombre que dentro de poco de traicionaría. Cree me, primero te hubieses dejado embarazar de mí cada vez que te pedía que fueras mía en los siguientes años a ese hecho. Primero hubieses tenido uno y hasta doce hijos conmigo ―aseguró como si eso hubiese sido posible―. El problema era que yo ya andaba con la casa llena con todos los hijos que he tenido con Afrodita y Eris… ―se dijo a medias para sí antes de ser cortado.
―De modo que sí llegué a ser madre ―se dijo con pena la guerrera por no poder recordar nada aún―. Y lo regalé.
―Yo con gusto y ganas te hubiera dado otro si supiera que ahora te ibas a dar de interesada con eso de preguntar tanto sobre el que una vez tuviste y abando…
―¿Qué es lo que hice mientras tanto?
Ares que en tantas peligrosas preguntas ya había acabado su botella de vino, se levantó de una vez más en busca de otra nueva ante la mirada custodiosa de su princesa. Mas en vista de que iba a parecerse a su detestable medio hermano Baco, pues optó mejor por liberar el estrés con una canasta de manzanas.
―Digamos que fuiste a terminar de pasear por el mundo. Fuiste al norte de Europa para buscar más y más poder. Luego bajaste al sur, te apropiaste de un ejército y terminaste dándote a conocer como Xena, la Princesa Guerrera o la Destructora de las Naciones. Siendo toda una leyenda tu nombre. No estabas muy contenta que digamos al verte traicionada por los hombre a los que te le habías entregado ni mucho menos con todo lo perdido mientras a su lado estuviste ―añadió pensando en los malos amoríos de su guerrera.
»Por ahí reclutaste nuevos hombres y lideraste más ejércitos. Siendo objeto de envidia de los que tu poder querían arrebatarte. Volviendo a ser traicionada. Era inevitable. En la guerra todo se vale, y lo sabes. Yo creo que te fue igual o un tanto peor que cuando anduviste con Julio César antes de emparejarte con Borias. Y hablando del rey de Roma. ¡Que mal te fue con éste romano! Yo diría que peor que con lo de los centauros de Borias. Con eso de mandarte a romper las piernas cuando te crucificó…
La parte de Julio César y los navíos piratas que guió por los mares bien que lo recordaba. Lo que importaba en esta nueva revelación sobre su pasado era en donde estuvo a punto de formar una familia.
―Esos centauros como que no debían de simpatizarme a mí y yo a ellos, ¿cierto?
―Tú lo has dicho. Se la pasaban…
―Por lo que indica también, que pueden contribuir al relato de esta historia, ¿cierto?
Una cáscara de manzana como que se le debió de haber atorado al dios porque aquel ataque de toz que le entró de repente no dejaba pensar otra cosa.
―Pues… Eh… Sí… Digo no… Aunque si tú lo piensas… Ejem, ejem, eeeejem. Aunque no es por desilusionarte pero ya van años que no veo a un cuadrúpedo de ésos. De seguro las amazonas debieron de domesticar a los últimos que quedaban y de paso aniquilarlos cuando ya no les servían ni para cargar jarrones de agua.
―Pues entonces a ellas regresaré para preguntarles.
―Ejem, ejeeem, ejem ¿Para qué, querida? Si me tienes a mí. Que todo te lo estoy contando. Ejem, ejem… ―seguía con su toz.
―Si así es, dime lo qué sucedió con el hijo que tuve con el nombrado búlgaro. ¿Por qué se lo entregué a un mismo centauro si tan mal me llevaba con los de su especie?
―Ay mujer, ¿qué no es obvio? Pues porque te recordaba al padre y porque además, en tu ajetreada vida como guerrera… ¿Cómo era que ibas a poder cuidar semejante escuincle?
Xena, que al saberse quién fue y quien seguía siendo ahora, no encontró cómo desmentir las palabras del dios que tenía delante. Cuando de seguro que hubiese hecho lo mismo en su segunda vida. Una mujer como ella, criada como una amazona, no tenía más opción le gustase o no. Haciendo lo mismo con los hijos varones que tuviese.
―Sí, supongo que sí ―aceptó el cuento sin imaginarse que no era del todo cierto―. Es sólo que aun así, me hubiera gustado que viviera, Porque murió. Plamen me lo dijo.
«Ay, ese Plamen ―se quejó Ares en su silencio―. Y no se moría ahora mismo por bocón. Maldita sea la hora en la que sus antecesores le dieron con otorgarle aquella hojalata de espada. En vez de atravesarse el corazón con ella y evitarme todas las atragantadas con vino, cáscara de manzana y hasta con mi propia saliva en estos momentos.»
―Así es, murió como muere todo mortal. No fue tu culpa si eso es lo que te inquieta ―le consoló poniéndose de pie y situándose milagrosamente a sus espaldas. Arrodillándose en los mudillos colchones de su cama y pasando a masajearle los hombros como siempre hacía en espera de que le bajara la tensión que la volvía insoportable―. Lamentablemente el chiquillo lo asesinó una semidiosa loca ahí.
―¿Una semidiosa?
―Sí, la hija de tu… Eh… De …
―¿De mí qué? ―se giró Xena que acababa de detectar un titubeo.
―Eh, de ti nada, querida. Yo iba a decir de un dios ahí de la fría tierra de Britania. De Dahak, uno de las tantos dioses enemigos tuyos.
―Umm. Ni idea de quién diablos también pudo ser. Pero si por su hija el mío murió, espero que ambos se estén pudriendo en el infierno por haber existido.
―Esperemos que así sea ―suspiró en esta ocasión el dios mirando hacia el techo y posiblemente agradeciendo al Olimpo sin darse cuenta.
Xena se quedó en silencio con Ares a su lado. Mientras que él no dejaba de masajearle los hombros y ahora, más confiado, hasta bajaba los manguillos del vestido de su princesa. Dando gracias porque la guerrera no pusiera resistencia y pidiendo inconscientemente al Olimpo, una vez más, porque ya no se le ocurrieran más preguntas que le mortificaran su eterna existencia.
―Quisiera verlo a él también cuando me lleves al inframundo.
«Rayos, eso es peor que una pregunta. Eso es una petición. Y en su vocablo, una orden.»
―¿A tu hijo?
―Sí, a Solan. Así me dijo Plamen que se llamaba.
―¿Pee… peero por qué? El niño ha de estar lo más feliz en los Campos Elíseos. Además, ya tú no perteneces a su vida. Eh, muerte. Bueno, ni a su misma vida perteneciste.
―No me importa. Ya te dije que quiero comprobar que todo esto es verdad y no un sueño maldito en los brazos de Morfeo. ―Se desesperó poniéndose de pie―. Quiero verlo a él. A Cyrene, la verdadera madre que dices que tuve y que he recordado a leguas. Si es posible también más adelante, quiero cruzar el plano de la tierra de las amazonas muertas para ver también a mi segunda madre amazona, Mirina; y a la amiga que tuve en esa tribu. Mi querida Vera. Quiero decirle especialmente a ésta última que ya no me espere porque si no me has mentido, es muy probable que al menos acceda a quedarme en esta segunda vida permanentemente sin poder reunirme con ella como siempre quisimos ―explicó ante los ojos de un Ares que no daban crédito ante estas finales palabras―. Y volviendo a lo conocido de mi vida pasada, quiero ver también a Borias. Si tan mal amante fue, entonces pues que vea las vueltas que da la vida. Yo ya he vivido dos veces, y él está más que muerto y olvidado en el inframundo ―añadió con tono vengativo. Encendiendo la llama de gozo en el dios de la guerra.
Por un lado, la petición de su princesa le era como un filo cortante. Se arriesgaba a que supiera más de lo debido antes de que aceptara ser su reina. Pero por otra parte, le ayudaba a que al fin le creyera y que además, hasta marcara una despedida con esas entidades de su pasado que tanto podían estorbarle en su relación con ella. Como deseaba que en tal despedida también se pudiera incluir cierta barda parlanchina. No, de tan sólo acordarse de su nombre, sus planes se podrían voltear como tortilla. Sin embargo, sería estupendo que la hiciera a un lado si eso llegase a pasar. No teniendo que preocuparse por absolutamente nada más. Aunque después de todo, uno no se podía despedir u olvidarse de aquello a lo que no recuerda haber conocido.
―Como quieras, Xena. Pero lo de las amazonas lo tendremos en un veremos. Por el momento solo visitarás a las almas de esos mortales de tu primera vida al ir al inframundo como te has antojado. Y qué bueno que sacaste el tema y me recuerdas que llevo llevarte. Porque de eso era lo que justamente quería hablarte antes de que te entrara el veneno por las venas y te me lanzaras encima como una leona.
―Te escucho.
―Ya tengo planeado cómo llevarte al mundo de Hades.
REVIEWS
En serio, esto de las regiones mencionadas me sacó de quicio. Más con Tracia. Zona que en parte pertenecía a Grecia si se refería a la del sur, y a lo que denomino como la pura nada al oeste del mar Negro si de la del norte se habla puesto que para ese tiempo no existía ahí nación alguna que valiera, sólo pueblos. Como en muchas otras partes.
Porfies, un review me haría sentir súper bien. Sobre todo porque sabría que valió la pena todo el trabajo en este 9no capítulo.
Respuestas a REVIEWS
~GilNar
Saluditos desde aquí hacia donde quiera que sea que te encuentres, mi querida y fiel lectora. Un gran abrazote imaginario para ti. Pues querida, no hay problema. Usted léase cuando encuentre más cómodo y conveniente. Conmigo no hay problema. Eso sí, no dejes de pasar dos o seis meses porque me voy a preocupar. Ni un año porque te daré por muerta y la serie de Xena no se merece que una de sus fans le de un yeyo. Uff, fuera de broma ni dios lo quiera. Que primero me muera yo. ¡Jajaja! Claro, luego de que termine este fic. Ya que me da mucho gusto que te sirva de entretenimiento en las horas muertas esas que debes de pasar en tu oficina. Demostrando que ha valido la pena quemarme las pestañas y entrar en estrés si he hecho feliz a alguien. ^-^''
A tus amenazas con los palitos de pan con no se qué rayos encima, uy, será mejor que ande en búsqueda de una armadura blindada porque sonaste al estilo Callisto: "Y me vengaré"¡Jajajajaja! Ah, esa loca, que mucho la odié. Ni muerta dejaba de joder. Pero muchas gracias por tus felicitaciones. Me hicieron dar más brinquitos por toda la casa :D Esas escenas que te gustaron, fueron las que más motivadas escribí. Me fascina la pareja dispareja de Hades y Perséfone, la muerte con la vida. Senda combinación. Comentando también que cuando se trata de hablar de los dioses griegos, como ya habrás notado, me encanta meterle la parodia y así como que reírme de ellos. Sí, me río de lo que escribo sobre ellos. Aun así los amo a todos. Bueno, a Zeus no lo trago. Es un CA… Y eh, sobre el campamento y el recibimiento, vaya que me sentí como si estuviera ahí. Ni se diga cuando hicieron la celebración y rindieron devoción. Vaya, Ares está hecho todo un emperador. ¡Jaja! Más, gracias también por tu buena crítica sobre los datos históricos y geográficos. Sí, yo también me hice un ocho con el "Señor de los Anillos." Lo mismo que en las novelas de "Eragon", no sé si las has leído. La que me voy a tirar a leer será esa que me recomendaste de los dioses del Olimpo. Gracias por recomendármela. Y gracias también a que la leyeras pues así descubriste mi fic. ^-^'
Buena chula, ya te dejo. Espero que llueva por allá y te mojes como yo lo hago sin que cargues ni papeles ni compu ni tengas camisa blanca. Espero que este capítulo te haya agradado aunque sea un chin (no es de mis favs en verdad pero la info última que se expresa es necesaria para que la trama prosiga en medio de los recuerdos por revelarse en Xena).
Bye, mente perversa gemela.
