EL IMPERIO AUSTRO HÚNGARO EN GUERRA CONTRA PRUSIA.
En el día de ayer, el señor Roderich Edelstein proclamó desde el balcón principal de su palacio tan terrible y trágica noticia. Según sus palabras, el Gobierno ya se había puesto en marcha para empezar a reclutar a los máximos voluntarios posibles para el ejército (que, junto con la armada profesional, irían hacia el frente) y estaban removiendo las viejas alianzas. Entre las razones para declarar tal situación, el señor Edelstein narraba como la cabeza visible de Prusia, el señor Gilbert Beilschmidt, había atentado contra el honor de su prometida, nuestra bien amada señorita Elizabeth Héderváry, con la que en breve tiempo planeaba contraer matrimonio. No solamente esa es la razón (terrible, sin duda, ya que atentar contra el honor de la señorita es atentar contra el honor de nuestro Imperio), sino que el muy inteligente señor Edelstein expresaba su preocupación por lo que podría suceder si se dejaba a este conjunto de pequeños países seguir a su libre albedrío, argumentando que ya habían caído muchos estados s sus pies, y que no debíamos ser los siguientes.
Desde este humilde periódico, queremos unirnos a la patria, a los soldados y a nuestros líderes con fervor, animándoles en esta cruenta guerra que se presenta y mostrándoles todo el apoyo que un Imperio…
Capítulo 9: Alianzas.
Dejé a un lado el periódico del día con un suspiro hastiado. Tanto fervor patriótico innecesario me ponía de los nervios. La prensa, desde el anuncio de la guerra, se había vuelto más sensacionalista que de costumbre y era algo que no podía soportar. Recordaba los tiempos en los que era algo más joven e inexperta e iba liderando batallas día si y día también. A pesar de que esa época se la consideraba más primitiva que la de ahora, existía algo que no solo no se había eliminado, sino que se había acrecentado con el tiempo: la hipocresía humana. ¿De qué servia tanta palabrería sobre el ánimo a los soldados? Iban directos a los brazos de la muerte, y contra eso no había nadie que los pudiera mentalizar, ni mucho menos animar. Al menos, en mis tiempos de guerrera, eso era algo que estaba muy claro. Mis hombres sabían el peligro al que se enfrentaban y no necesitaban consuelo de nadie. Morían por creencias, por una vida mejor para sus descendientes, para demostrar el valor que tenían al bailar en la cuerda floja que es el campo de batalla. Esa era la realidad, y un simple periodista sentado en su despacho (y, sin duda, más joven que yo) no tenía ni idea de cómo era el ambiente de las contiendas.
Rod me sacó de mis pensamientos al abrir la puerta del saloncito en el que me encontraba. Portaba en sus manos una bandeja llena de pastas de distintos tamaños y colores.
- ¿Ya está aquí? – le pregunté.
- Está a poca distancia del palacio. En cuanto llegue mandaré a alguna criada a por la leche, por lo que parece a nuestro aliado le gusta que el té se le sirva al punto y con el tiempo de hervor apropiado.
Asentí. Habíamos preparado una pequeña merienda para recibir a nuestro único aliado en la guerra, que acababa de llegar a territorio imperial hacia la madrugada tras un muy largo viaje. Tenía curiosidad por conocerle. Era el suyo un país casi tan antiguo como el mío, de profundo honor y admiradas tradiciones, con gusto por el batallar, pero casi siempre se mostraba como un lugar cauto y desconfiado, aislado de los demás (aunque, tal vez, influyera en eso su localización geográfica).
Miré a Rod, que se sentó en el sillón que estaba a mi lado y ojeó el periódico que yo había desechado. Desde que le conté lo ocurrido con Gil, su comportamiento conmigo había cambiado de manera imperceptible (al menos a los ojos de los demás). Se mostraba amable y educado conmigo, pero era tan solo una máscara de frialdad cortés. De todas formas era una mejor situación que si me hubiera echado de Austria y de su vida (que era lo que pensaba que haría), pero no podía evitar sentir una profunda tristeza, porque sentía, con el cambio de comportamiento, lo grande que era su dolor.
En ese instante, llamaron a la puerta y entró una sirvienta con una bandeja idéntica a la que Rod había traído, solo que esta contenía tres tazas, una jarrita con leche y otra con té.
- Señores, el visitante ha llegado – nos comunicó tras hacer un gesto de respeto con la cabeza y dejar la bandeja sobre la mesa- ¿Le hago pasar?
- Si, por supuesto – le indicó Rod, que a su vez se levantó para ir a recibirle.
Observé atentamente al desconocido que entraba por la puerta y al que Rod saludó con efusividad. Era más bajo y menos fornido de lo que me había esperado, dada su fama de guerrero. Su dorado pelo brillaba con las últimas luces de la tarde, y sus profundos ojos verdes observaban la estancia con aburrimiento. Aunque, sin duda, su rasgo más característico eran sus grandes cejas, que ayudaron a que su cara mostrara una expresión relajada mientras agradecía la merienda que le habíamos preparado.
- Eliza, te presento al líder de nuestra noble nación aliada, Inglaterra – me dijo Rod mientras me lo señalaba- Arthur Kirkland.
- Me alegro de conocerle, señor Kirkland –dije con una sonrisa cortés- Y le agradezco que se haya unido a nuestra causa.
- El gusto es mío, señorita –el recién llegado, con una caballeresca reverencia- Pero, por favor, llámame Arthur. Entre aliados, lo mejor es que nos tuteemos.
- Aquí tienes tu té, amigo Arthur –Rod, solícito, ya nos había servido a él y a mí, y le señalaba su silla para que tomara asiento.
- Vaya, la verdad es que me siento algo decepcionado –comentó nuestro aliado entre risas mientras se sentaba- Esperaba probar alguna especialidad austro-húngara con la merienda, pero bueno, como buen anfitrión se supone que no debo quejarme –se sirvió con destreza, dio un leve sorbo a su taza, paladeó el contenido y sonrió con satisfacción.
- Bueno, querido Arthur –comenzó un titubeante Rod tras carraspear- Espero que la reunión de esta tarde nos sirva para poner una estrategia en común para derrotar a ese prusiano y a sus aliados. Había pensado que…
- Antes de empezar me gustaría aclarar algo –el tono de Arthur cambió drásticamente. Su tono cordial desapareció, dejando una voz con tintes huraños y que no admitía réplica- Quiero que sepáis que esta guerra en sí no me interesa. No tiene repercusiones políticas ni de otro tipo para mí y mi país a corto plazo y me da igual si esto hace que se desgrane el Imperio, que nazca uno nuevo o que el señor Beilschmidt viole a todas las líderes que quiera.
La cara de Rod era un poema o, más bien, un pez, pues no podía hacer otra cosa que abrir y cerrar la boca sin pronunciar palabra. Yo, en cambio, me recliné en mi asiento con curiosidad. Parecía que esa era la verdadera cara de Inglaterra, la hermética nación.
- La alianza que me presentasteis era tan vieja que me sorprendió que el papel en la que se había escrito no se hubiera desintegrado. Perfectamente podía haberla rechazado, pero no lo hice. Y esto nos lleva al punto principal, el por qué he aceptado unirme a esta guerra. El único objetivo de mi participación –se echó hacia delante en el asiento- es patéale el culo a Francia.
Rob seguí tan sorprendido como antes, si no más. Me tocaba a mí intervenir.
- Así que es cierto lo que se dice de la centenaria rivalidad entre Francia e Inglaterra… -comenté.
- Pero… disculpa, amigo Arthur –Rod, al fin, reaccionó- ¿Qué pinta Francia en todo este asunto?
- Vamos, Roddie, no puedo creer que me hagas esa pregunta –Arthur le miró con aire ofendido- Prusia es una nación muy joven, y sus aliados están en bocas de todos. El trío de pesadilla de toda Europa –prosiguió con aire teatral- Prusia, Francia y España.
A mí no me sorprendió. Estaba más puesta en política exterior que Rod, así que sabía que ellos eran los declarados aliados prusianos. Incluso Gil me había comentado algo acerca de sus líderes, a los que consideraba sus más cercanos amigos. Rod, sin embargo, palideció violentamente.
- Así que… España, ¿eh…? –compuso una amarga sonrisa- Y pensar que me tocaría luchar contra mi pequeño protegido…
Era cierto. Rod, hacía bastante tiempo, había sido el protector de España y había querido como un padre a su líder, transmitiéndole todos sus conocimientos. Sin embargo, tras una cruenta guerra civil, Francia acabó arrebatándole a España, tomando entonces a su joven jefe como discípulo. Fue algo muy sonado y en las cartas que Rod me escribía por aquel entonces, dejaba ver una gran tristeza por la pérdida.
- Está bien, Arthur –le miré a los ojos con decisión- Entiendo perfectamente tu postura al respecto. Cualquier buen líder que se precie debe anteponer los intereses y la seguridad de su pueblo, así como su propio honor contra los antiguos enemigos. Pero, por favor… necesitamos el apoyo de Inglaterra en esta guerra. Es algo necesario, nuestro Imperio solo no podrá vencerle.
Arthur me miró largamente y sonrió.
- Vaya, vaya… Muy bien dicho, Lizzie. Desde luego, eres una mujer de armas tomar, no me cabe duda. Me gustas.- dicho esto, desenvainó la espada que tenía en el cinto y la colocó sobre sus rodillas- Tenéis a vuestra disposición todos los ejércitos de Inglaterra –y luego la levantó al aire- ¡Por la victoria!
Asentí satisfecha y Rod esbozó una sonrisa cansada. Ahora que habíamos llegado a un acuerdo, estaba segura de que el resto iría como la seda.
- Si no te molesta, estimado amigo –continuó Rod con su tono diplomático- podemos ir a ver el mapa europeo. Tenemos muchas estrategias que planear.
Él y Arthur se adelantaron mientras conversaban sobre posibles estrategias. Yo les seguí a cierta distancia, gratamente sorprendida. Desde luego, no había que juzgar a un libro por su portada. A pesar de su aspecto, nuestro aliado sabía lo que se hacía y conocía los entresijos de la guerra con la experiencia que da el haber participado en muchas. Arthur me caía bien.
- XXX-
Amanecía en Viena cuando Rod, Arthur y yo nos reunimos en el vestíbulo del palacio. Habíamos pasado las últimas semanas planeando estrategias, recibiendo soldados y practicando el tiro con los mosquetes. Tras tantos días, había llegado el momento: hoy teníamos cita en el campo de batalla con Prusia y sus aliados. Fui la última en bajar y contemplé, desde lo alto de la gran escalera de mármol blanco, los atuendos que ambos lucían. Rod, fiel al color azul marino, llevaba una casaca y pantalones de ese color, con un enorme y barroco pañuelo blanco anudado al cuello. Arthur, por el contrario, destacaba con la suya, roja y sus negros pantalones. Por mi parte, llevaba otra casaca blanca que se volvía verde por la parte central y unos pantalones marrones. Verde, el color de la esperanza.
Arthur me sonrió con tranquilidad y alabó mi vestimenta. Rod hizo lo mismo, pero en su cara se leía claramente el terror. Tenía un asomo de ojeras y palidez. Seguro que esa noche no había dormido, muerto de miedo pensando que tal vez podrían ser sus últimas horas con vida. No le culpaba, yo tampoco había pegado ojo, pero no tanto por miedo sino por excitación. Hacía tanto que no estaba en una batalla, que no lideraba a unos soldados, que no olía la sangre en la tierra y el aire… Necesitaba pelear, igual que Gil. Era una de las muchas cosas que teníamos en común. Me estremecí al recordarlo. No debería estar tan ansiosa por una guerra, después de todo yo era la culpable de todo. Había arrancado a Arthur de su tranquilidad insular y había herido a Rod profundamente, de tal forma que había tenido que volver al campo de batalla, ese lugar que desde niño detestaba. No quería ni pensar la cantidad de bajas que íbamos a sufrir por culpa de mi error.
- ¿Estás lista, Eliza? – Rod, con semblante asustado y preocupado, me sacó de mis pensamientos- Tenemos que dar el discurso de ánimo a las tropas.
- Solo un segundo – comprobé que mi espada colgaba del cinto y que llevaba el mosquete bien sujeto a la espalda. Tras eso, recogí mi larga melena en una cola de caballo con velocidad.
- Vaya… con ese peinado me recuerdas a los viejos tiempos –Rod hizo un amago de tierna sonrisa, que desapareció de su cara con rapidez. Sí, los viejos tiempos en los que aun no le había traicionado- En marcha, pues.
Los tres nos dirigimos hacia una muy rudimentaria tribuna que habían dispuesto en la explanada central que se encontraba justo delante del palacio de Rod. Subí allí con él y Arthur y la visión que contemplé me dejó sin aliento. Hasta donde alcanzaba la vista, todo eran soldados con casacas de colores diversos (los profesionales) o con ropas sencillas de tonos terrosos (los voluntarios), cada uno con un mosquete. Entre ellos, la bandera inglesa de colores rojos, blancos y azules y la roja, blanca y verde de nuestro imperio se mecían orgullosas al son de la brisa matutina. Acostumbrada a luchar yo sola con mis propios soldados, sin hacer alianzas, la visión de aquel ejército me sobrecogió.
Rod le cedió el honor de ser el primero en hablar a Arthur, que aceptó cortésmente. Fue un discurso más bien breve y escaso, animando a los soldados a dar todo lo que tenían por el país, al que ellos representaban con su esfuerzo y sacrificio. Como ya había tenido ocasión de descubrir, nuestro aliado inglés no se andaba con tonterías. Por último, dirigió unas palabras en su idioma a sus soldados, que se rieron y le vitorearon. Por lo poco que me pareció entender, era algo sobre la paliza que los franceses iban a recibir. Rod fue el siguiente. Su discurso fue largo y retórico, honrando su valentía, el honor y toda una serie de maravillosas cualidades que nuestro imperio poseía. Sabía que Rod lo había hecho con su mejor intención, pero en mi opinión no se necesitaba tanta palabrería. Cuando terminó, Rod me señaló a las tropas. ¿Qué se suponía que debía decirles? No me había preparado nada, y estaba convencida de que los discursos anteriores ya habían resumido a grandes rasgos todo lo que se podía decir en estas circunstancias.
Entonces recordé el desagrado hacia los discursos de ánimos a los soldados que había sentido hacía unas semanas mientras leía el periódico. Me vi cuando era más pequeña, tenía el pelo bastante más corto y, enfundada en una armadura, lideraba a mis tropas. No iba a traicionar a mis principios soltando parrafadas sin sentido. Me aproximé a la tribuna mientras reinaba el silencio y la expectación. Me detuve en el centro, desenvainé la espada y la alcé hacía el cielo primaveral.
- Vivid –fue todo lo que dije.
Un murmullo quedo comenzó a flotar entre las filas. De repente, un soldado de no más de diecisiete años se descolgó su mosquete y lo alzó al aire también. Y así, poco a poco, todos los demás. El horizonte se perdía tras una montaña de desnudas armas de fuego. Todos gritaban de júbilo, de valor, llenos de vida, conscientes de su sacrificio. Con el rabillo del ojo aprecié la sonrisa de aprobación de Arthur y el semblante solemne de Rod. Los tres bajamos de la tribuna y nos subimos en nuestros respectivos caballos, situándonos al frente de las tropas. Era la hora de marchar hacia la batalla.
-XXX-
Habíamos llegado al campo de batalla con bastante antelación. Desde hacía unos minutos nuestra única tarea era observar el horizonte, a la espera de ver aparecer al otro ejército. Rob, con las manos unidas y los ojos cerrados, estaba concentrado en elevar una plegaria. Arthur se atusaba sus cejas, perdido en sus pensamientos. Yo, mientras tanto, miraba a todas partes con nerviosismo. Fue entonces cuando lo oí, por encima de las charlas de nuestros soldados. Agité la mano dando una muda orden de que guardaran silencio. Y todos lo escuchamos. Sobre el cielo, se oyó con claridad el grito de un águila. Sin duda alguna se trataba de Gilbird.
- Ya están aquí –susurré con una mezcla de solemnidad y nerviosismo.
El ejército permaneció callado, mirando al horizonte, expectante. Y volvimos a escuchar más sonidos. Cascos de caballos. Pasos rápidos de una multitud. Voces masculinas que cantaban canciones marciales con todo jovial, en un complicado frenesí de idiomas. Como Rod, Arthur y yo estábamos subidos en nuestros caballos (y, por tanto, más elevados que nuestros soldados), lo vimos primero. Rod palideció violentamente, Arthur mostró una desafiante sonrisa y yo ahogué un grito. Nuestros soldados, que tardaron unos segundos más en verlo, reaccionaron con exclamaciones y murmullos de terror. Si, cuando había subido a la tribuna, la vista de nuestras tropas me había parecido magnifica por lo numerosa que era, con el ejército enemigo sentí eso elevado a la máxima potencia. No hacían más que aparecer soldados de todas partes, con rasgos y nacionalidades distintas, pero orgullosos de mostrar su superioridad. El rojo pasional de la bandera española se mezclaba con el refinado celeste y doradas flores de lis franceses, todo ello coronado por el águila negra de Prusia.
- Nos superan en número… -murmuró Rod, al borde del pánico.
- Así es –asintió Arthur- ¿y no es eso genial? Se ve que esos hijos de perra me lo han puesto bastante difícil esta vez… un nuevo reto era justo lo que necesitaba. Que me va a gustar cuando ese estúpido francés salga huyendo tras la derrota que le espera…
Sonreí, uniéndome a su entusiasmo. No era el momento de desmotivarnos, sino de tomarlo como una maravillosa dificultad que teníamos que superar. Aunque, en un secreto rincón de mi corazón, esperaba que no me tocara luchar con Gil.
Arthur señaló a las tres figuras que, a caballo como nosotros, surgieron de la marea de soldados y banderas. En el centro, Gil. Mi corazón dio un brinco y mi cuerpo se estremeció. Su casaca azul oscura y su capa roja ondeaban al viento. Estaba magnífico y sonreía con excitación. Era hermoso. A su lado se encontraban dos hombres, desconocidos para mí. Arthur, con rapidez, se encargó de presentármelos.
- Mira, ese de ahí es Antonio Fernández Carriedo, el líder de España- y me señaló al chico que estaba a la izquierda de Gil. Me sorprendió lo joven que era, no aparentaba tener más de diecinueve años. Su piel estaba bastante bronceada, su cabello era casi de esa misma tonalidad y tenía los ojos del mismo color verdoso que los de Arthur, pero al contrario que los de mi aliado, que observaban todo con aire hastiado, los del muchacho resplandecían de emoción. Vestía una muy vistosa casaca roja, con hombreras metálicas. A su espalda, la hoja de una enorme hacha resplandecía. Rod le miró con una amarga sonrisa.
- Entonces –intenté continuar yo- el otro es…
- Si –me interrumpió Arthur- es Francis Bonnefoy, el representante francés. Mi mayor enemigo – y le dedicó una expresión facial entre asqueada y burlona al hombre situado a la derecha de Gil. El susodicho era un hombre bastante alto, de rasgos finos y esbeltos, que hasta a mí me resultaron elegantes. Poseía una cabellera dorada que debería llegarle por los hombros y que tenía recogida con una cola de caballo como la mía. Sus ojos azules nos observaban divertidos. Vestía una casaca blanca y celeste y llevaba al cuello un colorido lazo rosado, todo perfectamente conjuntado.
Nadie habló por unos segundos. Los oponentes nos observábamos y sopesábamos. De improviso, Gil desenfundó su espada y la levantó en silencio, mirándonos. Tal vez debería decir mirándome. Su sonrisa de zorro astuto brillaba como nunca. Yo imité su gesto de la espada, pero mi mirada era de profundo odio. De dolor. "¿Por qué, Gil? ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo hemos llegado a esto?" Y, entonces, los dos a la vez, descendimos nuestras espadas y nuestras voces se fundieron en un mismo grito.
- ¡ATACAD!
- XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX-
*hace un triple salto mortal y entra en escena cortando el rollo a lo basto* (?)
¡Muy buenas a todos! Sweetie al habla, tras casi tres meses sin actualizar x3. De nuevo he vuelto a la carga y, como veis, este capítulo ha sido bastante más largo que el anterior ^^.
¿Qué os ha parecido el capítulo? En él contamos con un cameo estrella de nuestro cejudo inglés tsundere favorito :3. Inglaterra me parece un pj muy interesante por varias razones y fue una experiencia curiosa el intentar ponerme en su piel para sus breves intervenciones owo he intentado reflejar su carácter autoritario y consentido, producto de estar "aislado" en su país tanto tiempo y porque se cree algo superior, ya que Austria y Hungría son países más jóvenes que él. En cuanto a la segunda parte del relato (sobre todo el "discurso de Eliza"), me esforcé mucho por hacerla lo más épica posible. A eso me ha ayudado la maravillosa ost de Shingeki no Kyojin (estoy como algo enamorada de ese anime y tal), especialmente la nº 4 (por si os entra curiosidad de escucharla .w.). ¡Y, en el próximo capítulo, tendremos ración cuantiosa del Bad Friend Trio! Yahooooo *baile random*
En otro orden de cosas, y obedeciendo a una súbita ola de inspiración sufrida esta semana, he terminado de escribir por completo este fic (es decir, he escrito este capítulo 9, el 10 y el epílogo). No creo que este sea el capítulo para soltar toda la carga emotiva, me la reservaré para el final. Lo que voy a hacer es que a finales de julio subiré el capítulo 10 y a finales de agosto el epílogo (soy mala persona y me gusta dejar a la gente con la intriga ejejejejeje). También os aviso de que subí hace poco un nuevo basado en la película de anime "Ookami no kodomo Ame to Yuki", por si alguien la ha visto y le apetece leerlo ^^.
En fin, como siempre, muchas gracias por los favoritos, reviews y los follows *^* ya sabéis que contesto a todos ^w^. No tengo mucho más que decir, así que ¡nos leemos a finales de julio! *_*
