Muchísimas gracias a chic y a Merleth por sus comentarios ^^; sé que me tardé, ahora no tanto, pero es que no tenía ganas de escribir, y escribir por escribir a mí no me da buenos resultados. Trataré de que no vuelva a pasar.

Bien, con este capítulo me ganaré algún que otro enemigo X´D *tiene miedo*


Capítulo 9: "La quema del Thousand Sunny".


Lo de Sanji no había sido un mero bajón pasajero. Cuando al otro día Luffy le reclamó comida, el cocinero se guardó todo el orgullo que llevaba a cuestas para pedirle un favor que hasta entonces había rehusado.

—Luffy… ¿puedes pedirle a Robin o a Nami que se encarguen de hacer el desayuno? No tengo ganas de levantarme hoy.

—¿Te sientes mal? —Luffy se sentó a un lado, en el catre que en un pasado había sido de él. Se lo cedió a Sanji cuando notaron que, por la panza, bajar y subir podía resultarle muy molesto.

—Un poco. Me duele la cabeza —mintió—. Entonces —sonrió tenuemente—¿me puede dar el día libre, capitán?

—Claro —asintió, sin sonreír y sin quedarse tranquilo con esa postura.

Sanji amaba cocinar —y él amaba la comida que hacía—, que no mostrara interés en ello era más que preocupante. Cuando el capitán se apareció en la cocina dando el aviso de que Sanji no se haría cargo del desayuno todos llegaron a un común acuerdo tácito: no era normal.

Sin embargo nadie hizo ni dijo nada por el momento. Sanji podía tener la mañana libre si así lo quería, pero cuando Brook fue a buscarlo para comer, el cocinero alegó que no tenía apetito.

—Nami-san —le llamó la atención—¿por qué no vas tú? —Todos sabían que la navegante lograba reacciones positivas en Sanji—Estoy seguro de que si vas y le muestras las bragas vendrá a comer.

Nami frunció el ceño, haciendo caso omiso a la sugerencia del esqueleto. Iría a buscarlo, sin mostrarle las bragas. Pero ni siquiera ella logró el menor efecto en él.

—No desayunaste, Sanji… al menos debes almorzar.

—Pero no tengo ganas de levantarme.

Ese había sido el último intento después de varios. Pensó incluso en usar la fuerza bruta, pero no valía la pena. A la hora de la merienda fue Robin quien se encargó de la tarea de convencerlo, en compañía del doctor.

—¿No te gustaría hacerme la merienda, cocinero-san? —Le regaló su más encantadora sonrisa, para ver si con eso lograba su cometido.

—Me encantaría hacerte una deliciosa merienda, Robin-chwan —dijo todo meloso—, pero si no te molesta, ¿puede ser mañana? Quiero dormir.

—Has dormido todo el día, Sanji —reclamó Chopper—. No puedes estar sin comer en tu estado.

—En mi estado… —murmuró suspirando, como si la vida se le fuera.

Y es que sí, podía engullirlo un rey marino que le daba igual. Sanji era especialista en dramatizar, más si tenía motivos.

—Es normal que te sientas depresivo en tu estado —le aclaró el doctor—, pero si te quedas tirado, será peor a la larga.

—Es sólo un día. Necesito dormir, ya para mañana estaré recuperado —trató de sonreírle—. No es que esté depresivo, sólo… cansado.

Chopper no se mostró muy convencido, pero Robin le hizo una seña para marcharse. Lo mejor sería dejarlo solo. Uno a uno, fueron desfilando por el cuarto tratando de convencerlo. Hasta que el mismo cocinero explotó furibundo.

¡Dios! ¡¿No podía tener una crisis? Quería estar depresivo, tirado en una cama, consumiéndose. Un puto día nada más. Usopp, quien había sido uno de los últimos en intentarlo junto a Franky, salió corriendo del cuarto esquivando a tiempo un zapato que voló hacia su cabeza.

Fue en ese momento que Zoro, sorpresivamente, golpeó con ambos puños la madera que hacía de baranda. Hecho una furia decidió hacerse cargo del asunto. Maldito cocinero, que los tenía a todos tan preocupado.

—Usopp, Luffy —les llamó—. Ayúdenme.

De cierta forma, quizás porque llevaban años navegando juntos, ambos supieron lo que debían hacer o lo que Zoro pretendía. Y era una muy buena idea.

—A mí déjenme la cabeza —pidió el tirador—. Tú o Luffy háganse cargo de las piernas.

—Una cada uno —dijo el capitán mirando a Zoro, quien asintió. Luego carcajeó divertido ante la idea de una travesura—. Sanji se pondrá furioso —canturreó.

Al llegar al cuarto debieron prender la luz, pues la noche ya era un hecho.

—¿Qué demonios? —farfulló el cocinero y no tuvo tiempo a hacer otra cosa. Zoro lo tomó de una pierna, Luffy de la otra, mientras Usopp se colocaba tras él. —¡¿Qué hacen? Suéltenme —se agitó frenéticamente, tratando de repartir patadas, pero eran tres contra uno.

Lo sacaron de la cama y en consecuencia del cuarto, para dejarlo delicadamente sobre el césped. El cocinero no dejó de mentar la madre de los tres, soltando insultos a diestra y siniestra. Ni siquiera el pobre y ajeno Thousand Sunny se había salvado de los improperios.

—¡Mierda! ¡Será posible que no lo puedan ver a uno en paz! —Pataleó como un nene, hasta que lo liberaron y pudo ponerse de pie. Pero en ese momento silenció de golpe, pues Zoro lo había tomado fuertemente del cuello de la camisa y le había plantado una mirada feroz.

—Empieza a comportarte como un adulto y con más entereza.

—¡Para ti es fácil decirlo, infeliz, porque no eres tú el que quedó embarazado!

Algo en esa oración logró ponerlos a todos incómodos. Parecía tratarse de una discusión un poco personal entre ellos dos.

—Vegetando en la cama no solucionas nada, empeoras las cosas. Todos —se señaló el pecho con ahínco—Incluso yo, estamos dando lo mejor para salir de esta situación. Podrías confiar un poco más en nosotros.

—¡Y lo hago!
—¡¿Entonces por qué mierda te quedas tirado? ¡Nami va a conducir el barco hasta la isla de los okama! ¡Vamos a llegar y le exigiremos a ese travesti que revierta eso! ¡Y si aparecen más obstáculos en el camino los venceremos a todos! —tomó aire—A eso me refiero con que confíes más, idiota.

—Tengo derecho a…

—¡Tienes derecho, sí! ¡Pero no tienes derecho a hacernos esto!

—Lo que espadachín-san trata de decirte, cocinero —se metió Robin por el bien del grupo—, es que todos estamos muy preocupados.

—Hoy Nami no pudo estudiar las rutas alternativas por tener que cocinar —Usopp se cruzó de brazos, mirándolo desaprobatoriamente.

—Y no es un reclamo, o sí… —continuó la arqueóloga—, pero supongo que puedes entender que queremos tenerte bien.

—Es cierto, Sanji —se metió Chopper dando unos pasitos para jalarlo de la camisa—, necesitamos tenerte bien.

Sanji entendía eso. Todos eran un pilar fundamental en la tripulación, si uno de esos pilares se caía, todo comenzaba a desmoronarse y las tareas dentro del barco se atrasaban. Nami, en vez de estar ayudando a Robin con la cocina, debería estar estudiando los mapas para encontrar caminos alternativos y hacer cálculos que los acercasen a su objetivo. Ni siquiera Usopp o Franky podían reparar las averías nuevas del Sunny ya que con una persona menos la limpieza del barco y la mantención daba el doble de trabajo.

Atrasando todo por tomas de decisiones infantiles de nuevo estaba despreciando la ayuda de su capitán. Volvía a decirse que que Luffy no tenía por qué desviarse, podía tranquilamente dejarlo abandonado en una isla o haberlo vendido al mejor postor —de ser otra clase de capitán—, pero todos estaban apostando a un destino en común.

—Bien —el cocinero asintió, arrepentido y comprendiendo—, iré a hacer la cena. Y comeré algo. —Dio la vuelta no sin antes increparles—, pero tampoco tenían por qué agarrarme como una bolsa de estiércol y tirarme…

—Ah, deja de chillar cocinero —lo silenció el espadachín—el embarazo te ha hecho toda una nenaza.

—¡Te parto la cabeza!

Fue Luffy quien se interpuso entre ambos evitando un enfrentamiento. Con seriedad rodeó a Sanji por la cintura con un brazo y negó con la cabeza. No permitiría pelea de piratas vikingos mientras el cocinero estuviera embarazado. Además eso atrasaría la cena, y todo bien con Nami, pero Nami no cocinaba como Sanji.

—A comer —dijo el capitán.

—Pero igual —Sanji comenzó a caminar en dirección a la cocina—tengo que empezar, no estará lista hasta dentro de una hora.

—Lo comeremos crudo. —Tenía mucha hambre, no podía esperar.

Nami se quejó, no tenía el estómago de Luffy para comer comida cruda. Una vez en la cocina, la navegante le explicó lo que había empezado a hacer, Sanji entonces decidió usar la fondue como base para otra comida. Al momento de agacharse para tomar la fuente más grande sintió una punzada horrible que lo atravesó de lado a lado.

—¿Qué pasa? —Nami se alarmó, pese a que sabían que faltaba para considerar a término el atípico embarazo de Sanji, no podía evitar inquietarse ante esos gestos.

—Nada, la espalda —respondió sin aire—; es la espalda nada más.

—Eso porque te la pasaste todo un día acostado —reprochó Usopp a su lado, puso los brazos en jarra y negó con la cabeza—, no es sano para el bebé.

—Harto estoy de tus "no es sano para el bebé" —le hizo burla, bastante mal humorado, pero el tirador no se mostró conmocionado, al contrario, agudizó la mirada.

Sanji llegó a la conclusión de que el narigón tenía algo en su mirada que le hacía sentir culpable y responsable de la salud de esa criatura. El cocinero chistó, reparando en que la espalda ya no le dolía y comenzó a poner manos a la obra. Uno a uno sus amigos desfilaron por la cocina, yéndose paulatinamente. El único que al final de la preparación permaneció a su lado ayudándolo y haciendo de "cadete" fue Usopp.

Hacía calor en esa zona, así que bebió de un sorbo el jugo dentro del vaso sintiendo un espasmo. Uno muy curioso.

—¿Pasa algo? —Preguntó el tirador, y es que su amigo se había quedado congelado en el sitio, cucharon y vaso en mano, mientras la salsa hervía en el fuego.

—Es que… —miró hacia abajo, recordando que había sentido lo mismo el día anterior cuando intentó dormir boca abajo y no pudo.

Era una sensación muy extraña, como miles de mariposas revoloteándole bajo el ombligo. Por reflejo se llevó una mano a su vientre, palpando confundido. Pestañeó y para esas alturas Usopp se acercó con inmensa curiosidad.

—¿Se está moviendo? —Preguntó, sonriendo abiertamente.

—No lo sé —confesó Sanji, correspondiendo levemente la sonrisa—Es como si… algo me estuviera acariciando aquí —se señaló esa zona sobre el pubis—, pero desde adentro.

—Debe ser que se está moviendo —intentó posar la mano cuando el cocinero se levantó la camisa dejando ver ese redondeado vientre, pero a último momento se arrepintió. Era un contacto demasiado íntimo.

Pero adivinó sus intenciones y la pequeña duda en él, sin miramientos tomó la morena mano del Usopp y la colocó prepotentemente bajo el ombligo. En el preciso momento que la piel blanca de Sanji sintió la ligera caricia, el movimiento del bebé fue más notorio para el padre —o debería decirse "madre"—.

—¡Oh, santo cielo, es como si… como si tuviera viboritas dentro mío! —exageró, dramático, sorprendido y maravillado.

—Yo no siento nada —se lamentó Usopp—Quizás sea muy pequeño para… ¡llamemos a Chopper!

—¿Para qué?

—Para que te revise… así nos aseguramos que todo está bien.

Cuando Usopp quitó esa mano el mágico movimiento se detuvo. Hasta Sanji lo lamentó, porque si bien se sentía raro —muy raro— era cálido. Le había recorrido un calor muy particular por todo el cuerpo, disipando la angustia que acarreaba y plantándole una sonrisa a la que no le encontraba razón de ser, pero que le duró todo el día.

Usopp volvía a encontrarse pensando que, desde su embarazo, Sanji se había puesto más "lindo". Y no era un pensamiento demasiado adecuado sobre un nakama hombre, pero lo cierto es que Sanji siempre le había parecido atractivo, pero de ese tipo de admiración masculina y nada más. En cambio, con el embarazo y sin razón aparente le había nacido una necesidad tonta de cuidar de eso que crecía en su vientre, una especie de responsabilidad.

—Quitaste la mano y se detuvo.

Ante la queja del cocinero, Usopp volvió en sí y rápidamente volvió a tocarlo. La ligera sensación regresó para deleite del cocinero. El tirador rió bajito, emocionado por ese revés, pero la magia tuvo que llegar a su fin de nuevo: ya estaba la comida y ya no podían contener a Luffy.

Los hombres de Batula, se habían apostado a cada lado de la cerrada ensenada, cuerpo a tierra y cobijados en la negrura de la noche; mientras que los hombres de Emeter, el jefe, que eran poco más de una docena, habían copado la bahía apuntando sus flechas con impaciencia, esperando la orden. Junto a cada arquero había un balde con brea. Sabían que esa clase de ataque no funcionaría con el Thousand Sunny y justamente por eso se trataría de una mera distracción.

Sanji salió a cubierta tratando de poner en práctica lo que Chopper le había aconsejado durante la cena para sentir los movimientos del bebé. Todo eso le daba inmensa curiosidad. Respetaba a las mujeres no por el simple hecho de que lo fueran, sino porque ellas eran capaces de experimentar todas esas sensaciones vedadas a los hombres. Y por eso hasta cierto punto se sentía privilegiado.

Se sentó en la reposera boca arriba poniendo toda su atención en el cielo estrellado, luego subió la parte baja de la silla para tener los pies en alto, inspiró aire y colocó las manos en el vientre. Esperó, pero nada… esas ligeras cosquillas que había sentido más temprano no parecían estar dispuestas a aparecer de nuevo.

—¿Qué estás haciendo? ¿Poniendo en práctica lo que te dijo Chopper?

—Usopp, ven —giró la cabeza llamándolo con un brazo.

El tirador arrastró otra reposera hasta dejarla junto a la del cocinero. No necesitaron de palabras para entenderse; Usopp posó delicadamente una mano bajo el ombligo del cocinero y con la mirada le preguntó si lo sentía.

—Nada.

Usopp, entonces, lo acarició despacio, tanto que le dio escalofríos. Eso se sintió tan bien que Sanji cerró los ojos y, en ese preciso instante, las mariposas volvieron.

—Ahí está —abrió los ojos de golpe, sonriéndole a su amigo.

—Qué bueno que puedas sentirlo.

—¿Te has dado cuenta?

—¿De qué?

—Parece ser que solamente está dispuesto a moverse si te siente, ¿será eso?

La sonrisa tenue se le borró del todo al notar en los ojos del tirador una inusitada tristeza. De lucir radiante y orgulloso por el detalle que el cocinero había remarcado, pasaba a mostrarse circunspecto y abatido.

—¿Qué pasa?

—No, es que… iba a preguntarte —sonrió efímeramente, un poco nervioso—qué te gustaría que fuera, niña o niño, pero… no te lo vas a quedar, ¿cierto?

Sanji suspiró. No era un tema que le gustase hablar con nadie, pero menos que menos con Usopp, y la razón la hizo verbal.

—Tienes una facilidad para hacerme sentir tan culpable y miserable.

—Lo siento —se disculpó retirando la mano, pero el cocinero se la volvió a tomar para colocársela sobre el pubis.

—No te lo estoy reprochando, sólo es que… lo entiendo, Usopp —se quejó—. Sé que es una vida, pero no puedo sentirme responsable de algo así.

—¿Por qué no? ¿Por qué eres hombre? —Alzó las cejas.

Sanji no supo qué responder, porque en verdad no tenía pretextos. Simplemente quería deshacerse de ese inconveniente que no tenía nombre, pero sí que latía dentro de él y vivía.

—¿Ves? ¿Haces que me replantee muchas cosas? Si no harías esas preguntas mi vida sería más fácil.

—Bueno, perdón por querer ser tío —ironizó, quitando la mano.

—Ya te lo dije mil veces: para ti es fácil porque no estás en mi lugar.

—Supongo que tienes razón —acabó por acceder—, es sólo que… no sé… —Ni él sabía lo que le pasaba por dentro con todo ese extraño acontecimiento—Supongo que me gustaría que lo tomases de otra forma, pero tampoco puedo obligarte.

—No entiendo.

—¡Ya sé! —Prorrumpió—Si tu no lo quieres, regálamelo. Yo seré el padre. Lo criaré y lo haré un valiente guerrero de los mares.

—Usopp —reprochó mirándolo entre ojos—; no es un perro, no te lo puedo regalar.

—Bueno, pero si tú no lo quieres —ofendido se cruzó de brazos y recargó la espalda en la reposera para mirar al frente, enfurruñado—. Egoísta.

—Ey —lo llamó, pero el tirador lo ignoró olímpicamente—Ey… —le picó una mejilla con el dedo para llamarle la atención, pero corrió la cara—Te estoy hablando —Lo tomó de la nariz y lo hizo girar.

—¿Y si yo…? —Usopp se quitó la mano de su nariz para seguir hablando—¿Y si yo te ayudo, no aceptarías así quedártelo?

—¿Ayudarme?

—Claro… algo así como… ser un segundo padre.

—No tendrías por qué. —Negó con la cabeza—No, no corresponde.

—¿Por qué?

—Porque no y punto.

Usopp volvió a enfurruñarse y por eso Sanji decidió que era hora de cambiar de aires. Tomó la mano de Usopp entre la suya y la guió con calma hasta su vientre. En esa ocasión fue distinto, porque el tirador sí pudo sentir algo. Quizás eran sus meras ganas, pero era como si Sanji tuviera algo bajo la piel, un ligero bulto.

La sonrisa y los ojos bien abiertos del tirador lo decían todo.

—¿Lo sentiste? —Preguntó el cocinero, él sí había sentido ese movimiento. Había sido mucho más notorio que los anteriores.

En ese momento le tocó el turno a Sanji de enseriarse abruptamente y es que llegado a ese punto se preguntó si era correcto. Porque una parte de él sentía que todas esas nuevas emociones debería compartirlas con quien era responsable de su estado, pero otra parte de él —con mucho más peso— decía "que se pudra, ese marimo. Sólo quería follarme".

De golpe se sintió triste, pero al escuchar hablando a Usopp con emoción sobre lo que su mano sentía acabó por decirse que así estaba bien, que el tirador se merecía compartir un momento como ese con él. Después de todo y en esos cuatro meses Usopp había sido quien más interés había mostrado en la criatura. Dejarlo afuera de esos momentos hasta le parecía injusto; no es tampoco que Zoro hubiera ido a reclamárselo o a pedirle ser parte. En cambio Usopp sí, su interés era fidedigno y además, en esos pequeños instantes, no se sentía tan solo y desencajado con el embarazo. Al menos alguien le hacía sentir en verdad que tan malo no era estar en cinta siendo hombre, que no era un monstruo engendrando otro monstruo.

Tal vez sí… no, sin dudas Usopp sería un excelente padre. No sólo del bebé que llevaba en el vientre, sino de cualquier hijo que el tirador podría llegar a tener. Lo había visto varias veces, en las islas que visitaron durante el largo viaje: Usopp era atento con los niños, sabía lo que les gustaba, no le molestaba jugar con ellos y contaba historias maravillosas, ¿qué más puede pedir un crío que tener un padre así?

—Tierra llamando a Sanji —dijo Usopp enseriándose. —Te estoy hablando hace media hora y pareces estar en coma.

—Lo siento —cerró los ojos inspirando aire y recostando la cabeza contra el respaldo.

—¿En qué pensabas?

—En que serías mejor padre para mi hijo que yo.

Usopp se quedó estupefacto con esa confesión, hasta Sanji se mostró turbado por tanta desenvoltura. Era como si lo hubiera dicho inconscientemente.

—Es decir… que… bueno, serías un buen compañero… ¡quiero decir!

Usopp sonrió de nuevo, sintiéndose acalorado y divertido por verlo al cocinero en una situación tan embarazosa —valga la redundancia—, era algo muy bonito de oír, que de hecho recién en ese momento se daba cuenta de lo mucho que había esperado que Sanji le cediera un lugar. ¡Había hecho meritos corriéndolo por todos lados para que dejase de fumar, cuidándolo de que no hiciera fuerza y demás!

Y de repente, la enorme nariz del tirador, a Sanji le pareció estar demasiado cerca de su cara. Le iba a sacar un ojo si seguía así, pero antes de que pudiera advertírselo el cielo se iluminó.

Una bola de fuego atravesó el Sunny de lado a lado, mientras que otra había dado contra la vela principal, incendiándola.

—¡Fuego, maldición! —Usopp se puso de pie con el corazón en un puño. —¡El Sunny está ardiendo!

El fuego es el principal enemigo de un barco. Madera, pólvora, elementos que rápidamente arden… no, eso sería una catástrofe y no podían darse el lujo de quedarse sin vela para escapar de lo que, evidentemente, se trataba de una emboscada.

En un segundo los Mugiwara se repartieron las tareas, lo primordial era apagar los focos de incendio, Franky intentó tranquilizarlos recordándoles como siempre que el barco estaba hecho con la madera del Árbol de Adán. No era una madera común que se incendiase rápidamente, pero tampoco era invulnerable.

No obstante, el más sacado y fuera de sí de todos, era él.

—¡Tranquilos, les digo que se queden tranquilos!—Gritaba el cyborg con lágrimas en los ojos— ¡TRANQUILOS!

—No te preocupes, carpintero-san —le consoló Robin sonriéndole, tan serena como siempre, incluso en momentos de crisis como ese—, el Sunny resistirá.

Todos amaban al Sunny, pero comprendían que el amor que Franky le tenía era mucho más superior. Lo principal era apagar el fuego de las velas, que era lo más frágil, pero en medio de la extenuante labor se vieron asediados por un centenar de bandidos que con sus gritos y de la nada, en medio de la densa oscuridad, habían aprovechado la confusión para abordar el barco una vez que este, inevitablemente, tuvo que frenar su marcha.

En medio de ese gentío, los tres orquestadores fueron derecho hacia la presa, pero pobres de ellos si pensaron que sería fácil atrapar a un Mugiwara. Lo sabían y por eso iban preparados.

Luffy logró barrer, en la confusión de gente, a más de ocho con un sólo golpe y buscó desesperadamente con la mirada al cocinero para conocer su situación, pero en su campo visual se cruzó Zoro, cortando a uno de los bandidos que lo acechaba por la espalda mientras estaba distraído observando la dantesca escena.

Sanji, embarazado y todo, les demostró que todavía seguía siendo un fiero pirata. Ninguno pudo tocarlo, lograba mantener a raya cada bandido que se le acercaba, pero enseguida entendió la treta. Todos parecían buscar entretener lo más posible a Luffy, tanto como a Zoro y a Robin. Tal vez porque eran los más fuertes de la tripulación. Poco a poco fue separándose del grupo y eso significaba que el plan estaba dando sus resultados.

Cuando a lo lejos vio a Batula, sin saber quién era, enseguida reconoció que debía tratarse de alguien importante, quizás del jefe. Acompañado por otros dos hombres que vestían mucho más elegantemente que los bandidos, no participaban activamente de la lucha y de la quema del Sunny, buscaban acercarse a él.

Sanji se puso en posición, dispuesto a darles tunda, pero uno de esos hombres, el más bajo y gordo, quitó de entre los pliegues de la túnica un arma que parecía ser de fuego, antes de que pudiera reaccionar y usar el soru para esquivar el irrebatible ataque, un dardo le dio en la pierna. Y es que embarazado sus reflejos eran muy torpes (excusas).

El efecto fue inmediato, se le quedó dormida la extremidad y la rodilla tocó el suelo. Cuando levantó la cabeza viendo que el hombre no necesitaba recargar esa extraña arma, una masa que no supo identificar de inmediato se estiró ante él.

El dardo se desvió cuando el hombre se vio en la obligación de esquivar un sablazo certero del espadachín de los Mugiwara, y por eso dio de lleno en la frente de Luffy. Por fortuna no le había dado en el ojo.

—¡Chopper, se me va a quedar dormido el cerebro! —Se alarmó el capitán, un poco más sereno al tener el fuego controlado y a casi todos esos bandidos derrotados.

—¡Ya lo tienes dormido de nacimiento, imbécil! —La voz de Nami atravesó todo el Sunny—¡Fíjate cómo está Sanji!

El capitán dio la vuelta y se agachó para intentar ayudarlo.

—Estoy bien, sólo… tengo la pierna dormida —Le sacó el dardo de un tirón porque le iba a dar un ataque de risa o de furia si seguía viéndoselo clavado en la frente.

—Sanji, eso dolió…

Cuando Sanji volvió a reparar en la batalla, entre Chopper y Usopp habían cercado a los tres hombres que parecían ser lo más peligrosos. Al menos a esa conclusión llegó Zoro, pues le había llamado la atención el reflejo del hombre más gordo al esquivar su sablazo.

Sin embargo, los hombres de Emeter eran muchísimo más en número que los que Batula había adiestrado para el uso del arco y las flechas. Había dejado a sus mejores hombres apostados en lugares desde no fueran vistos y al ver la situación corrieron en pos de ayudar a su jefe.

A Batula no dejaba de sorprenderle esa muestra de lealtad, porque después de todo Emeter era la clase de hombre capaz de vender a su madre al mejor postor y no dudaba que pese a la promesa de darles parte del botín, sería incapaz de cumplirla. Hombre más codicioso jamás había conocido, y lo peor de todo es que lo tenía como cuñado. O lo mejor, porque con seguridad, de no ser por ese detalle, ya lo hubiera matado para quedarse con su parte.

A Luffy los ojos se le salieron de orbita al ver esa cantidad de personas tratando de subir al Sunny, era un auténtico ejército, mucha más cantidad de gente que los aldeanos que habían intentando tumbar el barco.

—¡Maldición! ¡No tenemos cola ni vela para salir de aquí! —se quejó la navegante.

—No tendremos más opciones que luchar hasta acabar con el último de ellos —comentó Brook como quien habla de un pormenor.

—¡Son muchos! —Se quejó Chopper.

Todos estaban cansados y era indudable que la razón de atacar a esa hora no se trataba simplemente de aprovechar la oscuridad de la noche, sino de valerse del cansancio lógico que la tripulación tenía luego de un largo día. Sin embargo, luchar toda la noche, no era algo que a los Mugiwara les quitase el sueño.

Se tenían demasiada fe. Al menos fue ese el pensamiento de Zoro, algo en la mirada del hombre gordo que había esquivado su ataque le inquietaba.

—No se sientan tan confiados —avisó el espadachín—, algo me dice que puede parecer fácil, pero no lo será.

Uno de los hombres que Chopper había apresado entre cuerdas prorrumpió en carcajadas.

—Que tengan suerte, Mugiwara —miró al espadachín—, las espadas nunca se cansan…

Zoro frunció el ceño, entendía el concepto al que el bandido se había referido, pero ¿qué significaba en verdad aquello? ¿En qué clase de trampa habían caído? ¿Y por qué los hombres lucían tan tranquilos pese a estar en clara desventaja?


Acepto amenazas, felicitaciones y mucho amor xD

Mi regalo de fin de año. Para el capítulo 10 ya estaremos en el 2012 (chocolate por la noticia), pero es raro para mí pues nunca antes había empezado un fic en un año y terminado en otro (creo, si mal no recuerdo).

Y no, este fic no es un SanZo ni un SanUso (pero puede serlo *se hace la misteriosa* kukukuku *y se ríe como animé*). Falta una sorpresa más.

Y recuerden: Cada vez que no comentan un patito de hule muere ahogado en una bañera.