Pasión a Ciegas
Título Original: Night watch
Autora Historia: Suzanne Brockmann
Autor Personajes: Kishimoto-sensei
Serie: Altos, oscuros y peligrosos Nº 11
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Itachi Uchiha y Sakura Haruno
SIN FINES DE LUCRO
Capítulo 9
Con total tranquilidad, Hanabi abrió la puerta vestida con ropa que dejaba poco espacio a la imaginación. Tenía puestos unos pantalones de gasa blanca, semitransparentes, que dejaban ver su diminuto tanga de color rojo y un top del mismo color que apenas le cubría los senos. Si hubiera salido desnuda, el efecto no habría sido mayor.
-Gracias a Dios que estás aquí —dijo Hanabi. Pero se sorprendió al ver que Itachi no estaba solo.
—Hanabi, ¿te acuerdas de Saku? Estuvo en una de tus fiestas —comentó Itachi, mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de Sakura.
—Por supuesto —dijo Hanabi—. Eres enfermera o algo así, ¿verdad? Pasa, por favor, con confianza, lamento que hayas tenido que molestarte en venir hasta aquí.
En cuanto a Itachi, Hanabi estaba encantada de verlo.
—No hay problema —mintió Saku, mientras le sonreía a Itachi—. Sólo estábamos dando un paseo por la playa, antes de ir a la cama.
Lo dijo, sin que le importara lo que Hanabi pudiera pensar. Itachi le devolvió la sonrisa. Y, cuando estaban entrando a la casa, la tomó por la cintura.
—No te preocupes, Hanabi, no has arruinado nuestros planes.
—Mejor así —dijo ella, tratando de ocultar su incomodidad—. En cualquier caso, agradezco mucho que hayan venido.
—Deberías considerar la posibilidad de tener seguridad permanente —comentó Sakura—. Estoy segura de que existen mujeres que trabajan como guardaespaldas, si es que no quieres tener a un montón de hombres sin cuello controlando cada uno de tus movimientos.
En aquel momento, Itachi la tomó de la mano y comenzó a jugar con los dedos, como si no pudiera dejar de tocarla. Aunque se suponía que lo que Sakura había dicho acerca de ir a la cama, era parte de una farsa, Itachi parecía estar ansioso por acostarse con ella.
—Hanabi, ¿dónde estabas cuando oíste ruidos por primera vez? —preguntó Itachi.
—En la sala, viendo televisión —respondió.
Acto seguido, los guió por el pasillo hacia la parte trasera de la casa. El trasero de Hanabi se traslucía a través de los pantalones. Era tan perfecto que Sakura se sentía tentada a agarrar la linterna de Itachi, para iluminar aquellas redondeces envidiables. Sin embargo, Itachi apenas le había prestado atención a la hermana de Hinata y no hacía más que mirar a Sakura y sonreír.
—Estoy absolutamente de acuerdo contigo, Sakura —dijo Hanabi—. De hecho, le he ofrecido un trabajo a Itachi como jefe de seguridad. Tal vez puedas ayudarme a convencerlo. Estoy segura de que preferirías tenerlo en Los Ángeles a tiempo completo.
Mientras tanto, Itachi había vuelto a pasar un brazo por encima de los hombros de Saku y le estaba acariciando el cuello.
—Bueno, sinceramente, nunca le pediría que abandone su trabajo en la Marina —afirmó Saku—. Sería incapaz de hacer algo así.
Itachi seguía jugando con los dedos y la miraba como si fuese incapaz de pensar en algo que no fuera regresar a casa para hacerle el amor. A Sakura se le aceleraba al corazón cuando él la miraba de ese modo. Y más, cuando las miradas iban acompañadas por caricias que bajaban del cuello hasta la curva de los senos.
Tal vez, Itachi seguía pensando en las insinuaciones que ella había hecho en la cena, muchas de las cuales harían sonrojar a cualquiera.
Pero después de pasar el día en el hospital, rodeada de dolor y enfermedades, Sakura no quería pasar la noche sola. Necesitaba que la reconfortaran. Deseaba rendirse al placer del contacto físico con aquel hombre que comenzaba a gustarle cada día más. Por eso había dicho lo que había dicho en la cena. Por eso, había coqueteado descaradamente con él. Porque lo deseaba.
Y, al parecer, él sentía la misma necesidad por ella. De lo contrario, Itachi había resultado ser un actor mil veces mejor de lo que Hanabi Hyuga podría llegar a ser jamás.
—No puedes quedarte en la Marina eternamente —comentó Hanabi—. Mi hermana está casada con un marino y me opina que, más temprano que tarde, Naruto será demasiado viejo para seguir corriendo por la selva o haciendo lo que sea que hace. Él podrá creerse ese patético discurso acerca de que su trabajo es indispensable para salvar al mundo. Para mí, no es más que un juego de niños.
—Tu hermana tiene razón —admitió Itachi—. En algún momento, seré demasiado viejo como para seguir en la Marina. Pero, mi querida Hanabi, para eso todavía falta mucho.
Sakura aprovechó el comentario para seguir con la farsa.
—Cuando Itachi se retire, vendrá a vivir a Los Ángeles. Tiene mucho futuro en la actuación. Créeme, Hanabi, tiene talento.
—¿Qué locura es ésta? —dijo él, mientras se reía a carcajadas.
—Hablo en serio —sostuvo Saku. Itachi la miró como si estuviera completamente loca.
—Aquí es donde estaba sentada —los interrumpió Hanabi—. Justo aquí, recostada en el sofá. Y el ruido parecía venir del patio. Sonaba como si alguien estuviera arrojando algo a por encima del muro medianero.
—¿Estás segura? —preguntó Itachi—. Cabe la posibilidad de que, en lugar de arrojar algo, alguien estuviera trepando el muro. Las ventanas del tercer piso ya están conectadas al sistema de alarmas, ¿verdad?
—No todavía —respondió—. El técnico vendrá a conectarlas el próximo jueves. ¿De verdad piensas que alguien pudo haber entrado por ahí?
—No lo sé —dijo Itachi—. Pero por las dudas, deberías empacar algunas y pasar la noche en un hotel. Y mañana, tendrás que pedirle a tu representante que contrate a un par de guardaespaldas. Sinceramente, es increíble que aún no tengas uno.
Hanabi no parecía muy feliz.
—¿Estás seguro de que no puedes quedarte esta noche aquí?
De pronto, recordó que Sakura estaba allí.
—Los dos, digo —aclaró—. Tengo muchas habitaciones.
—Una sola persona no puede ocuparse de la seguridad de una casa de este tamaño, Hanabi —aseguró Itachi—. Además, el hijo de Saku está de viaje y la verdad es que teníamos otros planes para esta noche.
Hanabi asintió, con resignación.
—Está bien. Entonces, prepararé una bolsa. Poneos cómodos. Hay vino en el frigorífico de la cocina. No tardaré más de diez minutos.
—Gracias por el ofrecimiento, pero subiremos contigo —dijo Itachi—. Esperaremos fuera de tu habitación. Es una casa muy grande y, no quiero que te asustes, hasta que no asegures las ventanas de la tercera planta, no estarás completamente a salvo. Lamento no haberte subrayado la importancia de esas ventanas cuando hablamos el otro día.
Hanabi realmente había oído un ruido afuera y estaba asustada. De lo contrario, en ese momento les habría dicho que estaría bien y los habría acompañado hasta la puerta de calle. Pero se había puesto pálida y tenía los ojos llenos de angustia.
Acto seguido, los tres subieron por las escaleras. Una vez arriba, Itachi revisó el dormitorio de Hanabi para asegurarse de que no hubiera nadie allí. Recién entonces, ella entró a buscar algo de ropa, mientras Saku y Itachi la esperaban en el pasillo.
—Creo que, por fin, lo ha comprendido —le dijo Itachi a Sakura en voz baja—. Gracias por venir conmigo hasta aquí.
—De nada. ¿De verdad crees que está en peligro?
—Hanabi es famosa y el mundo está lleno de locos. Algunos, saben cómo trepar un muro y entrar a través de una ventana —argumentó—. Ahora bien, si lo que me has preguntado es si considero que esta noche está en peligro, tengo que decir que no. Pero está asustada y, por mucho que intentemos tranquilizarla, en cuanto oiga otro ruido, volverá a llamar pidiendo ayuda. Es mejor que pase la noche en un hotel. De ese modo, nos aseguramos de tener toda la noche para nosotros.
De nuevo, Itachi estaba mirando a Saku con los ojos llenos de ardiente deseo. Salvo que está vez, Hanabi no estaba ahí para verlo.
Sakura se quedó contemplándole la boca por un rato. Estaba desesperada por besarlo. Pero en lugar de hacerlo, levanto la vista y lo miró a los ojos.
Itachi sonreía de costado.
—¿Me ayudarías a quitarme a Hanabi de encima definitivamente? —murmuró.
—Bueno —respondió Saku—¿Qué tengo que hacer?
—Bésame —dijo él—. Y, entonces, cuando ella termine de empacar y salga de la habitación, nos encontrará besándonos. Imagino que será suficiente para que deje de coquetearme por un tiempo.
—Mira que ha dicho, por lo menos, se demoraría diez minutos. Itachi sonrió.
—En ese caso, tendrá que ser un beso largo.
Sakura se rió y él avanzó hacia su boca.
Comenzó por besarla suavemente; pequeños besos dulces en el borde de las comisuras. Después, le acarició los labios con la lengua, húmeda y cálida.
Acto seguido, la alzó en brazos, la miró a los ojos y la besó intensamente.
Nunca la habían besado de ese modo. Estaba extasiada. Jamás habría pensado que alguien como Itachi Uchiha, un marino de reputación dudosa, fuera capaz de besarla de una manera tan bella, sensible y tierna.
Entonces, Sakura pensó que si él era capaz de besar así, hacer el amor con él sería una total y absoluta delicia.
Y ella estaba dispuesta hacer lo que fuera necesario por comprobarlo.
—Ahí viene Hanabi —dijo Saku.
Itachi inclinó la cabeza para mirar hacia el dormitorio y vio que Hanabi seguía allí, hablando por teléfono. Rápidamente volvió su atención a Sakura.
—Casi me matas de un susto. Pero te perdono porque adoro tu boca —susurró, antes de volver a besarla.
Sakura estaba fascinada. Itachi sólo la había besado por unos minutos, pero habían sido mucho más excitantes que los años de vida sexual que había compartido con su ex marido.
Lo rodeó con los brazos y se apretó contra él.
En ese momento, él dejó de besarla y se echó hacia atrás para mirarla. Saku pensó que tal vez se había excedido. Era innegable que Itachi estaba excitado, pero tal vez no quería que ella lo notara.
Sin embargo, él no dijo nada. Sólo la miró, intensa y apasionadamente. Luego, volvió a besarla.
Pero esta vez, eran besos desesperados. Al parecer, Itachi tampoco conseguía pensar en nada salvo en hacerle el amor una y otra vez. Jugaba con su lengua dentro de la boca de Saku como si en el mundo no existieran más que esa lengua y esos labios.
Ella adoraba sentirlo en su boca. Pero deseaba más. Quería que le lamiera todo el cuerpo. Quería que la acariciara, que bajara las manos hasta su trasero y la presionara contra él, para extasiarse con el roce de sus sexos.
—Perdón por interrumpir —dijo Hanabi.
Itachi la soltó tan rápido que Sakura estuvo a punto de caer al piso.
—Lo siento —murmuró.
En un principio, no estaba claro si las disculpas eran para Hanabi o para Saku. Pero, entonces, se volvió hacia Hanabi y agregó:
—Pero es que tengo tan pocos días libres y...
—Y el hijo de Sakura está fuera de la ciudad —concluyó Hanabi—. Lo comprendo perfectamente. No es necesario que me lleves hasta el hotel. Puedo ir en mi coche. Pero, si no es molestia, agradecería que me acompañaras hasta el garaje.
—Por supuesto —aseguró Itachi.
Después, se volvió hacia la enfermera.
—Perdón.
A Sakura no le quedo claro si se estaba disculpando por el modo en que la había soltado o por el beso.
—Yo soy quien tiene que disculparse por haberlos interrumpido —comentó Hanabi. Sus disculpas sonaron sinceras.
—No hay problema —dijo Saku, mirando a Itachi—. Estoy bien.
El no dijo nada. Se limitó a mirarla con complicidad.
Después, caminaron en silencio hasta el garaje de Hanabi.
Itachi conducía con las dos manos sobre el volante. Era consciente de que el silencio de Saku podía deberse a la torpeza con que se había disculpado después de que Hanabi se marchara.
No tendría que haberla besado. Tendría que haberse mantenido a una sana distancia. Nunca tendría que haber comprobado cuan dulce y fogosa podía llegar a ser Sakura.
Ahora, ya no podría dejar de pensar en sus besos porque nunca nadie lo había besado así. Nunca.
Y a pesar de haberse disculpado, a pesar de haber admitido que había ido demasiado lejos y que ese beso había sido un error, quería besarla de nuevo. De hecho, quería hacer bastante más que besarla.
Al mirarla por el rabillo del ojo, vio que Sakura estaba mirando por la ventana, con gesto pensativo. Además, parecía estar agotada.
Había tenido un largo y penoso día de trabajo, tenía derecho a estar cansada.
Lo único que preocupaba a Itachi era la posibilidad de haberla herido con sus disculpas. Tal vez, ella había disfrutado de aquel beso tanto como él, y se había sentido agredida al escucharlo decir que había sido un error.
Desde que Hanabi había salido de su habitación y los había interrumpido, parecía que Sakura estaba a punto de ponerse a llorar.
Había dicho que estaba bien, pero era obvio que había mentido.
De hecho, él tampoco estaba bien. Se sentía desesperado y absolutamente aturdido.
En ese momento, Itachi volvió la atención a la calle. Era tarde, pero seguía habiendo bastante movimiento. Las tiendas estaban cerradas, pero los bares y restaurantes seguían abiertos. Las luces de las marquesinas iluminaban la avenida.
Algunos de los bares le recordaban a los de San Diego. Había uno en particular que se parecía mucho a uno de los locales a los que acostumbraba a ir con Kisame a beber durante horas.
Itachi vio que había sitio para aparcar justo en la puerta y frenó de golpe. El hombre que iba en el coche de atrás hizo sonar la bocina y, al pasar delante de ellos, les dedicó una catarata de insultos y gestos obscenos.
Al escuchar los gritos, Sakura se volvió y miró a Itachi con sorpresa. Mientras tanto, él estaba listo para estacionar.
—¿Qué te parece si vamos a tomar una copa? —sugirió él—. Me encanta el tequila y allí hay un local mexicano.
Ella miró hacia el bar y luego volvió a mirar a Itachi.
—No sé, ese lugar es un poco... Pero está bien si lo que quieres es tomarte un tequila.
—La verdad es que no quiero tomar un tequila —afirmó él—. Quiero tomarme diez. -Hubo un largo silencio. Hasta que, por fin, Sakura dijo:
—¿Qué es lo que me quieres decir, Itachi? Me has dicho que creías que eras alcohólico y que querías dejar de tomar definitivamente. Y ahora de pronto me dices que... —sacudió la cabeza como si tratase de aclarar las ideas—. Yo no voy a decirte que no bebas. Nada de lo que yo pueda decir o hacer serviría para que resuelvas tu alcoholismo. Es algo que tienes que aprender a controlar solo.
—Y quiero hacerlo. Quiero dejar de beber. Pero, ahora mismo, me muero por emborracharme.
Itachi tenía la vista puesta en el volante. No podía mirar a Sakura a los ojos.
—Cuando me emborracho, me atrevo a decir cosas que jamás diría estando sobrio. Por ejemplo... —se forzó a mirarla entonces—. Por ejemplo, que te deseo desesperadamente y que no puedo soportar la idea de perder otra noche en el sofá de la sala.
Sakura se rió. Era una risa nerviosa; la confesión de Itachi la había tomado por sorpresa.
—Si eres capaz de decir algo así estando sobrio, no quiero imaginar lo que podrías decir después de diez tequilas.
—Bueno, es que...
Itachi la miró y se dio cuenta de que, no sólo no parecía espantada por lo que él había admitido, sino que hasta parecía contenta.
—Mejor, dejemos la borrachera para otro día —dijo Saku—, y vayamos a mi casa a hacer el amor.
El marino no salía de su asombro. Sakura era preciosa. Las luces de las marquesinas le iluminaban parcialmente el rostro, y le acentuaban los pómulos y la boca. Le brillaban los ojos y lo miraba sonriente. Por un momento, Itachi sintió que estaba en el paraíso.
Tenía ganas de reír y de llorar al mismo tiempo.
Acto seguido, la atrajo hacia él y comenzaron a besarse.
Itachi quería sentarla sobre sus piernas, arrancarle los pantalones y entrar en ella.
Si bien no le importaba que estuvieran en medio de una avenida, había algo que lo detenía: Sakura se merecía algo mejor que esos juegos sexuales en el asiento delantero del coche.
Pero tenía unos labios tan dulces y un cuerpo tan sensual que Itachi no podía dejar de tocarla. Deslizó una mano por debajo de la camiseta de Saku y le tomó los senos. Tenía una piel suave como la seda y unos pezones preciosos.
En ese momento, ella abrió la boca y lo invitó a besarla más profundamente. Itachi aceptó el reto pero lo hizo despacio. Necesitaba mantener el control de la situación. Poder detenerse en caso de que Sakura cambiara de opinión.
Pero Sakura no quería que se detuviera. Bien por el contrario, metió una mano por debajo de la camisa de Itachi y comenzó a gemir mientras le acariciaba la espalda.
De pronto, dejó de besarlo y susurró:
—Quiero verte desnudo.
—¿Estás segura de que de verdad quieres que sigamos?
—Sí —aseguró ella.
Volvió un instante a los besos, pero enseguida echó atrás y lo miró.
—¿Y tú? —preguntó Saku.
—¿Bromeas? Claro que quiero. En un segundo, Itachi encendió el motor del coche y arrancó.
—Es mejor que vayamos a casa. Yo también quiero verte desnuda, pero no en mitad de la avenida.
—Hablando en serio, Itachi. ¿Qué hay entre Hinata y tú?
—¿Qué Hinata?
Si bien Itachi no conocía esa parte de la ciudad, calculaba que en tres minutos podrían estar llegando al piso de Sakura.
Sakura se rió, con fastidio.
—No te hagas el gracioso.
—No me estoy haciendo el gracioso —protestó él—. Lo que ocurre es que cuando estoy contigo, princesa, ni siquiera pienso en ella.
—De acuerdo. Si quieres, hazte el gracioso, pero no me mientas, por favor.
—Es la verdad.
—Mira, Itachi, si quieres acostarte conmigo...
—Claro que quiero —la interrumpió.
Ella había hablado en condicional. Treinta segundos atrás, no había ninguna condición y Itachi temió que, en los tres minutos que restaban para llegar a su piso, Sakura se arrepintiera.
—De verdad —insistió—. Créeme, princesa.
—Está bien —dijo ella, mientras le acariciaba una rodilla—. Necesitamos ser sinceros. Si quieres acostarte conmigo, tendrás que ser sincero. Los dos sabemos que esto ni va a durar mucho ni va a ser nada significativo. Sólo somos dos personas que se gustan...
—Que se gustan mucho —añadió él.
—Que encuentran atractivo al otro...
—Muy atractivo, extraordinariamente atractivo. Sakura se rió por las acotaciones de Itachi.
—Sí, pero, fundamentalmente, somos dos personas que están cansadas de estar solas. Esta noche y el resto de las noches que te queden en Los Ángeles, no tendremos que estarlo.
Justo en ese momento, Itachi aparcó en el garaje de Saku.
—Te juego una carrera hasta la puerta.
Sakura se rió.
—¿Me prometes que...?
—Te prometo lo que quieras.
—Itachi, hablo en serio.
—Yo también, princesa. Quiero quitarte la ropa con los dientes y lamer cada centímetro de tu cuerpo. Despacio, muy despacio.
Ella se quedó en silencio y él aprovechó la oportunidad para empujarla contra la pared y besarla.
—Por favor, sé sincero conmigo —dijo Saku, entre los besos—. Por favor, no me ocultes nada, ¿de acuerdo?
—Te lo prometo —afirmó él. Mientras tanto, siguió besándola. La besó en la boca, en la cara, en el cuello y en los senos.
—Eso es todo lo que deseo —aseguró ella y sonrió—. Además de la promesa de lamerme entera, por supuesto.
—Entonces, princesa, no perdamos más tiempo y entremos.
Itachi besó a Sakura en cada uno de los escalones que conducían a su piso.
Y, antes de que pudiera abrir la puerta, ya le había desabrochado los pantalones.
En cuanto traspasaron el umbral, Itachi se apuró a cerrar la puerta con un pie mientras trataba de quitarle la camiseta a Saku.
Ella se reía y trataba de librarse del acoso, pero él era sumamente persistente.
—¿Sasuke? —preguntó ella. Eso hizo que Itachi se detuviera. La habitación estaba oscura y Sakura encendió una pequeña lámpara que estaba junto a la puerta.
—Sólo quería asegurarme de que no hubiera vuelto a casa —explicó—. A veces los viajes se cancelan y...
—Hola, Sasuke —gritó Itachi—. ¿Estás aquí?
Pero no obtuvo respuesta.
Como la paciencia no era una de sus cualidades, Itachi atravesó la cocina y se asomó a la habitación de Sasuke. Después, volvió a donde estaba Saku.
—Definitivamente, no está en la casa —dijo y la besó.
Acto seguido, lo ayudó a quitarse la camiseta, mientras se sacaba las sandalias.
Trató de quitarle la camisa a Itachi, pero él estaba más interesado en desabrocharle el sostén.
—¿Me podrías ayudar con el broche? Por Dios, es más difícil de abrir que una caja fuerte...
Sakura se rió y se alejó un poco para poder quitarse el sostén. Pero se detuvo. No tenía vergüenza, pero se sentía algo menos audaz que antes.
—¿De verdad quieres desnudarte en mi cocina? —preguntó.
—Absolutamente.
Itachi sonrió. La luz de la luna entraba a través de la ventana y le iluminaba el torso. Tenía hombros anchos y cadera angosta.
—Hemos perdido mucho tiempo al pasarnos los últimos días sentados en la cocina, hablando. Debo confesar que, todo el tiempo, me moría por verte desnuda. Ahora, estoy a punto de cumplir esa fantasía.
Sakura lo miró con intensidad, se quitó el sostén y lo colgó en el respaldo de una silla.
—Dios... —suspiró Itachi.
Se quedó en silencio, sin tocarla, mirándola con los ojos encendidos de pasión.
Ella aprovechó para quitarse los pantalones y las bragas. El no dejaba de mirarla.
—Aquí me tienes —dijo Saku.
Adoraba el modo en que Itachi la miraba y sabía que no se arrepentiría de lo que estaban haciendo. Aunque se tratase de una aventura pasajera, iba a ser maravilloso. Sería un recuerdo que guardaría por el resto de su vida.
—Ya estoy desnuda en la cocina. ¿Ahora qué? ¿Quieres que te prepare un té?
—No.
—¿Cómo? ¿Eso no forma parte de tu fantasía?
Itachi rió.
—No, lo lamento.
—¿Y tener sexo en la mesa de la cocina? ¿Eso sí?
—Sí, definitivamente.
Acto seguido, comenzó a tocarla lentamente. Le acarició el pelo, las mejillas y los hombros. Después, deslizó las manos hasta los senos.
El modo en que Itachi la miraba hacía que se sintiera increíblemente sensual.
—De acuerdo, lo haremos sobre la mesa, pero después —dijo él—. Antes quiero hacerte el amor en tu dormitorio, en tu cama. Eso también forma parte de mis fantasías.
En aquel momento, Sakura le desabrochó los pantalones y comenzó a acariciarlo despacio, como él, sólo con la yema de los dedos. Mientras tanto, lo miraba y sonreía.
Entonces, Itachi la besó, dulcemente, como sólo él sabía hacerlo.
Ella se acercó más apretó los senos contra el i pecho de su amante. El se rindió al placer que le provocaba el contacto de aquel cuerpo suave y cálido.
Los besos se volvieron más desesperados.
Después, Itachi empezó a acariciarla, explorando cada parte de su cuerpo con las manos, mientras la besaba, la lamía y disfrutaba de su sabor.
Pero Sakura deseaba más, y él lo sabía. La levantó en brazos y la llevó al dormitorio.
Mientras avanzaban por el pasillo, la mujer recordó la primera vez que se habían besado. Había sido algo tan tímido e inocente que, comparado con ese momento, causaba risa.
Al llegar a la habitación, Itachi la acostó con cuidado en la cama, y se quedó varios minutos mirándola. Entonces, ella pudo ver el deseo que había en aquellos ojos azules.
Al bajarle los pantalones, Saku descubrió que no llevaba ropa interior.
—Qué pena —dijo—. Estaba ansiosa por descubrir si usabas calzoncillos o slips.
—Perdón, pero no tenía ninguno limpio —se excusó.
Acto seguido, sonrió, se acostó en la cama y la besó.
Sakura aprovechó la cercanía para acariciarlo más íntimamente. Itachi era fuerte, suave y muy masculino.
El marino se rió.
—¿Qué pasa? —preguntó ella. El levantó la cabeza para mirarla.
—Por el momento, me cuesta creer que esto sea real —explicó—. ¿De verdad quieres que sea sincero? Saku asintió, con el corazón en la boca.
—Me resulta tan extraño todo esto... He hablado más contigo que el resto de las mujeres que conozco y sigues queriendo hacer el amor conmigo. Estoy tratando de decir que siento que no tengo que simular que soy distinto para que quieras acostarte conmigo.
Para entonces, ya había sido lo bastante sincero como para que Saku estuviera impresionada. No necesitaba seguir. Pero aun así, continuó.
—Por primera vez en mi vida. No estoy preocupado acerca de qué decir y qué no decir. Puedo decir lo que quiera, porque sé que te seguiré gustando lo suficiente como para que no huyas si digo algo malo o estúpido.
Sakura le acarició la cara.
—No sólo me gustas, Itachi. Creo que eres maravilloso.
Parecían dos adolescentes que se sonreían en un baile. Sin embargo, eran un hombre y una mujer desnudos en la cama.
—Quiero que disfrutes esta noche —dijo él.
Después, inclinó la cabeza para besarla y comenzó a lamer sus senos, descendiendo hacia su estómago.
—¿Tienes preservativos? —preguntó Saku.
—Sí, sobre la mesita de noche. Pero te aseguro que no estaba bromeando al decir que te lamería todo el cuerpo.
—¿Te importa que dejemos eso para otro día?
No he hecho el amor desde hace siglos, desde un año antes de adoptar a Sasuke...
Itachi la miró con absoluta sorpresa.
—¿Insinúas que llevas nueve años sin hacer el amor?
—No, nueve no. Sólo ocho.
—Tal vez deberíamos tomárnoslo con calma. Si hace tan tiempo... No querría hacerte daño.
Sakura respondió a su comentario con un gesto que no admitía confusión alguna. Lo tumbó boca arriba, se colocó sobre él y descendió hasta sentir su sexo dentro de su cuerpo.
Sintió un placer tan intenso que dejó escapar un gemido.
—Me siento tan bien...
—Y yo —dijo él, riendo—. Supongo que esto no se olvida nunca. Es como montar en bicicleta.
—Mucho mejor que montar en bicicleta, en mi opinión. ¿Podemos hacer el amor durante toda la noche? O mejor, durante todo el fin de semana...
—Mejor durante un mes.
—O durante un año...
Los minutos transcurrieron entre constantes caricias. El teléfono sonó varias veces, pero nadie se molestó en responder las llamadas. En determinado momento saltó el contestador y oyeron la voz de Ino, que curiosamente llamaba para saber cómo le había ido en su cita con Itachi.
Itachi lo encontró muy divertido, pero siguió acariciándola de todas formas hasta que la llevó, una vez más, al orgasmo y luego se deshizo en ella.
—Eres increíble, Saku —dijo, mientras la abrazaba con fuerza.
Ella sonrió.
—Bueno, creo que ahora sí puedes dedicarte a eso que dijiste de lamerme todo el cuerpo... Salvo que necesites descansar un poco, claro.
Itachi sonrió a su vez, se inclinó sobre ella y comenzó a lamerle un seno.
Sakura se estremeció.
—No necesito descansar. Como acabo de decirte, te haría el amor durante un mes seguido... Sólo dime lo que quieres y cuándo lo quieres y yo lo haré. ¿De acuerdo?
Ella asintió, encantada. Itachi era un amante maravilloso. Pero sobre todo, era divertido, inteligente y dulce.
Sin embargo, intentó convencerse de que lo que sentía por él no era amor sino simplemente deseo.
Sabía que enamorarse de él sería una locura. A fin de cuentas, Itachi estaba enamorado de otra mujer.
CONTINUARA...
Ofi Rodriguez
