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IX
ALMA CANSADA
Agasha abrió la puerta de su casa con lentitud y justo como lo pensó, el señor Albafica no se había desvanecido con el aire. Se hallaba concentrado mirando por la ventana, recargando su peso en la barra en una postura que la invitaba a babear debido a la perfecta vista que tuvo de su trasero apenas cubierto por la capa raída.
Sonrojada, hizo un esfuerzo sobrehumano para no comenzar a jadear como un perro sediento. Maldición jamás podría tener a un hombre como él. Tan… increíble, imposible. Atrayente como el camino lleno de rosas que seduce desde el infierno para hacer pagar a las pecadoras como ella. Impuras de mente.
Lamentablemente su encanto físico se debía a gran parte de no parecer dar señales de percatarse de su presencia.
Eso fue un gran golpe al ego de Agasha.
«Soy tan insignificante» se deprimió, luego carraspeó la garganta, cerrando la puerta con un poco de fuerza para que él pudiese despertar de sus pensamientos, cuales fuesen que sean, y al fin dejara esa mirada caída y melancólica.
Al verla por encima de su hombro, Agasha tragó saliva. Su sola mirada vacía sobre su persona la estremeció.
—Aquí está lo que me pidió —dijo servicial separando su prenda de las suyas sobre la mesa. Menos mal que el sol del momento había podido secar toda la ropa—. Puede cambiarse en mi cuarto… está arriba.
Albafica se dio la vuelta con lentitud a su dirección. Debía ser una total enferma para pensar demasiado en el qué pasaría si él dejaba caer la capa que cubría su desnudez.
Sintió como su lengua se deshizo adentro de su boca.
—Lo sé —dijo caminando y tomando sus cosas—. Gracias.
Por supuesto que lo sabe, tonta.
Agasha se sonrojó ante el recuerdo. La sola imagen de él vistiéndola y desvistiéndola le ocasionó un cosquilleo en el vientre, y cuando Albafica subió las escaleras arrastrando la capa sobre su cintura, Agasha tuvo el efímero ruego porque esta cayese y le dejase ver más.
Dioses, como ansiaba poder pasar las manos por encima de sus firmes músculos y morder al menos uno. Necesitaba con urgencia comprobar su dureza y probar su sabor.
Desvió la mirada avergonzada cuando él detuvo sus pasos y la miró desde abajo. No le dijo nada y subió por completo.
—Tonta, tonta, tonta —se dio suaves golpes en la cabeza con los nudillos para sacarse toda basura imposible de su cabeza.
Fue a encender algo de fuego para poder calentar algo para comer.
Agasha no sabía si el señor Albafica aceptaría compartir con ella un almuerzo sencillo o no, pero al menos haría el intento, después de todo no tenía nada que perder.
El estofado que le regaló una vecina ayer por la tarde seguía oliendo delicioso así que sólo podría a calentarla en el fuego, cortaría algunos limones que mantenía ocultos en los compartimientos bajo la barra y haría un poco de agua de limón. El azúcar lo tenía no muy lejos, era costosa, pero sabía deliciosa.
Hoy era un buen día, tanto para trabajar como para mantenerse en casa; dado a los malestares que aún persistían en Agasha, no le apetecía comer, pero se moría por beber el agua endulzada.
Ya podía saborearla.
Trató de apartar de sus pensamientos al señor Albafica, quiso pensar que esto no lo hacía sólo por él, corriendo el riesgo de que una vez haya terminado de vestirse se fuera, pero no podía mentirse, sabía que si al final él rechazaba su ofrecimiento se sentía muy mal. Por eso mismo no guardaba muchas ilusiones de compartir el almuerzo con él y terminaría por llevarles algo a la señora Tábata y a sus hijos.
…
Albafica por su lago oyó el momento en el que Agasha comenzó a tomar leña para el fuego, durante su ausencia se había permitido mirar a su alrededor y notar lo hogareña que era la casa.
Una cocina y una sala pequeñas, un segundo piso con habitaciones y afuera se encontraba su lavabo, un gran tambo hecho de barro para almacenar agua y el baño. Uno grande y espacioso con una tina hecha del mismo material pero especialmente acogedor.
Luego de ponerse la ropa y asegurarse de que estaba en condiciones hizo un llamado a su armadura y en pocos segundos ya se encontraba luciéndola como si nada hubiese pasado.
Como si no sintiese que la cabeza le punzaba un poco y necesitaba beber algo de té y relajarse. Deseó poder saltar por la ventana pero hacerlo sería una ofensa para Agasha.
Aún recuerdas su nombre.
Las acciones de amabilidad para con él eran tan escasas (mayormente por su estado de lobo solitario) y las pocas veces que había pensado que la vida le sonreía terminaba sangrando.
A excepción de su maestro, Albafica no guardaba sentimientos emotivos por nadie.
A su diosa la protegía con su vida y le admiraba por su valor, piedad y poder, pero no podía decir que la amaba. Sólo le era leal y la seguía porque confiaba en que bajo su ala la humanidad podría mantenerse viva. Y eso era todo.
Y luego estaba Agasha; pequeña, ilusa y tímida. Con un ardiente fuego llameando en sus ojos verdes y una fiera determinación que no todas las chicas del mundo poseían, incluso había visto a las inclementes amazonas dudar con respecto a muchas cosas, pero no Agasha.
En sus delicados y brillantes ojos jamás había duda, sólo curiosidad y cuidado por lo que decía o hacía. Su estatura y otros aspectos físicos habían cambiado con el paso de los años, pero no así su espíritu. Ese que cada vez que hacía contacto con el suyo le invitaba a sacar su lado más necesitado de afecto, ese que se retorcía como gusano al desear el toque de una mano gentil como la de Agasha acariciando su cabeza.
Tantas cosas que él deseaba y pocas, que sabía, podría tener (con suerte) en la otra vida.
Tomó la capa oscura entre sus manos y abrió con cuidado la ventana asegurándose de que no había gente trascurriendo la calle, entonces sacudió con fuerza la prenda antes de volver a ponerla encima de su cabeza.
No quería que nadie lo viese. Odiaba la atención que llamaba su aspecto físico y lo último que deseaba era matar a alguien más y no contar con la suerte de que fuese un indeseable.
Había un pequeño espejo sobre una mesa, donde Agasha tenía su cepillo para el cabello y un pequeño frasco de perfume, y se miró en él, o lo que apenas alcanzó a ver.
Debido a su altura que casi doblaba a la de Agasha, Albafica pensó que él debía ser una especie de gigante para ella.
Retrocedió un par de pasos y al fin pudo ver con desánimo que gracias a la capa podría mantenerse oculto bajo las miradas de los pueblerinos hasta llegar al Santuario.
Se conocía lo suficiente como para saber que si seguía conviviendo con la gente, más desearía permanecer junto a ella, entonces vendría lo peor: su debilidad posterior a una segura aflicción lo harían presa fácil para los enemigos y por ende su fuerza de nada le serviría para defenderse.
Lo que quería decir que al final todo el esfuerzo de Lugonis por hacer de él un Caballero se iría por el desagüe al igual que su vida.
Este sitio comenzaba a parecerle demasiado cómodo para su salud mental, la cual debía permanecer en su lugar, en el Santuario… en la Casa de Piscis.
Hasta su muerte.
…
Agasha probó con un cucharón y el reverso de su muñeca el estofado de oveja, poniendo un poco del jugo sobre su piel, lamiéndola cuidadosamente; la saboreó para asegurarse que fuese comestible, rápido, para no quemarse.
Se sintió aliviada cuando se dio cuenta de que la comida no había perdido su sabor, pero seguía sin tener muchas ganas de alimentarse, y menos con carne.
Bebió más agua de limón y tapó la olla de barro con la tapa, la sostuvo con un paño que más tarde usó para limpiarse un poco del hollín que se había quedado impreso en sus manos al sostener la olla.
La venda quedó tal cual estaba, oscura, con una herida que le pasaba factura por haber sito tan descuidada la noche de ayer.
Maldijo un par de veces mientras acarreaba la olla y cortaba los limones para hacer el agua, pero no era la primera vez que herida o enferma, tenía que atenderse a sí misma. Nada era justificable a la hora de hacerse cargo de su propio culo herido por lo que no fue la gran cosa calentar el almuerzo con ese inconveniente. Menos si lo hacía por él.
Más tarde pondría lo sobrante en un recipiente pequeño, le entregaría su olla a su vecina y seguiría con su plan de llevar un poco a la familia de la señora Tábata.
Se sentó tratando de no agobiarse mucho por el calor de la olla ni por el olor que desprendía, a los pocos minutos abrió la ventana al par y dejó que el vapor acumulado se escapase con cuidado. Luego volvió a mover el estofado para que no se quemase y arruinase la olla y volvió a sentarse.
«¿Por qué tardará tanto?» Se preguntó Agasha viendo hacia arriba.
No estaba segura de pensar que él estaría haciendo algo incorrecto en su habitación, no hablemos de desconfiar de su honor creyendo que iba a robarle algo que no le costaría casi nada comprar en cualquier otro lado. De hecho, toda su humilde casa bien podría ser del tamaño de lo que era la entrada de la Casa de Piscis.
¿Qué diablos podría robarle él a ella que no pudiese obtener con sólo chasquear los dedos?
¿Y por qué ese pensamiento la desanimó tanto?
No tenía sentido, para empezar, el señor Albafica como caballero debía tener ciertos privilegios como uno de los afamados Santos Dorados. Lo material no debía ser un problema para él. Y las Casas del Zodiaco eran enormes por naturaleza. El propio Santuario se podía observar desde lo lejos y no era ningún secreto que era exclusivo para el uso de la diosa Athena y el Patriarca.
Pero su lado humano no entendía razones y el peso de la realidad la aplastó más de lo que debería.
Se sintió tan sumamente inferior al señor Albafica que quiso llorar.
—Mejor voy a ver si está bien —musitó cuando apagó las llamas con ayuda de un poco de agua, quitó la olla de las brasas y la dejó sobre una tabla de madera ya vieja y oscura en su totalidad.
Con indecisión Agasha fue subiendo las escaleras lentamente con el fin de poner al tanto al Caballero de la comida que lo aguardaba abajo, esperaba ya su negatoria pero no se rendiría. Ella quería agradecerle de algún modo su amabilidad y no pensaba dejarlo ir hasta que accediese.
Ella usaría toda su terquedad si era necesaria para convencerlo de quedarse un poco más con ella.
Un millón de disculpas no iban a ser suficientes para regresarle el tiempo que perdió con ella, Agasha lo sabía, por eso haría lo necesario para compensárselo aunque fuese algo insignificante como un simple almuerzo que para variar ella no había preparado.
En su condición actual apenas podía caminar lento sin caerse y calentar comida sin quemarse. Sólo esperaba que él no se pusiera tan reacio a aceptar su invitación, pero si al final no deseaba volver a verla, ella lo entendería. Gritaría mucho por dentro y se deprimiría por un par de días antes de volver a su rutina usual.
No podía ser de otro modo.
Llegó a la puerta con el corazón en la mano, latiendo fuerte una y otra vez. Agasha llevó los nudillos de su mano no herida a ésta y tocó con delicadeza.
—¿Señor Albafica? ¿Todo bien?
¿Cómo que "todo bien"?
—Ca-calenté u-un poco de comida —dijo rápidamente, sonrojándose—. Me… me preguntaba s-si de-deseaba un poco —qué torpe, había tartamudeado como adolescente.
Hubo silencio total.
Dudosa, Agasha abrió la puerta lentamente.
—¿Se-señor Albafica? —Pensando inmediatamente que seguramente se había ido, Agasha suspiró viendo la ventana abierta, «ni siquiera se despidió».
Bueno, no es como si no lo hubiese estado esperando. Entonces se dio la vuelta para bajar y comer sola cuando un grito por poco salió de sus labios al darse cuenta que él no se había ido.
El señor Albafica estaba acostado de lado sobre su cama bocarriba y claramente dormido, Agasha lo vio tan asombrada como pudo pues no sólo tenía su ropa puesta sino también su resplandeciente armadura dorada, la cual brillaba impresionantemente.
Su capa blanca estaba cubriendo el resto de su cama mientras que la negra que había usado para tapar su desnudes se hallaba tirada a los pies de esta.
Anonadada, Agasha hizo un recorrido lento desde la armadura hasta su rostro. Tan fino y alargado; piel pálida y ojos grandes con mirada afilada, cabello largo y hermoso de color azul, labios gruesos y rosados que parecían ansiar ser la perdición de muchas mujeres. Todo él era sinónimo de belleza masculina y perfección letal.
Se vio suspirando ante la idea de que ella pudiese significar poco más que una simple extraña para él.
¿Sería posible imaginar un poco?
La chica se lamió sus propios labios sintiéndose muy nerviosa, debería estar loca por pensar que él en algún momento la tomaría en cuenta habiendo tantas mujeres hermosas a la disposición de los caballeros, sobre todo los de la élite ateniense.
¿Por qué habría Albafica de Piscis fijarse en ella? Una chica de estatura baja, delgaducha con cabellera corta y opaca, con varias cicatrices en las rodillas y manos debido a su trabajo, con problemas para controlar el alcohol y lo suficientemente sinvergüenza como para orinarse encima de él, y encima seguir negando eso último con fervor.
Albafica era un hombre increíblemente apuesto, fuerte y temido por los enemigos del Santuario y Athena, todo en él parecía ser tan perfecto que daba la impresión de ser el hijo de algún dios. Pero era humano, uno condenado a la soledad eterna.
¿Por qué pudo tocarte hace unos momentos?
Agasha daría las manos por saberlo, aunque en el fondo no estaba tan segura de qué había pasado ayer con él para que de pronto bajase a Rodorio y se mesclase con las personas. Sobre todo con ella.
No quería pensar que todo el tiempo él haya estado mintiendo sobre su sangre envenenada para alejar a la gente, estaba más que comprobado que acercarse a Albafica era peligroso. Sin embargo eso no hacía más que aumentar el misterio que lo rodeaba.
Cerró la ventana con cuidado para no hacer ruido, tomó la capa oscura y luego de doblarla y dejarla sobre su mesita que sostenía también su espejo, la chica se aseguró de cerrar la puerta con la misma lentitud para no despertar al hombre que, agotado, había caído rendido en su cama.
Consideraba un honor que no sólo la haya cuidado mientras pasaba por uno de los momentos más bochornosos de su vida, sino que además se sintiese con la suficiente confianza en su casa como para descansar un poco encima de su cama.
«Dulces sueños» le deseó sin querer abrir la boca y despertarlo por error.
…
En los divinos Campos Elíseos, una figura alta, delicada y curvilínea se encontraba acostada sobre las maravillosas flores cerca de un gran manantial que resplandecía de color azul.
Ella es la gran diosa primordial Nyx, y era tan hermosa como letal, mantenía los ojos cerrados y parecía estar en un buen sueño. Cualquier idiota pensaría que ella de verdad dormía, pero no, estaba entretenida viendo a través del Caballero de Piscis, Albafica, a la joven que lo admiraba con un amor tan vivaz en sus ojos que la diosa sonrió como si leyese una novela romántica de su gusto.
Había humanos desagradables, y luego estaban los humanos como esa joven.
—¿Todo bien, señora Nyx?
La voz de Psique la hizo abrir sus impresionantes ojos negros con brillantes chispas azules; daba la impresión de que el cielo nocturno que se veía desde la Tierra vivía en sus ojos. Su cabello inmensamente largo de color negro azabache se movía solo como si este fuese de humo, era tan hipnótico como impresionante.
Aun acostada Nyx la miró.
Su piel tan oscura como su alma era exótica, bella y suave. Su largo vestido azul cobalto transparente dejaba ver sus generosos senos, su cintura pequeña y caderas anchas. Aun así su semblante era acorde su nombre, solemne y quieta, siempre expectante y lista para arrancarle la cabeza a cualquiera que la insultase, fuese un dios o no.
—¿Qué quieres, Psique? —Masculló con su melodiosa voz. La diosa pelirroja sonrió afable demostrando respeto.
—Nada malo, sólo deseaba saber si se entretenía con el caballero y su mujer.
Nyx hizo un gesto aprobatorio, pero un tanto despectivo.
—Tardan demasiado para ser ya unos adultos —dijo alzando sus largos dedos para moverlos y formar una aura oscura con su cosmos la cual tardó en desvanecerse en el aire—. Él la desea y ella a él. ¿Qué les detiene? Si fuese yo no lo pensaría tanto para seducir a ese hombre.
Psique se rio sentándose junto a la diosa primordial con una confianza que no todos podían mostrar frente a ella. Psique la admiraba y frecuentemente platicaba con ella dado a la soledad de la señora. Y aparentemente Psique era una de las pocas divinidades que Nyx toleraba cerca de ella.
—A veces el amor es incierto —le dijo Psique tomando unas rosas del pastizal empezando a amarrarlas a modo de crear una corona con ellas para animar a Nyx—. Yo creo que necesitan tiempo.
—Él no tiene tiempo —decretó firmemente—. Le faltan poco menos de diez horas antes de que el efecto del agua pase, y no pienso darle más.
—Lo sé.
—¿Entonces qué ocurre? —Nyx cerró sus ojos otra vez—, ¿no puedes hacer algo?
—No.
Psique y Nyx sabían bien que forzar sentimientos entre los humanos y los dioses sólo causaba desastres. Bastaba con ver la tóxica relación entre Hades y Perséfone (ella que aún después de siglos no le perdonaba su traición) para tomar de base y tratar de nunca olvidar una de las incontables estupideces de Zeus.
Zeus quien dejó impune a su hermano por raptar a su hija por un simple capricho vacío; y no conforme con eso condenó a la pobre de Perséfone a ser la reina del oscuro mundo y la esposa del hombre que le arrebató la libertad, sin siguiera preguntárselo. De no ser por Deméter, ahora mismo la diosa no podría ver de nuevo la luz del sol.
Quizás era por eso que cuando Athena llegó a Perséfone, llorando por su ayuda para atar el alma del hombre humano que había dado su efímera vida por ella a la suya que era inmortal, la diosa no se negó. Es más, las unió con un lazo de vida y muerte tan fuerte que ni las mismas Destinos podrían jamás romperlo, cosa que irritaba a ese trío de perras.
Nyx y Psique lo sabían también de primera mano. La intervención de los dioses en el libre albedrío causaba más caos que muchas armas de destrucción fabricadas por el hombre.
—Ellos deben avanzar solos —dijo Psique—, además es para lo que usted me pidió darle el agua precisamente a ese hombre. No estará enamorada de él, ¿verdad?
Nyx se rio quedamente por su ingenuidad. Por eso la diosa pelirroja le agradaba.
—Sólo he amado a un hombre en toda mi existencia —decretó firme.
No muchos sabían que si por Nyx fuese, ya tendría la cabeza de Hades en sus manos. Bañándose con su sangre y dejando que sus demonios comiesen las entrañas del dios del inframundo por toda la eternidad. Uno de los motivos por los cuales Nyx estaba quieta y dispuesta a que sus estúpidos hijos ayudasen a ese pedazo de basura, era porque su amado Érebo se lo había pedido.
Prisionero en una celda desde hace eones cortesía del maldito paranoico de Hades, Érebo cometió el error de intentar negociar con el bastardo la paz entre Athena y él. Pensando en los humanos y en el río de sangre que ambos harían correr si no paraban con esa guerra innecesaria. Cosa que ya estaba ocurriendo por mucho que Érebo se esforzó.
Con dolor, Nyx lo recordaba. Sólo su voz bastaba para calmarla y hacerla pensar en sus acciones antes de hacerlas en un arranque de ira. Sólo su presencia bastaba para que Nyx no intentase arrasar con todo el Olimpo por su traición. Y aun así, encarcelado y privado de todo tacto cálido, Érebo seguía conservando esa amabilidad que la había cautivado; esa gentileza con la que él había nacido que sólo se manifestaba con su voz. A pesar de todo su dolor, Érebo pedía piedad para el dios y el resto de bastardos que le han costado años de libertad.
Érebo le suplicaba porque no se incluyera en la guerra, contra ese dios que lo había encerrado por miedo a que se volcase en favor de Athena. Cuando la realidad es que Érebo no favorecía a nadie.
Él era justo, imparcial y aunque su luz era benevolencia pura, su poder sobrepasaba incluso al mismo Poseidón. Lo suficientemente fuerte para poner en aprietos a Hades y al viejo barbón.
A diferencia de lo que muchos creían y tenían por cierto, Érebo era un dios oscuro, sí, pero con un alma tan blanca que la había enamorado como una loca. Una luz tan pura que gracias a ella, su hijo Éter (el dios del brillo puro y la luminosidad) y su amada hija Hémera (diosa del día) habían nacido para unirse en pro de su equilibrio emocional y por ende a la calma en la Tierra.
Amaba a sus hijos como ninguna otra madre.
Dado a sus lados opuestos, Hémera sólo podía visitarla durante el atardecer, pero esas horas bastaban para que Nyx le demostrase todo su amor. Con Éter el asunto cambiaba un poco, pues el dios estaba pasando por una fase de rebeldía que la sacaba de quicio.
Nada grave, a diferencia de los otros idiotas que se dedicaban a reencarnar únicamente para seguir con interminables guerras estúpidas, su pequeño niño desobediente se había encarnado ahora en un apuesto humano. Con el único objetivo de acumular riquezas en Ámsterdam siendo un famoso compositor de música rock. También era un prodigioso pintor.
¿Y cómo no serlo? Al nacer había sido bendecido, por órdenes de ella misma, con ese tipo de dones además de la lucha y el valor.
Éter estaba lleno de mujeres y hombres por igual, juegos de azar, acumulando fortuna por montones sin esfuerzo; su joven hijo se encontraba viviendo en fiesta día y noche.
Ella lo amaba, pero a veces Nyx quería darse de golpes contra la pared teniendo que soportar esa fase tan diminuta como fastidiosa, pues hasta cierto punto Éter usaba su aura resplandeciente de dios para atraer humanos ante sus encantos, jugaba con la delicada línea que separa el libre albedrío de la hipnosis, pero hasta ahora estaba haciéndolo muy bien y eso jodía de sobremanera a las Moiras pues sin delito no había castigo y ellas lo sabían mejor que nadie.
Dejando por un segundo a su hijo rebelde y a sus otras dos calamidades que jugaban a la guerra con Hades cada cierto tiempo, Nyx se hallaba aburrida y por eso accedió a la propuesta de Psique para entretenerse un poco.
No lo aceptaría, pero cada vez que veía a ese Caballero, Albafica, Nyx recordaba con dolor a su amado Érebo.
Tan leal como pacífico, ambos hermosos, ambos letales.
No amaba al humano, tampoco le levantaba la libido sin embargo una parte suya muy herida dado a la falta de su esposo en su vida, deseaba que esos dos humanos pudiesen ser felices una vez que los Campos Elíseos les den la bienvenida como ya estaba destinado.
Las almas de ambos iban por buen camino, su destino en este sitio estaba asegurado desde su nacimiento, y ambos estaban fuertemente liados bajo la atracción que sentían sus almas entre ellas.
Destinadas a encontrarse en esta y en cualquier otra vida. Ellos habían encontrado lo que muchos aún con varias reencarnaciones no, y con gusto Nyx los veía acercándose con cautela.
Sus miedos los distanciaban el uno del otro, no había criatura (inmortal o mortal) que no hubiese pasado por eso antes, por eso mismo ella iba a darles un pequeño empujoncito.
—Psique… ¿recuerdas que me debes un favor? —Ambas sabían que la diosa pelirroja le debía más de uno, por eso rieron al unísono.
—Por supuesto, dime —accedió con suavidad sin dejar de trenzar los tallos de las flores.
Si era algo de lo que Psique imaginaba, la diosa pelirroja ya estaba preparándose para oír los gritos de Athena.
Nyx abrió sus enigmáticos ojos otra vez, decidiendo al fin ser amable como su Érebo por primera vez en toda su existencia.
—CONTINUARÁ—
Sinceramente siempre me he preguntado por qué si otros dioses apoyaban a Hades, por qué no había siquiera uno apoyando a Athena. ¿Por qué nadie había metido las manos por ella al fuego así como otros hacían por Hades?
Quise darle una explicación lógica.
Por otro lado yo veo muy trágica la historia de Perséfone; otros pensarán que es romántico, pero a mi no me gusta esa idea de que tu propio tío te rapte porque te desea y tu padre en vez de molerlo a palos, te obligué a quedarte con él por comer una estúpida fruta.
Se me hace una injusticia pero bueno.
¿Qué les pareció el capítulo? ¿Qué creen que haga Nyx con Albafica y Agasha?
DISCÚLPENME por no haber actualizado ayer pero estuve fuera de casa hasta muy tarde. Iba a subir el capítulo a las 11 de la noche pero me di cuenta que debía editarlo bien primero. Espero de corazón que haya sido de su agrado.
¡Saludos a todos!
Muchas gracias por leer y comentar:
dianix96, MacrossLive, Bunny y Cristal-Libra.
Sus comentarios alimentan mi imaginación y mis ganas de publicar rápido. ¡Gracias!
JA NE! ;)
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