Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Amy J. Fetzer


Capítulo Ocho

Bella no se lo diría. Todos los hombres con los que había compartido cierta intimidad habían salido corriendo en el instante en que se habían enterado de que era virgen. La experiencia le decía que era el camino más rápido para apagar una pasión. Los hombres no querían ser responsables de hacer una experiencia memorable porque sabían que dolía. Era irónico, pensó que desearan ser los primeros y a la vez se sintieran amenazados. Ella ya había decidido que si realmente quería perder la virginidad no revelaría la verdad hasta que fuera demasiado tarde.

Miró a Edward dormido en el otro extremo de la cama. No tenía expectativas ni un futuro con él. Su felicidad no dependía de un hombre y mucho menos de un soltero empedernido como Edward Cullen, a pesar de los sentimientos que compartieran. Cuando se hubiera apagado la pasión, saldría huyendo de su lado. Y no podría esperar más.

—¿Por qué estás tan triste?

Bella inspiró y rodó de medio lado cubriéndose con la sábana.

—Buenos días. Pensaba que estabas dormido.

Edward lanzó un bufido ante su respuesta evasiva.

—¿Contigo cerca?

Su halago le hizo sentirse increíblemente femenina.

—¿Tienes hambre? Puedo pedir el desayuno.

—Yo tengo una solución mejor.

Deslizó la mano sobre las sábanas por encima de su estómago.

—Edward –advirtió ella.

Él la atrajo hacia sí.

—Me encanta cuando pronuncias mi nombre. Me haces sentir como si fuera el único hombre en la tierra y tú la única que pudieras decirlo.

Los ojos de ella ardieron y se apartó un mechón marrón de la frente encantada de que él cerrara un instante los ojos.

—¿Qué te parece un beso?

—Tú eres como ese anuncio de televisión. No te bastaría con uno.

—No cuando sabe tan bien.

—No estás jugando limpio.

Él se deslizó sobre ella con expresión seria.

—¿Quién dice que esté jugando?

Ella se puso rígida negándose a interpretar nada en aquellas palabras.

—Pensaba que esta mañana me ibas a enseñar lo buen navegante que eras.

Él la besó con suavidad.

—Dentro de un minuto.

Ella le apresó los labios con los suyos y Edward se deslizó más cerca haciéndole sentir su excitación a través de las sábanas. Se frotó contra ella y Bella se murió de deseo de tocarlo, de conocerlo. Sin embargo, cuando le puso la mano en la cadera, él se retiró de repente y rodó de espaldas.

—¿Edward?

—Vete a vestirte –dijo él mirando al cielo—. La marea no es lo único que está subiendo. Date prisa.

Ella se rió y salió de la cama mientras Edward desviaba la vista. No necesitaba más tensión. Solo su perfume le volvía loco. Ella tenía que confiar en él y no pensaba estropear aquella relación porque Bella fuera la criatura más caliente a la que nunca hubiera tocado. Edward deseaba mucho más de Bella Swan que su cuerpo.

Bella agarró la caña mientras adaptaba las piernas al balanceo del barco y Edward lanzaba el ancla. Fijó la caña al arnés y retrocedió del borde. Edward dio una palmada en el banco a su lado y el corazón le dio un vuelco cuando ella se sentó.

—No sabía que te gustara pescar.

—Me encanta. ¿Qué puede haber mejor que esperar tumbada a que te llegue la comida? También he tirado una red para gambas.

Él sonrió estudiando su cara.

—¡Qué secretos tienes!

—No te he ocultado nada, Edward. Lo que es más de lo que se puede decir de ti.

La emoción se borró de su cara.

—No quiero hablar del pasado.

—¿Tanto daño te hizo esa mujer? –él miró a la superficie del lago—. Me lo debes.

—Yo no te debo nada.

Bella sintió una ráfaga de aire helado como si hubiera caído el invierno. Abandonó el banco, pero él se levantó y la sujetó por el hombro.

El velo brillante de sus ojos le desgarró el corazón.

—¡Ah, Bella!

—Yo no te hice daño, Edward –le temblaron los labios—. No me hagas pagar por ello.

—Lo siento. Vuelve a sentarte conmigo.

Una expresión de indecisión le surcó la cara.

—Por favor.

Eso bastó para cambiar sus intenciones.

Sentados juntos, Edward recogió el sedal mientas el viento balanceaba el barco. Contempló las velas blancas salpicar el lago como estrellas en la noche y tardó bastante en hablar. Cuando lo hizo, su voz era inexpresiva.

—Se llamaba Jessica. Estuvimos juntos un año. Yo la adoraba y ella quería ser mi mujer.

Bella sintió una punzada de celos al oírle hablar así de otra mujer.

—Hasta ahora va bien.

Él sacudió la cabeza y el dolor asomó a sus rasgos antes de que pudiera enmascararlo.

—No. Solo quería ser la esposa del director de las empresas Cullen, no la mía.

—Y le gustaba tu estilo de vida aún más –dijo Bella sacando dos refrescos de la nevera.

—Decía que quería ser mi mujer.

—¿Y tú también querías?

Edward se encogió de hombros girando la lata entre las manos.

—A veces.

A veces era lo suficiente para ella. Una persona no era marido a veces y una casa no era un sitio solo para dormir sino para crear una familia. Edward todavía no lo entendía, pero ella se alegraba de haber ido a Nueva York antes de haberlo olvidado por completo.

—Tener dinero no es tan bueno como parece, ¿verdad?

—A veces te nubla la mente. Me gustaría haberme dado cuenta antes de haber llegado tan lejos.

—¿Y era material de casada?

—Al principio supongo.

«Pero no como tú», pensó mirándola. «Nada que ver contigo».

—Esos son los problemas normales, Edward. Son cosas que tienen que arreglar un marido y una mujer. Quizá abandonaras demasiado pronto.

—Quizá. Pero fue ella la que lo hizo. Yo estaba saliendo de números rojos y pasé meses preocupado por fracasar y dejar a la gente en la calle. Y un día, cuando llegué a casa pronto de una reunión, me la encontré en la cama, en mi cama, pero con uno de los ejecutivos con los que yo estaba negociando –recordó con humillación—. Lo peor de todo fue que todo el mundo lo sabía y ella le estaba pasando información de los acuerdos mientras buscaba un terreno más rico. Yo estaba demasiado ocupado con intentar que todo funcionara para ver las señales.

—Esa mujer no podía amarte. No si te traicionó con tanta facilidad.

—Ya lo sé. Quizá yo no la amara tanto como pensaba.

—Ese es tú problema. El amor es sentimiento, no una idea. Si tienes que pensarlo tanto, es que no lo tienes.

Aquello sonaba demasiado simple para él.

—¿Hablas por experiencia?

—No tanta como tú supongo –apartó la mirada de él un poco dolida por el recuerdo.

Paul lo había querido todo de ella, su tiempo y su atención, pero antes de cometer el error de entregarle su cuerpo, había descubierto que él no le daba nada.

—¿Quién era él?

—Un hombre que no podía entender mis necesidades y que tampoco tenía tiempo ni ganas de averiguarlas.

Que era lo mismo que le había pasado con todos los hombres con los que había salido. Para ella el bienestar de su familia era lo primero. La habían criado de esa manera, pero el problema era que a los hombres no les gustaba que se dedicara a sus obligaciones antes que a ellos.

Sin embargo, por Edward lo había olvidado todo. Había empaquetado con rapidez y les había dicho a su padre y a su hermana que estaría fuera una semana y que tenían el congelador lleno de comida. Solo Alice sabía dónde estaba. Lo había abandonado todo por él y eso la asustaba.

—No fue la primera que me dejó por otro más rico.

—Pues parece que el error de elección fue tuyo.

—Pues hubo una buena lista de ellas, créeme.

Bella frunció el ceño.

En el banco, él se volvió para mirarla.

—Después de que mis padres murieran, me volví loco. Culpaba a mi madre del cáncer y a mi padre por morirse de un infarto y dejarme solo. Me acabaron echando de una docena de hogares de acogida hasta que acabé en prisión.

—¿En prisión?

—Sí, el mejor sitio para un niño asustado y solo. Por vandalismo y desorden público. De alguna manera, el abogado de mi padre me encontró y me preguntó que creía que pensarían mis padres si me vieran allí. Me sentí avergonzado y más aterrorizado que por la misma prisión. Sabía que o me enmendaba o acabaría en las calles y pensé que la única forma de conseguirlo era recuperar la empresa como mi padre quería.

Bella seguía pensando que aquello era demasiado pedirle a un chico tan joven, pero no lo dijo.

—Y lo harás.

—Tengo que hacerlo. Es como si no pudiera vivir hasta que no lo consiga.

Bella notó la frustración en su voz.

—Lo entiendo. A veces yo también siento como si hubiera hipotecado mi vida por mi familia. No me interpretes mal. Quiero cuidar de ellos, pero desearía no tener que hacerlo. Supongo que parezco una egoísta.

—Para mí no. Es una obligación que tienes ahora mismo.

Ella sonrió.

—¡Qué lejos has llegado, Edward! Es impresionante. Y aún más por haberlo hecho solo. Me tienes admirada.

Él sintió que el corazón se le inflamaba de calidez.

—Gracias, Bella. Eso significa mucho para mí.

—¿Cuánto?

Bella puso un puchero.

—Mucho.

Sonriendo, Edward deslizó una mano por detrás de su cuello para ladearle la cabeza y atraparle los labios. El viento los acarició agitando su melena que los envolvió como si fuera seda. Edward intentó tener calma y paciencia cuando lo que deseaba era atraerla contra sí y sentir cada centímetro de su piel pegada a él.

Nunca había conocido a un hombre que hiciera tanto esfuerzo por contener el deseo y que le hiciera desear a su vez haber perdido la virtud años atrás. Sobre todo cuando deslizaba las manos por sus muslos y sus caderas. Ella metió las manos bajo su camisa y le frotó el pecho y los pezones antes de descender.

Edward lanzó un gemido y la tendió de espaldas en el banco cuando el sedal se tensó y empezó a girar con rapidez.

—Aquí, pescadito.

Bella lo besó una vez más y salió de su regazo hacia el mango de la caña. Recogiendo el carrete miró a sus espaldas. Edward se estaba frotando el muslo jadeante. Su excitación era obvia contra su pantalón caqui.

—¡Maldición, Bella!

Ella se sintió exótica y poderosa.

—¡Dios mío! ¡Vaya cumplido tan encantador! –Él le dirigió una mirada sombría—. Es la justicia de la naturaleza la que hace que las mujeres no mostremos signos tan evidentes.

—¿Ah, no?

Deslizó la mirada hacia sus pezones pujantes contra la camiseta.

—Es el aire frió.

—¿A cuarenta grados casi?

La caña se arqueó y ella se concentró en el pez.

—Ven con mamá, pescadito.

Edward la vio forcejear con el pez más grande que había visto en su vida y tuvo que lanzarse a sujetarla por la cintura cuando vio que estaba a punto de caer al agua tras su presa. Su excitación era la de él y hasta le sacó una fotografía. El pez se agitó en el anzuelo con la cola golpeándola en el hombro y Bella de repente se acercó al borde riéndose y lo liberó.

—¡Eres libre. Escápate! –gritó antes de volver a sus brazos.

Con olor a pescado y todo, Edward hubiera jurado que era el mejor momento de su vida.

En el instante en que entraron en la suite, el teléfono sonó.

—Marco. Acabábamos de… ¡No! ¿Estás de broma? –Edward tapó el teléfono—. Bridgett está de parto. Está llamando desde el hospital.

—¿Necesita Randy ayuda con Shannon?

Edward negó con la cabeza.

Ella sonrió y se fue al cuarto de baño a lavarse y desenredarse el pelo. Cuando Edward colgó asomó por la puerta.

—¿Quieres que hagamos algo? Estamos libres por un rato.

—¿Cómo qué?

Su mirada sensual se deslizó por su cuerpo.

—Se me ocurren un par de cosas y no tendríamos que abandonar la habitación.

—Compórtate.

Él sonrió fascinado por la forma en que se aplicaba el carmín en los labios.

—Hay un festival y baile en la calle esta noche en el pueblo.

—Estupendo –asintió él—. Vamos.

—Deja que me cambie primero.

—Bella, estás bien –dijo mirándola al salir del baño.

—No estoy llena de escamas –revolvió en el armario mientras él se cruzaba de brazos y fruncía el ceño con impaciencia—. Son cosas de chicas. Tendrás que aguantarte –dijo cerrando la puerta del baño en sus narices.

El premio de vivir con ella, pensó Edward, era ver de verdad como era. Cuando la gente salía, siempre mostraba la parte mejor y más sotisficada de su persona, pero en Bella no había nada de artificio. Prefería comer en la calle algo de un tenderete a entrar en un restaurante, hacer su cama a pesar de tener servicio de habitaciones y nunca encontraba nada mientras que él tenía sus cosas en perfecto orden.

Y cuando salió con un vestido fucsia ajustado y sandalias a juego, como si acabara de salir de la portada de una revista, decidió que merecía la pena esperar. Incluso con retraso para buscar el bolso.

—No pretenderás ir de compras, ¿verdad?

—Claro. Tenemos que compárale algo a Bridgett.

—¿A Bridgett? ¿No al bebé?

—La madre es la que hace todo el trabajo por lo que yo sé y mientras todo el mundo se dedica a admirar al bebé y a felicitar al padre, ella necesita un poco de atención. Eso le ayudara a no caer en la depresión postparto.

—Quizá deberíamos comprarle algo a Shannon, ¿No? Para que no se sienta celosa.

Ella se paró enfrente del ascensor y su tierna mirada fue como una flecha directa a su corazón.

—¡Oh, Edward! –Le acarició la mejilla—. Sabía que ahí dentro había un hombre cálido y considerado.

Edward le pasó el brazo por la cintura y susurró:

—Pensé que eso ya te lo había demostrado anoche.

—Deja de burlarte de mí con eso.

Atrayéndola contra sí, le besó en el lóbulo y le susurró al oído:

—No puedo evitarlo. No dejo de verte, de oírte, de sentirte. Tu pulso. ¿Lo sabías? –Bella se aferró a la pechera de su camisa sintiendo su cuerpo despertar a la vida—. Y me haces sentir que merezco ser tocado por alguien como tú.

Su inseguridad la conmovió y Bella se alzó de puntilla para besarlo.

—Por supuesto que lo mereces, Edward, o yo no hubiera llegado nunca tan lejos.

A Edward se le atenazó la garganta y tragó saliva preguntándose cómo podía sentirse tan feliz y asustado al mismo tiempo.

Edward ganó un conejo de peluche lanzando anillas a unas botellas y fue recompensado con un beso. Después le ganó ella tirando las bolas a los patos de madera. Bella ganó una cartera de artesanía en la que hizo quemar las iniciales E. C. e insistió en que debía usarla. Edward sonreía cada vez que la sacaba para comprar comida en los tenderetes.

Él se olvidó de todo salvo de ella, de su empresa, de sus barreras, de las mentiras que habían fingido juntos. Antes de caer la noche, Marco llamó para decir que había sido una falsa alarma y que ya estaban en casa, pero Edward le rogó que les dejara la noche libre y el hombre se rió diciendo que lo entendía.

Edward se sentía culpable por haberle mentido, pero cuando Bella lo arrastró a la verbena de la calle se olvidó de todo para verla contorsionarse al ritmo de la música.

Se subieron a las atracciones de la feria como dos adolescentes y después fueron a sentarse en las rocas frente al lago a charlar hasta que el sol se puso rojo. Él se reía de su broma feliz de tocarla y de que ella lo tocara. Algo dentro de él se fundía cada vez que lo hacía.

En el ascensor del hostal, la tomó en sus brazos.

—Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida, Bella.

Ella sonrió con los ojos muy brillantes.

—Excitación barata, ¿eh?

—Ya no –dijo él retirándole el pelo de la cara.

Ella disfrutaba de la vida aunque sospechaba que trabajaba más de lo que aparentaba. Se sintió tentado de llamar a Alice para preguntárselo, pero decidió que quería descubrirlo por sí mismo. Y en ese momento, Edward comprendió lo mucho que significaba para él. Y en tan poco tiempo.

—¿Quieres cenar?

—¿Después de toda la basura que hemos comido? No gracias. ¿Qué te parece si encargamos una película de vídeo?

Ella abrió la puerta de la habitación.

—¿Estás segura?

—Me gustaría ducharme y después tirarme en el sofá. ¿Te apetece?

—Sí –cerró la puerta y la acorraló contra ella—. Pero ya sabes el efecto que me puede hacer echarme a tu lado en un sofá.

—Estoy segura de que puedes controlarte.

Edward deslizó la mano por su espalda y la atrajo contra su cuerpo.

—Sí, pero, ¿podrás tú?

Bella lanzó una carcajada y se sonrojó mientras él la besaba en la boca y el cuerpo. Su beso se hizo más hambriento y ardiente y cuando ella deslizó los dedos por la cinturilla del pantalón y lo frotó por delante, pensó que explotaría allí mismo.

—Tengo que ducharme –dijo ella apartándose para meterse en cuarto de baño.

Bella lo podía sentir al otro lado de la pared y le oía murmurar para sí mismo mientras se lavaba el pelo y sentía el agua sobre sus sensibles senos. Hubiera deseado que se uniera a ella en la ducha en ese momento. La idea casi la volvió loca de deseo y tuvo que salir para cubrirse con el albornoz y empezar a secarse.

—Bella –escuchó con suavidad desde el otro lado de la puerta.

—¿Sí?

—Déjame pasar.

—¿Por qué?

—Porque necesito verte. Tocarte. Me voy a volver loco si no lo hago.

A ella le dio un vuelco en corazón.

—Edward…

—Sss. Escúchame. Solo escúchame –pareció tardar mucho en proseguir—. Quiero hacer el amor contigo, pero no porque estemos aquí solos y juntos. Incluso, aunque estuvieras en el otro extremo del planeta, sentiría lo mismo. Hay algo bueno entre nosotros… y lo sabes.

Bella cerró los ojos.

—No importa mi reputación ni lo que tú pensaras antes de mí. Diablos, cariño. Somos estupendos. No puedo garantizarte adonde nos llevará esto o cuanto durará, pero…

La puerta se abrió de par en par. Bella lo encontró con las manos apoyadas en el marco de la puerta.

—Nadie puede garantizar eso, Edward.

Sus facciones se iluminaron y la mirada se le puso cálida de emoción.

—Te quiero en mi vida, Bella –bajó los brazos y entró en el baño—. Y quiero que te quedes en ella.

Bella se conmovió al pensar en lo que le habría costado decir aquello, a un hombre sin amor en su vida, a un hombre que ni siquiera confiaba en sí mismo. Deslizó las manos alrededor de su cuello y enterró los dedos en su pelo.

—¡Oh, Edward! No deberíamos estar haciendo esto.

—Sí, sí deberíamos –le cubrió la boca con los labios—. Pero dime que no quieres y me iré a dormir al coche. Diablos, hasta le suplicaría a Marco que me dejara un sitio en su sofá. Dímelo y me comportaré, no te tocaré nunca más e iré a enloquecer a una esquina como la criatura depravada que soy.

Bella hubiera jurado que en ese mismo instante se enamoró de él.

—No quiero que te vayas –deslizó la mano por su pecho hasta su cintura—. Y desde luego, no quiero que te comportes… porque yo no lo haré.

Con una sonrisa provocativa, deslizó la mano dentro de su pantalón.


Siento la demora pero estos días se me complica un poco subir con la misma regularidad que antes. Ahora simplemente intentaré subir un capítulo por día sin tener en cuenta la hora ya que estoy de vacaciones y no puedo depender de estar en la computadora y no salir (lo siento para aquellas personas que leen mis historias).

Espero que les guste este capítulo. Solo para avisar, solo quedan cuatro capítulos más. En todo caso, estoy preparando otras historias para subir. Gracias a todos los que leen y muchisimos más agradecimientos a las personas que dejan sus reviews (: