Por una extraña razón incomprensible para cualquiera, Blake tenía una nueva manía. Desde aquella noche en la que su nueva musa oriental y él se habían mirado tratando de visualizar y memorizar correctamente las facciones del otro, lo habían venido repitiendo cada noche.
Al principio le parecía gracioso cuando de una u otra forma sus miradas se cruzaban, las desviaban enseguida y se reían tímidamente, o al menos eso era él lo que creía y hacía. Era estúpido, porque por la distancia quizás ella no veía que se reía, pero sí que agachaba la cabeza, así que eso daba rienda a su imaginación que no para de formular las posibles muecas que ella hacía. Con el paso de los días y quizás la pérdida de un poco de vergüenza, podían quedarse varias horas en la misma posición observándose sin desviar la vista a otro lado. No había dudas de que ella seguía con ese aire de misterio que integraba tanto al pelinegro, pero eso no le disgustaba para nada. De hecho, le parecía algo extraordinario. A partir de que ella había aparecido en su vida, su inspiración había regresado. Componía sin parar, las partituras salían una tras otra lo que en cuestión de días a Blake no le quedó más remedio que desechar todo el trabajo que tenía inspirado en Angélique. Pronto se dio cuenta que podría escribir un concierto, lo cual lo ilusiono. En el conservatorio, sus maestros estaban impresionados por la oleada de inspiración del pelinegro, la velocidad con la que lograba completar sus piezas y perfeccionarlas eran habilidades que no se veían muy seguido. Pero Blake no escribía para que su música fuera famosa, en realidad, él quería que esas melodías fueran escuchadas por su musa. Si algún día encontraba la forma de que ella oyera su música, entonces habría valido la pena todo el esfuerzo que él ponía a cada melodía.
Cuando el chico no estaba escribiendo o ella no estaba en su recamara, la imaginación de Blake seguía trabajando. Se recostaba en su cama mirando al techo y formulaba decenas de preguntas, que hasta ese momento parecían sin respuestas, acerca de su musa y de todo Oriente. Pero todos sus pensamientos terminaban con la misma oración: "que bizarra situación", se decía a sí mismo. ¿Por qué el destino lo llevaría a vivir en carne propia la experiencia de obsesionarse con una desconocida, de una chica a la que nunca conocería en persona?, se preguntaba a diario y pensaba en posibles respuestas para tranquilizar a su atormentada alma, pero al final del día solo eran hipótesis, sin posibilidad de comprobarse. Ironías de la vida, concluía, pero esta conclusión solo lo amargaba un poco más. No es que se hubiese enamorado de ella, ni si quiera podía pensar en quererla, uno no quiere a las personas de la nada o solo con el hecho de verlas, pero cada que dibujaba una nota en el pentagrama pensando en ella, recordaba su filosofía del amor. Su hermano y el eran la prueba de que el amor aún existía en el mundo y desde pequeño, aunque no lo reconocía frente a su padre, pues le avergonzaba; creía fervientemente en que el amor verdadero existía. Pero observando su deplorable situación pensaba que quizás estaba muy equivocado con sus percepciones y debía cambiar un poco su manera de pensar. Lanzo un largo suspiro, mientras se levantaba para ir a la cocina, sin dejar de mirar por la ventana con tristeza. Solo dos calles enormes, dos ejércitos y un enorme muro los separaban. Antes de si quiera dirigirse hacia la puerta, a observo entrar en su recamara y como si fuera un imán, regreso sobre sus pasos.
Lana miro hacia la ventana y a lo lejos observo la figura masculina que como cada tarde, estaba ahí esperándola. ¿Qué de interesante vería en ella para pasar todas las tardes mirando hacia su ventana?, se preguntó sin lograr si quiera pensar en una posible respuesta. Pero al verlo sentarse frente a su escritorio y comenzar a escribir pensó en que quizás estaba estudiándola, no era muy común ver orientales Recordó que al principio pensaba que él estaba haciendo tarea, pero cuando se dio cuenta de que constantemente subía la mirada para verla y a veces parecía escribir en las hojas sin dejar de observarla, fue cuando se sintió como una rata de laboratorio. Era escalofriante el simple hecho de pensarlo, pero luego pensaba que aquello era imposible, porque él no tenía pinta de ser un científico degenerado. Se sentó en su cama y observo el calendario que estaba pegado en su pared con la enorme cara del General Klaudius como adorno, "regalos del partido", así los llamaban pero a Svetlana le parecían basura. Pero no era esa cara la que miraba, si no el día que marcaba. No es que fuera especial para el mundo, ni si quiera ella podía decir si era algo por lo cual alegrarse pero era inevitable recordar que ese era el día de su cumpleaños. Volker siempre intentaba que el día fuese especial, como esa tarde que la llevo a comer y le regalo un hermoso telescopio En Oriente los cumpleaños no eran una fecha especial, de hecho no era muy común que los festejaran, recordaran o cualquier cosa afín a una celebración; el único importante era el del Presidente, así que a excepción de Volk, su cumpleaños paso desapercibido para todo el mundo. La caja del telescopio yacía en la cama, cuando anocheciera un poco más y con toda la pena del mundo, dejaría al occidental solo y subiría a mirar las estrellas. Eso lo tenía muy emocionada, nunca antes había tenido la oportunidad de observar el cielo tan cerca. Volker le había dado el mejor regalo-de los pocos que tenía-del mundo. Pensándolo bien, quizás ese instrumento le serviría para "observar" un poco mejor al occidental. Se sentía totalmente avergonzada al darse cuenta en que se estaba convirtiendo en una acosadora en potencia, pero su curiosidad podía más que la vergüenza. Se estaba obsesionando con él o algo parecido, pues aquel extraño joven ocupada nueve de cada diez de sus pensamientos al menos cuando ella se daba cuenta, pero estaba segura que cuando estaba distraída terminaba pesando en él. En una hoja al final de su libreta había anotado lo que había descubierto de él. Aun no sabía cómo se llamaba, pero quizás si se esforzaba un poco podría averiguarlo. Además de sus rasgos físicos, también sabía que él era una persona muy importante o rica o ambas cosas a la vez, había llegado a esa conclusión por dos cosas que eran muy obvias; la primera era la hermosa casa en la que vivía y que seguramente resultaba bastante caro mantener y la segunda la seguridad que rodeaba la casa. No eran los mismos militares que cuidaban el muro, ellos usaban impecables trajes diferentes a los de los vigilantes. También estaba segura de que él no era un militar, a pesar de que siempre había autos del ejercito fuera de casa-aparte de los civiles-, jamás lo había visto usando uno de los uniformes. Aquello le alivio, de haber descubierto que él era un soldado habría perdido todo interés en él. La milicia no era de su agrado, ya tenía suficientes soldados en su vida como para querer anexar otro más y si algo le gustaba del occidental es que él le permitía salir de su realidad e imaginar cosas utópicas que la hacían sentir mejor para soportar su realidad. El sin saberlo, le había devuelto una seguridad que ella había perdido. Lo observo y se dejó llevar por sus pensamientos a ese lugar donde ella se sentía viva.
Varios días más tarde, para ser exactos el jueves Svetlana tuvo que ir de mala gana a la Sala Juvenil. Ella se quería quedar en casa para encontrarse con el occidental, no asistir a una aburrida reunión; pero no podía escapar de sus obligaciones. Por suerte se encontró con Volk en la entrada, apenas firmaron su asistencia salieron corriendo del lugar. El joven General noto extraña a su pequeña amiga, aparte de sonreír tontamente sin decir una palabra, estaba callada y parecía que su mente estaba en otro lugar. Volk sugirió que debían ir a la casa de los Weigel, pues quería comprobar que el telescopio estaba funcionando bien. A Lana le pareció una excelente idea, aunque no lo parecía quería pasar un rato divertido con su viejo amigo. Los dos se sentaron en el borde del techo comiendo algunos dulces mientras esperaban que el cielo oscureciera completamente. Svetlana escuchaba el relato de Volk acerca de su pesada semana en el trabajo, pero no presto mucha atención cuando su vista inconscientemente se dirigió a la ventana del occidental, que había encendido la luz haciéndole saber que ya estaba ahí, esperándola como todos los días. Suspiro profundamente, llamando la atención del rubio.
—Bueno, ya estuvo bien—dijo tratando de no reírse—¿Me vas a decir que es lo que te trae suspirando?—inquirió mirándola a los ojos, ella desvió la mirada al suelo sonrojada.
—¿De qué hablas?—dijo tratando de hacerse la desentendida. El rubio se rio.
—No me trates de engañar niña, te la has pasado en la nube toda la tarde, suspirando continuamente y según tu no entiendes de que hablo.
—No me pasa nada, la gente suspira todos los días y no necesariamente es por algo.
—¡Qué tonta eres!—exclamo carcajeándose—¿Cuántos años piensas que tengo?—Lana refunfuño—Te conozco bien y esta expresión nunca la había visto en tu rostro.
—¿Cuál expresión?—pregunto sorprendida.
—Tu cara está totalmente iluminada, no tienes tu aspecto fantasmal de todos los días y te sonrojas cada cuatro segundos mientras piensas. Así que anda, ¿Quién es el afortunado?
—Es que—dudo—, es que no sé cómo explicarlo.
—Mira que yo te ayudo, solo tienes que decirlo como lo estás pensando—le dijo poniendo su mano en su hombro—. Te daré una ayudadita, ¿Cómo se llama?
—¡Eres imposible!—gruño riendo—¿Por qué quieres saberlo?
—Bueno en primer lugar porque soy tu novio oficial, casi todo Berlín lo sabe; así que si planeas salir con un chico me gustaría saber que no anda en malos pasos, no es fanático de mi padre y es potencialmente aceptable para que tu padre acepte nuestra inminente separación—en listo con seriedad, Lana estallo en risa.
—No saldré con ningún chico, es imposible y no creo que yo le agrade.
—¿Imposible?¿Por qué no habrías de gustarle?, si te ha tratado mal es mejor que me digas su nombre para que vaya apartarle las bolas—ella se rio aún más, aunque por dentro se sintió agotada. Volker era insistente y sin duda no descansaría hasta obtener lo que quería.
—No, no me ha hecho nada. Yo—titubeo—yo no sé cómo se llama—dijo agobiada. Él la miro incrédulo.
—¿No lo sabes?
—No—respondió desanimada. Él sonrió cálidamente, le dio mucha ternura la mueca que la pelinegra dibujo en su rostro, el chico la tenía muy ilusionada. Volk, la atrajo hacia el con su brazo derecho, para consolarla. Ella retranco su cabeza en su hombro, había echado de menos que la abrazara.
—Yo podría ayudarte a saber su nombre, ¿Dónde lo conociste?, ¿En el colegio, la cuadra, la milicia o la sala juvenil?—inquirió, pero ella negó con la cabeza varias veces.
—¡No digas barbaridades! Yo no podría salir con un aspirante a político—dijo asustada.
—Uno nunca sabe—declaro con alivio—¿Entonces?—inquirió sintiendo como temblaba, ¿realmente estaba tan asustada?, se preguntó incrédulo. Estaba bien que ella nunca hubiese tenido novio-o al menos hasta donde el sabia-, pero no era para tanto—. Tranquila, no puede ser tan malo si no es un fanático de la política entonces no es malo—lo medido algunos segundos, cerró los ojos y señalo hacia la habitación del otro lado del muro. Volker siguió la línea que imaginariamente se dibujó en su cabeza, frunció el ceño y ladeo la cabeza enérgicamente. Ella no podía estar hablando enserio.
—¡Oh no, Lana!, deja de bromear—dijo dejándola de rodear.
—No estoy bromeando—musito con firmeza—, es el occidental que me salvo—en el fondo, ella no esperaba esa reacción de Volk.
—¡No, Svetlana! ¡No, no y no!—exclamo con enfado e incluso con pavor.
—¿Por qué?—inquirió en un susurro.
—¿Recuerdas dónde vives? ¿Lo has olvidado? Eres oriental y él es tu enemigo.
—¡Por favor, Volker! No puedes decir que él es el enemigo cuando tu apoyas sus ideales—le señalo con el dedo índice.
—Sí, pero por desgracia eso no nos tele transporta al otro lado, seguimos aquí y tenemos que respetar sus reglas para sobrevivir. ¿Cómo es que te fijaste en él? ¿Has establecido más contacto desde el incidente?—pregunto enfurecido. Lana empezó a relatarle todo lo que había acontecido desde que lo vio por primera vez, Volker no podía creerlo, con cada palabra sentía miedo y sin soportarlo más la interrumpió—¡Lo que estás haciendo es muy peligroso!—exclamo enfurecido. Svetlana lo miro sorprendida. Él se llevó las manos al cabello—¿Sabes quién vive ahí? ¿Quién es el chico que vez todas las tardes desafiando las salas y la seguridad de occidente?
—¿Si lo supiera, tendría esta cara?—inquirió sarcástica y enfadada.
—Pues deberías, en esa casa vive el Ministro de Defensa—le respondió severamente. Lana se quedó muda, incrédula por lo que oía—y seguramente tu platónico es el hijo menor, Blake.
—Y-yo no tenía ni idea—susurro—. Antes esa casa estaba vacía.
—Sí, pero es propiedad de su padre—Svetlana recordó aquella ocasión donde Volker le había explicado por qué las casas de Oriente eran tan grandes y elegantes. Al igual que en Oriente, el muro tenía que ser protegido casi como un secreto de estado y ellos consideraron que las personas más influyentes del país en la política, la milicia y las artes, serían las más adecuadas en guardar el secreto. Por eso a lo largo de la línea estaban las zonas más elegantes, los cuarteles militares y algunas instituciones del gobierno—. Apenas se acaba de mudar de América, pensábamos que era un soldado especial, entrenado para destruir oriente—sonrió.
—¿Por qué sonríes?—inquirió curiosa por la mueca del rubio.
—Mi padre estaba aterrorizado por ese chico, Lana, ninguno de nuestros hombres, pudieron darnos información concreta de él, temían que estuviera recibiendo un entrenamiento especial y por eso el gobierno lo protegía tanto. Hace unas semanas nos llevamos una sorpresa al descubrir que él era un simple estudiante de música—Lana sonrió para sí misma tímidamente, le daba gusto escuchar que Blake-un nombre que le pareció exóticamente encantador-era un músico; pero al igual al saber lo importante que era su familia, sintió que la distancia que los separaba era aún más larga y profunda que dos calles, dos ejércitos y un muro. Se hizo un silencio. Volker, la observo, en cuestión de minutos le había arrebatado el brillo de los ojos a Lana, lo cual le produjo un enorme vacío en el estómago. Sabía que él no era nadie para quitarle lo que la hacía un poco feliz, pero no era una situación fácil. Quizás si él fuese un simple civil todo sería un poco más sencillo, pero aún seguía siendo algo extremadamente peligroso. De una u otra forma no existía una salida sin heridas de ese inocente juego.
—Lana—dijo con un tono profundo—, tienes que dejar de verlo—continuo observando cómo se encogía con las palabras—. Es peligroso, para ti y para tu familia. Si te descubren, te tacharían de traidora del partido y de la patria, tu familia también se vería inmiscuida y sabes bien que ese delito se paga con pena capital—dijo crudamente, esperando que surtiera un efecto "positivo" en ella y entrara en razón. Se hizo un silencio, mientras ella miraba hacia el vacío con una profunda tristeza. La abrazo—. No quiero que te hagas falsas ilusiones—susurro a su oído, estrujándola fuertemente contra él. Ella sabía que era verdad, que todas esas dolorosas palabras que él decía eran una maldita realidad que hasta ese momento se negaba aceptar—. Lo siento mucho, de verdad no tienes idea cuanto lo siento—le acaricio el cabello—, pero quiero evitarte todo el daño que sea posible—él siempre estaba tan preocupado por ella, pensó con gratitud y un poco de miseria.
—Tienes razón, si quiera pensarlo es una estupidez ¿no?—inquirió con la voz entrecortada, no lloraba pero si tenía muchas ganas de hacerlo. Lo abrazo aún más fuerte—Tú nunca me dejaras ¿verdad? —susurro tratando de encontrar algo nuevo a lo que aferrarse.
—Nunca, somos hermanos ¿lo olvidaste?—dijo tratando de sonar reconfortante. Lana negó con la cabeza, tratando de sentirse mejor, pero era difícil. Durante el ratito que estuvieron juntos, Volker trato de platicar de otras cosas un poco más alegres para que ella olvidara su tristeza, pero al partir era evidente que ella volvería a sentirse más.
Svetlana se quedó en la azotea, no quiso bajar a despedir a Volker y el tampoco insistió demasiado. Miraba hacia la ventana de "Blake, Blake, el libre", pensó. ¿En que estaba pensando?, se preguntó. Era una persona muy tonta, no media el peligro, afortunadamente siempre estaba Volk para protegerla y hacerla entrar en razón. Si sabía en que estaba pensando, en el veía algo que ella jamás podría tener, libertad. Eso era lo que la tenía obsesionada, el deseo de saber que era ser libre, sin miedo de que por hablar, mirar, escuchar terminaras siendo sentenciado por la pena capital. ¿El valoraría su libertad?, se cuestionó mientras movía sus pies al aire. Esperaba que sí. Se dio cuenta que así hubiese sido una chica, una persona adulta, un niño el que viviera del otro lado del muro, ella se habría obsesionado con esa persona por el simple hecho de tener algo que ella caricia. Agregando también el hecho de que sin tener que hacerlo, la salvo, pero tampoco era algo de lo cual pudiese impresionarse si bien había sido un acto valiente, también era un acto que cualquier humano habría hecho occidental, finés u oriental, la vida era algo que no se podía dejar a la deriva.
El occidental se asomó por la ventana, mirando directamente hacia la ventana de Lana. Ella miro su viejo reloj digital, marcaban las dos y cuarto de la madrugada y el seguía despierto. Quizás estaba esperándola, lo siguió con la mirada cuando se alejó del marco y luego observo como se apagaba la luz de la habitación. Él también se rindió, sin saberlo, lo había hecho y para Lana era el momento de volver a su vida, a Oriente a quedarse con sus grilletes y no volver a pensar en una utópica libertad, pues no apareciera de la noche a la mañana. Estaría condenada a ser una esclava más del partido y tenía que afrontar con dignidad su futuro. Se puso de pie y bajo a su habitación, pensando en cómo haría para evitar encontrarse con él, al menos hasta que él se cansara y dejara de esperarla. Pero ella sabía que eso era lo más fácil de lograr, lo difícil seria sacárselo de su cabeza.
