VIII

Sé que puede parecer algo sorprendente, pero cuando por fin logré conciliar el sueño, tuve una noche increíblemente plácida. La tranquilidad no duró mucho. Cuando la sombra del sueño se despejó de mi mente, todo regresó a mí de un solo golpe. Me levanté y fui a la habitación de Dinky. Deseé con mucha intensidad que, cuando abriera la puerta de su habitación, ella me recibiera con una sonrisa y que, al final, todo hubiese sido un horrible sueño. Pero no fue así. Allí seguía su cuerpo como lo había dejado la noche anterior.

Volví a cerrar la puerta con llave, anoté un par de indicaciones para Ditzy y salí al ayuntamiento sin arreglarme. Sabía que debía estar temprano si quería hacer el papeleo con rapidez. La alcaldesa, en vista del devastador efecto de la epidemia, decidió crear un subsidio especial para los padres cuyos niños hubiesen muerto por la enfermedad. Ella había prometido que se harían cargo de los gastos fúnebres, pero nadie contaba con que la epidemia alcanzara cifras tan trágicas. Al final, hubo tan poco espacio que se crearon varias fosas comunes, en las que se ponía una sola lapida con el nombre de todos los niños que habían sido enterrados.

No tenía opción. A esas alturas nadie la tenía. Dinky tuvo que ser enterrada en una fosa común. Ese mismo día, se arregló una pequeña sala para que pudiésemos elevar nuestras últimas plegarias a los dioses creadores. Me tomé la molestia de redactar una carta para que fueras a despedirte, pero el día del entierro no te presentaste. Todos los demás iban acompañados de familias numerosas. Un enorme y amoroso adiós era lo que deseaba para mi niña, mas tuvo que conformarse con mis sentimientos y los de su hermana.

Fue una sensación extraña llegar a casa luego del entierro. Creo que con mamá no tuve tiempo de sentirlo porque ella vivía lejos de mí, y la presión de cuidar a mis hijas no me dio tiempo de extrañar su ausencia. Sin embargo una vez el riesgo de la enfermedad desapareció, todo llegó de golpe.

Los hábitos que había arraigado durante tanto tiempo regresaban para recordarme la ausencia de quienes amaba. Los primeros días, siempre pasaba por el cuarto de Dinky para despertarla. Me marchaba con un suspiro al ver todas las mañanas la cama perfectamente tendida. Ya no tenía el consejo de mamá, ni la esperanza de mi hija. Andaba por un limbo de emociones, que sólo cobraba forma cuando entraba en la habitación de Dinky, entonces el dolor se intensificaba. En aquellos momentos, hubiese dado todo mi dinero por un abrazo de mamá y una sonrisa de mi hija… nunca he podido dejar de lado ese deseo.

Un día me armé de valor y te fui a buscar. Habían pasado un par de meses desde la última vez que te vi. Fuiste renuente conmigo, pensaba que estabas enojado, pero, en realidad, te avergonzaba no haber ido al entierro de Dinky. Pensé en darme por vencida. Al final, me recibiste una noche con una tasa de chocolate caliente y retomamos las cosas donde las habíamos dejado.

Agradezco que hayas estado allí para sacarme del vacio; pero cometí un error: La descuidé. Descuidé a mi niña. Estuve tan necesitada de consuelo, que no me fijé en el ánimo de mi hija. Ella también merecía se consolada, y aún así yo no estuve para ella. Tomé pésimas decisiones. Cuando empecé a notar que su ánimo caía vertiginosamente, la insté a que fuera con el psicólogo del colegio. Debió haber hablado contigo… Aún hoy me arrepiento de lo cobarde que fui al tratar de ocultarte nuestros problemas. Pensaba que las inseguridades y temores de ambas terminarían por alejarte. No podía permitir que eso pasara, te necesitaba.

Solo fue cuestión de tiempo para que sus notas empezaran a bajar. Poco a poco, empezó a volverse más agresiva y sus amigos se empezaron a alejar de ella. En determinado punto, pensé que las cosas no podían empeorar, así que te lo conté todo; pero ya era muy tarde. Pocos días antes, Ditzy había comprado con sus ahorros una enorme cantidad de frutas, hierbas y setas. Duró un buen tiempo experimentando, hasta que consiguió cocer una espesa melaza verde que, cuando se enfriaba, se cristalizaba.

Ella había leído sobre la antigua medicina chamánica y, con el conocimiento adquirido, logró destilar una droga alucinógena potente y de largo efecto. Ditzy creyó que le ayudaría a encontrar la solución a sus problemas, pero no fue así. En muy poco tiempo, se volvió salvajemente agresiva. Tanto, que tuvo que ser suspendida. Mas aquello fue un error fatal. Todo ese tiempo ella lo desperdiciaba en sus alucinaciones.

Durante mucho tiempo, no fui capaz de comprender a qué se debía su cambio de actitud. Ni siquiera podía sospecharlo. Ya había arreglado una cita contigo para que hablaran a solas. Ese día llegué más temprano a casa. Cuando la busqué en su habitación, ella estaba recostada en el suelo con la mirada extraviada. Por poco me da in infarto. Realmente pensé que iba a perderla, fui volando a toda velocidad a tu casa y te imploré que le salvaras la vida.

En aquel punto, yo pensaba que había superado el dolor de la muerte, pero mientras íbamos de vuelta, podía sentir como mi corazón se volvía a desgarrar de sólo pensar que Ditzy iba a morir. Cuando llegamos a casa, tenía en mis mejillas el surco de las lágrimas. Tú te acercaste a ella y la examinaste. Estaba dispuesta a darte todos mis ahorros si la salvabas. Luego de revisarla, descubriste que se encontraba dopada.

Me aseguraste que no tenía por qué preocuparme. En lugar de eso, me instaste a que tratamos de descubrir lo que la había llevado a ese estado. La dejé sobre su cama y empecé a buscar con cuidado. Me era difícil concentrarme, ya que el tiempo pasaba y ella seguía sin mover un músculo. Entonces, de tanto mover muebles, finalmente logré encontrar una lámina verde tras el closet de su habitación.

Tú y yo habíamos visto que Ditzy tenía lengua pigmentada en verde. Yo conocía mi casa, y sabía que esa lámina no pertenecía a mi hogar. Apenas ella despertó, te marchaste con la lámina para examinarla. Al principio, Ditzy estaba avergonzada de que la hubiese encontrado tendida en el suelo. Me dijo que se había desmayado mientras organizaba su cuarto. Se comportó muy sumisa, pero cuando se enteró que te di la lámina, ella ardió en ira. Se puso histérica y se encerró en su habitación a llorar.

No tenía ni la más mínima idea de cómo actuar al respecto. Ella nunca me había hecho una pataleta de ese tipo, y ya siendo mayor era mucho más difícil de controlar. A los dos días regresaste, luego de analizar la lámina. Lo que me dijiste no me resultó nada tranquilizador. Aquella droga, en una dosis pequeña, podía ser tan potente como una anestesia general. Simplemente era un milagro que ella no hubiese sufrido un infarto con las dosis que tomaba.

Traté de hacerla entrar en razón, de hacerla hablar contigo o con alguien que fuera capaz de ayudarla; pero ella no deseaba ser ayudada, ni mucho menos pensar en su problema como una adicción. Lo manejé durante semanas de un modo torpe. Hacia una limpieza regular de arriba abajo en busca de los cristales. Sin embargo, ella siempre encontraba la manera de volver a llenar cualquier rincón casa con ellos. Los encontraba detrás de los muebles, debajo de ellos, entre los agujeros en los ladrillos, la ropa vieja y cualquier lugar que sirviera de escondite. Duré varias semanas con esa rutina, hasta que un día, en medio de mi búsqueda, hallé tres cristales en su alforja de colegio. En ese momento temí lo peor, pero no tuve tiempo de especular al respecto porque, al día siguiente, nos llegó la noticia: La última amiga que le quedaba a Ditzy había muerto de un infarto.