La historia es mía, cualquier semejanza con otra es pura coincidencia. Los personajes pertenecen a Meyer, sólo me adjudico algunos.

Disfruten.


La expresión en su rostro no era para nada tranquilizante. Me sentía mal de alguna manera, algo... se había quebrado.

—Bella... no. — se alejó un poco de mí. — No creo que eso sea conveniente.

—¿Porqué no? — tomé su rostro con ambas manos. — Te amo y quiero demostrártelo.

—No hace falta eso. También te amo, pero eso... no va a hacerme sentir más cosas por ti o va a cambiar algo.

—No, no. Sé que no. — negué. — Pero quiero sentir eso que jamás sentí, y no solo eso. Quiero que tú me hagas sentir... todo eso. — esbocé una media sonrisa. Y todo lo que le estaba diciendo era verdad, quería hacerlo y me sentía preparada.

—De momento no quiero que esto se base en hacer el amor o no, habrá tiempo. Y sin presiones, todo... despacio.

—¿Crees que si lo hacemos algo va a cambiar entre nosotros? ¿Es ese tu miedo? — le pregunté.

—Creo que vamos a tener que sólo... hacerlo. Se nos hará costumbre y no quiero que se base en eso nuestra relación. Quiero disfrutarte, pero de esta manera. — me tomó por la cintura y me acercó a él.

Me besó apasionadamente. Y supe que él tenía un corazón... grande. Profundo, y allí había un lugar especial para mí. En el fondo, estaba yo. Y lo sabía porque él estaba en el mío y lo sentía.

Bailamos un rato y cenamos junto a unos conocidos. Lo extraño fue no ver a Jeremy, realmente me pareció raro que él no estuviese en el baile.

—Me haces muy feliz, Bella. — acarició mi mejilla.

—Tú a mí, en serio. — acomode mi cabello y... sentí algo extraño. — ¿Me disculpas... un segundo?

—Claro, ¿vas al baño? — me preguntó y asentí.

Carajo, tenía una maraña de cabello... el mío. Cuando entré al cuarto de baño y me vi en el espejo... quise morirme. Vi un sector de mi cabeza con poco pelo, se veía la carne. No sabía si llorar o salir corriendo. ¿Porqué estaba pasándome eso a mí? Estaba... quedándome calva. No veía razón, no encontraba motivo más que Edward para quedarme allí. Necesitaba ir a mi habitación, necesitaba encerrarme, necesitaba... que él no me viese.

Me pareció injusto irme, me pareció un gesto malo de mi parte hacia Edward. Pero me disculparía más tarde, si es que... me animaba a verlo.

—¿Qué ocurrió? — me preguntó Rita, a penas ingresé a la habitación.

—Voy a... suicidarme. — murmuré, apoyándome en la puerta.

—¿Todo está bien? — se acercó a mí y lamentablemente me quebré.

—Estoy quedándome sin cabello. — sollocé, esquivándola y entrando al cuarto de baño.

Me encerré allí y me metí en la tina. Me quité el vestido, dejé que el agua caliente relajase mi cuerpo y poco a poco refregué mi rostro. El maquillaje se había corrido, tenía unas ojeras asquerosas, me sentía... mal por dentro.

—Bella. — sólo eso me faltaba, Edward insistiendo del otro lado. — Nena, abre la puerta.

—Quiero estar sola. — sollocé. De alguna manera su voz me sensibilizaba.

—Estoy hablándote como tu doctor, no como tu novio. Bella, abre la jodida puerta. — forcejeó el picaporte.

Me puse de pie, me envolví con la toalla y abrí. Me miró fijamente.

—¿Qué sucedió? — me tomó por los hombros, inspeccionándome.

—¿Rita... está aquí? — le pregunté y negó con su cabeza. — Hazme el amor. — murmuré, acercándome a su boca.

—No... Bella. — cerró sus ojos.

—Quiero esto, y... tú también lo quieres en el fondo. — susurré en sus labios, tomándolo por su cuello.

—¿Te sientes bien? — me preguntó.

—No del todo. — lo besé.

Lo empujé hacia la cama. Él en un movimiento dulce me hizo caer debajo de su cuerpo. Tenía miedo, realmente. Pero pensé en que una cosa así no se daba todos los días, por lo tanto, iba a disfrutarlo, iba a poner lo mejor de mí porque lo amaba profundamente y estaba enamorada de él.

—Bella, ¿estás segura de que quieres esto? — jadeo en mi lóbulo.

—Sí, quiero que me hagas el amor. No quiero morir... y... — Murmuré.

—Entiendo. — asintió.

—Pero si tú no quieres, no quiero presionarte Edward.

—No es presión. Quiero que ambos estemos seguros de lo que vamos a hacer y que si te arrepientes...

—Mírame. — tomé su rostro con ambas manos y nuestras miradas se encontraron. — Jamás podría arrepentirme de hacer algo así contigo. Es lo que más quiero en este momento, es lo que más necesito.

—Te amo. — me sonrió y reí.

—Yo más, eres mi vida.

—Aún con todo el maquillaje corrido eres hermosa. — me dijo en los labios y esbocé una media sonrisa.

La toalla que me envolvía ya estaba en el suelo y la bragueta de Edward estaba baja. No me sorprendí al ver su miembro. Era el primero que veía en mi vida, pero de todos modos... era normal. Ni grande ni pequeño, ideal para mí.

Sin dejar de besarme, me penetró. Dolió un poco, pero no estaba enfocada en el dolor de mi vagina. Estaba pensando en él, en ese instante, en que un encuentro apasionado se estaba apoderando de mí. ¿Qué sentiría Edward?

—Qué... intenso es esto. — Jadeé, besando todo su cuello.

—Eres tan especial. — murmuró, embistiéndome.

—Carajo. — maldije, aferrándome a su amplia espalda.

—¿Algo anda mal? — me preguntó.

—No, sólo... siento demasiado placer. — le respondí con timidez.

—Bella, si quieres que me detenga...

—Mejor... detente. — Murmuré, sintiéndome... extraña.

Él salió de mi interior y pude ver con claridad su pene, aunque las luces estuviesen apagadas. Me dolía mi pecho, algo no andaba bien.

Edward se colocó el pantalón y me sentía mal. Seguía con su erección allí y por mi culpa no había disfrutado nada. Ahora me sentía distinta, ya no era más virgen. Había hecho el amor, torpe pero apasionadamente con él.

—¿Qué sucede? — me preguntó, cubriéndome con las sábanas.

—Siento que algo no anda bien. — le respondí.

—Es mi culpa. — se sentó a mi lado y acarició mi cabello. — No debí... no debimos.

—Estoy bien por ese lado. Edward, me encantó. Aunque no haya durado demasiado... por mi culpa... — Murmuré, mirándolo.

—No importa cuanto haya durado. Lo que importa es que lo hicimos con amor, ¿sabes?

—Sí, Edward, lo sé. Pero quería que fuese perfecto y fue horrible.

—No lo fue para mí. — me contestó.

—¿En serio? — le pregunté.

—Fue muy lindo. Tú lo eres. — me abrazó.

Él tenía razón. No había durado mucho, pero había sido grandioso, lo había disfrutado y ese momento de conexión, estaba sellado en mí, para siempre. Habíamos hecho el amor. Yo ya no era más virgen y estaba contenta con eso, pero no por el hecho de que mi himen ya había sido roto. Si no que había sido Edward quien me había hecho suya.

Nos despedimos y él me dejó descansar. Había sido una noche endiabladamente buena, pero lo bueno termina, y ya era hora de descansar. Tenía demasiadas ganas de contarle a Rita lo que había pasado, ella seguramente no se esperaría algo así de mí. Pero bueno... yo no era sólo una cara angelical. Y podía mostrarle eso a Edward, sólo que no podía, no me sentía fuerte. Y fue por ese mismo motivo que quise detenerlo y quise que dejasemos de hacer el amor tan rápido. Algo en mi pecho no funcionaba, pero no fui capaz de decírselo, no quise arruinar el momento.

—Entonces... llegué desesperada y me metí en la tina. — en la mañana le conté a Rita lo que había sucedido con Edward.

—Bella... esto se está poniendo bueno. — festejó, prestándome atención.

—Él vino a mí muy rápido. Y juro por dios que una idea terrible se cruzó por mi cabeza al notar que estaba quedándome calva. — Murmuré.

—Bella, ¿qué idea? — me preguntó completamente seria.

—Ya sabes... no esperar a estar consumida. — le respondí.

—¿Estás hablándome en serio? — se puso de pie. Realmente lucía cabreada. — No puedo creerlo. — me miró de una manera distante y salió de la habitación.

—Rita. — la llamé y me ignoró por completo.

No había sido bueno decirle eso a ella. Y esa actitud tan fría de su parte... causó algo en mí. Me levanté con cuidado y fui al cuarto de baño a cepillarme los dientes. Casi muero al ver que los mismos estaban amarillentos, astillados, destruidos. ¿Qué pasaba conmigo? Algo... algo andaba mal en verdad.

Para colmar mi paciencia, el doctor Paul me visitó. Por supuesto no lo recibí con buena cara, pero hice un esfuerzo porque bueno... él no merecía un mal trato de mi parte. Ni siquiera me conocía bien como para aguantarse mis dramas. Y el más importante y dañino para mí era que cada jodido día que pasaba me veía, me sentía y lucía fea. Me daba asco, pena.

—¿Porqué estás fuera de tu cama? — me preguntó, y rápidamente me acosté. Órdenes de un médico eran órdenes que debía cumplir quisiese o no. Estaba bajo sus normas e indicaciones.

—Necesitaba ir al baño. — le contesté.

—Bella, luces fatal. No creo que estar fuera de tu cama por largos ratos sea buena idea. — me dijo con tono dulce y fruncí el ceño.

—Sólo fui al baño. — me cubrí con las sábanas.

—Voy a necesitar que te sientes. — me pidió, acercándose.

—¿Para? — le pregunté tajante.

—¿Recuerdas eso de la quimioterapia? Bueno, se basa en inyecciones y medicamentos. Hagamos esto simple y deja de bufar por todo.

—Tú no vas a decirme qué hacer. Las mierdas que me estás inyectando me hacen mal, estoy quedándome calva, mis dientes dan asco, mis uñas están horribles. — le dije de mala manera.

—Bella, lo que te inyecto te hace bien.

—¡No lo siento así! — le grité.

—Quiero ayudarte, sólo eso. Déjame hacer mi trabajo. — me tomó del brazo y lo asesiné con la mirada.

—Voy a dejarte trabajar. Pero no me hagas doler. — lloriqueé.

—Claro que no. — fregó mi muñeca e inyectó.

La verdad era que había dolido un poco pero no tanto como creí. En ese momento recordé a Edward, sentí en mi corazón algo lindo, cálido. Analicé mi situación, nuestra situación. Lo había encontrado, tan perfecto como lo había imaginado, tenía a mi lado a un príncipe. Y era sólo mío. Él había encendido la luz en mí, me había llenado de fé, de esperanza.

Quizás lo peor de ese día fue haber escuchado al doctor, decirle a Rita que estaba empeorando. Que algo no andaba bien en mí y que era preocupante. Quizás y era la hora de afrontar mi situación de todas las formas, sentimentalmente, mentalmente y corporalmente.

Tal vez y no todos estaban mal, tal vez y era sólo yo la que estaba mal. Era una posibilidad pensar en que todos estaban mal por mi culpa, era posible que mi existencia molestase y disgustase a los que quería.

¿Tenía que yo ponerle un fin a mi existencia? Sonaba mal, pero podía ser la solución a todo y para todos.


¿Qué opinan de este capítulo? Espero que les haya gustado.

Como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias, Anbel. :)