¿Qué queres? – expresó fríamente.
Hablar y negociar. – contestó amargo del otro lado. – Me usaste, es lo mínimo que podrías… Hacer, Elena. – su voz le traía tantas cosas a la mente y ganas, unas profundas ganas de golpear todo lo que tuviese en frente.
Yo no te usé en ningún momento.
Bien, pero yo ahora si voy a usarte para mi propio bien. Está bien, lo acepto, vos no me usaste… Yo si. Es bueno darse cuenta ¿no? – le dijo molesto y sintió que algo se caía del otro lado.
¿Qué? – esto no podía ser nada bueno.
Aún no lo sé, querida Elena… Pero créeme que va a salir muy caro, muy caro. – su voz venenosa resonaba en sus oídos y lo cubría todo. Una serpiente disfrazada de oveja. Un cobarde oculto tras un teléfono… Si Damon se enterara. Dios.
Cobarde.
Astuto diría yo Elena. Pobrecita. – contestó enroscado en un mar de furia y venganza. Idiota. Hipócrita. Manipulador. Mentiroso.
¿Y si no quiero cumplir?
A como se te ocurra cuento esa verdad que sólo vos y yo sabemos, cuento todos los detalles de esa noche en la que SI te acostaste conmigo pero que tanto tratas de ocultar diciendo que estabas ebria y créeme… Hay fotos de eso. Hay palabras, grabaciones, todo puede comprobar que no estabas tan ebria como juras. – contestó satisfecho con su amenaza.
Ahora sí estaba en problemas. Tenía pensado decirle a Damon que algo había sucedido… Pero ocultarlo tras una borrachera ya no sería excusa porque como bien decía, no estaba borracha y no habría manera de comprobar lo contrario. Hacer lo que le pedía era su única opción, la única manera de salvar su matrimonio.
Porque se imaginó lo poco que iba a quedar de él si Damon se llegaba a enterar que si se había acostado con otro hombre cuando ella le había jurado bajo mil promesas que eso era mentira, que lo había engañado, si, pero no de la manera que pensaba.
Idiota había sido en tratar de ocultar algo que ya iba a saberse, tarde o temprano.
"Las mentiras tienen patas cortas" decían y estaban en toda su razón. Y ahora ese cobarde iba a sacarlas a la luz si no cumplía con todo lo que le pedían. Con cada una de sus locuras tan inoportunas en éste momento en el que todo iba bien… En el que todo florecía como la primavera luego del devastador invierno.
Damon iba a volver a ser frío como siempre, no, no, no podía permitirse eso. Pero a la vez sabía que iba a enojarse porque al tener dos oportunidades de decirle la verdad las había desaprovechado a cada una de ellas y enterarse por terceros no iba a ser una buena opción. Ya suficiente había sido la primera vez cuando alguien llamó a su casa sabiendo que no iba a estar en ella y que podría hablar perfectamente con Damon sin que nadie interrumpiera esa charla tan… Indecente.
Enfrentarse a Damon nuevamente y agotar su paciencia ya definitivamente. ¿Cuántas veces iba a perdonarla? Si tan sólo se lo hubiese dicho esa noche cuando empezaron las confesiones, cuando sabría que él lo… "Entendería" ahora ya podrían tenerlo superado.
No. Ahora que ya todo estaba bien iba a tener que volver a confesar el peor de sus pecados. Lo peor que podría decirle a Damon en éste momento para terminar de corromperlo por dentro.
¿Ahora qué? ¿Seguir la mentira y ser lo suficientemente inmadura para eso? ¿O esperar a la noche y hablar con Damon, confesarse completamente de todo y esperar a que sea lo mejor? Madurar, al fin madurar.
Volvió al ascensor, iba a ir a buscar sus lentes y saldría corriendo de allí para aclararse. Para poder pensar qué hacer, cómo sería la mejor forma de encarar el asunto y hacerse cargo de sus acciones.
Tener la valentía necesaria como para no ser igual que esa persona a la que había dejado colgada en el teléfono.
Elena – gritaban dentro de su mano. Un celular que olvidó desconectar y ese poco hombre hablándole. Colgó. Ya poco le importaba.
Presionó el botón helado y la yema de los dedos comenzó a calentarse por la ira que la aguardaba en esa oficina que hasta hace una hora la había hecho tan feliz. Igualmente no iba a decírselo ahora porque eso supondría un desequilibrio total en toda la empresa… Ahora entendía lo fuerte que puede llegar a ser el karma. Vengándose de ella por sus malas acciones, por todas las malas decisiones que tomó en la vida, le arrebataba lo bueno… Le arrebataba a Damon y quién sabe si éste no iba a quitarle a sus hijos.
No. Él no sería capaz de hacer algo así porque sí sabía cómo comportarse ante una situación y ser lo mejor para todos, aunque no para él.
Pisos más arriba y su presión sanguínea iba descendiendo hasta casi quedar en -10… Era horrible esa sensación de volver a ver a Damon destruido por su culpa, con tantas ganas de ser feliz y era ella quien las arruinaba a cada momento. ¿Por qué tuvo que equivocarse de aquella manera? ¿Por qué simplemente no le pedía el divorcio y lo dejaba irse y ser feliz en otro lado?
Porque era la persona más egoísta, caprichosa e idiota del mundo.
Esos tres adjetivos tan simples podían describirla en todos los sentidos en los cuales era demasiado mala para Damon y para toda su familia… Pensaba siempre en ella… ¿En qué pensaba cuando lo hacía? ¿Qué le pasaba por la cabeza? La culpa evidentemente no porque hubiese frenado todo y se marchaba esa misma noche de allí sin nada que aclarar y sin volver a verlo en todo lo que pueda durar la eternidad.
¿Con qué necesidad lo hizo? Pues simple, con la de unas amigas rogándole que le diga que sí a ese chico que la invitó a tomar un café. Con unas amigas que odiaban con toda su alma a su esposo sin ningún porqué… ¿Quién podría odiar a Damon? Ah sí, él las había despedido y les había mandado una carta – fuera del ámbito legal – a sus domicilios donde explicaba que las despedía porque eran incompetentes y no servían en la empresa.
Si cierto, ahora lo recordaba con más claridad. Desde ese día sus amigas no pueden verlo ni siquiera en una foto que ya empiezan a hablar mentiras de él y ella, siendo su esposa. No podía defenderlo… A él, al hombre con el que había elegido vivir su vida.
Ese que se había hecho cargo de todas sus necesidades cuando era una adolescente y la había ayudado a crecer, a saber qué estaba bien y qué estaba mal, él que la había hecho toda una mujer, su dueño, su señor… Damon Salvatore. El importante hombre de negocios que con tan sólo mirar a una chica puede llegar a enamorarse. La había elegido a ella… ¡PRECISAMENTE A ELLA! Que fingía ser lo mejor ¿y qué terminó siendo? Esa basura que no respetó nada. Nada. Todo lo que pudo romperse, ella lo rompió y aún teniendo la oportunidad de repararlo, siguió triturándolo hasta hacerlo pedazos invisibles de material que ya no servía para nada.
Caminó hasta la oficina y escuchó ruidos del otro lado de la puerta… Una mujer y Damon hablando y riéndose.
¿Y estos anteojos? ¿De tu novio? – comentó divertida mientras se los ponía.
¡Katherine! ¿También escuchaste eso?
Si, todo el edificio los comenta… Simplemente reía cuando los escuchaba. Cada vez son modificados más… Cuando me vaya seguramente van a decir que concurres a las marchas para que el casamiento igualitario sea una ley.
No soy homosexual… Y tampoco tengo nada en contra de ellos. El amor es el amor y no hay porqué discriminar a nadie por el hecho de amar. Así que no entiendo porqué lo hacen conmigo, o porqué crean cosas que nadie puede afirmar. – respondió.
En eso te apoyo, el amor es el amor. Nadie tiene que obligarnos a sentir algo por una persona del sexo opuesto… No entiendo porqué los discriminan así.
Es un tema que viene desde hace años y en el cual es mejor no meterse, las discusiones podrían no acabar nunca. Bien… ¿Para qué venías?
Contratos, balances, documentos, etc, etc, etc. – dejó una carpeta espesa de papeles y se sentó en el sillón frente a él.
¿Los termino hoy?
No creo, yo hace dos meses vengo preparándolos… No son tan simples y mucho menos si vas a revisarlos uno por uno. Lo cual recomiendo. – se soltó el cabello para volver a atarlo.
Voy a tratar de entregártelos lo más rápido posible, pero no prometo nada. – se levantó - ¿Un café?
Whisky. El día no va a pasarse rápido si no lo apuramos de alguna manera…
Es verdad. – le sonrió de lado amargamente y le pasó el vaso con hielo. Suspiró cansado, perdido en sus pensamientos que no le dio importancia a ella, tampoco es que le molestara aquello. Estaban bien en esa paz silenciosa escuchando los susurros provenientes de todas las paredes y de cada rendija que daba paso a la luz del sol. Unos golpes miedosos en la puerta. – Pase… - dijo autoritario. Elena detrás de la puerta asomándose desconfiada sin saber qué hacer. - ¿Qué pasa? – había cambiado totalmente, ya no era el Damon que la estaba abrazando anteriormente. La presencia de Katherine allí modificaba tanto las cosas. Y no entendía por qué su esposo aún no había caído en sus redes… Alta, delgada con un cuerpo digno de una modelo de las mejores pasarelas, bronceada, su cabello castaño lacio y sedoso y una sonrisa de peligro estampada en la cara.
Bien, yo me marcho… Revisa los papeles, Salvatore. – agregó fundiéndose con la salida.
¿Qué pasó Elena? – volvió a preguntar.
Olvidé los anteojos… - estaba ausente. Katherine, bromeando, con Damon, en su despacho, solos, desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde. Siempre solos.
Ah sí, toma… - se los tendió y notó que algo estaba mal con ella. - ¿Estás bien?
Si, algo mareada pero bien.
¿Queres tomar algo?
Ya tomé, en seguida se me va a pasar vos no te preocupes. Me voy a casa, nos vemos a la noche.
Hoy llego temprano. – miró aburrido la pila de papeles. Volvería temprano pero con tareas interminables por hacer.
Genial ¡qué alegría! Menos tiempo para decidir, para elegir las palabras correctas y confesar el crimen cometido. Para dañarlo una y otra vez sin cesar a cada nueva palabra dicha, escuchar el susurro de su corazón, del cielo anaranjado atardeciendo detrás de ellos en un grito ahogado que suplicaba un perdón que jamás sería mencionado. Un adiós evidente, una tristeza incontenible por las malas decisiones a las que ella sola se había arrastrado impulsada por algo que no se tomó el tiempo a pensar como siempre hizo.
Por algo más fuerte que ella que le decía que nada iba a suceder… Que las cosas estaban en perfecto estado y que nadie tendría porqué enterarse de esta aventura adolescente de la que se creía capaz de participar sin herir a nadie.
Como si tuviese dieciséis años nuevamente.
Como si fuera la adolescente mediocre que jamás dejó de ser, simplemente para cambiar su cuerpo y tener un título colgado en la pared. De nada más le había servido crecer porque jamás lo había hecho.
Siempre bajo las órdenes y decisiones de Damon que vivía constantemente haciendo lo correcto y ayudándola en SUS decisiones…
Y ahora le echaba la culpa a Damon, era una persona de lo más patética.
Ya era la noche, sus hijos durmiendo y ella en el sillón con un vaso de vino blanco en la mano mirando a Damon sentado frente a ella leyendo, concentrado, perdido en un mundo en el que las palabras lo acuchillaban y se clavaban en el uniéndose para formar un sentido poético que le encantaba. Algo verosímil que lo traía a la realidad constante y volvía a tele transportarlo a la fantasía de un mundo del que nunca iba a escapar porque por siempre sería un niño.
¿Y ella qué era?
No, ella no era una niña. Ella era una adolescente… Una pendeja.
Terminó el vaso y con la uva quemándole la garganta y atorándose allí abrió la boca para susurrar en algo casi inaudible.
Te mentí. – el odio hacia ella misma se quedaba pegado en el paladar. – Sí te fui infiel de la manera en que vos pensaste y nunca te lo dije porque no quería lastimarte más de lo que ya lo había hecho. Perdón… Yo no quise.
¿Eh? ¿Dijiste algo? Tenía puestos los auriculares… No escuché.
Y su valentía volvía a venirse abajo.
Las cosas jamás serían fáciles así.
