Capítulo 9: Totò


Lovino Vargas, a pesar de no tener dotes adivinatorias, predijo que su muerte protagonizaría la próxima portada de los peores periódicos sensacionalistas de la ciudad. Govert lo estaba observando con la mayor cara de odio jamás vista en él. Temblaba, pero realmente no podía hacer otra cosa. Unas gotitas de sudor parecían pasárselo en grande mientras correteaban por la faz del italiano. ¡Cabronas, él sufriendo y ellas divirtiéndose!

Ni siquiera se extrañó por estar insultando mentalmente a unas gotas de sudor. ¿Pero acaso importaba? Eran sus últimos segundos de vida y ni siquiera estaba teniendo todos aquellos flashbacks a los que tanto recurrían las películas de Hollywood.

—Te lo repito: ¿quién te hizo ese chupón? —preguntó Govert lentamente, saboreando cada una de sus ácidas palabras.

—Eh… Esto… —balbuceó sin mantener contacto visual con él— Fue… Fue… —se puso aún más nervioso. Tenía que decir algo ya— ¡Fuiste tú!

El cigarro que había estado tranquilamente en la boca de Govert cayó de golpe, al igual que el semblante ceñudo del pobre hombre. ¿Cómo era posible que Lovino fuese tan tonto?

Lovino se percató de la cara de incredulidad de Govert. Tenía que arreglar la situación lo antes posible.

—Habías estado fumando… Y te acercaste a mí mientras cocinaba y… ¡Y me hiciste el chupón!

—Yo no fumo —replicó con un deje indignado.

La mirada recelosa del italiano se posó sobre el cigarrillo y a continuación sobre el dueño de este.

Ya —contestó Lovino con sorna. Se sintió menos nervioso al adquirir una nueva actitud.

—Es tabaco, no lo que tú insinúas.

Ya.

—Te estoy diciendo que no me drogo —comenzó a molestarse.

Ya, ya.

—Los polvos blancos no son más que polvos pica pica —ahora el que comenzaba a mostrar atisbos de nerviosismo era el propio Govert.

—Desde luego, Govert, desde luego —el tono de Lovino, por una vez, era condescendiente. Le gustaba poner en un apuro al tulipán.

Govert, inseguro de si estaba furioso o avergonzado, dio un golpe en la mesa y recuperó de nuevo la atención de Lovino, al igual que el semblante amenazador.

—Mira, chaval, no estoy para tonterías —clavó su mirada en el chupón—. Dime quién y cuándo.

—¡N-no te tengo que contar lo que haga con mi vida!

—Mientras vivas bajo mi techo, sí —cogió el cigarrillo y lo depositó en el cenicero—. Especialmente cuando tus locuras involucran a Antonio.

Lovino no supo si era peor que Govert se creyese su padre o que ya estuviera sospechando que el culpable de aquella «marca del amor» fuera Antonio.

Qué listo era el cabrón.

—¡Antonio no…! —mierda, se le estaba quebrando la voz. ¿Por qué...?

Govert hizo un mohín de repulsión y se levantó de su asiento con intención de marcharse del local, ante el asombro de Lovino. Se volvió para dirigirle una mirada un tanto perturbadora.

—Esta cafetería es una mierda —espetó—. Llevamos aquí diez minutos y aún no nos han atendido. Chaval, vámonos.

—Pero…

—Que nos vamos.

Y ahí se zanjó el tema. Govert sabía a ciencia cierta que Lovino le estaba ocultando la verdad, pero era consciente de que intentar sonsacársela supondría un esfuerzo inútil.

Diez minutos después, ambos se encontraban haciendo la compra en el supermercado. Lovino no entendía bien el motivo por el que tuviera que acompañar a Govert, pero él prácticamente le obligó a hacerlo.

Seguía teniendo miedo.

—No queda papel higiénico —murmuró Govert, repasando su lista de la compra—. Y necesitamos chocolate, leche semidesnatada y confitura de melocotón.

—¿Para qué mierda necesitamos eso? —Lovino alzó una ceja.

—Para Emma. Sigue en casa.

Por mucho temor que le infundiera aquel hombre tan tosco, Lovino no pudo evitar sentirse un poco enternecido por aquel comportamiento de hermano mayor afectuoso. En el fondo era buen chico.

Muy en el fondo.

Aunque Lovino, a pesar de no mostrarlo muy a menudo, también era un buen hermano mayor —a su modo, pero lo era—. Nunca fue mimoso con Feliciano, pero siempre estuvo ahí para apoyarle en los peores momentos. Aún seguía sirviendo de pilar para los demás, en concreto para Antonio. Suspiró nada más recordar a aquel español idiota y sus caricias. Su aliento. Sus sonrisas.

Sin darse cuenta, ya estaba más encarnado que aquellos tomates tan jugosos y apetitosos que contaban con un 20% de descuento.

Buscaron los productos que necesitaban, pero Govert sintió que la presencia de Lovino cada vez se tornaba más sombría. Lo halló cerca de la sección de frutas y verduras con la vista perdida y triste.

—Chaval, ya hemos terminado de comprar —le dio un toque en el hombro, sobresaltándolo.

—¿Eh? Ah, vale —se mostró cabizbajo.

Govert manifestó su disgusto mediante su expresión facial. No le gustaba nada que el italiano fuera un alborotador y un puerco, pero verlo tan decaído tampoco le agradaba lo más mínimo. ¿Acaso no conocía un término medio? Cogió un tomate y lo situó a escasos centímetros de la nariz de Lovino.

—¿Sabes qué odia el tomate Tomás?

—Las caras largas, porque le recuerdan al alga Arga, lo sé —continuó Lovino, avergonzado por conocer uno de los lemas de un tomate ficticio.

—Chaval, ¿sabes cómo se me ocurrió Tomás, el Tomate Rebelde? —metió unos cuantos tomates en una bolsa de plástico por no quedar como un guarro manoseador de frutas ante el personal del supermercado.

—Ni idea —se encogió de hombros y, a pesar de continuar plomizo, mostró cierto interés por descubrir la gran verdad.

—Mi hermana y yo estábamos viendo la televisión cuando tu amigo Antonio —recalcó la palabra «amigo»— cogió tomates del frigorífico e hizo malabares con ellos. Obviamente, al muy memo se le cayeron al suelo y quedaron aplastados… menos uno. Vino emocionado a contarnos que «un tomate sobrevivió» y se me vino la idea a la cabeza —explicó como quien resume un libro de lectura obligatoria.

Los ojos de Lovino hacían chiribitas. Hasta esbozó una sonrisa tímida sin saber por qué. Pero él, Lovino Vargas, era conocedor del origen de Tomás. Lo mejor de todo era que Antonio había intervenido de una forma u otra en la creación del ídolo de ambos. Si se lo llegase a contar, seguramente el español no daría crédito.

La sonrisilla no pasó desapercibida ante Govert, quien se sintió algo orgulloso al ver que había logrado levantarle el ánimo a su compañero de piso.

Qué difícil era tratar con las personas.


Nada más volver a casa, se toparon con Emma cocinando. Parecía que Govert iba a estallar de furia de un momento a otro, pero se contuvo y, tras sacar a la fuerza a su hermana pequeña de la cocina y sentarla en el sofá, obligó a Lovino a que preparase algo para la niña de sus ojos.

—Hermanito, sé apañármelas sola —aclaró con una sonrisa incómoda.

—Estás de invitada. Punto —frunció el ceño—. Además, vas a ensuciar la cocina.

—¿Y Lovino no? —se rió— Y en realidad me invité yo sola así qu…

—Y no se hable más —interrumpió Govert.

Abrazó a su hermano, enterrando su rostro en el pecho del mayor. Él se limitó a acariciarle la cabeza como si se tratase del conejito más hermoso y dulce sobre la faz de la Tierra, aunque sabía de sobras que Emma era mucho más tierna que cualquier conejo, por muy mono que pudiera llegar a ser este. La retahíla de cursilerías mentales le produjo un tic en la ceja.

—Me vas a aplastar —Govert la apartó de él tras unos segundos.

Ella simplemente rió y se aferró al brazo de su hermano. De una manera u otra, siempre lograba encontrarse como una princesa cuando estaba con Govert, aunque quien más la mimaba era Antonio. Con él era una diosa. O lo era antes. Por mucho que le costase reconocerlo, echaba de menos a Antonio. Anhelaba que su relación fuera como antaño, ¿acaso era tan egoísta desear tal cosa? No hacían nada más que distanciarse y cada vez entendía menos a su novio. Por fuera era el mismo de siempre, pero intrínsecamente era una persona distinta. Había dejado de ser sincero y, para una vez que lo era, soltaba verdades a bocajarro que llegaban a doler más que una puñalada.

Suspiró.

Al cabo de un buen rato, Lovino los llamó a comer. Al parecer, había preparado nada más y nada menos que lasaña, uno de los platos favoritos de Govert. Los tres devoraron el plato como si llevasen meses sin ingerir sustento alguno. Lovino sonrió orgulloso de sí mismo.

—¡Qué rico está! —exclamó Emma— Oye, ¿me pasas la receta?

—Es lasaña normal y corriente —se encogió de hombros.

Aun así, adoraba ser el centro de los elogios. Si estuviera de mejor humor, habría fardado de sus habilidades culinarias y hecho reír a Emma. Pero ser simpático costaba trabajo, en concreto cuando tenía que intentar ser agradable con la persona a la que acababa de traicionar con premeditación y alevosía. ¿Pero por qué no dejaba de acusarse a sí mismo de traidor? No había llegado a hacer nada con Antonio. ¡Ni siquiera se habían besado! A pesar de todo, se sentía sucio. Quería quitarle el mayor de los tesoros a la chica que le había dado todo. Era un ingrato. Si no fuera por Emma, él continuaría vagando solo y melancólico por el mundo.

Tenía tanto que agradecerle a Emma y él se lo pagaba causándole más y más problemas con Antonio. Aunque él realmente nunca había intentado nada con Antonio, ¡todo era siempre culpa del puñetero español! Él era quien daba los abrazos, las palabras bonitas y todas aquellas mierdas cursis. ¿Quién no habría caído ante alguien así?

Súbitamente, dejó de comer. Prefería hacer cualquier cosa antes que permanecer en la mesa junto a personas tan estupendas como Govert y Emma. Él era escoria, simple escoria nauseabunda y ponzoñosa que no hacía otra cosa salvo generar discordia.

—Si queréis mi parte, os la podéis tomar —dijo tras pensarlo mucho—. No me apetece más.

—¿Y eso? —preguntó Emma, curiosa.

—Nada, me duele el estómago. Me voy a echar una siesta, a ver si me recupero.

Ante la mirada interrogante de ambos hermanos, se dirigió a la sala y se echó en el sofá. Su mente le torturaba. Su cuerpo le torturaba. ¡Antonio le torturaba, hasta cuando no estaba presente! Se tocó el cuello instintivamente. Ahí estaba plasmada la marca que demostraba que era el culpable. Un mísero pecador, porque al fin y al cabo, Lovino habría deseado más. ¿Hasta qué punto habría llegado Antonio si no se quedase dormido?

¿Y hasta qué punto habría estado Lovino echándose cosas en cara a sí mismo si no sucumbiese ante el sueño?


Cuando despertó, se dio cuenta de que una mantita lo cubría. ¿Habría sido Emma? ¿Govert, quizás? Fuera quien fuera, le pareció un gesto bastante tierno. Una persona pulcra y agradecida habría doblado la manta para luego colocarla en su lugar, pero Lovino era italiano y desordenado, por lo cual se limitó a dejarla desparramada y salir de casa sin siquiera despedirse. Necesitaba aire fresco.

¿Adónde podía ir? Pasear por pasear era soporífero y, desde luego, no iba a ir a la juguetería de Antonio. En primer lugar, porque continuaba enfadado con él por haberse embriagado.

Que hubiese acabado en la calle donde vivía su hermano, Feliciano, era mera casualidad. Obviamente, no lo había premeditado. Comprobó que el portal estaba abierto —siempre lo estaba— y entró. Montó en el ascensor para llegar al primer piso, a sabiendas de que su cuñado Ludwig lo regañaría por derrochar la energía de una manera tan ridícula, y timbró sin pensárselo dos veces.

Esperó.

Siguió esperando.

Se impacientó.

—¡Abrid, coño! —gritó. Mierda, ya se sentía tan acosador como Antonio.

En cuestión de segundos, vio la horrenda faz de cierto alemán asomándose por el marco de la puerta.

Ciao, sodomita, ¿dónde está mi hermano? —preguntó fingiendo irritación.

—Ah, hola, Lovino —suspiró—. Tu hermano está dentro, pasa.

—Iba a pasar me dieras permiso o no —aclaró Lovino, orgulloso.

Entró y buscó con la mirada a Feliciano, quien resultaba estar pintando un cuadro en su «cuarto artístico». Estaba tan absorto en pintar que ni se percató de la presencia de su hermano mayor.

—Oye, Michelangelo, ¿no me piensas saludar?

Feliciano alzó la mirada y, nada más ver a Lovino, sonrió de oreja a oreja y alzó la cabeza para saludarlo.

Saludo soso. Lo normal hubiera sido que se despojara de sus instrumentos de pintura y fuera a cámara lenta a fundirse en un efusivo abrazo con su venerado hermano mayor. Lovino no es que estuviera desilusionado, simplemente desconcertado.

—¿Y tú por aquí, hermano? —preguntó ilusionado.

—Nada, creo que me olvidé de algo por estos lares…

—¡Qué va! Te llevaste todo contigo. ¡Lo comprobé de cabo a rabo!

—Qué ansioso estabas por echarme de tu casa, desgraciado —se cruzó de brazos, enfurruñándose.

—Ve… Tampoco es eso —adoptó cara de corderito degollado.

Permanecieron en silencio. Dado que Lovino no se mostraba muy parlanchín, Feliciano continuó con su labor. Al mayor de los italianos le gustaba ver a su hermano tan serio y concentrado por una vez en la vida. Casi parecía una persona completamente distinta. Ojalá él también pudiera tener un don para el arte como Feliciano. Tendría el poder de crear obras hermosas y quizás así podría sorprender gratamente a Antonio. Incluso podría regalarle un cuadro.

…Cómo se notaba que acababa de despertar. Sólo unas ideas tan extrañas como aquellas podrían pulular por su mente en semejante momento.

—Pareces pensativo, hermano —dejó el pincel—. ¿Te pasa algo?

Lovino no supo si hubo una explosión de inteligencia que invadió a múltiples personas, entre ellas a Govert y ahora a Feliciano; o si bien había pasado tanto tiempo con el cabeza hueca de Antonio que ya encontraba asombroso cualquier atisbo de raciocinio. Optó por creerse la segunda.

—Claro que no me pasa nada.

—Cuando dices eso es que te pasa algo… —se acercó a su hermano— Cuenta, cuenta.

Agachó la vista, evitando encontrarse con la mirada curiosa y preocupada de Feliciano. Podría intentar desahogarse y contarle sus problemas a su hermano, ¿pero cómo? Sería embarazoso, además estaba casado con Ludwig, hermano de Gilbert, ex novio de Elizaveta, mejor amiga de Emma. ¡Emma podría acabar descubriendo la verdad! O peor aún, Gilbert podría decírselo directamente a Antonio y ahí Lovino no tendría más remedio que suicidarse de la manera más patética posible.

Joder, en aquella puta ciudad todo el mundo se conocía.

—¿Tú cómo supiste que estabas enamorado del macho pat… digo… de Ludwig? —rectificó.

Feliciano se sorprendió. Parecía que su hermano estaba inusitadamente serio, hasta tal punto que no dirigió ni un solo insulto hacia su marido.

—Ve, ¡todo el mundo sabe cuando se enamora! —se rió tontamente— Lo supe cuando me di cuenta de que siempre estaba pensando en Ludwig y que quería estar con él para toooda la vida.

Aquella respuesta tan romanticona no le sirvió de nada. Él siempre pensaba en Antonio y desde luego que quería estar junto a él el mayor tiempo posible, pero aún así quería evitar admitir que estaba enamorado de él.

—P-pero… Digo yo, ¿y si no es la persona adecuada? Por una vez, no me estoy refiriendo a Ludwig y a ti, que conste —matizó—. Pero… yo que sé… Imagínate que conoces al patatero ese, pero resulta que está saliendo con otra persona. Tú te enamoras de él, pero sabes que no puedes, sobre todo porque esa persona con la que está saliendo no es ni más ni menos que amiga tuya. ¿Qué harías…?

Feliciano ladeó la cabeza, confuso. Siempre supo que su hermano mayor nunca fue el hombre más elocuente del planeta; sin embargo, aquel día estaba siendo más incomprensible de lo habitual.

—¿Te enamoraste de la novia de tu mejor amigo?

—¡Por San Genaro! ¡Claro que no, joder! ¿Qué tipo de persona crees que soy yo?

—¿…Te enamoraste del novio de tu mejor amiga?

—¿Y-yo? —la sangre fue acumulándose en las mejillas— ¡P-por supuesto que no! ¡Sólo te puse un ejemplo! Tampoco era para que te lo tomases al puto pie de la letra.

—¡Pero hermano, no te avergüences! —sonrió de nuevo— ¡Es maravilloso que estés enamorado!

— ¡Te estoy diciendo que se trata de la persona con la que sale una segunda persona a la que aprecio! —analizó sus propias palabras. Sonaba incoherente— ¡Coño, quiero decir que es el novio de una amiga! ¡Y de todas formas, NO estoy enamorado, Feliciano, no lo estoy! ¡Sólo te cuento el problema que tiene un amigo mío!

—Ve, qué problema tan complicado —posó un dedo sobre la barbilla, pensativo—. A ver, si lo de tu «amigo» es un amor no correspondido, yo creo que lo mejor sería dejar las cosas tal y como están…

—Ya veo… —se deprimió aún más. ¿Tenía que preguntarle a su hermano algo tan obvio?— En fin, esta habitación huele raro y me mareo. Nos vemos, Feliciano.

—¡Hasta pronto, hermano! ¡Vuelve pronto!

El muy maldito ni se dignó a despedirse de Lovino como Dios manda. Indignado, el mayor salió del cuarto y se topó con Ludwig, quien parecía que había estado con la oreja pegada a la puerta.

El colmo sería que el patatero estuviera espiándolos.

—¡Serás cotilla! —berreó Lovino, completamente ultrajado.

—Estaba limpiando la puerta —aclaró abochornado, mostrándole el paño como si se tratara de la prueba definitiva.

—Sí, ya, claro.

Lovino se marchó de la casa con tantas dudas que antes, o incluso más. Podría interpretar la frase de Feliciano de otra forma, llegando a la conclusión de que debería luchar por Antonio si el amor fuera recíproco. Pero obviamente, Lovino no era tonto y contaba con la lucidez suficiente para no creerse que Antonio pudiera llegar a sentir algo por él.

Emma era preciosa, amable, inteligente y divertida. Lovino, en cambio, era un hombre gruñón, nada brillante y desaborido. Antonio, por muy tonto que fuera, escogería a la hermosa belga antes que a un amargado como Lovino Vargas.

Dándole el susto de su vida, el teléfono móvil comenzó a sonar. La sintonía era la canción de Tomás, el Tomate Rebelde, ya que el imbécil de Antonio había insistido en que tuvieran el mismo tono en sendos teléfonos.

«¡Loviii! Llamé a tu casa y cogió Emma… ¡Qué bochorno! En fin, ¿dónde estás? ¿Gov te mató? Ah, y perdón por lo de ayer. ¡No hice nada con mala intención!». Lovino entornó la mirada nada más leer tamaña parrafada. Los mensajes de Antonio nunca podían ser normales.

—Hablando del rey de Roma… —murmuró Lovino, sonriéndose de lado.

Se notaba que Antonio seguía arrepentido por haber sido un ebrio peligroso durante unas cuantas horas y Lovino, precisamente, no estaba haciendo nada por aliviar su angustia. Debería hacer algo para animarle, ¿pero qué le alegraría? Antonio era fácil de contentar, hasta la mera presencia de Lovino le arrancaría una sonrisa jovial.

Pero Lovino quería darle algo realmente genial.

Fue directamente a la pajarería.


Cada vez estaba más cerca de la dichosa juguetería. Si no fuera porque a cada dos metros había un cartel que anunciaba la apertura del «Gran Restaurante Griego: tan heleno que me desmeleno», Lovino habría asegurado que el camino era tan largo y aburrido como de costumbre.

Le picó la curiosidad por saber cómo era el tal restaurante griego. Quizás debería pedirle a Antonio que lo llevase a tomar algo.

Cuando por fin logró llegar al lugar donde trabajaba su mejor amigo, se dio cuenta de que el restaurante heleno estaba justo en frente de la juguetería. Lo peor de todo es que la publicidad tan rimbombante que había visto segundos atrás no correspondía en absoluto con la realidad, ya que aquel local era pequeñito, aparentemente sucio —¡y eso que era nuevo!— y a la palabra «heleno» le faltaba la letra h.

Se encogió de hombros y entró en la juguetería. Ya estaba deseoso por darle aquel regalo a Antonio. Alzó la bolsita que llevaba en la mano y la miró encandilado. No era el mejor presente que podría ofrecerle al español, pero Lovino no era un hombre rico. Además, si le robaba más dinero a Govert, algún día se acabaría dando cuenta y los resultados podrían ser catastróficos.

Antonio, al ver que tenía un cliente nuevo, mostró su sonrisa de vendedor zalamero. Cuando se percató de que se trataba de su Lovi, sus ojos verdes comenzaron a brillar alegres.

—¡Lovi! —exclamó feliz— ¿Has leído mi mensaje?

Justo cuando el italiano se iba a dignar a responder a tal pregunta, una jovencita rubia entró en el local con una sonrisa tímida en el rostro. A Lovino le pareció bastante mona, aunque era demasiado niña para su gusto. Antonio la atendió con un semblante encantador, dedicándole una sonrisa galante que haría que cualquier criatura se rindiese ante sus pies. Lovino no pensó eso último jamás.

—¡Y aquí tienes! —le dio la vuelta— ¡Muchas gracias! ¡Vuelve pronto!

La jovencita estaba saliendo y Antonio aún seguía mirándola encandilado.

Encandilado. Mierda. Joder. Hostia puta.

—¡¿Se puede saber qué estás mirando? —espetó Lovino, furioso.

—¡Esa chiquilla es tan mona! —apoyó los codos en el mostrador y se sujetó sus mejillas sonrosadas con aire soñador— Qué dulce.

—Sí que era mona, sí… —Lovino no tuvo más remedio que reconocerlo— ¡Pero pareces un pedófilo mirándola de esa forma! ¡Esa cría como mucho tendrá quince años!

—Tiene diecisiete, Lovino, aunque no lo aparente —aseguró Antonio, algo serio—. La conozco desde hace un tiempo. Verás, es la hermana del ex novio de Emma.

—¿Ex novio…?

—Sí, era un chico suizo muy violento… A ella no la trataba mal, que conste. Emma siempre me dijo que en el fondo era una persona dulce. Y bueno, Emma acabó haciéndose amiga de la chavalita esa, Lily, y la sigue trayendo a nuestro piso de vez en cuando.

Aquello dio que pensar a Lovino. No era porque el hecho de que Emma hubiese tenido pareja, sino porque quizás Antonio tuvo más novias antes que Emma. O quizás… novios. Lovino siempre había dado por hecho que Antonio era heterosexual, pero que estuviera en una relación con una mujer no significaba nada.

Bendita bisexualidad.

—¿Y tú… nunca has tenido pareja, aparte de Emma? —preguntó con timidez.

—Claro que sí —contestó con un deje pícaro—. Lovi, tendrás que reconocer que soy un buen partido, ¿eh?

Lo peor de Antonio era que cualquiera podría insultar su falta de inteligencia y él simplemente se reiría, o en su defecto, frunciría el ceño con desaprobación. Sin embargo, si alguien osaba insinuar que no era atractivo, el español ya se ofendería bastante.

El muy petardo se creía guapo.

—Si no fuera porque estás gordo, tienes los dientes amarillos, unos ojos de ratón y una nariz de aquí a Burkina Faso, sí, diría que eres buen partido.

—¡Vamos, Lovino! No mientas —se cruzó de brazos, enfurruñado—. Fijo que te duermes pensando en mí.

—¡¿Qué? —ni los ojos como platos ni la cara roja eran muestra obvia de su vergüenza, sino el puñetero gritito de niña asustada que había emitido— ¡¿Pero qué coño dices?

Antonio estalló en una sonora carcajada, señalando con el dedo índice la cara abochornada y sorprendida de su amigo, tal y como si fuera el espectáculo más cómico habido y por haber en el mundo. A Lovino no le hizo ni pizca de gracia, pero estaba demasiado estupefacto como para insultarle, pegarle o asesinarle con un moco radiactivo de los que se pegan a la pared.

—Esa frase siempre la decimos Francis, Gil y yo — explicó entre risas—. También utilizamos «te tocas por las noches pensando en mí», pero supuse que si te dijera eso, ya me asesinarías.

Si de una cosa podía presumir Lovino ante Dios, san Genaro y el tomate Tomás, era que jamás había hecho cosas impuras y dignas de castigo pensando en un hombre. En una mujer, quizás. Su adolescencia en ese aspecto fue normal. ¡Pero nunca en un hombre!

—Tu cara es un cuadro —continuó con sus malditas carcajadas—. ¡Qué gracioso eres!

Una parte de la mente del italiano le decía que tirase el regalo que le iba a dar a Antonio por el alcantarillado o, en su defecto, llevarlo al «Gran Restaurante Griego: tan heleno que me desmeleno» y que hicieran una fritanga con él.

—Vete un poquito a la mierda, ¿quieres? —se dio media vuelta para evitar cualquier contacto visual con Antonio. Le seguían ardiendo las mejillas. ¡Maldita sea!

—Vamos, no te enfades —le acarició la cabeza—. Por cierto, ¿te dije ya que cuando llamé a tu casa, contestó Emma?

Negó con la cabeza. Rehusaba mirar a su mejor amigo. «Porque es mi mejor amigo. Y joder, soy feliz como una perdiz por ser su amigo y no otra cosa. ¡Mierda!», se regañaba a sí mismo, en concreto a su subconsciente.

—Pues verás, quería hablar contigo para bajar y tal, pero escuché la voz de Emma. No sonaba muy triste, la verdad. ¡Pero me alegro! —Lovino se imaginó que en aquel momento, Antonio sonreía de oreja a oreja— Me rompería el corazón escuchar su vocecita triste.

—La tratamos como a una princesa, normal que no esté triste —explicó Lovino, recuperando el color de sus mejillas.

—Qué bien que esté rodeada de caballeros como Gov y tú, ¿eh? Aunque yo también querría que un caballero cuidase de mí, Lovi —añadió con un tono meloso.

—Los caballeros cuidan a las chicas, no a los cerdos —intentó no sonar burlón, pero fracasó estrepitosamente—. Vuelve a tu establo y confórmate con vivir rodeado de mierda.

—¿Los cerdos no viven en cochiqueras o pocilgas?

—Tú sabrás, eres libre de llamar a tu casa como te dé la gana.

Antonio le dio un coscorrón cariñoso a Lovino mientras ambos reían a carcajadas.

Tenía que darle el regalo ya. Tenía que dárselo.

—Oye… Antonio… —bajó la voz, recuperando aquella asquerosa timidez que lo caracterizaba en las peores situaciones— Tengo algo que darte…

—¿De qué se trata?

Se dio la vuelta para poder encarar al juguetero. Alzó la bolsita y se la entregó rápidamente a su amigo. Él la miró asombrado, viendo cómo el animalillo que había en su interior nadaba despreocupadamente. Los ojos de Antonio, tan expresivos como de costumbre, desbordaban una alegría contagiosa.

—¡Un pez! —gritó extasiado— ¡Oh, Dios, un pez! ¿Es para mí? ¡Dime que es para mí!

—¡Deja de zarandear al pez de una puta vez, que lo vas a matar! —espetó Lovino, presa del nerviosismo— ¡Y claro que no es para ti, sino para… ese chicle de kebab de ahí! —señaló una caja de chicles turcos.

Prefirió no preguntarse por qué Antonio vendía chicles de kebab.

—Sabes bien que es para mí, Lovi —dejó cuidadosamente la bolsita transparente en una cajita y correteó hasta llegar a Lovino y abrazarlo con fuerza—. ¡Gracias, gracias, MUCHAS GRACIAS! ¡Pero qué bueno eres, Lovino! ¡Te quiero, tío! ¡Eres el mejor!

Todo lo que podría perturbar el cuerpo y mente de Lovino sucedió de golpe: abrazo, elogios y palabras de amor. Mierda, ¡y encima todo por parte de Antonio! Aquellos malditos abrazos le traían recuerdos de los momentos en los que su amigo estaba ebrio. Esas ocasiones en las que algo pudo suceder y no sucedió. Mierda.

No quería que Antonio fuera así con él. ¡Odiaba que le dijera que lo quería cuando en realidad lo apreciaba como a un simple amigo! Tampoco necesitaba oír que era el mejor cuando era obvio que para Antonio la más perfecta de las estrellas era Emma. Tanta mentira junta le enfurecía. Apartó a Antonio bruscamente, dedicándole una mirada cargada de odio.

—¡Te dije millones de veces que no me llames Lovi! Y nada de brazos, joder. ¡No sé ni para qué te regalo algo!

—¡Pero Lovi…!

—¡Ni Lovi, ni mierdas! —su rostro continuaba rojo, a pesar de no saber si era a causa de la vergüenza o la ira— ¡Siempre tienes que arruinarlo todo!

Antonio parecía cabizbajo y dolido por el comentario de su amigo. Mierda. Lovino no quería verlo así. «¿Cuándo me he vuelto tan insoportable con él?», se preguntó a sí mismo. La respuesta no aparecía. Siempre fue una persona colérica, pero nunca llegó hasta tales extremos. No quería hacerle daño a la persona a la que más amaba. Antonio no se merecía que lo trataran así, pero Lovino no lo podía evitar; la vergüenza siempre le hacía cometer estupideces. Si Antonio no fuera tan mimoso, Lovino no tendría por qué reaccionar de tal manera. Aunque quizás si el español fuera diferente, nunca se habría enamorado de él. Ojalá jamás hubiera caído ante el maldito Antonio. ¡Ojalá!

—Y-yo… Antonio…

—No te disculpes, Lovino —se encogió de hombros—. Supongo que tienes razón… A veces me paso, lo siento.

—Pues eso… —bajó la mirada.

—Corramos un tupido velo, ¿vale? —preguntó con una sonrisa melancólica.

Asintió. Permanecieron en silencio. Antonio ordenaba los chicles sabor kebab y de vez en cuando miraba de soslayo a su pececito. Debería ponerle nombre.

—Oye, Lovi… no —corrigió—. Lovino.

—Dime.

—¡Tengo que ponerle un nombre al pez! —proclamó risueño— Venga, ¿cómo podría llamarle? ¿Y si le llamo López?

—Llámale Pez Cado.

—¡Ni hablar! —se rió— ¡Ya sé! ¡Le llamaré… Espamano!

Lovino intentó analizar aquel nombre y encontrarle un lado bello, pero le resultó imposible.

—¿Espamano? —alzó una ceja — Qué nombre tan estúpido.

—No, mira: Es pa' manosearlo. Lo juntas todo y queda Espamano.

Definitivamente, Antonio era tonto.

—¡No voy a consentir que le pongas un nombre tan estúpido al pez! —se indignó— ¡Para eso llámale Espabrazo, Espapene, Espaculo, Espauña o Espacola!

—Espacola… —Antonio sopesó la idea— Suena a nombre de refresco… ¡Ya sé, se llamará Pepsi!

—Ni se te ocurra.

—Pues le llamo Espamano —cogió la bolsita y le sonrió al pez—. A Espamano parece que le gusta su nuevo nombre.

—Sí, tu pez es la alegría de la huerta —comentó con sarcasmo.

Ver la cara tan ilusionada de Antonio siempre le alegraba un poco. Cualquier cosa, por muy nimia que fuera, parecía ser un tesoro para Antonio. Quizás por eso mismo el español lo quería tanto, porque era capaz de ver lo bueno en lo más insignificante. Lovino sintió algo extraño en el pecho nada más pensar en aquello.

—¿Por qué te molesta que te llame «Lovi»? —preguntó súbitamente, mirando a su amigo con curiosidad— Creía que ya te habías acostumbrado.

—Creíste mal —frunció el ceño—. Me molesta porque… ¡Pues porque me molesta y punto!

—A mí me molesta que me llames Antonio y nunca te digo nada…

—¿Por qué te molesta que te llame Antonio? —se estaba preparando mentalmente para una respuesta tonta por parte del español.

—Porque me parece que me tratas de forma distante, no sé —volvió a encogerse de hombros—. Gil me llama Toño y Francis, Toni. Pero tú me llamas por mi nombre completo.

—No es mi culpa que todas las abreviaturas de tu nombre sean tan absurdas —protestó—. Toño rima con cierta palabra y Toni suena a adolescente adinerado cuyo máximo reto en la vida es depilarse y llevar chanclas de marca.

—Boh. ¡Pero Toño lo decimos en mi tierra! En Italia tendréis una forma de llamar a los Antonios, digo yo.

Lovino se arrepentiría para siempre de las palabras que estaba a punto de pronunciar.

—En Nápoles, sería Totò —dijo pensativo—. Aunque también sirve para los que se llaman Salvatore, pero bueno.

—¿Totò? —se le iluminó la mirada— ¡Llámame Totò! Suena muy carismático.

—¡Y una mierda te voy a llamar Totò! —gritó enfadado, aunque en el fondo quería reírse— Aparte de que el mote es estúpido por sí solo, imagínate que voy por la calle y digo «¡Totò, ven aquí!». La gente me mirará como si estuviera chalado, o bien, se supondrían que estoy llamando a un perro. Luego te verían aparecer con cara de subnormal y se imaginarían cosas raras.

—Pues sería gracioso —carcajeó jubiloso—. Venga, yo te llamo Lovino y tú a mí Totò.

—Casi prefiero que me sigas llamando «Lovi»… Quiero mantener la poca dignidad que me queda.

—¡Ya no hay marcha atrás, Lovino! —respondió juguetón.

—A ti te falta un hervor —bufó molesto.

Antonio iba a replicar, pero la mala suerte decidió interrumpirle mediante la aparición de la persona a la que menos le apetecía ver en ese momento. En una situación normal, el primer humano al que no querría ver ni en pintura sería su jefe. El segundo, el camarero cejudo que regentaba el bar al que acudían sus amigos y él. Pero en aquel momento era Emma.

Ella entró en la juguetería con timidez, esbozando una sonrisilla nerviosa. Lovino apartó la mirada en seguida y dio un par de pasos hacia atrás sin tan siquiera darse cuenta de sus propias acciones.

—Hola… —dijo ella, clavando sus ojos en puntos al azar.

—Hola —contestó algo serio—. ¿Sabes? Antes vino Lily. Compró una muñeca de trapo y varios chicles de esos con sabor a kebab, ¿quieres uno? Invita la casa —sonrió—. Ah, Lovino, tú también puedes coger uno si quieres.

El italiano se negó rotundamente a probar semejante error de la naturaleza. Emma, por su parte, le dio las gracias al juguetero y probó el chicle. El sabor era extraño, pero no desagradable.

—¿Por qué vendes chicles con sabor a kebab? —preguntó esbozando una pequeña sonrisa gatuna.

—No sé… Mi jefe dice que el «Gran Restaurante Griego: tan heleno que me desmeleno» le va a robar clientes, así que trajo estos chicles raros. Es más, tengo un cartel colgado en el escaparate donde anuncio los chicles estos.

—Dile a tu jefe que los restaurantes no roban clientela a las jugueterías —comentó con burla.

—Lo sé —Antonio rió con un atisbo de timidez—. Pero ya sabes, mi jefe es bastante raro. Además, he estado hablando con el chico del restaurante y es muy simpático. Hace dos horas o así me invitó a un café que sabía un poco mal, pero bueno, el chaval me lo dio con la mejor intención del mundo.

Aquella conversación tan estúpida estaba molestando demasiado a Lovino. Cuando dos tortolitos como Antonio y Emma se distanciaban y volvían a verse después de discutir, lo normal sería hablar de sus problemas, no de unos chicles. Tras mucho pensar, el italiano llegó a la conclusión de que él sobraba en aquella escena. Unas cuantas miradas que le dedicaba Emma de vez en cuando fueron la clave para llegar a tal idea.

Él sobraba. Por mucho que Antonio lo quisiera, se notaba que su corazón pertenecía a Emma. Lovino lo supo desde siempre y lo admitió sin problemas, pero ahora le dolía. Era curioso que le comenzase gustando Emma y que acabase enamorado de Antonio. La vida daba demasiadas vueltas en muy poco tiempo. ¡Normal que acabara así de confundido!

—Voy a tomar un café —dijo Lovino, haciendo ademán de marcharse.

—Pero si estoy diciendo que sabe mal, Lovino. No seas temerario.

—¡No me fío de tus criterios! —exclamó molesto— ¡Deja que lo compruebe por mí mismo!

—¡Espera, que te acompaño!

—¡No me acompañes! ¡Tú quédate aquí, en tu trabajo! Imagínate que aparece tu jefe y te ve tomándote un café. ¡O peor: que alguien venga a robar!

Emma se rió y le dio las gracias con la mirada a Lovino, dedicándole una sonrisa. El italiano se sonrojó. Ella no debería agradecerle nada. Nada. La pobre mujer aún no era consciente de los sentimientos de su amigo Lovino. Y así debería permanecer: en secreto.

Lovino, a pesar de las protestas de Antonio, fue al restaurante de nombre interminable y se sentó en la terraza, deleitándose con el aroma a comida mediterránea proveniente del interior del local y de una agradable brisilla primaveral que mecía su rulito italiano de vez en cuando. Eligió su asiento cuidadosamente para poder ver con lujo de detalle lo que sucedía en el interior de la juguetería. Emma y Antonio parecían estar hablando de tonterías, a juzgar por sus expresiones faciales. Reían de vez en cuando, pero era evidente que el ambiente era tenso.

—Joder, lo de «restaurante griego» debe de ser por la incompetencia del camarero… —toqueteó la mesa con sus dedos, impaciente— Menuda forma de cuidar de los clientes. ¡Además esto es un bar, no un restaurante!

—¿Por qué hablas solo, chaval? —le preguntó una voz muy familiar.

La cabeza de Lovino se giró 90º a la menor velocidad posible, casi a un ritmo mecánico. Esa voz. ¡Esa voz! Si bien la persona a la que menos quería ver Antonio era Emma, la de Lovino era indudablemente Govert.

Pues allí, en la mesa de al lado, estaba Govert mirándolo extrañado y con un cigarrillo en la boca. Lovino permanecía con cara de estar viendo un fantasma. Por desgracia, la situación real era mucho peor.

—¡¿Qué haces tú aquí? —preguntó Lovino al borde del sufrir un ataque de nervios.

—Vine a acompañar a mi hermana —contestó él tras apagar el cigarrillo en el cenicero—. ¿Qué haces aquí? Te acabo de ver saliendo de la juguetería.

—Fui a ver a Antonio —a pesar de decir la verdad, no podía evitar sentirse nervioso. La mirada de Govert era demasiado penetrante para su gusto.

—Ya veo —se levantó y se sentó en la silla más próxima a Lovino—. ¿Te hizo otro chupón?

—¡Y dale con el chupón! —frunció el ceño con enojo— ¡¿Y a qué mierda viene un cambio de tema tan repentino?

—No te voy a obligar a que me respondas —clavó su vista en la juguetería, ya que podía ver todo lo que sucedía en su interior a través del escaparate—. Acabarás contándomelo tú solo.

Lovino no contestó, sino que se limitó a mirar a la misma dirección que Govert. Emma parecía estar echándole varias cosas en cara a su novio, mientras que él pedía perdón con una sonrisa tonta.

¿Antonio pidiendo perdón? Eso era señal de reconciliación. El corazón de Lovino se encogió. ¡No debería encogerse, joder! Era bueno que Antonio y Emma, la pareja perfecta por excelencia, estuvieran felices juntos. Sus ojos no se apartaban de ambos, aun si su concentración se vio perjudicada por la voz de Govert.

Puñetero y glorioso Govert.

—Se van a besar —advirtió.

—Ya lo sé… —Lovino se molestó. No necesitaba que le dijeran lo obvio.

Cuando Emma parecía ponerse de puntillas para aproximarse a los labios del español, las manos de Govert taparon la visión de Lovino.

Una parte de Lovino quiso darle las gracias al ángel caído del cielo que respondía ante el nombre de Govert y ofrecerle pleitesía eterna por el mero hecho de haberle impedido ver algo tan doloroso como un beso entre Emma y Antonio. No podría soportar ver a su Totò besando a alguien que no fuera él. Y dado que Antonio jamás besaría a Lovino, lo más probable es que él tuviera que pasar el resto de su vida como si estuviera ciego. Menos mal que ahí estaba Govert para ser su perro guía. Era feliz al saber que Govert, en el fondo, se preocupaba tanto por él. ¿Por qué no se pudo enamorar de él y no de Antonio? ¡Todo habría sido más fácil!

—Di lo del chupón y te dejo ver todo.

—¡No!

—El morbo te puede.

Tenía razón. Lovino era un hombre morboso y su parte masoca exigía ver a Antonio besando a alguien. Lo más probable era que su cara fuera adorable y sensual. Lovino necesitaba verla.

Mierda. ¡Govert no era un ángel, sino un diablillo cabrón!

¿Chupón o beso? Joder.

—¡Fue Antonio cuando estaba borracho, pero te juro por San Genaro que lo hizo pensándose que yo era Emma! Y no me aproveché de él en ningún momento y…

Fue interrumpido por las manos de Govert permitiéndole ver de nuevo. Se tuvo que volver a acostumbrar a la luz y pestañeó con dificultad.

—Sabía que lo acabarías soltando —a pesar de que el tono de Govert era tan sobrio como siempre, había un pequeño toque de altanería en él.

Lovino lo ignoró y se centró en la escena que había ante él. Más que el beso apasionado que se estaba imaginando, lo que hubo en realidad fue un beso en los labios bastante casto.

Mejor.

La pareja continuó conversando sobre temas aparentemente baladíes. Al cabo de un rato, la muchacha salió y se sentó junto a Govert y Lovino, que seguían a la espera del camarero.

—¿Qué tal? —preguntó Lovino en un intento inútil por camuflar su tristeza.

—No sé —jugueteó con sus mechones dorados—. Está muy raro… No sé qué le pasa.

—Él es raro —comentó Govert antes de sorber un poco de su café.

—¡No lo es! —lo defendió Emma— Pero no sé cómo decirlo… Noté como si le faltase algo.

—Un hervor.

—¡Jo, Govert! ¡Déjalo ya! —intentó reprimir una sonrisa— Él suele ser tan expresivo… Siempre que me quiere pedir perdón me colma a besos y caricias, pero esta vez sólo me sonrió como si le estuvieran apuntando con una pistola en la sien y se disculpó.

—¿Vas a volver ya a tu casa?

— Aún no, ¿tanto te molesto, Lovino? —bromeó— Me dijo que prefería estar un par de días más solo, para reflexionar. Me parece bien, que conste. Además, así puedo aprovechar y pasar más tiempo con mis otros dos chicos favoritos.

Cuanto más sonreía Emma, más aumentaba el sentimiento de culpabilidad de Lovino.


Cuando volvieron a casa, el sol se estaba poniendo en el horizonte. A Emma le encantaba aquel momento del día, según ella era muy «poético». Govert puso una película que había alquilado en el videoclub, que al parecer trataba de unos tomates mutantes que atacaban a la gente. Emma se unió a ellos al cabo de un rato, aunque no parecía que le entusiasmara demasiado lo que estaban viendo los dos muchachos.

—¿De veras os gusta esto?

Ninguno respondió. Estaban enfrascados en la compleja trama de aquel largometraje, a pesar de que lo único que le gustaba a Govert era la cara de pánfilo que ponía Lovino cada vez que aparecía un tomate.

Cuando la película terminó, Govert se dio cuenta de que su hermana se había quedado dormida. Lovino la miró enternecido.

—No la mires así —ordenó Govert, visiblemente ofendido.

Antes de que el italiano pudiera replicar, Govert ya había cogido a su hermana en brazos y la llevó hasta su propio cuarto, donde la colocó cuidadosamente en la cama y la tapó con un par de mantas. Lo último que quería era que su pequeña Emma pescara un resfriado. Cuando regresó a la sala, se encontró con la mirada preocupada de su compañero de piso.

—¿Y dónde voy a dormir yo…? —preguntó, temiéndose lo peor.

—Donde siempre: en el sofá.

—¿Y tú?

—En el suelo.

—¡No puedes dormir en el suelo! —protestó Lovino. Y una mierda iba a dejar él que su ídolo-enemigo fuera a pasar la noche como un perro— Es un sofá cama —se mostró ceñudo y tímido. Mierda—, así que si lo abrimos podríamos caber los dos.

Una ilusión óptica nubló la mente de Lovino e hizo imaginarse cosas que no eran, puesto que había visto una pequeña sonrisa esbozarse en el rostro de Govert. Imposible. Abrieron el sofá cama y, tal y como había predicho, ambos cupieron con dificultad. Pudieron comprender cómo se sentían las sardinas al estar enlatadas.

—La manta no es tuya —gruñó Govert, intentando traer un poco de manta para él.

—¡No me voy a congelar por tu culpa! —dio un tirón.

Ante las quejas del italiano, Govert lo atrajo hacia sí, casi fundiéndose en un abrazo. Lovino se sentía una vez más como un peluche. La diferencia entre Antonio y Govert era notable en cualquier sentido, hasta en la forma de abrazar. Antonio era delicado y estrechaba a los demás con efusividad y cariño, mientras que el otro parecía un estrangulador hasta cuando dormía como un angelito.

Lo peor de todo no era que apenas podía respirar, sino que el dichoso Govert roncaba. Teniendo en cuenta que la oreja izquierda de Lovino estaba prácticamente pegada a la boca de su compañero, tenía asegurada una noche en vela. Genial.

Sin embargo, Lovino no sólo acabó durmiéndose, sino que él mismo fue quien despertó involuntariamente a Govert con sus murmuraciones en sueños.

Govert miró la parte trasera de la cabeza de Lovino con odio. Tenía la tentación de darle una patada y tirarlo al suelo, para ver si se despertaba o, en su defecto, dejaba de soltar incoherencias.

—Totò… —balbuceó el italiano con un tono cariñoso y una sonrisa boba adornando su rostro.

Govert alzó una ceja. ¿Qué o quién era Totò?


Nada más llegar a su apartamento, Antonio buscó algún lugar donde dejar a Espamano, su nuevo pececito, hasta que comprara una pecera. Divisó un jarrón transparente y, sin tan siquiera pensárselo dos veces, lo llenó de agua para que su amiguito acuático pudiera nadar a sus anchas. Sólo faltaba quitar el lazo que había en la bolsa y soltar al pez. Era fácil.

—Cacho lazo… —murmuró sorprendido— Es casi más grande que la propia bolsita.

Lo examinó detenidamente. Era un lazo tricolor que guardaba bastante parecido con la bandera italiana. Sonrió. Le recordaba a Lovino. De pronto, se dio cuenta de que en una de las bandas blancas figuraba un mensaje escrito torpemente con un rotulador negro. Era la letra de Lovino, indudablemente.

«Para que no estés solo. Atte, Lovi»

Nada más leer aquel mensaje tan corto y simple, las mejillas de Antonio fueron pareciéndose cada vez más a las cerezas que tenía en el frutero. Sonrió de modo bobalicón, leyendo y releyendo el mensaje que con tanto cuidado había escrito su Lovi para él. Se imaginó al italiano escribiéndolo completamente colorado y soltando alguna palabrota ocasional ante la mirada perpleja del vendedor de la tienda de animales. Lovino era gracioso hasta cuando se esforzaba por ser amable.

Dejó a Espamano en su nuevo hogar y le sonrió, dándole toquecitos de vez en cuando al jarrón para captar la atención del pez, aunque lo que realmente logró fue que el pez huyera despavorido.

Cogió el lazo y cortó un poco los extremos para luego anudárselo alrededor de la muñeca y tenerlo como una pulsera. La miró feliz, aún con aquel rubor tan peculiar adornando sus mejillas. Si en aquel momento se hubiera mirado en el espejo, habría visto que los ojos de su trasunto sonreían y brillaban ilusionados al ver la tricolore que adornaba su muñeca. Lo que el espejo no podría captar sería la velocidad con la que el corazón de Antonio latía en aquel momento. Hacía mucho tiempo que no se sentía así de feliz.

—Gracias, Lovi —besó su pulsera.

Estaba deseoso de ver de nuevo a Lovino, abrazarlo y darle las gracias como Dios manda, se pusiera como se pusiera el italiano. De pronto recordó que tenía que enviarle un mensaje de texto a Emma poniéndole alguna cursilería. Comenzó a escribir algo en el móvil cuando se dio cuenta de que, por mucho que escribiera mensajes de amor a Emma, la cara sonrojada y enfurruñada de Lovino no se le iba de la mente. ¡Pero tenía que enviarle el mensaje a Emma!

Miró de nuevo su pulsera. Sonrió decidido.

—Perdóname, Emma… —murmuró con una sonrisa melancólica. Cambió el destinatario del mensaje.

Si Lovino no hubiera tenido el teléfono apagado en aquel momento, habría podido leer un mensaje por parte de Antonio en el que figuraban solamente dos palabras:

«Te quiero».


Notas: Esas últimas palabritas son muy ambiguas~ En cuanto a lo de Totò, leí que vale tanto para Salvatore como para Antonio, aunque al parecer en Nápoles es más normal escribir Toto' que Totò. Si me equivoco, corregidme, por favor~

Y… ¡Decidme que no soy la única persona que cuando leyó la palabra «Spamano» empezó a hacer chistes tontos con el nombre! Spaculo, spabrazo, spadedo, spaesternocleidomastoideo, sparteria…

Pooor cierto, cuando digo polvos pica pica me refiero a unos polvillos que venían en una bolsa junto con una especie de Chupa Chups. No sé cómo se llaman, pero popularmente se conocen así (¿?)

Contador de palabrotas: ¡40! (jeje~)

Como siempre, muchísimas gracias por los reviews. Me animan mucho y todos y cada uno de ellos me arrancan una sonrisilla. Ahora, a contestar a las personas sin cuenta:

Nayo: ¿M-me perdonas? ¡Genial! Como soy mala, en este capítulo sólo metí cursilerías, jurjur. El malparido es Antonio por ser un calientapollas, no yo D: (mm... la polla de Gilbert en el microondas). Govert me parece un nombre feo (además se pronuncia Jofert), pero es uno de los que Himaruya propuso ;3; Gov en el fondo es buena gente y sabe que no puede luchar contra l'amour, honhon~ Gracias por el review~

Sorita: Si te dijera que en realidad nunca pretendí que este fic hiciera reír, ¿me creerías? xD ¡Muchas gracias por desearme suerte! Me salieron bastante mal, pero al menos apruebo :'D ¡OH, DIOS, MÍO! ¡EL DIBUJO! *muere de la risa* ¡Son tal y como me los imaginaba! x'D ¡Muchísimas gracias tanto por el review como por el dibujo!

Moonplata: ¿Mi inspiración? La sonrisa agradecida de un bebé *sonrisa Trident* Nah, yo no tengo de eso. Mi cerebro es defectuoso xD A él le duele la vagina, pero a mí me duelen los testículos *se rasca el cuello* y no me quejo ò3ó ¿Te estás bebiendo a ti misma? D: ¡Vas a destruir el mundo, inconsciente! A mí las moscas me dan miedo (y los gatos) y todo porque de pequeña apareció una mosca y sin venir a cuento se posó en mi brazo y murió. Y otra vez estaba aplaudiendo y vi que aplasté a una mosca sin querer. Supongo que ahí surgiría mi trauma ;_; ¿Cómo surgió el tuyo? [Esto parece una reunión de Traumatizados Anónimos] Gracias por el review~

En el próximo capítulo: Antonio y su gran capacidad para leer entre líneas. Papi Gov y su hijito preadolescente Lovi.

¡Hasta otra! ¡Cuidaos mucho, preciosidades~!