Después de tanto tiempo me da vergüenza actualizar, ¡y más este capitulo de porquería! xO Dios~ Creo que es horrible, de antemano de disculpo x.x
He estado con varios problemas desde marzo, me esguincé dos veces, me pusieron yeso, estuve enferma repetidas veces, tuve que dejar teclado por falta de tiempo y ahora estoy con exámenes x.x Entre todo esto intento no destruir la relación con mi novio que es la persona más paciente del mundo TTwTT
Aunque creo que nada de eso es escusa para tardar tanto uwu Gomen.
Amh, quiero agradecerles a las personitas que siempre siguieron esta historia, va a cumplir un año el 29 de mayo x3 Y aprobecho a anunciar, que creo que este fic, aun tiene bastante por delante nwn Así que espero lo sigan leyendo :3
Sin más que saber decir, contesto reviews ;w; Siguen comentando esta cosa *llora*
Mar: Mar, tan linda y dulce como siempre x'3 Muchas gracias por seguir esta cosa, me encanta que te encante XD Me alegras con tus reviews, perdón por tanta tardanza, espero lo disfrutes -aunque está horrible x.x- n.n)/
Karu-suna: ¡Senpai! Me alegro que te gusta, aunque sea más por el KisaIta xD Luego de moler a golpes a mi inspiración y que quedara medio deforme, traigo esto, espero que te guste x3
TheLoveIsArt: ¡Mary-Danna! TTwTT Siempre tan linda~ te adoro, gracias por todas las cosas que siempre dices x3 En serio me ayudan a seguir con esta historia ;w; Sí, al fin terminé el cap, tanto tiempo para esta mísera cosa que espero le guste a alguien D: Espero tener tu opinión para cuando puedas leer, sé que andas medio ocupada uwu Te veo abajo~ nwn)/
Lidia Aka: Como ya dije, le seguiré por un tiempo a esta historia, así que gracias por comentar (espero lo sigas haciendo) y me alegro de que sigas leyendo esto nwn)/
Bajo el mismo escenario
Invierno - Quinta entrada
~Caes sobre mí como yo una vez lo hice sobre ti. Dime, ¿soy tan suave como tú lo eras entonces?, ¿soy en lo más suave que has caído? ¿Soy…, lo que esperabas?~
Aún no podía creerse que aquel rubio se hubiera quedado dormido tan rápido, y se permitió observarlo detenidamente unos segundos más; tenía las piernas flexionadas, igual que sus brazos, casi a punto de hacer un pequeño ovillo de sí mismo. Sonrío con ternura mientras acercaba su mano al bello y delicado rostro del menor, corrió un par de hebras de su rostro y se quedó observándolo un par de segundos más, de alguna forma ese chico le transmitía una confortante sensación de paz.
Deshizo el contacto que sin darse cuenta había mantenido dejando su mano sobre la mejilla del rubio, y se levantó cuidadosamente; lo dejaría dormir pero tenía que avisar a su casa al menos.
Caminó por aquellos pisos con sus manos puestas en los bolsillos, desprendiendo aquella aura de elegancia que, de alguna forma, siempre tenía impregnada. La fina sonrisa que surcaba sus labios a cada paso se hacía más predecible, y se detuvo al final de las escaleras, se había percatado de algo; no podía dejar de sonreír. Llevó sus dedos a sus labios y se dijo que en ese mismo instante su rostro debía dar miedo, pues aquella mueca seguro mostraba sus blancos dientes de alguna forma aterradora.
Sus mejillas se tiñeron de un color carmín al darse cuenta que hace rato estaba intentando mantener una mueca tranquila; se sentía tan feliz que podría morir.
Cuando finalmente pudo ignorar el hecho de que sus mejillas pronto se acalambrarían, retomó el camino al teléfono fijo; al llegar, sacó de su bolsillo el celular de Deidara y buscó en las llamadas perdidas, según había entendido, el que lo había llamado varias veces por la tarde había sido su padre.
Como lo supuso, rápidamente halló el número y al marcar comenzó a escuchar el tono, comenzaba a sentirse algo ansioso al notar que nadie contestaba. Pues aunque le había dicho a Deidara que debía perdonarlo y, prácticamente, intentar hacer como si nada, no se imaginaba cómo un padre, cómo alguien, podía abandonar al rubio, ¡mucho menos siendo este un niño!, quién era aquél tipo, ¿un monstruo? ¡Y ni se hablara de su madre!, era una arpía, seguro.
Sufrió de un sobresalto que lo arrancó de sus pensamientos al oír como levantaban el tubo desde la otra línea.
—¿Hola? —Preguntó una dulce voz, como si le hablara un algodón de azúcar.
—Hola —respondió él al cabo de unos segundos—, ¿hablo con la casa de Deidara Iwa?
Hubo unos minutos de silencio en los que aquella mujer pareció sumergirse en la tormenta que se había desatado en su mente.
—Sí, ¿quién habla?
—Soy Sasori Akasuna, un amigo de Deidara —comenzó a explicar mientras se apoyaba contra la pared—, él está ahora conmigo y quisiera pedir el hablar con su padre.
Claro, él no necesariamente tenía que hablar con aquel tipo, es más, pudo haberle dicho a aquella ama de llaves que Deidara volvería mañana a casa y fin de la historia, pero estaba preocupado.
Nuevamente el silencio se apoderó de la comunicación, dejando a nuestro pelirrojo sólo escuchando el sonido de sus uñas golpear el marco de madera de la puerta que se mantenía a su lado.
Se sorprendió al oír como el teléfono parecía serle arrebatado de las manos a aquella mujer.
—¿Hola? —Preguntó una voz cansada.
—Hola, habla Sasori Akasuna, un amigo de Deidara. ¿Usted es…?
—Kitsuchi Iwa, su padre… ¿Está Deidara contigo?
El tono de cansancio y preocupación parecía haberse convertido en desgano de alguna forma; Sasori frunció el ceño.
—Sí, me lo he encontrado por la calle y ha terminado dormido aquí, pensé que debía informárselo a usted ya que me ha dicho que estaba en la ciudad. —La etiqueta con la que se dirigía el pelirrojo al otro parecía dejar al mismo algo desconcertado.
—Agradezco que cuidara de mi hijo, pero por favor, me gustaría que lo despertara y le dijera que venga a la casa inmediatamente; no puedo permitirle que vaya molestando así a compañeros de buen corazón. —La forma en que aquel hombre le había dicho todo aquello no le gustaba para nada, de algún modo sonaba amable, pero, ¿por qué era que le daba tan mala espina su voz?
—No se preocupe; no es ninguna molestia, además, por como lo encontré, creo que sería mejor que pasara la noche aquí.
Oyó el silencio por un par de segundos, pero este fue cortado por un suspiro agobiado.
—Está bien —soltó con aparente resignación el mayor—, pero me gustaría hablar con usted Akasuna-san, ¿es posible?
No dudo al responder:
—Por supuesto, dígame.
Nuevamente hubo un pequeño corte en la conversación.
—Preferiría que fuera frente a frente —admitió el otro.
—¿No cree que ya es bastante tarde, Señor Iwa?
—Por favor —la suplica que pareció escupir el padre de Deidara encendió su interés.
—¿Dónde quiere que nos veamos?
…
Había pasado la noche en la casa de Kisame y ahora se encontraba escabulléndose entre los pasillos de su casa, esperando no encontrarse con nadie por el camino y poder volver a su habitación. Como el siempre cerraba con llave la puerta podía mentir diciendo que se había dormido profundamente si en algún momento le habían llamado.
La casa estaba en completo silencio y una cálida y pálida luz iluminaba los pequeños rincones del hogar, todo estaba tan tranquilo como en cualquier mañana navideña que hubiera presenciado, incluso quizá más.
Se permitió suspirar al encontrarse frente a la puerta de su dormitorio, su mano se escurrió en el bolsillo de su pantalón y rebuscó en este. ¿Ah?, soltó al percatarse de que no estaban. Llevó su otra mano al bolsillo contrario.
—¡No están! —Exclamó en un susurro, ¿cómo podía ser que las hubiera perdido?
Palpó los bolsillos de su abrigo inmediatamente y logró percibir dos objetos: su celular y…
—¿Hijo? —Aquella voz que conocía de más lo había dejado helado.
Levantó el rostro lentamente y se topó con la mirada de aquel hombre.
—P-Padre —logró pronunciar al mismo tiempo en que sufría un escalofrío—, e-estás despierto…
El mayor lo miró en forma penetrante unos segundos dejando tieso al moreno que deseaba que todo se tratara de una pesadilla.
—Ven conmigo —ordenó el que llevaba una bata gris con un fino bordado en el pecho del lado izquierdo que claramente decía "Uchiha".
Rápidamente y con las piernas casi temblando, siguió a su padre hasta el despacho de éste.
—¿Sucede algo? —Preguntó el moreno mientras observaba la espalda del otro.
—Siéntate, Itachi.
El menor obedeció sin rechistar, pero en realidad habría querido salir corriendo de aquel lugar gritando que él no había hecho nada malo y que no tenía la culpa de nada. Se sentía como un niño que sabía por qué lo iban a reprender.
—Itachi, debo preguntarte algo —informó finalmente el mayor al mismo tiempo que se giraba para ver a los ojos de su hijo—, y por el bien de todos espero que la respuesta sea una negativa —agregó.
El primogénito se quedó mirando a los ojos de su padre un buen rato, ¿acaso eso había sido una especie de amenaza? Desvió la mirada inconscientemente, pues no estaba prestando atención exactamente a lo que veía, simplemente se encontraba deseando desaparecer, que aquel piso de madera lo absorbiera, y finalmente fuera llevado para nunca tener que ver de vuelta la cara de su padre.
Sabía qué iba a preguntarle, sabía a qué iba a tener que responder y sabía que no podría con ella.
Sintió una fina gota de sudor correr por su frente, helándola, y un increíble peso cayó sobre sus hombros; hizo sus labios una fina línea y su mente se disparó.
Sólo tenía que responder que sí, ¿verdad? Sólo era una silaba, aunque aquello decidiría la relación con su padre y la humillación que —seguramente— recibiría a continuación. Pero no había nada de malo con lo que el diría, no había nada de lo que debía avergonzarse realmente, ¿verdad?
—Itachi tú… —El aludido tragó saliva en forma ruidosa volviendo casi al mismo tiempo la mirada a su padre. —¿Es posible que…, no soportes a tu primo?
El menor se quedó congelado unos segundos, estaba seguro que si estuvieran en un dibujo animado un fino cabello se hubiera salido de su coleta dando señal de lo descolocado que se encontraba en la situación.
—¿De qué hablas? —Preguntó sin darse cuenta—. Yo no tengo ningún problema con mi primo realmente.
Fugaku lo observó ligeramente sorprendido.
—¿En serio? Entonces… ¿Ha sido imaginación mía?
El moreno asintió mecánicamente, aún intentando adaptar su mente a la realidad.
¿Qué clase de pregunta había sido esa?, ¿se trataba de una broma acaso?
Justo cuando pareció que el mayor separaba los labios para agregar algo más a la conversación, la puerta fue tocada con dos suaves golpecitos.
—¿Cariño, estás ahí? El desayuno de navidad está listo. —Era la dulce voz de Mikoto.
Los dos presentes en la habitación miraban hacia la puerta e Itachi no se enteró cuando su padre comenzó a caminar hacia esta.
—Será mejor que bajemos —dijo firmemente al momento de abrir la puerta.
—Sí…
Ambos salieron de la habitación y el menor siguió al otro hasta las escaleras, pero al ver a aquél bajarlas se detuvo.
—Iré a cambiarme antes —advirtió y se volteó en dirección a su habitación.
Hacía unos minutos el temor lo había inundado y había pensado en mentirle a su padre si la pregunta que más le preocupaba era efectuada.
Frunció el ceño con impotencia mientras hacía girar la llave en la cerradura de la puerta de su recamara. ¿Es que acaso no podía admitir lo que era?
…
Lo sabía. Llevaba rato mirándolo fijamente, ¿pero qué quería? Hacía que sus manos temblaran y no pudiera llevar en forma correcta el tenedor a su boca.
Pudo sentir como el azabache pareció volcar aún más peso en sus codos, que se apoyaban en la mesa para sostener su cabeza sobre los dedos de sus manos entrelazados. ¿Acaso no le interesaba al menos disimular un poco esa mirada? Sabía que no.
Es el último pedazo, pensó mientras llevaba ese trozo de waffle a su boca. De tantos nervios no había podido siquiera darse cuenta de lo delicioso que era aquel desayuno.
Cada mordisco era engorroso, y por más que mantuviera su vista en el plato estaba seguro de que Kakuzu podía notar su leve sonrojo y como las cejas le temblaban de una forma nerviosa.
Tragó, y pudo sentir como el otro frunció aún más el entrecejo.
Su cuerpo tembló y sus dientes se apretaron.
Finalmente, el de mirada esmeralda suspiró. Aflojó el cuerpo y se levantó. Y el albino, por fin lo observó.
El azabache caminó tranquilamente a la heladera, pero mientras tanto llevó una expresión difusa. Hidan vio como este tomó una botella de agua fría y la empinó sobre sus labios de forma algo brusca. Cuando terminó de tomar se volteó a mirarlo, con una mirada que no llegaba de descifrar del todo, ¿estaba enojado?, ¿frustrado?, ¿decepcionado?
Seguía mirándolo.
—¿¡Qué?! —Chilló sin poder soportarlo más.
El mayor se mostró ligeramente sorprendido ante la exclamación, como si no hubiera notado que el otro se había percatado de su mirada, como si pensara que era invisible para él.
—Nada —soltó caminando en dirección al albino, esta vez rodeando la mesada que intentaba dividir la cocina del comedor.
Volvió a seguirlo con la mirada, conservando el ceño fruncido.
El azabache llegó a estar en frente de sí y lo tomó del borde de su mandíbula haciendo que su rostro le doliera un poco, estaba haciéndolo de una forma demasiado fuerte.
¿Quiere que lo mire a los ojos?, se preguntó extrañado mientras se hundía en el verdoso de aquellos inexpresivos orbes; aún podía sentir un poco de calor en su rostro.
El contacto era casi insoportable, podía sentir como si el mayor se estuviera sumergiendo en un su mente y, en forma lenta y cuidadosa, lavándole el cerebro.
Kakuzu desvió su mirada aparentemente furioso. Y antes de que pudiera darse cuenta lo estaba arrastrando del cuello de su camiseta hacia su habitación.
—¡Ey, bájame!, ¿¡qué mierdas te pasa, estúpido?! —Comenzó a gritar. Pero el mayor hizo caso omiso a sus palabras y antes de que pudiera darse cuenta lo había dejado tirado en la cama por debajo de él.
—¿¡Eres idiota!? ¿¡Qué vas a hacer!? ¡Respóndeme! —Siguió.
—Es navidad —pronunció tranquilamente el azabache—, quiero mi regalo.
Se sonrojó mientras sentía como sus muñecas le eran presionadas con fuerza por encima de su cabeza. Y se retorció de placer al sentir como el mayor frotaba su cuerpo contra el de él en forma sutil. Pero al separar sus parpados, que en algún momento habían decidido privarlo de su visión, llegó a ver esa mirada contradictoria en los ojos del otro. Entonces creyó entenderlo.
Intentó deshacerse del agarre que le había proporcionado el otro mientras lo miraba enfurecido.
—No vas a usar mi cuerpo para despojarte de tus estúpidos sentimientos —masculló mientras sentía la mirada atónita sobre él—… Prefiero que me digas qué te pasa…
El agarre del azabache era fuerte al principio, pero ahora éste se había quedado tieso, aflojándolo. ¿Aquello realmente acababa de decirlo Hidan?
—¡Dale, idiota! ¡Soltáme! —Le gritó esperando que el otro volviera a sí y le hiciera caso.
…
Conocía el lugar, los clientes frecuentes y los empleados de ese turno, no había nada que pudiera escapársele de las manos allí, pero ¿por qué era que estaba siendo tan cuidadoso con eso? ¿En qué momento había comenzado a desconfiar tanto de aquel hombre? ¡Incluso había llegado diez minutos antes de lo acordado!
Sus uñas golpeaban la fina mesa mientras sacaba la vista por la ventana; no había podido evitarlo, estaba realmente preocupado con respecto a ese hombre, sonaba sospechoso, ¿por qué había vuelto con Deidara? ¿Necesitaría algo de él? Después de todo, ya habían pasado varios años como para que ahora se arrepintiera, y aunque aquello no fuera imposible, sí era extraño.
Separó la barbilla de la palma de su mano; ahí estaba él. Era imposible no darse cuenta; el largo y lacio cabello rubio y los rasgados ojos eran, sin duda, dos cosas que había heredado Deidara de él. Aunque Kistsuchi tenía los orbes café y el pelo de un rubio pálido, como si estuviese desteñido.
Se tensó al sentir la gélida mirada de aquel hombre sobre sí, y pensó si aquella tendría la misma fuerza cuando estuviera frente de él o había sido potenciada por la ventana de ese café.
Lamentablemente sus suposiciones habían sido incorrectas; habría sido lo mismo que le mirara desde la puerta de su lujoso auto, que lo hiciera como ahora. Sentía el mismo escalofrío saltar como de escalón en escalón por su columna.
—Eres tal y como te imaginé —dijo aquel hombre con una sonrisa trivial.
Pero Sasori no se la devolvió, tampoco emitió palabra. Permaneció observándolo, intentando deducir esa expresión en el rostro del otro, podía apostar que había algo detrás de ella.
El mayor soltó aire aparentemente cansado y se sentó frente a él.
Hubo silencio por unos segundos, pero finalmente, nuestro pelirrojo decidió decir algo:
—¿De qué quería hablarme exactamente?
Estaba hundiendo su mirada en aquellos comunes ojos castaños, pero no lograba ver nada, era como observar dos granos de café por horas, sólo terminarías por notar como las pequeñas partículas marrones se unían para formar el mismo. Nada había tras ellos.
—Primero, ¿tomamos algo? —El rubio había señalado hacia una de las meseras con aquella sonrisa amable aún plantada en sus labios.
Quiso hacer rechinar sus dientes, no quería que se extendiera demasiado.
—Me gustaría terminar con esto lo antes posible —informó en forma neutra —, pero supongo que mientras podría tomar un té verde.
Su compañera asintió mientras tomaba nota, parecía que lo hubiera dicho apropósito en el momento en que llegó ella, para que lo escuchara.
—Está bien. Yo pediré un café suave por favor.
Rápidamente aquella chica, trajo sus bebidas y ellos, como si temieran decir algo más que ella pudiera oír, se mantuvieron en silencio.
Cuando la joven se retiró, la mirada suave que había puesto el mayor se deshizo y ahora observó a Sasori fijamente.
—Tú eres un buen amigo de Deidara, ¿verdad, Akasuna-san? —Su cínica voz sólo logró repugnarle y quiso retorcerse al imaginar que alguna vez él mismo había sonado así.
—Sí —respondió sin más.
—Entonces, he de suponer que sabes la dramática historia que se ha armado Deidara para decir que me odia a mí y a su madre. —La forma en la que el rubio había dicho aquello, no sólo le dio ganas de tirarle el té hirviendo en la cara, sino que también, deseó robarle al pequeño actor que, según él, había creado el guión.
—No he escuchado la historia de la que está hablado —dijo luego de tomar un sorbo de su té—. Sólo sé hechos innegables; como que usted lo abandonó en esa enorme casa cuando él tenía diez años, como que su madre también lo hizo.
Hubo silencio durante el cual Kitsuchi se había dedicado a observarlo directamente a los ojos.
—Supongo que puede verse así, pero estás ignorado puntos cruciales en la historia —hizo ver finalmente el mayor.
—Pero entonces no es Deidara el que está creando una dramática historia, es usted.
Pudo notar como el otro frunció el ceño al verse acorralado momentáneamente por sus palabras de nuevo, pero por alguna razón no pudo permitirse sonreír ante esto, había algo en aquel hombre que no le gustaba, y también estaba claro que no se lo estaba imaginando, éste había venido en contra de su hijo desde un principio, no le interesaba Deidara, le interesaba su apariencia...
Sintió un horrible peso caer sobre sus hombros, como si fuese culpa, y deseó nunca haberle dicho nada a su rubio. Aquél hombre no se merecía sus lágrimas, no merecía nada de Deidara, nadie podía merecer nada de un chico como él. Y no quería que fuera con ese extraño, no quería que fuera lastimado por alguien más que él. Porque, incluso Sasori, de alguna forma, seguramente, terminaría lastimándolo, por más que no quisiera, seguramente, algún día lo haría; porque el rubio era demasiado frágil en su mundo de cristal, y quería amarlo, por más que estaba seguro de que terminaría rompiéndolo; porque había algo de lo que estaba seguro, él querría arreglarlo después de eso.
…
Soltó un suspiro al cerrar la puerta de su habitación, nuevamente, con llave. Se sentía frustrado de alguna manera, y su cuerpo le pesaba horrores, no quería bajar esas escaleras.
Mientras se acercaba a la cocina-comedor podía escuchar como las charlas y el sonido de los palillos chocar contra la porcelana se agravaba en sus oídos. Cuando llegó abajo intentó poner una cara más o menos agradable, no quería asustar a nadie, y además, después de todo, la noche anterior había hecho lo que quería ignorando a toda su familia.
—Buenos días —saludó mientras buscaba su lugar en la mesa.
Su primo estaba hablando animadamente con Sasuke, Mikoto estaba sirviendo comida aún y su padre ya había tomado el diario y su café. Todos le respondieron vagamente, a excepción de su madre y padre.
—Buenos días, cariño —le dijo con una sonrisa ella.
Sus labios le devolvieron aquella mueca por unos segundos; no había podido mantenerla.
—¿Y Madara-ojisan¹? —preguntó al ver que su tío no se encontraba en la mesa.
—Ah, mi padre se fue en uno de los vuelos nocturnos de ayer, tenía cosas que hacer —le informó su primo rápidamente—. Te dejó saludos.
La sonrisa amable de su primo le hizo sentirse mal por gritarle el día anterior, y los "saludos" de su tío le tiraron culpa por irse de la mesa ayer; pero pensó en Kisame, realmente se la habían pasado bien al irse de ahí, sí, no tenía de qué arrepentirse, ¿verdad?
—Oh, gracias —musitó—… Me siento un poco mal por no haber pasado más tiempo con él —sinceró mientras sonreía de una forma nostálgica.
—No te preocupes primo, él sólo estaba un poco preocupado por cómo nos llevábamos tú y yo, pero creo que está todo bien, ¿no? —Le dedicó una sonrisa.
—Por supuesto…, lamento mi comportamiento de ayer, no fue digno —se disculpó haciendo ahora una pequeña reverencia.
Sasuke los observaba con lo que parecía ser intriga.
—No te preocupes, creo, tenías tus motivos, lo siento. —Él no lo reverenció, pero Itachi lo ignoró por completo.
—Aquí tienes —murmuró su madre al dejarle su desayuno enfrente.
—Gracias —le sonrió.
Miró aquella bandeja con los platillos y su apetito despertó.
—Gracias por la comida.
Tobi se encontraba comiendo a su lado, cruzando palabra con Sasuke de vez en cuando; su padre observó a Mikoto que volvía a la mesa, ahora, con su propio desayuno. Todo está demasiado pacífico, pensó, extrañamente pacífico.
—Bueno —dijo Fugaku, y con su grave y elegante voz llamó la atención de todos en la mesa, por supuesto. Hizo una pausa en la cual se dedico cerrar su diario y doblarlo a un lado. —Ahora que estamos todos, me gustaría anunciar algo.
Tobi sonrío, aunque no igual que Mikoto, parecía disfrutarlo de alguna otra forma. Sasuke e Itachi permanecían expectantes.
…
Se miraban en forma fija y penetrante, había silencio en la habitación, y el menor comenzaba a desesperarse.
Había dicho que sería diferente y ahí empezaría, quería cambiar las cosas, si iba a tomar su cuerpo iba a ser con amor y deseo, no para desahogo sentimental.
—¿Qué pasa? —Su voz sonó ronca, pero no le importó realmente.
Ambos se encontraban sentados en la enorme y cómoda cama.
Notó como el otro se sorprendió ligeramente al escuchar esa pregunta, pero enseguida éste se tranquilizo. Lo observaba ahora en forma más tranquila, pero parecía tener un pequeño resentimiento escondido ahí.
Hidan lanzó un resoplido, no le iba a decir, ¿verdad?
Se acercó a él, aún hundiéndose en sus ojos bellamente verdes. Estaba casi chocando la nariz con la de él. Aquel tipo había despertado un extraño sentimiento en él, aunque ya conocido ahora. Y sintió una extraña necesidad que era abrazarlo, ¿y por qué se estaba conteniendo? También quería besarlo, pero no lo hacía. Incluso decirle cuanto lo apreciaba y amaba, ¿qué hacía que no pudiera hacer nada de todo aquello?
Lo entendió.
Se impulsó contra él y con sus brazos atrajo su cuello para besarlo. Los labios del mayor parecieron tensarse unos segundos, como si no supieran qué significaba aquel contacto. Y es que tal vez, iba con uno distinto, uno que ambos conocían, pero nunca habían sentido, o más bien, uno que ambos sentían pero jamás habían conocido.
Ninguno sabía si había sido el beso más largo o más corto de todas sus vidas, ¿cómo podrían explicar la sensación de haber desaparecido de esa realidad por unos segundos?
¿Cómo podía explicar ahora el no querer despegarse de su cuello?
Sintió las manos del mayor temblar contra su espalda al corresponder aquel gesto, ¿y es que alguna vez se habían abrazado? Y de en serio abrazarse, no sólo pegar sus cuerpos… ¿Lo habían hecho?
Sólo faltaba algo en su lista mental, pero ahora sus labios le temblaban y no podía hacerlo. Frunció el ceño mientras escondía su rostro en el cuello del otro, apretando sus dientes.
Las hebras castañas le hacían cosquillas en el cuello y orejas.
Sintió como de pronto el agarre del mayor se fortaleció mientras éste apoyaba su cabeza en la suya. Intentó mirarlo aún sabiendo que no era posible.
—Di que me amas —le susurró.
…
Se revolvió en sus sábanas, pero en menos de dos segundos notó la fuente de calor que le abrazaba de la cintura en forma tan firme que parecía desear nunca dejarlo ir. Se sintió feliz y una sonrisa corrió por sus labios, el pequeño sonrojo también se hizo notar en sus mejillas. No quería separarse.
Decidió quedarse así por unos segundos; incluso cerró sus ojos para intentar dormirse de nuevo. La paz que le transmitía aquel cuerpo era demasiada, y quería quedarse con ella para siempre. Pero luego recordó que ese día era navidad; que debía ir a su casa, disculparse y saludar; y también hablar con su padre… Tenía que arreglar todo.
La cabeza del pelirrojo se encontraba contra su espalda, y por ende, no podía ver el rostro de aquél. Seguramente se veía hermoso durmiendo y no quería despertarlo.
Lentamente comenzó a deshacer el agarre del mayor a él, intentado escurrirse sin que el otro lo notara. Finalmente, salió de la cama.
Observó como el otro dormitaba con una tranquilidad que parecía ser inexistente para cualquier otro ser humano; sus parpados suavemente sellados, y sus labios, perdidos en una mueca que no podía identificar como una sonrisa, pero tampoco otra cosa. Quiso besarlo, pero se detuvo al oír su calmada respiración, observó su pecho y notó como parecía seguir un compás inexistente.
Sonrío.
Buscó con la mirada su celular y lo encontró en una mesa de luz cercana, lo tomó. La hora daba las nueve de la mañana y pensó que no era tan tarde como parecía en realidad.
Buscó en la habitación las cosas de la escuela del pelirrojo, y de aquel maletín extrajo una hoja y un lápiz.
Por último, bajó las escaleras silenciosamente. Llegó al recibidor, y calzándose sus zapatillas salió. La puerta se encontraba sin llave, pues sólo podía abrirse de adentro sin esta, y agradeció que fuera así, de esa forma no tuvo que despertar a Sasori para irse de allí.
Sus labios se curvaron al sentir como los rayos de sol iluminaban su rostro y lo cegaban momentáneamente; se sentía bien, pero hacía un poco de frío.
Al abrir sus ojos pudo observar la blancura que tenía el pasto encima, y como sólo la calle estaba de su color usual. Así que nevó toda la noche, pensó mientras se encaminaba en dirección a su casa.
Sin darse cuenta comenzó a preguntarse si su padre se habría preocupado por él, pero no tenía ninguna llamada de éste, ¡ni siquiera un mensaje!, y eso lo desanimó un poco, ¿Sasori tenía razón? ¿Aquel hombre quería que fuera parte de esa familia hecha pedazos de nuevo? ¿O sólo estaba jugando con él? Se negó rápidamente con la cabeza y levantó la vista con una mirada decidida. Tenía que intentarlo, además, ¿qué clase de idiota jugaría con los sentimientos de su propio hijo? Quería creer que su padre no, pero la duda le daba una apuñalada en el corazón a cada paso que daba.
Cuando llegó a estar frente a la enorme puerta de roble de su casa sintió como su corazón se paró, y luego de un salto volvió a funcionar en forma dolorosa.
Rebuscó en sus bolsillos por las llaves, pero no las encontró y pensó que se le habrían caído en la cama de Sasori. Se sonrojó por la forma en que aquello había sonado en su mente, y luego de ese respiro se decidió a tocar el timbre de aquella vivienda.
Un escalofrío recorrió su espalda al oír como la pequeña llave se retorcía en la cerradura y, sin darse cuenta, apretó sus parpados unos segundos, como si la cerradura rechinara, aturdiéndolo o algo parecido.
…
De alguna forma, había sido arrastrado por su primo al centro comercial. Aquél le había dicho que quería renovar su guardarropa y que el centro comercial era el mejor lugar en el cual empezar.
Caminaba en forma ida a un lado del mayor que le hablaba alegremente de cosas banales y, de vez en cuando, le decía de entrar en alguna tienda. No tenía humor para salir con él a ninguna parte, pero había tenido que aceptar para que su padre no se inventara ninguna loca idea, era suficiente de eso.
Tobi parecía ser el mismo chico que siempre había conocido, nada más que con un par de años más encima. Y pensó que la noche anterior aquél simplemente estaba siendo amigable a su manera.
Suspiró mientras se sentaba en un acolchonado banco a un lado de los vestidores, bajó la cabeza y miró sus pies sintiéndose desolado; la conversación de esa mañana lo había asustado demasiado, y no pudo evitar imaginarse qué hubiera hecho si realmente le hubiera preguntado aquello, ¿habría mentido; habría dicho la verdad? No lo sabía a ciencia cierta, pero creía que hubiera sido la primera ¿Siempre sería así?
Cuando pensó en responderse aquella pregunta, una mano en su hombro lo volvió a la realidad:
—¿Itachi?
Se volteó casi en un sobre salto y lo observó. No había notado a que negocio habían entrado y ahora paseó su mirada por este, ¡era donde Kisame trabajaba!
—¿Estás bien? —le preguntó con una mueca preocupada.
—¿Ah? S-sí…, sólo acompaño a Tobi a hacer un par de compras —balbuceó—, ¿estás trabajando?
—La verdad no, sólo vine a hablar con el encargado sobre mis turnos…
—¿Dejarás de trabajar o algo? —preguntó con cierta curiosidad el moreno.
—En año nuevo iré a visitar a mi familia, así que tenía que avisar —comentó sonriéndole de forma nerviosa.
—Ya veo —musitó, e iba a agregar algo más pero fue interrumpido:
—¿Qué dices, primo? —Preguntó el Uchiha recién aparecido que lucía un tapado gris que aparentaba ser realmente acogedor. — ¡Oh!, Kisame-san, ¡hola!
El segundo aludido por el mayor sonrío ante el amable saludo.
—Buenas, Tobi-san, eso te sienta realmente bien —dijo manteniendo la sonrisa trivial.
—¿Usted cree?
—Sí, Tobi, se te ve perfecto —reafirmó Itachi.
El aludido en las últimas palabras dichas les sonrío y se adelantó a la empleada para confirmar su compra.
El Uchiha restante suspiró con pesadez y se levantó de su asiento.
—¿Te ha arrastrado? —preguntó el de cabellos azulados mientras observaba como el otro le entregaba una tarjeta a la cajera.
—Algo así…
Sólo podían escuchar el silencio que había quedado entre ellos. Ambos quería decir cosas al otro, pero los pensamientos chocaban con la cabeza de cada progenitor, haciendo que fuera imposible expresarlos en palabras para su amante.
…
Dejó que las facciones de su rostro simplemente expresaran el asombro que había sentido al escuchar aquellas palabras, de todas formas, el mayor no podía verlo. Aunque también, estaba seguro de que aquél había sentido como todo su cuerpo se había tensado, ¿realmente acababa de escuchar lo que estaba pensando? ¿Tendría que admitirlo?
—Ka… —Aquello había sido un simple balbuceo, pues, ¿qué ganaría con llamarlo?
Estaba actuando como un estúpido. ¿Qué era lo que tanto le impedía hacerlo? ¿Orgullo? ¿Vergüenza? ¿Qué?
Sabía lo que sentía, ambos lo sabían. Y quizás era por eso, ambos lo sabían. Sí, eso.
—Lo sabes, entonces… ¿por qué?
Su voz, casi en un susurro, resonó sobre el silencio de la mañana.
Sintió como las uñas del azabache se hundieron en su espalda, simplemente reforzando el contacto, la sensación de que algo a ambos les falta.
Amor, cariño, afecto.
Valor, confianza, fuerza.
—Quiero oírlo. —Sonó firme, y doloroso.
Apretó sus labios en una fina línea. Sentía que al cruzar esta marca, que al corroborar lo que ya estaba como una lúgubre afirmación, terminaría por abrirle paso a su destrucción; podría masacrarlo con sólo responderle lo contrario, y por eso necesitaba confianza. Pero Kakuzu ya se lo había dicho, sabía que lo amaba. Entonces, ¿a qué le estaba temiendo?
A que todo sea una mentira. A que todo sea una farsa como lo fue la mitad de mi vida.
Lo despertó el temblar de ambos cuerpos, que casi con sincronía se agitaban. Fue cuando lo comprendió; quizá ambos se sentían igual, ambos necesitaban saber que todo era realidad.
Se giró sobre el hombro del otro, y de alguna forma aquél supo que no debía moverse. Sus labios rozaron contra aquella oreja de tez morena. Y su voz rozó con ese gran y débil corazón.
Todo se quedó en silencio de nuevo, como si aquellas palabras nunca se hubieran pronunciado; y quizá fue así, porque todo ocurrió dentro de aquella amplia y cálida burbuja.
Y se quedaron ahí; inmóviles; en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.
…
Se removió sobre aquella cama sintiendo que algo le hacía falta, y gruño aún con somnolencia mientras se sentaba en su cama. Refregó sus ojos con el dorso de su mano y luego dejó escapar un pequeño bostezo, de alguna manera, todo aquello fue efectuado con su elegante aura intacta, como si brillara intensamente incluso cuando recién se había despertado.
Recorrió su habitación con una mirada tranquila hasta quedar observando las sabanas a su izquierda, no dejaba de pensar que algo faltaba. Hasta que lo recordó. Sus parpados se extendieron dejando ver la triste expresión de asombro del pelirrojo, volvió a mirar la habitación, esta vez en forma apresurada, como si aquel rubio fuera a aparecer de repente frente a él y, casi al instante de terminar la revisión, pegó un salto de la cama.
—¿Deidara? —Preguntó con la voz ronca, pero no hubo respuesta.
Su mueca se había tornado a una de terror y palpó sus bolsillos esperando encontrar su celular; no estaba. Notó como en la mesa permanecía aquel aparato y se acercó de forma inmediata, al tomarlo una pequeña hoja resbaló de la mesa y cayó a sus pies. La juntó.
Esa nota había confirmado todos sus temores; y quiso abollarla, pero había algo que hacía que su mano se ablandara: su letra, sus palabras, su afecto. Al principio parecía que Deidara no había dejado mucho dicho; sólo aclaraba que se había ido a hablar con su padre, pero más abajo, mucho más abajo, haciendo aparentar que el menor no quería en realidad que el pelirrojo leyera eso, decía:
Muchas gracias por lo de ayer y perdón por quedarme dormido e irme sin despertarte... Creo que serás la razón por la que tal vez pueda tener una familia de verdad. En serio te lo agradezco, hiciste que lo entendiera.
Espero verte de nuevo.
Deidara.
Releyó para intentar asimilar aquello, parecía... una despedida.
Las palabras con la voz enfurecida del padre del rubio resonaron en su cabeza casi de forma automática:
¡Me llevaré a Deidara a Estados Unidos aunque tenga que noquearlo para subirlo a ese avión!
La imagen de aquel hombre subiendo a su lujoso auto se repitió en su mente como una vieja cinta de película.
Entonces miró su celular y no dudó ni tres segundos en buscar el número del rubio. Se colocó el aparato en la oreja y esperó comenzar a escuchar el tono de la llamada, pero, casi al instante de colocar la bocina en su oído, la voz de una operadora le habló:
—La línea con la que intenta comunicarse se encuentra fuera de servicio para estos momentos, por favor, intente esta llamada más tarde.
…
Compartieron una mirada que no podía recibir el termino de "cómplice", pues ambos chicos —confundidos— parecían haber esperado encontrar algún tipo de respuesta a la, aparentemente absurda, situación. Era evidente que no la habían encontrado y no la encontrarían por más que extendieran aquel contacto, eso que buscaban sólo podrían encontrarlo en los ojos de una tercera persona.
—Entonces…, creo que pediré tres tablas de sushi, ¿sí? —El moreno observó a su primo pareciendo estar en busca de aceptación.
El Uchiha menor asintió en forma queda, y el otro levantó su mano al instante para llamar al mesero, Tobi estaba actuando en forma energética, como siempre lo había hecho, como un niño.
Itachi y Kisame se encontraban en un famoso restaurant de sushi de la ciudad, de alguna forma, la pareja había sido arrastrada por el mayor en busca de su comida favorita.
—Ahh… Amo los restaurantes de sushi, amo el sushi —dijo en forma de suspiro el tercero, y se dejó caer sobre el fino sillón detrás de él, como si estuviera profundamente cansado de hacer compras, bueno, lo estaba.
El de cabellos azulados observaba a aquél moreno, extrañado.
—Después de todo, esta siempre ha sido tu comida favorita —comentó el menor sin poder ponerle naturalidad a la frase, y desistió de agregar el "nunca cambias" como lo había planeado; no podía relajarse en esa clase de situación.
—¡Oh, hablando de comidas favoritas! ¿No quieres dangos, primo?, vi que servían un par, ¡parecían deliciosos!
Se avergonzó un poco de que el otro mencionara eso, y como un reflejo se giró a ver a Kisame que sonreía abiertamente.
—Sería genial pedir un par de dangos, a mí también me gustan.
Al escuchar aquel comentario de su pareja, Itachi quiso que la tierra lo tragara, él realmente parecía estarse divirtiendo con aquel hecho.
—¿En serio Kisame-san? ¡Definitivamente pediré unos ahora! —Exclamó el moreno al mismo tiempo en que se erguía sobre el sillón y levantaba la mano para que el mozo viniera.
De alguna forma, y gracias a Dios, una entrecortada charla comenzó a surgir luego de eso y pudieron llevarse bien durante la comida; como si lo de ayer simplemente hubiera sido provocado por la bipolaridad de su primo —aunque seguramente esa era la razón—, y así debía ser, tenía que comenzar a poder hablar normalmente con él, después de todo, desde ese día Tobi había comenzado a vivir con ellos.
…
Repaso aquel demacrado rostro en su mente y se sintió repentinamente culpable.
Al abrir la puerta, su padre se había quedado atónito al observarlo allí parado, lo había abrazado y, más sorprendente aún, le había pedido disculpas "por todo".
Se sintió a punto de llorar cuando sus temblorosos brazos tocaron aquella enorme espalda y lo perdonó, porque era lo que siempre había querido hacer, después de todo, a nadie le gusta estar solo, a nadie le gusta el rencor, a nadie le gusta el odio y mucho menos la traición. Aunque en el momento de corresponder el abrazo del mayor se hubiera sentido inseguro, en serio que todo se arreglara.
Se encontraba tomando un baño ahora, su padre le había dicho que debía tener cuidado con los resfriados y debía lavarse y ponerse ropa limpia y abrigada; él había obedecido, además, no había cosa que quisiera hacer más, estaba muriendo de frío. Aquél también le había dicho que tenía una sorpresa para todos y que lo esperaba en el comedor para el desayuno.
Sus manos se encontraron sobre su cabeza, masajeándola con espuma del shampoo. Todo iba extrañamente bien, parecía como si de un día para el otro, la mitad de sus problemas se hubieran desvanecido, sólo quedaba uno en realidad, pero era de los más grandes y dolorosos; la mudanza a Estados Unidos.
Recordó con nostalgia la pequeña carta que le había dejado a Sasori y se sintió dolido por unos segundos, no quería irse dejándolo a él, a Hidan y a esa ciudad. Pero por otro lado estaba su padre, sus primos y la felicidad de estar todos en la misma casa, conviviendo.
Ya no sabía que pensar.
Hidan había sido su familia por mucho tiempo, ¡quería verlo de nuevo!, igual que al resto de sus amigos e incluso ahora parecía que comenzaría a salir con Sasori, todo era perfecto. Pero su padre había vuelto con él, también estaban sus primos, que ya no contaban con ninguna otra persona que ellos dos.
¿Qué se suponía que iba a hacer con su vida? ¿Acaso no podía tenerlos a todos?
La espuma corrió por su cuerpo hasta llegar al piso de la ducha y despedirse de él en el desagüe. Llevó su mano a la canilla y la cerró lentamente, salió del pequeño cubículo que no le permitía observar el resto del baño y tomó una toalla para secar su húmedo cuerpo.
Al cabo de unos minutos se encontraba seco, vestido y peinado. Bajó las escaleras intentando olvidar todo en lo que había reflexionado, podría hablarlo con su padre, podría de alguna forma convencerlo para quedarse. Al menos así esperaba que fuera.
Cuando llegó al comedor no había nadie. Paseó su mirada por la mesa y tampoco había rastro del desayuno. Fue entonces cuando escuchó un par de risas que parecían venir de la cocina.
Kurotsuchi y Akatsuchi reían mientras parecían disfrutar de un delicioso desayuno y Kitsuchi tomaba un modesto café también en la mesa del comedor. Deidara observó la escena por unos segundos.
—Buenas —musitó mientras se encaminaba al lugar vacío en la mesa, allí lo esperaba un apetitoso desayuno preparado, seguramente, por Kaomi.
—¡Deidara-nii, buenos días! —exclamó la morena que se había inclinado a ver el rostro del rubio.
—Buenos días, primo —le saludó el hermano de la primera aún con los cachetes llenos de arroz.
Él les sonrío y luego se giró a su padre, éste parecía leer tranquilamente el periódico. Miraras por donde miraras aquella escena parecía típica de una familia normal y tranquila. Se sintió incomodo, pero extrañamente alegre.
Comenzó a comer pensando en cómo mencionar el "pequeño" problema que no había parado de rondar por su cabeza desde que había despertado, pero era tan complicado mencionarlo, no sabía que palabras usar para explicarle que ni muerto el querría mudarse de allí. Estaba consciente de que su padre trabajaba allá y que debía volver por su trabajo, pero ¿no podía hacer nada contra ello? ¿No podía simplemente trasladarse como la gente normal?
—Bueno…
El inesperado sonido de la voz del mayor hizo que Deidara se estremeciera en su asiento. ¿Qué iba a decir?
—Creo que deberíamos hablar sobre el viaje a Estados Unidos.
El ambiente dulce y familiar pareció desvanecerse junto con la sonrisa de los dos más jóvenes que habían estado discutiendo amistosamente hasta entonces.
—Padre yo… —No sabía que iba a decir y agradeció mentalmente que el aludido lo detuviera mostrándole la palma de su mano.
—Sé que no quieren mudarse conmigo allá —aclaró el rubio ahora volviendo aquella mano a sus sienes y masajeando el puente de su nariz de una forma que hizo a los más chicos sentirse, de alguna forma extraña, culpables—. Pero creo que ustedes saben bien que yo debo regresar allá, así que les daré una segunda opción.
Deidara observó a su padre unos segundos y tragó saliva ruidosamente, ¿cuál sería la segunda opción?, ¿por qué no lo decía rápidamente?, ¡¿se divertía haciendole sufrir?!
—Pueden vivir aquí con Kaomi, ir a la escuela y esas cosas, ¡pero!, deben acompañarme a Estados Unidos en un viaje familiar.
Los presentes se quedaron observando torpemente la enorme sonrisa del otro, ¿un viaje familiar?, ¿eso era todo?
—También vendré a visitarlos siempre que pueda, pero quiero al menos, un viaje familiar —repitió esta vez haciendo una especie de puchero mientras se cruzaba de brazos.
…
La madera rechinó sobre su propio marco pareciendo de alguna forma molesta. Presenció la habitación completamente oscura por unos segundos y luego ésta se iluminó, mostrándole aquél húmedo recibidor que había visitado por tanto tiempo. Dejó su maleta a un lado y, con los hombros bajos, suspiró, parecía tanto el tiempo en el cual nadie había visitado ese lugar. Se aventuró al lúgubre living-comedor-cocina sintiendo rechinar la madera por debajo de sí mismo, y cuando finalmente llegó a la pequeña ventana la abrió para correr los postigos que no permitían entrar a la luz.
Se paseó por la habitación unos segundos antes de ir a su cuarto y pensó en el porqué había querido abandonar ese lugar, pensó en lo absurdo que le sonaba eso ahora, pensó en todo lo que pudo haber sucedido, y logró tener la sensación de querer volverse alguna especie de liquido mohoso para pegarse a aquella húmeda pared a un lado de su heladera. Por instinto, al estar cerca de ésta, la abrió y se encontró con todas esas latas de Coke que había comprado con el dinero del Sr. Bauer, lo recordó y creyó bueno llamarlo, ¿pero aquello que tendría de productivo? Sabía que aquel tipo no adoraba Jashin, sabía que le interesaba una mierda su religión, pero no tenía una idea de qué mierda era lo que aquél en realidad quería, y por alguna razón, le daba una horrible sensación en el estómago cada vez que pensaba en investigarlo.
Averigua bien quién diablos es ese tipo, preferiría que no te maten. Las palabras de Deidara hicieron eco en su cabeza y palabras de otra persona vinieron a su mente; era Kakuzu, le había dicho que llamara al rubio ni bien pudiera.
Quizá tenía demasiadas cosas en la mente.
Sin más, sacó el cargador del celular de su maleta, caminó a su pieza y subió ferozmente la persiana, ni siquiera le interesó observar cómo la habitación se llenaba de los rayos del imparable sol. Conectó el teléfono a la pared dejándolo por encima de la cama y mientras este prendía decidió ir a abrir el ventiluz del baño. Escuchó desde allí como el pequeño aparato encendía y caminó, esta vez en forma despreocupada, a la cocina, abrió la heladera, de nuevo, y sacó de allí una lata de gaseosa junto con un pack de seis completo de las mismas. También busco en la alacena y retiró un paquete de papas fritas.
Al volver a su habitación, se sentó en la cama y dejando el pack con las papas arriba, abrió la lata que estaba separada en su mano comenzando a beber con el celular ocupando su otra extremidad.
Quiso escupir cuando observó que tenía unas quince llamadas perdidas y comenzó a observar los mensajes, todos decían cosas como, "No vayas." "¿Dónde estás?" "Cuando veas esto llámame." La mayoría eran del rubio, Kakuzu sólo había dejado un par de llamadas perdidas. Notó que también había un mensaje de voz y se decidió a escucharlo:
—Hidan, tengo que hablar contigo, ¡es urgente, h'm! Por favor, cuando escuches esto llámame.
Se quedó estático, la voz de Deidara, no sólo había sonado desesperada en aquel mensaje, sino que también estaba horriblemente estrangulada, como si en realidad no pudiera articular palabras pero lo intentara con todas sus fuerzas, como si le estuvieran estrujando el alma.
Se sintió monstruosamente mal por unos segundos y dejó su Coke en la mesa de luz que estaba a un lado de sí. Pero casi tan pronto como lo pensó, volvió a recuperarse dando un salto de la cama; no lo llamaría, iría a verlo.
Había pensado antes ya en ir a verlo, pero ahora iría, de alguna forma, con más ganas, aunque sonara estúpido decirlo así.
…
Tobi, extrañamente, había decidido dejarlos en paz y ellos, no iban a mentir; felices, caminaban hacia la casa de Kisame. Su conversación de alguna forma se había vuelto monótona y parecía ser que, a esas alturas, ninguno de los dos quería seguir hablando, pero lo hacían, váyase a saber si era por compromiso o alguna otra cosa, simplemente charlaban.
Al llegar a estar frente la casa del mayor se quedaron callados y no se miraron, Kisame colocó la llave en la cerradura, abrió la puerta, dejó pasar a Itachi y cerró tras de sí.
—¿Quieres té? —Le preguntó en forma amable al Uchiha que parecía haber encontrado su lugar en un pequeño sillón.
—¿Ah? Sí.
Estaba inquieto, ya fuera porque la conversación se había vuelto extraña, o porque Kisame parecía querer ignorarlo; lo estaba. Sus ojos se clavaron en la espalda del mayor y aquél lo notó, pero calló. ¿Por qué se sentía todo tan extraño? ¿Era culpa suya? ¿Había hecho algo mal?
—¿Pasa algo? —Preguntó sin más.
El otro pareció dar un salto sobre sí mismo.
—Igual de directo que siempre, ¿verdad, Itachi? —Le dijo sonriendo mientras permanecía de espaldas preparando el té.
—Por supuesto —afirmó el moreno—. ¿Entonces?
Kisame dio otro sobresalto.
—¿Te enojaste porque no te avisé de mi viaje? —Esta vez volteó a mirar al menor.
Lo observó desentendido y rápidamente negó con la cabeza.
—No, ¿por qué piensas eso?
—Creí verte de un humor extraño —confesó el otro sintiéndose avergonzado y se volteó a las alacenas—, debe haber sido mi imaginación.
No pudo evitar sentirse confundido, ¿un humor extraño?, no creyó en que aquél realmente pudiera habérselo imaginado e intentó retroceder mentalmente y recordar si había hecho o dicho algo mal; era extraño que Kisame, quien lo conocía desde pequeño, se confundiera en algo así.
—Bueno, me alegro de que no fuera nada —le sonrió ampliamente el de cabellos azules al dejar sus tasas en la mesa junto con unos dulces.
Itachi observó aquella gran sonrisa y le dolió en el pecho, no podía decirle que quizá, sí tenía razón.
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¹ Tío(-san), le llama así por respeto ya que es muy de confianzudo llamarlo sólo por su nombre como lo hace con Tobi.
Hola de nuevo owó
Bueno, nada, sólo quería decir que tal vez me tarde mucho con esto, no ando con mucho tiempo, pero intentaré que no pase tanto como esta ultima vez, ¿vale? Los leo en los reviews~
Matta ne nwn)/
