Nota: Más Jazz y más Blues. Cuando tía Lorena escucha Blues y escucha a Amy, John Lee o a Ray Charles, se le ocurren unas cosas... En su debido momento DEBEN buscar en youtube la canción "If you've never been in love" de John Lee Hooker, porque genera atmósfera, de verdad, y si la escuchan entenderán porque las cosas se dieron de la forma en que se dieron.
Gracias MyobiXHitachiin, sé que no querías soltar este capítulo. Te lo dedico porque se que cuando lo leíste fangirleaste de lo lindo.
Color skin
And though I'm not a great romancer / y pese a que no soy un buen romántico
I know that I'm bound to answer / sé que estoy obligado a responder
When you propose, /cuando te declaras
Anything goes /todo fluye
(Anything Goes- Cole Porter)
-¿Puedes creerlo?– Decía Elizabeta pasmada al otro lado del teléfono –El muy imbécil creía que entre tú y yo había algo, por eso no me pidió que fuera su novia…-
-Alfred también llegó a esa conclusión– agregó Arthur –así que quizá sí lo parecíamos-
-Pero ¿Qué mierda tienen en la cabeza?–
El inglés rió desde el otro lado del teléfono, entonces ella se aventuró a preguntar.
-¿Y cómo van las cosas por allá, mi querido asaltador de cunas?– preguntó con un tono juguetón.
-¡Eliza!– Exclamó y luego comenzó a susurrar –no sé de qué diablos me estás hablando…-
-No te hagas, ayer en el baile parecían determinados a "sobarse" fuera y dentro de la pista, ¿Qué pasó cuando llegaron, pillín? Tienes que contarme todo…-
-No paso nada ¡por Dios!– dijo en voz baja como si estuviera hablando de un crimen –Y creías que Rod era un imbécil por pensar mal, aquí no pasa nada, Eliza…-
-Repítelo todas las veces que quieras hasta creértelo, pero eso no va a hacer que desaparezca cariño…- le contestó ella con una voz cantarina y molesta que definitivamente lo estaba sacando de quicio.
-Eres una bruja... me encantaría seguir escuchando tus disparates, pero me llaman a comer, así que hablamos otro día cuando dejes de ser desagradable– le reprendió el inglés escuchando el bufido de decepción de su amiga. Luego agregó, por cambiar el tema –tenemos que celebrar tu noviazgo con un gin-
-Claro que lo haremos, un beso y deja de portarte bien de una vez– contestó juguetona la castaña antes de colgarle. Arthur había quedado un poco alterado con el tema, pero es que esa Eliza tenía una imaginación. Todo el mundo tenía una imaginación feroz: Su madre, Eliza, Francis, Heracles… todos viendo cosas donde no hay nada.
-Parecen comadres– lo sacó de su ensoñación Alfred desde la puerta de la habitación de invitados, que ahora era llamada "La habitación de Arthur".
-¿Nunca te enseñaron que es mala educación fisgonear en conversaciones ajenas?- preguntó el mayor con un tono severo.
-Lo siento, no pude evitarlo… desde que llegamos no me has hecho caso, te la pasaste hablando con mi madre, así que tengo que venir a mendigar atención– explicó Al, con un tono dramático ante el cual Arthur tuvo que reírse.
-Dios… eres un crío, ven acá– dijo palmeando el colchón indicándole al americano que se fuese a sentar a su lado. Alfred fue obedientemente pero, en vez de sentarse pasivamente a esperar que Arthur se decidiera a hacer algo, fue él quien envolvió en sus brazos al inglés que de pronto se sintió insignificante al ser envuelto por la figura grande y fuerte del menor.
-No me gusta cuando me tratas así– reconoció Alfred con un tono serio, haciendo que su voz sonara más profunda de lo normal.
-¿Así cómo?-
-Así como si fuese un niño… no quiero que me veas así- respondió causando una punzada a Arthur que no sabía cómo hacerse el tonto.
-Tampoco te puedo tratar como un colega de mi edad e invitarte a emborracharte a un karaoke – expuso tratando de ser razonable -¿Qué diría Dominique de mí? Que soy un adulto irresponsable…-
-Los dos somos adultos, Artie, nadie se tiene que hacer cargo de nadie en esta relación– replicó Alfred marcando intencionadamente "esta relación" como queriendo decir "Tú y yo", implicando en realidad "Tu y yo como pareja".
-Tu madre nos está llamando a cenar– anunció levantándose, aunque en realidad no era cierto, pero dada la hora que era lo más probable es que así fuera.
Alfred suspiró frustrado. Eliza le había dicho que le diera tiempo, pero él había pensado, que tal vez después del baile aprovecharían el silencio de la noche y saltarían directo a los besos o algo así. En lugar de eso, después de haber caminado de lo más acaramelados hasta llegar a casa, Arthur había recuperado su usual compostura y le había dicho buenas noches, para ir a acostarse.
Incluso en vez de avanzar parecía que había retrocedido porque ahora el británico parecía más interesado en pasar tiempo con su madre o con su padre, hasta con el perro, menos con él. Llevaban cuatro días sin hablar mediante señas, desde el martes antes del baile; ya era sábado y pese a que nada más ayer andaban con una cercanía física de lo más excitante, hoy parecía que en vez de perfume se había echado repelente. Eso ó Arthur lo estaba evitando a posta y si eso era cierto, entonces tenía razones para querer evitarlo. No pudo evitar sonreír triunfante por eso.
Tal vez Arthur no era totalmente indiferente después de todo. Era más hermético, más orgulloso y maduro, pero no era de hierro. Durante la cena intento sostenerle la mano por debajo como siempre, pero el inglés no retiró sus manos de la cubierta de la mesa en ningún momento y parecía entretenidísimo hablando con Jack sobre la incompetencia de los congresistas para aprobar un proyecto de protección al medio ambiente.
Lo entendía. Arthur estaba construyendo nuevamente una barrera entre ellos. Como la que tenía cuando lo odiaba por no ser un voluntario real, o la que tenía después cuando no quería recibir ayuda de su parte ni quería involucrarlo en su vida. Pero ahora estaba involucrado, no era como si después de todo lo que había avanzado el inglés pudiera decidir solo y por su cuenta que la relación debía retroceder.
Si había barreras nuevas entonces, él iba a tener que derribarlas como lo había hecho desde el principio. Se dedicó a analizar cómo estaban las cosas ahora. Seguían compartiendo la misma cantidad de tiempo, continuaban hablando de todo después de las actividades en el centro. Seguían cenando juntos y caminando uno al lado del otro.
Lo que había cambiado era básicamente el contacto físico. No más manos tomadas, no más abrazos, no más sentarse uno al lado del otro casi acurrucados. No más Arthur palpándolo para saludarle, no más dedos largos recorriendo su rostro por la tarde, ya no se acercaba a oler su perfume ni a desordenar su cabello. Ni le abrazaba sólo por el placer de hacerlo.
¿Y que era esto? ¿Un castigo? A él también le afectaba más de la cuenta el contacto físico con él. Tampoco tenía claro que había exactamente entre ellos ni que tan intenso era lo que sentía, pero él con sus diecinueve años tenía claro que la solución no era cortar todo tipo de acercamiento como si se pudieran contagiar la lepra.
Sólo tenía clara una cosa: que las caricias de Arthur, que sus manos, que cuando le tomaba el brazo en la calle le quemaban, pero no por eso iba a salir corriendo.
Intentó descubrir la manera de volver a acercarse a él. Se puso a observarlo e investigarlo de la forma más disimulada que pudo, observándolo ir y venir por el centro comunitario, jugar con los niños, hablar de música con Roderich, cuando parecían apasionarse y estar hablando en código. Acudió con Eliza para discutir sobre lo que pasaba y ella sólo le había dicho:
-¿Sabías que el sentido predominante en Arthur es el oído?–
-No…- admitió el americano -la verdad pensé que era el tacto, al menos esa es la manera…-
-Esa es la manera en que se aproxima a ti, pero no es la manera en que se aproxima al mundo en general– le explicó ella -¿Por qué crees que es eso?- Alfred no sabía que responder así que ella lo ayudó –Porque su relación contigo es especial, no como la que tenía con Francis que era tortuosa o como conmigo, que somos como hermanos, ni como con sus niños, que se siente un padre protector, sino de otro modo…-
-Sigo sin saber que hacer– admitió Alfred, aunque había disfrutado tener el conocimiento de esa información nueva. Así que él era especial…
-Pues yo te diría que si ya has llegado a él mediante el tacto y ahora parece que te ha alejado de esa manera, podrías intentar llegar a él por medio de su sentido predominante-
-El oído…-
-Exacto… y tu sabes qué tipo de cosas le gusta oír…deberías ir a darte una vuelta a "Rewind", es una tienda que hay en la calle Franklin–
Y así es como había llegado a la tienda, estaba lleno de estanterías con vinilos, CD's y casetes de segunda mano. Nunca había sido aficionado a este tipo de música. Debía admitir con un poco de vergüenza que sus gustos siempre habían sido de lo peor en ese sentido. Lo único que tenía en común con Arthur es que el Hip-Hop, de cierto modo, seguía siendo música negra.
Por otra parte aunque sabía que Arthur era aficionado al Jazz no quería regalarle algo que ya tuviera, no quería darle más de Frank Sinatra, ni más de Ella, Louis, Benny y todos esos. Tenía que ser algo nuevo pero que fuera afín a sus gustos.
Terminó pidiéndole ayuda al tendero más o menos describiéndole los gustos musicales de Arthur. Lo llevó a la sección de Rythim & Blues y le presentó una colección de 10 discos. Afuera en la carátula de la caja que los contenía salía un viejo hombre negro con una guitarra. El tendero le hizo escuchar uno de ellos y entonces lo supo. Esta música era para Arthur, era armoniosa pero no estructurada, el rasgueo de la guitarra, la voz cargada de emoción y las líricas era de otro mundo. Tuvo que vender un riñón pero salió pensando que si con esto no derribaba la barrera, entonces no lo haría con nada.
Al otro día en el centro no se encontró con Arthur al llegar, al parecer el inglés ya se había ido con sus niños a la sala de braille. Suspiró pesadamente para dirigirse a la sala de lectura y en el camino se encontró con Antonia que iba bajando con una radio.
-¡Alfred!- le saludó con un beso en la mejilla –Los he extrañado en la clase ¿Qué pasó? ¿Ya no quieren ir?-
-No es eso, tu sabes que nos divertíamos es sólo que…– no sabía cómo explicarlo sin que sonara raro –Arthur ya no se siente… cómodo ¿entiendes?-
-Oh… ¿demasiada proximidad le puso nervioso?– preguntó ella como si supiera –Típico… ¿Sabes? El problema con gente como ellos, es que les gusta hacerse los duros, como que no necesitan a nadie– le explicó ella, como si entendiera perfectamente –y de pronto ven a alguien que se interesa en ellos, se sienten abrumados con la proximidad y tratan de huir-
Alfred no estaba muy seguro si Antonia entendía realmente de qué tipo de proximidad estaban hablando, si ella lo había notado al verlos bailar, pero se atrevió a preguntar de todos modos.
-¿Y qué se hace en un caso así?–
-Pues… si le molesta la proximidad, haces que se acostumbre a la fuerza– le aconsejó ella antes de dejarlo solo al pie de la escalera.
¿Así de simple? ¿Forzarlo? Eliza había sido muy clara con eso de que a Arthur no había que forzarle. Ahora francamente, no sabía a quién hacerle caso.
A la salida fue igualmente a esperar al inglés, aunque le había asegurado que no era necesario, que mejor se fuera a estudiar, que él podía irse solo y que lo estaba mal acostumbrando con eso de encaminarlo a su casa todos los días.
Lo esperó para irse con él, aunque Arthur ya no quería tomarle el brazo para andar. Sólo caminaban uno al lado del otro conversando trivialidades. Al llegar a casa tomaron un té, comenzaron a preparar la cena. El británico no era exactamente un chef, considerando que no veía y que sobre condimentaba las cosas al confiar mucho en su olfato mientras cocinaba, pero no era nada que fuera a matarlo.
Arthur se siente algo incómodo. Esta distancia intencionada entre ellos no parece natural. En especial porque él decidió instaurarla unilateralmente. Pero le correspondía hacerlo, porque él era el adulto a cargo. Él debía encargarse de que la relación entre ellos no tomara matices extraños y se volviera algo difícil de manejar. Alfred era un niño y claramente no pensaba en las consecuencias que implicaba que la amistad de ellos avanzara hacia niveles superiores.
Igualmente, aunque sabe que es lo correcto, no puede evitar sentirse culpable cuando detecta que Alfred comienza a parecer frustrado a su lado, como si estuviera aguantándose de hacer algo. Lo sabe porque su voz se escucha titubeante, sus manos tamborilean nerviosas sobre la mesa y cuando estaban sentados uno al lado del otro en el taxi, pareciera como si todo el cuerpo del menor se envarara de la tensión de tenerlo al lado. O tal vez era su propio cuerpo el que se estaba tensando por no poder simplemente agarrarle el brazo.
Toda esta situación es agobiante. Le parece terriblemente familiar. Él ha sentido, ha estado frente a esto antes. Los nervios, la ansiedad, la sensación de que le falta el aire, el nudo en el estómago. Esa impresión de estarse volviendo esclavo de sus emociones. Y no puede ser, no puede estarle pasando dos veces y de una forma tan seguida "¿Es que tú nunca aprendes, Arthur Kirkland?".
-Te compré algo– dice de pronto el estadounidense sacándolo de sus pensamientos. Lo escucha ponerse de pie y abrir el cierre de la mochila.
-No tenías que hacerlo ¿sabes?– le contesta sintiéndose mucho más culpable que hace unos minutos. Tiene unas ganas de decirle "No importa que me regales nada, aún así no podemos… no podemos…"
-Pero quería… un melómano como tú se merece una recompensa por el trabajo duro que realizas– Arthur puso escuchar como Alfred desenvolvía algo, daba unos ligeros pasos y luego presionaba algunos botones de la radio.
-Toma– le dijo pasándole la colección de discos para que los palpara.
-¡Discos nuevos!– exclamó entusiasmado el inglés tocándolos y contándolos- ¿Cuántos son? ¿Diez?-
-Si… digamos que son las obras completas de un artista-
-Mmm y ¿quién será?– preguntó curioso hasta que los parlantes comenzaron a sonar.
Al escuchar el sonido de la guitarra y esa voz inconfundible Arthur ahoga un jadeo. El americano sonríe satisfecho.
-Dios… ¿Es…? ¿Cómo supiste?- preguntó casi sin palabras.
-No sé, sólo lo supuse… si te gusta Louis Armstrong pensé… le debe gustar John Lee Hooker-
-Qué acertado puedes ser a veces…- admitió el inglés. De pronto se había olvidado de toda la fuerza de voluntad que había estado cuidando hace unos días y que se estaba repitiendo nada más hace unos segundos. Se puso de pie frente al chico más joven, estirando su mano hacia él. Obviamente Alfred no tardó en tomarla y ponerse de pie mientras sus dedos se entrelazaban con los dedos del inglés, sentía que en alguna parte de su consciencia todas sus neuronas bailaban, volaban y daban saltos de felicidad.
Estaban frente a frente, nuevamente, como antes, como si en cualquier momento se fueran a poner a bailar. Pero Arthur siente que no puede, aún lucha; ha estado evitando este contacto para así poder evitar una catástrofe mayor, pero hay algo en el momento, en el roce de sus manos y en la música que es tan jodidamente provocador.
If you've never been in love / si nunca has estado enamorado
You don't know what I'm talking bout' /no sabes de lo que estoy hablando
If you've been in love /si has estado enamorado
I'll sing this song to you /cantaré esta canción para tí
Y de pronto ya no se siente tan fuerte, necesita tocar a Alfred de una maldita vez ¿Qué sentido tiene torturarse tantos días de esa manera? Se acerca a él palpando sus brazos hasta subir a su cuello para poder abrazarlo ¿Es su idea o el abrazo es más pegado y efusivo de lo normal? Casi puede sentir su pecho amoldándose al del menor, las manos indecisas del americano que no parecen encontrar el lugar apropiado donde posarse.
Entonces a tal cercanía puede escuchar claramente cómo el corazón de Alfred se acelera, su temperatura corporal se eleva un poco, su respiración se torna irregular y, siendo honestos, puede reconocer en sí mismo, reacciones similares al acercarse al americano. Al estar juntos y solos es como si de alguna manera, sus cuerpos encontraran la forma de decirse algo que ellos no se atreven a dejar salir.
De forma casi inconsciente sus manos suben al rostro del menor a palpar sus rasgos. Alfred casi cree que le dará un paro cardíaco… habían pasado tantos, tantos días desde la última vez que Arthur lo tocara de ésta manera. Cuando Arthur recorre suavemente con sus dedos cada rincón de su rostro es como si lo estuviera mirando a los ojos, es un contacto tan íntimo que, por muy maricón que suene, se siente mejor que cuando se revolcaba con todas esas chicas. Es mucho más íntimo y más excitante incluso que cuando, en medio de una fiesta, alguna de las chicas se restregaba contra él vulgarmente.
Arthur puede sentir como esta vez, él mismo está sintiendo las consecuencias de lo que está haciendo. Casi esta encarcelando un suspiro para que no se escape, pero Alfred no logra contenerlo y entonces no queda nada más que hacer, lo toma como una señal inequívoca, detiene su dedo pulgar en la comisura de los labios del menor que es apenas tres pulgadas más alto que él, no es tan difícil acercar su rostro hacia aquel lugar que ha identificado como la boca de Alfred y deja que sus labios descansen ahí, por fin.
El menor ha inspirado una gran cantidad de aire por la impresión, y no sabe si es ese exceso de oxígeno, o el sabor a té y canela que tienen los labios del inglés, pero está de pronto muy mareado. La guitarra y la voz sinuosa de John Lee continúa haciendo de cortina de fondo, parece que los labios de Arthur se movieran a ese ritmo lento y serpentino sobre los suyos. Este beso es totalmente distinto a cualquiera que haya experimentado antes, que era todo calentura, dientes y saliva. Arthur lo besa como si hubiera estado preparándose toda la vida para éste breve momento.
El inglés hace un intento de alejarse, pero él no puede permitirlo. No puede dejar que se aleje y despierte para descubrir que ha cometido un error. Así que toma el rostro del mayor con sus dos manos para volverlo a atrapar en un beso un poco más demandante y desesperado, abre su boca y atrapa el labio inferior de Arthur que sonríe dentro de la caricia para hacer lo mismo; entonces aprovecha para deslizar su lengua dentro y buscar la de Alfred que parecía estar feliz de encontrarlo.
Una de las manos de Alfred se ha ido a posar al medio de su espalda, sus dedos hacen un pequeño baile sobre su columna vertebral y está enviando choques eléctricos a todos lados. Se avergüenza un poco al gemir dentro del beso, pero Alfred tampoco está haciendo un gran esfuerzo al detener sus sonidos guturales, así que no hay problema.
Porque estuvo resistiendo tanto tiempo. Parece que el mismo siempre se auto condenara a reprimirse. Primero estuvo sufriendo cinco años la primera vez que se enamoró. Cinco años de estar frente a la persona que ama y no poder abordarla por inseguridad, por miedo a arruinar las cosas, a no ser suficiente, a que las cosas acabaran mal, entonces pensaba que era mejor nunca empezarlas para que el fin nunca llegara. De pronto, a sus veintiséis años, en que de nuevo se encuentra en una situación similar y con otra persona, ya no está tan seguro de querer cometer el mismo error dos veces.
Ya tendría tiempo para pensar en cómo explicarle al mundo cómo es que había terminado con un chiquillo siete años menor que él. Ahora lo único que importaba era esta nueva forma de conocer y experimentar a Alfred. Conocer al chico con sus labios era toda una nueva forma de "mirarlo".
La textura suave de sus labios, el sabor a menta, seguro por esos chicles aromáticos que normalmente estaba masticando; su perfume natural a madera, a resina y a gloria que ahora es más intenso; su calor abrasante, la humedad de su boca, la suavidad de su lengua, las sensaciones que le provocaba con la punta al rozar la suya, los dientes que le mordían juguetonamente, los dedos enterrados en su cabello estimulando cada una de sus moléculas. Era como un panal de mariposas que explotaban por todos lados, produciendo hormigueos en cada poro sensible.
Ha dejado que una de las manos que están aferradas al cuello del menor se deslice tímidamente hacia su pecho, como pidiendo permiso para tocarlo. Alfred entiende y deja apenas unos milímetros de distancia entre sus cuerpos para que la mano de Arthur pueda pasar. Por encima de la ropa, el inglés palpa su pecho, puede sentir unos pectorales más prominentes que los suyos, un estómago plano y levemente marcado, los hombros anchos, que ya conoce tan bien, de donde salen esos fuertes brazos. Y no le extraña, Alfred es como un refugio, era en parte obvio que su cuerpo fuera grande y fuerte como un edificio que él quisiera invadir para poder permanecer ahí por siempre.
Las manos de Arthur sobre su pecho y estómago sólo están consiguiendo excitarlo de una manera que no sabe si es correcta aún. Alfred normalmente es quien toma las cosas a la carrera y es impulsivo, pero sabe que esta vez tiene que llevar las cosas con calma así que disminuye la intensidad del beso para poder tomar una distancia prudente.
Arthur casi bufa de frustración, pero lo entiende; sabe que hay que tomarse las cosas con calma. Se abraza una vez más al norteamericano.
-Y no sólo eres bello… tu cara sabe deliciosa– le dice ahí con la cabeza enterrada en su cuello. Alfred ríe un poco por la rareza del comentario y un poco porque él piensa lo mismo. Puede que no sepa bien en qué los convierte esto. Porque no fue una cosa que puedas ignorar, ¡Fue un escándalo de beso! Este beso fácilmente podría irse a un record Guiness, si es que existe un premio para besos súper asombrosos.
Ya habrá tiempo para decidir que pasa entre ellos exactamente, porque ahora, que ha recuperado el aliento nuevamente necesita una nueva dosis de esta droga.
Fue corto, lo sé. Pero para dar coherencia es necesario que cada capítulo tenga una línea argumental. Nos vemos en el 10, el miércoles, en que presentaremos un nuevo "Color Sepia" enfocado en Alfred. Especulen lo que quieran de ese pasado hasta entonces.
Como para sacar pica, la tienda "Rewind" existe en Viña del Mar, como vivo cerca siempre voy a chusmear allí y compararme mis clasicos musicales de ayer y hoy kolkolkol. Lo más genial es que es atendida por un estadounidense
