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Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen

Advertencia: UA, Posible Ooc, Genderbend, Continuación de Rojo

Raiting: T

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Abaddon Dewitt


Si la inocencia en el hombre es algo negativo, en la mujer es la esencia de la vida

Soren Kierkegaard


Se levantó de la cama con movimientos suaves, soltándose del agarre de ese brazo fuerte que la sostenía de la cintura, caminó asta el balcón, desnuda, dejando que el sol bañara su figura, sintiendo la tibieza del astro sobre su cuerpo, se sentía viva, plena, infinita… miró su imperio, todo en él era opacado por la constante visión de los ojos verdes de su rey, su león, Arturo Pendragon.

Él abrió los ojos al sentir la ausencia del cuerpo femenino, la busco y encontró la forma exquisita de ese cuerpo labrado por los dioses, ¿Qué se siente después de yacer en la cama con una leona?, sus ojos se desviaron hasta el manchón rojo en las sabanas que indicaba la doncellez del rey dorado ¿En qué te has convertido Arturo?, recto e impasible, caballeroso y leal. Debajo de la piel del cordero impoluto, se encontraba ese depredador que había marcado la piel tostada a base de mordidas, incluso allá, donde el sol no era capaz de tocar al inmaculado rey. Miró la hombría despertar ante la visión de esa mujer dos partes divinidad, una parte mortal, sus ojos esmeraldas mansos y pulcros brillaron con deseo, se levantó sin pudor, la rodeo con los brazos y la empujo contra la pared para hundirse en ella, perdiendo la noción del espacio, de la vida misma.

Gilgamesh se retorció en sus brazos, victima de placer, de la lujuria… no, del amor devoto que Arturo le evocaba, él era un santo, él era un dios por el que podía postrarse como una sierva, por el que apostaría su reino, su divinidad ¡Todo!, se miraron respondiendo las preguntas entre jadeos, se besaron como si ansiaran beber más de lo que podían ofrecerse, se tocaron como si sus cuerpos no se conocieran y ansiaran descubrir el camino a ese tesoro infinito allá en el sur.

—Gilgamesh —dijo con voz ronca, y ella respondió con besos.

—Eres mío y yo soy tuya —declaro el arrogante rey de los héroes

Y por un momento le creyó, porque la palabra de Gilgamesh era absoluta ¿Verdad?.

Sus demonios se aplacaron, y su conciencia se perdió entre las descargas de su semilla en el interior de ese tesoro dorado, busco sus senos para prendarse de ellos como un niño en el regazo de su madre, se embriago de ella hasta cansarse, y la llevo nuevamente a dormir en sus brazos, para evitar las pesadillas, para que la culpa no llegara a su conciencia. Y aun entre sueños volvía a besarla a poseerla, Gilgamesh se había metido en su piel, en su alma, y arrancarla era como desollarlo vivo.


Remordimiento


Se sentó en su trono, el semblante duro y parco, como solo ella podía darlo, recargo su rostro sobre la mano izquierda mientras el parloteo del consejo la sumía en el aburrimiento, ¿Quién pensaría que había algo mal en su rey?, nadie, porque nadie se atrevía a mirarla fijamente, porque las habladurías no existían en un palacio donde se les podía mandar a cortar la lengua, aun que para todo Uruk fuera un secreto a voces. Remordimiento, Gilgamesh sintió remordimiento, porque su pensamiento abandonaba la política y el placer, y se concentraba únicamente en los ausentes ojos verdes del rey de Gran Bretaña, remordimiento porque no era capaz de hablar con Enkidu, sin sentirse sucia, sin sentirse menos que una pobre mortal que había caído en el bajo mundo de los sentimientos.

¿Cuándo había pasado?, tal vez cuando el hambre se le escapo semanas atrás, o cuando el vino le dio asco y desecho todo el desayuno de la mañana en un vomito que le supo amargo, peor aún, cuando la sangre le abandono… Su humor se volvía más errático, más funesto.

—Es del rey extranjero ¿verdad? —los ojos plateados de Enkidu la cuestionaron, suaves y dóciles como los de un padre angustiado

Gilgamesh jamás lloraría, porque eso era de simples mestizos, de aquellos que vivían para servir, un rey nunca debía mostrarse débil, un rey nunca lloraba por banalidades, aun que esta se gestara en su vientre. Negó para luego caer en el regazo de su único amigo, el único que no la juzgaba, el único que no la abandonaría como aquellos que se decían su familia, sus padres… Sollozo como una niña, descargo la tristeza de los ojos carmesí siempre fieros, el nudo en su garganta se deshizo con un hipo enternecedor, porque debajo de la piel de león, solo había un pequeño cordero inmaculado, ahora manchado con un espeso lodo.

Mientras en occidente, la mirada verde de Arturo de perdía en las planicies, buscando allá donde el sol comenzaba a perderse, donde la arena y en implacable ardor del verano le habían dejado huellas aun visibles, o eso quería pensar, porque la verdad, es que las suaves manchas canela que le adornaban la piel, como pecas, eran las marcas de unos finos dientes. Y sintió remordimiento, porque buscaba en Morgan lo que había dejado en Babilonia, y entonces, su reina de profundos ojos azules le interrogaba con inocencia ¿He hecho algo mal mi señor? Porque el rojo era más intenso, más vivo y más fiero que el pacifico azul.

Su cabeza giraba entorno a las finas caderas adornadas por los amplios tatuajes bermellón, los pechos rebosantes y divinos, no había belleza más exótica y embriagadora que la del rey de Babilonia, que la de esa leona dorada que ahora se volvía su perdición, haciéndole creer que Merlín no se había equivocado.

Abandono el lecho de Ginebra, paso las noches en vela dentro de una biblioteca fría, viviendo solo de recuerdos.

—Le ha llegado una misiva, mi rey —Lancelot lo conocía mejor que nadie, y sabía la angustia del rey de los caballeros. —Es de Babilonia.

La carta fue abierta con desespero y leída con angustia. «No se preocupe por su nombre Rey de Gran Bretaña, la semilla ha sido arrancada»

Arturo ahogo la impotencia y el llanto, se mantuvo firme con el rostro enaltecido, pero el remordimiento se hundió más en su corazón que se marchitaba lentamente… ¿De qué color hubieran sido sus ojos? Rojos tal vez, de un rojo como el de su leona, o verdes, como él, serenos… lanzó la carta a la chimenea, dejando que lo ultimo que tuvo de Gilgamesh, se consumiera en las llamas… remordimiento…

El rey se oculto, recluyéndose en sus habitaciones, nadie más que no fuera Enkidu o una moza ciega, podían entrar, Gilgamesh observaba su reino, ahora opaco, ahora decadente… pero no en grandeza y riqueza, no, decadente al ser abandonado por su rey. Se palpo el vientre cuando sintió los ligeros golpes, evito la sonrisa tierna y el gesto blando, recompuso la mirada severa, remordimiento… No había sido capaz de decirle a Arturo que su hijo nacería, que gobernaría Uruk, que llevaría el nombre de su madre, porque eso era lo único que le quedaba a Gilgamesh, el nombre…

—¿Quieres verlo?...

Su rostro se desvió, no era capaz de mirarle, no era capaz de contemplar la belleza inocente de esa criatura que Enkidu sostenía con devoción, no era capaz de nada más que hundirse en sus remordimientos, mientras la sangre no paraba de fluir, un castigo de los dioses tal vez… Cerró los ojos.

Las campanas sonaron, en oriente con regocijo, en occidente con tristeza.

Gilgamesh II, era su titulo, un bebé enviado por los dioses, ¿Y su Rey?, su rey había sido mandado a traer a residir allá donde los sempiternos.

Gilgamesh II, era el hombre de intensa mirada carmesí que desafiaba a un acabado y roto Arturo Pendragon, consumido por el remordimiento, acabado por sus propios actos.