IX

La isla de Bikuni, o mejor dicho la Isla de la Sirenas…

Sherry no dejaba de admirar la preciosa isla que tenía delante, el fuerte aire frío azotaba con furia sus cabellos apartándolos de su rostro. Hacía unos días que los altos cargos le pidieron que investigaran el rumor sobre la alta sacerdotisa de aquel lugar… los rumores hablaban que comió carne de sirena y que con ello ganó la inmortalidad.

La Organización hubiera ignorado el caso si no fuera que estaba demostrado que aquella mujer estaba cerca de los ciento treinta años.

Suspiró mirando el paisaje marino, ¿En verdad existían las sirenas? ¿Y de verdad se podría lograr la vida eterna para la humanidad? Muchas preguntas inundaba su cabeza, si eso fuera posible podría dar un paso importante con sus experimentos, se sentía estresada al ver que no lograba avanzar ni un centímetro. En sus pensamientos apretó con su fina mano inconscientemente la zona del jersey bajo del cual se hallaba la única llave que habría el cajón de la mortal droga.

Sabía que si seguía la cosa así la Organización se desharía de ella y con ella su hermana mayor. Se giró para mirar a sus espaldas, al otro lado del barco se encontraba Gin con Vodka.

''¿Es que no hay más miembros en esta maldita Organización que me puedan vigilar?'' maldijo volviendo a mirar la isla.

Aún así el viaje en barco fue bastante tranquilo ya que ninguno de los dos hombres se acercó a Sherry sintiéndose así un poco más libre, al llegar se dirigieron al hostal donde pasarían solamente dos noches: Era el tiempo máximo que le daban a la científica para recopilar toda la información sobre la isla y su sacerdotisa.

Gin le pasó la libreta para que lo firmara, miró fijamente el nombre que había puesto… Jin Kurosawa. Se quedó pensativa mirando aquella firma, en verdad ella sabía poco de él, ni sabía su nombre real, seguramente ese era uno de otros nombres falsos que utilizaba. Ella en cambió si puso su nombre verdadero, ya que lo utilizaba pocas veces, pasando después la libreta a Vodka.

Después de aquello, Gin le explicó que la dejaban sola hasta la noche para investigar, ya que ellos debían reunirse con algunos altos cargos de la sociedad, que estaban visitando esa misma isla.

La científica asintió con la cabeza mirándole fijamente.

¿Cómo podía hablarle como si no hubiera pasado nada? ¿Tan frío e insensible era?

Finalmente vio como aquellos dos hombres se apartaban de ella y la liberaban de alguna manera de aquella presión, Sherry sonrió marchándose decidida al templo donde seguramente se encontraba la sacerdotisa.

–¿Mi bisabuela? –preguntó una joven sacerdotisa de cabellos negros –. Está dentro, creo, ¿Eres periodista?

–No, soy una estudiante que quiere investigar un poco sobre las leyendas de las sirenas –mintió en parte con una sonrisa –, me llamo Shiho Miyano.

La sacerdotisa sonrió algo más aliviada, llegó a la conclusión que no le hacía mucha gracia que entrevistaran a la gran sacerdotisa.

–Perdón por mi mala educación es que mi bisabuela está estresada con tanto curioso, soy Kimie Shimabukuro.

–Encantada.

–Igualmente Shiho, te llevaré hacia donde se encuentra –sonrió abriendo amablemente la puerta del templo.

La acompañó por uno de los largos pasillos de aquel antiguo edificio hasta llegar a una sala bastante grande donde se hallaba una estatua de una sirena.

–Llamaré a mi bisabuela, tardará un poco, si puedes esperar…

–Claro, no hay problema.

Sherry se quedó a solas en aquella gran sala, empezando a observar atentamente la decoración y aquella gran estatua, cuando se acercó para tocarla una pequeña anciana entró al recinto. Estaba bastante sorprendida.

''Bueno, seguramente la Organización querrá vivir eternamente con sus cuerpos jóvenes no así…'' la chica bromeaba consigo misma.

Aquella mujer la miró seriamente provocando que se sintiera intimidada, finalmente la mujer agachó la cabeza emitiendo una risa.

–Me llamo Shiho Miyano y…

–Te diré lo mismo que dije a los supuestos estudiantes que vinieron antes que tu –empezó a hablar fríamente aquella pequeña anciana –, yo nunca comí carne de sirena, es un estúpido rumor que crearon para que vinieran más turistas a esta tranquila isla.

–Entonces admite que las sirenas no existen.

–Yo no he dicho eso –negó con la cabeza.

Sherry suspiró.

–No me va decir nada más… ¿verdad? –susurró, girándose para marcharse por donde había venido.

–Bueno como buena sacerdotisa solo puedo decirte lo que veo en tu aura.

–Lo siento pero esos temas no me interesa, yo no creo en esas cosas –sonrió abriendo aquella puerta.

–¿No te interesa saber que lo que más temes se va a cumplir esta noche?