Casi me olvido de que estaba con ésto, ¡que le vamos a hacer! Fin de gloriosa temporada, es lo que tiene.

Y también que soy un anárquico :P

Un capítulo más, para mi, para la gemela, para Nem y para el que se apunte XDDDD


De Amor y venganza

Capítulo VIII

"De intrigas y muerte"

La bellísima diosa pelirroja contempló a aquel ser que se había atrevido a entrar hasta el mismo Olimpo para hablar con ella. Había algo, en el tipo de traje negro y aire de suficiencia que la repugnaba y atraía al mismo tiempo. Como esos vendedores de teletienda que por un lado estás convencido de que quieren engañarte pero por otro te hacen ver las ventajas de un producto que ni quieres ni necesitas hasta que lo compras.

- ¿Quién eres y como osas estar en presencia de Artemisa? – amenazó haciendo crepitar el aire a su alrededor.

- ¡"Como osas"! – repitió encantado el demonio – no había escuchado a nadie hablar así desde… la verdad no lo recordaba.

- Insignificante e inmunda criatura, te destruiré como no me digas cómo has entrado aquí.

- Realmente eres una belleza insólitamente insulsa – insultó suavemente Crowley – supongo que esas amigas tuyas, las que se llaman "Las Destinos", te habrán puesto en antecedentes de lo mal que se va a poner todo para los dioses, demonios y humanos ¿No?

- No comprendo, explícate ser inmundo – ordenó confundida Artemisa.

- Llámame Crowley preciosa, es más corto – el demonio tomó asiento elegantemente en un diván sin esperar invitación alguna – resulta que cuando reclutaste a tu último monito de feria, metiste la pata y creaste una grieta en el continuo-espacio-tiempo, CET para abreviar, y eso es malo, más incluso que yo, por lo que vamos a necesitar que liberes a Sam Winchester de su servidumbre para poder enviar a ese yeti insufrible a su propia dimensión y arreglar el problema.

- No haré tal cosa – dijo haciendo aparecer una bola de energía en su mano para atacar al demonio.

- Ah, realmente preciosa – apreció el gesto Crowley – pero innecesaria, no vengo a atacarte Artemisa, en serio, sólo vengo a arreglar el desastre que has causado.

Luego de haber convertido al Winchester en uno de sus cazadores oscuros, la diosa había ignorado a los oráculos ¿De qué le valía que le dijeran lo peligroso que era convertirlo, una vez hecha la transformación? Si dependiera de ella, "Las Destinos" y todos sus secuaces se podían ir a hacerle una visita a su tío Hades.

- ¿Qué puedes hacer tú para arreglar esto? – preguntó con curiosidad al demonio de otro panteón.

- Matar a Sam Winchester.

- Eso lo puede hacer cualquiera…

- No te creas querida, los Winchester tienen la desagradable costumbre de no dejarse matar.

- Puedo ordenar a mis cazadores que lo maten.

- Sí, es una opción – sonrió Crowley por lo fácil que le estaba resultando engañar a la diosa – pero creo que ninguno sea capaz.

- Puedo hacerlo yo.

- Pero su alma no debe convertirse en sombra.

- Entonces lo mejor será que Sam Winchester no muera, pues si lo hace su alma se convertirá en sombra.

"Malditas reglas" pensó el demonio por un segundo, tenía que convencerla de que le cediera el alma del Winchester o no podría quitarse de encima a Thorn.

- Pues libéralo.

- No puedo liberarlo, sólo alguien a quien ame con todo su corazón y que le corresponda en la misma medida puede hacerlo, y sólo si tiene la piedra en la que se custodia su alma – explicó – tiene que hacerse en el mismo momento en que muera tras perder sus poderes, y la persona que lo libere deberá presionar la piedra contra la marca del cazador hasta que éste vuelva a respirar y sin dejarla caer por mucho que queme su contacto.

- No hay nada imposible querida – el retorcido cerebro del demonio trabajaba a toda velocidad – podemos hacer un pacto, tú me permites disponer del alma de Sam Winchester una vez sea liberado y yo daré poder a alguien para que lo libere, digamos su hermano, por ejemplo.

- El amor de hermanos no es suficiente…

- Oh, créeme, lo será, soy un demonio de cruces de caminos muy eficiente – aseguró Crowley – sellemos el trato y solucionemos tu desastre.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

El agua caía con fuerza sobre su espalda mientras Sam Winchester se enjabonaba con rapidez. Había dejado a Dean dormido y como se sentía pegajoso decidió lavarse en un segundo. El conocido dolor de cabeza lo atacó de nuevo. Las visiones se estaban volviendo demasiado frecuentes.

"Era un día soleado, podía sentir el calor de los rayos solares atravesar su chaqueta negra, y estaba corriendo. Junto al Daimon al que casi mata, aquel que podía caminar a la luz del día y cuya sangre le permitía a Sam hacer lo propio. Dean les acompañaba y parecía herido.

Frente a ellos, Dev Peltier en mangas de camisa levantaba la cancela de una de las entradas del Santuario, podía ver como el último rayo de sol de ese día bañaba su ancha espalda y los brazos que sujetaban el cierre cuando de repente sonó un disparo.

Sam contemplo cómo el oso caía de rodillas contra la puerta. Como a cámara lenta se escurría hasta el suelo y como Dean intentaba ayudarle en vano. Se dio la vuelta y vio a los asesinos, dos tipos altos y rubios, los reconoció como Were-lobos.

Un tipo con traje de neopreno con cabello oscuro mojado y de punta apareció en medio de un estallido de luz. Uno de los lobos murmuró un asustado "Savitar", sus miradas se cruzaron un instante y pudo apreciar cómo el violeta claro de los ojos del extraño sujeto se oscurecían hasta un añil tormentoso mientras atrapaba a los asesinos y desaparecía con ellos".

La visión se desvaneció bajo el agua caliente, varió la temperatura y enfocó el frío chorro a la cara para despejarse. Salió de la ducha. Sobre su pecho, rompiendo la simetría del tatuaje anti-demoníaco que se hizo hacía ya casi una eternidad, se podía vislumbrar la marca de los cazadores oscuros, el doble arco atravesado por una flecha, trazos rojizos sobre negro y piel.

Se secó pensativo y convocó su imagen en el espejo. Analizando al ser que tenía frente a él, al tipo que no había podido cometer más errores en su vida porque no había más errores que cometer. Sam era consciente de que no merecía que alguien como su hermano le amara, que Dean no merecía ninguna de las atrocidades por las que había pasado.

Recordaba las numerosas veces que lo rechazó o lo menospreció o simplemente lo traicionó. Y Dean siempre regresaba a su lado, con la misma fuerza, con la misma fe. ¿Por qué? Amaba a Dean, para él eso era tan natural, tan sencillo como respirar pero Dean merecía mucho más que un sujeto como él. Alguien que no le hiciera tanto daño.

Toda su existencia había luchado por tener una vida normal cuando en su destino estaba escrito que jamás lo lograría. Pero Dean… si no hubiera sido su hermano, sí hubiera podido vivir una vida normal, quizás hubiera sido maestro, estaba muy seguro de eso. Seguro, habría sido un excelente maestro o policía o bombero. Si no hubiera estado en la vida de Dean, éste tendría una vida propia lejos de todo éste caos.

Era una estupidez pensar en lo que hubiera sido o hubiera dejado de ser. Sam dejó que su imagen se borrara del espejo y salió del baño secándose la cabeza. Su hermano dormía aún, en paz, abrazado a la almohada. Se sentó en la cama y lo cubrió con la colcha.

Aún le sorprendía cómo podía enternecerle en esos momentos. Era como un crío, con el cabello revuelto y los labios entreabiertos. ¿Cómo era posible que pudiera parecer tan inocente después de todo lo que habían vivido? Dean abrió los ojos en un bostezo y se los restregó con el dorso de la mano.

- ¿Arrepentido? – preguntó roncamente mientras se levantaba analizando su expresión con el ceño fruncido.

- Nunca.

- Yo tampoco – sonrió como si tuviera miedo a que esto no fuera real.

Colocó su mano sobre la marca de cazador y le miró a los ojos. No necesitaban hablar, a veces sólo una mirada bastaba entre ellos para saber todo lo que querían decir y no salía de sus labios.

"Solucionaré esto"

"Lo sé"

- Voy a darme una ducha y luego iré al Santuario a ver cómo le ha ido a Erika con su oso – dijo quitándole la toalla aún húmeda con la que se había secado.

- Hay toallas secas.

- Lo sé – sonrió de lado el mayor.

Dean dejó la puerta abierta adrede, tentándole, ¡Qué demonios! Le siguió. Una fina llovizna le saludó por encima de la mampara, abrió la boca para protestar y un chorro de agua se la cerró de golpe. Odiaba cuando el mayor se comportaba como un gamberro… Mentira… lo adoraba.

Se metió tras él, acorralándole, dispuesto a darle lo que merecía por haberle empapado otra vez.

- No sé a qué viene esa cara de cabreo, Sammy – provocó el pecoso - De todas formas aún no te habías vestido y dos duchas son mejor que una.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

Crowley realizó una nueva visita a domicilio buscando bazas para volver a casa. Su visita anterior a Artemisa había ido incluso mejor de lo que esperaba. ¡Que confiados eran esos dioses griegos! ¡Cómo se notaba que habían tenido que tratar poco con demonios de su clase o con humanos de corte Winchester!

La diosa-ángel del destino no sería igual de fácil. La pequeña de Las Destinos ya se las había visto con Rocky y Bullwinkle en el pasado y sabía lo escurridizos que podían llegar a ser los "hermanitos Calamidad". Aunque, tampoco parecía muy feliz con su visita.

- Tú, ¡Tú nos vas a destruir a todos! – Átropos señaló al demonio con su pluma, en la que tachaba la vida de los humanos de su libro eterno.

- Vamos, muchachita, no es para ponerse así – se burló Crowley disfrutando como nunca de que sus planes se fueran desarrollando tal y como quería – no está bien culpar a otros de los propios errores ¿No crees?

- ¡¿Mis errores?! ¿Quién me dijo que la existencia de los Winchester eran una aberración que acabaría con el orden establecido? – la diosa-ángel estaba realmente furiosa.

- ¿Nadie te dijo que los demonios no son de fiar? – preguntó cínicamente el de negro – pero he venido a arreglar tu metedura de pata. Aunque para ello necesito un favorcillo de nada.

- ¿Crees que voy a volver a escuchar cualquier cosa que me digas? Estás muy equivocado…

- Átropos, chiquilla, mi plan pondrá todo en su sitio, vosotras recuperaréis vuestra función en el tapiz del mundo, el cielo seguirá siendo el cielo, el infierno seguirá siendo el infierno y los Winchester estarán dónde pertenecen, encerrados en una caja por toda la eternidad, como debió ser en su momento – sonrió satisfecho Crowley.

- ¿Y Acheron?

Esa pregunta no la esperaba el demonio, de hecho le importaba menos que nada el destino del dios atlante. Ni siquiera suponía una sombra en su esquema del Universo.

- Eso es cosa tuya y de tus hermanas, quizás deberíais aprender algo de los Winchester, a fin de cuentas es vuestro medio hermano – sugirió el demonio.

- Ellos abandonaron a su medio hermano para que ocupara el lugar de Dean Winchester.

- Mira, ahí llevas razón. Pero honestamente Átropos, lo que hagáis o dejéis de hacer con vuestro hermanito me trae sin cuidado. No voy a interferir con el panteón atlante.

- ¿Entonces a qué has venido?

- Quieres que impida que la conversión de Sam Winchester destruya el curso del Universo ¿No?

- Por supuesto.

- Entonces necesito que hagamos un pequeño trato. Y arreglemos tu desastre.

Había sido tan sencillo engañar a dos deidades y conseguir lo que quería y algo más. No sería igual de fácil engañar a los Winchester. Pero de esa parte no se iba a encargar él. Habría otros incautos que ya se estaban ocupando de ese tema.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

A Sam no le gustaba la idea de que Dean saliera solo de casa y a Dean le importaba un pimiento que a Sam no le gustara… no era ningún niño, ¿Qué podía pasarle en la calle a un hombre de treinta y tantos, cazador, que sabía pelear, defenderse e iba armado?

- No, Dean, quédate.

- Sam, déjate de pamplinas por favor, no voy a quedarme encerrado de por vida. ¿Qué vas a hacer? ¿Amarrarme a la cama?

- No me tientes.

- ¿Qué pasa? ¿Te tiras siete meses sin acercarte y de repente no puedes estar sin mí un segundo? – puede que le hubiera perdonado pero eso le seguía doliendo al recordarlo.

- Vete dónde te dé la gana – gruñó el Dark Hunter.

El orgullo de Sam le impidió contar a su hermano la visión que acababa de tener, si quería irse que se fuera, no tenía por qué ocurrir nada precisamente hoy ¿No? Le dio la espalda.

El pecoso salió indeciso, estuvo a punto de volver a entrar una vez que llegó a la calle. Pero su amor propio se impuso, no tenía que consentirle todo, Sam no era el único que había sufrido, no era el único que se había sentido traicionado y abandonado. Era ridículo, era un hombre, además Sam sabía que iba al Santuario, que allí estaría seguro. En lugar de coger su coche decidió dar un paseo.

Sólo era media tarde, se suponía que los Daimons no podían salir a la luz del sol o se convertirían en polvo. Aunque, al parecer, había excepciones, como el tipo rubio que le seguía desde que salió de la casa. Pero el cazador no se sentía atemorizado por esa vigilancia.

Bajó hacia el canal, le gustaba el sitio. A cualquier otro podía parecerle feo, sucio, demasiado contaminado por la mano del hombre. Pero para Dean era diferente, el ruido del agua le tranquilizaba y los rayos de sol sobre la corriente le hacían sentir a salvo. Era algo estúpido y lo sabía, pero se sentía bien contemplando las barcazas bajar por el cauce con sus cargamentos y sus propósitos.

El Daimon que lo había seguido se paró a su lado. Sin ninguna palabra también miró cómo en los muelles, un grupo de estibadores hacían su trabajo.

- ¿Me has seguido por gusto o porque quieres algo? – preguntó con toda tranquilidad el pecoso – creí que vosotros sólo podíais salir de noche.

- Sabes qué soy – respondió Davyn.

- Bueno, no es difícil adivinarlo, todos parecéis cortados por el mismo patrón.

- Quizás de aspecto – los ojos castaños del Daimon contemplaron curiosos al humano que no iba a entregar a Thorn – me envía un amigo común: Acheron.

- ¿Y qué quiere el gigante Monster High?

- Que te haga de guardaespaldas.

- ¿Te parece que necesito un guarda espaldas, amigo?

- Sólo cumplo órdenes.

- Ven si quieres, iba al Santuario, sólo me he desviado un poco porque noté que tú y tus amigos me seguían – dijo Dean encogiéndose de hombros.

Pero Davyn no iba acompañado, de hecho había pocos Daimons que podían andar a la luz del sol, como él, y el grupo de tipos rubios que se acercaban a ellos no eran Daimons, olían a lobos.

- No son mis amigos, son were-lobos.

- Mierda.

Los ojos verdes del cazador analizaron las posibles rutas de escape para evitar el enfrentamiento pero no las había, se había acorralado a sí mismo contra el canal y saltar al agua no le aseguraba poder huir de aquellos tipos.

- ¿Iba en serio lo de ser mi guardaespaldas? – preguntó, dos contra siete era una proporción mejor que uno contra ocho.

- Muy en serio.

- De acuerdo, intentaremos dividir un poco el grupo y puede que tengamos una oportunidad – el Daimon asintió y se preparó para el enfrentamiento, Dean respiró hondo y le tendió la mano – me llamo Dean.

- Lo sé – estrechó la mano del amigo de Benny – mi nombre es Davyn.

- Genial Davyn, vamos a patear unos cuantos culos de lobo.

Abriéndose en abanico para cortarles la huida los miembros de la manada Blakemore rodearon al Daimon y al humano, preparados para saltarles encima. La intención era coger al Winchester con vida, de su acompañante no tenían ninguna instrucción, así que lo matarían.

Dean sacó su arma, sabía que las balas sólo retendrían momentáneamente a los lobos, pero era lo único que había cogido al salir de casa, salvo la pequeña navaja de su bota. No dudó en disparar a la cabeza del primero que se acercó, seguía siendo una auténtica máquina de matar, pero ahora no iba a pensar en ello, "Se dispara primero, se pregunta después"

El were-lobo cayó a tierra, si no muerto, por lo menos estaba inconsciente. Davyn estaba mejor armado que él, y al reconocerlo como un Daimon los lobos arcadianos tomaban más precauciones para atacarlo buscando el punto débil de todos los de su raza. Un punto débil que el lugarteniente de Stryker ya no tenía desde que podía caminar a la luz del día.

Aun así seguían superándolos en número. Uno de los lobos se transformó y saltó sobre el cazador que, impresionado no atinó a disparar, su arma voló de su mano a causa del zarpazo que le rasgó camisa y antebrazo. Dean se revolvió y logró atrapar al lobo por el cuello, para estrangularlo.

Otro de los lobos convirtiéndose a su vez atacó a su espalda clavando sus dientes en el cuello de la chaqueta. El Winchester, sin soltar al que se estaba quedando sin aire entre sus brazos, se dejó caer de espaldas recibiendo con satisfacción el aullido de dolor de la criatura sobre la que aterrizó.

Davyn se había deshecho de otro de los arcadianos, rompiéndole el cuello, y hacía frente a los otros dos que quedaban en pie y que veían que estaban perdiendo la batalla.

- ¡Dejadlo ya o moriréis todos! – advirtió el Daimon.

El que Dean sujetaba quedó sin sentido pero el otro, sobre el que había caído, convertido en humano, repetía la maniobra del cazador asfixiándole sin que pudiera hacer gran cosa.

- ¡Suéltale! – ordenó Davyn.

- No te muevas Daimon o lo mataré – amenazó la criatura por última vez en su vida mientras su presa perdía el sentido.

La cabeza del were-lobo se separó de su cuerpo. Sam Winchester reaccionó rápidamente para recoger el cuerpo de su hermano inconsciente con un brazo mientras se cubría con una espada corta que goteaba sangre de lobo.

Los otros dos arcadianos huyeron como alma que lleva el diablo dejando en tierra a sus caídos, sin comprobar si estaban heridos o muertos. El Dark Hunter estuvo tentado de seguirlos, creía haberlos reconocido, y que Davyn estuviera ahí le alarmaba. Pero Dean estaba herido y lo primero era su hermano.

- Volvemos a vernos – Sam recostó al pecoso en el suelo limpiándole el brazo y vendándoselo con unas cuantas tiras de su propia camisa – siento haberte atacado el otro día.

- No, no lo sientes – sonrió el Daimon con ironía señalando el sol que comenzaba a ocultarse.

- De acuerdo, no lo siento – aceptó el Dark Hunter divertido – pero ahora no tengo interés en atacarte.

- Yo tampoco.

- ¿Tregua?

- Tregua.

Sam sacudió suavemente a Dean, que se despertó repentinamente, aún metido en la pelea anterior, asestando una patada en el estómago al castaño que apenas pudo protestar un "Soy yo" pues se había quedado sin aire.

- Oh, Sammy, lo siento, ¿Te hice daño? – preguntó compungido el pecoso.

- No importa – recobró el aliento - ¿No decías que ibas al Santuario?

- Si.

- Pues date prisa, voy contigo.

- Sammy, no necesito que… - su queja se borró al ver la expresión en el rostro de su hermano, supo que no estaba ahí por él, se levantó – vamos.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

Remi Peltier acabó de ordenar el almacén, el sudor se escurría por su espalda, pues, incluso con su fuerza de oso, el acarrear los barriles de cerveza, cargar las cámaras frigoríficas de bebida y ordenar los suministros era una tarea pesada para él solo.

Se secó el rubio cabello y se sentó en uno de los barriles a tomarse una cerveza fresca. Estaba huyendo de su dormitorio y de la muchacha humana que descansaba allí. Después de su ataque la noche anterior sus heridas habían mejorado sustancialmente. Además, Erika era maravillosa, estar con ella era un sueño. Pero, todo esto, lo fácil que era quererla y dejarse querer, le hacía sentir un estúpido que había estado tirando su vida por el retrete y amargando la vida de los demás. Sobre todo la de Quinn.

El hermano en quien pensaba entró al almacén e hizo ademán de salir al verle allí sentado. Remi se levantó y sonrió indicándole que pasara. Quinn dejó sus herramientas en el suelo, iba a asegurar una estantería, y creía que su hermano seguiría descansando. Todos sabían del ataque, estaba preocupado pero no había ido a verle porque Remi no era de los que aceptan ni las visitas ni la preocupación de los demás.

- ¿Cómo estás? – preguntó sentándose a su lado – supe que te habían atacado unos Daimons.

- Bien, estoy bien – dijo mirando las herramientas del cuatrillizo más afable - ¿Crees que tú y yo podríamos solucionar nuestras diferencias algún día?

- Remi, yo jamás he tenido nada contra ti, eres tu quien debe perdonarme…

- No, yo no tengo que perdonarte nada.

Eran tan iguales y a la vez tan distintos, el mismo cabello rubio y rebelde, los mismos ojos de la misma exacta tonalidad de azul, la misma estructura muscular… sin embargo Quinn era más delgado y tenía una inocencia y calidez en la mirada que contrastaba con las maneras salvajes de su hermano.

- Quinn, todo este tiempo he sido un gran estúpido.

- Estabas sufriendo.

- ¿Y vosotros no? Becca también lo pasaba mal y tú, nunca me echaste nada en cara, siempre me defendiste, frente a papá, frente a mamá, frente a todos, incluso cuando yo te culpaba de toda mi desesperación – Remi se levantó, toda la furia que había sentido contra quien era una parte importante de sí mismo se había convertido en respeto por el hermano que siempre le había apoyado – Quinn, tío, debiste darme una paliza hace mucho tiempo, hacerme entrar en razón.

- Remi, ¿Nos has mirado bien? – murmuró nervioso su hermano entre emocionado y risueño – si lo hubiera intentado me habrías destrozado.

- Hazlo, te lo debo, no me defenderé…

El menor, que incluso dentro de su mono de trabajo parecía más pequeño sacudió negativamente la cabeza. No iba a negar que alguna vez hubiera deseado hacerle entrar en razón a golpes, pero siempre acababa recordando lo que había perdido, lo que Quinn le había quitado. Porque puede que no supiera que Rebecca amaba a Remi pero sí sabía que nunca había mostrado ningún interés por él hasta el día que prácticamente se le echó en los brazos.

Esa excusa de que era un hombre y no había podido negarse podría valer para cualquier tipo sin personalidad, no para el menor de los cuatrillizos Peltier. Quinn siempre se había sentido atraído por su esposa y nunca pensó que, sólo por esa única vez, sus vidas se complicarían tanto. Incluso había estado dispuesto a renunciar a todo para arreglarlo pero la decisión fue de Rebecca y a pesar de todo, y por mucho que su felicidad se convirtiera en la desgracia de su hermano, amaba a su esposa y a sus hijos.

- No Remi, créeme, no me debes nada.

- Sí hermano – dijo abrazándolo con fuerza – siento lo estúpido que he sido, lo egoísta, creí… creía que nunca podría volver a amar.

Eso lo explicaba todo. La muchacha humana, la escudera de un Dark Hunter que todos decían que acabaría con el mundo tal y como lo conocían. Remi había vuelto a enamorarse y enamorarte siempre te convierte en una mejor persona, porque el amor de verdad era así, si amas de verdad sólo puedes ser mejor para la persona que amas (aunque ella no te corresponda). Al menos era lo que Quinn había pensado siempre y la gente que tenía alrededor le había dado pruebas de que no se equivocaba.

Esta reconciliación, el descubrir que no había destruido por completo la vida de su hermano le llenaba de felicidad. Ahora sólo le faltaba que Rebecca pudiera olvidar a Remi y pudiera amarle a él al menos un poco.

Entonces escucharon el disparo, los gritos, y la alegría se transformó en una pesadilla que ya habían vivido demasiadas veces, una pesadilla que venía a llevarse a alguien de su familia.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

El humano, el Daimon y el Dark Hunter corrían hacia el Santuario bajo los últimos rayos del atardecer. Davyn entendía por las caras de ambos Winchester que no se apresuraban tanto por gusto. Algo grave estaba a punto de ocurrir, se mascaba en el aire.

El recuerdo de la visión que tan sólo unos minutos antes había tenido Sam lo espoleaba de tal manera que estaba dejando atrás a sus acompañantes. Estaba preocupado, no… estaba asustado. Si no llegaban a tiempo sería el primer eslabón de la cadena de premoniciones que acababan con su muerte.

Cada dos por tres volvía a comprobar que el sol aún no se había ocultado. En menos de cinco minutos llegaron a la puerta del bar-restaurante dónde Dev Peltier estaba abriendo las puertas de seguridad como todas las tardes para comenzar con el turno de cenas. El oso, como todos los días, se encargaba de ese trabajo.

Sam se congeló, era exactamente su visión. Dev, en mangas de camisa, levantaba la cancela de uno de los laterales, el último rayo de sol de ese día bañaba su ancha espalda y los brazos que sujetaban el cierre y sonó el disparo.

Habían llegado tarde. El menor de los Winchester se frenó en seco mientras Devereaux caía de rodillas contra la puerta. Era el "déjà vu" más bestial y más real que había tenido nunca, la confirmación de que no podría parar nada. Era aterrador.

Vio a los lobos que huían aparentemente impunes del asesinato. Vio al tipo con traje de neopreno y el cabello oscuro mojado y de punta. Ese debía ser Savitar, sus miradas se cruzaron un instante y pudo apreciar cómo el violeta claro de los ojos del Chthonian se oscurecían hasta un añil tormentoso mientras retenía a los asesinos.

Ambos lobos habían profanado el santuario, eso era algo que Savitar no podía dejar pasar. Los hizo desaparecer con un chasquido de sus dedos y sin añadir una palabra, desapareció a su vez.

Dean había recostado al oso malherido, intentaba calmarlo, pero el mayor de los Winchester nunca ha sido un gran enfermero, y menos cuando piensa que es el responsable de que otros salgan heridos.

- Aguanta tío – murmuró roncamente – la ayuda está en camino.

Devereaux agarró con fuerza la camisa del humano que en pocos días se había vuelto un amigo. No quería morir, ¿Cómo era posible que una puta bala pudiera hacerle esto? Ellos no eran tan débiles, él era un Peltier, un oso. No podía dejar a Samia sola ahora que llevaba a su hijo en su vientre. Y el horror más absoluto se pintó en su cara al comprender cuál sería el destino de su esposa.

- No, no… - musitó inaudiblemente – no puedo morir…

- No lo harás, tío, no lo harás, vas a salir de ésta.

- Sam, Samia…

- Tranquilízate, reserva fuerzas ¿Vale?

La amazona llegó corriendo seguida de Aimèe. Su conexión con su esposo la había avisado de que estaba a punto de perderlo, de que lo había perdido.

El cazador le cedió su lugar con cuidado, un cuidado que no era ya necesario pues Samia, en el momento que la cabeza de su esposo estaba sobre sus rodillas, supo que había muerto. Lo besó tiernamente y lo sujetó mirando los ojos azules que se perdían preocupados en el infinito.

Poco a poco Fang, los demás cuatrillizos y el resto de la manada Peltier se fueron reuniendo en el exterior del Santuario. Aimèe abrazó a su cuñada para retirarla del cadáver y que sus hermanos pudieran llevarlo dentro. Samia se levantó tambaleándose.

Remi la cogió en brazos mientras sus otros hermanos hacían lo propio con Dev. Los Winchester y el Daimon vacilaron un segundo pero ante la indicación de Fang entraron en el local que ese día no iba a abrir ya.

- Creía que Dev y Samia estaban vinculados – murmuró Fang al lado de Dean Winchester con un sentimiento de culpabilidad tan grande como el del cazador, ambos tenían en mente la amenaza de las parcas cuando el segundo salvó la vida del primero.

- Lo están – los ojos de Aimèe eran dos pozos azules de tristeza – Samia está embarazada.

Con un gemido, el lobo abrazó a su esposa. No sólo habían perdido a Dev, cuando su esposa diera a luz también moriría, como Annia, y lo peor era que Samia se convertiría en una sombra, como cualquier Dark Hunter que muriera sin recuperar su alma.

Dean se acercó a la amazona seguido de su hermano. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que ella lo necesitaba. Ese sentimiento se vio confirmado cuando unos desolados ojos verdes trataron de sonreírle. El cazador se arrodilló frente a la mujer sentada en la silla.

- No permitiré que tú también mueras, habrá algo que podamos hacer - prometió.

- ¿Y si no quiero vivir?

- Vas a tener un hijo, tienes que vivir – replicó Dean.

Sam estaba de acuerdo con su hermano. Sabía lo que tenía que hacer, lo que tenía que decir. Ese niño no sólo era el motivo para que Samia Peltier viviera, también iba a ser el motivo de su hermano para no rendirse una vez tuviera que irse.

- Vamos a estar contigo Samia, Dean y yo, no vamos a permitir que nada malo le pase a tu bebé, y vamos a hacer todo lo que podamos para que pueda conocer al menos a su madre – prometió.

SPN-DH SPN-DH SPN-DH

Thorn, Savitar y Acheron se reunieron con Artemisa en el Olimpo. Sin artificios, sin ocultarse como otras veces, el dios atlante se mostró ante las puertas del templo de la diosa griega haciendo alarde de su poder. No tenía ni tiempo ni ganas de tonterías.

- Entrégamela Artie, dame el alma de Sam Winchester – exigió con dureza.

- No puedo.

- Artie… esto no es una petición, es una orden, esta vez la situación es tan grave que si tengo que matarte lo haré – prometió.

- ¡Padre! – Katra se paró en seco en medio de su saludo al comprender que algo ocurría entre sus progenitores, su esposo se quedó tras ella sin intervenir en lo que creía que era la enésima disputa entre sus suegros.

- Es por ella, y por sus hijos Artemisa, y por el mío, por favor.

- Te la daría si la tuviera, pero no te preocupes, hay alguien trabajando para devolver a Sam Winchester dónde pertenece – respondió confiada.

- ¿De qué estás hablando?

- De un aliado, alguien de la dimensión de los Winchester que sabe cómo devolverlos a su lugar – la convicción de la diosa pelirroja sorprendió a Acheron aunque no a uno de sus acompañantes.

- Ops – musitó Thorn adivinando de quién hablaba la diosa – no se te habrá ocurrido hacer un trato con un tal Crowley ¿Verdad?

- Él dijo que solucionaría todo, sólo tenía que entregarle el alma del Winchester y todo volvería a la normalidad – explicó ella convencida de que había hecho lo mejor que se podía hacer en este caso.

La furia convirtió el remolino plateado de los ojos del atlante en un rojo sangre. Ash inspiró profundamente, una vez más la irresponsabilidad de Artemisa complicaba su vida hasta límites insospechados.

- Te has cargado el mundo preciosa – replicó Thorn divertido.

Savitar y Acheron estuvieron tentados de dar una lección al hijo del diablo. ¿Se podía ser más cínico? Si había alguien ahí con tanta responsabilidad como la diosa pelirroja era quien había secuestrado al vampiro amigo de los Winchester o había devuelto a la vida al demonio que ahora tenía el destino de todos en sus manos.

- ¿Y tú que trato has hecho con Crowley, Thorn? – preguntó Savitar.

- No te importa amigo.

- Sí que me importa, de momento tus intrigas han conseguido que Dev Peltier esté muerto – Acheron se sobresaltó ante la rotunda afirmación del Chthonian.

- ¿Dev Peltier ha muerto? – preguntó sorprendido, uno de sus poderes más importantes era predecir el futuro y eso no lo había previsto.

Ambos el Chthonian y el guardián del infierno se miraron. El segundo tuvo muy claro que tenía que echarse atrás en su pretensión de sacar a su padre de la caja, la situación se había vuelto irreversible.

- Thorn, suelta al vampiro – pidió Acheron.

- Es tuyo – aceptó sin discutir desapareciendo.

_Continuará...