TITULO: A LA FUGA

TITULO ORIGINAL: MUJER A LA FUGA

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: LISA MARIE RICE

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO-SENSEI

PROTAGONISTAS: Itachi Uchiha y Sakura Haruno

SIN FINES DE LUCRO.

solo juego con los personajes e historia para que pasen un buen rato

GRACIAS.

Capítulo 8

La habitación seguía resonando con el Do de pecho de Luciano cuando la señal del correo electrónico se puso a parpadear.

VEINTE MIL DÓLARES AMERICANOS DEPOSITADOS EN CUENTA SUIZA. ¿ACCIDENTE DE COCHE OK?

El profesional comprobó la cuenta de Ginebra, una de las diez que tenía en Suiza, y bendijo a las autoridades de los bancos suizos por permitir que se hicieran transferencias veinticuatro horas al día. Ahí estaban los $20.000.

Mimi se estaba poniendo los manguitos, diciéndole a Rodolfo que le calentaría las manos. Se estaba muriendo. Los dedos del profesional se apartaron del teclado del ordenador para saborear aquel doloroso y colosal momento. Esa parte era tan conmovedora, tan trágica.

El profesional tarareó suavemente la parte en que Rodolfo toma el cuerpo sin vida de Mimi entre sus manos, cantando su pena.

Cuando la música acabó, tardó unos momentos en recuperar la compostura antes de ponerse a escribir la respuesta para el noruego.

RICHARD M. ABT: TRASLADADO A ROCKVILLE, IDAHO. DIRECCIÓN 120 CRESCENT DRIVE, BAJO EL NOMBRE DE ROBERT LITTLEWOOD. OK ACCIDENTE COCHE. BUENA SUERTE.

De improviso y por pura curiosidad, el profesional indagó un poco por la ficha robada en busca del segundo nombre de Richard Abt. Se sentía casi como si revolviera en una habitación vieja. El proceso era rápido. Ahí estaba: Marion. II segundo nombre de Richard Abt era Marion. ¿Qué clase de nombre era ése para un tío? No le extrañaba que sólo pusiera la inicial. Daba igual, el tipo era historia. El profesional sonrió. Richard Marion Abt. Destruido por medio del ratón.

—¡Oye!

El lunes por la tarde Sakura sonrió y se quitó el jabón de los ojos. Le gustaba tanto que hubiera otro ser humano en la casa. El domingo había estado dando vueltas por la casa vacía, sintiéndose atrapada entre las cuatro paredes, perdida y sola, hablando con Akamaru, quien sólo podía responderle ladrando.

Dio gracias a Dios de que llegara el lunes y tuviera una clase abarrotada de niños. Boruto la había acompañado después de clase y habían repasado sus deberes,

pero la Guerra Civil y los verbos quedaron relegados inmediatamente a un segundo plano al ver a Akamaru.

Boruto se había apresurado a acabar los deberes y a aprenderse los verbos de memoria antes de salir escopetado a ayudar en la fascinante tarea de adecentar a Akamaru.

Para ello necesitaron la bañera, medio bote de jabón con esencia de rosa y prácticamente todas las toallas que había en la casa. Tras un par de días de comida, descanso y cariño, Akamaru ya parecía otro. Ya casi no cojeaba e iba camino de enamorarse de Boruto; sentimiento claramente recíproco, pues Akamaru y Boruto sonreían con la misma cara de bobos.

—Sigues oliendo, compañero —le dijo Sakura a Akamaru mientras le frotaba con fuerza—. Pero al menos ahora hueles un poco más a rosas.

El perro gimió en respuesta. Llamaron con fuerza a la puerta. Sakura se puso en pie con el corazón desbocado.

—Itachi. —La puerta ahogaba su voz, pero no había duda de que era él. No había sabido nada de él desde que se marchara el domingo antes de que amaneciera siquiera.

Se secó las manos en la única toalla que quedaba limpia y, tratando de calmarse, fue a abrir la puerta. Ahí estaba, alto y ancho, vestido de negro y sosteniendo un paquete envuelto en papel marrón.

Se había pasado el día anterior entero pensando en él y, aunque no hubiera estado pensando en él, su cuerpo se habría acordado de él pues tenía agujetas y los muslos doloridos, como si siguiera dentro de ella. En cuanto la vio se quitó el sombrero de vaquero que llevaba.

—Rin.

«Oh, Dios».

Esa voz.

Le había murmurado cosas al oído mientras le hacía el amor con aquella profundísima voz. Al oírla ahora, tuvo un flashback momentáneo de la oscura habitación y Itachi profundamente dentro de ella, moviéndose con rapidez y fuerza. Le temblaron las rodillas.

—Uchiha. —Casi no le salía la voz.

Se hizo a un lado de la puerta y Itachi entró, pasando tan cerca de ella que podía olerle. Cuero, lluvia, hombre. Desde el cuarto de baño, Boruto chilló de placer y Akamaru ladró.

Itachi alzó la cabeza un momento y cuando volvió a bajarla para mirarle a los ojos, Sakura casi pudo ver lo que pensaba. Boruto estaba ocupado en el cuarto de baño con Akamaru. Estaban, de momento, solos.

Sakura había ensayado las diferentes poses que podía adoptar cuando volviera a verle: simpática pero distante; no, fría pero divertida; no, cariñosa pero sin ser pegajosa; no, simpática pero irónica... No le dio tiempo a poner en práctica ninguna de ellas porque Itachi dio un paso hacia delante y la besó.

Profunda y apasionadamente. El beso fue el equivalente del polvo que habían echado, cuando su pene la poseyó por completo. Se puso junto a ella, la alzó en brazos y se la llevó al dormitorio. Cerró la puerta y echó el pestillo sin soltarla. Metió una de sus enormes manos debajo de la falda para acariciarle la cadera. Oh, Dios, cómo le gustaba sentirle otra vez por su cuerpo. Con los ojos cerrados, Sakura abrió más la boca para él y le apretó la lengua con la suya.

Itachi se estremeció. Se echó un poco hacia atrás y la alzó contra la pared, sujetándola con una mano mientras con la otra le quitaba las braguitas, las medias y los zapatos. La agarró de las piernas y las pasó por encima de sus caderas; con una mano le acariciaba el sexo mientras se desabrochaba la cremallera y volvía a estremecerse.

Podía sentir lo húmeda que estaba. Era sorprendente. A Sakura siempre le había llevado su tiempo calentarse sexualmente. Le gustaban los preliminares largos y lánguidos, que le dijeran palabras cariñosas y le acariciaran suavemente. No le había dado nada de eso y, aun así, estaba más que lista. Sólo con verle se había puesto a mil, como el hámster que sabe que si presiona la barra obtiene bolitas de comida.

Itachi equivalía al sexo duro y excitante. Se abrió los pantalones y su pene se liberó de inmediato. Lo guió con la mano hacia ella. La abrió con dos dedos, metió la punta del pene y empujó con fuerza.

Sakura estaba completamente poseída por él. Se la comía con la boca y, con el peso de su cuerpo, la mantenía anclada contra la pared mientras le abría las piernas con las manos. La áspera tela de sus vaqueros le rozaba las piernas.

Se apoyó pesadamente contra ella, apartando la boca de la de ella. La miró con los ojos entrecerrados. Su rostro era tan duro, tan inflexible.

—Llevo un día y medio soñando con esto —murmuró con los ojos brillantes.

Así, de pronto, Sakura empezó a sentir el orgasmo, unos empujones fuertes que hicieron que los ojos de Itachi se abrieran y las narinas se le inflaran. Aspiró aire con fuerza y se la sacó casi entera para empezar a empujar con fuerza.

—¿Señorita Nohara? ¿Señorita Nohara? ¿Dónde está? Akamaru necesita un secador. ¿Señorita Nohara?

—Joder —suspiró Itachi.

Los dos se quedaron paralizados; Sakura miró fijamente los ojos negros de Itachi.

Su orgasmo no se detuvo, pues su cuerpo seguía su camino pese a que su mente gritara: «¡Alto!». La fuerza del orgasmo hizo que se estremeciera y que perdiera por completo el control de su cuerpo. Itachi respiraba con fuerza. Se quedó quieto dentro de ella.

—¿Señorita Nohara? —La voz de Boruto se perdió.

Iba a buscarla a la cocina, donde obviamente no la encontraría. No quedaba más que una habitación más en la casa y enseguida se oyeron sus pasos atravesando la pequeña sala de estar. Gracias a Dios, las contracciones empezaban a desaparecer.

Temblando aún, Sakura empujó a Itachi de los hombros, que cerró los ojos como si le doliera y se retiró. Bajó las piernas confiando en que no le fallaran; estaba temblando.

—¿Señorita Nohara? Ey, ¿dónde está? —El picaporte de la puerta se movió.

—Un... —No le salía la voz. Sakura se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo—: Un momento. No entres, Boruto, ahora mismo salgo.

—Vale. Necesitamos un secador. —Boruto silbó alegremente mientras volvía al cuarto de baño con Akamaru.

Sakura sólo pudo bajar la vista. El pene de Itachi era oscuro y estaba totalmente hinchado y pringoso de sus jugos.

Itachi trataba de meter su enorme erección en los pantalones, pero la cremallera se quedó enganchada. Sakura le miró con una mueca de dolor.

—Eso tiene que doler.

—No tienes ni idea —farfulló.

—¿Y no te has, ehh...?

—No. —La taladró con sus negros ojos—. Aunque pretendo hacerlo. En cuanto haya dejado a Boruto en casa, pretendo volver y pasarme toda la noche dentro de ti y entonces sí que lo haré. Y mucho.

No tenía aire en los pulmones, sólo calor. Por lo que había visto, y sentido, Itachi era muy capaz de hacer lo que decía.

—Ah —dijo débilmente—. Ah, eh, de acuerdo.

Le rodeó el cuello con una mano y la besó. Cuando alzó la cabeza, seguía acariciándole el cuello con el pulgar.

—Será mejor que vayas a ver a Boruto. Iré en un segundo.

Sakura asintió y se dirigió lentamente hacia la puerta.

—¿Cariño? —Sakura se giró y le miró inquisitivamente—. ¿No quieres ponerte los zapatos y algo de ropa interior antes de salir?

—Ya —dijo Sakura, aún confusa.

Sus palabras apenas habían calado en ella. Aún seguía sintiendo los efectos posteriores al orgasmo; las húmedas paredes de su sexo se rozaban cuando se movía

— Ropa interior.

Ropa interior, ropa interior. ¿Dónde...? Ah. Las medias, braguitas y zapatos estaban en un rincón. Para cuando por fin estuvo lista, Itachi parecía menos salvaje también, aunque se fijó en que no se había quitado la chaqueta, que le llegaba hasta los muslos y cubría la erección. Sakura sacó el secador del cajón y se dirigía a la puerta cuando le sintió justo detrás de ella; sintió el calor de su cuerpo y la enorme presencia de Itachi.

—¿Señorita Nohara? —La voz de Boruto llegaba débilmente desde el cuarto de baño.

—¡Voy corriendo! —Gritó Sakura, y casi dio un brinco cuando sintió la áspera y enorme mano de Itachi en el cuello.

Se inclinó y la besó en la nuca, un ligero beso que acabó casi antes de haber empezado.

—Eso espero —murmuró junto a la oreja de Sakura—. Que te corras toda la noche.

Se detuvo con la mano en el picaporte, una oleada de calor casi le hace caer de rodillas. Itachi no debería decirle cosas como esas; especialmente cuando estaba a punto de salir al encuentro de un niño pequeño. Estaba segura de haber enrojecido. Estaba hecha un lío y tenía el pulso acelerado. Para conseguir abrir la puerta, tuvo que intentarlo dos veces.

No podía darse la vuelta; si lo hacía, si veía a Itachi, cerraría la puerta, se giraría y le lanzaría los brazos al cuello. Así que fijó la vista al frente con decisión, abrió la puerta y salió con paso tembloroso hacia el cuarto de baño.

Aquello era un increíble desastre. La bañera estaba llena hasta arriba de agua y espuma, que fluía hasta el suelo cada vez que Akamaru se movía.

Sakura le tendió el secador a Boruto, quien apenas alzó la vista.

—Genial, gracias señorita Nohara. Tengo que secar a Akamaru, si no se enfriará. Venga, Akamaru, sal. —Boruto chasqueó los dedos y Akamaru saltó fuera de la bañera, junto con la mitad del agua.

—¡Espera! —Demasiado tarde.

Akamaru se sacudió y caló la habitación entera. Sakura levantó las manos para protegerse, pero Boruto estaba chorreando. El cuarto de baño estaba tan mojado que era demasiado peligroso utilizar un secador allí. Con un suspiro, Sakura le quitó el secador a Boruto, sacó una toalla vieja del armario y la extendió por el suelo de la despensa.

—Aquí, Boruto —dijo, enchufando el secador.

Boruto y Akamaru fueron afablemente hacia la despensa, chorreando agua a su paso. Cuando el niño encendió el secador, Sakura salió de allí. Itachi la estaba esperando en el salón, con la enorme caja en las manos. Se la tendió.

—Es para ti —dijo sencillamente.

Un regalo.

Sakura parpadeó. La caja iba envuelta en papel marrón y tenía un cordel. En Boston, el envoltorio con papel marrón y cordel se consideraba muy chic; claro que el papel tenía que estar hecho a mano, no estar teñido y ser tosco, y el cordel tenía que ser de cáñamo y solía envolver algo muy caro.

El papel de esta caja llevaba un sello desigual que rezaba «Emporio de Ferreterías Kellogg». Sakura cogió la caja y la sopesó. Era sorprendentemente pesada. Alzó los ojos hacia Itachi con el corazón desbocado.

—Gra... gracias.

Asintió con seriedad. Sakura sacudió la caja y algo grande botó en su interior. No tenía ni idea de qué podía ser. El rostro de Itachi no mostraba expresión alguna. Sakura cortó el cordel, rasgó el papel, abrió la caja... y se encontró con artilugio de acero y metal; miró desconcertada a Itachi.

—Cerrojo —dijo.

—Ah —contestó con un hilo de voz—. Un cerrojo. Ehh, gracias. Siempre había querido tener uno.

—La cerradura de la puerta es demasiado enclenque. —Itachi tenía el ceño fruncido, como si la cerradura de casa de Sakura fuera su reto personal.

—¿Sabes cómo... arreglarlo?—¿Se decía así? ¿Qué se hacía con los cerrojos? ¿Montar? Aunque ya estaba montado; era una sola y reluciente pieza. Aun así, Itachi parecía haberle entendido. Echó la cabeza hacia atrás, sorprendido, y frunció aún más el ceño.

—Claro —dijo, como si le hubiera preguntado si sabía andar o leer.

¿Le había ofendido? No había forma de saberlo, pues su expresión era exactamente igual que siempre: impenetrable. A los pocos minutos, Itachi se había enfrascado en su caja de herramientas y hacía algo varonil y competente con la puerta de Sakura y el cerrojo.

Así que ella fue a hacer algo femenino y competente en la cocina. Para cuando un Akamaru semiseco y que olía a rosas, y un sonriente Boruto entraron en la cocina, Sakura había puesto té y una tarta de limón, que había hecho el domingo en pleno aburrimiento, encima de la mesa. Itachi apareció medio minuto después.

A través de la puerta de la cocina pudo ver el cerrojo en la puerta, enorme y brillante, y capaz de proteger secretos nucleares. Era tan dulce que hubiera pensado en eso. Sakura sonrió a Itachi, que estaba de pie en el marco de la puerta.

—Gracias, Uchiha. —Su sonrisa le dejó paralizado, pero Sakura empezaba a reconocer ya los distintos grados de su impasibilidad. Ensanchó la sonrisa—. Toma un poco de tarta y té.

Boruto ya se había tomado tres trozos y ya le había pillado dándole disimuladamente trocitos a Akamaru. Sakura cortó un trozo enorme para Itachi y otro mucho más pequeño para ella. Le había puesto piel de naranja y unas barritas de canela al té, para darle más sabor. Itachi lo olió antes de beber con precaución al principio y, después, con evidente placer. Sonrió al ver cómo masticaba con entusiasmo tras el primer mordisco a su tarta de limón.

—Está bueno —farfulló—. Y el té.

«¿Bueno?». Por unos instantes, Sakura se indignó. ¿Estaba diciendo que su tarta de limón estaba buena? La receta era de su madre, y era famosa en tres continentes. No era buena, era fabulosa. Estaba a punto de echarle la bronca cuando vio que entrecerraba los ojos de placer, igual que había hecho Akamaru. Se relajó.

Estaba claro que cuando un vaquero decía «bueno», quería decir «fabuloso».

Sakura envolvió el resto de la tarta de limón en papel de plata.

—Para Naruto —dijo, aunque sospechaba que Boruto se tomaría la mayor parte de ello.

Itachi se puso en pie y Boruto le imitó.

—A la camioneta, Boruto —dijo Itachi, sin apartar los ojos de ella—. Pero primero da las gracias a la señorita Nohara.

—Claro; muchas gracias, señorita —dijo Boruto obedientemente, tras lo que se inclinó para abrazar a Akamaru y salió corriendo.

Itachi se quedó quieto, observándola. Sus ojos negros bajaron hasta la boca de Sakura.

—No puedo darte un beso ahora —dijo. Alzó la vista, llena de oscuro deseo—. Sería incapaz de parar.

Sakura asintió. La intensidad de su mirada la dejó sin aliento. El aire estaba cargado de hormonas sexuales. Itachi recogió el gorro de la percha de los abrigos, se pasó la mano por el pelo y se lo puso.

—Ahora vuelvo. Lo antes posible —dijo y salió.

Sakura empezaba a acostumbrarse a sus abruptas despedidas. ¿Quién sabía? A lo mejor las despedidas elaboradas eran algo decadente, propio sólo de las ciudades. Aun así, y sin admitirse a sí misma que quería volver a echarle un vistazo, abrió las cortinas de la ventana y vio cómo Itachi ayudaba a Boruto a subir en el asiento de copiloto. Como siempre, los movimientos de Itachi eran precisos, ágiles y poderosos.

Aunque el jersey y los vaqueros que llevaba parecían perfectamente limpios, eran exactamente iguales que los que había llevado el sábado. Lo que no había visto nunca era la furgonetilla negra a la que se estaba subiendo.

Sakura se quedó pensando en aquel hombre que parecía tener más coches que ropa.

«Preliminares, preliminares, preliminares».

Itachi se repetía las palabras como si fueran un mantra mientras conducía de vuelta a Simpson y a Rin, tras haber dejado a Boruto en el rancho. A lo mejor convendría que se golpeara la frente contra el volante para que la sangre le volviera a la cabeza y pudiera acordarse después.

«Preliminares, preliminares, preliminares».

No iba a alzar a Rin, desnudarla, ponerla contra la pared y meterle la polla hasta el fondo.

No, no, no.

Iba a haber preliminares. Sí. Trató de grabarse la idea en la mente, mientras aún le funcionara.

Llevaba dos días enteros empalmado, lo que le valió un montón de miradas extrañas por parte de sus hombres mientras hacían la ronda por las cabañas de las colinas. Si su polla se tranquilizaba unos segundos, bastaba cualquier recuerdo... el pezón de Rin, por ejemplo, y su sabor, o aquel instante eléctrico en que había metido la polla entre los prietos tejidos de su coño, abriéndolos... para que volviera a ponerse más dura que antes.

La noche anterior no había dormido, ni siquiera unos minutos. No había echado ni una cabezadita. Estaba entrenado para ello, claro; parte del entrenamiento de los SEAL incluía, estar despierto varios días seguidos, en aguas poco profundas, después de una larga caminata. Era un test de resistencia en el que se mezclaba el cansancio, con la incomodidad extrema y la falta de sueño. Había superado las sesiones de entrenamiento gracias a su fuerza de voluntad.

Pero esta falta de sueño no tenía nada que ver, era exclusivamente voluntaria. No es que no quisiera dormir, simplemente, cada vez que se tumbaba en la cama podía ver —casi podía sentir, el suave cuerpo de Rin. Sus piernas rodeándole las caderas, los pequeños pechos contra su pecho, su suave boca rozándole la oreja. Cuando cerraba los ojos en un vano intento de apartarlos, era capaz de oler su piel, con un ligero toque de rosas, el femenino y único olor de Rin. Así que llevaba dos noches sin pegar ojo, aunque no estaba cansado. Estaba hasta arriba de testosterona.

No podía hacer nada, no podía hacer uso de ningún juego mental para controlar su erección por las noches. En su vida normal A.M. (Antes de Izumi), había sufrido noches de insatisfacción durante su segundo año de instituto, tras haberse metido en las bragas de Lory Kendall. Desde entonces, siempre que estaba cachondo, siempre había habido alguna mujer cerca, en algún sitio. Sólo había que saber dónde buscar. Las únicas veces en que las mujeres no estuvieron disponibles fue porque estuviera completamente concentrado con los entrenamientos o hasta metido hasta las trancas en alguna misión peligrosa, tan ocupado luchando por mantener sus pelotas a salvo que no podía pensar en nada que implicara utilizarlas. Y, por supuesto, durante lo que duró su matrimonio, y un año después de que se fuera al garete, su polla permaneció tan tranquila entre sus piernas y dentro de los pantalones.

Ahora saltaba a la mínima de cambio, especialmente por las noches. La noche anterior estaba tumbado despierto, en su saco de dormir, sudando pese a lo frío que estaba el suelo y pensando una y otra vez en tirarse a Rin como si se le hubiera rayado la película en la cabeza.

Se habría hecho una paja, pero sus hombres se habrían dado cuenta de ello. Normalmente tampoco pasaba nada porque lo hiciera. Las cabañas eran lo más parecido a los barracones que había entre los civiles, y los hombres se la machacaban en los barracones; era lo más normal del mundo.

Ser soldado era un trabajo peligroso y solitario y si un hombre podía encontrar algo de alivio en su puño, nadie se lo echaría en cara. Pero ni él ni sus hombres estaban en un campo de batalla, a miles de kilómetros de cualquier mujer dispuesta.

Tenías todo tipo de mujeres disponibles, si estabas dispuesto a conducir hasta Rupert, Dead Horse o Boise. No tenía razón alguna para machacársela; sólo que su polla deseaba a Rin y nada más que Rin. No estaba allí, y exigía saber la razón.

Apenas había saciado su apetito follándose a Rin una vez, y el haber tenido la polla metida dentro un par de minutos, hacía ya una hora, no contaba. En todo caso, le ponía mucho más. Había hecho muchas cosas difíciles a lo largo de su vida, pero sacársela cuando acababa de metérsela había sido la más difícil.

Mientras ella aún se estaba corriendo. Se merecía una jodida medalla. El corazón de Itachi se puso a mil por hora cuando se acercó y vio la destartalada casita de Rin.

Habría querido aparcar justo enfrente e ir directamente hacia la puerta, pero se tomó su tiempo y pasó de largo, para una manzana más allá. Iba a dejar la camioneta allí toda la noche, aunque tendría que salir al alba para llegar a tiempo para las sesiones de entrenamiento de primera hora de la mañana.

Era un vano intento de proteger la reputación de Rin, pese a que la mayor parte de los habitantes de Simpson sabía siempre qué hacía el resto. Había oído decir que los profesores tenían una cláusula en sus contratos acerca de la «inmoralidad». Si hacían algo que fuera contra la moral de la comunidad, podían despedirlos.

Claro que el único que podía echarla era el director del colegio, Larry Janssen, primo segundo suyo. Y estaba seguro de que Larry no la despediría por acostarse con él; sino que estaría feliz de que Itachi echara un polvo por fin. Aun así, lo que Rin y él hicieran juntos no tenía por qué importarle a nadie más a ellos.

Itachi subió las escaleras del porche con la sangre hirviéndole en las venas, e hizo una mueca al oír el crujido. Ese escalón era el siguiente en su lista de arreglos. La puerta se abrió antes de que llamara y una Rin sonriente apareció en el marco de la puerta. Tan preciosa como la recordaba, tan frágil y preciada. Y había abierto la puerta sin saber quién estaba al otro lado. Eso le dejó helado.

—Has abierto la puerta —dijo, frunciendo el ceño con gesto de desaprobación.

Se le borró la sonrisa de la cara. Le miró, miró la puerta y volvió a mirarle a él.

—Ehh, sí, así es.

—No te he dicho quién era.

Rin puso los ojos en blanco.

—Uchiha, te he oído llegar desde el camino y estaba esperándote; ¿quién iba a ser si no?

Cabronazos, drogadictos, violadores, asesinos en serie... ¡cualquiera cosa! Itachi tuvo una repentina y espantosa visión de Rin herida, tal vez muerta; de pronto sintió un pánico atroz por lo que perdería si a Rin le sucedía algo.

Itachi había tenido más de una visión intuitiva en su vida, impresiones sensoriales muy precisas de peligro. Una vez se había visto en el suelo, junto a la pared de un precipicio, con una cadera rota y el fémur destrozado. Se había visto a sí mismo con la pierna doblada en un ángulo muy poco natural, había sentido el dolor de los huesos rotos, mientras observaba cómo le salía la sangre a borbotones de una arteria cortada. Se había dejado llevar por la oscuridad mientras se desangraba. Le había puesto tan nervioso que había vuelto a comprobar el equipo y había descubierto una cuerda deshilachada que se le había pasado por alto antes.

En otra ocasión, había tenido la repentina visión de que él y sus hombres se encaminaban a una emboscada en la densa y calurosa jungla de una isla de Indonesia. Había alzado el puño, la señal de que se detuvieran, y su equipo se había quedado completamente quieto en su sitio. Permanecieron ocultos más de cuatro horas, sin moverse, sin respirar apenas y con el dedo en el gatillo. Justo cuando Itachi había empezado a pensar que su famosa intuición podía haberle fallado, se oyó una señal y veinte islamistas insurgentes salieron de sus agujeros camuflados. Su equipo los masacró. Si no hubiera detenido a sus hombres, habrían ido derechos a la emboscada.

Itachi había aprendido por las malas a confiar en sus instintos. No se trataba de ningún tipo de magia, y él no era ningún vidente. Tenía unos sentidos muy agudos y le habían entrenado para ser muy buen observador. Cogía al vuelo las sutiles señales de peligro, que su subconsciente unía y le mandaba una señal de alarma en forma de visión. Y eso era precisamente lo que acababa de tener. Una repentina y dolorosa visión en la que Rin yacía en un charco de su propia sangre, sin vida, lejos de él para siempre. Algo en su subconsciente le decía que Rin estaba en peligro. Podían hacerle daño. Podía morir. No mientras él viviera.

Itachi entró en la casa, se quitó el sombrero y se acercó tanto a Rin que ésta tuvo que echar la cabeza hacia atrás para verle. Estaba tocando su espacio personal y lo sabía, pero quería grabarle bien en la cabeza lo que tenía que decirle.

—No vuelvas a abrir esa puerta sin saber antes quién está al otro lado, ¿está claro? —El tono de su voz era brusco, duro, era el tono que usaba con sus hombres.

El ser humano recuerda lo que aprende por las malas, especialmente en lo que se refiere al dolor. Así es como nos han programado. Rin tenía que acordarse de lo que le estaba diciendo, así que usó su tono más áspero para asegurarse de que así fuera. La sonrisa de Rin desapareció y lo lamentó, pero no lo suficiente para dejar de llegar a donde quería.

—Sí, Uchiha —murmuró, buscando su mirada—. Tienes razón, ha sido una tontería.

—Mañana pondré una mirilla y otro cerrojo en la puerta de atrás. Hay que poner alarmas en las ventanas.

—Sí, Uchiha.

—Quiero que estés a salvo. —Las palabras salieron de lo más profundo de su pecho, posiblemente de algún punto cercano a donde debería estar su corazón, si lo tuviera.

Rin se estremeció y perdió el color. Mierda, la estaba asustando. «Hora de dejarlo, Itachi». La mujer más guapa y deseable del mundo quería acostarse con él, y él se dedicaba a asustarla. No podía evitarlo.

—Prométeme que no volverás a hacerlo.

—Te lo prometo. —Fue un susurro tembloroso, sus asombrosos ojos turquesa se ensancharon. Alzó una mano y la apoyó contra el pecho de Itachi, sobre su corazón—. Créeme, te lo prometo.

Las palabras se amontonaron en la cabeza de Itachi; había tantas que no conseguía decir ninguna. No conseguía apartar de su cabeza la imagen de Rin herida. La imagen hizo que le hirviera la sangre, y se dio cuenta de que mataría con tal de mantenerla a salvo.

Itachi metió las manos entre el pelo de Rin y se inclinó para besarla. Su boca era suave, acogedora, tal y como sabía que sería su coño. Estaba lista. Su cuerpo entero se lo decía. La forma en que recibió la lengua de Itachi, abriendo la boca aún más para saborearla mejor. La forma en que se retorció contra él para permitir que le tocara donde pudiera. La forma en que le agarró los hombros con las manos.

Su pequeño coño estaría húmedo y caliente, como había estado hacía una hora. Lo sabía con la misma seguridad con que sabía su nombre. La idea de ello, de que ya estuviera húmeda y suave, aguardándole, le puso a mil.

Itachi la alzó en volandas y la llevó al dormitorio. El simple hecho de llegar a la cama le exigía un esfuerzo por controlarse, porque lo que de verdad quería hacer era tirarla al suelo, ahí, donde estaban, y abrirle la ropa lo suficiente para meterle la polla y empezar a moverse con fuerza y rápido. Pero el suelo estaba frío y era duro, y él pesaba mucho. Necesitaban una cama.

Se la llevó al dormitorio, quitándole el jersey y el sujetador antes de caer en la cama sin dejar de besarla. Se movía frenéticamente ahora, confiando en no herirla con las manos. Menos mal que llevaba falda; se la levantó y le arrancó las medias y las braguitas, al tiempo que se desabrochaba la cremallera del pantalón.

Itachi indagó en las profundidades de su boca mientras le recorría los muslos rápidamente con una mano y, con la otra, le abría las piernas. Estaba húmeda y gimió contra su boca cuando le tocó el coño. Suave, cálido y acogedor, igual que su boca.

Itachi gruñó mientras la mantenía abierta con dos dedos y sintió que todo su cuerpo se estremecía cuando empujó con fuerza para metérsela. «¡Mierda!». Se mantuvo profundamente dentro de ella y se apoyó en los antebrazos. Sus miradas se encontraron. Las pupilas se le habían agrandado de la excitación, y tal vez del susto, de modo que ahora no quedaba más que un borde turquesa a su alrededor. Tenía la boca húmeda e hinchada.

—Preliminares —jadeó.

Se había olvidado por completo.

Rin tiró de los músculos del cuello de Itachi hasta que la boca de él estuvo junto a la suya.

—Después —susurró, y le besó.

JAJJA Y LAS PRELIMINARES NUNCA LLEGARON, COMO ME ENCANTA ESTE ITACHI TAN CALIENTE :) LES ESTA GUSTANDO? DÍGANME PORFA.

Ofi Rodriguez