Un pavoroso grito de mujer se escucho por las desiertas calles de la tierra

Un pavoroso grito de mujer se escucho por las desiertas calles de la tierra. Cuando los aldeanos salieron corriendo de sus casas ataviados en sus camisones de dormir, encontraron a mina a la entrada de la aldea, iluminada por la luz de la luna, con las manos apretadas sobre el pecho como si la flecha que seguía temblando en el tronco del viejo roble le hubiera atravesado el corazón.

Tres muchachos se enredaron en sus propios pies por la prisa en correr a consolarla, pero sus hermanas llegaron primero. Mientras caraberite y karmesite abrazaban a la temblorosa muchachita, cloqueando como gallinas con sus pollos, Richard con el del rostro severo estiró la mano y arrancó la flecha de la rugosa corteza. Un murmullo apagado se propagó por la multitud. No hacía ninguna falta que el herrero les dijera que el papel color marfil que ondeaba en el astil de la flecha no era una bandera de rendición.

Durante las pasadas veinticuatro horas, el castillo no había producido nada aparte de un ominoso silencio. Si bien muchos habían expresado la esperanza de que hubiera expirado la maldición y el Dragón se había marchado a atormentar a otra desventurada aldea, nadie se había atrevido a dar voz al secreto temor de que en cierto modo habían agravado las transgresiones del pasado con un pecado más negro y más condenable aún. Un caliente sol de primavera había borrado todo rastro de la tormenta de la noche, haciendo parecer más una pesadilla que realidad la locura que se había apoderado de ellos durante su marcha hacia el castillo.

Pero ya no podían seguir negando las consecuencias de su locura:

La princesa Serena ya no estaba entre ellos, y su pobre madre se pasaría el resto de sus días esperando oír unos pasos conocidos que nunca vendrían.

Con el papel aferrado en el puño, Richard dirigió la procesión por las callejuelas de la aldea, acompañado por los sollozos de Mminako. Avanzó derecho hasta el pórtico de la única casita de tierra mantenida por la corona de la luna y comenzó a golpear la puerta.

Al cabo de varios minutos, se abrió la puerta, bañándolos en el halo dorado de la luz de una lámpara.

-C-cielos, hom-mbre, ¿qué pasa?- tartamudeó artemis, su gorro de noche caído hacia atrás y sus anteojos con montura de alambre colgando de una oreja-.

Richard no dijo nada, se limitó a ponerle bajo las narices la hoja de papel. El reverendo la hizo a un lado.

-¿Y esto qué es? ¿Otro mensaje de vuestro maldito dragón? –Movió la cabeza-. Me esfuerzo en ser un hombre paciente, ¿sabes?, pero acabo de regresar de un agotador viaje y no tengo tiempo para estas tonterías paganas. ¿Por qué no vas a despertar a esa simpática y dulce princesa y me permitís tener una noche de sueño decente?

Estaba a punto de cerrarles la puerta en las narices cuando Richard metió el pie entre la puerta y la jamba.

-Le agradeceríamos muchísimo que nos leyera esta nota. Tan agradecidos que ni se nos ocurriría quebrar esa lámpara que tiene en la mano y quemar su casa hasta dejarla reducida a cenizas.

Artemis se tragó una exclamación de horror y cogió el papel. Mientras la multitud se aglomeraba más cerca para escuchar sus palabras, se ajustó los anteojos sobre la nariz, mascullando en voz baja:

Fantasmas tocando trompeta, dragones quemando los campos con su aliento, duendes peludos de orejas puntiagudas robando bebés y reemplazándolos por los suyos. ¿Es de extrañar que seáis presa tan fácil para los papistas?

No hemos venido aquí para un sermón, viejo –gruñó Diamanre, con la cabeza asomada encima del hombro de su padre.

Artemis sorbió por la nariz, ofendido, y empezó a leer:

Buenas gentes de la Tierra.- Quiso interrumpir la lectura, pero lo pensó mejor y continuó-: Ya me habéis colmado la paciencia, pero he decidido daros dos semanas completas para encontrar las mil libras exigidas.

Las palabras fueron recibidas con nuevas exclamaciones y quejidos. Hasta Artemis pareció sorprendido.

¿Mil libras? ¿No fue esa la recompensa que pagó la Corona por la vida de ese traidor del rey?

Eso sólo fue un malvado chisme -contestó Richard-. Nadie de esta aldea ha visto jamás tanto oro.

Prudentemente,Artemis retornó su atención al papel.

Hasta esa fecha, tendré necesidad de lo siguiente: cinco docenas de huevos, media docena de quesos de bola, diez filetes de carne, diez empanadas de riñones, cinco libras de pollo ahumado, un saco de cebollas, un saco de avena, siete nabos, veinticinco manzanas, dos docenas de panes de avena, medio venado de los páramos, tres libras de cordero fresco, tres docenas de patatas, una col, catorce...

Al ver que Artemis continuaba y continuaba su recitación sin casi hacer una pausa para respirar, Richard quedó boquiabierto. Arrancó el papel de sus manos y paseó la vista por é1 de derecha a izquierda. No le hacía ninguna falta saber leer para darse cuenta de que la hoja estaba llena de margen a margen, por los dos lados, con la misma elegante escritura.

Hay una postdata –comentó artemis. Levantó la lámpara para ver mejor el dorso del papel, y leyó-: Aunque encontré deliciosa vuestra última ofrenda, debo advertiros que cualquier otro regalo no pedido os costará no sólo las mil libras sino también vuestras miserables vidas.

Diamante apoyó el mentón en el hombro de su padre, con su ancha cara alicaída.

¿Podéis creer que tenga la cara de pedir todo eso? Uno habría pensado que estaría lleno después de comerse a esa princesa.

Moli movió negativamente su canosa cabeza. A lo mejor ella sólo le abrió el apetito. Mi pobre kevin era así. Cuanto más comía, más quería comer. -Suspiró-. El cura juraba que fue su corazón el que se rindió al final, pero yo siempre he creído que fue ese último bocado de mi carne azada la que acabó con é1.

La horrorizada mirada de Artemio recorrió el círculo de afligidas caras.

-Dios de los cielos -susurró-. ¿Qué habéis hecho? Minako se desprendió de los brazos de sus hermanas y avanzó, con la cara manchada por sucios surcos de lágrimas.

-Entregaron a mi pobre Princesa a ese asqueroso Dragón, eso fue lo que hicieron. ¡Y deberían estar avergonzados!

-Calla, niña -canturreó karmesite, tirándola hacia atrás-. Sere se sacrificó por todos nosotros, y estaba más que contenta de hacerlo.

Aretemis cerró y abrió los ojos ribeteados de rojo, incrédulo.

¿Le disteis esa pobre muchacha a ese dragón vuestro? Vamos, ella era la única entre todos vosotros que tenía una pizca de sensatez.

-Siga hablando así -ladró Richard-, y se me ocurrirá que al Dragón podría gustarle un jugoso hombre.

-Peca por el lado flaco -observó Diamanre, acercándose al reverendo hasta que su corpulento cuerpo arrojó una enorme sombra sobre el pórtico-, pero siempre podríamos pedirle a Moli que se lo lleve a su casa y lo engorde con bocaditos de su carne azada.

Sin previo aviso, el buen reverendo saltó hacia atrás y les cerró la puerta en las narices.

Richard se dio media vuelta, soltando furiosas maldiciones.

-Le retorcería el pescuezo al imbécil que nos metió la idea de poner fin a ese maldito maleficio. -Fue justo en ese preciso instante cuando divisó al viejo Tomoe a la orilla de la muchedumbre tratando de alejarse sigilosamente en puntillas-. ¡Y ahí está! -gritó, haciendo un gesto a su hijo menor.

Andrey cogió al viejo por el pescuezo. Metido en su ancho camisón de dormir, el viejo Tomoe se veía aún más cadavérico y mohoso que de costumbre.

Sólo fue una sugerencia -dijo en tono mimoso, mientras Andrey lo llevaba en brazos hacia el pórtico-.No era mi intención hacer ningún mal.

¡Deberíamos apedrearlo! -bramó Diamante.

Richardt negó con la cabeza.

Eso no tendría ningún sentido. El mal ya está hecho.

Andrey dejó en el suelo al aliviado a Tomoe, mientras Diamanre agitaba la cabeza, fastidiado.

¿Pero qué podemos hacer? -preguntó Ann, estrechando a su nena bebé contra su pecho.

Richard miró ceñudo el papel que tenía en las manos, su cara larga más lúgubre aún.

Empezar a reunir huevos y vacas lecheras. Tenemos un dragón al que alimentar.

El segundo día de cautiverio de Serena comenzó con un ruido y una maldición ahogada. Se sentó en la cama y se apartó el enredado pelo de los ojos justo a tiempo para ver cerrarse el panel detrás de alguien. Su primera idea fue arrojar algo contra el panel, pero cuando sus ojos se adaptaron a la perlada luz de la aurora que entraba por la ventana enrejada, su rabia dio paso a la sorpresa.

Estaba a punto de echar atrás la sábana cuando recordó que ese movimiento la dejaría tan desnuda y sonrosada como el día de su nacimiento. Envolviéndose con la arrugada seda manchada con chocolate y atándosela con un tosco nudo, se bajó de la cama y miró con ojos incrédulos la habitación.

Mientras ella dormía, había entrado alguien en su celda de la torre, transformándola en un cenador digno de ella. No debería sorprenderla, pensó, que milord Dragón tuviera a sus órdenes a un ambicioso clan de duendes. Sí la sorprendía que no la hubiera despertado el suave tamborileo de sus pequeños pies peludos sobre el suelo.

Recorrió la habitación, tocando distraídamente esto y aquello. Adosada a la pared, debajo de la ventana, había una mesa cubierta por un paño de satén color vino; una silla la invitaba a sentarse a banquearse con los manjares repartidos sobre la mesa, un festín ante el cual el desayuno del día anterior, de panecillos y chocolate, parecía muy poco más que la comida de un pobre. En una fuente estaban muy bien dispuestos manzanas asadas, huevos escalfados, pan tostado con mantequilla y galletas de avena, con un aspecto tan delicioso como sus aromas mezclados. Probó un pellizco de una tostada, pero por primera vez en toda su vida, la comida no le retuvo el interés.

Habían limpiado el hogar de las cacas de ratones y telarañas, y puesto en su lugar un ordenado montoncito de leños. Sobre la repisa una caja de cerillas de peltre. También habían cambiado las velas de cera del candelabro de pie.

Sobre una mesa de superficie más pequeña, pero más alta, había una palangana de cerámica, un rimero de paños limpios y una jofaina con agua caliente. Se acercó a oler el agua, medio esperando que estuviera aromatizada con sándalo y especias exóticas, pero a sus narices llegó una fragancia floral.

Vertió agua en la palangana y se lavó la cara, pero esto no la sacó del sueño despierta en que se había convertido su vida.

El sueño se hizo más placentero aún cuando vio los libros apilados en un rincón. Eran libros viejos, con las tapas agrietadas y los lomos de los cuadernillos deshilachados, pero para ella, eso hacía aún más valiosas las palabras contenidas en sus amarillentas y mohosas páginas. Estaban el segundo volumen de las obras completas de Swift, una primera edición de The Rape of the Lock (El robo del mechón de pelo), de Alexander Pope, Roxana, de Daniel Defoe. Pero ninguna de esas novelas le entusiasmaron tanto el alma como el ejemplar del Treatise on Fluxions (Tratado de las fluxiones) de Colin Maclaurin, cuyo lomo absolutamente liso e intacto indicaba que no lo habían abierto nunca.

Se sentó en el suelo y se puso los libros en la falda. Y ahí habría estado sentada todo el día si una pincelada de color en el otro rincón no le hubiera atraído la atención.

Al cabo de un momento se levantó, dejando caer los libros de la falda. Adosado a la pared había un antiguo y achaparrado arcón de cuero, con la tapa abierta, dejando derramarse libremente su tesoro. Serena avanzó hacia é1 como llevada por una mano invisible, cada paso sumergiéndola más en la niebla del ensueño.Antes de darse cuenta de que se había movido, se encontró arrodillada ahí como una indigna suplicante ante un altar sagrado. Sin poder resistir la tentación hundió las manos en el arcón, y las sacó llenas: un vestido de popelina a rayas rosa y blanco y una enagua acolchada con volantes en el ruedo. Después salió un vestido de muselina blanca adornado con cintas color cereza, seguido por metros de tafetán plisado de un color que hacía perfecta juego con sus ojos. Ya tenía afirmado contra su regazo el elegante traje con canesú repujado en la espalda, cuando despertó de su aturdimiento.Dejó deslizarse el vestido por entre sus dedos. Esas ropas tan preciosas lamas se hacían para muchachas gordas como ella, se hacían para bellezas delgadas y cimbreñas como karmesite y kalaberite. Una triste sonrisa se dibujó en sus labios al imaginarse los gritos de placer de Mina si le regalaran un surtido de deslumbrantes elegancias como esas. Aun sabiendo que debía cerrar esa tapa, no pudo resistir la tentación de hundir las manos en el suave pelaje de un manguito de piel de marta cebellina. Esos lujos serían cosas corrientes para ella cuando estaba en el palacio, pensó.

Serena cerró los ojos para rechazar las lágrimas que le produjeron esos recuerdos. ¿De dónde habría sacado esas cosas tan hermosas el Dragón?, pensó, pasándose una gargantilla de terciopelo por la palma. ¿Cuántas otros Planetas habría saqueado antes de poner sus codiciosos ojos en la tierra? ¿Y querría burlarse de ella al ofrecerle ese festín de elegancias? Comenzó a cerrar el arcón, pero titubeó, al posar los ojos en una enagua acolchada. Después de mirar disimuladamente alrededor, con expresión culpable, como para asegurarse de que no había ojos invisibles observándola, deshizo el nudo que le afirmaba la sábana, la dejó caer al suelo, se metió en la enagua y se la subió hasta la cintura. Y allí quedó la enagua colgando, como si la hubieran hecho para ella, a su medida; incluso tuvo que dar un tirón a las cintas de seda par que se le sujetara mejor. Estuvo un rato contemplando la posibilidad de ponerse un corpiño interior de seda azul, pero rechazó la idea, pensando que necesitaría una doncella para desenredar su red de lazos. Cogió nuevamente el vestido de tafetán plisado; no le hacía ninguna gracia estirar el plisado o romper las costuras del maravilloso traje. Haciendo una inspiración profunda, se lo pasó por la cabeza, la tela cayó, rodeándola como una brillante nube, invitándola a meter los brazos por las mangas hasta el codo que se hincharon como campanas plisadas recogidas en los puños. Abrió lentamente los brazos, maravillada de lo bien que le quedaba el vestido, aunque no llevaba corsé que le estrechara la cintura, no se le ceñía ni tendía a abrirse en las costuras. Se dio un giro completo, sintiéndose tan grácil y ligera como el tafetán que se le arremolinó en los tobillos. Las rosetas color cereza que adornaban el corpiño del vestido de muselina blanca parecían hacerle guiños, antes de darse cuenta, ya se había quitado el vestido de tafetán y se estaba poniendo el de muselina. Se probó vestido tras vestido, hasta que finalmente se dejó caer al suelo agotada, aferrando en las manos un delantal de encajes, una bolsa de seda color lavanda cogida por su cinta y seis pares de zapatos de lustroso tafilete teñido en vivos colores.

Miró hacia el otro rincón de la habitación, desgarrada entre la euforia y la desesperación. ¿Qué ensalmo especial le había echado el Dragón? Todavía no llevaba mucho más de un día bajo su hechizo y ya la había convertido en una mujer vanidosa y frívola que dejaba de lado los libros a favor de las gasas y las cintas. Repentinamente pasó por su mente el eco de su humosa voz de barítono: «¿Nosería más agradable si se considerara un mimado animalito doméstico?». Tal vez eso era exactamente lo que pretendía hacer de ella. Se dijo que haría bien en recordar que por muy lujosa que fuera, la torre seguía siendo su celda y ella seguía siendo su prisionera. Él podía cubrirla de carísimos regalos, pero ninguno de ellos podría compararse con el único regalo que le negaba: su libertad.

É1 fue a verla esa noche.

Serena despertó de un profundo sueño con la extraña certeza de que no estaba sola. No lo sintió moverse ni oyó el más mínimo susurro de una respiración, pero su presencia era tan innegable como el omnipresente murmullo de las olas azotando las rocas. Esa noche no estaba tan oscura como aquella de su primer encuentro, por la rejilla de la ventana entraba un poco de luz de luna y logró distinguir el tenue brillo de sus ojos. Tuvo la impresión de que é1 estaba sentado en la silla junto a la mesa, con las piernas estiradas delante. Se sentó, agradeciendo que se le hubiera ocurrido ponerse el más modesto de los camisones que encontró en a arcón, y el decoroso gorro de noche para cubrirse el pelo.

Buenas noches, milord Dragón dijo, aparentando tranquilidad; no quería delatar que la perturbaba su presencia-. Yo habría pensado que tenía cosas más urgentes que hacer que espiarme mientras duermo. Por ejemplo bajar volando a llevarse niños inocentes cogidos en sus garras.

-Nunca me han gustado mucho los niños. Por lo general resultan más molestos de lo que valen.

-Esperaba que decidiera lo mismo de mí.

-Aún no he decidido cuánto podría valer, aunque sospecho que su valor es muy superior al que usted se pone.

Serena frunció el ceño, amilanada por la extraña idea de que la oscuridad le permitía a él verla con más claridad, metérsele más en la piel hasta hacerla tan vulnerable a é1 como cuando estaba ataviada sólo con la sábana y su orgullo.

-¿Aqué ha venido? -le preguntó calmadamente, puesto que la fría serenidad era su única defensa-. ¿Creyó tal vez que estaría revolcándome de agradecimiento por esos excepcionales regalos con que me ha bañado?

-¿Le gustan?

-¿Le importa eso?

-Curiosamente, veo que me importa.

Ella casi oyó el ceño pensativo en su voz.

-La ropa es muy hermosa –reconoció, pasando los dedos por las cintas de satén del cuello del camisón-. Pero no puedo dejar de sentir curiosidad por la forma cómo se hizo con ese tesoro de elegante ropa de señora.

-En otro tiempo pertenecieron a una mujer que conocí.

-¿Una mujer a la que amaba? –preguntó ella, sin lograr entender qué la impulsó a hacer esa pregunta tan atrevida e indecorosa.

-Profundamente –respondió él sin vacilar.

Ella se rió, con la esperanza de no delatar la curiosa punzada de pesar que le produjo esa respuesta.

-Me sorprendió descubrir que los vestidos son de mi talla. Claro que –añadió, pensando en los anchos aros y marcos acolchados que hacían tan difícil pasar por las puertas y acomodarse en los coches a las damas elegantes -, a diferencia de las mujeres que usted conoce, no tengo ninguna necesidad de ponerme miriñaques ni polisón para soportar el peso de las faldas.

-¿Nunca se le ha ocurrido pensar que la mayoría de las mujeres que conozco usan esos aparatos de tortura para verse más parecidas a usted? –dijo él, sin un asomo de diversión en el tono-. ¿Más llenas, más muelles, más invitadoras de la caricia de un hombre?

Serena no podría haber contestado esa pregunta ni aunque hubiera querido. Casi no podía respirar. Sólo era capaz de agradecer no estar todavía envuelta solamente por la sábana, porque seguro que se le habría soltado de las manos.

-A decir verdad –continuó él, sin hacer caso de su turbación-, yo ni siquiera me habría fijado en que tiene en los huesos un poco más de carne de lo que se considera estrictamente de moda, si usted no me lo señalara con tanta maldita regularidad.

Cuando Serena logró encontrar la lengua, la voz le salió en un rasposo susurro:

-Hace mucho tiempo descubrí que así les ahorro a los demás la molestia de decirlo.

-Qué cómodo –dijo él, sin la menor compasión ni piedad-. Seguro que también le ahorra a usted la molestia de arriesgar sus sentimientos, como estamos obligados a hacer los demás mortales.

Ella se sentó más derecha, rogando que él no viera el brillo de lágrimas en sus ojos.

-¿Es que lo ha olvidado, señor? Usted no es mortal, es un monstruo.

Estaba preparada para una réplica ingeniosa, pero no para que él echara a andar hacia ella, dejando ver brevemente fragmentos sueltos de su cara.

É1 llegó hasta la cama, dejándolos a los dos en sombras, y ella sintió la áspera caricia de la yema de su pulgar en la mejilla, arrastrándole la única lágrima que le había brotado de los ojos.

-¿No se le ha ocurrido pensar, señorita, que los dos somos en cierto modo unos seres míticos, yo un dragón y usted una doncella? Desde la aurora de los tiempos se ha atribuido poderes milagrosos a las doncellas. Saben encantar unicornios, romper maleficios... -la voz se le enronqueció, por imposible que ella lo hubiera creído-, hacer caer de rodillas a un hombre. Pero está por verse quien posee el mayor poder, usted o yo.

Lo último que habría esperado era que é1 se inclinara y posara sus labios sobre los de ella. Fue un beso suave, sólo con los labios, incluso casto, pero le desencadenó un intenso deseo en el fondo del alma. Cuando é1 se apartó, deseó cogerle la camisa y volver a acercarlo. No deseando que é1 volviera a ocultarse en la oscuridad, se levantó y se afirmó en el poste de la cama.

-Si mis poderes son tan grandes, señor, entonces ese beso debería haberle transformado de bestia en hombre.

É1 se detuvo junto al panel, con la cara tocada por un velo de luz de luna y sombra.

-Ah, pero olvida que fui yo el que la besé. Para liberarme de mi negro encantamiento tendría que besarme usted a mí.

Y dejándola con ese osado reto, desapareció en la noche que lo había engendrado.

El Dragón estaba en el lugar más alto del castillo, contemplando el mar con los ojos de un hombre que encuentra poco consuelo en el tranquilizador flujo y reflujo de su oleaje. Más allá de la orilla donde las olas lamían las rocas, las negrísimas aguas se veían tan tersas como la piel de una mujer, pero esa calma no engañaba al Dragón. Bajo esa suave superficie acechaban afilados riscos y arrecifes sumergidos capaces de arrancar el corazón de un hombre de su cuerpo. Tenía las manos cerradas sobre el parapeto de piedra, lo único que lo separaba del inmenso abismo que caía al otro lado. Observó a la luna coqueteando con las nubes, formando bolsas de luz en el cielo nocturno, y pensó cuánto tiempo resistiría sin alejarse incluso de esa tenue iluminación. Las circunstancias lo habían llevado a convertirse en un ser nocturno, pero había sido un maldito idiota al creer que podría aliviar su desasosiego observando dormir a su cautiva. Ella estaba respirando como un niño pequeño, profundo y uniforme, la severidad de su mandíbula suavizada por la seductora insinuación de una sonrisa con hoyuelo. Guedejas de oro le acariciaban la sonrosada tersura de la mejilla, escapadas del ridículo gorro que debió desenterrar del arcón. Había sacado una pierna fuera de la sábana y tenía el camisón subido hasta la curva del muslo. Cuando la vio despertar, temió no ser capaz de hablar porque el deseo le había resecado la boca. Había pensado marcharse antes que lo traicionara la luz de la luna, pero se quedó, burlándose de ella, atormentándola hasta que esos hermosos y orgullosos ojos se le empañaron de lágrimas. Y desafiando la luz de la luna y su propio orgullo, se acercó a ella. Pero eso había sido una locura pequeña comparada con la que lo poseyó impulsándolo a acariciarle los labios con los suyos, a probar el sabor, no más de un sorbo en realidad, de un néctar que se había negado desde hacía demasiado tiempo. El enorme esfuerzo que le costó no aplastarla en el colchón y enterrar la lengua en la seductora dulzura de su boca.

Sus ojos ardientes exploraron el cielo, pero no encontraron ahí más solaz del que le ofrecía la vista del mar. Ya estaba empezando a temer que le había mentido; porque un beso de ella, ofrecido voluntariamente, no lo transformaría de bestia en hombre, sino que tal vez desencadenaría su lujuria y lo marcaría como bestia para siempre.

gracias a todas las chicas por tomarse el tiempo para leer esta historia de esta humilde aficionada espero que les agrada y lemon mm creeme ya vendra despues poco a poco no desesperes :) y darien keridas amigas es solo un fantasmas ya veran la historia del dragon mas adelante pero por supuesto que no es seya :P