—No os saldréis con la vuestra —les espetó Kaede cuando Myoga la ató de pies y manos a una silla—. ¡Tengo parientes en St. George's! ¡Os encontrarán! —amenazó.
Inuyasha estaba junto a la puerta esperando con frialdad a que el capitán acabara, cuando oyeron sobre ellos las pisadas de los marineros preparándose para zarpar. Sin duda partirían en breve.
—He escapado de hombres mucho más peligrosos que sus familia res, señora —espetó con un resoplido.
—A Kagome y a mí nos esperaban en la posada. ¡Cuando vean que no vuelvo, la gente honrada de las Bermudas saldrá en nuestra busca!
—¿Y cómo sabrán dónde buscar? La mayoría de los pasajeros de este barco la vieron desembarcar. Lo único que sabrán con certeza, es que salió de la posada y nadie volvió a verla. Creerán que resbaló en el puerto y se ahogó.
—¡No! Estoy segura de que sospecharán que me encuentro en el Seabravery. Además, cuando los amigos de Kagome no reciban noticias de su paradero, atarán cabos y sabrán que hemos sido secuestradas.
Inuyasha empezó a reírse.
—¿Es eso cierto, pequeña? —preguntó mirando a Kagome. Ella estaba de pie, de espaldas a la pared, con las manos atadas a uno de los postes lacados en negro de la cama del pirata—. ¿Vendrán todos los ele gantes lores de Londres a buscarte atravesando el océano? —insistió alzando una ceja.
Cuando sus miradas se encontraron, la expresión de la joven siguió tallada en mármol. Se negaba a demostrar miedo, a pesar de ser cons ciente de que se encontraban en una situación desesperada. Nadie la buscaría ni la echaría de menos. Inuyasha estaba en lo cierto, pero no pensaba confirmárselo.
—Mi prometido vendrá a buscarme —mintió—. Sabrá que me ha pasado algo cuando no responda a sus cartas. Entonces buscará a lady Perkins y se dará cuenta de todo el engaño. —Lanzóuna venenosa mirada a su captor y giró la cabeza, como si él ni siquiera mereciese su desprecio.
Inuyasha entrecerró los ojos y esbozó una cínica sonrisa.
—Cuando te investigamos no vimos nada que indicase la existencia de un hombre en tu vida. ¿Quién es tu supuesto prometido? Supongo que lo has sacado de tu imaginación. Si estabas a punto de casarte, ¿por qué aceptar un trabajo en Jamaica? No, creo que te lo estás inventando, Kagome, y, te advierto que en este barco no se admiten las mentiras, especialmente las tuyas.
—Es la verdad —respondió ella con calma, negándose a mostrar su furia—. Houyo Akitoki, el dueño de la Institución en la que trabajaba, me pidió en matrimonio cuando mi mentora murió.
—¿Y por qué no estáis ya casados?
La pregunta flotó en el aire como una red a punto de caer. Desesperada, Kagome intentó encontrar una respuesta plausible.
—Houyo tenía que arreglar algunos problemas. Tras la muerte de la señora Bluefield, pensó que el Hogar tenía que dirigirse de otra forma. Me fui para que pudiera poner las cosas en orden. Vendrá a por mí en cuanto... —Sus palabras murieron cuando vio que Inuyasha se acercaba a ella con paso firme.
—¿Ese hombre te dejó partir hacia Jamaica para poder solucionar cómodamente los problemas del hospicio? No lo creo. —Acarició con un dedo la mejilla que ardía de indignación y paseó la mirada por la figu ra de la joven, demorándose en el punto en el que el frágil tejido de su camisola dejaba entrever su pecho. Incapaz de contenerse, Kagome se agarró al poste como si pudiese protegerla de él—. Pequeña, deja que te cuente un secreto —susurró en su oído—. No existen hombres tan pacientes... ni tan estúpidos.
—¡No me lo estoy inventando! Houyo te perseguirá, y traerá con él a la Armada Real!
—Que así sea. Si me amedrentara cada vez que alguien me hace esa amenaza, nunca me levantaría de la cama por las mañanas. —Respiró hondo—. Bueno, señoras —les dijo, dirigiéndose a ambas—, Myoga y yo tenemos que sacar el barco del puerto antes de que ocurra otra catás trofe. Cuando estemos en alta mar, os soltaremos, y Shippo os atenderá. Si todo va bien y Kagome coopera, os dejaremos ir en el siguiente puer to. Sin embargo, si no coopera... —Inuyasha le dirigió una mirada penetrante—, las dos acabaréis en mi isla y os quedaréis allí hasta que lo haga.
—¿Dónde está esa isla? —exigió saber Kaede.
—Le Mirage de la Mer tiene un nombre muy apropiado. Es como un espejismo en medio del mar, y todavía no la han incluido en ningún mapa. Así que no servirá que le diga dónde está.
La viuda suspiró, desalentada, y se volvió hacia el capitán, que esta ba junto a ella.
—¿Cómo has podido hacerme esto? Creía... creía... —tartamudeó, pero recuperó la compostura—. Maldito seas, ¿me oyes? Creía que eras un caballero.
—Kaede —dijo Myoga en tono enfadado—, ¿por qué volviste? ¿Por qué no te quedaste al margen? Te dije que intentaría visitarte... ¿Qué hacías aquí? ¿Me estabas buscando?
—¡Claro que no! —exclamó indignada—. Estaba buscando a Kagome. Íbamos a tomar un refrigerio en la posada, y, como no llega ba, temí que se hubiese perdido. Ni en mis más locas pesadillas habría sospechado un secuestro. ¡Oooh, con lo que confiaba en ti! ¡Incluso pensé en invitarte a tomar el té en mi camarote! ¿Cuál es mi proble ma?
Myoga, más enfadado todavía por sus palabras, salió a grandes pasos del camarote. Inuyasha le siguió después de lanzar una mirada de adver tencia a las dos mujeres.
Cuando la puerta se cerró y se quedaron solas, Kaede se volvió de inmediato hacia la joven.
—Oh, cariño, ¿te ha hecho daño ese... ese canalla? Debo decirte que cuando vi cómo te cargaba sobre su hombro sufrí el peor susto de mi vida. ¿Seguro que estás bien?
Kagome esbozó una sonrisa irónica.
—Tengo dañado el vestido y mi dignidad, pero nada más. Siento mucho que volvieras. Como ha dicho el capitán Corbeil, ojalá no te hubieras metido en esto.
—¿Qué es lo que quiere? He oído historias sobre piratas que raptan a bellas mujeres, pero esto parece planeado y premeditado. ¡Y además Myoga está implicado! No puedo creerme que haga algo tan horrible sin una buena razón... Llevarse a una joven bella y...
—Inuyasha no me quiere a mí. Quiere información; una información que, me temo, no tengo. —La joven frunció el ceño y se sentó en el borde de la enorme cama—. Pero quizá se contente con una mentira y nos libere.
—Cielo, si tengo algo claro sobre ese pirata es que no es un hom bre fácil de contentar. No, no estoy nada segura de que mentir sea la res puesta. Si averigua que le has mentido, será muy duro contigo.
—Entonces encontraré otra forma de liberarnos —aseguró Kagome, aferrándose a cualquier posibilidad—. En algún momento tendremos que atracar. Cuando lo hagamos, escaparé y pediré ayuda.
—Aunque suene desesperado, querida, puede que sea nuestra única oportunidad. —Kaede la miró, preocupada—. Pero recemos por que nuestro siguiente puerto no sea Le Mirage de la Mer. Con un nombre así, debe ser imposible encontrarlo, por no hablar de escapar de él.
—Me temo que eso parece —acordó la joven con tristeza.
Kaede miró por los ojos de buey emplomados que recorrían la popa del barco. La preocupación oscurecía su mirada. Hacía tiempo que Myoga había desatado a Kaede de la silla y la había llevado a su camaro te, pero ella seguía atada a la cama de suntuosas cortinas negras de Inuyasha, prisionera dentro del esplendor babilónico de su camarote. Shippo, con Kirara sujeta a su cuello, había entrado para llevarle té, pero Inuyasha había dado orden de que sólo él podía liberarla, así que Kagome se había quedado en silencio, con las manos atadas al poste, mientras el joven asistente depositaba la tetera sobre una mesa.
Ya sólo le quedaba esperar al pirata. Él no la decepcionó: unos minutos después de la salida de Shippo, oyó las firmes pisadas de Inuyasha en el pasillo. La puerta del camarote se abrió de golpe, y Kagome se quedó a solas con su enemigo.
Él entró en silencio y cerró la puerta. Después de mirarla fijamen te, se acercó con tranquilidad a una cómoda y sacó una camisa de lino limpia. Al observarlo mientras se cambiaba, comprobó con satisfacción el feo desgarrón de la camisa que se estaba quitando. También vio el pequeño corte que tenía en el costado. La herida todavía sangraba un poco. Sin duda, el parasol de Kaede había dado en el blanco.
Sin embargo, la satisfacción duró poco, sobre todo cuando Inuyasha le dio la espalda, y se encontró con el dragón. Los músculos tensos y bien definidos de su espalda se movieron bajo la bestia al ponerse la camisa. Cuando los ojos de Kagome se encontraron con los del dragón, se sintió invadida por un terror puro y arrollador. Aquel hombre no se parecía a ningún otro que hubiese conocido. Lo único que sabía con certeza era que quería algo de ella y que estaba dispuesto a todo por conseguirlo.
—Si voy a ser una prisionera en este barco, me gustaría regresar a mi camarote —espetó de pronto, poniendo todo su empeño en contro lar la voz.
Ante su inesperada intervención, Inuyasha se volvió, la miró a los ojos y sus labios esbozaron una media sonrisa.
—Hablaremos un buen rato, Kagome, y después tomaré una decisión sobre ti.
—Si buscas mi colaboración, no la obtendrás de esta forma. —Dio un tirón con sus manos atadas y apartó la mirada bruscamente, como si él ya no mereciese su atención.
Su desaire pareció irritar a su captor. Se acercó a ella, agarró un mechón de pelo que estaba en el lado opuesto de su rostro y recuperó su atención cuando le pasó suavemente el rizo por la cara, obligándola a girarse y mirarlo, si no quería que le diese un doloroso tirón.
—Te voy a poner las cosas claras —susurró Inuyasha con los ojos brillantes de rabia—. No soy yo el que tiene que ganarse tu cooperación, sino al contrario. Si quieres que desate tus manos, tienes que ganarte ese privilegio. Y si deseas volver a tu camarote, también te lo tendrás que ganar. Por último, te diré una cosa: si todo va bien, te prometo que ten drás todos los lujos con los que has podido soñar alguna vez. Si no...
Sus ojos recorrieron el cuerpo de la joven, y aquel simple gesto resultó más amenazador que todas sus palabras.
Kagome intentó controlar su miedo. Era consciente de que no era rival para aquel hombre. Seguramente estaba acostumbrado a violar, saquear y asesinar. No cabía duda de que se apoderaba de lo que quería y disfrutaba de su conquista. ¿Cómo iba a luchar contra él? ¿Qué armas podía usar en su contra? Físicamente, era dos veces más pequeña; ape nas le llegaba a la altura del hombro, y su musculoso cuerpo hablaba de su enorme fuerza. A su lado, Kagome resultaba insignificante, una peque ña mariposa marrón batiendo las alas frente a las mandíbulas de un león.
Pero había una parte de ella que no era insignificante. Su voluntad podía luchar contra él, aunque su cuerpo no pudiera. Muchos creían que era una mujer retraída y sin carácter. Pero, en el fondo, ella siempre había sabido que no era cierto, y por eso había reunido el valor suficien te para irse del Hogar. Creía que, si se daba a sí misma la oportunidad, tendría tanto carácter como las heroínas de las novelas que tanto le gus taba leer. Había llegado el momento de probarlo, aunque fuese sólo ante ella misma.
Observó a Inuyasha y vio un brillo peligroso en su mirada. Parecía disfrutar al tenerla bajo su poder. De repente, la joven se enfureció. En aquel preciso instante, ante los ojos entrecerrados del pirata, juró que su voluntad igualaría a la de su carcelero o que al menos moriría intentán dolo.
—Me gustaría que me desataras las manos —ordenó con voz que brada.
Él soltó el rizo y apartó lentamente los cabellos de color negro que habían quedado atrapados en la boca de Kagome. Parecía disfru tar con la tarea, porque tardó mucho tiempo en hacerlo. Los labios femeninos ardían al contacto con sus dedos. Indefensa, lo único que podía hacer era mirarlo con rabia.
—¿Por qué no pruebas a pedirlo por favor? —sugirió Inuyasha con sorna—. Eso siempre me pone de buen humor. —Ella volvió la cabeza. A pesar de haber crecido en una institución de caridad, nunca había sufrido una humillación semejante. Suplicarle a aquel maldito canalla que la desatase era ir demasiado lejos—. ¿No lo vas a decir, Kagome? —La joven seguía negándose a mirarlo. Se ahogaría si tenía que decirle «por favor» a aquel bárbaro—. Muy bien quédate aquí. Estoy deseando ver la expresión de tu cara cuando me desvista para acostarme. Si te ruborizas tan sólo por verme sin camisa, no imagino lo que harás cuando veas qué me pongo para dormir. —La miró—. ¿Sigues sin decidirte?
—No dejaré que me intimides. Ni tú, ni nadie.
—Vaya, vaya, vamos a tener una pelea, ¿verdad? —comentó—. Entonces será mejor que me eche una siesta ahora mismo para probar el temple de tus nervios.
Se alejó unos pasos y se quitó la camisa limpia. Ella abrió mucho los ojos ante lo que Inuyasha parecía estar haciendo, pero se mantuvo firme en su decisión de no suplicar. Se calmó recordando que ya había visto antes su pecho desnudo, y funcionó, incluso cuando él se sentó en una silla cercana para quitarse las botas. Pero cuando empezó a desabro charse el primer botón de los pantalones, el pánico la superó y volvió la cabeza. Era lo único que podía hacer para no cerrar los ojos.
—Vamos, Kagome, eso no es pelear.
La joven oyó con total claridad que una prenda caía al suelo. La ropa susurró cuando Inuyasha la apartó de una patada. ¿Estaría desnudo, de pie, a unos cuantos centímetros de ella? La idea hizo que palideciera.
—Dime lo que quiero oír, señorita Higurashi —se burló—. Una pala bra y te desato.
Kagome se estremeció, pero se obligó a no ceder. Sólo deseaba tener el valor de mirarlo.
—¿Te niegas a cooperar?
Ella apartó aún más la cabeza y retorció las cuerdas de las manos. ¿Qué haría el pirata para obligarla a cumplir sus deseos? No lo sabía, pero estaba decidida a quedarse donde estaba. Aunque fuese para siempre.
—De acuerdo. Podemos seguir así eternamente...
De repente, lo oyó acercarse. Los pies desnudos golpearon los tablones del suelo hasta que se sentó a su lado. A ella se le escapó un grito. Incapaz de contenerse, volvió la mirada hacia su cuerpo musculo so. Disgustada, vio que Inuyasha echaba la cabeza hacia atrás y se reía sin poder contener su diversión.
Todavía tenía los pantalones puestos. Kagome miró hacia el lugar donde había estado antes y se dio cuenta de que era la camisa lo que había tirado al suelo. La había hecho quedar como una tonta. En aquel momento estaba demasiado asombrada por su truco como para llegar a enfadarse.
Pero, de repente, él la cogió por las muñecas. La joven intentó apar tarse, pero Inuyasha se había arrodillado en el borde de la cama y la obli gó a mirarlo. La cogió del pelo con suavidad y acercó su cara a la suya. Ella intentó apartarse, pero él la tenía bien sujeta. Sus ojos dorados se oscurecieron y le hizo una advertencia.
—Es demasiado fácil asustarte, pequeña. Hasta un niño de doce años podría lograrlo —aseguró, acercándola más a la dureza de su cuer po. Incluso podía sentir su cálido aliento sobre su rostro—. Pero no soy un niño de doce años y sé cómo asustar de verdad a las mujeres como tú. Así que sugiero que te dejes de juegos y cooperes... o descubrirás lo mucho que puedo llegar a asustarte.
Quería soltarse, pero, de repente, una expresión extraña cruzó las atractivas facciones del pirata. En aquel momento parecía hambriento y codicioso..., como si ella, en su inocencia, poseyera algo prohibido que él no hubiera probado antes.
Sintió un miedo tan tangible como la sangre que le corría por las venas. De pronto, lo supo: puede que el pirata quisiera la perla, pero también la quería a ella. Y lo peor era que Inuyasha, con sus oscuras y siniestras manipulaciones podía lograr que Kagome también lo desease a él. De hecho, inconscientemente, ya empezaba a responderle. Se le tensó el vientre, y algo se contrajo en su interior. Él inclinó el ros tro hasta que sus labios se rozaron. Su boca parecía llamarla, a pesar de ser muy consciente de los peligros que representaba. Deseaba besarla para castigarla al tiempo que la esclavizaba. Cuando Inuyasha abrió los labios, la joven se derrumbó.
—Por favor —susurró con voz ahogada, despreciándolo más de lo que había despreciado nunca a nadie. El pirata abrió los ojos y arqueó una ceja. Parecía muy molesto, como si deseara más su castigo que su cooperación.
—«Por favor, desátame las manos» —apuntó él, aguijoneándola para desahogar su enfado.
—Por favor..., desátame... las... manos —repitió ella con voz tensa.
Funcionó. Le quitó la cuerda en unos segundos. Por fin libre, retro cedió para alejarse de la cama y cogió el pomo de la puerta. Pero tenía las manos demasiado entumecidas y torpes para abrirla. Empezó a res tregárselas para devolverlas a la vida, pero, antes de volver a intentar escapar, él la detuvo.
—Está cerrada con llave —le informó.
—¿No puedo regresar a mi camarote? —preguntó ella girando la cara y mirándolo a los ojos.
—Todavía no. Ven aquí y siéntate —ordenó, señalando el sofá de patas de delfín.
Al ver que no se movía, agarró los bordes desgarrados de la parte de atrás de su vestido, tiró de ella como si fuera una garita cogida por el pescuezo, e hizo que se sentara en el sofá. Después se acomodó a su lado y la examinó.
—¿Qué estás mirando? —La joven le lanzó una mirada siniestra y, con aire indignado, se volvió a colocar el desaliñado vestido sobre los hombros.
—Estaba pensando que todavía no nos hemos alejado de St. George's. Hasta entonces, será mejor que te quedes conmigo. No tengo intención de ir detrás de ti si te tiras por la borda.
—No sé nadar.
—Bien.
—Pero que no tenga ese medio de escape no quiere decir que deba soportar tu rudo comportamiento indefinidamente. —En un alarde de serenidad, volvió a subirse los hombros del vestido, pero no sirvió de nada. Daba igual lo mucho que tirase, ajustase y estirase la tela: por des gracia, se seguía viendo su fina camisola de algodón. Finalmente, cruzó los brazos sobre el pecho a modo de escudo y atravesó a su captor con una mirada acusadora.
Su silenciosa reprimenda sólo sirvió para irritarlo.
—La primera cosa de la que te puedes olvidar, señorita Higurashi, es de proteger tu virtud —le dijo con resentimiento—. Te prometo que nadie te la va a quitar en mi barco.
Ella lo miró con absoluta desconfianza, logrando que él se riera.
—No dejaré que ni tú ni ningún otro hombre vea mi... ropa interior —replicó, negándose a bajar las manos.
—¿Qué intentas ocultar? —preguntó Inuayasha con aquella media sonrisa que Kagome había llegado a conocer demasiado bien.
—No oculto nada —aseguró ella con voz ahogada.
—Entonces baja las manos.
—¡No!
—Siento decepcionarte, querida señorita Higurashi, pero he visto muchas veces la ropa interior de una mujer. Te aseguro que ver la tuya no me enardecerá hasta perder el control.
Ella le lanzó una mirada de sorpresa, y un incontrolable rubor empezó a subirle por las mejillas. No le importaba en absoluto que a él no le afectase su desnudez, pero la ponía furiosa que Inuyasha fuese capaz de darle la vuelta a las cosas para que pareciese justo eso. En cual quier caso, a pesar de sus burlas, Kagome estaba decidida a mantener la poca dignidad que le quedaba. Agarró el vestido con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.
Cuando él se dio cuenta de que su presa se tensaba más, pareció aumentar su enfado. Le echó una mirada desalentadora a la pequeña tetera que Shippo les había llevado y, de repente, sonrió con expresión sombría.
—Quizá necesitemos la ayuda del licor. Un poco de brandy servirá para que te relajes y empieces a hablar. Quizá hasta logre...
—¡No! —exclamó ella, tratando de interrumpirlo para que no ter minase el comentario que pensaba hacer, fuera el que fuese—. No quiero licores. Sólo quiero saber qué pretendes. De hecho, exijo zanjar esta cuestión ya, de modo que puedas devolvernos a St. George's.
Inuyasha hizo caso omiso de sus exigencias. Con tranquilidad, se diri gió a la estantería y abrió una puerta de caoba pulida que dejó al descu bierto varias botellas. Cogió la que tenía un brillante líquido de color ámbar, junto con dos vasos de cristal tallado y se acercó al sofá de los delfines.
—Toma un trago, señorita Higurashi —le ordenó.
—Tu miserable licor no afectará a mi lengua. Así que exijo que me cuentes de inmediato cuáles son tus intenciones.
—Ah, me gusta tu coraje. —Se rió y sirvió dos saludables dedos de líquido en un vaso.
—Esto no sirve para nada. Me niego a decir una palabra más hasta entender qué está pasando... y hasta que se me trate con más respeto.
—Éste era el mejor licor de Napoleón. —Le puso el vaso delante—. Venga, Kagome, mi pequeña huérfana londinense. Si estos licores no te afectan, no tienes nada de qué preocuparte. Tómatelo.
—No quiero... —protestó, pero, antes de terminar la frase, él apre só una de las manos que sujetaban el vestido al pecho y le puso el vaso en ella, antes de sentarse a su lado de nuevo.
—¿Qué está pasando en este barco? —le preguntó en cuanto se recuperó de la sorpresa. En su prisa por obtener respuesta, no se dio cuenta de que él podía ver la parte de su cuerpo que el vestido ya no protegía—. ¿Por qué elaborar tantos planes para secuestrarme, si yo no sé nada sobre la Perla de Shikon?
Inuyasha cruzó los brazos sobre su amplio pecho y la examinó como si se tratase de una valiosa y delicada presa. La piel color crema de la cla vícula de Kagome parecía atraerlo como a un chacal.
—Te diré todo lo que quieras saber —respondió él lentamente—, pero primero te recordaré que necesitas cooperar. —Su mirada pasó al vaso de brandy—. Te he dicho que te lo bebas. Cuando lo hayas hecho, empezaremos.
La joven contempló el vaso que tenía en la mano. Debería haberle tirado el contenido a su apuesto rostro, pero con una acción como aquélla sólo conseguiría retrasar más su conversación, y ella quería saber lo antes posible qué estaba pasando.
Sintiendo en su interior una creciente hostilidad hacia su captor, se bebió el brandy de un único trago desafiante. El fuego que bajó por su garganta estuvo a punto de ahogarla, y se pasó los siguientes minutos reprimiendo un ataque de tos de la manera más discreta y femenina que le fue posible. Pero, cuando por fin se recuperó, soltó el vaso en la mesa que tenía al lado y se enfrentó a Inuyasha. Sus ojos exigían respuestas.
—¿Más? —Él sostuvo en alto la botella, con una sonrisa en los labios.
—No —respondió la joven con voz baja y ronca.
Él sonrió, se sirvió una copa y se estiró, de modo que su largo cuer po ocupó gran parte del sofá. Arrinconada en su diminuta porción de asiento, Kagome estaba segura de que nunca nadie se había sobrepasado tanto con ella como Inuyasha lo hacía en aquellos momentos; sin embar go, aunque intentase negarlo, también estaba segura de que nadie la había intrigado tanto como él. Incluso en aquel instante, con un brazo apoyado con indiferencia en el respaldo del sofá y otro reposando sobre el muslo, era la criatura más espléndida que había visto. Le dolía lo mucho que deseaba hundir sus dedos en la espesura de su pelo, y, ver su pecho desnudo, le hacía preguntarse si lo sentiría cálido bajo su tacto. Después examinó su perfil. A pesar de ser un criminal, tenía una mandíbula fuerte, nariz romana y una asombrosa frente aristocrática. Si no lo conociese, podría haberlo confundido con alguien de la alta sociedad.
Sin duda, si adaptase su forma de vestir a los dictados de la moda, habría podido pasar incluso por un duque.
—Bebe un poco más —dijo Inuyasha de repente, inclinándose sobre ella con la bebida en la mano. Kagome estuvo a punto de rechazarlo, pero la pierna masculina rozó la suya de forma íntima, y aquel pequeño con tacto incrementó su nerviosismo. Le recordó que había soñado con él..., y todos los sentimientos incontrolables que había experimentado al hacerlo. Se había convertido en la prisionera de aquel hombre y ni siquiera sabía qué quería de ella.
Entumecida, miró el vaso lleno que le ponía en la mano. Aunque había sido una tortura bebérselo, el líquido la había hecho sentir más valiente. Aquel hombre había derrotado su voluntad, pero todavía no daba la guerra por perdida; necesitaba todo el valor que pudiera conse guir. Bebió otro sorbo y pasó un instante tosiendo discretamente en el dorso de la mano.
—Bueno, ¿qué quieres? —preguntó por fin, lista para enfrentarse a lo que fuera.
—Quiero saber dónde está la Perla de Shikon, señorita Higurashi. Si me lo dices, te dejaré marchar.
—¿Qué es? —susurro ella.
—Es una perla... tan grande como tu puño. Tu padre se la robó al vizconde de Blackwell.
—¡Mi padre no hizo nada semejante! —exclamó, escandalizada por sus palabras. Su padre no era un ladrón. Aunque tenía pocos recuerdos de él, lo recordaba como un hombre amable que la quería y la consola ba cuando estaba triste. Un alma tan noble y generosa no podía ser un criminal. El pirata cometía un grave error.
—No te ha gustado que haya mancillado la memoria de tu padre ¿verdad? —Esbozó una media sonrisa—. Myoga tenía razón; me dijo que te costaría creerlo.
—Mi padre no hacía esas cosas. Te aseguro que te equivocas. —Lo miró con rabia.
—Siento tener que romper la imagen que tienes de tu padre, crée me. Pero fue él quien robó la esmeralda. Supongo que intentó proteger te del peligro metiéndote en ese hospicio. Así que, ¿dónde se la llevó, Kagome? ¿Lo sabes?
—El Hogar no era un hospicio, y mi padre no robaba. Te digo que te equivocas.
De repente, Inuyasha se impacientó. La cogió de la barbilla y la obli gó a mirarlo.
—Es hora de que dejemos de jugar a ser gente de bien, señorita Higurashi. Eres el producto de un ladrón y de una prostituta que se metió a actriz. Tu padre y tú sólo tenéis el mismo apellido porque a él no le importó que lo usaras. Nunca te reconoció.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, mortalmente pálida.
—Mi querida señorita Higurashi, estoy diciendo que eres una bastarda.
—¡No pienso oír tus mentiras! —exclamó soltándose de su mano, casi sin aliento.
—No son mentiras —repuso él, muy serio—. Y no pretendo hacer te daño al contarte esto. Sólo quiero que seas consciente de la verdad. Tu madre era actriz en un teatro de medio penique de las afueras de Londres y murió dándote a luz a ti, su única hija. Tu padre te educó y probablemente llegó a sentir cierto afecto por ti antes de robar esa esmeralda y partir hacia un lugar desconocido, dejándote en el orfana to. Lo que quiero saber es: ¿dónde te dijo tu padre que se llevaba la perla?
Kagome apenas lo escuchó. No podía creer lo que decía Inuyasha.
Todo su ser se rebelaba ante la idea. No era una bastarda parida en la parte de atrás de un teatro cochambroso. Era la orgullosa hija de...
La imagen estaba en blanco. No podía recordar las caras de sus padres, no recordaba nada salvo la vaga impresión de un hombre que podría haber sido cualquiera: rico, pobre, mendigo..., ladrón.
Cerró los ojos. No, no podía ser cierto. Recordaba que, de niña, la señora Bluefield le había recitado los versos de un poema la única vez que había reunido el valor para preguntarle sobre sus padres.
Duérmete, niño, pues debes saber que naciste de
caballero y dama de gran encanto y mayor saber
Era lo mejor que podía haberle dicho. Durante toda su vida, Kagome había deseado fervientemente creer aquellas palabras, y, al decirlas, la señora Bluefield le había dado el valor suficiente para hacerlo. Había tra bajado muy duro para mejorar sus modales, su decoro, sus estudios..., todo con la esperanza secreta de que, un mágico día, el caballero y la dama volvieran a por ella. Y así todos aquellos años solitarios, pasados como huérfana, resultarían ser un terrible error.
...que naciste de caballero y dama de gran encanto y mayor saber...
Unas lágrimas irracionales le asomaron a los ojos y se volvió rápidamente para que Inuyasha no las viera. Sabía que no era la única perso na a la que la señora Bluefield había recitado el poema. Ella misma, cuando se convirtió en maestra, había usado esos versos para respon der a las preguntas de algunos niños sobre sus orígenes. Todos ellos querían creer la rima, aunque para ninguno, ni siquiera para ella, era cierta.
—Eres un desgraciado por contarme esas mentiras tan horribles — susurró con voz temblorosa de la emoción.
—Quizá ya fuera hora de que se derrumbara esa fachada de supe rioridad tuya que hace que mires a los demás por encima del hombro.
—Si soy superior es porque me inculcaron el sentido del honor y la justicia. —Se volvió de golpe y lo miró, su furia desatada por un instan te—. ¡No como tú, que no podrías mirar a los ojos ni a una serpiente!
Él se quedó quieto, como si le sorprendiera su rabia, pero después se rió con aire burlón.
—Veo que sigues siendo la rígida doncella de hielo. —La joven le lanzó una mirada cargada de odio. Inuyasha se puso serio, y el rostro se le volvió de piedra—. Y ahora, volvamos a lo que nos ocupa. ¿Dónde está la Perla?
—Aunque esa acusación sobre mi padre fuese cierta, yo no era más que una niña la última vez que lo vi. ¿Cómo voy a saber dónde está?
—Te enseñó esa canción infantil. Te dijo dónde estaba en esos ver sos sin sentido. ¿Dónde está la perla? Dímelo, y te dejaré en libertad.
La joven lo miró un instante e intentó guardar su dolor en un lugar profundo que nadie pudiese ver. Podía sentir el efecto del licor y se ale graba de ello. Aunque le enturbiaba las ideas, el alcohol la ayudaba a hacer caso omiso de la amenazadora cercanía de Inuyasha.
—Mi padre no robó esa perla. Nunca lo creeré.
—Créeme, Sota Higurashi era un ladrón, y uno bastante bueno.
Ella guardó silencio. Deseaba tener alguna prueba para poder demostrarle a Inuyasha que se equivocaba, pero no tenía nada. Sólo el colgante del lagarto, y él ya había tratado de convencerla de que perte necía a otra persona.
—¿De verdad sabes algo sobre mi padre? —preguntó con la voz convertida en un susurro quebradizo, sintiendo que se agrietaba el frá gil cascarón con el que se protegía.
—Sí. —Él no apartó la vista de su rostro.
—Entonces, ¿dónde está? ¿Sigue vivo? —Sus ojos brillaban de esperanza. No quería creer que Inuyasha supiese algo sobre su padre, pero, después de tantos años de soledad sin sentir el abrazo de un ser querido, de no tener conexión con nadie, prefería aceptar a un ladrón antes que seguir sin padre.
—Es poco probable —respondió el pirata lentamente, sin dejar de observarla—. No se ha sabido nada de él desde que te dejó en el orfanato.
Kagome miró al suelo. No podía soportar que viera lo decepcionada que estaba.
—No sabes nada sobre él y aun así lo acusas de ladrón. ¿Dónde están tus pruebas? —exigió saber, intentando ocultar su vulnerabili dad—. Estás deshonrando a mi padre sin pruebas.
Sin advertencia previa, Inuyasha le puso la mano en el cuello. Ella tembló ante la calidez de aquellos dedos al pasar sobre su pulso, pero su captor se limitó a coger con aire reverencial su colgante.
—Lo sé por esto —respondió a media voz, con los ojos clavados en el lagarto—. Este colgante fue creado como regalo para lady Blackwell el día de su boda. Todo el mundo sabe que tu padre se lo robó a su marido. Te identifica como la hija de Sota Higurashi con más elo cuencia incluso que esto. —Le tocó un rizo—. Tu padre, según he oído, tenía el pelo igual.
—Hay más gente con este tipo de pelo —le recordó ella.
—Pero sólo hay un colgante. Te lo dije la primera vez que habla mos.
—Así que según tú, la canción infantil de mi padre cuenta dónde está la perla.
—Sí, estoy seguro. Las pistas están ahí. —Dicho aquello, dejó caer el collar.
La joven se llevó la mano lentamente al cuello. Empezó a jugar con el colgante, como tenía por costumbre, pero no por estar nerviosa, sino en busca de protección. Poco a poco, creció en ella la certeza de que tenía un arma contra aquel hombre. No se creería las terribles cosas que le decía sobre sus padres. Pero su captor parecía desear la perla por encima de todo, y si por casualidad fuera cierto que el paradero de la piedra se escondía en las palabras de la canción, Kagome se aseguraría de que él nunca las descifrara. Porque sólo ella sabía que la canción estaba incompleta. Había un segundo verso grabado dentro del colgante.
—Dime todo lo que recuerdes de tu padre. Podemos empezar por ahí —sugirió Inuyasha.
Kagome tragó saliva. Tenía que apartar la joya de él. Pero por el momento, siempre que todos pensaran que el lagarto no era más que un colgante, estaría a salvo.
—Me gustaría tomar un poco más de licor —repuso.
Él arqueó una ceja y se lo sirvió en silencio.
Una vez volvió a tener el vaso lleno, intentó encontrar las respues tas adecuadas. Sabía que tenía que decirle lo suficiente para satisfacerlo, sin contarle demasiado. Mientras tanto, era mejor no explicar lo que sabía de la canción. Lo guardaría para negociar, sobre todo si las cir cunstancias empeoraban. Bebió un sorbo del licor y miró a Inuyasha. Odiaba el simple hecho de especular cuánto podían empeorar.
—No recuerdo nada de mi padre —empezó—, salvo, por supues to, que era muy honrado —tuvo que añadir—. Pero, en cualquier caso, mis recuerdos de él no te ayudarán a encontrar la perla. Resulta obvio que la piedra está en Irlanda. Por el nombre, pertenecerá a las Islas de Shikon. Aunque no sé a cuál.
—La Perla vino de allí, es cierto, pero ya no está. La he buscado, al igual que otros —añadió enigmáticamente.
—Pero, ¿cómo esperas encontrar la ubicación a través de la can ción? La rima no tiene sentido, ¿cómo vas a descifrarla?
Inuyasha la miró como si pudiera leer en su alma.
—Tú eres la clave, Kagome. La vas a descifrar para mí.
—¿Y si no puedo? —preguntó la joven sintiendo un escalofrío de miedo.
—Entonces tendremos que buscarte otra utilidad, ¿no crees? — sugirió inclinándose sobre ella.
Kagome estuvo a punto de confesar en ese mismo instante la exis tencia del otro verso. Inuyasha la asustaba, al igual que la incertidumbre del viaje. Pero sabía que tenía que ser fuerte, porque de ello dependía su supervivencia. Si le entregaba la única baza con la que contaba, pondría en riesgo su valor como prisionera. ¿Y qué hacían los piratas con los prisioneros sin valor? ¿Los tiraban por la borda? ¿Los abandonaban en un pequeño cayo de arena? Le dio otro sorbo fortalecedor al licor y deseó con toda su alma haber leído La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, de Dafoe.
—Como sigas bebiendo así vas a perder la conciencia.
La joven lo miró, aunque sólo oyó el comentario a medias. Se aba nicó la cara con la mano y se preguntó cómo se había quedado tan pequeño aquel camarote tan grande. Se estaba asfixiando. Necesitaba un poco de aire para no vomitar. Se levantó con pasos tambaleantes, se acercó a popa y abrió uno de los ojos de buey. La brisa azotó su cabe llo, y la espuma del mar le refrescó las mejillas. Dejó el vaso en el alféizar y miró a lo lejos, donde St. George's se fundía en el horizonte tur quesa. Se hallaban tan lejos de la isla que no había vuelta atrás. La idea hizo que le entrase de nuevo el pánico.
—Inuyasha —dijo finalmente—, debes creerme, no sé dónde está la perla. Si lo supiera, ¿no la habría encontrado yo misma?
Sintió que él se le acercaba por detrás y ponía sus cálidas y podero sas manos sobre sus antebrazos en una caricia de hierro.
—Lo habrías hecho, es cierto —respondió con un ronco murmullo a su espalda—. Pero ¿cómo ibas a buscar algo cuya existencia descono cías?
—Pero ahora sé que la Perla existe, y la rima sigue sin tener sentido. No puedo descifrarla, así que debes dejar que Kaede y yo nos marchemos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me estás escondiendo algo.
Ella giró rápidamente la cabeza y lo miró. Los ojos de Inuyasha eran tan duros como la piedra.
—¿Qué dices? —exclamó con voz ahogada.
—Digo que me estás escondiendo algo. Lo veo en tus ojos. Sabes algo que no me cuentas.
—Y si supiera algo, ¿qué harías si te lo contara?
—Averiguaría si es cierto.
—Y después, si lo fuera, ¿nos dejarías ir a Kaede y a mí?
—Si no supieras nada más, puede que sí.
La joven volvió a mirar por el ojo de buey abierto. La brisa refres cante ya no funcionaba. Tenía calor y le costaba articular las ideas.
—¿Cómo voy a creerte después de todo lo que me has hecho hoy? —dijo lentamente—. No eres un hombre de honor.
—Quizá no —respondió Inuyasha riendo en voz baja—, pero ahí afuera hay personas aún peores que desean encontrar la perla tanto como yo. Sólo puedo decirte que cualquier información está mejor en mis manos que en las suyas.
—No lo creo.
—Escúchame, Kagome —le pidió él apretándole los brazos con fuerza—. Me ha costado mucho atraparte, y pienso quedarme contigo hasta conseguir lo que quiero, tarde lo que tarde. ¿Estás dispuesta a soportarlo?
—No puedo confiar en ti. No me queda más remedio que correr ese riesgo.
—Tienes una alternativa. —Inuyasha le dio la vuelta como si no pesase nada, para poder mirarla a los ojos—. Dime qué sabes y seré generoso.
—¿Y si no lo hago? —le retó alzando la barbilla en actitud desafian te—. ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Torturarme? Bueno, quizá me estés juzgando mal. Quizá sea más fuerte de lo que crees.
—O quizá no. En algunas sociedades la tortura se considera un arte, ¿lo sabías? Ni siquiera tiene que doler, sólo hace falta llevar a un hom bre... o, en tu caso, a una mujer... a su punto límite.
—Pues no te resultará nada fácil encontrar mi punto límite. —Lo miró fijamente, con los ojos relucientes de insolencia y embriaguez.
—Mi pequeña doncella, tu punto límite es completamente obvio — repuso él con intención.
Sus miradas se cruzaron, y permanecieron inmóviles durante largo rato, enzarzados en un combate silencioso mientras flotaba entre ellos una primitiva corriente de deseo y hostilidad.
—Mentira —dijo ella por fin, como si se burlara de su afirmación. El pirata arqueó una ceja y, sin previo aviso, la cogió entre sus brazos.
La joven luchó por liberarse, pero el brandy entorpecía sus movi mientos y pronto se dio cuenta de que no era rival para él. Inuyasha des lizó una mano por su espalda, mientras que, con la otra, le acariciaba su enredada melena. Intentó gritar, pero, antes de poder hacerlo, él ahogó sus protestas. Su boca encontró la suya, e inició un implacable asalto de sus sentidos. Perfiló sus labios con su lengua y mordió con delicadeza su labio inferior, seduciéndola, atrapándola en su magia, acabando con cualquier tipo de protesta, incitándola a que entreabriera sus labios. La joven, aturdida, lo hizo, y entonces Inuyasha se internó una y otra vez en su boca de una forma tan profunda y abrumadora, que consiguió que ella gimiera de desesperación. Las manos del pirata eran tan brutales y despiadadas como su boca, y Kagome sintió que acariciaba sus nalgas con rudeza bajo el lino del vestido, atrayéndola con fuerza hacia su cuerpo.
Pero lo que hizo que saltara la voz de alarma en su cerebro fue notar cómo la otra mano de Inuyasha subía por su costado con un objetivo claro. Cuando alcanzó su pecho y lo apretó con suavidad, supo que no aguantaría mucho. Con la visión borrosa, aturdida por sus caricias y el alcohol, se quedó muy quieta sobre el pecho masculino, esperando el ataque. Sin embargo, al rendirse, provocó una reacción muy distinta. Como si sintiera que había probado su afirmación y temiese destrozar la de verdad, Inuyasha se tensó, apartó sus labios de golpe y dejó caer las manos. Al perder el apoyo, Kagome tuvo que agarrarse a las bisagras del ojo de buey, sin poder evitar dejar escapar un sollozo.
Intentó calmarse por todos los medios, y al final lo consiguió. Su rostro estaba muy pálido, pero eso no hacía más que realzar la lumino sidad de sus ojos y su fragilidad. Con el cabello suelto y la respiración entrecortada e irregular, parecía una niña perdida.
Pero, como siempre, no era buena idea subestimarla. Su mano encontró rápidamente el vaso de brandy que había dejado en el alféizar, y, con una pasión y una valentía que nunca había tenido antes, lo vació en la atractiva y sombría cara de Inuyasha.
—Eres un bastardo.
Él la miró, inmóvil como la muerte, mientras el licor caía por su nariz y mejillas. Aquella mirada le dijo a Kagome que nadie se había atre vido antes a hacerle algo semejante, y que había matado a gente por bas tante menos. Se preguntó vagamente si intentaría matarla a ella. Aunque podía ver con claridad las fauces de la muerte, dudaba que su captor lle gase tan lejos. Como acababa de probar, no pensaba torturarla física mente, sino de una forma mucho más cruel y sofisticada.
Inuyasha se pasó la mano por la cara con furia apenas contenida. Después, con una rapidez que la sorprendió, cogió la barbilla de Kagome y la levantó para que lo mirara.
—No sé dónde está la Perla de Shikon, así que sólo podemos ir a Mirage. Y, cuando lleguemos, el único entretenimiento será ver subir y bajar la marea. Tengo todo el tiempo del mundo para esperar tu infor mación, señorita Higurashi. Un tiempo que pasarás en el infierno. Piénsalo.
Apartó la mano de golpe y se dirigió a su armario. Sacó una toalla de lino, se secó la cara y se puso otra camisa limpia. Una vez puestas las botas, salió del camarote dando un portazo. Sólo después de oír que cerraba con llave, Kagome se dejó caer de rodillas y suspiró aliviada.
No se a ustedes pero a mi se me antojo el beso . …. Pues la historia avanza. Muchas gracias por sus alertas y rews ^^ Gracias por seguir leyendo. Muchos Besos!
Dark_yuki
