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Me alegra subir este cap. Tuve un poco de trabajo (lo cual es bueno), pero no he podido actualizar cómo esperaba. Espero les guste y así este revoltura de drama y cosas. Ya saben x)

Y gracias por sus comentarios y amor: 3
NENA DE MAR, sueodeluna2, Magdas, Luky01,
NagatoYuki-chan y a ItsMetalItsOurBand.

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Conjeturas y rumores

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Antes que su padre falleciera, Riven pensaba que su peor plan de verano iba a ser buscar trabajo; sin embargo, con la semana y media en casa de Portia se lamentaba del porqué la mayoría de los empleos para gente de su edad se empecinaban en ser sólo de medio turno.

Portia era catedrática en la universidad, así que pronto saldría de vacaciones y con ello se esfumaría la poca paz que Riven tenía todas las mañanas con la casa sola. Estuvo tan molesto los días posteriores al incidente con tía Vittoria, que consideró ampliamente fugarse y hacer algo lo suficientemente malo para dejarlo en claro a Portia que, en definitiva, no iba a ser obediente como sus medios hermanos. Pero lo había descartado: si las cosas salían mal, no pensaba pasar su verano haciendo trabajo comunitario y, además, tío Gianni le había avisado que el abuelo había mejorado de salud, pero que dudaba pudiera visitarlo pronto en el asilo. Fue entonces que finalmente desistió de empeorar las cosas. No tenía una relación estrecha y cariñosa con su abuelo, pero lo respetaba demasiado. Lo suficiente como para dejar de hacer algo que empeorara su estado.

Rendido, consideró que tener un empleo no sería tan malo. Su buena idea llegó casi al mismo tiempo que el paquete que envió tía Brunette. Su patineta. No se comparaba con el placer de andar en motocicleta, pero tenía un sabor a buenos viejos tiempos.

Optimista sobre esos aires de libertad, fue entonces que buscó empleo y, bueno, lo que había conseguido no era su ideal de verano, pero no estaba tan mal. Cuatro veces por semana debía levantarse de madrugada, lo suficientemente temprano para no ver a Portia, ir hasta el centro editorial para recoger el periódico y entregarlo en varios locales y domicilios. Era por mucho el mayor de todos sus colegas, pero también era el mejor y el más rápido. Terminaba su trabajo a las diez de la mañana. Para la una de la tarde, entonces debía alistarse para su segundo trabajo: ser mesero en una cafetería cercana a la casa. No le gustaba atender personas, pero odiaba más a Portia, así que no era tan malo. Además, la edad de sus colegas rondaba a la de él.

Terminó haciendo simpatía con uno de sus compañeros más jóvenes, Mark, quién había entrado a trabajar únicamente para poder pagar sus vicios y aficiones de forma decente. Un día, durante su turno de descanso, conversando en la trastienda, Mark sacó a un tema a flote, que más que incomodarlo, terminó dándole a Riven una idea de rebeldía hacia Portia.

—Viejo, no quiero ser entrometido—le dijo Mark, recargándose en una pila de cajas—, pero muero de curiosidad: ¿Qué eres de la profesora Bassi?

— ¿Te refieres a Portia?—inquirió Riven, estirándose. Vio a su compañero asentir— ¿Por qué? ¿Qué es lo que dicen de mí?

Mark sonrió avergonzado.

—No sé. Yo imagino que eres su primo, sobrino…o no sé. He visto a sus hermanas—alzó las cejas, recordando a Vittoria— y no te pareces a ninguna de ellas, así que supongo que no eres su hermano. Y… si te soy estúpidamente indiscreto, algunas personas creen que eras su especie de novio joven.

Riven respingó ante tan horrible idea.

—Es mi madre.

— ¡No jodas! Creí que ella tenía cómo treinta y cinco ¿a qué edad te tuvo?

—A los diecinueve.

Mark asintió lentamente, haciendo cuentas. Ahora tenía muchas más dudas. Sacó un cigarro de su cajetilla y lo encendió.

— ¿Por qué alguien creería que ella y yo…?—preguntó Riven, asqueado por esa idea. Portia lucía más joven que sus cuarenta años, pero ellos dos ni siquiera salían a la misma hora de la casa, como para dar a habladurías.

—En esta clase de lugares, las señoras se quedan en casa a tomar café con sus amigas y no viven más que de la vida de otros—caló el cigarro y exhaló humo—. Además, el esposo de la profesora ha desaparecido misteriosamente. Si solo se hubiera ido, habríamos pensando que estaba de viaje o algo...pero se ha ido y casi al instante apareciste tú.

Riven procesó esa información, pero antes de que formulara una pregunta, Mark se adelantó:

— ¿Él es tu papá?

—No. Mis padres se casaron, cuando eran jóvenes; pero se divorciaron al poco tiempo—explicó, sin ahondar en los detalles.

Mark arrugó el ceño. La profesora Portia Bassi siempre andaba por la vida con un aura de magnificencia que hizo que se sorprendiera de saber que ella había estado casada antes. De pronto, todo le pareció aún más raro. Portia y su esposo llevaban viviendo unos siete años en esa calle y jamás había visto a Riven.

—Ey, entonces. ¿Tu papá te envió para que pasaras tiempo madre-hijo?

—Nada de eso— respondió el especialista, dudando si hablar de su padre; pero la idea malévola vino a su cabeza—. Él murió hace poco, así que Portia tiene mi custodia temporal.

Mark abrió la boca, depuesto a pedir una disculpa por preguntar, pero Riven lo detuvo con un ademán. Continuó hablando.

—Es extraño que deba estar con ella, cuando tengo familia en Magix. Portia tenía una demanda por abandono de hogar, así que—se encogió de hombros—es la primera que vez que convivimos.

El cigarro en la mano de Mark seguía consumiéndose. Había pasado a segundo plano.

— ¿Estas bromeando, viejo? ¿Tenía una demanda y por eso nunca la viste?

—Nunca la vi, porque ella nos abandonó.

—Debió haber sido un divorcio horrible—comentó Mark—. Ya sabes, para que al final ella se fuera y tu padre la demandara. Pero ve lo bueno, se reconciliaron antes de lo de tu papá.

—De hecho, ahí está lo turbio. Ellos dos jamás volvieron a hablarse, pero casualmente tres meses antes de su muerte, la demanda desapareció.

Mark sintió la intriga recorrer su columna vertebral. Joder, pero si la profesora entonces estaba rodeada de sorpresas. Caló el cigarrillo. Pobre Riven. Era un tipo decente: nunca le había aceptado un cigarrillo, porque cumplía su protocolo de especialista y la noche anterior en el bar, después del trabajo, sólo se había tomado una cerveza. Debía ir a aclararle a su madre que, aunque la profesora Bassi sí estaba en asuntos extraños, en definitivo Riven no era una especie de mala compañía, como las lenguas desdeñosas decían en el vecindario.

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Portia empujaba el carrito del supermercado por los pasillos, verificando que nada se le olvidara. Caminaba lo más tranquila posible, fingiendo que no sentía cierto acoso.

Cuando la gente ríe, creo que lo hacen de mí, le había dicho una paciente hacía unos meses, antes de que se tomara unas vacaciones. Ella siempre le respondía que ese sentimiento era cuestión de ego, autoestima e ilusiones de la mente triste.

Sus vecinas se congregaban en grupos de dos o tres y cuando la veían saludarlas, sonreían nerviosas.

No somos el centro del mundo. Creía eso firmemente,no obstante, ese día en específico sospechaba que las personas hablaban de ella. De haber sido el chisme de alguien más, la habrían unido a la conversación. Cómo cuando todos descubrieron que la señora Luna tenía un problema con el alcohol o que el señor Stoner tenía una aventura. Ese pequeño suburbio de clase media colapsaba en mujeres aburridas.

Tenía una muy rara sensación siguiéndola por la espalda. Varios años atrás, cuando había tomado antidepresivos, había tenido delirios de persecución, pero ya no era el caso. Los somníferos ocasionales no provocaban eso. Cuando se detuvo para repasar la lista de compras, la señora Gibbs, quien ocasionalmente cuidaba de Michel y Charlotte, se acercó sonriente. Intercambiaron saludos y entonces, la anciana sacó de su bolso una tarjeta de presentación.

—Mi nieto es un excelente abogado, querida—anunció con orgullo, dándole la tarjeta con complicidad—. Dile que yo te recomendé— le guiñó un ojo, antes de seguir su camino.

Portia esperó a verla doblar por el pasillo, para arrugar la tarjeta. Cerró los ojos e intentó respirar profundo. Apretó el manubrio del carrito. Fuerte, demasiado fuerte; hasta que sus nudillos se pusieron blancos y dejó de sentir los dedos.

Todos sabían algo.

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—Creo que es muy dulce de tu parte que ayudes a tu tía en la cafetería—comentó Musa con Riven por video-llamada. Miró la pantalla, para ver la sonrisa avergonzada de su novio, quien estaba recostado en su propia cama, a cientos de miles de kilómetros de ella.

Musa se mordió el labio inferior y regresó a la tarea de pulir su flauta transversal. No tenía forma de saberlo, pero la sonrisa que tanto le había gustado, había sido el reflejo de los fatídicos pensamientos que él tenía en su interior. Riven pensaba en que algún día, cuando muriera, su alma sería lanzada a una hoguera por las nueve ninfas de Magix. Sí, Daphne, estaría ahí y lo condenaría por mentiroso. El especialista intentó alejar ese pensamiento. Era Portia la que lo inducía a mentir. Todo era culpa de ella.

Como si la hubiera invocado, escuchó la puerta principal abrirse y azotarse en la planta baja. Ya había llegado del mercado. Verificó el reloj del celular. Aún le quedaba una hora antes de entrar a su turno de mesero.

— ¿Y entonces, cuándo dijiste que era el concierto?—cambió de tema el chico.

—El diecisiete—recordó Musa, quien había dado por perdidas las esperanzas de que su novio asistiera para verla tocar.

— ¡Riven!—exclamó Portia, abriendo abruptamente la puerta de la habitación. Riven respingó y Musa levantó la mirada de su instrumento.

— ¿Es tu tía? Si quieres hablamos luego—murmuró sonrojada. Riven le había dicho que era una bruja, pero no esperaba eso.

—Yo te llamo—Riven cerró los ojos un segundo, avergonzado y molesto por la interrupción. Colgó el celular y fulminó a la mujer con la mirada.

Portia, levantó una ceja.

— ¿En serio? ¿Le haces creer que soy tu tía? No deberías mentirle.

—No es de tu incumbencia. ¿Y qué haces aquí? Dijiste que tengo derecho a la privacidad.

—Tus derechos se verán limitados, si infringes las reglas o te comportas mal—aclaró su madre, señalándolo con un dedo—. ¡Alguien soltó nuestros asuntos familiares fuera de esta casa, y la única persona que creo que pudo haber sido, eres tú!

—No sé de qué hablas

— ¿Ah, sí? ¿Entonces por qué alguien me recomendó a su abogado y porqué la cajera me preguntó cuántas veces me he casado?

Riven rodó los ojos en una expresión burlona que hizo recordar a Portia todas las veces que Massimo hacía esa cara. Apretó las muelas.

—Sólo le conté a un compañero del trabajo que nos abandonaste y que no entendía porqué ya no está la demanda.

Portia palideció un segundo, pero al siguiente tomó la manija de la puerta y la azotó, entrando completamente a la habitación. Caminó hasta Riven quien se levantó de la cama, para encararla.

— ¿Por qué les dijiste eso?—gritó Portia, hecha una fiera.

—No es mi culpa que él se lo haya dicho a alguien más—respondió, fingiendo inocencia. Contuvo la sonrisa de victoria, al descubrirla en su más pura y natural expresión de molestia.

— ¿A alguien más? ¡En este maldito suburbio todos saben todo, Riven! ¡Jamás debiste haber expuesto nuestros problemas familiares! Esto puede incluso ralentizar el proceso de tu custodia.

— ¿A tu favor? No lo creo.

Portia crispó todo el cuerpo, desesperada. Ansiosa por escupir el montón de veneno acumulado en su interior. Ansiosa de dejar de ser la eterna malvada y estúpida Portia.

— ¿Quieres hablar sobre el tema?—la imitó Riven, tentando hasta dónde podía llevarla.

— ¡No!, porque este tema no te corresponde. Hazme el maldito favor de no volver a hacer eso o conocerás las verdaderas reglas de esta casa

—No me asustas— respondió el especialista, fingiendo mirarse las uñas. Era un ademán que hacía enojar a su padre en otros tiempos.

Portia respiró profundo, apretando los puños.

— Mientras yo sea tu tutora, obedecerás las reglas de esta casa; sino, habrá consecuencias. —declaró amenazadoramente. Salió del cuarto y antes de cerrar la puerta añadió—. Y hazte a ti mismo el maldito favor de no mentirle a Musa.

Portia caminó por el pasillo, para bajar las escaleras; pero la puerta de Riven no tardó en abrirse nuevamente.

— ¿Cómo sabes su nombre?

Portia sonrió, deteniendo su andar. Ahí mismo lo quería tener. Giró para darle la cara.

—Tu padre me lo contó— respondió con la misma cara de fingida inocencia que Riven hacía unos momentos.

— ¿Ustedes dos se veían?

— ¿Quieres escuchar toda la versión de los hechos?—cuestionó, cruzándose de brazos.

Riven dudó unos segundos, tentado por la idea.

— ¿En esa versión tu eres la heroína?

—No todo es blanco y negro, Riv.

—Entonces no quiero escucharla—respondió, irritado por el diminutivo.

—Yo jamás dije que…

—En verdad no quiero hablar de esto—cortó Riven con un ademán, dando media vuelta .Solo quería saber si su traidor padre había visto a esa mujer a su espaldas.

— ¡No teníamos nada que...!— protestó Portia, pero fue interrumpida cuando Riven regresó a su cuarto, azotando la puerta. Repentinamente histérica volvió apretar los puños — ¡Hijo de perra!—maldijo, tensando todo el cuerpo. Comprendió inmediatamente la ironía y la risa de Riven, falsa, pero burlona, la hizo sonrojarse por la menuda estupidez que acababa de decir. Siguió bajando las escaleras, furiosa.

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—Portia —le reprendió John al teléfono—, en casa el puesto de adolescente ya lo ocupa Riven. No puedes perder el control de esa forma.

La mujer se sentó en la enorme cama King Size. Abrazó sus piernas y enterró la cabeza entre las rodillas. Su discusión había sido una hora atrás y Riven se había ido al trabajo, pero ella aún se sentía inestable. En verdad, hablar con John era uno de los pocos consuelos que le quedaban, porque aunque eran colegas de profesión y evidentemente él no podía darle terapia, era indivisible la faceta madura, seria y centrada de su amigo. Él sabía demasiado, pero curiosamente, eso había hecho que él la comprendiera más.

— ¿Sientes que dijiste algo más que no debías?—añadió el hombre.

—Conduje la situación para sacar a Massimo a flote…—confesó, sabiendo que había actuado con malicia—. Pero me alegra que no quisiera, porque creo que estábamos demasiado alterados y en ese momento podría haber dicho cosas aún más horribles.

— ¿Qué es lo que querías decirle?

—Todo, pero lleno de insultos y jurando matar a todos. Sé que me lo gané… pero odio tener que pasar por esto sola.

John la hizo entrar en razón, confortándola sobre que no todo era su culpa. Tras conseguirlo, cambió ligeramente el rumbo de la conversación, desviando la atención que tenían sobre Riven.

— ¿Han seguido tus pesadillas?

—No, ya no. Me he sentido mejor, pero a veces, me quedo quieta y siento demasiada culpa por Massimo. Es un sentimiento…horrible, como si me faltara aire y estuviera a punto de volverme loca. Entonces me pongo a hacer algo, para distraerme.

— Ya llegará el momento de hablar.

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Tío Phillip tomó un trago de su vaso de wiski y miró al hombre sentado frente a él. Sobre la mesa del pub se extendía, cómo mantel, un montón de facturas, recibos, cuentas de teléfono y del banco. Había contratado a alguien que ayudara, de forma externa al gobierno, a acelerar el proceso de custodia de Riven.

—Al principio no encontré nada raro, ¿sabes?—dijo el investigador privado—. Nada que pudiera alarmarnos o decirnos qué sucedió. Cuando Massimo quitó la orden judicial contra su exmujer, todo seguía en orden. No había dinero misteriosamente retirado, llamadas entre ellos: Nada. Simplemente un día la quitó. Tuve que ir seis meses atrás en el registro, para encontrar llamadas entre ellos. La mayoría eran en la mañana, pero hay incluso una a las once de la noche.

—Eso es terrible ¿no?—cuestionó tío Philip—. Que mi hermano la buscara. El juez podría creer que tenía motivos para que Riven se quedara con ella en lugar de con Gianni.

El detective sonrió, acariciando su barbilla.

—Podría ser, pero encontré algo muy interesante que podríamos usar a nuestro favor. La últimas dos llamadas al celular que hizo Massimo, el día de su muerte, fueron a Portia. Conversaron durante siete minutos, una hora antes de que fuera su ataque cardiaco. La segunda llamada, ocurrió muy cerca de su hora de muerte, pero ella no respondió. Hay otra última, pero fue cuando los paramédicos llamaron al último teléfono registrado en su celular.

Tío Philip dio otro trago a su vaso, intentando asimilar la idea. Eso, cuando menos, le daba la idea de cómo Portia había sabido de la noticia de Massimo.

—Eso es peor aún. El juez podría creer que era su última voluntad hablarle.

—Yo no lo creo—protestó el investigador—. Ella vive a las afueras de la ciudad. Teniendo un ataque al corazón, lo más obvio habría sido que Massimo llamara a emergencias o a ustedes. Si me lo permites, Phil, con el carácter que tenía tu hermano, me inclino a sospechar que pudo haber un chantaje, una discusión o una noticia fuerte. Algo alteró a Massimo y él sabía que debía tener cuidado con eso. Hablé con su médico de cabecera y me confirmó que meses antes le había advertido sobre las emociones fuertes.

—Pero eso no la inculpa directamente. El que ellos dos hablaran podría ser contraproducente para nosotros.

El detective negó con la cabeza, seguro de lo que decía.

— Massimo no estaba buscando auxilio, cuando marcó a su exmujer.

Tío Phillip echó la cabeza para atrás, mientras sus dedos tamborileaban contra el vaso de vidrio ¿En qué diablos se había metido su hermano, antes de morir?

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¡Jsdhajhdakjsd!
Les prometo que actualizaré en menos de lo que se imaginan
(Y si tenían dudas sobre con quién hablaba Portia en el capítulo anterior, era con John)

Ya saben, hacerme saber de dedazos, errores, alegrías o mandarme amor, siempre es bien recibido ;)

¡Nos leeremos pronto!
Cereza Prohibida