Ni Love Live ni Cincuenta sombras me pertenecen, son de sus respectivos autores.


Sawyer vuelve a hablarle a su manga.

—Nico-san, Ayase-san ha entrado en el apartamento.

Parpadea, coge el auricular y se lo saca del oído, probablemente

porque acaba de recibir un contundente improperio por parte de Nico-san.

Oh, no… si Nico-san está preocupado…

—Por favor, déjeme entrar —le ruego.

—Lo siento, Toujou-san. No tardaremos mucho. —Sawyer le-

vanta ambas manos en gesto exculpatorio—. Nico-san y los chicos están

entrando ahora mismo en el apartamento.

Ahhh… Me siento tan impotente. De pie y completamente inmóvil,

escucho muy atenta, pendiente del menor sonido, pero lo único que oigo

es mi propia respiración convulsa. Es fuerte y entrecortada, me pica el

cuero cabelludo, tengo la boca seca y me siento mareada. Por favor, que

no le pase nada a Eli, rezo en silencio.

No tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado, y seguimos sin oír

nada. Probablemente eso sea buena señal: no hay disparos. Me pongo a

dar vueltas alrededor de la mesa del vestíbulo y a contemplar los cuad-

ros de las paredes para intentar distraer mi mente.

La verdad es que nunca me había fijado: hay dieciséis, todas obras

figurativas y de temática religiosa: la Madona y el Niño. Qué extraño…

Eli no es religioso… ¿o sí? Todas las pinturas del gran salón

son abstractas; estas son muy distintas. No consiguen distraer mi mente

durante mucho rato. ¿Dónde está Eli?

Observo a Sawyer, que me mira impasible.

—¿Qué está pasando?

—No hay novedades, Toujou-san.

De repente, se mueve el pomo de la puerta. Sawyer se gira rápida-

mente y saca una pistola de la cartuchera del hombro.

Me quedo petrificada. Eli aparece en el umbral.

—Vía libre —dice.

Mira a Sawyer con el ceño fruncido, y este aparta la pistola y da un

paso atrás para dejarme pasar.

—Nico ha exagerado —gruñe Eli, y me tiende la mano.

Yo le miro con la boca abierta, incapaz de moverme, absorbiendo

cada detalle: su cabello despeinado, la tensión que expresan sus ojos, la

rigidez en la mandíbula, los dos botones desabrochados del cuello de la

camisa. Parece que haya envejecido diez años. Sus ojos me observan

con aire sombrío y preocupado.

—No pasa nada, nena. —Se me acerca, me rodea con sus brazos y

me besa en el pelo—.Ven, estás cansada. Vamos a la cama.

—Estaba tan angustiada —murmuro con la cabeza apoyada en su

torso, disfrutando de su abrazo e inhalando su dulce aroma.

—Lo sé. Todos estamos nerviosos.

Sawyer ha desaparecido, seguramente está dentro del apartamento.

—Sinceramente, Ayase-san, sus ex están resultando ser muy prob-

lemáticas —musito con ironía.

Eli se relaja.

—Sí, es verdad.

Me suelta, me da la mano y me lleva por el pasillo hasta el gran

salón.

—Nico y su equipo están revisando todos los armarios y rincones.

Yo no creo que esté aquí.

—¿Por qué iba a estar aquí? No tiene sentido.

—Exacto.

—¿Podría entrar?

—No veo cómo. Pero Nico a veces es excesivamente prudente.

—¿Has registrado tu cuarto de juegos? —susurro.

Inmediatamente Eli me mira y arquea una ceja.

—Sí, está cerrado con llave… pero Nico y yo lo hemos revisado.

Lanzo un suspiro, profundo y purificador.

—¿Quieres una copa o algo? —pregunta Eli.

—No. —Me siento exhausta—. Solo quiero irme a la cama.

La expresión de Eli se dulcifica.

—Ven. Deja que te lleve a la cama. Se te ve agotada.

Yo tuerzo el gesto. ¿Él no viene? ¿Quiere dormir solo?

Cuando me lleva a su dormitorio me siento aliviada. Dejo mi bolso

de mano sobre la cómoda, lo abro para vaciar el contenido, y veo la nota

de Kira-san.

—Mira. —Se la paso a Eli—. No sé si quieres leerla. Yo pre-

fiero no hacer caso.

Eli le echa una breve ojeada y aprieta la mandíbula.

—No estoy seguro de qué espacios en blanco pretende llenar —dice

con desdén—. Tengo que hablar con Nico. —Baja la vista hacia mí—.

Deja que te baje la cremallera del vestido.

—¿Vas a llamar a la policía por lo del coche? —le pregunto mien-

tras me doy la vuelta.

Él me aparta el pelo, desliza los dedos suavemente sobre mi espalda

desnuda y me baja la cremallera.

—No, no quiero que la policía esté involucrada en esto. Mayuri neces-

ita ayuda, no la intervención de la policía, y yo no les quiero por aquí.

Simplemente hemos de redoblar nuestros esfuerzos para encontrarla.

Se inclina y me planta un beso cariñoso en el hombro.

—Acuéstate —ordena, y luego se va.

Me tumbo y miro al techo, esperando a que vuelva. Cuántas cosas

han pasado hoy, hay tanto que procesar… ¿Por dónde empiezo?

Me despierto de golpe, desorientada. ¿Me he quedado dormida?

Parpadeo al mirar hacia la tenue luz del pasillo que se filtra a través de la

puerta entreabierta del dormitorio, y observo que Eli no está con-

migo. ¿Dónde está? Levanto la vista. Plantada, a los pies de la cama,

hay una sombra. ¿Una mujer, quizá? ¿Vestida de negro? Es difícil de

decir.

Aturdida, alargo la mano y enciendo la luz de la mesita, y me doy

rápidamente la vuelta para mirar, pero allí no hay nadie. Meneo la

cabeza. ¿Lo he imaginado? ¿Soñado?

Me siento y miro alrededor de la habitación, dominada por una

sensación de intranquilidad vaga e insistente… pero estoy sola.

Me froto los ojos. ¿Qué hora es? ¿Dónde está Eli? Miro el

despertador: son las dos y cuarto de la madrugada.

Salgo aún aturdida de la cama y voy a buscarle, desconcertada por

mi imaginación hiperactiva. Ahora veo cosas. Debe de ser la reacción a

los espectaculares acontecimientos de la velada.

El salón está vacío, y solo hay encendida una de las tres lámparas

pendulares sobre la barra del desayuno. Pero la puerta de su estudio está

entreabierta y le oigo hablar por teléfono.

—No sé por qué me llamas a estas horas. No tengo nada qué de-

cirte… Bueno, pues dímelo ahora. No tienes por qué dejar una nota.

Me quedo parada en la puerta, escuchando con cierto sentimiento de

culpa. ¿Con quién habla?

—No, escúchame tú. Te lo pedí y ahora te lo advierto. Déjala tran-

quila. Ella no tiene nada que ver contigo. ¿Lo entiendes?

Suena beligerante y enfadado. No sé si llamar a la puerta.

—Ya lo sé. Pero lo digo en serio, Tsubasa, joder. Déjala en paz. ¿Lo

quieres por triplicado? ¿Me oyes?… Bien. Buenas noches.

Cuelga de golpe el teléfono del escritorio.

Oh, maldita sea. Llamo discretamente a la puerta.

—¿Qué? —gruñe, y me dan ganas de correr a esconderme.

Se sienta a su escritorio con la cabeza entre las manos. Alza la vista

con expresión feroz, pero al verme dulcifica el gesto enseguida. Tiene

los ojos muy abiertos y cautelosos. De pronto se le ve tan cansado, que

se me encoge el corazón.

Parpadea, y me mira de arriba abajo, demorándose en mis piernas

desnudas. Me he puesto una de sus camisetas.

—Deberías llevar algo de seda o satén, Nozomi —susurra—. Pero,

incluso con mi camiseta, estás preciosa.

Oh, un cumplido inesperado.

—Te hecho de menos —digo—. Ven a la cama.

Se levanta despacio de la silla. Todavía lleva la camisa blanca y los

pantalones negros. Pero ahora sus ojos brillan, cargados de promesas…

aunque también tienen un matiz de tristeza. Se queda de pie frente a mí,

mirándome fijamente pero sin tocarme.

—¿Sabes lo que significas para mí? —murmura—. Si te pasara algo

por culpa mía…

Se le quiebra la voz, arruga la frente y aparece en su rostro un des-

tello de dolor casi palpable. Parece tan vulnerable, y su temor es tan

evidente…

—No me pasará nada —le aseguro con dulzura. Me acerco para aca-

riciarle la cara, paso los dedos sobre la sombra de barba de sus mejillas.

Es sorprendentemente suave—. Te crece enseguida la barba —musito,

incapaz de ocultar mi fascinación por el hermoso y dolido hombre que

tengo delante.

Resigo el perfil de su labio inferior y luego bajo los dedos hasta su

garganta, hasta un leve resto de pintalabios en la base del cuello. Se le

acelera la respiración. Mis dedos llegan hasta su camisa y bajan hasta el

primer botón abrochado.

—No voy a tocarte. Solo quiero desabrocharte la camisa

—murmuro.

Él abre mucho los ojos y me mira con expresión alarmada. Pero no

se mueve y no me lo impide. Yo desabotono muy despacio el primero,

mantengo la tela separada de la piel y bajo cautelosamente hasta el

siguiente, y repito la operación lentamente, muy concentrada en lo que

hago.

No quiero tocarle. Bueno, sí… pero no lo haré. En el cuarto botón

reaparece la línea roja, y levanto los ojos y le sonrío con timidez.

—Volvemos a estar en territorio familiar.

Trazo la línea con los dedos antes de desabrochar el último botón.

Le abro la camisa y paso a los gemelos, y retiro las dos gemas de negro

bruñido, una después de otra.

—¿Puedo quitarte la camisa? —pregunto en voz baja.

Él asiente, todavía con los ojos muy abiertos, mientras yo se la quito

por encima de los hombros. Se libera las manos y se queda desnudo ante

mí de cintura para arriba. Es como si, una vez sin camisa, hubiese recu-

perado la calma, y me sonríe satisfecho.

—¿Y qué pasa con mis pantalones, Toujou-san? —pregunta, ar-

queando la ceja.

—En el dormitorio. Te quiero en la cama.

—¿Sabe, Toujou-san? Es usted insaciable.

—No entiendo por qué.

Le cojo de la mano, le saco del estudio y lo llevo al dormitorio. La

habitación está helada.

—¿Tú has abierto la puerta del balcón? —me pregunta con gesto

preocupado cuando entramos en su cuarto.

—No, no recuerdo haberlo hecho. Recuerdo que examiné la hab-

itación cuando me desperté. Y la puerta estaba cerrada, seguro.

Oh, no… Se me hiela la sangre, y miro a Eli pálida y con la

boca abierta.

—¿Qué pasa? —inquiere, con los ojos muy fijos en mí.

—Cuando me desperté… había alguien aquí —digo en un susurro—.

Pensé que eran imaginaciones mías.

—¿Qué? —Parece horrorizado, sale al balcón, mira fuera, y luego

vuelve a entrar en la habitación y echa el cerrojo de la puerta—. ¿Estás

segura? ¿Quién era? —pregunta con voz de alarma.

—Una mujer, creo. Estaba oscuro. Me acababa de despertar.

—Vístete —me ordena—. ¡Ahora!

—Mi ropa está arriba —señalo quejumbrosa.

Abre uno de los cajones de la cómoda y saca un par de pantalones de

deporte.

—Ponte esto.

Son enormes, pero no es momento de poner objeciones. Saca tam-

bién una camiseta y se la pone rápidamente. Coge el teléfono que tiene

al lado y aprieta dos botones.

—Sigue aquí, joder —masculla al auricular.

Unos tres segundos después, Nico-san y otro guardaespaldas irrumpen

en el dormitorio de Eli, quien les informa brevemente de lo

ocurrido.

—¿Cuánto hace? —me pregunta Nico-san en tono muy expeditivo. To-

davía lleva puesta la americana. ¿Es que este hombre nunca duerme?

—Unos diez minutos —balbuceo, sintiéndome culpable por algún

motivo.

—Ella conoce el apartamento como la palma de su mano —dice

Eli—. Estará escondida en alguna parte. Encontradla. Me llevo a

Nozomi de aquí. ¿Cuándo vuelve Ako?

—Mañana por la noche, señor.

—Que no vuelva hasta que el apartamento sea seguro. ¿Entendido?

—ordena Eli.

—Sí, señor. ¿Irá usted a Bellevue?

—No pienso cargar a mis padres con este problema. Hazme una re-

serva en algún lado.

—Sí, señor. Le llamaré para decirle dónde.

—¿No estamos exagerando un poco? —pregunto.

Eli me fulmina con la mirada.

—Puede que vaya armada —replica.

—Eli, estaba ahí parada a los pies de la cama. Podría haberme

disparado si hubiera querido.

Eli hace una breve pausa para refrenar su mal humor, o al

menos eso parece.

—No estoy dispuesto a correr ese riesgo —dice en voz baja pero

amenazadora—. Nico, Nozomi necesita zapatos.

Eli se mete en el vestidor mientras el otro guardaespaldas me

vigila. No recuerdo cómo se llama, Ryan quizá. No deja de mirar al

pasillo y las ventanas del balcón, alternativamente. Pasados un par de

minutos Eli vuelve a salir con tejanos y el bléiser de rayas y una

bandolera de piel. Me pone una chaqueta tejana sobre los hombros.

—Vamos.

Me sujeta fuerte de la mano y casi tengo que correr para seguir su

paso enérgico hasta el gran salón.

—No puedo creer que pudiera estar escondida aquí —musito, mir-

ando a través de las puertas del balcón.

—Este sitio es muy grande. Todavía no lo has visto todo.

—¿Por qué no la llamas, simplemente, y le dices que quieres hablar

con ella?

—Nozomi, está trastornada, y puede ir armada —dice irritado.

—¿De manera que nosotros huimos y ya está?

—De momento… sí.

—¿Y si intenta disparar a Nico-san?

—Nico sabe mucho del manejo de armas —replica de mala

gana—, y será más rápido con la pistola que ella.

—Jinta estuvo en el ejército. Me enseñó a disparar.

Eli levanta las cejas y, por un momento, parece totalmente

perplejo.

—¿Tú con un arma? —dice incrédulo.

—Sí. —Me siento ofendida—. Yo sé disparar, Ayase-san, de man-

era que más le vale andarse con cuidado. No solo debería preocuparse de

ex sumisas trastornadas.

—Lo tendré en cuenta, Toujou-san —contesta secamente, aunque

divertido, y me gusta saber que, incluso en esta situación absurdamente

tensa, puedo hacerle sonreír.

Nico-san nos espera en el vestíbulo y me entrega mi pequeña maleta y

mis Converse negras. Me deja atónita que haya hecho mi equipaje con

algo de ropa. Le sonrío con tímida gratitud, y él corresponde enseguida

para tranquilizarme. E, incapaz de reprimirme, le doy un fuerte abrazo.

Le he cogido por sorpresa y, cuando le suelto, tiene las mejillas

sonrojadas.

—Ten mucho cuidado —murmuro.

—Sí, Toujou-san —musita.

Eli me mira con el ceño fruncido, y luego a Nico-san, con aire

confuso, mientras este sonríe imperceptiblemente y se ajusta la corbata.

—Hazme saber dónde nos alojaremos —dice Eli.

Nico-san se saca la cartera de la americana y le entrega a Eli una

tarjeta de crédito.

—Quizá necesitará esto cuando llegue.

Eli asiente.

—Bien pensado.

Llega Ryan.

—Sawyer y Reynolds no han encontrado nada —le dice a Nico-san.

—Acompaña al Ayase-san y a la Toujou-san al parking —or-

dena Nico-san.

El parking está desierto. Bueno, son casi las tres de la madrugada.

Eli me hace entrar a toda prisa en el asiento del pasajero del R8, y

mete mi maleta y su bolsa en el maletero de delante. A nuestro lado está

el Audi, hecho un auténtico desastre: con todas las ruedas rajadas y em-

badurnado de pintura blanca. La visión resulta aterradora, y agradezco a

Eli que me lleve lejos de aquí.

—El lunes tendrás el coche de sustitución —dice Eli, abatido,

al sentarse a mi lado.

—¿Cómo supo ella que era mi coche?

Él me mira ansioso y suspira.

—Ella tenía un Audi 3. Les compro uno a todas mis sumisas… es

uno de los coches más seguros de su gama.

Ah.

—Entonces no era un regalo de graduación.

—Nozomi, a pesar de lo que yo esperaba, tú nunca has sido mi

sumisa, de manera que técnicamente sí es un regalo de graduación.

Sale de la plaza de aparcamiento y se dirige a toda velocidad hacia la

salida.

A pesar de lo que él esperaba. Oh, no… Mi subconsciente menea la

cabeza con tristeza. Siempre volvemos a lo mismo.

—¿Sigues esperándolo? —susurro.

Suena el teléfono del coche.

—Ayase —responde Eli.

—Fairmont Olympic. A mi nombre.

—Gracias, Nico. Y, Nico… ten mucho cuidado.

Nico-san se queda callado.

—Sí, señor —dice en voz baja, y Eli cuelga.

Las calles de Akibahara están desiertas, y Eli recorre a toda velo-

cidad la Quinta Avenida hacia la interestatal 5. Una vez en la carretera,

con rumbo hacia el norte, aprieta el acelerador tan a fondo que el im-

pulso me empuja contra el respaldo de mi asiento.

Le miro de reojo. Está sumido en sus pensamientos, irradiando un si-

lencio absoluto y meditabundo. No ha contestado a mi pregunta. Mira a

menudo el retrovisor, y me doy cuenta de que comprueba que no nos

sigan.

Quizá por eso vamos por la interestatal 5. Yo creía que el Fair-

mont estaba en Akibahara.

Miro por la ventanilla, e intento ordenar mi mente exhausta e hiper-

activa. Si ella quería hacerme daño, tuvo su gran oportunidad en el

dormitorio.

—No. No es eso lo que espero, ya no. Creí que había quedado claro.

Eli interrumpe con voz dulce mis pensamientos.

Le miro y me envuelvo con la chaqueta tejana, aunque no sé si el

frío proviene de mi interior o del exterior.

—Me preocupa, ya sabes… no ser bastante para ti.

—Eres mucho más que eso. Por el amor de Dios, Nozomi, ¿qué

más tengo que hacer?

Háblame de ti. Dime que me quieres.

—¿Por qué creíste que te dejaría cuando te dije que el doctor Shin

me había contado todo lo que había que saber de ti?

Él suspira profundamente, cierra los ojos un momento y se queda un

buen rato sin contestar.

—Nozomi, no puedes ni imaginar siquiera hasta dónde llega mi

depravación. Y eso no es algo que quiera compartir contigo.

—¿Y realmente crees que te dejaría si lo supiera? —digo en voz

alta, sin dar crédito. ¿Es que no comprende que le quiero?—. ¿Tan mal

piensas de mí?

—Sé que me dejarías —dice con pesar.

—Eli… eso me resulta casi inconcebible. No puedo imaginar

estar sin ti.

Nunca…

—Ya me dejaste una vez… No quiero volver a pasar por eso.

—Tsubasa me dijo que estuvo contigo el sábado pasado —susurro.

—No es cierto —dice, torciendo el gesto.

—¿No fuiste a verla cuando me marché?

—No —replica enfadado—. Ya te he dicho que no… y no me gusta

que duden de mí —advierte—. No fui a ninguna parte el pasado fin de

semana. Me quedé en casa montando el planeador que me regalaste. Me

llevó mucho tiempo —añade en voz baja.

Mi corazón se encoge de nuevo. Kira-san dijo que estuvo

con él.

¿Estuvo con él o no? Ella miente. ¿Por qué?

—Al contrario de lo que piensa Tsubasa, no acudo corriendo a ella con

todos mis problemas, Nozomi. No recurro a nadie. Quizá ya te hayas

dado cuenta de que no hablo demasiado —dice, agarrando con fuerza el

volante.

—Umi-san me ha dicho que estuviste dos años sin hablar.

—¿Eso te ha dicho?

Eli aprieta los labios en una fina línea.

—Yo lo presioné un poco para que me diera información.

Me miro los dedos, avergonzada.

—¿Y qué más te ha dicho mi padre?

—Me ha contado que tu madre fue la doctora que te examinó cuando

te llevaron al hospital. Después de que te encontraran en tu casa.

Eli sigue totalmente inexpresivo… cauto.

—Dijo que estudiar piano te ayudó. Y también Honoka-chan.

Al oír ese nombre, sus labios dibujan una sonrisa de cariño. Al cabo

de un momento, dice:

—Debía de tener unos seis meses cuando llegó. Yo estaba emocion-

ado, Eren no tanto. Él ya había tenido que aceptar mi llegada. Era per-

fecta. —Su voz, tan dulce y triste, resulta sobrecogedora—. Ahora ya no

tanto, claro —musita, y recuerdo aquellos momentos en el baile en que

consiguió frustrar nuestras lascivas intenciones.

Se me escapa la risa.

Eli me mira de reojo.

—¿Le parece divertido, Toujou-san?

—Parecía decidida a que no estuviéramos juntos.

Él suelta una risa apática.

—Sí, es bastante hábil. —Alarga la mano y me acaricia la rodilla—.

Pero al final lo conseguimos. —Sonríe y vuelve a echar una mirada al

retrovisor—. Creo que no nos han seguido.

Da la vuelta para salir de la interestatal 5 y se dirige otra vez al

centro de Akibahara.

—¿Puedo preguntarte algo sobre Tsubasa?

Estamos parados ante un semáforo.

Me mira con recelo.

—Si no hay más remedio… —concede de mala gana, pero no dejo

que su enfado me detenga.

—Hace tiempo me dijiste que ella te quería de un modo que para ti

era aceptable. ¿Qué querías decir con eso?

—¿No es evidente? —pregunta.

—Para mí no.

—Yo estaba descontrolado. No podía soportar que nadie me tocara.

Y sigo igual. Y pasé una etapa difícil en la adolescencia, cuando tenía

catorce o quince años y las hormonas revolucionadas. Ella me enseñó

una forma de liberar la presión.

Oh.

—Honoka-chan me dijo que eras un busca pleitos.

—Dios, ¿por qué ha de ser tan charlatana mi familia? Aunque la

culpa es tuya. —Estamos parados ante otro semáforo y me mira con los

ojos entornados—. Tú engatusas a la gente para sacarle información.

Menea la cabeza fingiendo disgusto.

—Honoka-chan me lo contó sin que le dijera nada. De hecho, se mostró

bastante comunicativa. Estaba preocupada porque provocaras una pelea

si no me conseguías en la subasta —apunto indignada.

—Ah, nena, de eso no había el menor peligro. No permitiría que

nadie bailara contigo.

—Se lo permitiste al doctor Shin.

—Él siempre es la excepción que confirma la regla.

Eli toma el impresionante y frondoso camino de entrada que

lleva al hotel Fairmont Olympic, y se detiene cerca de la puerta princip-

al, junto a una pintoresca fuente de piedra.

—Vamos.

Baja del coche y saca el equipaje. Un mozo acude corriendo, con

cara de sorpresa, sin duda por la hora tan tardía de nuestra llegada.

Eli le lanza las llaves del coche.

—A nombre de Yazawa Nico —dice.

El mozo asiente y no puede reprimir su alegría cuando se sube al R8

y arranca. Eli me da la mano y se dirige al vestíbulo.

Mientras estoy a su lado en la recepción del hotel, me siento total-

mente ridícula. Ahí estoy yo, en el hotel más prestigioso de Akibahara,

vestida con una chaqueta tejana que me queda grande, unos enormes

pantalones de deporte y una camiseta vieja, al lado de este hermoso y el-

egante dios griego. No me extraña que la recepcionista nos mire a uno y

a otro como si la suma no cuadrara. Naturalmente, Eli la intimida.

Se ruboriza y tartamudea, y yo pongo los ojos en blanco. Madre mía, si

hasta le tiemblan las manos…

—¿Necesita… que le ayuden… con las maletas, Yazawa-san?

—pregunta, y vuelve a ponerse colorada.

—No, ya las llevaremos la señora Yazawa y yo.

¡Señora Yazawa! Pero si ni siquiera llevo anillo… Pongo las manos

detrás de la espalda.

—Están en la suite Cascade, Yazawa-san, piso once. Nuestro bo-

tones les ayudará con el equipaje.

—No hace falta —dice Eli cortante—. ¿Dónde están los

ascensores?

La ruborizada señorita se lo indica, y Eli vuelve a cogerme de

la mano. Echo un breve vistazo al vestíbulo, suntuoso, impresionante,

lleno de butacas mullidas y desierto, excepto por una mujer de cabello

oscuro sentada en un acogedor sofá, dando de comer pequeños bocadi-

tos a su perro. Levanta la vista y nos sonríe cuando nos ve pasar hacia

los ascensores. ¿Así que el hotel acepta mascotas? ¡Qué raro para un si-

tio tan majestuoso!

La suite consta de dos dormitorios y un salón comedor, provisto de

un piano de cola. En el enorme salón principal arde un fuego de leña.

Por Dios… la suite es más grande que mi apartamento.

—Bueno, señora Yazawa, no sé usted, pero yo necesito una copa

—murmura Eli mientras se asegura de cerrar la puerta.

Deja mi maleta y su bolsa sobre la otomana, a los pies de la gi-

gantesca cama de matrimonio con dosel, y me lleva de la mano hasta el

gran salón, donde brilla el fuego de la chimenea. La imagen resulta de lo

más acogedora. Me acerco y me caliento las manos mientras Eli

prepara bebidas para ambos.

—¿Armañac?

—Por favor.

Al cabo de un momento se reúne conmigo junto al fuego y me

ofrece una copa de brandy.

—Menudo día, ¿eh?

Asiento y sus ojos me miran penetrantes, preocupados.

—Estoy bien —susurro para tranquilizarle—. ¿Y tú?

—Bueno, ahora mismo me gustaría beberme esto y luego, si no estás

demasiado cansada, llevarte a la cama y perderme en ti.

—Me parece que eso podremos arreglarlo, Yazawa-san —le sonrío

tímidamente, mientras él se quita los zapatos y los calcetines.

—Señora Yazawa, deje de morderse el labio —susurra.

Bebo un sorbo de armañac, ruborizada. Es delicioso y se desliza por

mi garganta dejando una sedosa y caliente estela. Cuando levanto la

vista, Eli está bebiendo un sorbo de brandy y mirándome con ojos

oscuros, hambrientos.

—Nunca dejas de sorprenderme, Nozomi. Después de un día como

el de hoy… o más bien ayer, no lloriqueas ni sales corriendo despavor-

ida. Me tienes alucinado. Eres realmente fuerte.

—Tú eres el motivo fundamental de que me quede —murmuro—.

Ya te lo dije, Eli, no me importa lo que hayas hecho, no pienso

irme a ninguna parte. Ya sabes lo que siento por ti.

Tuerce la boca como si dudara de mis palabras, y arquea una ceja

como si le doliera oír lo que estoy diciendo. Oh, Eli, ¿qué tengo

que hacer para que te des cuenta de lo que siento?

Dejar que te pegue, dice maliciosamente mi subconsciente. Y yo le

frunzo el ceño.

—¿Dónde vas a colgar los retratos que me hizo mi amigo el pintor? —digo para

intentar que mejore su ánimo.

—Eso depende.

Relaja el gesto. Es obvio que este tema de conversación le apetece

mucho más.

—¿De qué?

—De las circunstancias —dice con aire misterioso—. Su exposición

sigue abierta, así que no tengo que decidirlo todavía.

Ladeo la cabeza y entorno los ojos.

—Puede poner la cara que quiera, Toujou-san. No diré nada

—bromea.

—Puedo torturarte para sacarte la verdad.

Levanta una ceja.

—Francamente, Nozomi, creo que no deberías hacer promesas que

no puedas cumplir.

Oh, ¿eso es lo que piensa? Dejo mi copa en la repisa de la chimenea,

alargo el brazo y, ante la sorpresa de Eli, cojo la suya y la pongo

junto a la mía.

—Eso habrá que verlo —murmuro.

Y con total osadía —espoleada sin duda por el brandy—, le tomo de

la mano y le llevo al dormitorio. Me detengo a los pies de la cama.

Eli intenta que no se le escape la risa.

—¿Qué vas a hacer conmigo ahora que me tienes aquí, Nozomi?

—susurra en tono burlón.

—Lo primero, desnudarte. Quiero terminar lo que empecé antes.

Apoyo las manos en las solapas de su chaqueta, con cuidado de no

tocarlo, y él no pestañea pero contiene la respiración.

Le retiro la chaqueta de los hombros con delicadeza, y él sigue ob-

servándome. De sus ojos, cada vez más abiertos y ardientes, ha desa-

parecido cualquier rastro de humor, y me miran… ¿cautos…? Su mirada

tiene tantas interpretaciones. ¿Qué está pensando? Dejo su chaqueta en

la otomana.

—Ahora la camiseta —murmuro.

La cojo por el bajo y la levanto. Él me ayuda, alzando los brazos y

retrocediendo, para que me sea más fácil quitársela. Una vez que lo he

conseguido, baja los ojos y me mira atento. Ahora solo lleva esos provo-

cadores vaqueros que le sientan tan bien. Se ve la franja de los

calzoncillos.

Mis ojos ascienden ávidos por su estómago prieto hasta los restos de

la frontera de carmín, borrosa y corrida, y luego hasta el torso. Solo

pienso en recorrer con la lengua el vello de su pecho para disfrutar de su

sabor.

—¿Y ahora qué? —pregunta con los ojos en llamas.

—Quiero besarte aquí.

Deslizo el dedo sobre su vientre, de un lado de la cadera al otro.

Separa los labios e inspira entrecortadamente.

—No pienso impedírtelo —musita.

Le cojo la mano.

—Pues será mejor que te tumbes —murmuro, y le llevo a un lado de

nuestra enorme cama de matrimonio.

Parece desconcertado, y se me ocurre que quizá nadie ha llevado la

iniciativa con él desde… ella. No, no vayas por ahí.

Aparto la colcha y él se sienta en el borde de la cama, mirándome,

esperando, con ese gesto serio y cauteloso. Yo me pongo delante de él y

me quito su chaqueta tejana, dejándola caer al suelo, y luego sus pan-

talones de deporte.

Él se frota las yemas de los dedos con el pulgar. Sé que se muere por

tocarme, pero reprime el impulso. Yo suspiro profundamente y, armán-

dome de valor, me quito la camiseta hasta quedar totalmente desnuda

ante él. Sin apartar los ojos de los míos, él traga saliva y abre los labios.

—Eres Afrodita, Nozomi —murmura.

Tomo su cara entre las manos, le levanto la cabeza y me inclino para

besarle. Un leve gruñido brota de su garganta.

Cuando lo beso en los labios, me sujeta las caderas y, casi sin darme

cuenta, me tumba debajo de él, y me obliga a separar las piernas con las

suyas, de forma que queda encajado sobre mi cuerpo, entre mis piernas.

Desliza su mano sobre mi muslo, por encima de la cadera y a lo largo

del vientre hasta alcanzar uno de mis pechos, y lo oprime, lo masajea y

tira tentadoramente de mi pezón.

Yo gimo y alzo la pelvis involuntariamente, me pego a él y me froto

deliciosamente contra la costura de su cremallera y contra su creciente

erección. Deja de besarme y baja la vista hacia mí, perplejo y sin aliento.

Flexiona las caderas y su erección empuja contra mí… Sí, justo ahí.

Cierro los ojos y jadeo, y él vuelve a hacerlo, pero esta vez yo tam-

bién empujo, y saboreo su respuesta en forma de quejido mientras

vuelve a besarme. Él sigue con esa lenta y deliciosa tortura… frotán-

dome, frotándose. Y siento que tiene razón: perderme en él… es em-

briagador hasta el punto de excluir todo lo demás. Todas mis preocupa-

ciones quedan eliminadas.

Estoy aquí, en este momento, con él: la sangre hierve en mis venas, zumba con fuerza en mis oídos mezclada con el

sonido de nuestra respiración jadeante. Hundo mis manos en su cabello,

reteniéndole pegado a mi boca y consumiéndole con una lengua tan av-

ariciosa como la suya. Deslizo los dedos por sus brazos hasta la parte

baja de su espalda, hasta la cintura de sus vaqueros, e intrépidamente in-

troduzco mis manos anhelantes por dentro, acuciándole, acuciándole…

olvidándolo todo, salvo nosotros.

—Conseguirás intimidarme —murmura de pronto; a continua-

ción, se aparta de mí y se pone de rodillas. Se baja los pantalones con

destreza y me entrega un paquetito plateado—. Tú me deseas, nena, y

está claro que yo te deseo a ti. Ya sabes qué hacer.

Con dedos ansiosos y diestros, rasgo el envoltorio y le coloco el pre-

servativo. Él me sonríe con la boca abierta y los ojos enturbiados, llenos

de promesa carnal. Se inclina sobre mí, me frota la nariz con la suya, y

despacio, con los ojos cerrados, entra deliciosamente en mí.

Me aferro a sus brazos y levanto la barbilla, gozando de la exquisita

sensación de que me posea. Me pasa los dientes por el mentón, se retira,

y vuelve a deslizarse en mi interior… muy despacio, con mucha suavid-

ad, mucha ternura, mientras con los codos y las manos a ambos lados de

mi cara oprime mi cuerpo con el suyo.

—Tú haces que me olvide de todo. Eres la mejor terapia —jadea, y

se mueve a un ritmo dolorosamente lento, saboreándome centímetro a

centímetro.

—Por favor, Eli… más deprisa —murmuro, deseando más,

ahora, ya.

—Oh, no, nena, necesito ir despacio.

Me besa suavemente, mordisquea con cuidado mi labio inferior y

absorbe mis leves quejidos.

Yo hundo más las manos en su cabello y me rindo a su ritmo, mien-

tras lenta y firmemente mi cuerpo asciende más y más alto hasta alcan-

zar la cima, y luego se precipita brusca y rápidamente mientras llego al

clímax en torno a él.

—Oh, Nozomi…

Y con mi nombre en sus labios como una bendición, alcanza el

orgasmo.

Tiene la cabeza apoyada en mi vientre y me rodea con sus brazos.

Mis dedos juguetean con su cabello revuelto, y seguimos así, tumbados,

durante no sé cuánto tiempo. Es muy tarde y estoy muy cansada, pero

solo deseo disfrutar de la tranquila serenidad de haber hecho el amor con

Eli, porque eso es lo que hemos hecho: hacer el amor, dulce y

tierno.

Él también ha recorrido un largo camino, como yo, en muy poco

tiempo. Tanto, que digerirlo resulta casi excesivo. Por culpa de ese es-

pantoso pasado suyo, estoy perdiendo de vista ese recorrido, simple y

sincero, que ha hecho conmigo.

—Nunca me cansaré de ti. No me dejes —murmura, y me besa en el

vientre.

—No pienso irme a ninguna parte, y creo recordar que era yo la que

quería besarte en el vientre —refunfuño medio dormida.

Él sonríe pegado a mi piel.

—Ahora nada te lo impide, nena.

—Estoy tan cansada que no creo que pueda moverme.

Eli suspira y se mueve de mala gana, se tumba a mi lado,

apoya la cabeza sobre el codo y tira de la colcha para taparnos. Me mira

con ojos centelleantes, cálidos, amorosos.

—Ahora duérmete, nena.

Me besa el pelo, me rodea con el brazo y me dejo llevar por el

sueño.

Cuando abro los ojos, la luz que inunda la habitación me hace

parpadear con fuerza. Siento la cabeza totalmente embotada por la falta

de sueño. ¿Dónde estoy? Ah… el hotel…

—Hola —murmura Eli, sonriéndome con cariño.

Está tumbado a mi lado en la cama, completamente vestido. ¿Cuánto

lleva ahí? ¿Me ha estado observando todo ese tiempo? De pronto, esa

mirada insistente me provoca una timidez increíble y me arde la cara.

—Hola —murmuro, y doy gracias por estar tumbada boca abajo—.

¿Cuánto tiempo llevas ahí mirándome?

—Podría estar contemplándote durante horas, Nozomi. Pero solo

llevo aquí unos cinco minutos. —Se inclina y me besa con dulzura—.

La doctora Menma llegará enseguida.

—Oh.

Había olvidado esa inapropiada intromisión de Eli.

—¿Has dormido bien? —pregunta dulcemente—. Roncabas tanto

que parecía que así era, la verdad.

Oh, el Cincuenta juguetón y bromista.

—¡Yo no ronco! —replico irritada.

—No. No roncas.

Me sonríe. Alrededor del cuello sigue visible una tenue línea de pint-

alabios rojo.

—¿Te has duchado?

—No. Te estaba esperando.

—Ah… vale. ¿Qué hora es?

—Las diez y cuarto. Me dictaba el corazón que no debía despertarte

más pronto.

—Me dijiste que no tenías corazón.

Sonríe con tristeza, pero no contesta.

—Han traído el desayuno. Para ti Huevos con tocino. Anda, levanta,

que empiezo a sentirme solo.

Me da un palmetazo en el trasero que me hace pegar un salto y le-

vantarme de la cama.

Mmm… una demostración de afecto al estilo Eli.

Me desperezo, y me doy cuenta de que me duele todo… sin duda

como resultado de tanto sexo, y de bailar y andar todo el día por ahí con

unos carísimos zapatos de tacón alto. Salgo a rastras de la cama y voy

hacia el suntuoso cuarto de baño totalmente equipado, mientras repaso

mentalmente los acontecimientos del día anterior. Cuando salgo, me

pongo uno de los extraordinariamente sedosos albornoces que están col-

gados en una barra dorada del baño.

Mayuri, la chica que se parece a mí: esa es la imagen más perturbadora

que suscita todo tipo de conjeturas en mi cerebro, eso y su fantas-

magórica presencia en el dormitorio de Eli. ¿Qué buscaba? ¿A

mí? ¿A Eli? ¿Para hacer qué? ¿Y por qué diablos ha destrozado

mi coche?

Eli dijo que me proporcionaría otro Audi, como el de todas sus

sumisas. No me gusta esa idea. Pero, como fui tan generosa con el

dinero que él me dio, ya no puedo hacer nada.

Entro en el salón principal de la suite: ni rastro de Eli. Final-

mente le localizo en el comedor. Me siento a la mesa, agradeciendo el

impresionante desayuno que tengo delante. Eli está leyendo los

periódicos del domingo y bebiendo café. Ya ha terminado de desayunar.

Me sonríe.

—Come. Hoy necesitas estar fuerte —bromea.

—¿Y eso por qué? ¿Vas a encerrarme en el dormitorio?

La diosa que llevo dentro se despierta bruscamente, desaliñada y con

pinta de acabar de practicar sexo.

—Por atractiva que resulte la idea, tenía pensado salir hoy. A tomar

un poco el aire.

—¿No es peligroso? —pregunto en tono ingenuo, intentando que mi

voz no suene irónica, sin conseguirlo.

Eli cambia de cara y su boca se convierte en una fina línea.

—El sitio al que vamos, no. Y este asunto no es para tomárselo en

broma —añade con severidad, entornando los ojos.

Me ruborizo y bajo la vista a mi desayuno. Después de todo lo que

pasó ayer y de lo tarde que nos acostamos, no tengo ganas ahora de que

me riñan. Me como el desayuno en silencio y de mal humor.

Mi subconsciente me mira y menea la cabeza. Cincuenta no bromea

con mi seguridad; a estas alturas ya debería saberlo. Tengo ganas de

mirarle con los ojos en blanco para hacerle ver que está exagerando pero

me contengo.

De acuerdo, estoy cansada y molesta. Ayer tuve un día muy largo y

he dormido poco. Y además, ¿por qué él tiene que estar fresco como una

rosa? La vida es tan injusta…

Llaman a la puerta.

—Esa será la doctora —masculla Eli, y es evidente que sigue

ofendido por mi irónico comentario.

Se levanta bruscamente de la mesa.

¿Es que no podemos tener una mañana normal y tranquila? Inspiro

fuerte y, dejando el desayuno a medias, me levanto para recibir a la doc-

tora.

Estamos en el dormitorio, y la doctora Menma me mira con la boca

abierta. Va vestida de modo más informal que la última vez, con un con-

junto de cachemira rosa pálido, pantalones negros y la melena rubia

suelta.

—¿Y dejaste de tomarla así, sin más?

Me ruborizo, sintiéndome como una idiota.

—Sí.

¿De dónde me sale esa vocecita?

—Podrías estar embarazada —dice sin rodeos.

¡Qué! El mundo se hunde bajo mis pies. Mi subconsciente tiene ar-

cadas y cae al suelo en redondo, y sé que yo también voy a vomitar.

¡No!

—Toma, orina aquí.

Hoy está en plan profesional implacable.

Yo acepto dócilmente el vasito de plástico que me ofrece y entro

dando tumbos al cuarto de baño. No. No. No. Ni hablar… ni hablar…

Por favor. No.

¿Qué hará Cincuenta? Palidezco. Se pondrá como loco.

—¡No, por favor! —musito como si rezara.

Le entrego la muestra a la doctora Menma, y ella introduce con cuid-

ado en el líquido un bastoncito blanco.

—¿Cuándo te empezó el periodo?

¿Cómo puedo pensar ahora en esas menudencias, aquí plantada y

pendiente exclusivamente de ese bastoncito blanco?

—Esto… ¿el miércoles? No este último, el anterior. El uno de junio.

—¿Y cuándo dejaste de tomar la píldora?

—El domingo. El domingo pasado.

Frunce los labios.

—No debería pasar nada —afirma con sequedad—. Por la cara que

pones, deduzco que un embarazo imprevisto no te haría ninguna ilusión.

Así que la medroxiprogesterona te irá bien por si no te acuerdas de to-

mar la píldora todos los días.

Me mira con gesto severo y una expresión autoritaria que me hace

temblar. Saca el bastoncito blanco y lo examina.

—No hay peligro. Todavía no estás ovulando, de modo que, si tomas

precauciones, no deberías quedarte embarazada. Pero voy a aclararte una

cosa sobre esta inyección. La última vez la descartamos por los efectos

secundarios, pero, francamente, tener un hijo es un efecto secundario

más grave y dura muchos años.

Sonríe, satisfecha consigo misma y su bromita, pero yo estoy de-

masiado estupefacta como para contestar.

La doctora Menma procede a explicarme los efectos secundarios, y

yo sigo sentada, paralizada y aliviada, sin escuchar ni una sola de las pa-

labras que me dice. Creo que preferiría que apareciera cualquier mujer

extraña a los pies de mi cama, antes que tener que confesarle a Eli

que estoy embarazada.

—¡Nozomi! —me dice la doctora Menma, despertándome de mis cav-

ilaciones—. Acabemos de una vez con esto.

Y yo me subo de buen grado la manga.

Eli despide a la doctora en la puerta, cierra y me mira con

recelo.

—¿Todo bien?

Yo asiento, y él echa la cabeza a un lado con expresión tensa y

preocupada.

—¿Qué pasa, Nozomi? ¿Qué te ha dicho la doctora Menma?

Niego con la cabeza.

—Puedes estar tranquilo durante siete días.

—¿Siete días?

—Sí.

—Nozomi, ¿qué pasa?

Trago saliva.

—No hay ningún problema. Por favor, Eli, olvídalo.

Eli se acerca a mí con semblante sombrío. Me sujeta la bar-

billa, me echa la cabeza hacia atrás y me mira a los ojos intensamente,

intentando descifrar mi expresión de pánico.

—Cuéntamelo —insiste.

—No hay nada que contar. Me gustaría vestirme. —Echo la cabeza

hacia atrás para evitar su mirada.

Suspira, se pasa la mano por el pelo y me mira con el ceño fruncido.

—Vamos a ducharnos —dice finalmente.

—Claro —digo con aire ausente, y él tuerce el gesto.

—Vamos.

Y me coge la mano con fuerza, malhumorado. Va dando largas zan-

cadas hasta el baño, llevándome casi a rastras. Por lo visto, no soy la ún-

ica que está disgustada. Abre el grifo de la ducha y se desnuda deprisa

antes de volverse hacia mí.

—No sé por qué te has enfadado, o si solo estás de mal humor

porque has dormido poco —dice mientras me desata el albornoz—. Pero

quiero que me lo cuentes. Me imagino todo tipo de cosas y eso no me

gusta.

Le miro con los ojos en blanco, y él me hace un gesto reprobador

con los ojos entornados. ¡Maldita sea! Vale… allá voy.

—La doctora Menma me ha regañado porque me olvidé de tomar la píl-

dora. Ha dicho que podría estar embarazada.

—¿Qué?

De pronto se pone pálido, lívido, con las manos como paralizadas.

—Pero no lo estoy. Me ha hecho la prueba. Pero eso me ha afectado

mucho, nada más. Es increíble que haya sido tan estúpida.

Se relaja visiblemente.

—¿Segura que no lo estás?

—Segura.

Respira hondo.

—Bien. Sí, ya entiendo que una noticia así puede ser muy

perturbadora.

Frunzo el ceño… ¿perturbadora?

—Lo que me preocupaba sobre todo era tu reacción.

Me mira sorprendido, confuso.

—¿Mi reacción? Bueno, me siento aliviado, claro… dejarte em-

barazada habría sido el colmo del descuido y del mal gusto.

—Pues quizá deberíamos abstenernos —replico.

Me mira fijamente un momento, desconcertado, como si yo fuera

una especie de raro experimento científico.

—Estás de mal humor esta mañana.

—Me ha afectado mucho, nada más —repito en tono arisco.

Me coge por las solapas del albornoz, me atrae hacia él y me abraza

con cariño, me besa el pelo y aprieta mi cabeza contra su pecho. Me

quedo absorta en el vello de su torso, que me hace cosquillas en la

mejilla. ¡Ah, si pudiera acariciarle…!

—Nozomi, yo no estoy acostumbrado a esto —murmura—. Mi in-

clinación natural sería darte una paliza, pero dudo que quieras eso.

Por Dios…

—No, no lo quiero. Pero esto ayuda.

Abrazo más fuerte a Eli, y permanecemos un buen rato en-

trelazados en ese peculiar abrazo, Eli desnudo y yo en albornoz.

Una vez más me siento desarmada ante su sinceridad. No sabe nada de

relaciones personales, y yo tampoco, salvo lo que he aprendido de él.

Bueno, él me ha pedido fe y paciencia; quizá yo debería hacer lo mismo.

—Ven, vamos a ducharnos —dice Eli finalmente, y me suelta.

Da un paso atrás y me quita el albornoz. Entro tras él bajo el torrente

de agua, y levanto la cara hacia la cascada. Cabemos los dos bajo esa in-

mensa roseta. Eli coge el champú y empieza a lavarse el pelo. Me

lo pasa y yo procedo a hacer lo mismo.

Oh, esto es muy agradable. Cierro los ojos y me rindo al placer del

agua caliente y purificadora. Mientras me aclaro la espuma siento sus

manos sobre mí enjabonándome el cuerpo: los hombros, los brazos, las

axilas, los senos, la espalda. Me da la vuelta con delicadeza y me atrae

hacia él, mientras sigue bajando por mi cuerpo: el estómago, el vientre,

sus dedos hábiles entre mis piernas… mmm… mi trasero. Oh, es muy

agradable y muy íntimo. Me da la vuelta para tenerme de frente otra vez.

—Toma —dice en voz baja, y me entrega el gel—. Quiero que me

limpies los restos de pintalabios.

Inmediatamente abro los ojos y los clavo en los suyos. Me mira in-

tensamente, mojado, hermoso. Con sus preciosos y brillantes ojos azules

que no traslucen nada.

—No te apartes mucho de la línea, por favor —apunta, tenso.

—De acuerdo —murmuro, intentando absorber la enormidad de lo

que acaba de pedirme que haga: tocarle en el límite de la zona prohibida.

Me echo un poco de jabón en la mano y froto ambas palmas para

hacer espuma; luego las pongo sobre sus hombros y, con cuidado, lavo

la raya de carmín de cada costado. Él se queda quieto y cierra los ojos

con el rostro impasible, pero respira entrecortadamente, y sé que no es

por deseo sino por miedo. Y eso me hiere en lo más profundo.

Con dedos temblorosos resigo cuidadosamente la línea por el cost-

ado de su torso, enjabonando y frotando suavemente, y él traga saliva

con la barbilla rígida como si apretara los dientes. ¡Ahhh! Se me encoge

el corazón y tengo la garganta seca. Oh, no… Estoy a punto de romper a

llorar.

Dejo de echarme más jabón en la mano y noto que se relaja. No

puedo mirarle. No soporto ver su dolor: es abrumador. Ahora soy yo

quien traga saliva.

—¿Listo? —murmuro, y mi tono trasluce con toda claridad la

tensión del momento.

—Sí —accede con voz ronca y preñada de miedo.

Coloco con suavidad las manos a ambos lados de su torso, y él

vuelve a quedarse paralizado.

Esto me supera por completo. Me abruma su confianza en mí, me

abruma su miedo, el daño que le han hecho a este hombre maravilloso,

perdido e imperfecto.

Tengo los ojos bañados en lágrimas, que se derraman por mi rostro

mezcladas con el agua de la ducha. ¡Oh, Eli! ¿Quién te hizo esto?

Con cada respiración entrecortada su diafragma se mueve convulso,

y siento su cuerpo rígido, que emana oleadas de tensión mientras mis

manos resiguen y borran la línea. Oh, si pudiera borrar tu dolor, lo

haría… Haría cualquier cosa, y lo único que deseo es besar todas y cada

una de las cicatrices, borrar a besos esos años de espantoso abandono.

Pero ahora no puedo hacerlo, y las lágrimas caen sin control por mis

mejillas.

—No, por favor, no llores —susurra con voz angustiada mientras me

envuelve con fuerza entre sus brazos—. Por favor, no llores por mí.

Y estallo en sollozos, escondo la cara en su cuello, mientras pienso

en un niñito perdido en un océano de miedo y dolor, asustado, abandon-

ado, maltratado… herido más allá de lo humanamente soportable.

Se aparta, me sujeta la cabeza entre las manos y la echa hacia atrás

mientras se inclina para besarme.

—No llores, Nozomi, por favor —murmura junto a mi boca—. Fue hace

mucho tiempo. Anhelo que me toques y acaricies, pero soy incapaz de

soportarlo, simplemente. Me supera. Por favor, por favor, no llores.

—Yo también quiero tocarte. Más de lo que te imaginas. Verte así…

tan dolido y asustado, Eli… me hiere profundamente. Te amo

tanto…

Me acaricia el labio inferior con el pulgar.

—Lo sé, lo sé.

—Es muy fácil quererte. ¿Es que no lo entiendes?

—No, nena. No lo entiendo.

—Pues lo es. Yo te quiero, y tu familia también. Y Tsubasa y Mayuri,

aunque lo demuestren de un modo extraño, pero también te quieren.

Mereces ser querido.

—Basta. —Pone un dedo sobre mis labios y niega con la cabeza en

un gesto agónico—. No puedo oír esto. Yo no soy nada, Nozomi. Soy

un hombre vacío por dentro. No tengo corazón.

—Sí, sí lo tienes. Y yo lo quiero, lo quiero todo él. Eres un hombre

bueno, Eli, un hombre bueno de verdad. No lo dudes. Mira lo que

has hecho… lo que has conseguido —digo entre sollozos—. Mira lo que

has hecho por mí… a lo que has renunciado por mí —susurro—. Yo lo

sé. Sé lo que sientes por mí.

Baja la vista y me mira, con ojos muy abiertos y aterrados. Solo se

oye el chorro de agua cayendo sobre nosotros.

—Tú me quieres —musito.

Abre aún más los ojos, y también la boca. Inspira profundamente,

como si le faltara el aire. Parece torturado… vulnerable.

—Sí —murmura—. Te quiero.


Una gran disculpa por no actualizar en estos ultimos dias n_nU pero la univeridad me tiene corta de tiempo. pero voy a intentar seguir con las actualizaciones de esta semana (Lunes, miercoles y viernes cincuenta sombras) y mañana abra actualizacion de otra historia n_n

De nuevo una disculpa y que tengan una linda noche