Furioso por culpa de la mujer esa, Vegeta se encontró de nuevo en las montañas que le habían visto ganar el poder del Big Bang.

La mujer esa había comenzado a decir cosas sin sentido y sólo después había comenzado a tener sentido —sólo cuando comenzó a decirle que estaba cansada de él—. Al final, había sido bueno que se marchara antes que escuchara las palabras que pondrían fin a la vida de la mujer. Justo antes que ella tuviera tiempo de decir que lo despreciaba; que no era suficiente para ella, que lo quería fuera de su vida o cualquier estupidez humana que buscara romper una unión que sólo la muerte lograría… en el mejor de los casos. Había sayajin que sólo tenían una pareja en la vida, aunque ésta muriera.

"Te amo" había dicho. ¿Qué demonios era eso? ¿Era acaso un nuevo preámbulo para el "te odio"? "Odio" era algo que él comprendía a la perfección. Y eso, a pesar de todo, era algo que no quería escuchar de la boca de su hembra. La mataría antes de permitir que esas palabras salieran de su boca dirigidas a él.

Su desprecio podía soportarlo, su enojo solía ser un afrodisiaco, pero odio… No se lo permitiría.

Expulsó una gran cantidad de ki que logró destrozar la mitad de una montaña. Atacó el aire, luchando contra un oponente invisible que pronto dejó de ser invisible para convertirse en la imagen de Kakarotto.

Cuando cayó al piso agotado, recordó la humillación de su derrota en ese mismo planeta y en su mente resonó la risa de Freeza; burlándose de él, burlándose de su debilidad. Vegeta se puso en pie nuevamente y, con un grito furioso, dejó libre todo el ki que aún restaba en su cuerpo. Aunque la habitación de gravedad lo ayudaba a desarrollar el control fino de sus movimientos, nada se comparaba con la explosión de fuerza que no sólo le permitía medir su nivel de batalla, también lo acrecentaba. Y, eso, no podía hacerlo en un lugar cerrado, uno que destruiría con toda esa casa. La tierra a su alrededor tembló, las montañas se resquebrajaron y grandes partes de rocas cayeron hacia él.

Entrenó usando aquellos proyectiles en caída libre, saltó al aire y entre esquivarlos y destruirlos, llegó a la parte más alta de una montaña que había resistido su poder. Desde allí vio la inconfundible nave en la que Freeza había aparecido en la Tierra, en la que King Cold había viajado también.

Un escalofrío recorrió su espina. Se enojó de inmediato por esa muestra de debilidad y se forzó a ir hasta esa nave. Entró a ella sin un segundo pensamiento.

El diseño general era tan parecido a aquella en la que viajaba como parte del ejército de Freeza que le pareció estar volviendo a esa. Recorrió el pasillo circular y sin mayor complicación localizó la habitación donde guardaban las armaduras. Abrió las puertas para sacar uno de tantos trajes allí guardados. Se cambió de ropa de inmediato. Sintió la diferencia con el traje que la humana había creado y no pudo evitar recordarla retorciéndose en el piso, sujeta por la constricción del traje que había creado. La mirada de súplica que habían tenido sus ojos, el brillo de terquedad, el de furia. El orgullo que había sentido al ser capaz de manejarla a tal grado con unas pocas palabras. El deseo que lo inundó al quitarle aquella ropa de batalla.

Y ella le había construido la habitación de gravedad, sólo por haberla sacado de ese prototipo de traje. Golpeó la pared desquitándose con ella por haber recordado a la mujer. Salió de la habitación buscando la enfermería. Tenía que saber si ésta se encontraba con capacidad de funcionamiento para poder usarla tras sus entrenamientos. Se dirigió en aquella dirección que recordaba y, cuando abrió la puerta, se encontró con el área de comida. Tronando la boca con fastidio, entró y se dirigió directamente a las alacenas de no perecederos. Las raciones líquidas y sólidas empaquetadas estaban guardadas, perfectamente acomodadas. Tomó la primera ración líquida que estuvo a la mano y la bebió. El sabor lo regresó de inmediato a esos días vividos bajo la nave del lagarto rosa.

Se atragantó con la bebida y la aventó al piso aún sin terminarla.

En aquella época, eso mismo le había valido un golpe que casi lo desmaya. "Eres un invitado, pero le quitas a mis soldados lo que requieren para obedecerme", había dicho el lagarto; "los compensarás de otra forma". Al terminar de hablar, lo había tirado de cara al piso, lo había presionado al material con su desagradable pie y había fustigado su nalga derecha con la cola.

Rabioso por la humillación, había luchado. Creyendo que ese había sido el castigo, había sonreído a Freeza con orgullo y arrogancia tras escapar de su captor; estaba completamente equivocado. Lo supo esa misma noche.

La herida aún no había siquiera terminado de sangrar cuando el primer soldado entró a su celda. Sólo hasta que éste lo presionó cara al piso y comenzó a bajarle los pantalones fue que comprendió a qué había ido aquel. Lo mató antes de formularse él mismo la pregunta que le sería respondida después. El segundo soldado de esa noche no tuvo tanta suerte. Murió antes de cruzar la puerta.

La noche siguiente a esa, pasó algo parecido. Rabioso, él había usado su posición de príncipe sayan para ordenar que no volvieran a molestarlo y ese soldado había dicho: "¿Príncipe?, no eres más que el escusado para el semen de cualquier soldado al que le guste ese pequeño culito de mono". Aún recordaba a la perfección esas palabras; aún recordaba la sensación que sus manos tuvieron al arrancar lentamente los órganos de ese débil insecto. La sensación que le dio el torturarlo. Y recordó cada una de las manos que habían demandado usarlo de esa forma tocando la cicatriz para recalcar su posición por marcaje. La sensación de él cercenando manos, arrancando corazones o soltando rayos de energía para demostrar que ni siquiera el lagarto enfermo ese podría dominarlo ni rebajar su posición de realeza. Que ese maldito no decidiría su destino.

Desde entonces no había tenido una sola noche de sueño tranquilo. No hasta las noches al lado de la mujer. Esa mujer que le había besado justo la cicatriz de su humillación; la misma que le había dicho que jamás hablarían de ello. La que no había tocado esa marca una vez más, aunque le encantara pasar las manos por el resto de las que tenía en el cuerpo. Pero ella, también, había querido que él vendiera sexo.

Justo el que le había dicho era una disculpa.

Él no se disculpaba; pero lo había hecho ante ella. Lo había hecho por algo que no debería haberse disculpado: por ser lo que era; por ser un sayajin. Y sus palabras habían sido más que una burla; más que una proverbial bofetada. Habían sido la prueba del cómo lo veía; del cómo lo usaría para su propio beneficio.

¿No había hecho eso tantas veces?

Se le había ofrecido aquella noche en que arreglaba la maquina en ropa interior, cuando el insecto ese estaba por golpearla. En ese momento lo había usado a él para vengarse del débil insecto. Entonces, la mujer le había ofrecido su sexo mientras fingía trabajar, lo había incitado preguntándole desde cuándo no estaba con una mujer. Pero él había demostrado que podía manejarla a ella; que no sería al contrario, ¿no? ¿Sería que había terminado haciendo sólo lo que ella había planeado él hiciera?

Se le había ofrecido cuando lo retó, con las piernas abiertas, para que la montara en ese momento; como si pusiera en tela de duda su masculinidad. Lo obligaba a aparearse con ella para satisfacer su necesidad o para demostrarle el poder que tenía sobre él.

Ella era capaz de burlarse así de él.

Destruyó esa habitación con un exceso de saña en su explosión de ki. Antes de llegar a ese maldito planeta, él había sabido que no podía confiar en nadie. ¿Cuándo lo había olvidado? Furioso por ese olvido desató aun más su ki. Las placas metálicas de la habitación se abrieron ante la fuerza de su energía. Viendo que había destruido la puerta por la que había entrado con esa explosión, y sin querer pasar sobre escombros, salió por el segundo acceso a tal habitación. Cruzó por la que sería la puerta de servicio y se encontró en los pasillos de aquellos que eran más bajos incluso que los soldados de avanzada: los sirvientes. Este pasillo largo lo llevó al hangar de las naves.

Allí había cuatro de esas esferas metálicas. Se abalanzó sobre ellas sólo para descubrir que una de éstas tenía energía suficiente para sacarlo de ese miserable desperdicio de materia negra.

Sería tan fácil olvidarlo todo. Olvidarse de Kakarotto, olvidarse del orgullo que lo sostenía en ese tiempo miserable al que llamaba vida; olvidarse de la batalla anunciada con tales enemigos… después de todo, enemigos fuertes los había por todo el universo —y él no le debía a nadie el proteger esa basura de planeta—. Olvidar que se había atado a la mujer…

"… me pregunto si no eres tú el que se aleja de lo bueno que pasa en tu vida." Recordó las palabras de la mujer.

Ella era tanto una cosa buena en su vida, como una mala. Era la única persona, ahora, que podía manejarlo a su antojo. Por momentos resquebrajaba sus barreras, incluso su voluntad. Lo hacía fuerte, lo hacía débil. Lo calmaba y lo enfurecía. Quería matarla, quería protegerla.

Bulma era su punto débil. Y tenía que exorcizarla de su mente.

Tenía que eliminar por completo todo aquello que lo hiciera débil.

Tenía que matar a la mujer.

Vegeta salió de la nave de aquel reptil para descubrirse en plana noche. Las estrellas fulguraban con mayor intensidad que en la ciudad. Se veían tan cercanas… como si pudiera tocarlas al extender la mano. Se quedó allí parado, con la mirada clavada en el espectáculo nocturno y recordó otra noche en que había hecho justo eso.

Aquella noche había sido despertado por Bulma quien, en vez de alejarse de él, se había quedado sentada a su lado; había apagado la luz de aquella bodega y había comenzado a hacerle preguntas que él no había respondido. Le había preguntado si las estrellas se veían igual en todos los planetas. Como le hubiera gustado contestarle en aquel momento que sólo tras llegar a la Tierra había descubierto que podía ver las estrellas no sólo como soles a millones de kilómetros de distancia, sino como dioses creadores, o como los Orojez las habían visto: los futuros hijos de su civilización.

Los Orojez habían sido una raza avanzada en sus costumbres pero débiles bélicamente, tanto como individuos como en conjunto. Estaban orgullosos de la pacífica civilización que habían logrado con los años; la que él solo había destruido en una noche. Los Orojez lo habían tratado bien desde que llegó, aún llegando como conquistador. Entonces la orden de Freeza había cambiado; ya no quería conquistar ese planeta para él, sino destruir todo sobre su faz para venderlo por sus recursos. Y él había traicionado las palabras de honor con las que se había acercado a esos seres mientras la burla de Freeza sonaba en el fondo de su cabeza como música de fondo.

"¿Por qué?" habían sido las últimas palabras del masul —el rey de aquellos—.

"Porque, hasta que no elimine a Freeza, no soy más que su títere", había respondido al cadáver del masul. Y comenzó la matanza.

En algún lugar de ese cielo estrellado debía estar brillando la estrella que había cerrado los ojos a esa masacre. En ese cielo nocturno brillaban todas las estrellas que habían visto la destrucción de las especies que se beneficiaban por sus rayos; todas las que habían despertado para ver a sus civilizaciones destruidas por él. Y ninguna de esas bolas incandescentes había hecho algo para detenerlo, para proteger a los que mataba. Así de irrelevante era la destrucción de una especie, de una civilización… de un planeta.

¿Por qué, entonces, importaría la destrucción de un solo individuo?

.

El simio idiota no había vuelto a casa en un mes. En todo ese mes ella había estado enojada, rabiosa, deprimida, tiste, feliz, maniaca, pero sobre todo, extrañando la presencia del cretino que le había destrozado el corazón por segunda vez, ¿o eran tres veces ya?

Ella le había ofrecido sus sentimientos más puros, y él había dado media vuelta y se había marchado dejándola con tantas cosas qué decirle. Tantas cosas que arreglar. Él sólo había huido como cada vez que ella daba un paso para acercarse.

¿Por qué tenía que haberse enamorado en tal forma de ese simio poco amaestrado?

En eso, no era mejor que Yamcha. Todos los hombres de los que se enamoraba, terminaban rompiéndole el corazón. Bulma deseaba poder perder ese órgano que le funcionaba tan mal. Deseaba dejar atrás la idea de enamorarse de un hombre que le correspondiera con la misma fuerza e intensidad a los sentimientos que ella tenía cuando se enamoraba. Deseaba dejar de sentir y solamente volcar su vida en el trabajo.

Siguiendo su deseo, fue a su laboratorio personal. La vista del robot asesino que Vegeta había destruido la llevó al piso y a llorar desenfrenadamente.

Estaba destruida por dentro. Se sentía tan sola como nunca se sintió con Yamcha, ni siquiera tras enterarse de su infidelidad.

Abrazó el robot, deseando que fuera el sayajin al que abrazaba, y una oleada de tristeza la embargó de nuevo. Deseó que el arrogante príncipe volviera a ella y terminó burlándose de ella misma. Sabía que él nunca se acercaba; ella era, siempre, la que doblaba las manos y lo buscaba…

Pero, ¿por dónde comenzar esta vez? Sabiéndolo en su casa sólo requeriría unas horas de búsqueda. En ese momento hablaba de un planeta completo para buscar. Sólo Kamisama sabría dónde se encontraría entrenando el poseso.

Si pensarlo un segundo más fue al patio y sacó su nave más rápida de la cápsula correspondiente. Se montó en ella y se dirigió al templo del dios. A mitad del camino reconoció la región por la que pasaba, la casa de Goku estaba cerca. Dudando un segundo entre ambos lugares, se convenció a ella misma de que el simio espacial podría haber ido a retar a Goku y haber sido muerto en la batalla. Ahora preocupada por su pensamiento, cambió el rumbo hacia la casa de Goku.

Cuando aterrizó la nave cerca de la casa, Milk salió por la puerta.

—¿Bulma? —preguntó en cuanto bajó de la nave.

—Hola, Milk —saludó tímidamente. Eran raras las veces que ella visitaba la casa de Goku; y, cada vez, se sentía invadiendo un territorio ajeno—. Perdón por venir sin avisar pero necesito preguntarle algo a Goku.

—Pasa —dijo Milk siempre pendiente a las correctas formas de hospitalidad—. Toma asiento —dijo ofreciéndole la silla del pequeño comedor rústico—. Déjame ofrecerte algo, luces terrible.

—¿Me veo así de mal? —preguntó Bulma asustada.

A toda respuesta, Milk sonrió.

Bulma tomó asiento mientras veía a la esposa de Goku sacar una jarra de la nevera y servir de su contenido en un vaso. Lo puso frente a ella de inmediato y tomó asiento frente a ella.

—¿Quieres algo de comer? —ofreció.

—No te molestes —suspiró ella—. De cualquier forma no se va a quedar en mi cuerpo tanto tiempo.

Milk la vio confundida por sus palabras. Bulma sonrió afectada.

—Vomito todo lo que como, pero no dejo de tener antojo de comer cosas picantes y dulces —dijo fastidiada.

Milk sonrió, se levantó y fue hacia la cocina. En cinco minutos regresaba ya con un plato lleno de arroz y jengibre cubierto en un líquido verdoso. Bulma olió eso y de inmediato tuvo una arcada.

—A mí siempre me ha servido, es una vieja receta que hace maravillas —aseguró Milk.

Bulma tomó el primer bocado por compromiso. La comida bajó por su esófago y el alivio fue inmediato. Atacó el plato como si se hubiera vuelto un sayajin. La sensación de tener comida en el estómago le sentó como gloria. Temió vomitarlo todo en pocos segundos, pero no; la comida se quedó donde debería estar.

—Goku no está, como puedes ver. Está interfiriendo con los estudios de Gohan una vez más —siguió, molesta—. Sólo tiene peleas en la cabeza.

—La panda de amigos, todos, son así —completó Bulma, comprendiendo la molestia de Milk de inmediato y dejándolo traslucir en su tono.

—Sólo quieren pelear y hacerse más fuertes. Lo peor, es que arrastran a Gohan tras sus mismos pasos. Como me gustaría que no metieran a mi hijo en sus cosas —terminó sufriente.

—Si te molesta tanto, ¿por qué sigues con un hombre así? —soltó a quemarropa. Tal vez era justo lo que se preguntaba ella misma. ¿Por qué seguía prendada de Vegeta después que se hubiera ido de tal forma?, ¿después de todo lo que la había hecho sufrir?

Para su sorpresa, Milk relajó el gesto tras su pregunta. Aún se veía así de enamorada de Goku.

—Es mi esposo, y aunque no quiero que Gohan salga a él, Goku es un buen esposo que cumple sus promesas y siempre se esfuerza en todo lo que hace… aunque tenga la retención del teflón.

Bulma se rió ante aquello que era tan cierto en la personalidad de ese sayajin.

—Sí, Goku no es especialmente atento a recordar ciertas cosas. Pero es de las mejores personas que conozco.

Milk asintió en silencio.

—Siempre se puede contar con él cuando es algo importante —siguió Milk—. Y es el único que me trata como una mujer delicada y frágil —confesó con un ligero tinte rojo en las mejillas—. No tengo que fingir ser algo que no soy cuando estoy con él. Hasta mi padre llega a temerme cuando me enojo; pero Goku, es el único que no teme a mi fuerza y mi carácter nunca lo ha alejado de mi lado.

—Lo describes como un hombre maravilloso.

—Lo es, aunque me haga perder la paciencia tan frecuentemente.

Bulma se rió al mismo tiempo que Milk, sabía a la perfección lo que ella decía.

—O que haga que otros se preocupen por él y por sus heridas, por su vida y por lo que le pasa —completó Bulma.

—Así es —asintió Milk—; pero ya no estás hablando de Goku, ¿verdad? —terminó con una nota de sabiduría en la voz.

Bulma sintió sus mejillas arder.

—¿De quién más podría estar hablando? —respondió para evitar contestar a eso.

—¿De Yamcha? —ofreció Milk con cierto tono de confidencia.

—No, no —dijo Bulma de inmediato, sorprendida por que Milk sacara a Yamcha al tema, mientras agitaba las manos frente a ella para ser más enfática en su negativa.

Milk sonrió como si la negativa de Bulma confirmara de quién hablaban. Bulma suspiró como si derrotada; la verdad es que le convenía más que Milk pensara que hablaba de Yamcha y que no supiera que lo hacía de Vegeta.

—Bulma —comenzó Milk de nuevo, dándole un respiro—, en mi matrimonio aprendí que tenía que dejar que el hombre hiciera lo que tuviera que hacer; que yo tenía que dedicarme a mi casa y a mi familia y que tengo que aceptar a mi familia como es y no tratar de cambiarla.

—¿Y Gohan? —preguntó Bulma confundida. Eso no sonaba a "aceptar a su familia como era sin tratar de cambiarla".

Milk sonrió ligeramente afectada, ligeramente apenada.

—Gohan es un niño y apenas está formándose para ser un adulto. Sólo quiero que tenga la oportunidad de ser alguien importante para el mundo, y de ser reconocido no por su fuerza bruta sino por su intelecto. Si llega el día en que como adulto decida inclinarse por las batallas, no voy a detenerlo; pero sabré que fue una decisión que él tomó por gusto y no porque no tuviera otra opción.

—Nunca lo había visto así —admitió Bulma.

—A todos parece que se les olvida que yo también sé luchar —dijo Milk con una sonrisa molesta—. Conozco la adrenalina de las peleas, el gusto por los enfrentamientos; Gohan lo lleva en la sangre por parte del padre y de la madre. Sólo me gustaría que Gohan tuviera las oportunidades que ni Goku ni yo tuvimos.

—Milk… —comenzó Bulma, pero estaba sin palabras. Nunca había hablado con ella de esto y, ahora que lo hacía, se daba cuenta de que a su manera, era igual de maravillosa que Goku. Que ese par era, en verdad, el uno para el otro—. ¿Puedo hacerte una pregunta… personal?

Milk la miró con extrañeza, pero asintió en silencio.

—¿Cómo soportaste la muerte de Goku? Que no estuviera a tu lado tanto tiempo.

Milk sonrió con cariño.

—Porque tenía a Gohan. Sabía que tenía que ser fuerte para él, mostrarle que podíamos salir adelante… así como tú tienes que salir adelante por el bebé que llevas en el vientre.

Bulma se sorprendió tanto como se asustó por las palabras de Milk. Ella, ¿embarazada? No podía ser. Bajó la vista al plato de arroz que había devorado y tragó saliva con fuerza. ¿Era eso lo que le había estado pasando? ¿No era simplemente su periodo retrasado por el estrés que el doctor Cretino le había causado en la cumbre de tecnología? No podía ser. Desde que estaba con su ex, ella había comenzado a tomar precauciones de esa índole… ¿podía ser que no hubieran servido al ser él un extraterrestre? ¿Sería una reacción de la química humana con la química sayajin?

—Me pasaba lo mismo cuando estaba embarazada de Gohan —siguió Milk, maternalmente—. No te preocupes. Yo no diré nada; es tu derecho decirle a Yamcha tú misma. No se lo diré ni siquiera a Goku, si se entera él, todo el mundo lo sabrá en un abrir y cerrar de ojos. Kamisama sabe que mi esposo no puede guardar un secreto aunque de ello dependa la vida sobre este planeta.

Bulma se sintió terrible ante la mención de Yamcha, de permitir que alguien creyera que ese pequeño bebé —si en verdad era un bebé y no una úlcera en su estómago— fuera de otro hombre y no del verdadero padre. Porque, si en verdad estaba embarazada, el bebé era hijo de Vegeta. Llevó sus manos al vientre que estaba tan plano como siempre lo había estado. Tragó saliva con fuerza y sintió un puño de hierro apretando sus entrañas. Por un segundo creyó que ese puño de hierro era el de Vegeta obligándola a deshacerse del bebé. Él, borrando cualquier lazo que tuviera con una raza a la que veía tan inferior a la suya. Odiando a un hijo que no fuera de sangre sayajin pura.

Sintió la mano de Milk sobre su hombro. El toque, aunque la sorprendió, se sentía reconfortante.

—Voy a mantener tu secreto; pero eso no quiere decir que no puedas venir a hablar conmigo cuando lo necesites. Si me lo permites, te ayudaré en lo que quieras.

—Gracias —dijo Bulma con lágrimas asomándose en sus ojos—. Yo… estoy asustada —admitió.

—Serás una madre genial —la tranquilizó Milk—. Para saberlo sólo hace falta ver cuánto te preocupas por esos amigos obsesionados con los pleitos.

Bulma rió entonces, Milk la siguió tras el comentario.

—¿Quieres más arroz? —preguntó Milk.

—Sí, claro. Es lo primero que mantengo en el estómago desde hace semanas.

Mientras Milk iba por la comida ofrecida, Bulma se quedó pensando en la posibilidad de que las palabras de Milk fueran ciertas. Ella, teniendo un bebé… que un pequeño sayajin estuviera creciendo dentro de ella. Que el padre de la criatura lo deseara muerto… que lo aceptara. ¿Qué pasaría entonces?

¿Qué haría Vegeta cuándo se enterara? Si es que volvía.

¿Y si no lo hacía?

—¡Milk! —gritó Goku abriendo la puerta inconsciente a que asustaba a ambas mujeres—. ¿Qué hay para cenar? Muero de hambre.

—¡Goku, cuida tus modales! —gritó Milk—. Tenemos visitas.

Goku vio a su alrededor hasta ver a Bulma justo frente a él, sentada a la mesa.

—Bulma —dijo sorprendido—. ¿Qué haces aquí?

—Goku, ¿has visto a Vegeta? —preguntó directa al punto.

—¿Vegeta? ¿Por qué preguntas por él? —preguntó a Bulma mientras reía y veía a Picoro, que estaba cruzando la puerta con Gohan tras sus talones.

—Estoy preocupada por él —respondió a regañadientes.

—No está destruyendo el planeta, si eso es lo que te preocupa —terció Picoro antes que Goku abriera la boca.

—Supongo que eso es bueno —dijo Bulma decepcionada.

Goku, habiendo perdido interés en todo una vez Picoro evadió el tema de Bulma y Vegeta juntos, olió el aroma de la comida en la casa.

—Huele a arroz con jengibre —dijo Goku, emocionado—. ¿Vamos a cenar eso?

—A ustedes les preparé carne —respondió Milk tratando de cambiar el tema de conversación—. Es tu platillo favorito, lo preparé con…

—Esto lo comías cuando estabas embarazada de Gohan, ¿no? —soltó Goku sin pensar—. ¿Estás embarazada?

Milk vio en Bulma el terror de ser descubierta, probablemente ella tenía el mismo gesto en la cara.

—Y cuando me siento mal del estómago —mintió Milk de inmediato—. ¿Cómo quieres que no me enferme de preocupación cuando te llevas a Gohan a entrenar haciendo que olvide sus estudios? —recriminó entonces—. Siempre interrumpes sus estudios. Se está atrasando muchísimo y a ti no te importa más que pelear. Estás arruinando la vida de Gohan y no te importa…

—Pero Milk —sonó desesperado Goku—, si los androides acaban con la Tierra, de cualquier forma los estudios no le servirán a Gohan…

—¿¡Cómo te atreves a decir eso, Goku!? —gritó Milk de inmediato.

Bulma escapó de esa cocina en el momento en que supo que Milk había dejado de distraer a Goku del tema y había comenzado a gritarle en serio por sus palabras. Ahora comprendía el porqué la mujer estaba tan obstinada en que Gohan estudiara. Aunque Goku tuviera cierta razón en una cosa: si no acababan con esos androides, de nada servirían los estudios de Gohan… o de nadie más.

Frente a su nave ya, Bulma volteó el rostro hacia la casa de Goku y Milk. Sonrió sinceramente y susurró un "Gracias" a Milk. Entonces se marchó con una nueva misión en mente: saber si realmente estaba embarazada.