Hola de nuevo. Como se habrán dado cuenta, agregué a otros personajes, entre ellos a Mahad y a Shada. También les comunico que en estos momentos ya existen los articulos del millenium, por lo que de ahora en adelante saldrán un poco. Pero sólo un poco, porque todavía no son tan importates. Sé muy bien que en la historia de Kasuki Mahad y Atem eran buenos amigos, pero aquí lo necesitaba más como tutor que como amigo.

Y también agrego que si bien hablo de todos los personajes, no entro mucho en detalles sobre ellos, ¿la razón? Sólo es un breve esbozo de la vida de cada uno.

Y por favor, no les cuesta nada dejar un review, por pequeñito que sea. Vale incluso si es una crítica o si de plano ni les gusta. Sólo háganmelo saber, por favor...

Amara Aimery


-Liey, Liey… -llamaba Mana en voz baja, temerosa de que alguien más la siguiera-. ¿Dónde estás, pequeño demonio?

Se encontraba en el vestíbulo del palacio, cuando Mahad se había descuidado de ella. Deseosa de encontrar a su hermana para consolarla a toda costa… el problema era que la niña había desaparecido sin dejar rastro.

-Li… ¡Ah! –exclamó cuando ella y un despistado príncipe se cruzaron a medio camino, chocando y cayendo al piso.

-¡Eh! Cuidado con el príncipe –exclamó uno de los guardias que cuidaba de Atem mientras le ayudaba a levantarse.

-No ocurrió nada malo –sonrió el niño hacia su amiga, guiñándole un ojo-. Ahora, les rogaría que nos dejaran solos, por favor.

Los dos guardias volvieron a verse de frente, derrotados. Siempre eran mandados lejos cuando el príncipe tenía asuntos pendientes de suma importancia… o tenía que hablar con su amiguita. Se alejaron en silencio.

-Mana…

-¿Has visto a Liey? –la voz de Atem y su alegre saludo fue rápidamente cortada por la preocupación de la chica, quien se fue sobre él para acosarle a preguntas-. ¿Sabes en dónde puede estar?

El príncipe la miró de hito a hito con la boca abierta hasta que un rubor le subió por las mejillas y sus ojos se tornaron más profundos.

-¿Quieres… quieres decir que no sabes en dónde anda mi hermana? –su voz se tornó débil a causa de la impresión, pero no esperó ni a que Mana asintiera porque comenzó a correr hacia la salida del palacio.

-Espera, Atem –gritó la niña tras él, intentando alcanzarle en su carrera, pero el niño pareció no escucharla. Al contrario, aceleró su carrera hasta traspasar las puertas del vestíbulo, pero de ahí en fuera no supo el rumbo a tomar.

Mana le alcanzó con el corazón saliéndose del pecho y se desplomó a su lado.

-Ya… volverá… -jadeó Mana desde su posición.

Atem no le respondió, sino que se quedó viendo al cielo con la mandíbula tensa y los puños apretados. Mana guardó silencio ya que no quería ser partícipe de su furia ni quedar fulminada por sus ojos violetas. Acto seguido el chico echó a andar hacia la ciudad que se extendía bajo sus pies ante las protestas de su amiga, cuidando que ningún guardia les viera bajar aun si por ello tenían que caminar entre la maleza al lado del camino de entrada.

-Si alguien quiere dañar al faraón puede hacerlo a través de ti –sollozó su amiga, jalando de su ropa-. No hay nadie que nos proteja.

-Si tanto miedo tienes, regresa al palacio –replicó él, decidido a continuar-. Si mi padre decide castigarme estarás a salvo.

Mana se quedó muy atrás, parada ante la brutalidad de sus palabras.

-No me preocupo por mí, sino por ti –exclamó ella, dolida. Corrió nuevamente para alcanzarle-. Sabes bien que tú eres lo más importante para Egipto, para mí –se sonrojó violentamente, pero su amigo no pudo ver su reacción.

-No tenemos por qué preocuparnos –le respondió Atem con una sonrisa, volviéndose a mirarla-. Nuestro grupo de rescate tiene a una bruja entrenada por la Casa del Cambio y a un aprendiz de espadachín.

-Por eso me preocupo –lloriqueó ella, a su lado ya-. No, no por ti –se apresuró a aclarar ante la mirada ceñuda de su amigo-. Sé que eres un excelente alumno. Temo por mí, que soy pésima con los hechizos como tú comprenderás.

La risa franca de Atem logró hacer que sus preocupaciones se olvidaran por unos momentos. A su alrededor había personas que les miraban sorprendidos, pues aunque algunos no reconocieron al príncipe de Egipto porque raras veces salía del palacio caminando, el que una única joven le acompañara y sus ricos ropajes les sorprendían.

-Ahora sólo falta encontrar a Liey –susurró él, consciente de la mirada de las personas. Siguieron caminando muy juntos, viendo los pocos negocios que habían abierto, dejándose llevar por las calles principales por las cuales era más fácil encontrar a Liey sin ser atacados.

Iba oscureciendo lentamente, pero aún así la luz solar se les escapaba a cada momento que pasaba, retándoles a proseguir antes de que la noche les atrapase en sus garras llenas de tinieblas y de peligros.

-Supongo que ya ha de estar en el palacio –susurró Mana cuando las sombras comenzaban a tocar la tierra y se deslizaban sobre ella-. Ya ha pasado una hora desde que salimos…

-Sí, creo lo mismo –le contestó su amigo con un débil susurro. Las calles estaban desiertas, con unos pocos transeúntes vagando por ellas. Un joven de melena blanca les miraba desde una esquina mientras que una mujer de ojos amenazadores no les quitaba el ojo de encima.

Siguieron caminando como si nada, apresurándose en la dirección contraria para llegar al palacio. Pero al mismo tiempo la mujer les seguía, apartada, pero les seguía. En sus ojos brillaba la amenaza.

-Métete por aquí –le ordenó Atem a Mana, guiándola por una calleja de aspecto solitario, iluminada por los rayos de un sol moribundo.

-Se ve tenebroso –protestó, pero aún así entró seguida por su amigo.

-Llegaremos más pronto a palacio si tomamos un atajo… -la confianza de Atem se vio seriamente minada cuando, por el otro extremo, un grupo de hombres encapuchados entró y se apresuró a rodearlos.

-Oh –gimió Mana cuando Atem volvió a tirar de su mano hacia el lugar por el que habían entrado, parando ex abrupto cuando otros tres hombres les cortaron el camino.

Ambos amigos se vieron rodeados por siete hombres armados con una pequeña espada, con los rostros cubiertos por un velo negro. Atem se llevó la mano hacia su propia espada, larga y maciza, listo para atacar de ser necesario. Al ver su reacción, los hombres rieron a carcajadas.

-¿Qué puede hacer un niño contra nosotros? –se burló socarronamente uno que tenía voz de trueno, intimidatoria.

-¡Aléjense de nosotros! –ordenó Atem, poniendo más valor en sus palabras del que realmente sentía. Los dos amigos caminaron hacia el centro del círculo, juntos.

-Mira, la nena quiere llorar –otro señaló a Mana, quien, aterrorizada, se ocultaba detrás de su amigo.

-Tranquilos –pidió el que parecía ser el líder del grupo a los dos chicos, pero aún así su voz se les antojó más amenazante, a pesar de su tono tranquilizador, que la postura de ataque de todos los demás-. Dentro de poco nadie les podrá dañar –canturreó tranquilamente.

-¿Qué quieres decir? –exigió saber Atem, poniendo a su amiga contra la pared y su espalda para protegerla.

-En el Reino de las Sombras no hay nada que temer –se carcajeó otro ante la mirada burlona del resto.

Un juego sombrío –pensó Atem y el miedo tomó forma en su mente. Aún así, logró rechazarlo para poder atacar mejor a los hombres.

-Las espadas no pueden contra la magia –dijo el líder-. Ríndanse, les prometemos que nadie ni nada les causará dolor, mi príncipe.

Oh, saben quién es –pensó con desesperación Mana-. Piensa, Mana, piensa, ¿qué puedes hacer tú? –en eso su mente se iluminó con lo obvio-. ¡Magia contra magia!

Se separó de la espalda de su amigo y se puso en la posición de defensa que mejor se sabía, sin que al parecer los hombres o Atem lo notaran.

-Cia anoma loe –susurró, girando su muñeca y dando un paso hacia adelante, hacia el que se encontraba a la derecha de su amigo. Una pequeña esfera de energía surgió de su mano y se impactó contra el pecho de su atacante, ocasionándole un leve dolor que le hizo rugir, enfadado.

-¡Atrápenla! –gritó el líder cuando dos hombres se arrojaban sobre la niña.

-¡Mana! –gritó Atem, corriendo hacia su amiga para quitarla del camino de sus atacantes.

Pero la niña, mucho más desesperada que su amigo, recordó la lección del día, especialmente diseñada para que aprendiera a lanzar rayos de poder capaces de incapacitar a los agresores.

Cuando terminó el movimiento y lanzó hacia adelante su mano, directo al líder, un rayo que les pareció a todos resplandeciente impactó contra la cabeza del hombre, provocando que el individuo se desmayara sobre la fía superficie del callejón.

Mana se sorprendió a sí misma, pero aún más sorpresa obtuvo cuando intentó replicar su hazaña y simplemente no pudo hacerlo.

-Bien, Mana –aceptó Atem cuando rechazaba varios ataques dirigidos contra ellos por otros individuos.

-¡Cuidado, príncipe! –gritó Mana cuando un hombre estaba por dar un golpe a Atem por la espalda, intentando lanzar un hechizo que no salía o que era repelido al chocar contra la espada del hombre.

-¡No a mi hermano! –un rayo aún más intenso que el que había salido de las manos de Mana se impactó contra la mano del individuo con la cual planeaba golpear la cabeza del chico.

Enseguida ambos amigos volvieron a estar juntos y los hombres se retiraban ante los hechizos que una figurita lanzaba desde la boca del callejón por la cual los dos amigos habían entrado. Cuando todos hubieron desaparecido, Liey les alcanzó jadeando y jalando de ellos hacia el palacio.

-¡Liey! –gritó Mana, feliz por haber encontrado a su hermana.

-¡Cállate, que nos van a descubrir! –la princesa le tapó la boca con una mano mientras que con la otra agarraba su báculo con fuerza-.

Atem iba a su lado, pero su silencio mortal hizo que voltearan a buscarle más de una vez. Antes de llegar al palacio pudieron ver, ocultos en las sombras de la recién caída noche, como varios grupos de guardias, armados, se dirigían directo hacia la calleja donde todo había ocurrido.

Fue ahí en donde Atem jaló a su hermana con firmeza y la miró directamente a los ojos.

-¿Dónde estabas? –espetó con furia, logrando que Liey abriera desmesuradamente sus ojos grises con temor.

-Fui por ahí –señaló hacia abajo, hacia el corazón de la aldea.

-No tenías por qué haber salido –volvió a reprenderle su hermano.

-Pero yo quería salir –se quejó ella, jalándose para liberarse-.

-¿Para qué? ¿Acaso querías vivir una aventura? –Mana intentó liberar a su amiga de la presa de su amigo, pero sin éxito aparente. Ante el mutismo de Liey, Atem zarandeó su mano-. ¡Respóndeme!

La mirada de la niña se perdió en el cielo, mirando hacia lo alto mientras una lágrima escapaba de sus ojos.

-He tirado una flor al Nilo, para que mamá la recoja –contestó en voz baja.

Toda la furia de Atem se desvaneció ante la sinceridad de su hermana. La abrazó con fuerza, intentando reconfortarla.

-No vuelvas a irte sin avisarme antes, por favor –pidió él, tomándola de la mano y quitándole su báculo para llevarlo él.

Siguieron caminando en silencio y se colaron por el palacio al amparo de la maleza y de las sombras, llegando al jardín. Ahí se sentaron sobre el verde pasto y suspiraron de alivio al sentirse a salvo de los atacantes encapuchados de la noche. Comparado con ellos, la furia de Akunankanon, inclusive contra Liey, era un juego de niños.

-¿Por qué fueron a buscarme? –preguntó la princesa después de un rato de silencio incómodo-. Pudieron esperarme, así nadie les hubiera atacado.

Mana y Atem se miraron, incómodos. Al final fue ella quien decidió responder.

-Pensamos que algo malo podría ocurrirte –bajó la cabeza.

-Fue muy noble de su parte –Liey sonrió, pero al momento su sonrisa se borró de su rostro-. Sin embargo, también fue estúpido.

-Lo estúpido fue que salieras tu sola –le recriminó Atem, fulminándola con la mirada.

-Nope –negó ella, con un rastro de buen humor en su mirada-. Ya he salido otras veces del palacio… y nadie me reconoce ni sabe que soy una princesa. Así que, por mi parte, no hay peligro.

-No, si no tomamos en cuenta tus ropas –se quejó Mana, pensando en la manera por la cual todos habían reconocido a Atem en el pueblo.

-Es por eso que me cambie –Liey se encogió de hombros, mientras señalaba la ropa remendada que tenía por jugar demasiado a la orilla del río, entre los espinos-. Pero, dime –le pidió a su hermano-. ¿Por qué estabas tan preocupado?

Pasaron los minutos antes de que el príncipe se dignara a contestar la pregunta de su hermana.

-Zorc huyó una noche tormentosa, hace tres años –susurró al fin, con un estremecimiento-. Desde entonces nuestro padre ha enviado a varios a buscarle, sin éxito. Todos creemos que ha… -cayó, decidido a no decirle más cosas tristes a su hermana que ya de por sí sufría por su madre. ¡Cómo se habría sentido la noche, en pleno aniversario de vida, cuando su hermano favorito la había dejado sola!

Permanecieron en silencio un buen rato más.

-Zorc lo tenía planeado desde hacía tiempo –contestó ella, dolida-. Aunque no me contara sus planes, lo veía en sus ademanes. Cada gesto, cada palabra, la decía con la entonación de una despedida –cerró sus ojos con fuerza, intentando deshacerse de tan malos recuerdos-.

Mana no sabía que decir ante los sentimientos encontrados de sus amigos. Ahora se encontraba con la tristeza que tanto Atem como Liey tenían en su corazón.

-Creí que te irías –susurró su hermano, llorando de tristeza-. Creí que no volvería a verte… eso me impulsó a buscarte allá.

-Yo jamás te dejaría –le respondió Liey con una alegre sonrisa-. Seré la mejor maga que el reino haya conocido jamás –agregó, llena de orgullo-. La mejor, al servicio del faraón –miró a su hermano con ternura-. Y tú serás el siguiente faraón, el mejor de todos y yo, tu fiel maga.

Los tres amigos se abrazaron y, después de un rato, Atem sonrió contra la luna. De sus ropas sacó un objeto que puso en las manos de Liey con cuidado. Cuando la princesa abrió sus manos para ver de qué se trataba, una exclamación de asombro surgió de sus labios.

-¿Un collar? –preguntó, indecisa-. Hoy es el aniversario de muerte de nuestra madre y tú me das un collar –le regañó con tristeza, mirando con ojos tristes el collar que le obsequiara su hermano.

Mana y Atem negaron con una sonrisa de alegría en los labios.

-Pero hoy también es tu día, bueno, tu noche –le sonrió su hermano.

-¡Feliz aniversario de Vida, princesa! –la abrazó Mana mientras le podía su hermoso collar en el cuello. Mientras tanto Atem la miraba con tristeza y con alegría a la vez, feliz porque su madre, antes de morir, le hubiera dejado a esa pequeñuela con él para que se cuidasen mutuamente.

-Gracias –volteó para mirarlos fijamente con lágrimas en los ojos-. A los dos –agregó sonriente.

-Ahora tu también tienes algo colgado del cuello –bromeó Atem, sosteniendo con su mano derecha al rompecabezas del millenium.

-Sí, pero lo de ella pesa menos –terminó Mana antes de que los dos hermanos comenzaran a discutir.


El siguiente capítulo será más extenso, del mismo modo que aparecerá otro personaje en la historia.