I want to dedicate this chapter to my beloved Raix ;) You will know why...
9. Encuentros en la primera fase
Los tres caballeros de oro recorrían el largo sendero que conectaba el Tribunal de los Muertos con el primer templo de los jueces, aquel que correspondía al Wyvern, la Caína.
Dentro del susodicho lugar, el inglés se hallaba encerrado en su despacho, trabajando arduamente, repasando papiros y amontonándolos por toda la mesa, rubricándolos para que la entrega fuera lo más rápida posible. Cada montón de papeles tenía un destino diferente.
Para tener tal eficacia en su trabajo, había ordenado a todos sus subordinados que sólo entrasen en aquel lugar cada media hora, llevándose los papiros que eran necesarios.
Y una manera que tenía de asegurarse de que sus órdenes eran cumplidas era teniendo un cronómetro sobre la mesa. Si alguno de sus subordinados se atrevía a molestarle, sería inmediatamente castigado con una severa tortura en los calabozos.
Radamanthys estaba inclinado sobre la mesa, repasando minuciosamente cada dictamen emitido en el Tribunal, anotando en un lado las dudas o firmando la sentencia si estaba de acuerdo con el destino final del condenado.
Llevaba horas ahí enclaustrado, y su espalda comenzaba a resentirse por momentos. Se reclinó hacia atrás en la silla y arrojó la pluma de cuervo sobre la mesa, para posteriormente poder estirar los brazos. Movió el cuello de un lado a otro y se mesó el cabello rubio, resoplando con cansancio.
Permaneció unos segundos con los ojos cerrados para descansar, cuando escuchó unos rápidos pasos y la doble puerta de su despacho abrirse, mientras se internaban sus lugartenientes.
— ¿Qué os he dicho de entrar en tromba aquí?— rugió el inglés, frunciendo el ceño—. ¡Valentine, Sylphid! ¡Exijo una explicación!
Los dos espectros comenzaron a hablar atropelladamente, por lo que su superior no entendía nada. Alzó la ceja y volvió a cerrar los ojos, apretando la mandíbula aguantando las ganas de golpearles.
— ¡Más despacio idiotas!— gruñó el inglés, haciendo crujir sus nudillos. Estaba dispuesto a darles una buena tunda si no eran capaces de calmarse.
— ¡Que los guardias de Hades están aquí!— consiguió decir Valentine, al tiempo que Sylphid seguía añadiendo detalles del encuentro.
El semblante de Radamanthys pasó de estar enfadado a preocupado, con cierto tono de nerviosismo.
— ¿Cómo es que están aquí?— preguntó el juez—. ¿Ha despertado nuestro señor de su siesta mensual ya?— dijo mirando a todos lados y preparándose para el encuentro—. Vale, no nos agobiemos, vamos a…
—Pero señor— pidió permiso el belga, alzando la mano—, es que no sabemos por qué están aquí. Al señor Hades le quedan aún más de dos semanas para despertar…
El Wyvern dejó de dar vueltas por la habitación y frenó en seco. Miró el calendario y, al ver la fecha, suspiró aliviado.
—Por un momento creí que había olvidado… ¡Eh!— exclamó Radamanthys, al ver pasar tres figuras por delante de la puerta—. ¡Vosotros, alto ahí!
Aquellas tres figuras eran nada más y nada menos que Camus, Milo y Deathmask. Con el revuelo montado tras identificarse como sirvientes personales de Hades, los tres habían decidido cruzar el templo al ver que los dos guardianes habían desaparecido al interior del mismo.
Los tres fueron a cruzar por delante del despacho, pero Radamanthys les llamó la atención.
—Mierda…—murmuró Deathmask—. Tenía que estar aquí el Unicejo…ya casi lo teníamos…
Milo le dio una patada disimuladamente bajo la capa y el caballero de Cáncer gruñó una maldición en italiano, mientras que Camus dejaba de caminar.
El Wyvern observó a los tres encapuchados y miró con suspicacia su comportamiento. Aguardó unos segundos antes de acercarse a ellos.
Recogió uno de los montones de papeles y caminó en su dirección.
Por lo bajo, el caballero de Acuario pidió que ellos mantuvieran la cabeza agachada frente al Wyvern, en señal de sumisión y para evitar que pudiera reconocer sus rostros o sus voces, pero al girar la cabeza hacia el lugar donde estaba el inglés, Camus abrió la boca fascinado.
Aquel despacho tenía las paredes forradas de estanterías repletas de libros, y en un atril, junto a la ventana que estaba tras la enorme mesa de caoba donde el Wyvern había estado sentado todo el día, un incunable.
—Por todos los dioses…—murmuró el francés, babeando por querer ir a ver de qué libro se trataba—. ¡Y encima de la mesa tiene el manuscrito Voynich!
— ¿Decía algo, señor?— preguntó Radamanthys al escuchar unos susurros ininteligibles provenientes del líder de esa siniestra comitiva—. Siento mucho la tardanza en entregarle estos papeles, no era mi intención— se excusó rápidamente el juez, tragando saliva.
Camus escuchó cómo Milo le gruñía por lo bajo una maldición, porque se había quedado pasmado viendo la biblioteca del Wyvern.
El inglés agachó la cabeza al escuchar aquel gruñido y repitió de nuevo su perdón, insistiendo en que no volvería a suceder, extendiendo los papeles al francés, quien seguía entusiasmado repasando el lugar.
Al ver que no hacía caso, el caballero de Escorpio hizo brotar el aguijón en su dedo y con él pinchó a su compañero, quien reaccionó liberando una ráfaga helada dirigida a las manos del juez del Inframundo.
Radamanthys aguantó estoico el intenso frío, mientras permanecía en la pose de entregarle los papeles.
Camus recuperó la compostura y alargó los brazos cubiertos con armadura oscura, recogiéndolos rápidamente. Despúes, giró la cabeza hacia el pasillo y prosiguieron caminando, dejando atrás a los espectros.
Al irse, Radamanthys percibió un olor extraño. Tenía las manos congeladas y encendió su cosmos para deshacerse de la cubierta de hielo.
Detrás de él Valentine y Sylphid se habían quedado abrazados ante tal encuentro, temiéndose lo peor.
El juez se giró hacia ellos y resopló aliviado, no sin sentir cierta inquietud.
—Menos mal que ya se han ido, ¿eh jefe?— se atrevió a decir el Basilisco—. No recordaba el mal rollo que me daban…
Radamanthys lanzó una mirada a sus dos subordinados, mientras se frotaba las manos.
—Azrael…no recuerdo que olieras a perfume de diseñador—murmuró el Wyvern por lo bajo—. Valentine, Sylphid…seguid a esos tres…
Los dos lugartenientes se sobresaltaron ante tal petición.
—Mi señor— fue a decir el chipriota—, si el señor Hades…
—El señor Hades está durmiendo— cortó tajante el juez—, y ahora es vulnerable…he dicho que sigáis desde una distancia prudencial a los sirvientes de nuestro señor. Si realmente lo son…
Un brillo rojizo destelló en los iris ambarinos del Wyvern, antes de darse la vuelta y regresar a la firma de documentos.
Cuando cruzaron el templo de la Caína, Milo miró a sus dos compañeros.
— ¿Estáis tontos o qué?— estuvo a punto de gritar el griego—. Os recuerdo que tenemos que darnos prisa porque hay dos compañeros en apuros, por lo que si no os importa, me gustaría poder terminar esta misión vivo—primero miró a Deathmask—. Centollo de vertedero, deja ya de murmurar estupideces por lo bajo, simplemente cállate o te coso la boca y tú— dijo señalando a su amigo—, que se supone que eres el mente fría del grupo, has actuado irresponsablemente, al actuar exactamente de la manera que nos ordenaste que no debíamos hacer.
—Bueno Escorpión Mugriento, tampoco hace falta que te pongas así— se quejó el italiano, tratando de quitarle hierro al asunto, pero sus palabras enfurecieron aún más al griego.
— ¿Tengo que repetirte que tanto Jabu como Shaina están en peligro de muerte si no regresamos con pelos de Hades pronto?— dijo agarrando al siciliano de la túnica por el cuello—. No pienso irme del Inframundo sin llevarme un pelo de ese dios, aunque sea de sus huevos.
— ¿Y desde cuándo te importan esos dos?— espetó el caballero de Cáncer, dejando escapar una sonrisa siniestra—. ¿Ahora ejerces de papi cariñoso y protector, cuando fue por tu culpa que se quedaran así? ¿O es que acaso quieres ganar méritos para llamar la atención de alguien en concreto?
Antes de que Milo levantara el puño para golpear a Deathmask, Camus le agarró del brazo.
—Vale ya los dos— trató de imponer paz el francés, que lanzaba miradas inquietas hacia el templo de la Caína que habían dejado atrás—, vamos a llamar la atención.
El caballero de Escorpio se sacudió el agarre de su amigo de encima.
—Tu sí que has llamado la atención del Unicejo, al quedarte embobado mirando los libros…da gracias si no nos ha descubierto…— murmuró emprendiendo el camino de nuevo, sin esperar a sus compañeros.
Deathmask fue a replicar, pero Camus le pidió que se callara y enseguida apuraron el paso para alcanzar a Milo, quien ya casi estaba llegando al templo de Antenora, lugar residencial de Aiacos de Garuda.
En el Santuario, las cosas no marchaban como hubiera deseado Shaka, es decir, con tranquilidad y sin sobresaltos.
Después de que Shaina y Jabu recuperaran la memoria de su identidad real, el caballero de Virgo había pedido audiencia inmediata con el Patriarca, quien había accedido a recibirles.
—Cuéntame Shaka, ¿qué sucede?— preguntó Shion con preocupación, mientras tomaba asiento en el trono dorado.
—¿A usted qué le parece que nos pasa?— estalló Shaina, señalando su cuerpo infantil—. ¿No es evidente? ¡Y la culpa fue de él!— dijo señalando a Jabu, quien aún seguía sin asimilar su nuevo tamaño.
Shaka interrumpió a la joven e indicó al Patriarca lo sucedido en las últimas horas, respecto a la recuperación de su consciencia real.
Shion contempló a los dos niños y se percató de que aquello avanzaba más deprisa de lo que esperaba, y que si los caballeros de oro no se daban prisa, podrían perderlos para siempre.
—Sé de sobra lo que ha pasado con vosotros durante el transcurso de la misión, pero han sucedido diversos eventos de los que me temo que no sois conscientes— informó cautelosamente el Patriarca—. ¿Acaso sabéis dónde está el caballero de Escorpio?
—¿Qué le ha pasado a mi ex maestro?— preguntó el caballero de Unicornio, blandiendo su puñito—. ¡Iré a ayudarle! O bueno…no puedo con este cuerpo tan pequeño…
—Milo ha bajado al Inframundo junto a Camus y Deathmask, para recoger cabello de Hades, ya que posee el efecto contrario al cabello de Atenea— informó Shaka, quien torció una sonrisa al ver a aquellos dos niños con el carácter de dos adultos—; es la única manera de salvaros.
Jabu y Shaina se lanzaron unas miradas interrogativas.
—¿Y qué ha pasado todo este tiempo?— preguntó la italiana—. No me acuerdo de nada…
Shion se mesó la barbilla unos instantes y suspiró.
—Es mejor que no lo sepáis, mientras dure este efecto— murmuró—; no quisiera que los recuerdos se entremezclaran y creara confusión dentro de vosotros…
Shaina se enfureció aún más, debido a la confusión de la que ya se sentía presa.
—¡Tengo derecho a saberlo!— aulló indignada—. ¡Shion! ¡Por favor!
Pero el Patriarca negó con la cabeza, remitiéndose a lo dicho anteriormente.
—Shaka, llévatelos de aquí y me gustaría que trataras de relajar a ambos, de una manera u otra. Si se mantienen en un estado meditativo, la mente en blanco les ayudará a no pensar. ¿De acuerdo? No obstante, si existe alguna que otra alteración, notifícamela de inmediato.
El caballero de Virgo asintió y agarró a los dos niños, que pataleaban con fuerza y exigían explicaciones.
De vuelta al sexto templo y cansado de sujetarles, el indio los depositó en el suelo. Frunció el ceño y señaló a los dos.
—No me estáis ayudando con vuestra actitud— dijo severamente—. Si el Sumo Sacerdote ha ordenado expresamente que no os contemos nada de lo que ha pasado mientras vuestras mentes eran de niños, no es por fastidiaros, sino por ayudaros. Solamente cuando nuestros compañeros regresen del Inframundo y vosotros volváis a vuestro estado físico y mental real, entonces podremos hablar tranquilamente.
El japonés se encogió de hombros y aceptó la explicación de Shaka. Sin embargo, la italiana no. Ella necesitaba saciar su apetito de conocimiento, de qué había pasado durante ese letargo. De por qué tenía recuerdos de Marin y Cassios mirándola con cara de preocupación.
Shaina sintió un pinchazo en la cabeza y cayó al suelo, agarrándose la cabeza.
Sabía que Shaka estaba llamándola, pero ella se sentía muy mareada y el sonido parecía provenir desde muy lejos.
Otro recuerdo vino a su mente que giraba a toda prisa. La habitación de alguien. Dos escorpiones en un terrario.
Escuchó el grito de Jabu y a Shaka elevando su cosmos, estallando con fuerza. La oscuridad que sentía por dentro fue tornándose dorada, aliviando el intenso dolor de cabeza.
Otro destello en forma de recuerdo. Los ojos turquesas que la miraban con sincera preocupación. Y la voz de alguien llamándola.
Finalmente, Shaina se quedó inconsciente, desplomándose frente al templo de Virgo, pero llamando al caballero de Escorpio con la voz apagada.
Shaka recogió a ambos pequeños mientras se adentraba en el interior, atravesando rápidamente la cortina que separaba la sala principal de los aposentos privados.
Recorrió a toda prisa el largo pasillo y atravesó otra cortina, adentrándose en una pequeña habitación con dos camas. En ellas, recostó los cuerpos de los dos niños.
Pasó una mano por la frente de ambos y sintió que ambos ardían de fiebre, pero la expresión en sus rostros era de serenidad.
El caballero de Virgo sacudió la cabeza con preocupación y recogió un barreño con agua templada y un par de trapos. Cuidadosamente, empapó y posteriormente escurrió los trapos, colocándolos sobre las frentes de los niños, que dormían apaciblemente a pesar de la subida de temperatura corporal.
Una vez asegurado de que estaban bien, regresó a la sala principal y se sentó sobre la flor de loto.
Prometió a Milo cuidar de ellos y por esa promesa, se quedó velando.
NOTAS:
¡Empieza la fiesta en el Inframundo! A ver qué les pasa a estos tres…
Muchas gracias a todos los que estáis marcando como favorita o seguís esta historia, me alegra saber que os está gustando.
Sslove: xD no sé, yo publico viernes y domingo, a no ser que haya algo por ahí que me lo impida, pero aviso…espero que ya te hayas puesto al día con la trama XD ¡Un saludo, gracias por comentar la historia y seguirla!
¡Nos vemos en el próximo capítulo y feliz finde!
