Una vida sencilla

Abriste los ojos, miraste a la ventana, aun era muy temprano aun, intentaste tocar a la persona que dormía a tu lado, pero no estaba ahí, estabas sola en la cama, te masajeaste los ojos para despertar bien, prendiste la vela que se encontraba en la mesa al lado de la cama, con la poco luz de aquella vela, te vestiste. Bajaste a la primera planta, ahí había mucha luz debida no solo a las velas, sino también a los fogones en los que las mujeres cocinaban, era sin duda una cocina muy ajetreada, las cuatro mujeres que cocinaban te saludaron amablemente, pero ahí no estaba lo que necesitabas, una de las mujeres te señalo la puerta que daba al patio, le sonreíste y saliste.

Afuera hacia frio, alguien se lamentaba por una planta, al parecer el granizo la había afectado, te acercaste a la mujer que estaba en cuclillas lamentándose por su planta, cuando ella se dio cuenta de que eras tú se puso de pie para darte un suave beso en la mejilla como saludo de buenos días.

"Espero que el granizo no haya afectado la cosecha" – te dijo Sansa mientras la abrazabas.

"Imposible, nos hemos encargado de protegerla" – le contestaste sonriente – "¿Has cocinado esta mañana?"

"Si, aunque aquellas mujeres apenas y me dejan hacer algo, creen que soy de porcelana" – se quejó indignada.

Sonreíste ampliamente mientras la besabas suavemente en los labios. No compraste la granja del viejo, más bien invertiste en ella, el hombre no tenía suficiente oro para mantener una granja tan grande, por lo que tú invertiste el oro que les quedaba para contratar jornaleros y lo que hiciera falta para cosechar, el hombre dijo que habías salvado su granja, estaba muy agradecido con ustedes, incluso te ofreció a uno de sus hijos para que te desposara a lo que te negaste fervientemente, preferiste que te agradeciera con un techo donde dormir y un trabajo bien remunerado, él acepto. Y habías pasado las tres semanas más felices de tu vida.

Ese día tenías que ayudar a cosechar a otra granja, recogerían café en una granja muy cerca de Alto Jardín, era deber de cada granja enviar a trabajadores cada año a esa granja en especifico que pertenecía a los señores Tyrell mismos. Te sentías extraña al ir a Alto Jardín a otra cosa que no fuera una misión, de hecho Sansa y tú no habían hecho ningún comentario acerca de esto, preferían hablar de cosas más sencillas, cosas de la vida cotidiana; la cosecha, la comida, el oro que les quedaba y demás menesteres de una casa.

Desayunaste junto con los demás jornaleros justo cuando el sol comenzaba a salir, eran tres mujeres y unos veinte varones. Luego cada uno tomo un caballo, yegua, mula o carreta para transportarse, estaban a cuatro horas de camino de Alto Jardín si iban a pie, pero tú en tu caballo fácilmente podías llegar en hora y media, el capataz quería que fueran andando, pero te negaste rotundamente, por lo que tuvieron que contratar carretas para llevar a aquellos que no tuvieran caballo. Te despediste de Sansa con un abrazo y un beso en la mejilla, no era fácil decirle adiós a ella, y aunque sabías que la volverías a ver en unas horas, no se sentía bien dejarla.

El camino hacia Alto Jardín fue agradable de alguna manera u otra, las personas iban muy alegres haciendo bromas de todo tipo, además los arboles los protegían del sol que amenazaba con dejarles quemaduras durante su labor en la recolección. Los campesinos son personas sencillas, ninguno de ellos se preguntaba sobre tu origen o el de Sansa, les habían abierto las puertas de su comunidad sin preguntas y se los agradecías desde lo más profundo de tu corazón.

Cuando llegaron a la ciudad te impresionó el olor que despedía, era el aroma de miles de flores que adornaban Alto Jardín de punta a punta, Desembarco del Rey era una pocilga, Lannisport era ajetreado y ruidoso, Pozo de la doncella, Rosby y Puenteamargo parecían sombrías, en Alto Jardín todo era distinto, la ciudad estaba llena de vida, la gente parecía alegre, parecía como si la guerra no hubiera llegado ahí jamás. Y en lo alto de una colina verde se encontraba el castillo que debía ser ocupado por el señor del Dominio.

Llegaron a la alquería donde tenían que trabajar más temprano de lo previsto, por eso mismo alcanzaron a escoger el mejor terreno para trabajar, los jornaleros te agradecieron por haber logrado que no fueran caminando o hubieran llegado tarde y agotados. Poco a poco el lugar se fue llenando de jornaleros alegres, conociste a un par de ellos que se portaron muy amables contigo, te invitaron a tomar una cerveza después de terminar, era tradición embriagarse después de una buena cosecha. Tus jornaleros y tú fueron los que más recogieron grano, por lo que se llevaron como recompensa un barril de cerveza para la celebración que ya estaba empezando en la ciudad, incluso el capataz malhumorado sonrió ante las palabras del Lord Senescal de Alto Jardín al que llamaban Garth el Tosco quien se encargó de dar un pequeño discurso en nombre del señor de Alto Jardín.

Intentaste unirte a la celebración sin tomar una gota de alcohol, pero era imposible en medio de aquel caos, tomaste un par de cervezas y bailaste con algunos hombres que te invitaron, hubieras deseado que Sansa te acompañara ese día para celebrar y reír junto a ella, pero ya tendrías tiempo de sobra para pasarlo con ella, estarías toda la vida con ella, era tan tuya como tú lo eras de ella.

"¡Larga vida a la reina! ¡Larga vida a la reina!" – escuchaste que gritaban las personas a tu lado mientras se hacían a un lado para dejar pasar un carruaje finamente ornamentado.

"¿Qué sucede?" – preguntaste al capataz de tu granja.

"Lady Margaery ha vuelto, Lord Mace la ha rescatado de su condena y ahora está de vuelta en casa."

Te diste vuelta para que nadie notara tu expresión, tu cerebro aun no sabía cómo digerir la noticia. Por un momento te quedaste en blanco, tus pies te guiaron automáticamente hasta donde habían dejado los caballos, no le avisaste a nadie, no se te ocurrió. Tomaste tu caballo y te fuiste a toda velocidad, tenías que saber ya lo que ella pensaba, tenías que decirle que Margaery había vuelto para que ella te contestara que quería quedarse contigo.

Cuando llegaste a la casa, el sol se estaba ocultando y ya habían prendido velas dentro. Por un momento tu voluntad flaqueó y casi te arrepientes de entrar, pero aplacaste tus miedos y dudas, entraste decidida, la mujer del granjero te dijo que Sansa estaba en su cuarto, subiste a la segunda planta, tocaste la puerta suavemente, escuchaste su voz del otro lado invitándote a pasar y quisiste salir corriendo, sin embargo te controlaste.

"Creí que volverías más tarde, Sarah me dijo que hacen una gran fiesta" – te dijo mientras te saludaba con un beso en los labios – "¿Estas cansada? ¿Quieres dormir?"

"Lady Margaery ha vuelto" – dijiste secamente, el rostro de Sansa se iluminó, lo pudiste notar antes de que se diera vuelta para mirar a la ventana.

"¿Co… cómo?" – miraba a la ventana como si esperará que alguien apareciera ahí.

"Su padre se ha revelado en contra de la fe, creo que habrá guerra, el ejército Tyrell está reclutando…"

"¿Ella está bien? ¿No ha sufrido ningún daño?"

No contestaste sus preguntas, realmente no la habías visto personalmente. Y ahora eran otras preguntas las que te atormentaban, preguntas que te habían surgido desde que recibiste la carta de Lady Margaery y que nunca habías hecho, pero ahora volvían a ti, justo ahora.

"¿Por qué Lady Margaery quiere salvarte?" – ella se dio vuelta cuando escucho tu pregunta, en su rostro pudiste notar que no sabía que decir.

"Voy a casarme con Willas, por eso" – contestó después de un rato.

"¿Por qué te preocupas tanto por ella? ¿Por qué no te preocupas por tu futuro esposo?" – ahí había algo más, querías la verdad, toda la verdad – "¡Contéstame Sansa!"

"Nos enamoramos…"

"¿Qué?" – su voz sonaba apagada, lejana.

"Nos enamoramos en Desembarco del rey, me casaría con su hermano Willas y ella sería la reina, me llevaría a vivir con ella en la corte… ese era nuestro plan hasta que me obligaron a casarme con Tyrion Lannister" – sentías un zumbido en los oídos, no creías lo que te decía.

"¿Qué soy para ti?" – Tenías lágrimas en los ojos, te negabas a mirarla directamente – "¿A que estabas jugando conmigo?"

Se quedaron en silencio un largo rato, mirabas al piso resistiéndote a llorar mientras sabías que ella tenía la mirada clavada en ti. Lo único que deseabas era que ella fuera feliz y a pesar de eso te costaba imaginártela al lado de otra, dolía mucho de sólo pensarlo. Sentiste sus manos en tus caderas, luego sus brazos rodeándote, la abrazaste también cerrando los ojos. Ojala pudieras quedarte así para siempre, solo ella y tú en ese cuarto, sin reyes ni guerras, sin reinas ni hambre.

"Me quedaré, me quedaré contigo" – dijo suavemente contra tu pecho. Volviste en ti y le sonreíste, la tomaste de la barbilla y la besaste, cada beso era como el primero, no dejabas de sentir todo eso que ella te hacía sentir y probablemente jamás lo harías.

Te separaste lentamente de ella y le dijiste que tenías que desensillar a tu caballo. Sin embargo cuando llegaste al establo, tu mente cambio de opinión. Sacaste tu armadura del lugar donde la habías ocultado en el patio y te la pusiste, subiste a tu caballo, tenías que aclarar tus pensamientos, no se te ocurrió mejor lugar que la taberna.

Cuando llegaste a la taberna, un hombre hablaba sobre la rebelión de Robert, luego todo mundo se unía a la conversación aportando partes de la historia que se sabían, hablaron largo y tendido sobre los Targaryen, entonces recordaste lo que Sansa te había dicho un día; que no podrías tener una vida sencilla, porque eras una Targaryen. Tenía razón, siempre tuvo razón. Luego un hombre muy ebrio se dedico a insultar a Rhaegar Targaryen, otros más intentaban defender la reputación de tu padre, pero el ebrio hablaba cada vez más fuerte de lo cobarde que había sido al que llamaban el ultimo dragón, no lo aguantaste más y le pediste que se callara.

"¿Quién es esta moza que se atreve a callarme?" – Intentó atemorizarte, no había notado que llevabas armadura debajo de capa, lo miraste desafiante – "¿Quién te crees que eres mujer? ¡Dime tu nombre!"

"Mi nombre…" – Sansa no te amaba, nunca te amaría, no eras nada, siempre serías la mocosa del lecho de pulgas, un fantasma, no – "Mi nombre es Visenya Targaryen y pagaras por lo que has dicho de mi padre."

Desenvainaste la espada y en un segundo, el hombre estaba sangrando en el suelo. Nadie intento hacerte daño, se apartaron de ti mientras salías de la taberna a la fría noche. Miraste a todos lados de la calle por si alguien te seguía, la calle estaba desierta excepto por el hombre que te miraba más allá, no apartaba la vista de ti, te acercaste para preguntar cuál era su problema y cuando lo miraste bien, retrocediste asustada, era el monje, Aldir.

"Ya estas lista Visenya…"

Tenía en sus manos la corona de flores, sus ojos se encontraron con los ojos de ella, su mirada salvaje, sus ojos azules donde se había perdido tantas veces. El caballero de cabello plateado ni siquiera mira a su esposa cuando corona a otra como reina de la belleza, pero sabe que a sus espaldas todos hablan y los juzgan, no le importa en lo más mínimo, él tiene un plan y lo que diga el mundo viene sobrando.

La tiene en sus brazos, nada más importa, se avecinan tiempos difíciles, Rhaegar lo sabe, sin embargo disfruta de cada segundo que puede pasar junto a ella, lo que diga su padre no importa, Aerys el rey loco había envenenado su existencia al casarlo con Elia de Dorne cuando bien sabía que a la que amaba era a ella, a la loba del norte, Lyanna Stark. Y Rhaegar siempre ha cumplido con su deber, ha obedecido las decisiones de su padre ciegamente y ¿Para qué? Era infeliz, siempre taciturno, tanto que decían los rumores que el príncipe jamás sonreía, ¿Por qué elijen las personas vivir tan miserablemente? Le preguntó Rhaegar a Aldir esa noche cuando él y Lyanna se escondieron en aquel monasterio.

Rhaegar se despide de Lyanna, él tiene que partir a la guerra y ella tiene que ir a la Torre de la Alegría donde estará más segura, la besa y le promete que volverá, le dice que ganara la guerra para los dos, para que puedan estar juntos para siempre y Lyanna le cree, Rhaegar no miente, Rhaegar siempre mantiene sus promesas. Susurra palabras a su vientre, donde ha quedado su semilla, el monje les ha dicho que serán gemelos, ya han escogido los nombres, la niña llevara un nombre respetable de la casa Targaryen y el niño el nombre de un Stark, ya lo han pensado todo.

Ese hombre tiene el orgullo herido, él no la ama, él ama su honor y Rhaegar se lo ha arrebatado al robarse a su mujer. Robert está lleno de ira, odia a último dragón con todas sus fuerzas y pelea como si no hubiera mañana, embriagado en el calor de la batalla. Acorrala al caballero de ojos violetas, Rhaegar está cansado, ha peleado valientemente, ha peleado con honor y con honor morirá, sintió como el mazo del Baratheon se hundía en su pecho, no pudo respirar por un momento, cayó de rodillas, dijo el nombre de su amada Lyanna como últimas palabras, luego sintió un golpe más en la cabeza y luego nada.

Lyanna dio a luz a dos niños en medio del fulgor de la batalla, su hermano Eddard estaba ahí para rescatarla junto con sus hombres, los guardias que Rhaegar había apostado para Lyanna dieron su vida para defenderla, pero fallaron. Esos niños que Lyanna sólo vio una vez eran lo más preciado que jamás llego a tener. Por eso le hizo prometer a su hermano para que los cuidara como si fueran sus propios hijos, ella muere en los brazos de su hermano.

"Lord Eddard no quería tomarlos a ti y a tu hermano, eran una deshonra para su casa por lo que Lord Varys te tomó a ti y te entrego con aquellos campesinos, te hicieron tomar aquel medicamento para ocultar tu identidad, desconozco el paradero de tu hermano, después de todo soy sólo un fantasma" – terminó Aldir. Llevaban tres horas sentados en un claro en el bosque, habían encendido una fogata.

"¿Por qué te fuiste del monasterio?" – preguntaste confundida, el paradero de tu hermano te tenía sin cuidado, si de verdad era tu hermano sabías que tarde o temprano lo encontrarías.

"No me fui, te dije que te esperaría cuando estuvieras lista, ahora estas lista" – el monje te sonrió amablemente.

"¿Sabías que Sansa me haría esto?" – tenias que saber, él tuvo que advertirte.

"No, pero sabía que era una misión que debías terminar para que estuvieras lista."

"¿Qué debo hacer ahora?"

"Con respecto a ti, tienes que ir a Dorne, tienes que encontrar a Daenerys… en cuanto a Sansa, creo que ya sabes que hacer" – si sabías, tenías que terminar la misión a la que te habían mandado.

Te despediste del monje fantasma y subiste a tu montura, tenías un camino por delante, ya habías tomado la decisión más difícil.