Tribulaciones
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Capítulo 9
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Kagome, Gohan y su padre volaban hacia la casa de Gokú. En ese lugar, una mujer de cabello negro atado en un rodete que abordaba los cuarenta observaba a los tres individuos venir hacia ella desde lo lejos. La expresión de dicha fémina era bastante severa y la mirada fija hacia el cielo esperando con impaciencia a que su ex esposo y su hijo mayor aparecieran, pero cuando los vio venir, se dio cuenta que no estaban solos, había alguien más junto a ellos.
Trató de esforzar la vista para distinguir si era alguien conocido, pero pronto columbró que se trataba de una muchacha desconocida que, según infería, podía ser de la edad de Gohan. Su rostro pronto pasó de tener un semblante riguroso a uno de completo desconcierto. No solo veía a los dos varones venir en compañía de una joven que nunca había visto, sino que ésta se encontraba cubierta de sangre al igual que Gokú.
Cuando los tres aterrizaron, se acercó hacia el sayajín mayor alarmada por el carmín que cubría gran parte de su traje. No tardó en darse cuenta que solo se trataba de sangre que parecía haberse secado casi por completo debido a que había venido volando por los cielos y seguramente el viento habría hecho su efecto sobre el liquido rojo, ¿pero entonces de quién era la sangre? De inmediato, viró su mirada hacia la extraña muchacha que la miraba con ojos curiosos desde que se había apresurado a tantear el cuerpo de su ex esposo con suma preocupación en busca de lo que debía ser una herida mortal.
La de cabello negro atado en un rodete miró con desconfianza y nada de preocupación a la morena que, al parecer, tampoco se encontraba mal herida a pesar de también estar cubierta de sangre. La escrutó de manera indisimulada a la vez que Kagome empezaba a sentirse incómoda por esa acción.
—Oye Milk… aquí traje a Gohan como me dijiste. —habló Gokú con algo de temor de que lo regañara por haber tardado.
—¡¿Puedes explicarme que significa esa sangre?! —exigió saber. —¡¿Y Quien es ella?! —La apuntó sin mirarla con los ojos clavados a Gokú.
—Bueno… —balbuceó.
—Me llamo Kagome. —habló de repente la de cabellos negros con la voz neutra pero, en el fondo, algo indignada de que ni siquiera la mirara a los ojos.
Milk la miró sin abandonar su cariz.
—¿A sí? ¿Y por qué estás aquí? —finalmente se dirigió hacia ella sin cambiar su tono severo.
—Yo…
—Es mi discípula. —intervino Gohan, riendo nerviosamente.
—¿Tú que? —parpadeó con notable sorpresa. —¿Estás entrenándola? ¡¿Acaso es tu novia?! –exclamó de repente con una dramática expresión de espanto.
Gohan y Kagome se pusieron rojos.
—¿Q-Qué…? N-No te equivocas ella es mi amiga. —dijo con voz trémula
Milk notó el evidente nerviosismo de su hijo y no tardó en darse cuenta de que esa muchacha le gustaba.
—¿Así que por ella has descuidado tus estudios? ¡No puedo aceptarlo! ¡Tú tienes que ponerte a estudiar! —exclamó Milk.
—Pero mamá, los exámenes ya acabaron y los he aprobado todos.
—Y con las mejores notas. —añadió Kagome con una sonrisa.
Milk miró a Kagome con expresión ominosa, pero luego trató de calmarse.
—Está bien, pero te advierto que si bajas un poco tus notas te castigaré. —sentenció—. Ahora explíquenme qué significa esa sangre, ya veo que nadie está herido pero exijo saber qué pasó. ¡¿Acaso tu le hiciste algo a Gokú, niña?! –dijo dirigiéndose a Kagome nuevamente con expresión severa.
La sorprendió aquello.
—Yo… bueno… es que…
—No te preocupes Milk, fue un accidente. Además esta sangre no es mía. —intervino Gokú con tono afable y su particular sonrisa.
Milk miró a Gokú con un destello de melancolía que Kagome pudo detectar. Sin embargo, no podía entender el porqué.
—Entiendo… ya veo que no me lo explicaras. —declaró. —Ahora a lo que vine: necesito que tú—dijo refiriendose a Gohan— y Goten me acompañen a la Ciudad Satán.
—¿Qué te acompañemos? ¿Por cierto donde está Goten? —preguntó curioso el menor de los dos sayajíns.
—Aquí estoy. —dijo el más pequeño haciendo acto de presencia. –Lamento la tardanza, es que fui a darme un baño porque mamá dijo que lo hiciera. –Pronto su expresión alegre cambió a una de sorpresa al ver la sangre que su padre y Kagome tenían. —¡¿Pero que les pasó?!
Gokú rió.
—No te preocupes ninguno de los dos esta herido. —respondió despreocupado.
—Ah, bueno. —dijo olvidándose del asunto rápidamente.
A Kagome le apareció una gotita en la sien al ver la repentina reacción de la señora Milk.
—Muy bien ahora que están los dos, quiero que me acompañen a comprar cosas que necesito a Ciudad Satán.
—Cierto… lo había olvidado…
—¿Mhm? —parpadeó Kagome
—Veras, una vez al mes vamos a comprar algunos víveres que no podemos conseguir en la montaña Paoz, además de ropa y otras cosas que se necesitan. —explicó Gohan.
—Entiendo.
—¿Pero qué es lo que haré? Aún no hemos terminado con el entrenamiento de Kagome.
—¿Qué te ocurre, Gohan? ¿Por qué estas tan pensativo? —inquirió Milk. —Debemos darnos prisa porque hay mucho que comprar.
—Está bien, mamá. Oye papá… —dijo mirando a Gokú. —¿Te molestaría entrenar a Kagome?
Y sin saber por qué, de repente, el cuerpo de Kagome sintió estremecerse.
—¿Eh? Bueno… —dudó un poco Gokú.
—N-No, No te preocupes Gohan, no es necesaria la molestia, podemos dejar el entrenamiento para otro día. —intervino, tratando de disimular sus nervios.
—No tengo ningún problema. —aceptó, mostrando una sonrisa radiante.
—¿Lo vez, Kagome? Mi padre no tiene problemas. —le sonrió.
—Es que… yo… no creo que…
—¿Qué te ocurre? —Preguntó Gohan por la extraña expresión de incomodidad que Kagome había adoptado desde que le pidió a Goku entrenarla.
—Este señor… el señor Goku… aún no puedo entender por qué me pone tan incómoda y nerviosa, es realmente extraño…
Kagome vio las miradas de todos posarse sobre ella expectantes de una respuesta para que todos pudieran seguir con lo suyo.
—Yo… está bien. —finalmente aceptó con resignación.
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Se encontraba en su biblioteca personal con uno de los nuevos libros de historia antigua que había encargado a la librería a la que más concurría. Pasaba página tras página leyendo sin demasiado interés, tan solo para saber qué era lo que el nuevo compendio contenía. Sabía que en las nuevas versiones siempre algo era modificado.
No tenía noción desde hacía cuánto leía. Demasiado tiempo sin duda. No podía recordarlo, pero la tinta sobre el papel era casi lo único que había logrado llamar su atención desde que el mundo había cambiado. El mundo que siempre cambiaba mientras él era testigo.
Los libros eran lo que le resultaba más interesante de lo que los humanos habían creado: libros como filosofía, psicología, medicina, y en su minoría, la historia, aunque éste último no le gustaba tanto. Hasta podría decir que le irritaba tener que leerlo. Sin embargo, si quería adaptarse a la era moderna, el conocimiento histórico era esencial.
Había visto tantas veces a la historia ser modificada en los textos que le resultaba indignante. No es que con algunas otras ciencias fuera diferente, pero, por ejemplo, la psicología se aplicaba a las personas y la medicina igual. Se podía distinguir lo que era verdad o mentira tan solo haciendo experimentos. Alguien que estudiaba la anatomía humana podía darse cuenta perfectamente si los conocimientos que estaban plasmados sobre el papel eran exactos o no después de haber experimentado con cuerpos y después de haberlos estudiados perfectamente. En el caso del psicoanálisis tampoco era diferente, los humanos vivían en sociedad así que más o menos por instinto cada uno podían estudiarse entre sí. En cuanto a la filosofía, todos ellos eran libres de ver el mundo como querían, lo único que se necesitaba era una profunda devoción al conocimiento y buscar las respuestas que nadie más se atrevía a buscar como el porqué de la existencia humana. ¿Pero y la historia? ¿Quién garantizaba que la historia oficial era la verdadera? ¿Qué era la verdad?
La historia como su esencia más pura había sido modificada tantas veces que terminaba reducida a un suceso totalmente desfigurado de lo que era la verdad. Los historiadores que siempre estudiaban los acontecimientos pasados supuestamente trataban de ser lo más objetivos posible. Sí, "supuestamente" pero eso era imposible. Todo se mermaba al punto de vista de un individuo, del mismo que lo escribía y se lo daba a conocer a todo aquel que deseaba saber sobre las raíces del espacio en que vivían, quizá con la mejor intención de obtener ese valioso conocimiento que los llevaba a su mente a viajar hacia el pasado.
Tener un punto de vista era igual para cualquier ser vivo, incluso para Sesshomaru. Él también era un ser que poseía un punto de vista. Eso significaba ver solo una parte de lo que era la realidad, la verdad absoluta, o como otros lo llamaban Dios o Kami-sama, en realidad, el significado de esos conceptos era el mismo, solo que la mayoría de los humanos eran muy estúpidos y se enfrascaban demasiado en sus pequeños mundos sin ver más allá de él. Ellos eran seres con capacidad de razonar. Sin embargo, pocos lo hacían. Vivían en la monotonía sin ver más haya de lo aparente. Para ellos no había más que eso.
Sesshomaru era un ser vivo, y naturalmente, también veía solo un pedazo de la verdad en todo su esplendor, al menos de manera consciente, pues sabía que uno era capaz de ver muchas más cosas de las que podía darse cuenta ¿Pero que era lo que estaba leyendo? Era totalmente absurd. Nada más alejado de la verdad. Le irritaba lo que la historia oficial decía de los verdaderos hechos que habían tomado lugar hacía quinientos años cuando aquellos demonios y monstruos existían y reinaban la Tierra.
Podía recordarla claramente. Era el tiempo de una era en la cual él ni siquiera hubiera soñado en hacer contacto con un humano. No obstante, ella había sido la primera que no le resultaba repulsiva e intolerable. Aquella fémina tan solo se le acercaba y le hablaba con una cálida sonrisa, muy similar a la de Kagome, pero diferente.
Al principio había pensado en matarla con sus poderes de moníacos. Luego pensó que no era digna de que él se tomara la molestia de acabar con su vida, pero después se había dado cuenta que quizá era porque no deseaba hacerlo. Decidió que alejarse era lo más prudente para no tener que lidiar con ella.
Curiosamente, la joven que no podía tener más de veinte primaveras de vida como mucho, nunca había mostrado ese inconfundible terror en su rostro típico de cualquier humano ante su presencia de demonio del más alto nivel. Eso lo dejó desconcertado levemente, pero tampoco era como si le hubiera tomado mucha importancia. Sin embargo, llegó un momento en el cual, cada vez que la veía, ya no se alejaba y había comenzado a darle la misma importancia que a un indefenso animal que pasaba por ahí.
Eso era todo.
Después de un tiempo, ella comenzó a hablarle, pero él nunca le respondía. Simplemente la dejaba estar cerca de él. Sesshomaru sabía que era cautelosa, sabía que él aborrecía a la especie a la cual esa muchacha pertenecía, y es por eso que siempre trataba de acercarse hacia él con cuidado. Ella quería tener algún tipo de contacto con él, algo que le parecía indignante, pero nunca la tocó para matarla por intentar tal sacrilegio a pesar de que ya la consideraba digna de ello por el hecho de ser un poco diferente a los demás humanos.
Un día en el cual el cielo estaba atestado de imperiosos nubarrones, el viento aullaba como anunciado la muerte y sacudía los árboles entecos de un día de invierno. El demonio miraba el panorama con su acostumbrada expresión estoica, pero sabía que algo andaba mal. Los demonios habían estado inquietos desde hacía un tiempo, inquietos y furiosos, y Sesshomaru lo sabía perfectamente, sin embargo, a él no le importaba lo que a criaturas tan inferiores les pasaran mientras no estuviera involucrado.
Ese día fue cuando la vio por última vez…
Caminaba entre las penumbras de la noche a la vez que escuchaba los truenos que anunciaban una fuerte lluvia. Ahí fue cuando se encontró con ella, aquella mujer caminaba con dificultad lo más rápido que podía como tratando de escapar. Era evidente que no podía correr ya que presentaba varias heridas que sangraban en todo el cuerpo, no eran muy graves, pero aún así las tenía y por un momento a él le invadió la curiosidad de saber cómo se las habría hecho.
Ella traía una espada en su mano derecha y lucía bastante cansada. Al verlo, su rostro se había iluminando a la vez que una sonrisa radiante se dibujaba en su rostro. Y entonces él pensó: "¿Acaso lo buscaba? ¿Por qué?" En ese momento, la muchacha se detuvo en frente a él y tan solo se limitó a contemplarlo como tratando de grabar aquella imagen en su mente, como si fuera la última vez que lo viera.
Flash back.
—Al fin… —susurró la joven.
Aquellas palabras las había dicho en tono tan bajo que para un humano hubiera sido imposible escucharlas, pero él lo había hecho.
—Yo… vengo a despedirme… ha sido un placer disfrutar de su compañía… —continuó.
Sesshomaru no contestó. ¿Por qué lo haría si nunca lo había hecho? sería absurdo empezar a hablarle a un humano ahora.
Esta vez, la fémina se acercó al hombre apolíneo mucho más de lo que lo había hecho en otras ocasiones, y para su fortuna, el de cabellos plateados no retrocedió ni intentó alejarla, tan solo la miraba con su acostumbrado rostro impasible y sus dorados y gélidos ojos.
Ella ya estaba muy cerca, algo temerosa, pero decidida a hacer lo que venía a hacer.
—Usted… es diferente a los demás demonios… —hizo una pequeña pausa tratando de decidir cuales serían las palabras más indicadas para profesar. —¿Sabe? Al principio me acerqué a usted para saber si representaría un peligro para mi especie, pero no tardé en entender que usted no mataría a un humano si éste no lo molesta… —rió suavemente como si le costara hacerlo, pero con un incalculable brillo en los ojos que indicaban que estaba feliz. – Sin embargo… a pesar de que ya me había quedado claro eso… yo… continué acercándome a usted… es que… me gustaba… yo… —de pronto hizo silencio nuevamente.
Ella no sabía porque le contaba todo eso, tan solo sentía que debía decírselo. Hubiera deseado que fueran otras las circunstancias en las cuales lo hubiera conocido, pero no era así, y tal vez, si otras hubieran sido las circunstancias, definitivamente no lo hubiera conocido, por lo cual, no se arrepentía, pues al menos, estaba ahí para decirle lo que sentía.
—Sé que usted… —empezó a hablar otra vez. —No me considera digna de sentir esto que siento por usted, sin embargo… yo… —sus ojos se clavaron a los de Sesshomaru con una fijeza y profundidad arrolladora. –no me arrepiento… ya que ésta… ésta es la primera vez que… que me pasa… así que… tan solo quería que lo supiera… —declaró con voz trémula a la vez que un estremecimiento la invadía al ser la primera y última vez que se le declaraba a un varón. –Adiós… —se despidió con una sincera y cálida sonrisa.
La joven empezó a caminar con más calma de vuelta en la dirección en la cual había venido como si ya no le temiera más a lo que la había dejado en ese estado. Sin embargo, en un acto inesperado, por primera vez pudo escuchar su voz…
—Humana… —la llamó él con su fría voz.
El corazón de la muchacha pareció detenerse en ese momento. ¿Acaso lo estaba imaginando? ¿Acaso su mente le estaba mostrando una cruel ilusión sonora producto de sus más anhelados deseos? En ese momento no perdía nada con voltear y corroborar si lo que había escuchado era real o no, así que lo hizo, y ahí fue cuando se encontró de nuevo con aquellos dorados ojos que le hubiera gustado contemplar por siempre.
—Dime tu nombre. —ordenó con voz neutra mientras la miraba fijamente sin cambiar su expresión o su mirada.
Al darse cuenta de que no se había tratado de una ilusión y de que él realmente le había hablado finalmente, lágrimas de felicidad empezaron a surcar su rostro.
—Midoriko…
Fin flash back.
La recordaba bien, aquella vez fue la última que vio. No le había sido difícil darse cuenta que era una sacerdotisa de gran poder, pero pronto también vislumbró que aquella joven no solo era eso, sino que era la más fuerte, y los humanos también la habían catalogado como la más hermosa mujer que haya existido, pero eso era algo que él no podía distinguir, pues siempre había sido ajeno a los gustos de esa especie. No obstante, la humana llamada Midoriko hizo la diferencia. Se dio cuenta que no todos los humanos eran iguales, ella lucía diferente, incluso, las últimas veces que la fémina había hablado con él terminó por escucharla, y con eso se dio cuenta que su mente era diferente a la de la mayoría de los humanos, entonces Sesshomaru había terminado por concluir que, aunque la gran mayoría de esa especie fuera despreciable, habían algunos que podían llegar a valer la pena.
Luego de aquella tormentosa noche, supo lo que había pasado: aquella mujer había estado luchando contra varios demonios que atacaban a los humanos durante varios días con su espada, pero cuando los demonios se dieron cuenta que no podían contra ella, la fémina les propuso traer a todos los demonios que mataban a los humanos y que también la odiaban por interferir con su matanza, y así, ponerle fin a su vida. Los demonios aceptaron, y mientras todos los demonios se juntaban, ella había ido a ver a Sesshomaru para despedirse. Ella sabía que moriría. Sin embargo, todo había sido un plan para acabar con esos demonios, pues sabía que pelear con ellos uno por uno era solo un desperdicio de energía y eventualmente alguno reclamaría su vida, por lo cual, ideó ese plan.
La misma noche que Midoriko se despidió de Sesshomaru, fue la misma noche que murió. Una vez que todos los demonios la atacaron al mismo tiempo, ella juntó todo su poder espiritual en su centro para provocar una gran explosión que acabó con todos ellos. Luego de eso, ningún demonio había vuelto a atacar a los humanos, y los que quedaban no les interesaba en lo más mínimo acercarse a ellos. Sesshomaru y su padre eran un ejemplo.
Eventualmente, los demonios eran tan poco visto por los humanos que comenzaron a creer que no eran reales, y cuando se cruzaban con uno de casualidad, ellos ni siquiera los notaban porque los demonios que quedaban tenían apariencia humana o tenían la capacidad de trasformarse en humanos para pasar desapercibidos. Los youkais nunca volvieron a molestar a los humanos, no obstante, los humanos de las siguientes generaciones no creían que ellos algún día pudieron haber existido, por lo cual, tomaron la guerra de Midoriko contra los demonios como una simple leyenda, una que no era real. Y a su vez, esa leyenda fue mutando para convertirse en algo que ni siquiera se parecía a lo que había pasado, eso era lo que en ese momento leía Sesshomaru: tan solo un cuento.
Cerró el libro abruptamente y lo dejó junto a una pila de libros que ya había leído. Pronto le vino a la mente el cumpleaños de Kagome, en realidad, él no sabía la fecha en la cual ella había nacido, pero se lo había escuchado decir al molesto de su hermano proferirlo con gran entusiasmo junto con sus amigos que al parecer tenían planeado hacerle una fiesta sorpresa en la mansión "Van a venir humanos molestos" fue lo primero que pensó, y luego pensó que ese día debía irse a otro lugar ¿pero a donde? Todos sus libros estaban ahí, libros de los cuales la mayoría ya había leído y le quedaba pocos por leer, tal vez si se encerraba y no salía no tendría que lidiar con ellos, sin embargo, pensó que tal vez, y solo tal vez, él podría presenciar la fiesta tan solo por unos instantes.
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Gokú sabía que Kagome aún no lograba concentrarse del todo para poder convocar su ki, por lo cual, pensó que seguir con el entrenamiento que Gohan le daba sería lo más indicado para ella hasta que pudiera dominarlo por completo. Ambos se internaron en el bosque cerca de la casa de Gokú y le dijo a su discipúla temporal que intentara concentrar su ki para destruir el centro de un árbol. Se suponía que eso no debía representar ningún problema para la fémina o al menos eso era lo que Gokú creía. No tardó en notar que sí lo era, y no podía entender por qué. Incluso los primeros días que Kagome había iniciado el entrenamiento con Gohan, le había ido mejor que en esos momentos.
¿Por qué fallaba en dar en el centro del árbol? ¿Por qué tenía tantos problemas en convocar su ki? Gokú se daba cuenta que la joven se encontraba algo tensa. Quizá había pensamientos en su mente que la hacían ponerse de esa forma, y no sería extraño, incluso a su hijo y a él le pasaban esas cosas, aunque en raras ocasiones como aquella vez en la cual Gokú había tenido una batalla contra su hijo y él no podía dar su máximo potencial en la pelea por el hecho de no tener su mente enfocada en los ataques que daba o recibía. Al final, el menor había terminado por decirle que la razón de su distracción era precisamente la muchacha que estaba frente a Gokú en esos momentos y que ahora se encontraba incapaz de poder concentrarse en su objetivo.
De vez en cuando notaba a Kagome mirarlo de manera insegura como si no supiera si cada paso que daba para dejar fluir su ki estaba bien pese a que juraría que con Gohan había hecho esos mismos pasos muchas veces con resultados que habían dejado asombrado tanto a su hijo como a él, empero, eso había sido las primeras dos semanas de entrenamiento, luego, Kagome empezó a fallar. Primero eran fallas leves, fallas que cualquiera podría catalogar como normales por ser una aprendiz. Sin embargo, a pesar de que su poder parecía incrementar, o más bien, salir cada vez más a la luz, esas fallas se hacían cada vez más frecuentes, así que Goku sintió que tal vez a ella le llevaría más tiempo poder controlarlo. La verdad es que aunque tuviera esas fallas, Kagome lo hacía bastante bien y no dejaba de sorprenderle su increíble progreso, por lo cual, Goku trataba de encontrar la mejor manera de inspirarle confianza hacia ella misma para que no cesara de intentarlo hasta que finalmente lo lograra y pudiera pasar al siguiente nivel de su entrenamiento.
La incomodidad y los nervios que Kagome sentía ante la presencia del señor Gokú no cesaba, y eso le molestaba demasiado. ¿Cómo podría sentirse así ante un ser tan inocuo y amable? No podía entenderse a ella misma, pero la verdad era que su cuerpo parecía no poder moverse libremente. Estaba tiesa, tensa, nerviosa, avergonzada, confundida, como si fuera alguien que tuviera que decir un discurso frente a miles de personas por primera vez. En cuanto el señor Gokú le explicaba una y otra vez lo que tenía que hacer para no fallar en el próximo intento de convocar su ki, ella tan solo se limitaba a asentir sin decirle nada. Quería decirle que ya lo sabía, que sabía perfectamente lo que tenía que hacer ¡pero que no podía! Y eso era lo que más la irritaba. ¡¿Por qué no podía hacer algo que había hecho cientos de veces cuando solo se encontraban Gohan y ella sin fallar una sola vez?! Su amigo incluso la había felicitado por sus hazañas. No obstante, su distracción y falta de control sobre su poder siempre era cuando aquel señor aparecía, ¿pero desde cuándo le sucedía eso?
Al comienzo, a Kagome le había tomado solo un par de días convocar su ki y a partir de ahí dominarlo a su antojo. Todo iba perfecto. Ella progresaba muy bien y tanto Gohan como el señor Gokú le daban el visto bueno, ya que ellos presenciaban sus proezas. Sin embargo, luego, Kagome empezó a sentirse incómoda ante la presencia del mayor de los sayajíns. ¿Por qué? No podía entenderlo. No es como si todo hubiera sido de repente, de hecho, Kagome no se había dado cuenta en que momento empezó a sentirse de esa forma, pero cuando pudo hacerlo, esas extrañas y molestas sensaciones ya no solo afectaban su entrenamiento, sino que también, la forma en la cual se dirigía hacia el señor Gokú. Habían muchas veces en las cuales Kagome se sentía avergonzada ante el padre de su amigo, como cuando empezaba a tartamudear cada vez que él le preguntaba algo o tan solo la saludaba cuando la veía, y es por eso que, en el momento en que Gohan le había preguntado a él si podía entrenarla, la fémina sintió como su cuerpo se estremecía al mismo tiempo que sentía cómo algo se paseaba por sus entrañas, algo que no podía distinguir si era malo o bueno, tan solo era algo que sentía.
A partir del momento en que las sensaciones de nervios y confusión se hicieron lo bastante fuertes como para afectar el comportamiento de Kagome, ella se había dado cuenta que ya no podía concentrarse en el entrenamiento que su amigo le había impuesto en el día a día, y es por eso que cometía muchas fallas y no era hasta que el señor Gokú se marchaba y los dejaba solos a Gohan y a ella que podía tranquilizarse y volver a concentrarse para continuar con su perfecto control sobre su poder.
Seguía intentando atinarle con su ki al gran árbol que se encontraba a unos veinte metros frente a ella mientras el señor Goku la observaba extrañado de que no pudiera lograrlo, otras veces a Kagome le hubiera resultado fácil, pero no ahora, no ahora que ese señor observaba cada uno de sus movimientos, no ahora que su presencia le hacía sentir algo que la incomodaba, no ahora que lo tenía tan cerca…
—No puede ser… esto no puede ser… ¿por qué…? ¿por qué me sucede esto…? —se preguntaba a sí misma mientras continuaba lanzando bolas de energía sin poder dar contra su objetivo. —¿Qué me esta… pasando…? —pensaba con frustración.
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Milk, Gohan y Goten se encontraban en Ciudad Satán. El hermano menor cargaba dos bolsas, mientras que el mayor cargaba varias cajas. Sin embargo, a pesar de que los dos hermanos sabían que aún tenían muchas cosas por comprar, su madre no parecía darle mucha importancia a ellos como en otras ocasiones, y en vez de eso, parecía tener la mente en otro lado, como si no parara de pensar en algo que era realmente importante para ella, lo cual Goten no pudo notar, pero Gohan sí.
—Oye mamá… —la llamó Gohan.
Milk permanecía absorta en sus cavilaciones por lo cual no pudo oír a su hijo llamarla.
—Mamá… —intentó llamar su atención de vuelta. —oye… ¡Mamá! —exclamó de repente mientras Gohan sentía que todos a su alrededor lo miraban por haber alzado tanto la voz, a lo cual este se puso rojo de la vergüenza.
—¿Eh? –musitó a modo de respuesta ya que recién parecía ser consiente de que su hijo lo llamaba. —¿Qué ocurre?
—Pues… ya hemos pasado la tienda de pasteles a la cual querías ir. —declaró.
—¡¿Qué?! ¡¿Y por qué no me lo dijiste antes?!
—Oye mamá, Gohan intentó llamar tu atención cuando estábamos llegando a la tienda, pero tú continuaste caminando sin darle importancia y terminamos pasándonos. —alegó el más pequeño.
—¿Eh? Ah… bueno… supongo que estaba distraída… volvamos y compremos esos pastelillos que tanto les gustan…
Milk se disponía a ir a la pastelería cuando la voz de Gohan la detuvo.
—Espera, mamá…
—¿Qué pasa Gohan? —lo miró desconcertada.
—Oye Goten, que tal si vas a la pastelería y compras tú esos pastelillos así vas aprendiendo a hacer las compras su solo ¿Qué dices? —le dijo a su hermano menor con una sonrisa.
—¿En serio? –preguntó entusiasmado de hacer su primera compra solo. —¿Yo solito? —sus ojos brillaban.
—Por supuesto. —corroboró el mayor mientras le daba el dinero y veía como Goten se iba hasta la tienda corriendo con emoción.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué haz mandado a Goten solo? —inquirió Milk.
—Es que quiero saber que te ocurre. —declaró con notable preocupación.
A pesar de que Gohan se lo preguntaba, él creía saber que era lo que su madre tenía, y eso era posiblemente la misma tristeza que había sentido durante los primeros meses que ella y su padre se habían separado.
—No es nada… —dijo con una expresión de pesar que ya no podía ocultar. –es solo que… no veía a tu padre desde nuestra separación y eso es bastante tiempo… supongo que muchas emociones despertaron en mi a pesar de que pensaba que ya lo había superado… Tal vez no debí haber ido a su casa… ¿pero sabes? creo que en el fondo lo hice porque alguna parte de mi ser que había reprimido anhelaba verlo… —bajó la mirada con tristeza como queriendo soltar algunas lágrimas. —Y ahora que lo he vuelto a ver… pienso que no debí hacerlo…
Gohan sentió su alma partirse al escuchar a su madre hablar de esa forma. Él había presenciado muchas veces el sufrimiento de su madre cuando su padre le dijo que su matrimonio no tenía sentido, pues a él tan solo le gustaba entrenar. Y a pesar de que Gokú quería a Milk, no la quería de la misma forma que ella lo amaba, por lo cual, había decidido que el divorcio era lo mejor para ambos, y en realidad, con catorce años, Gohan también se había dado cuenta que esa relación no llevaría a ningún lado, pues su madre amaba mucho a su padre, pero su padre, aunque le tenía un profundo cariño, ese no era un sentimiento lo bastante fuerte como seguir estando a su lado, y Gohan también creyó que su separación era lo mejor.
—Será mejor que no vuelvas a ver a papá por un tiempo. —sugirió Gohan.
—Tienes razón. —sonrió con tristeza.
Ambos vieron como Goten volvía con una brillante y una pequeña caja color verde en las manos.
—¡Lo hice! —exclamó Goten. —hice mi primera compra solo. —anunció con alegría.
—¡Muy bien, Goten! —alabó Milk con una sonrisa.
—¡Bien hecho! Ahora iremos a hacer las demás compras. —declaró Gohan.
—¡Por supuesto! —exclamó Goten para luego empezar a caminar junto con su madre y su hermano mayor.
—Por cierto Gohan… ¿Estás seguro de querer a esa muchacha? —preguntó de repente Milk.
Ante la repentina pregunta de su madre, Gohan sintió como su rostro se ponía escarlata.
—¿Eh? Bueno… yo… —balbuceó con la voz turbada.
Milk observó la clara expresión de su hijo y pudo confirmar lo que él sentía por ella.
—Ten cuidado con esa joven, Gohan, ella es de aquí, y no confío en las muchachas de la ciudad. —advirtió con su acostumbrada severidad.
—Te equivocas, mamá, ella es diferente, tiene un corazón puro, incluso logró subirse a la nube voladora. —afirmó.
—¿Lo hizo? —lo miró sorprendida.
—Así es. —corroboró con una sonrisa al pensar que su madre podría aceptarla.
—Entiendo… —suspiró con resignación ante el evidente amor que su hijo sentía por aquella fémina.
Gohan pudo discernir algún tipo de aceptación o resignación de parte de su madre, de cualquier forma, pensó que tal vez no le tomaría mucho trabajo convencerla de aceptarla definitivamente si es que lograba conquistar el corazón de Kagome.
—Kagome… me pregunto… qué es lo que estarás haciendo… —pensó con una sonrisa mientras miraba el profundo cielo azul.
