Los personajes ni la trama me pertenecen, yo solamente adapato.
Por el bien de mi hijo
Capítulo 9
La casa era el espectáculo de la noche. La luz de las lámparas transformaban el blanco de las paredes en un dorado seductor, y varios jardines habían sido estratégicamente iluminados con faroles arreglados en los setos que rodeaban los caminos. En el interior de la casa, todo fue minuciosamente limpiado, lustrado, y pulido. En la sala contigua al salón de baile fue montado un bufé que podría servir a la realeza.
Bella había decidido usar un vestido largo de seda rojo, sin espalda, atrevido y deslumbrante. Se había sujetado los cabellos en un moño sofisticado, con una presilla de diamantes. Pendientes de diamantes colgaban de sus orejas. En los pies, sandalias de un rojo brillante, delicadas y de taco altísimo, hacían que ella caminara de un modo que enloquecía a los hombres presentes.
Edward entre ellos, naturalmente. Su corazón se había disparado, cuando él vio a Bella descender la escalera. Acababa de llegar, después de haber llevado a Anthony a la casa de su amigo Paolo a pasar la noche.
Pero el chico no había dejado de participar de la alegría. Elizabeth se había dejado llevar por su sugerencia y había hecho una fiesta en la tarde, exclusiva para él y sus amigos. Fue una reunión animada, con globos rojos, gelatina, helado y el bizcocho favorito de los niños.
Una fiesta muy divertida, pensaba Bella, mientras caminaba al encuentro de Edward.
Tal vez más que la fiesta de los adultos prometía ser
En los ojos de Edward ella leía orgullo y aprobación, sin mencionar el deseo, que siempre era una parte muy importante en la relación de ellos.
—Pareces salida de uno de los cuadros pre rafaelistas de mi padre —murmuró él—. Pero falta algo...
—Joyas —coincidió Bella, tocando su cuello desnudo—. Tú guardas la mayoría en el joyero, ¿te acuerdas?
—Entonces, vamos a la oficina —invitó él—. Necesitamos corregir esa falta.
Caminando adelante de Edward, Bella podía sentir su mirada en su espalda. El profundo escote en V descendía casi hasta su fina cintura.
—Muy provocativo —susurró él.
—Me gusta ser provocativa —dijo, coqueteando con él.
Él todavía reía, cuando entraron en la oficina. Bella se quedó sorprendida cuando, en vez de entregarle su antiguo joyero, Edward le extendió un estuche de terciopelo negro.
—¿No voy a poder escoger? —preguntó ella.
—No —respondió—. Y ese vestido es una provocación descarada. ¡Quiero poder escoger a todos los hombres con quién vas a bailar esta noche!
—Estás siendo muy posesivo —ella se quejó—. Quieres escoger no sólo mis joyas, sino también a mis compañeros de baile.
—Entonces, dime lo que opinas —pidió, poniendo en el cuello de ella algo muy pesado y frío.
Bella bajó los ojos y vio un corazón de diamantes, exótico y maravilloso, brillando inmediatamente por encima del valle entre sus senos.
—¡Oh, pero es hermoso! —exclamó, tocando suavemente la joya.
—No sé por qué te sorprendes —él habló suavemente—. Puedo ser posesivo, pero mi gusto es incuestionable.
—Es un medallón —observó ella, ignorando la seguridad de él—. ¿Si lo abro, voy a encontrar tu arrogante retrato?
—No —negó, riendo—. Tú eres la que vas a decidir quién merece ser llevado ahí dentro.
Tú, pensó Bella. Él sólo encontraría su propia imagen, en cualquier corazón que ella poseyera.
—Gracias —murmuró ella—. ¡Ya me siento merecedora de dar el brazo a un caballero italiano, arrogante y con muy bueno gusto!
—Bella, tú siempre fuiste merecedora de cualquier hombre —habló él—. Por casualidad, soy yo el afortunado que tiene el privilegio de llamarte mi esposa.
Fue un momento muy intenso. Ellos no tenían el hábito de conversar en aquél tono. Usaban el amor que ambos sentían por su hijo como el denominador común que justificaba el hecho de que estaban juntos. También estaba el sexo, claro, que nunca fue un problema.
Tal vez la expresión de Bella lo había hecho acordarse de todo aquello, pues al instante siguiente él la hizo reír.
—Siento unas ganas locas de mandarte al cuarto a cambiarte ese vestido por algo menos sensacional —confesó.
Elizabeth entró en la oficina en ese momento.
—¡Oh, Bella, que collar encantador!
—¡El caballero que me lo regaló afirmó que tiene un irreprochable buen gusto! —bromeó Bella.
—Edward, ese convencimiento va a arruinarte —riñó Elizabeth a su hijo, entrando en la broma.
—¡Y yo que estaba a punto de decir que heredé mi buen gusto de la señora! —suspiró Edward—. Estás adorable, mi amore. ¿Cómo un hombre puede ser tan afortunado y tener una mamma tan linda?
—Él me adula para escapar de las discusiones —dijo Elizabeth a Bella—. ¡Es así desde pequeño!
De hecho, Elizabeth estaba hermosa. Vestida de satén dorado, parecía no tener más de cincuenta años.
Los tres volvieron al salón, y varios caballeros cercaron a la cumpleañera, peleando su atención.
—¡Ella está tan feliz! —suspiró Bella.
—Más que tú, parece —observó Edward.
De hecho, ella no se sentía muy bien, pues estaba teniendo que enfrentarse a mirada inquisidora de aquellos que la habían conocido tres años atrás. Pero, felizmente, nadie tuvo oportunidad de intentar satisfacer la curiosidad sobre su relación con Edward. Él permaneció a su lado durante toda la noche, no permitiendo que ella se quedara sola con nadie. Todos los caballeros que la hubieron invitado a bailar fueron rechazados por Edward, que hablaba por ella, presentando disculpas estúpidas.
—¿Dónde está ella? —preguntó Bella a Edward.
—¿Tanya? Debe estar atrasada.
—Pero tu madre se quedará decepcionada, si ella no llega para el brindis.
—No te preocupes —respondió Edward, casi brusco—. Puedes apostar que vendrá.
Bella frunció el ceño, disgustada con el tono que había usado. La verdad, había observado que Edward se mostraba particularmente irritado, cuando el nombre de Tanya era mencionado.
¿Habrían peleado?, supuso. Una oleada de esperanza la invadió. Tal vez Edward había finalmente comprendido que su matrimonio sólo iría adelante si Tanya desapareciera de sus vidas.
Ella se estremeció, no queriendo dejarse llevar por la esperanza que la invadía.
—Vamos a bailar —invitó Edward, roncamente.
Era una justificación para abrazarla, observó Bella. Él puso su mano lánguidamente en la piel suave de su espalda, y ella apoyó el rostro en su pecho. Bailaron al sonido de una melodía que invadía el alma, tocando profundamente el corazón. Los estremecimientos que siempre envolvían sus cuerpos, en el momento en que se tocaban, comenzaron a pulsar con insistencia. Era peligrosamente seductor, totalmente mágico. No intentaron hablar, y el silencio había hecho más intenso el deseo que crecía dentro de ellos.
Incapaz de soportar por más tiempo, Bella levantó el rostro para mirarlo, en el mismo instante en que Edward la miraba con los ojos velados de pasión.
Fue como si todo se detuviera a su alrededor. Seducción, en su forma más completa, se manifestó, prendiéndolos en un círculo mágico. Bella, entonces, zambulléndose en las profundidades de los ojos expresivos de Edward, tuvo la absoluta certeza de que era amor lo que veía en ellos.
—Edward... —susurró sin querer.
—Bella —murmuró, tenso—. Tenemos que...
—¡Elizabeth! ¡Feliz cumpleaños, querida! —exclamó una rica voz femenina en caluroso italiano.
El encanto fue roto. Tanya había llegado. Hasta la música paró abruptamente.
Indudablemente, si había alguien que sabía hacer una entrada triunfal, ese alguien era Tanya, pensó Bella cínicamente.
Allá estaba ella, enmarcada por la puerta principal del salón de baile. Vestía una fantástica creación en tejido plateado, maravillosa y osada, que acentuaba la belleza de su cuerpo perfecto.
Pero no fue lo que Tanya vestía lo que paralizó a Bella, y sí el hombre que estaba con ella. Alto, moreno y muy atractivo, de un modo típicamente británico, que no parecía estar a gusto.
—¡Jacob! —Bella dejó escapar.
Tanya se aproximó a Elizabeth, llevándolo junto a ella, y él sonrió forzadamente al apretar la mano de la anfitriona. Era obvio que estaba allí contra su voluntad.
—¿Pero qué está haciendo él aquí? —preguntó Bella, desconcertada.
—¿Quieres decir que no lo imaginas? —habló Edward, ásperamente.
—No tiene nada a ver conmigo —protestó ella.
—¿No? Yo diría que tiene todo que ver contigo.
Como para confirmar tal acusación, la mirada incomoda de Jacob brilló al encontrar la de Bella. Pero, viendo a Edward al lado de ella, se sonrojó. ¡Fue horrible! Advirtiendo el aire maligno de Tanya, Bella entendió lo que había sucedido: ¡aquella bruja había conseguido saber de su relación con Jacob y lo había llevado allí con el objetivo de causar problemas!
¿Pero quién podría haberle contado que ella y Jacob solían salir juntos? La mente de Bella no paraba un segundo, intentando comprender el misterio. Quedaba más que claro, a cada minuto, que Tanya no intentaba ocultar sus malas intenciones. Todos podían verlo, incluso Edward.
—No —repuso él—. Ese es el juego de Tanya. Déjala jugar.
No parecía chocado. ¡Ni enfadado!
—¡Tú sabías que él vendría! —exclamó Bella, repentinamente.
—Es muy raro que alguien venga a mi casa sin mi conocimiento —informó Edward, tranquilamente.
—¡Tú maquinaste todo esto! —lo acusó ella, incrédula—. Le contaste a Tanya sobre Jacob y yo. ¡La ayudaste a planear esto!
Él no respondió, pero su expresión fría e inmutable confirmó las sospechas de Bella. Enojada con tanta bajeza, miró nuevamente hacia el trío cerca de la puerta, a tiempo de ver a Jacob solicitando permiso y caminando en su dirección.
Él parecía tenso y disgustado, pero sus ojos suplicaban comprensión.
—Bella, te pido mis más sinceras disculpas —pidió al detenerse delante de ella—. Yo no tenía idea de quien estaba ofreciendo la fiesta, hasta ser presentado a tu suegra, hace algunos instantes.
—Eso se llama «trampa» —habló Edward, despectivamente.
Jacob miró hacia él, sin expresión. Bella aprovechó para soltarse de la mano que la sujetaba, y, dando un paso al frente, dijo:
—Vamos a bailar, Jacob.
Antes que él pudiera protestar, ella lo arrastró hacia el medio del salón.
—No creo que a tu marido le esté gustando lo que estamos haciendo —comentó Jacob, preocupado.
—Sonríe, por el amor de Dios —ordenó ella—. Y dime lo que viniste a hacer aquí.
Él explicó que Tanya había aparecido en su oficina, en Londres, buscándolo concretamente a él.
—Como yo nunca había oído hablar de la Sra. Denali, no tenía idea de la conexión de ella con la familia Cullen.
—Ella es la ahijada de mi suegra —explicó Bella.
—Es lo que acabo de descubrir. Tu suegra parece una buena persona.
—Lo es —confirmó Bella—. ¡Pero no puedo decir lo mismo del resto de su familia!
—La ahijada no parece ser muy buena —comentó Jacob.
—¿Cómo fue que ella te trajo aquí? —indagó Bella.
—Con la palabra mágica, «negocios» —respondió—. ¿Podríamos ir a algún lugar más reservado? Siento que estoy de más aquí.
—Claro que podemos —concordó Bella, parando de bailar.
Lo condujo a través de una de las puertas que llevaban a la terraza, sin molestarse en mirar donde estaba Edward.
¡La verdad, en aquél momento a ella poco le importaba si no pusiera más los ojos en aquel demonio vengativo!
Bella respiró profundamente.
—Vamos a caminar —invitó—. Continúa con tu historia.
—Ella me convenció para venir a Nápoles, diciendo que un conocido banco de inversiones buscaba una nueva firma de abogados especializada en leyes europeas —explicó Jacob—. Cuando pregunté el nombre del banco, ella alegó que esa era una información confidencial. Pero me invitó a venir aquí este fin de semana, para conocer a algunas personas. Fue muy convincente. Es una brillante conocedora del campo de inversiones.
—Sí —confirmó Bella—. Posee acciones del Banco Cullen y forma parte de la dirección.
—Entonces, ella no mintió.
—¿Sobre que el Banco Cullen desear cambiar de abogados? No sé qué decir —respondió ella—. Todo lo que sé es que Tanya fue una de las razones importantes del fin de mi matrimonio, hace tres años. Y, desde que volví para acá, he esperado que ella intente hacer lo mismo de nuevo.
—Ella está enamorada de tu marido —conjeturó Jacob.
—Ellos trabajan juntos —murmuró ella—. Tanya tiene un encanto irresistible, y Edward...
—Es conocido por su habilidad para resolver problemas —completó Jacob—. Todos saben que él quitó a la Compañía Stanford del aprieto de la suspensión de pagos, en pocas semanas, el año pasado.
—¡Yo no sabía de eso! —admitió Bella, sorprendida.
Estaba realmente impresionada, pues sabía que Stanford era un conglomerado gigantesco.
—Fue mantenido en secreto para que las acciones no descendieran—informó Jacob—. ¡Sólo después de que el problema fue resuelto por la varita mágica de tu marido, fue que las personas del medio financiero descubrieron cuan cerca del colapso la compañía había estado! Ese hombre me impresiona, aunque no me guste.
—Sé lo que quieres decir —murmuró Bella.
—Él es un hombre peligroso, cuando es contrariado —comentó Jacob.
—También sé de eso —habló ella.
—Entonces, ¿por qué Tanya lo contraría tan abiertamente?
—Porque ella es la única persona que hace eso con impunidad—sonrió Bella sonrió, afligidamente.
—¿Y por qué razón?
—Puedo darte varias posibilidades, pero ninguna seguridad.
—Entonces háblame de las posibilidades —contestó Jacob.
—¿Por ser la ahijada querida de mi suegra? —sugirió Bella—. ¿Por qué ella estuvo casada con el mejor amigo de Edward? O, tal vez, ¿por qué ella y mi marido son amantes?
—¿Amantes en el pasado, o en el presente? —indagó él.
—Ambos —explicó ella, encogiéndose de hombros.
—¡Lo imaginas! —protestó Jacob—. ¡Aquel hombre no iba a complicarse con otra mujer, teniéndote a ti!
—Eres muy gentil —murmuró ella, con tristeza.
—No es gentileza. Como hombre, sé lo que estoy diciendo.
Bella lo miró sombríamente.
—Dime una cosa. ¿Por qué piensas que Tanya te trajo aquí?
—Para causar problemas entre tú y su marido —respondió él.
—¿Pero quién le contó a ella que mi relación contigo iba más allá de la de jefe y empleada? ¿Fuiste tú?
—¡No! —protestó Jacob, con vehemencia.
—Ni yo. Lo que en los deja una sola posibilidad.
—¿Tu marido? —sugirió Jacob, incrédulo—. ¿Piensas que él le hizo confidencias a esa bruja?
—Edward sabía que tú vendrías esta noche, él me lo dijo —explicó Bella.
—Nada más tiene sentido —comentó el inglés—. ¡El episodio sólo sirvió para dejarnos a todos confundidos!
Bella y Jacob continuaron caminando, perdidos en sus propios pensamientos.
Pararon al oír voces alteradas viniendo desde otro punto del jardín.
—Piensas que eres muy inteligente, ¿no, Tanya? —Aquella era la voz de Edward—. ¿Qué crees que ganaste, trayendo a Jacob a mi casa?
—Venganza —respondió Tanya.
Bella se volvió y vio de pronto el brillo plateado del vestido de Tanya. Ella y Edward estaban parados frente a frente, en un camino paralelo al que Bella y Jacob estaban. Un cantero de rosas rodeado por un seto separaba a las dos parejas.
—Tú me has restregado a Bella en mi cara desde el día en que se casaron —habló Tanya, exaltada—. ¿Por qué no puedo restregarte al amante de ella en la tuya?
—Ellos nunca fueron amantes —negó Edward.
—Lo fueron —insistió Tanya—. ¡De la misma forma que nosotros lo fuimos antes! Si ella lo niega, está mintiendo, Edward. ¡De la misma forma que tú mientes, cuando niegas que fuiste mi amante!
Bella cerró los ojos, rezando para que Edward negara aquello también.
—¡Eso fue hace mucho tiempo —murmuró él—. Mucho antes de conocer a Bella, por lo tanto no tiene nada a ver con nuestra vida ahora!
Bella sintió que los brazos de Jacob la sostenían, cuando creyó que iba a desmayarse.
—Pero tú me amabas, Edward —continuó Tanya—. ¡Tú te ibas a casar conmigo! ¡Yo esperaba eso! ¿Pero qué hiciste? Tuviste un asunto rápido conmigo y me dejaste. Yo me conformé con el segundo lugar y me casé con Vladimir.
—Vladimir no estaba en segundo lugar, Tanya —protestó Edward—. ¡Él te amaba de verdad, que era más de lo que merecías!
—¿Fue por eso que me dejaste? —ella quiso saber—. ¿Cediste el lugar a Vladimir porque él me amaba?
—No —habló Edward, tajantemente—. ¡Le cedí el lugar a él porque yo no te quería!
—Que pena que Vladimir no hubiera sabido eso, pues murió pensando que se había interpuesto entre nosotros.
¡Bella tembló de angustia, pensando en como Vladimir, la imagen de la alegría, había sufrido en silencio!
—Cuando tú trajiste Bella para acá, Vladimir llegó a pedirme disculpas—habló Tanya.
—No por mí —observó Edward—. Vladimir sabía exactamente lo que yo sentía por Bella.
—¿Estás queriendo decir que te casaste con ella por amor? —se burló Tanya—. No me hagas reír, Edward. Todos sabemos que te casaste porque ella estaba embarazada. ¡Si yo lo hubiese sabido, habría usado esa táctica! Pero una manipulación tan desleal no se me ocurrió. Con su modo frío e independiente, Bella te asustó, pensando que ella podía poner en riesgo a tu precioso bebé, tu hijo y heredero!
—Ya hablaste demasiado —anunció Edward.
—¡No! Ni siquiera he comenzado —insistió Tanya—. Tuviste la arrogancia de creer que bastaría con mandarme a París para que tus problemas conyugales acabaran. ¡Nunca acabarán, mientras yo tenga cerebro para maquinar contra ustedes!
—¿Qué pretendes hacer? —desafió Edward—. ¿Escuchar conversaciones a escondidas, intentando descubrir más porquería para divulgar?
—¡Ah! —suspiró Tanya—. Entonces, ¿sabías que yo estaba allí?
—¿En la terraza al lado de la nuestra? Lo sabía —confirmó Edward—. Cuando comenzaste a interrogar a Bella acerca de Jacob Black, fue fácil deducir que planeabas hacer algo sórdido. Pero aún no entendía cual era tu objetivo.
—Simple —habló ella, tranquilamente—. Provocar la ruina de tu precioso matrimonio.
—¿Trayendo a Jacob aquí? —bromeó Edward—. ¿Crees que mis sentimientos por Bella son tan frágiles que yo me separaría de ella porque me forzaste a conocer su supuesto ex amante?
—No. ¡Traje a Jacob para que Bella tenga en quién apoyarse, cuando le cuente que estoy embarazada de un hijo tuyo!
—¡Esa es una desvergonzada mentira! —gritó él.
—Pero Bella no sabe eso —Tanya pregonó—. ¡Ella piensa que somos amantes desde antes que ustedes perdieran a su segundo bebé! Para una mujer como Bella, saber que espero un hijo tuyo será el fin, créelo. ¡Me va a gustar verla alejarse de ti, en compañía de su querido Jacob!
—¿Por qué la quieres lastimar tanto? —quiso saber Edward.
—Poco me importan los sentimientos de ella —la traidora mujer explicó rápidamente—. Pero me va a gustar herirte, Edward. ¡Exactamente como hiciste conmigo, al pasarme a Vladimir como una maleta usada!
—¡Tuviste suerte! ¡Vladimir era un hombre decente y bueno!
—Pero no era un Cullen.
—Mi Dios... —suspiró Edward—. Bella tenía razón. ¡Tú destilas veneno!
—Y siendo así, Tanya, creo que llegó la hora de irte —informó otra voz venida de la oscuridad.
Cuatro personas se quedaron aturdidas, cuando Elizabeth salió de las sombras desde otro camino. En el momento en que pudo verle el rostro, Bella se encogió de pena. Elizabeth estaba desbastada.
—¿Bella, estás bien, querida? —su suegra le preguntó cariñosamente—. ¡Yo daría todo para que no hubieras testificado esto!
Valió la pena ser expuesta por Elizabeth, pensó Bella, sólo para poder ver la expresión de Tanya, cuando ella se volvió a mirarla, pero, si no fuera por el brazo de Jacob que la sujetaba, Bella no conseguiría mantenerse en pie.
—Bella, tú oíste... —murmuró Edward, entre aliviado y triste.
—Bien, parece que no soy la única que se esconde para escuchar conversaciones ajenas —Tanya aún consiguió decir.
Pero aquellas palabras irónicas eran de una mujer que sabía que estaba acabada.
¡Verdad se supo! Tanya no es tan buena, pobre Elizabeth se decepciono de su ahijada jeje chicas el final se acerca… este es el penúltimo capitulo, por eso les digo que los libros de Reíd son cortos e interesantes… es mi segunda autora favorita despues de Meyer claro.
Besos
Pau
