Respuestas a Reviews:
Lau: Romántico, ¿no? XDD Jajaja.. y síii pobre de Alois pero, te prometo que al final tendrá su venganza.. :DD Espero haber publicado rápido esta vez.. La verdad es que ando despistada.. jajaja.. Gracias por el review.. :DD
PerlhaHale: Lo sé! XDD Ya era hora que aquí hubiera un momento de aliento, verdad? Aunque créeme eso es un poco difícil si se trata del inframundo.. XDD Awww.. me alegro que la declaración de nuestro demonio favorito te llegara profundo.. :DD Aunque sí les esperan algunas otras dificultades y, Alois... ughh ni te imaginas lo que hay en la cabeza de ese rubio.. :DD muajaja.. XDD Gracias por el review.. :DD Espero que te guste el nuevo capítulo que está algo romántico aún.. XDD
Paloma-san: Qué Claude se muera! Yo te apoyo.. XDD La verdad es que me alegro muchísimo que te esté gustando y pues, espero que este nuevo capítulo sea de todo tu agrado.. :DD Gracias por el review y por seguir esta historia.. :DD
Fernanda: Y sale lemon! XDD Espero que te guste este nuevo capítulo y, yo también quería este momento pero.. lo dejé para este capítulo así, todos lo esperaban con más emoción.. XDD Gracias por el review.. :DD
Plop: Ohh Césara! XDD Ya extrañaba leerte por aquí y, realmente espero que hayas terminado tu tarea.. De lo contrario imagino que te recordaste mucho de mí.. xDD Gracias por el review y espero te guste este capítulo.. :DD
*Por cierto, aclaro que la palabra ojiazul es un americanismo y por lo tanto, no lo encontrarán en ningún diccionario.. :DD
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El moreno rodeó la cintura del ojiazul con ambos brazos y lo atrajo hacia sí. – Aunque algo debo agregar. – Susurró. – Estas semanas sin ti, amor mío han derivado en una gran insatisfacción.
-¿Qué? ¡No! – Exclamó el demonio menor pero, sus labios fueron callados con los de Sebastián, quien le besaba con toda la fiereza que llevaba por dentro y, aún así, conservaba una cierta dulzura.
-¿Debo ordenarlo? – Se alejó del ojiazul y llevó la palma de su mano izquierda, en la que tenía el signo del contrato al ojo del menor en el que llevaba su símbolo. – Esto es una orden, Ciel Phantomhive. Te entregarás a mí ahora mismo.
Ciel iba a negarse pero, su ojo comenzó a arder y, la sensación le recorrió el cuerpo completo. Él también deseaba entregarse al demonio mayor. – Sí, su Majestad. – Respondió, enrollando los brazos alrededor del cuello de Sebastián.
-Así me gusta. – El moreno se puso de pie, levantando al ojiazul en sus brazos y, arrojándolo sobre la cama. - ¿No te lo dije alguna vez?
-¿Quieres que abra las piernas para ti, Sebastián? – Preguntó, sonriendo lascivamente, sus ojos tornándose violáceos por la fuerza demoníaca dentro de él.
El mayor se desabotonó el saco y se lo quitó, dejando ver su escultural figura apretarse contra la tela de la camisa. Desató el pañuelo alrededor de su cuello y, luego, arrodillado en la cama frente a Ciel, se deshizo lentamente de su camisa, descubriendo su pecho finalmente. – Nada me gustaría más, Ciel. – Sin embargo, fue él quien se lanzó sobre el ojiazul, arrancándole la ropa prácticamente.
El ojiazul enderezó la espalda mientras el moreno le desvestía, atrapando su cuello con un brazo y acercándolo hasta él para besarle profundamente. No quería que Sebastián le preguntara si Claude y él tenían algo, era demasiado vergonzoso admitir que la mayoría de las noches Ciel le ofrecía su cuerpo. Claro, nunca como se lo estaba ofreciendo a Sebastián en este momento.
El moreno correspondió el beso y dejó que sus manos hicieran lo suyo, deslizándose por los costados del demonio menor. Su piel, suave, aún cuando había pasado por tanto, se había quebrado y de las grietas volvió a ser perfecta. Sebastián lo adoraba por eso, también porque era impredecible.
Las manos del demonio mayor llegaron a las caderas de Ciel, quitándole la ropa interior y los pantaloncillos al mismo tiempo. No quería desperdiciar el único momento que tendría con él, posiblemente en muchos días. – Hazlo tan rudamente como quieras. – Gimió el ojiazul, debajo de su cuerpo y, sintiendo como el miembro del moreno chocaba contra el suyo, cuando éste, por provocarlo se frotaba contra él. – Graba en mí el dolor que sentiste al estar en el Abismo.
Sebastián gruñó por lo bajo, llevando su boca hasta el cuello del ojiazul, mordiendo y besando con violencia la delicada y blanquecina piel. Ciel se mordió el labio inferior, disfrutando del ligero dolor que el moreno le infringía. Le despertaba cosquillas en todo el cuerpo.
El moreno separó las piernas del ojiazul velozmente y se colocó en medio de ellas, deslizándose hasta que su rostro se encontró con la entrepierna del ojiazul. - ¿Qué hay del placer que sentí cuando logre liberarme? – Preguntó en un jadeo. - ¿También quieres que te lo muestre? – Dijo, mordiendo suavemente la cintura del menor.
-Seguro. – Gimió Ciel, acariciando los hombros de Sebastián.
El mayor tomó el falo del ojiazul y lo metió en su boca, succionándolo sensualmente. Ahora que creía haber saboreado todo en su existencia, se encontraba con el placer de sentir en su lengua todo lo que era el menor.
-¡Ah! ¡Seb…! – Jadeó Ciel, al sentir como el moreno le hacía la felación. Enterró las uñas en sus hombros y se retorció al sentir el placer que le tocaba cada nervio.
-Se siente bien, ¿no? – Deslizó la lengua a lo largo de la masculinidad del ojiazul y apretó sus testiculos con la otra mano.
-¡Ah! ¡Sí! Pero… no puedo más… - Respondió, entre gemiditos de gusto.
-Quiero probarte. Esto es lo más cercano al sabor de tu alma. – Jadeó Sebastián, sus ojos violáceos y su aliento se sentía más pesado contra la piel del menor, mientras continuaba con su juego de succiones y ligeros mordiscos.
Ciel estrujó las sábanas con ambas manos, corriéndose en la boca del moreno y dejándolo saborear su esencia. Sebastián gruñó, deleitándose con el ojiazul y, de inmediato, se posicionó en medio de sus piernas nuevamente. Un hilillo de la esencia de Ciel deslizó por la comisura de sus labios y, lo limpió con su lengua de inmediato.
-Creí que habíamos terminado. – Susurró el menor, queriendo provocarlo.
-No, no. Ahora viene la mejor parte para mí. – Se introdujo dentro de él de una sola estocada, tal y como le gustaba hacerlo, provocando que Ciel arqueara la espalda por el impacto y la sensación. – Dijiste que querías sentir mi dolor.
-Quiero sentirlo. – Musitó Ciel, enrollando las piernas en la cintura del moreno, mientras éste le embestía con fiereza. - ¡Ah! ¡Eso…!
-Eres un masoquista. – Dijo el moreno, riendo contra su cuello. Luego lo mordió hasta que Ciel sintió que estaba a punto de sangrar.
-¡No, Sebastián! – Exclamó. – Claude no puede verme ninguna marca.
-Hmmm… - Protestó Sebastián por lo bajo, molesto por no poder tomar lo suyo. – Maldita araña.
El ojiazul sonrió y cerró los ojos, relajando su cuerpo lo más que podía, aunque no le gustaba hacerlo realmente; se sentía bien cuando Sebastián le embestía con toda su fuerza y, él, apretaba su entrada contra el miembro del moreno. La lucha de éste por hacer profunda su labor era exquisita.
-Me tienes al límite. – Jadeó, prácticamente su cuerpo se movía por sí solo, deseando solo llegar al clímax y derramarse dentro del ojiazul.
-¿Qué pasó su Majestad, ahora lo puede vencer un demonio menor como yo? – Sonrió, echando la cabeza hacia atrás mientras Sebastián dejaba caer su peso sobre su cuerpo, poseyéndolo como lo que era, un demonio, tocando el punto exacto en el que Ciel sentía que se vendría o se volvería loco.
Los dos culminaron su acto entonces y, se dejaron caer en la cama. Ciel debajo de las sábanas y Sebastián a su lado pero, solamente cubriendo una parte de su cuerpo. El silencio reinó en la habitación, solamente se escuchaba la respiración de ambos, al principio agitada y luego tranquila, liberada.
-A mí me decían lo mismo. – Dijo el moreno, repentinamente y, el ojiazul se giró en su costado para verle.
-¿Qué cosa?
- "Su Alteza, luce usted increíblemente bien." – Repitió Sebastián la frase de Andrei. – Y otra serie de estupideces que uno cree porque tiene el poder muy elevado.
-El Consejo. – Musitó Ciel. Su rostro tranquilo comenzó a tensarse. – No pueden siquiera sospechar que estás fuera del Abismo. – Se sentó en la cama y miró al moreno. – ¡Te llevarían de nuevo y, yo…!
-¿Tú qué? – Preguntó con curiosidad.
-Nada. – Masculló el menor, mirando hacia otra parte.
Sebastián le miró y sonrió. - ¿Te gustaría probar algo que obligué a Albus a darme?
-Querrás decir a Alois Trancy. – El ojiazul le entregó una mueca de disgusto.
-Vaya, vaya. Eres veloz para averiguar cosas. – Sacó una bolsa de terciopelo rojo atada con un cordón dorado. La desató y, ofreció al ojiazul meter la mano en ella.
Ciel le miró, bufó por lo bajo y metió la mano en la bolsa. Era imposible predecir lo que habría dentro con Sebastián. Sin embargo, su mano chocó contra un montón de bolitas y un aroma golpeó su rostro. - ¿Chocolates? – Preguntó, sacando dos bolitas de la bolsa.
-Exacto. – Sebastián llevó una a su boca y giró los ojos de placer. – Mmm… Son tan buenos. Al parecer, Dimitri o uno de esos bastardos se los regaló a Alois.
Ciel probó uno. El sabor era inigualable, mejor que cualquiera de los chocolates alemanes o franceses que probó en su vida humana. - ¿Tienen algo?
-Les llaman los chocolates de la venganza. – Dijo el moreno. – Contienen almas de los soldados de Troya y Esparta. Deliciosas almas que solo deseaban vengar a su tierra y, con eso, acabaron cargándose unas cuántas muertes encima.
El ojiazul arqueó una ceja. – Ya veo. – Quería parecer lo más serio posible y que el mayor no se confiara que siempre todo sería fácil con él.
Sebastián sostuvo un chocolate con sus dientes y aproximó su rostro al de Ciel, besándolo al tiempo que ambos mordían el dulce. – Mmm… - Gimió ante el contacto, sin especificar al menor si el placer era causado por el chocolate o por su beso. – Sabes, acabo de recordar a alguien que puede sernos de mucha utilidad.
-¿Quién? – Dijo Ciel, comiendo aún el chocolate. Había disfrutado mucho el beso del moreno pero, por su orgullo, nunca lo admitiría.
-El hermano de Ash Landers, Frederick Landers. Un ángel.
-¿Qué hay con él? – Y preguntar eso le hizo al ojiazul recordar los tiempos en que investigaba a los londinenses junto a Sebastián.
-Digamos que voy a venderle algo que no tiene precio obtener. – Sonrió y, miró al ojiazul de reojo. - ¿Me ayudarías? – Pero antes que Ciel puediera responder añadió: - No es como que puedas negarte. Soy tu amo. – Dejó la bolsa a un lado y lo tomó por las muñecas, cuando Ciel intentó alejarlo, obligándolo a caer de espaldas en la cama.
Ciel cerró los ojos y buscó los labios de Sebastián, besándolo profundamente. Le gustaba, más que nada esa sensación demoníaca que invadía su ser cuando el moreno le tocaba era verdaderamente imperiosa.
Chask.
El sonido de la cerradura de la habitación. Pero ninguno de los dos lo escuchó.
-¡Ciel, te tienes que ir! Su Majestad te está… - Alois abrió la puerta en ese instante y enmudeció ante lo que vio. - ¡Vaya ustedes dos no tienen límites! – Exclamó con una sonrisa picaresca. – Ya lo presentía. – Arqueó una ceja. El ministro llevaba un balde de agua y un paño.
Ciel se sentó en la cama, empujando a Sebastián y, el moreno no se opuso. – Al- Albus no sé que decirte. – Tartamudeó el ojiazul, sorprendido aún.
-Ni digas nada. – Le lanzó un paño húmedo, entregándole una sonrisa maliciosa. – Límpiate. Si Claude percibe el aroma de Sebastián en ti estaremos perdidos. – Colocó el balde a los pies de la cama. Ciel se levantó de inmediato y comenzó a hacer lo que el ministro le pidiera.
Sebastián estaba recostado, apoyando la espalda en la cabecera de la cama. Se mordió el labio inferior al ver cómo el ojiazul resbalaba el trapo mojado sobre su cuerpo, sobre su masculinidad. Era claro que Ciel ya no se avergonzaba de mostrar su cuerpo desnudo ante nadie. Era algo normal en los demonios, la vergüenza era algo que venía con el alma humana, lo que significaba, que el demonio menor comenzaba a perder lo que quedaba de ella. Si Sebastián hubiera podido, lo habría lanzado al suelo y tomado por segunda vez, ahí enfrente de Alois o de quien fuera.
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El vapor había llenado la habitación y, su Majestad, el rey Garret descansaba dentro de una espumosa tina de agua con esencia de rosas.
-¡Ciel! – Llamó al demonio menor con un solo grito. Shibani se acercó a la puerta del baño y, asomó una de sus piernas, abriendo una rendija de la puerta, apenas lo suficientemente grande para colarla. - ¿Por qué lo llama a él, su Majestad? El rey Cuervo prefería de mi compañía. – Echó su cabello hacia atrás y entró en la habitación, caminando con un delicado contoneo.
Claude le miró de pies a cabeza. No podía exigir una compañía más exquisita que ella. Alzó una mano y acarició uno de sus muslos. La diabla apenas llevaba puesta una túnica estilo griego con una cuchilla abierta que llegaba hasta su feminidad. Ninguna ropa interior le cubría. – Te prefiero a ti, por supuesto. – Musitó. – Pero, mi venganza es para con ese pequeño demonio. – Atrajo la pierna de ella, hasta obligarle a meter el pie en la tina, solo para que él pudiera besar su muslo y frotar su mejilla contra él.
-Ya veo. – La diabla sonrió. Claude le atrajo un poco más cerca y dio un beso suave a la feminidad de la chica quien gimió, feliz de poder entregarle su cuerpo al moreno.
-Ahora… quiero pedirte algo. – Jadeó el rey.
-Lo que sea, su Majestad. – Respondió ella, jadeante.
-Lárgate de aquí y dile a Phantomhive que suba ahora mismo. – Masculló.
Shibani le miró con rabia pero, la ocultó de inmediato, retirando la pierna del alcance del rey y, arreglando su vestido. – Como usted ordene, su Majestad. – Salió del cuarto. Habría matado a quien se le pusiera al alcance en ese momento.
Bajó las escaleras y vio al ojiazul, de pie frente a la mesa del comedor. Desde lejos podría decirlo, en el rostro del ojiazul había una sonrisa. - ¡Maldito mocoso! – Exclamó en voz baja. Le odiaba, no había ser al que odiara más que a Ciel. Le había quitado los últimos días que pudo disfrutar con Sebastián y, ahora, el rey Garret parecía prestarle toda la atención a él, fuera por la razón que fuera.
Se acercó lentamente por la espalda y, entonces, sus ojos ya no tuvieron ocasión de fallar. Ciel parecía… ¿feliz? Quizás más tranquilo por lo menos y, eso, era algo que le llenaba aún más de rabia. Extraño. Aún más extraño era que el demonio menor se había colocado un parche en el que tuviera el contrato con Sebastián.
-El rey Garret te quiere en su cuarto de baño. – Masculló, la mujer de cabellos oscuros y lacios.
-Claro. – Respondió Ciel y se marchó para ir a donde le habían indicado. – ¿Debería obedecer o simplemente gritarle al rostro que Sebastián está libre y que él no es nada para detenerle? No, ni pensarlo. – Susurró para sí mismo.
Había llegado al baño y ni siquiera se dio cuenta de la velocidad en sus pasos. Llamó a la puerta. – Rey Garret, ¿puedo pasar?
-Pasa, Ciel. – Le invitó Claude. El ojiazul entró y le miró con desconfianza. – Ven. – Dijo el hombre. - ¿O prefieres que sea a la manera que te gusta ser tratado?
-Yo puedo entrar solo. – El tono de Ciel fue más áspero que de costumbre. De alguna forma, sentirse en los brazos de quien le hacía vibrar le había puesto más rebelde sin que él pudiera percibirlo. Se deslizó dentro de la bañera hasta quedar sentado frente a su Majestad.
-Eres exquisito. – Murmuró Claude, arrastrándose hasta el menor y atrapando su cuerpo con el suyo.
El ojiazul no se resistió. Inclinó la cabeza hacia atrás al sentir la mordida del demonio en el cuello. "No eres ni la mitad de bueno que es Sebastián al hacer esto." Pensaba. "Si supieras que él es capaz de sacar lo más bajo que hay en mí." Sonrió.
Claude mordió el lóbulo de su oreja y, luego, no pudo evitar fastidiarse ante la cara de placer que tenía el demonio menor. - ¿Por qué has cubierto tu ojo? – Preguntó el moreno, tratando de conocer un poco más de los pensamientos de su amante.
-Creo su Majestad, que es una descortesía de mi parte mostrarle todo el tiempo la marca que dejó en mí su antecesor. – Ciel había separado las piernas, permitiendo a Claude colocarse en medio de ellas.
-Cada día mejoras más. – Susurró el rey, acercándose para besarle.
El ojiazul correspondió el beso, mordiendo suavemente el belfo del soberano. – Lo que se ha perdido jamás regresa, su Majestad. Yo perdí a Sebastián y, no hay nada que pueda hacer.
-¿Ves? ¿Era tan sencillo aceptarlo? – Siseó, como si se tratara de una serpiente queriendo convencer a su presa. Ciel pensó en muchas historias de la Biblia en las que se hablaba sobre cómo el demonio seducía a su presa. Claude se parecía mucho a los demonios de esas historias.
-Lo era, su Majestad. – Silencio. - ¡Ah! – Gimió Ciel, sintiendo como una vez más Claude tomaba su cuerpo a su antojo. Ese cuerpo del moreno, el cual aunque era igual de fornido y perfecto que el de Sebastián se sentía tan asqueroso en comparación al del otro demonio.
"¿Cuántas veces han quebrantado este cuerpo?" Pensó el ojiazul, soportando las embestidas entre falsos gemidos. "¿Cuántas veces quebrantaron mi familia, mi mansión y mi alma? ¿Cuántas veces intentaron quebrantar mi espíritu? Muchas pero, jamás lo lograron. Y tú, Claude Faustus, te convertirás simplemente en el peón de este juego"
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Aquella noche, justo después de la velada, Sebastián pidió a Alois que le prestara algo de la ropa que utilizaba cuando vestía como ministro. El rubio parecía preocupado de lo que el moreno estuviera planeando hacer.
-¿Qué planeas? – Preguntó, tomando su forma verdadera para el moreno. – ¡No me digas que ahora te prostituirás en las calles a cambio de almas! – Se echó a reír, sonoramente.
-Seguro serías el primero en pagar por una noche conmigo. – Respondió el demonio mayor, guiñándole un ojo. Alois volvió a reír. - ¿Has conseguido lo que te pedí? – Sebastián escogió uno de los trajes del armario del rubio mientras hablaba.
-No ha sido nada fácil pero, conseguí que en un momento de distracción Claude sellara la hoja en blanco que me pediste. – Dijo el rubio, sacando la hoja doblada en tres partes del bolsillo interior de su chaqueta, desdoblándola para mostrarle al moreno el sello de lacre rojo con la impresión única del anillo que llevaba Claude en su dedo medio.
-Gracias. – Dijo el moreno, tomando la hoja y colocándola sobre un escritorio que se hallaba al fondo de la habitación del ministro.
-¿Qué harás con ella, Sebastián? – Preguntó el rubio, parecía preocupado de lo que pudiera hacer, más por sí mismo que por el bienestar del moreno.
-Nada que pueda ser tu interés de momento, Albus. – Sonrió. – Es mejor que ni siquiera lo sepas hasta que sea indicado. – Alois hizo una mueca de disgusto. - ¿Has alimentado bien a mis huéspedes? – Inquirió Sebastián, refiriéndose a Nemuro, Tsuki y Mándrago.
-Están bien. – Masculló el rubio, resignado a no conocer los verdaderos planes de Sebastián.
-Te lo agradezco. – Dijo el moreno, terminando de anudarse la corbata. Entonces, tomó la hoja entre sus manos. Cerró los ojos y se concentró.
-¿Qué pasa? – Preguntó Alois, sorprendido de lo que el moreno hacía pero, no recibió respuesta de su parte. Sebastián abrió los ojos en ese momento pero, brillaban tanto que obligaron al rubio a cerrar los suyos. – Sebastián, ¿qué es esto? – Gritó. Un rayo de luz había destellado y, él lo percibió a pesar de tener los ojos cerrados.
De repente todo quedó en silencio. Alois abrió los ojos nuevamente y, se quedó boquiabierto ante la visión que se le presentó. ¡Claude estaba frente a él y él no tenía la forma de Albus! -¡Ah! – Lanzó un grito ahogado.
-Sigues siendo un niño miedoso, Alois Trancy. – Era la voz de Sebastián pero, por alguna razón, lucía como Claude.
-¿Có-cómo haces eso? – Tartamudeó el rubio.
-Es un poder que solo algunos demonios poseemos. – Presumió el moreno, mirando al espejo los detalles de su nuevo cuerpo. – Es el poder de lucir como la persona dueña del objeto que sostenemos. En este caso, tú me has dado la hoja con el sello personal de Claude.
Alois movió la cabeza en gesto negativo. - ¡Ay Sebastián! ¿Qué vas a hacer con eso?
-Ya verás. – Sonrió. – Te prometo que será algo muy bueno de ver. – Se sentó al escritorio y rápidamente escribió toda una carta. – Envíale esta misiva a Frederick Landers. – Ordenó, entregándole la hoja.
-Pero… él… ¡él es un ángel! – Tartamudeó el rubio.
-Lo sé. – Sonrió ladeadamente. - ¿Debería incluir algunos sellos para que pueda volar al cielo? – Cruzó la pierna y, entonces, Alois pudo ver la punta de sus botas de tacón. Sebastián estaba realmente excitado o bien era el esfuerzo que su cuerpo hacía para mantener la forma de Claude.
-Descuida. – El rubio ahogó una risilla. – Enviaré a uno de tus niños. Sólo ellos pueden cruzar el puente que separa el Inframundo del Cielo.
