CHAPTER 8: One step closer
I´ve seen the heart of darkness,
Let just say, I crossed over that line,
Held hands with the hopeless,
In too deep,on that ride, went around one more time,
When you´re standing on the edge,
You don´t look down,
Till you ready and willing to fly.
Abrí los ojos de golpe en cuanto escuché la alarma del despertador. Un manotazo lo silenció enseguida y al mismo tiempo, ya me estaba poniendo de pie. Tomé las zapatillas que descansaban debajo de la cama y aflojé los cordones para metérmelas en los pies. Estaba tan emocionado por las expectativas que este sábado me estaba prometiendo, que no reparé en el color de medias que llevaba puesto. No había tiempo que perder.
Tras cepillarme los dientes y ponerme ese perfume que nunca usaba, me dirigí casi saltado hasta la cocina. Mary me esperaba con el desayuno servido, como cualquier otra mañana. Su vista viajaba en diagonal a través de los artículos periodísticos. Me pregunté qué cosas tan interesantes podría llegar a estar leyendo, pero luego me di cuenta de lo poco que me importaba; hoy ( y el resto de mi vida) mi mente solo podía estar ocupada en una sola cosa: Caroline Poynter.
El desayuno se veía delicioso a simple vista y daba la sensación de que a mi estómago le iba a sentar muy bien probar unos bocados de esos deliciosos panqueques que me llamaban a gritos para que los devorara, o de la pinta de esas galletas recién horneadas que me sonreían de oreja a oreja. Todos manjares apetitosos que en este momento no me apetecía. Opté por tomar unas tostadas con un poco de mermelada y tomé mi abrigo con la otra mano. Pasé al lado de mi madre y le besé la frente.
Ella detuvo su lectura bruscamente, como si de repente, algo le hubiera llamado potencialmente la atención. Sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras revolvía el llavero que pendía al lado de la puerta y buscaba las llaves de casa. Fui conciente de la estúpida sonrisa de enamorado que marcaba mi rostro, cuando por primera vez en toda la mañana, me miré al espejo que estaba al lado de la puerta. Parecía un completo tarado.
—¿Embry?
Mis ojos buscaron el sorprendido rostro de mi madre que repentinamente parecía ser mucho mayor de edad. Unas largas arrugas habían poblado su frente y una de sus cejas se había curvado hacia arriba. El diario ahora reposaba en la mesa al igual que la taza de café caliente.
—¿Sí? —el tono dulce de mi voz hizo que ella ladeara a un lado la cabeza, extrañada por mi actitud.
—¿No piensas desayunar?
—Tengo prisa, lo siento.
—¿Y a dónde tienes que ir?
Mierda. ¿Tenía que decirle la verdad? «Oye, mamá, a que no sabes, ¡me he enamorado». Nah, demasiado estúpido para venir de mi parte. Me encogí de hombros restándole importancia y le respondí:
—A la casa de una amiga.
Su frente se volvió lisa, sin embargo, la ceja permaneció arqueada. La desaprobación cincelada en su rostro se me antojó divertida. Tomó un sorbo de café y con aire distante me inquirió:
—¿Una amiga? ¿Cuál amiga? ¿La conozco? ¿Y qué van a hacer? ¿Cuánto tiempo tomará?
Me reí entre dientes metiendo las manos en los bolsillos delanteros de mis vaqueros.
—De a una a la vez, mamá —dije en un murmullo —. Se llama Caroline Poynter, es una chica nueva e iré a su casa para hacer, eh... un proyecto que nos encargaron.
—¿Quién?
—El director del instituto.
Mary miró al cielo como lamentándose de algo.
—Te castigaron —adivinó —. Así que, ¿te has conseguido una compañerita de aventuras?
—¡Oh, pero por favor! —me quejé perdiendo la paciencia —. Caroline no es ese tipo de chicas, mamá. ¡Por Dios! Llego tarde, mamá y tengo mucha prisa en llegar.
No supe porqué pero me quedé quieto mirándola fijamente a la cara. Parecía estar estudiando mis propias facciones, las cuales deberían ser una sencilla cara de pocos amigos. Segundos después la mueca que tenía sobre el rostro se transformó en una ancha sonrisa. Su cabeza me asintió una vez sola mientras que sus ojos se cerraban lentamente. Me quedé completamente desconcertado con el repentino cambio de su actitud.
—De acuerdo. Te veo en la cena.
Enarqué una ceja algo confuso; ¿así no más me iba a dejar ir? Me encogí de hombros y tras acabar de comerme las tostadas, salí de la casa con el abrigo y las llaves en manos. Mi fino oído me advirtió que mi madre murmuró algo así como «Ojalá que sea la indicada», pero no estuve muy seguro de su veracidad puesto que tranquilamente podría haberlo imaginado.
Caminé con una sonrisa pintada en el rostro y deseándole buenos días a todo aquel que se me cruzaba. Era tal la felicidad que tenía guardada dentro de mi que se las contagiaba a todos los que se aparecían en mi camino. Cuando pasé por el almacén donde los padres de Quil trabajaban, la señora Ateara me preguntó sobre el motivo de mi repentina alegría a lo cual le contesté que presentía que iba a ser un día maravilloso.
Me pareció adecuado comprar algo para llevar a la casa de Caroline; caerme con las manos vacías me parecía una completa falta de respeto, después de todo, iba a pasarme la tarde entera en su casa «haciendo un proyecto» para la escuela. Caroline me había dicho que su madre no sabía sobre el castigo, que creía que era un trabajo que el director nos había encomendado. Le prometí actuar el papel de chico aplicado delante de los ojos de su madre, como un pequeño secreto entre su hija y yo.
Eso me agradaba bastante: un pequeño secreto, la mejor manera de empezar una amistad.
Pedí sus gustos de helado preferidos: chocolate blanco y granizado, los cuales me había nombrado en una de las horas de almuerzo. Desde martes a viernes de esa semana, habíamos pasado mucho tiempo juntos, mucho más que el que yo podría haberme imaginado. En cierto punto, algo me decía que yo le caía bien. Parecía como si aquella broma no hubiera continuado abriendo el abismo entre nosotros. Y eso estaba de lujo.
Por supuesto que ambos habíamos evitado el incidente del lunes (el del baño, claro) por la simple comodidad de ambos. A mi me recorría una corriente de vergüenza cuando recordaba lo cerca que había estado de ella y lo ligera de ropa que ella estaba, y suponía que a Caroline no le hacía mucha gracia tampoco. Sin embargo, ese era otro secretito más; por más que Caroline y Dougie eran los hermanos más unidos que jamás había visto, ella no le había mencionado ni una sola palabra de aquella conversación ni de la broma.
La gente me miraba extraño al llevar en una bolsa dos potes de helado. No hacía tanto calor como para tomar helado, pero tampoco era que el frío no te dejaba respirar. Estaba templado, con un poco de viento.
No tardé mucho en llegar a su casa o al menos el tiempo se me pasó volando. Entre recuerdo y recuerdo de todo lo que habíamos vivido en la semana (roces tímidos, besos en los cachetes solamente para saludarnos, intercambio de chistes, acompañamientos en almuerzos y recreos), el tiempo parecía no tener sentido. Me planté delante de la puerta y tras controlarme el aliento y darme ánimos a mí mismo, toqué el timbre.
La puerta no tardó en abrirse y el mayordomo (ahora sí, un viejo con bigotes grises que tenía unos ojos celestes impactantes y una extrema cara de agotado), me atendió saludándome cordialmente. Me hice el fino y me limpié las deportivas en la alfombra que tenía pinta de ser origen oriental. Ahora bien, yo me preguntaba, ¿por qué todas las familias ricas tenían alfombras de la India o de Persia? ¿Qué diferencia había entre ellas y las que podías conseguir en una buena venta de garaje o un local de artículos usados? Me encogí de hombros dándome cuenta de lo poco que tendría que importarme.
—La señorita Poynter bajará a recibirlo en unos momentos, caballero —me dijo con voz noble y gruesa el mayordomo.
—De acuerdo, doc. Todo en orden.
Me pareció que él me contestó poniendo los ojos en blanco y desapareció luego en la cocina. La sala principal se vio inundada por un silencio sepulcral algo aterrador; esta mansión tenía pinta de ser la protagonista de muchas historias de terror. Rodé los ojos algo decepcionado por tener esta clase de pensamientos y preferí perderme en los retratos familiares que descansaban sobre una mesa de mármol rosado.
—¡Hey, Embry! ¿Pero qué haces aquí, hermano?
Me di la vuelta y vi a Dougie vestido como para ir a la playa; pantalón corto, ojotas, remera manga corta y si no veía mal, una enorme y preciosa tabla de surf a sus espaldas. Cualquier chico babearía como loco al ver esa belleza acuática.
—Eh, pues vine para hacer un proyecto con Caroline...¿no te lo ha dicho? —pregunté extrañado. Estaba convencido de que ella le iba a pedir a él que la cubriera en esta pequeña aventura.
—Ah, creo que sí, que me lo mencionó —por su aspecto, no parecía muy seguro de sus palabras —. Bueno, ella está arriba. ¿Por qué no vas a su habitación? —me quedé congelado en mi lugar. O me estaba regalando a su hermana o confiaba ciegamente en mí —. Oye, no es para que te aproveches de ella ni nada por el estilo, eh. Mira que te estoy vigilando —agregó con tono de «yo soy peligroso».
Me reí a carcajada limpia.
—¿Sabes por qué La Push tiene las mejores playas?
—¿Por qué tiene las mejores olas?
—Sí, bueno, también por eso.
—¿Y qué otro motivo hay?
—Las chicas que concurren a «hacer gimnasia», son bastante, eh, ¿cómo decirte?, ¿atractivas?
Leí enseguida en sus ojos el interés que e había puesto a mi comentario. Se inclinó hacia adelante, como queriendo prestar más atención. Sus ojos celestes se clavaron en el piso, concentrado en algún pensamiento que atacaba su mente en aquellos momentos.
—Sí, me imagino. Ahora, ¿pero qué tiene que ver eso con mi hermana?
—Yo que tú pensaría mejor eso de «te estoy vigilando». No creo que le pongas atención a Caroline cuando tus ojos se pierdan en el desfile de piernas, traseros y gomas que vas a presenciar en First Beach.
En un primer momento me puso mala cara y luego no pudo retener más su risa. Nos reímos juntos hasta que su teléfono vibró con furia en sus pantalones.
—Vaya, debo irme —me dijo secándose las lágrimas que le caían de los ojos —. ¿Sabes, Embry? Me agradas mucho, pero eso no significa que te autorice a tener algo con mi hermana, ¿de acuerdo?
—Tendré en cuenta tus advertencias.
—Bien —me dedicó una sonrisa ganadora, de esas que usamos los chicos para derretir corazones —. ¿Te parezco un surfista profesional?
—Billetera mata galán, Doug —repliqué guiñándole el ojo.
Él me devolvió el gesto y tras chocar los cinco conmigo, se encaminó hasta la puerta.
—¡Te estoy vigilando, tiburón!
—¡Tú mejor cuídate de los airbags que puedas encontrarte, y luego hablamos!
—¡Vete al infierno, Call!
No escuché más su voz porque un portazo me lo impidió. Meneé varias veces la cabeza, aún divertido por esta corta charla. Luego, me enfrenté a las largas escaleras. Una agradable sensación me recorrió la espina dorsal y mis músculos dejaron de estar tensos. No tenía porqué temerle a subir a estas escaleras, ya lo había echo una vez y me había ido de maravilla. Hice el camino de la otra vez y me encontré cara a cara con su habitación. Su perfume se desprendía, ingresando a mis pulmones y dejándome deleitado con el dulce aroma. Cerré los ojos y respiré hondo para darme confianza a mi mismo y luego, toqué decididamente la puerta.
—Sí. Adelante, Embry —se escuchó desde adentro.
Ingresé y la vi a ella sentada en un amplio escritorio con un largo estante de libros sobre su cabeza. Ella hacía cuentas en una calculadora y solía escribir algunos datos en una agenda. Empleaba el lápiz para marcar los dígitos sobre el aparato y escribía con furiosa velocidad sobre el papel. Le vi las gafas sobre la nariz y minutos después de haber yo entrado, se giró a mí y corrió sus gafas, depositándolas sobre su cabeza.
Agradecí eternamente que sus ojos no estuvieran bloqueados por esos molestos vidrios y me sentí aún mejor cuando divisé su sonrisa blanca solamente para mí.
—Vaya, ¿que traes ahí? —inquirió caminando hacia mi.
—Ah, nada —repuse encogiéndome de hombros —. Es sólo helado.
—Me imagino que me habrás comprado de chocolate blanco y granizado, ¿no?
—Por supuesto que sí, compañeradeproyecto, te he comprado tus gustos preferidos.
Me miró con los ojos entrecerrados y tomó los potes de helado. Los dejó sobre el escritorio y me entregó la lista que había estado escribiendo.
—Toma. Léela y dime qué opinas.
Hubiera deseado tener una pistola en ese mismo momento, apuntarme en los huevos y soltar el gatillo. La infernal lista de gastos y de elementos que había que juntar para la fiesta de graduación me torturó como un pelotazo en las pelotas, por culpa de un penal. Contuve un grito y mantuve la cara serena mientras mis ojos leían enloquecidos el trabajo que nosotros dos juntos debíamos hacer. Tragué saliva para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.
—Vaya, esto va a ser difícil, ¿no crees?
—Por supuesto que sí. Debiste de haberte retirado cuando te lo ofrecí, esto no lo puede hacer cualquiera.
—No iba a dejarte sola, Caroline —afirmé muy serio.
Sus ojos se encontraron unos segundos con los míos y leí en los suyos una clara expresión de pena. Corrió su rostro y se concentró en despejar el escritorio. Me quedé sorprendido cuando sacó un par de cucharas de uno de los cajones de su escritorio.
—Dougie y yo tenemos como costumbre comer helado mientras miramos películas —me explicó señalando el enorme y precioso plasma que colgaba de la pared —. Ya sabes, pasatiempos con los hermanos.
—No, no tengo hermanos —dije corriendo los ojos del plasma; esta casa iba a terminar por dejarme seca la boca —. Sin embargo, Quil y Jake son lo más parecido a «hermanos» que la vida pudo ofrecerme.
—Guau, qué chico tan profundo.
—Sin embargo a las chicas les gusta.
Me puso mala cara, pero se podía ver la obvia sonrisa que luchaba por no salir a la luz. Me reí en mi fuero interno y tomé asiento a su lado. Destapó los potes y me ofreció una cuchara.
—¡Oye, pero qué haces! —me quejé cuando probó con la cuchara mis dos gustos de helado.
—¿Sanbayón y crema americana? ¡Tienes que estar bromeando!
—¿Qué tiene de malo?
—¿Te gusta el helado que tiene alcohol?
—Sí, me encanta. ¡Y cuánto más tenga mejor!
Le saqué la lengua y tomé mi pote para no darle tiempo al helado para que se derritiera. Ella me hizo un gesto con el hombro y se sentó a comer el suyo. Hubo un silencio incómodo mientras comíamos. En realidad, tendríamos que estar organizando la graduación pero...¡Dios! No sabía cuánto tiempo iba a soportar verla saboreando el helado en sus labios y luego tragándolo con completa lentitud, disfrutando del roce del sabor en su lengua y garganta. Parecía querer estar comportándose de esa manera apropósito, para hacerme sufrir.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—Ya sé que te gusta el chocolate blanco pero...Verdaderamente, tú sabes, ¿prefieres a los chocolate blanco o a los chocolate negro?
Su cuchara se detuvo a mitad de camino y me miró con los ojos abiertos. Pilló el significado de mi pregunta segundos después y enseguida se ruborizó como solía hacerlo cuando se encontraba en una situación incómoda. Le dediqué una media sonrisa.
—Te escucho —presioné con aire superado.
—¿Perdón? ¿Y qué te importa? —se atajó con verdadera incomodidad. Saboreó la cuchara una vez más y casi que me desconcierta con los movimientos de sus labios.
—Era simple curiosidad, nada más.
—Mm, ya veo.
Caroline estaba completamente furiosa, molesta y ofendida. Me miraba de reojo estudiándome con la mirada, tratando de encontrar algo para poder taparme la boca a mi y hacerme pasar un mal trago. ¿Debía temerle o no?
—Sabes —comencé diciendo y, al mismo tiempo, deposité el tarro de helado sobre el escritorio —, tu hermano iba a ir hoy a First Beach.
—Ajá, ¿y? —la indiferencia disimulaba el interés y una larga sonrisa se extendió su rostro al imaginarme en pocos segundos su posible reacción.
—No, nada, ¿qué va a pasar? —el sarcasmo de mi pregunta la alteró un poco, obligándola a posar sus redondos ojos sobre mi —. ¡Qué bueno que tú no eres ese tipo de hermanas celosas! Las chicas que suelen ir a correr a las playas son como las curvas de las pistas de autos; cuantas más haya, más divertido será.
Me miró con una expresión carente de emoción alguna. Luego, la furia crispó en sus facciones y noté su mandíbula apretada con fuerza. Escarbó con rabia entre el helado casi derretido y se metió varias cucharadas de chocolate en la boca. Casi que le salía humo por las orejas...
—Hablando de curvas, ¿sabías que las mujeres somos el único conjunto de curvas que endereza a la única curva de los hombres? —me llevó un par de segundos entender el significado oculto a su comentario y otros más para ponerme pálido —. No sé si entiendes a quién estoy haciendo referencia...
Volvió sus ojos a mi persona con una expresión de completa autosuficiencia. Una sonrisa pícara y gloriosa apareció en su rostro y sus pestañas se movieron a tal velocidad que me dejaron confuso unos segundos.
—Eh...claro que sí, Caroline, claro que sí —contesté con voz estrangulada. Sentí como una capa de sudor me cubría la frente, mas tenía que hacer un gran esfuerzo para no dejar en evidencia mi incomodidad.
—Claro —dijo ella con un leve movimiento en la cabeza —. Debe ser terrible tener un amiguito con vida propia entre tus piernas, ¿verdad?
¡Maldición!
Bueno, no podía quejarme como mariquita, ella estaba en todo su derecho a ponerme en esa clase de situaciones ciento por ciento incómodas. Y, aunque fuerzan embarazoso tener que hablar con esos códigos (y sobre esa cosa), opté por seguirle el juego, el cual ella (y yo) disfrutábamos.
—Vaya, veo que tienes muy en claro que hay entre las piernas de los chicos —comenté con una mano en el mentón y haciéndome el experto —. Ya que la tienes tan clara, ¿qué tal si me explicas qué son esas hermosas muchachas sobre tu pecho? Creo que mi amigo y ellas podrían llevarse muy, muy —enfaticé la palabra —, bien...¡De maravilla, diría yo!
Automáticamente, Caroline echó un vistazo a su escote, el cual dejaba en vista una porción de sus amigas. Sus mejillas se iluminaron al mismo momento que sus ojos se cruzaron con los míos y se cruzó de brazos a fin de cubrirlas. Mal intento, por cierto.
—Ya sabes —continué yo —, podríamos hacer un dos por uno.
Furiosa, Caroline tomó su cuchara y me la arrojó con todas sus fuerzas. Mi cuerpo reaccionó mucho más rápido que mi mente y como acto reflejo, tomé la cuchara en el aire con demasiada agilidad para tratarse de un «torpe» adolescente de diecisiete años. No fui consciente de ello hasta que no comprendí y leí claramente el mensaje que había en los ojos se Caroline...
Sorpresa. Maravilla. Curiosidad. Interés. Más sorpresa y un poco de diversión.
—Guaaau —aulló encantada —. ¿Pero cómo diablos hiciste eso?
¡Oh, mierda!, se quejó mi conciencia, ¿y ahora que piensas hacer, casanova?
—Mi mamá suele arrojarme todo el tiempo cosas —mentí —. Estoy acostumbrado —me encogí de hombros para quitarle importancia.
—¿Te arroja cosas? —inquirió con aire incrédulo y una ceja enarcada —. ¡Tienes que estar bromeando, Embry! ¡Vamos! ¿Por qué ella tendría que arrojarte cosas?
—Porque suelo llegar muy tarde a casa y le molesta que no le cuente dónde estuve —contesté.
Bueno, en cierto sentido era cierto. Evadí los «pequeños detalles» como la parte de que soy un hombre lobo que se especializa en matar vampiros. Pero eso era algo que, por el momento, ella no tenía por qué saber.
—¡Oh, Embry Call es un adicto a la joda! —se burló.
Me reí entre dientes y murmuré «Ojalá saliera más a los boliches...». Compartimos unos minutos se silencio donde ella y yo nos miramos mutuamente. Yo contemplaba la fina línea de sus labios, las largas pestañas de sus ojos y la pequeña nariz en el centro de su rostro. Pasado un tiempo considerable, recordé porqué había venido a su casa.
—Creo que hemos tenido mucho tiempo de boludeo, ¿no crees? Deberíamos ponernos a hacer nuestras tareas.
—Vaya. Eso sí que sonó bastante nerd.
—¡Uf, pero miren quién habló!
Nos miramos una vez más y nos reímos juntos. Vaya, eso era tan placentero. Saber que por fin comenzábamos a encajar el uno con el otro, que por fin podíamos mantener una charla como amigos, que podíamos divertirnos juntos y gastarnos bromas. Sin duda, la suerte me estaba sonriendo, aunque me preguntaba cuánto me podría llegar a durar...
Pasamos varias horas anotando y discutiendo sobre nuestro proyecto. Intercambiamos ideas, nos pusimos de acuerdo, propusimos y elegimos ideas y proyectos para que la graduación fuera un éxito. A pesar de que organizar una fiesta de fin de curso fuera la tarea más embolante que había tenido que llevar a cabo, hacerlo en pareja con ella me había garantizado un toque de diversión único. Caroline se adaptaba a mis comentarios-bromas y yo a los suyos. Ninguno se tomaba a mal el chiste del otro por más que este se excediera por ser tan desubicado. Descubrí en ella un montón de características similares a mí, y todo esto en su conjunto, me hacían enamorarme más todavía de ella misma.
Jamás creí que una mujer fuera tan perfecta para mí, que yo pudiera llegar a mantener este tipo de relación tan íntima y profunda con alguna mujer que no fuera o mi madre o mi prima Keira. Caroline parecía haber nacido para mí, para completarme. Conocerla me había dado aquella pieza del puzzle de mi vida que estaba perdida, y colocada en su sitio (siendo el ser vivo más importante para mi en toda la faz de la Tierra), le daba el perfecto equilibrio a mi existencia.
—Te ayudo —me ofrecí con cordialidad y dejando las bromas de lado. Los libros sobre decoración que su madre nos había prestado parecían demasiado pesados para que una menudita chica como ella, tuviera que cargarlos sola.
—Vale. Gracias —dijo sonriendo dulcemente —Ponlos en el estante superior, allí cabrán perfectamente —hice lo que me pidió con mucha facilidad; por más que los libros parecían pesar tanto como cuatro Biblias, a mi se me hicieron más livianas que cargar con una pluma —. ¡Perfecto! Debe ser genial ser tan alto...
—...y tener tantos músculos —agregué en tono de broma.
—Seguro, Schwarzenegger, seguro.
—Ah, bueno, eso es pasarse el límite —me defendí —. ¡Compararme con esa pelota de músculos! ¡Tampoco la exageración!
—¿Y qué harás al respecto? —quiso saber desafiándome.
Le sonreí y actué antes de que su cerebro pudiera procesar la información. La tomé por la cintura con un rápido y muy ágil movimiento. La apoyé, con delicadeza, contra la pared más cercana y para asegurarme de que no iba a intentar ningún tipo de escapatoria, apresé sus muñecas entre mis manos.
—Ten cuidado con lo que haces —me advirtió con diabólica expresión —. Cualquiera puede entrar por aquella puerta y hacerte volar de una patada en el culo, ¿comprendes lo que digo?
—¿Sabes qué? —miré hacia el techo y rocé mi nariz con la suya cuando bajé la cabeza —. Punto número uno, tu hermano está mirando tetas y culos en First Beach; segundo, en el caso de que alguien entre, no sé si te acuerdas de que soy Arnold Schwarzenegger, así que, nadie tiene la valentía necesaria como para enfrentarme.
—Qué macho —murmuró con las mejillas rojas.
—Llámalo como quieras —hice una corta pausa en la cual tomé su rostro por la barbilla para que pudiera mirarme a los ojos —. Escúchame con atención, seré claro con esto: cualquier tipo que te joda, cualquiera que sea, tú sólo me dices el nombre y …
Sus ojos brillaron con alegría y una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Me miró de hito a hito y leí en su mirada un interesante juego de emociones positivas. Escuché el aceleramiento de su corazón y el mío lo imitó. Era un momento muy íntimo y no pensaba echarlo a perder.
—Me sigue sorprendiendo el hecho de que no tengas novia —comentó en voz baja.
¡Otra vez con eso! Qué chica complicada, por Dios. ¿Cuántas indirectas le tenía que tirar para que entendiera de una buena vez lo loco que estaba por ella? ¿Esto era algo que se repetía en todas las chicas? Al final, se quejan siempre de que los chicos no hacemos nada para darles a entender cuando nos tienen enamorados, cuando son ellas las que no se quieren dar cuenta
—Creo saber por qué —murmuré. Sus ojos me miraron con curiosidad —...creo que no sé besar muy bien, por eso es que las chicas no me miran.
Eso había sido mi peor invento en toda mi vida. Jamás había dicho semejante huevada, semejante pavada. Me pregunté si, por lo menos, había sonado creíble. Una ceja enarcada en su rostro me indicó de lo evidente que había sido mi chamullo. Genial.
—¿Qué no te miran? Por Dios, deberías dejar de drogarte...
—Tú podrías enseñarme —proseguí haciendo caso omiso a sus palabras —. Algo me dice que sabes besar muy bien.
—¿Perdón?
Tomé una de sus mejillas con mis manos y me acerqué peligrosamente a su boca. Sus ojos me miraban asustados, aterrados en cierto punto. Su pulso se agilizó tanto que casi temblaba y noté como le comenzaban a sudar las manos.
—¿Y si te beso, Caroline?
Tragó saliva muy sonoramente, tanto, que caí en la cuenta de cómo estaba metiendo la mata. Cerré los ojos con fuerza y me aparté un poco hacia atrás. Abrí los ojos y no pude evitar reírme.
—¿Y si te pego una patada entre tus piernas?
Me reí a carcajada limpia corriendo la cabeza hacia atrás. Mudé de lugar las manos, apoyándolas en la pared, a un lado de su cabeza. Caroline me contempló el brazo con desagrado y luego me dedicó una mirada burlona.
—Baboso.
—Manipuladora —nos fulminamos con las miradas —. No se jode con esa zona.
—¿Con el amiguito? —se rió sonoramente y de un manotazo apartó mi brazo.
Admiré su agilidad cuando apartó su pequeño cuerpo para dejarme caer contra la pared. Maldición. Por suerte, mis manos se apoyaron antes contra la pared y amortigüé el golpe. Tuve el presentimiento de que Caroline quería matarme y cinco segundos después de pensar eso, me mordí la lengua para no reíme de tal incoherencia.
Now I´m, one step closer,
With my arms open wide,
Yeah, I´m one step closer,
And I´m willing to try this time.
AJAJAJA MAS TIERNO EL FINAL! AJAJAJA OJALA QUE LO DISFRUTEN TANTO COMO YO :)
Traducción de "One steap closer", de Bon Jovi:
He visto el corazón de la oscuridad,
Dejemos decir, que crucé la línea,
Con las manos sostenidas en la esperanza,
profundamente en ese paseo, yendo alrededor una vez más,
cuando estás en la orilla, no mires abajo,
hasta que estés lista y dispuesta a volar.
Ahora estoy, un paso más cerca,
con mis brazos bien abiertos,
yeah, estoy un paso más cerca,
y estoy deseando intentarlo esta vez.
