Mi inspiración se fue de vacaciones por un buen tiempo, pero está regresando al igual que este fic.
Espero les guste
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Capítulo
8
El frío parecía estar impregnado en sus huesos sin importar cuanta leña pusiera en la chimenea de esa pequeña habitación, ni el fuego lograba apartar la sensación gélida que lo tenía tiritando.
Dean se acercó despacio a la ventana medio congelada de la habitación, observó como el pueblo se hallaba cubierto bajo una capa gruesa de nieve. Durante casi una semana la nevada no había dado tregua; era una verdadera suerte poder contar con un techo en esas circunstancias, en especial por el estado de Cas.
Soltó un respiro trémulo cruzándose de brazos como si eso fuera a hacerlo entrar en calor. Apretó las mandíbulas con fuerza para que los labios no le temblaran, para que sus fuerzas no flaquearan. Si dejaba a su mente divagar en el dolor estaba seguro que terminaría llorando como un niño o matando a golpes a cualquiera que le provocase.
Volteó su mirada a la vieja cama de la habitación; deseando que algo hubiera cambiado, que un par de ojos azules cansados lo estuvieran mirando. Pero no sucedió. Cas todavía dormía, afiebrado, y murmurando incoherencias, mientras que Gabriel lo revisaba.
Había pasado días así. A veces murmuraba una palabra o dos, sin estar del todo consiente. Deliraba. Temblaba e iba poniéndose más y más pálido. Gabriel puso cada emplasto que se le ocurrió en sus heridas, vertió en sus labios cada remedio que tenía a la mano, y sin embargo la infección no cedía.
Dean no se había despegado de su lado. Incluso cuando estaba exhausto. Anna le llevaba algo de comida para que no muriese de hambre, pero apenas si probaba bocado. Y ese día no era distinto, era aun peor, si es que lo pensaba, porque las heridas de Castiel habían empezado a tener un olor desagradable y un color negruzco preocupante.
Cas no sanaría. Dean había visto a suficientes hombres morir por heridas incluso menores, y sabía que los emplastos no estaban funcionando, pero aun así se negaba a aceptar la realidad.
Los ojos verdes del rubio se llenaron de lágrimas otra vez cuando Gabriel descubrió una de las heridas de Cas, su piel desgarrada se veía morada y tenía un olor que revolvió el estómago de Dean. Detestaba llorar aunque en esas circunstancias era imposible no hacerlo. Había perdido su hogar, a su familia, a su hermano menor, y ahora perdía a Cas. Lo veía morir y no podía hacer absolutamente nada.
-Maldición… -gruñó apretando los puños.
Gabriel aparentemente lo escuchó porque alzó su mirada. Durante los primeros días allí sus frases para fastidiar a Dean no daban tregua, por ello el rubio esperó que sus lágrimas fueran la escusa perfecta para una oleada interminable de bromas. Le espantó un poco cuando el gesto asombrado se borró del rostro de Gabriel, y volvió a su tarea de revisar y cambiar los emplastos en las heridas de Cas, sin decir más. Gabriel parecía casi compadecido, eso era malo.
El frío pareció volverse más terrible.
-¿Cómo está? Han pasado días… debe estar mejorando en algo –soltó el rubio, casi como exigiéndole a Gabriel que corroborara aquello.
-He hecho todo… todo lo que está en mis manos pero… -intentó explicar Gabriel.
-¡No! ¡No has hecho todo, debe haber algo! ¡Algo más! ¡Tienes que sanarlo! –exclamó Dean, impaciente, con las manos temblándole de rabia e impotencia.
Gabriel se puso de pie con brusquedad, pero su gesto ofendido desapareció con rapidez.
-Dean… las heridas de tu hermano ya estaban infectadas cuando llegó aquí. He hecho de todo para bajar su fiebre y sanar las heridas, pero son profundas…. Incluso sangra internamente. Me es casi imposible… -trató de hacer entrar en razón al más alto.
-¡NO PUEDO PERDERLO! ¿COMPRENDES? ¡HAS ALGO O… O! –el grito del rubio resonó por toda la casa, pero Gabriel no se inmutó ni cuando lo tomó por las solapas de su camisa.
-Lo siento –exclamó zafándose de las manos de Dean y retrocediendo un poco para tomar todos los instrumentos que había usado para tratar de limpiar las heridas de Cas-… pero me temo que si esta noche la fiebre no baja… es muy probable que tu hermano…
-¡No! No lo digas siquiera… ni siquiera te atrevas a decirlo –gruñó y Gabriel sacudió la cabeza desaprobando su actitud, pero no se atrevió a decir nada más, sólo retrocedió y salió de la habitación.
El crujido de la puerta al cerrarse abrió un profundo agujero en el pecho del rubio. Cas no podía morir… o él… estaba seguro que perdería la cabeza por completo. Con los ojos aun acuosos se acercó a la cama donde su chico descansaba; lo observó por un instante, imaginando como sería ver esos ojos azules una vez más, verlo sonreír, besar esos labios, y llenar de caricias ese rostro.
Las piernas finalmente le fallaron y terminó dejándose caer junto a la cama tomando la mano de Cas entre las suyas.
-¡Cas… Castiel, maldito hijo de perra no te atrevas a morir! ¿Me escuchas? Tienes que sobrevivir a esta noche y, debes sanar, no puedes dejarte morir ¡¿Entiendes?! –exclamó hasta que la voz se le quebró, sus lágrimas rodaron-. No puedes dejarme. Por favor… -y por primera vez el Señor de la Ciudad caída de Vanadis, suplicó-, por favor no te atrevas a dejarme. Eres todo lo que tengo. Si te pierdo… si te pierdo no se que haré. Te estás muriendo y yo contigo… siento como me estoy muriendo mientras te veo así… Castiel… lucha, por favor, lucha. Sé que puedes escucharme, estoy aquí contigo –sus manos ascendieron hasta el rostro de Cas, y de rodillas junto a la cama continuó hablándole-. Siempre estaré contigo, sin importar qué… pero por favor no me abandones… por favor… te amo… te amo… no me dejes, no tú.
Su voz se fue apagando conforme todos los días en vela por cuidar de Cas, y todo el miedo a perderlo le pasaron factura. A un costado de la cama, en aquella posición incómoda, se sumió en un sueño profundo y sofocante.
La desesperación de ver a la única persona que amaba muriendo, la impotencia de no poder sanar sus heridas, hicieron que en sus sueños se dibujaran como sombras oscuras y terribles los calabozos del palacio, y Dean corría desesperadamente entre los, escuchando el eco de sus propios pasos, resonando junto con la voz moribunda de Castiel. Los gritos del muchacho le suplicaban porque lo sacaran de allí, porque lo ayudaran, pero sin importar hacia donde corriera el rubio la voz del castaño parecía alejarse más y más agonizando hasta desaparecer.
Esa pesadilla y la sola idea de que Cas podía haber muerto mientras él dormía hicieron despertar al rubio dando un respingo. Había soltado la mano ajena, y por un instante le pareció que Cas no respiraba. Se abalanzó rápidamente hacia él, tomando su pulso. Su corazón aun latía pero poco; su pecho apenas si subía y bajaba. La fiebre era aun peor que hace unas horas, no obstante, en ese estado, vio que los parpados del castaño temblaban.
-Dean…
Fue sólo una palabra, su nombre pronunciado por un Castiel empapado en sudor y totalmente inconciente. El rubio apretó su mano con fuerza, en busca de reacción pero entonces lo sintió, cada músculo, cada hueso en el cuerpo del castaño, relajándose, incluso su rostro del cual desapareció expresión alguna
-¿Cas? ¿Me escuchas? ¡¿CAS?! –sacudió su brazo, sintiendo que la respiración le faltaba, aunque fue el pecho de Cas el que descendió dejando escapar entre sus labios un último aliento-. ¡CASTIEL! ¡NO! ¡NO PUEDES! ¡NO PUEDES! ¡MALDITO HIJO DE PERRA! ¡NOOOO! –lo tomó por los hombros, con un nudo en el pecho cerrándose con tanta fuerza que las lágrimas afloraron a sus ojos verdes, mientras sacudía el cuerpo en la cama con violencia.
Sin embargo, por mucho que gritó, por muchas lágrimas que rodaron sobre el cuerpo de Castiel, la voz de Dean terminó por quebrarse junto con sus fuerzas, que fallaron. Sus brazos flaquearon al cabo de varios minutos y soltó el cuerpo ajeno retrocediendo con el rostro crispado por un dolor enceguecedor.
Castiel Novak había muerto.
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Un leve movimiento mecía la cama donde dormía. Sus recuerdos eran borrosos y extraños, la confusión lo tenía adormecido al igual que el sonido de las olas. Al reparar en que el océano estaba cerca, y que el silbar del viento hacía crujir la madera, entreabrió los ojos haciendo un terrible esfuerzo.
Estaba en un barco, al notarlo se incorporó tan bruscamente que su cabeza dio vueltas. ¿Cuánto tiempo había estado inconciente? ¿Por qué estaba allí? ¿Qué había sucedido?
Sam Winchester no tenía idea, pero intentó ver entre las penumbras del camarote que apenas era iluminado por una vela.
El titilar del fuego reveló el estrecho lugar donde se hallaba, todo era de madera, y había un pequeño escritorio, una mesa y un viejo cuadro en una de las paredes. Aparte de eso y los destellos que se filtraban entre la madera desde el exterior del barco, no se podía ver nada más.
En su cabeza resonó el recuerdo de la sala del trono de Valkyria, del bullicio de la guerra, y las palabras enfurecidas del rey Michael ordenando que los mataran a él y a Dean. Recordó el último intento de luchar, de ambos; el grito de su hermano mayor al verlo morir, y un dolor punzante en la garganta antes de mirar un charco de su propia sangre formarse en el suelo donde su cuerpo fue a caer como peso muerto antes de que su conciencia lo abandonara.
No recordaba más, por mucho que se esforzara. Se observó a sí mismo, traía ropa limpia de sangre, y junto a la cama había un par de botas viejas. Aventuró una mano a su cuello, pero la cortadura que había estado allí parecía haber desaparecido.
Asombrado y asustado se apresuró a la mesa, tomando la bandeja de metal para utilizarla como espejo; tal como lo sospechaba, su cuello no parecía tener ni rastro del tajo que a cualquier hombre le hubiera causado la muerte.
Se observó por un largo momento como esperando ver alguna cicatriz, algo, pero nada. Soltó la bandeja tomando un profundo respiro. Nada de eso tenía sentido. Había escuchado sobre curaciones con hechizos enochianos y esas cosas en la Logia de los Hombres de Letrs, pero nada era capaz de sanar un tajo tan profundo en el cuello, prácticamente sacándolo de la muerte.
Había algo extraño en todo eso, así que Sam decidió ponerse las botas e investigar.
Se acercó a la puerta, la cual estaba abierta y crujió al moverse. Observó fuera, en el angosto pasillo que llevaba a las escaleras. No tenía armas pero salió con mucho sigilo. Tenía las esperanzas de que sea un navío mercante, alguno al que Dean lo subió tras escapar de Valkyria. Tenía las esperanzas de que su hermano, Castiel y otros tantos más hubieran logrado huir.
Le bastó subir unos escalones a la cubierta para que todas sus esperanzas murieran.
Ojos negros. Todo lo que vió fueron ojos negros, personas posesionadas por demonios que izaban las velas y se encargaban de todo el barco.
Sintió que la cabeza la daba vueltas. Estaba rodeado de demonios, y eso solo podía significar que era rehén de estos, y si Dean y Cas no estaban allí, seguramente los habían matado en Valkyria.
Intentó regresar sobre sus pasos, para tratar de pensar que debía hacer, entonces una voz lo detuvo.
-Nuestro invitado de honor a despertado. Vaya milagro –era una mujer, o lo parecía por su cabello largo castaño y sus ojos burlones; pero Sam supo que se trataba de sólo otro demonio.
Ella avanzó hacia él, tenía una lámpara de aceite en la mano que iluminaba una buena parte de la cubierta ya que esa noche en alta mar era particularmente nublada y oscura. Sam, por su parte, retrocedió, desconfiado.
-No te haré daño, grandote. Pero nuestro señor quiere verte.
-¿Azazel? –gruñó Sam sintiendo que la sangre le hervía de solo pronunciar ese maldito nombre. La mujer soltó una risotada.
-No seas idiota. Hablo de Lucifer… Azazel debe estar muy ocupado calzando su trasero en el trono de Valkyria –respondió dando media vuelta y dando un cabeceo para que Sam la siguiera. Ya que no parecía haber opción él lo hizo-. Nuestro señor quiere, digámoslo, conocer mejor a su huésped.
-Querrás decir rehén.
-No lo creo. Digamos que en poco tiempo serás su otro juguete favorito… estoy segura –respondió ella mientras atravesaban la cubierta hacia uno de los camarotes principales en la popa del barco. Las olas apenas dejaban escuchar su voz.
- ¿Otro? ¿Quién es el otro? –preguntó Sam mientras ella abría las puertas de esa habitación.
-Sí, y quién sea es algo que no te incumbe. Por cierto. Mi nombre es Ruby, si necesitas algo solo dime –dijo a manera de despedida antes de retirarse de allí. Sólo entonces Sam se aventuró a mirar dentro del camarote. A diferencia del suyo este era amplio, tapizado por alfombras color vino, y con muebles seguramente robados de algún botín.
-¡Sam Winchester en persona! ¡Vamos, pasa! ¡No seas una doncella tímida! –exclamó la voz del hombre que al parecer cenaba a solas en las penumbras de una mesa al extremo del camarote, junto a la ventana.
Sam obedeció, apretando las mandíbulas. En esa oscuridad los ojos del sujeto destellaron rojos. Se trataba de Lucifer, cuya sonrisa falsamente inocente heló los huesos de Sam cuando lo invitó a sentarse a su lado.
-¿Te apetece algo cerdo, venado, vino? –preguntó Lucifer poniéndose de pie como un niño feliz que ha conseguido su trofeo. Cuando Sam no respondió se encogió de hombros y se sirvió él mismo una copa de vino. Se la bebió toda de una sola y luego sonrió ampliamente-. El vino de Valkyria sabe cómo a lavanda y… sangre. Hablando de eso, espero que Azazel ya esté feliz con su trono. Asmodeus era menos impertinente. Pero, que puedo decir, los demonios más poderosos son los más insoportables… Lo divertido son los demonios menores, puedes sacarles un ojo con un tenedor y te lo agradecerán -continuó hablando como si nada.
-¿Dónde está mi hermano? –lo interrumpió Sam, cansado. Lucifer rodó los ojos.
-Yo que sé, en una taberna, entre los cadáveres de Valkyria. No tengo idea. Sólo espero que también hayan matado a mi hermanito, Castiel. Siempre fue un dolor en el trasero –respondió
La mirada de Sam llena de horror saltó a los ojos de Lucifer al escuchar eso y comprenderlo todo. Incluso Michael había intentado matar a los Winchester para evitar que Lucifer utilizara su sangre.
-Soy tu boleto para despertar a los Leviatanes ¿no es así? –gruñó-. Y supongo que ahora vamos a Agatión.
-No y sí. Prefiero llamarte invitado de honor, Sammy…. Si. Me gusta como suena. Sammy –rió Lucifer-. Agatión te gustará no te preocupes por ello. Haré que te sientas como en casa…. Me refiero a cómodo, no quemado. Y respecto a eso quiero proponerte un trato… puedo llevarte por la fuerza, o puedes ser mi aliado. Estoy seguro que con el tiempo entenderás de que se trata todo esto, y apoyarás mi causa. Podemos evitarnos toda la estupidez de intentar matarme o escapar y puedes unirte a mi… para despertar algo más viejo de los demonios, algo más viejo que la misma humanidad… dime ¿que deseas? Te lo daré. ¿Cuál es tu precio? Oro, mujeres… hombres. Lo que me pidas es tuyo pero ahorrémonos la parte en la que te haces el difícil –dijo burlón.
Esas palabras hicieron que Sam pierda la paciencia. No le serviría a ese demente para sus planes. Y por fortuna mientras Lucifer hablaba divisó un cuchillo junto al venado asado servido en la mesa. Con un movimiento veloz lo tomó y se lo llevó a su propia garganta.
-¡Púdrete! –sentenció el más alto.
-¿En serio, Sammy? -Lucifer lejos de parecer conmocionado pareció divertido, dejo la copa un lado-. No hagas eso, por favor, o voy a pensar que te gusta ser cortado… trozo por trozo.
-Vete al demonio, traidor –escupió Sam presionando el cuchillo, sin gota de miedo y con mucha decisión. Hizo un tajo limpio pero antes de que pudiera siquiera cortar su piel con un movimiento de mano Lucifer arrojó tanto a Sam como al cuchillo a extremos distintos de la habitación.
Sam quedó pegado a la pared por una fuerza invisible que lo confundió por completo. Abrió los ojos de par en par tratando de forcejear. Lucifer se acercó a él despacio, tomándolo por el hombro con un tacto que simplemente se sintió repugnante.
-¿Cómo has hecho eso? –preguntó Sam con un hilo de voz.
-Aprendí algunos trucos de mis queridos amigos de Agatión. Esos engendros son poderosos ¿sabes? Tu también podrías aprender. Un poco de sangre de demonio te daría poderes que ni imaginas.
-No te queda claro ¿cierto? No voy a ser tu aliado, aun si me matas arrancándome pedazo a pedazo.
-¡Winchester! Siempre tan tercos. Tan correctos. No quería tener que hacer esto pero, Sam –se acercó a su oído-. Desde ahora hasta el día en que mueras… eres mi perra. En cada sentido de la palabra –rió dejando caer a Sam al suelo.
Lucifer silbó un par de veces y antes de que Sam pudiera alzar la cabeza dos demonios entraron al camarote y lo sujetaron por los brazos llevándolo a rastras de allí.
-Llévenlo a las celdas. Eso lo hará entrar en razón –ordenó Lucifer y los demonios asintieron con obediencia-. ¡Oh, y pónganlo lo suficientemente lejos de… mi arma!
Sam no comprendió aquello último pero sabía que no tenía sentido forcejear. Siempre se guiaba por la lógica, sólo necesitaba un poco de tiempo para darse cuenta donde estaba, para analizar el lugar y poder escapar. No podía llegar a Agatión, sabía que una vez allí, nunca saldría con vida.
Lo arrojaron a una celda sucia, con olor a orines y tan estrecha que se hubiera sentido más cómodo de pie que recostado. Los demonios cerraron los barrotes oxidados y se marcharon de allí. Sam soltó un golpe furioso a uno de los barrotes, quedándose en completo silencio. No podía ver ni siquiera sus propias manos. Soltó un gruñido dejándose caer de espaldas contra una pared.
El silencio de ese lugar era molesto, casi tanto como el mecer del barco.
-¿Eres humano? –preguntó una voz de pronto, haciendo que Sam diera un respingo. Miró hacia todos lados pero era imposible detectar algo aunque parecía haber una silueta acurrucada en la celda más lejana.
-¿Quién eres? –preguntó sin obtener respuesta hasta que un par de ojos dorados brillaron iluminando los barrotes que los encerraban.
Eran barrotes de un extraño metal con grabados raros, al parecer diseñados especialmente para contener a quien se encontraba encerrado.
-Soy Jack.
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El alba parecía lejana, esa noche había sido la más larga de toda su vida. El frío viento de la nevada no dejaba de silbar fuera, y Dean sentía que el alma se le congelaba en el pecho. Había gritado, maldecido, y suplicado a Castiel que despertara. Pero tras varias horas, ya cuando las manos de su chico empezaban a enfriarse, muy a su pesar tuvo que salir de ese estado de negación. Cas estaba muerto.
Lo había conocido apenas unos meses, y amado a escondidas entre los pasillos del enorme castillo de Valkyria. Era poco tiempo. Su relación fue relativamente breve. Pero lo amó. Lo amó tanto que sentía que el corazón le había sido arrancado justo en esa polvorienta habitación.
Dean se sumió en un estado de shock que terminó por inmovilizarlo, permaneció arrodillado junto a la cama de Cas, observando a la nada como si allí fuese a encontrar una solución.
Pasadas varias horas un peso insoportable cayó desde su garganta hasta su corazón, y las mandíbulas finalmente le temblaron y lloró. Lloró casi en silencio, con los ojos bien abiertos hacia la oscuridad de la habitación. Lloró repitiéndose que jamás había merecido a Cas, jamás había merecido a su familia, a Sam, jamás había merecido el amor de nadie y por ello los había perdido a todos. No podía ser otra cosa.
-Por favor… -cuando pronunció esas palabras tocando el brazo de Cas la voz le salió tan rota que se hubiera sentido avergonzado de no ser porque en realidad dolía-,… por favor, te necesito… te amo, Cas… Castiel…
Sólo el silencio de la noche respondió, o eso pareció hasta que el crujir de las ventanas rompió esa quietud. El viento se convirtió en un aullido. Nada inusual para esas tierras norteñas, hasta que algo brilló. El reflejo de esa luz llamó la atención de Dean, haciéndolo levantar la cabeza.
Por un instante le pareció que un trueno había caído cerca, pero no era época de lluvias, y en esa nevada difícilmente habría rayos. Entornó los ojos poniéndose de pie; el suelo crujió con la misma lentitud con la que se acercó a la ventana. La abrió de par en par para ver que sucedía.
-Maldición pero qué… -murmuró abriendo los ojos de par en par al notar que la nieve que caía parecía tener vida propia y una luz azulada casi blanca.
Extendió una mano para palpar un copo pero antes de que su atención pudiera centrarse en este un fuego pareció arder a sus espaldas. Giró en redondo desenvainando su espada, la cual cayó en seco al suelo cuando sus dedos se aflojaron por el asombro.
Cas ardía. Pero no envuelto por fuego, sino por una cegadora luz blanca que emanaba de su misma piel, era una luz tan hermosa y potente que el rubio tuvo que entrecerrar los ojos y cubrirse con su brazo para intentar mirar.
La luz brilló tanto que pronto el cuerpo de Cas pareció ser devorado. Dean trató de acercarse entonces pero la luz titiló y estalló. Toda la casa se sacudió, mientras la explosión se derramaba como un destello silencioso que atravesó todo el pueblo. El rubio salió despedido contra una de las paredes de la habitación, y cuando volvió a abrir los ojos, por un segundo estuvo ciego.
Cuando esa película borrosa desapareció de sus ojos todo continuaba intacto. Salvo por Cas quien respiraba. Dean se puso de pie corriendo hacia él.
-¡¿Cas?! –exclamó incrédulo.
Nunca había creído en los milagros pero de pronto dos ojos profundos y azules le devolvieron la mirada.
-¿Dean? ¿Qué sucedió? –preguntó con la voz más áspera de lo normal, sus heridas aun brillaban, o lo que quedaban de ellas ya que poco a poco se fueron convirtiendo en cicatrices plateadas.
El rubio abrió la boca para responder, pero las palabras no le salieron. Permaneció un instante allí sintiéndose un idiota por no poder decir nada, hasta que algo en su mente reaccionó y se abalanzó sobre Cas besando sus labios. Trepó sobre él, devorándole a boca con desespero.
Castiel correspondió torpemente, por la sorpresa, hasta que se habituó a la sensación y sus manos acariciaron los brazos del rubio cuya respiración temblorosa hizo que Cas lo apartara unos centímetros. Dean no supo porque pero sintió las manos del muchacho castaño más fuertes.
-¿Dean? ¿Qué tienes? ¿Qué ocurrió? –cuestionó una vez más el de ojos azules.
-Yo… no sabes el susto que me diste. ¡No tienes idea del susto que me diste! –exclamó golpeando el hombro de Cas.
-Estaba herido. Ahora ya me siento mejor…
-¡Estabas muerto! –respondió bruscamente Dean. Cas frunció el ceño, sin comprender, pero no se atrevió a refutar al rubio. A pesar de que hace unas horas ardía en fiebre y sus heridas dolían como el infierno, en ese momento atrajo el rubio en un beso lento para calmarlo.
-Lo siento…
Ninguno de los dos supo cuánto tiempo se besaron pero cuando el sueño los venció ya había amanecido. Terminaron dormidos uno junto al otro. Dean no sabía que había ocurrido pero estaba agradecido. Por su parte, Castiel descubrió que, por primera vez, era incapaz de soñar.
Continuará…
