Lo prometido es deuda, así que capítulo para Navidad ;) Sin embargo ¿no es está la época de los regalos y las sorpresas? Actualización de dos capítulos ¡Disfrutadlos! :)

CAPÍTULO 9. UNA ATERRADORA VERDAD

Mu y Laupheim abandonaron la posada y se introdujeron en las calles de la villa. La gente empezaba a menguar por aquella hora, prefiriendo estarse en casa a afrontar la noche que se avecinaba. Las luces se encendían a su paso, mezclándose con los últimos rayos del sol.

En silencio, ambos salieron de las calles adoquinadas de Rodorio para adentrarse a los boscosos senderos que conducían a la fuente de Athena. Los animales aprovechaban la oscuridad de la noche para esconderse y observar a aquellos dos extraños que se atrevieron a penetrar su territorio.

Mu apartó algunos arbustos que barraban el paso y le indicó a Laupheim que pasara delante. Ella le dedicó una mirada antes de acceder a la petición silenciosa del caballero. Alguna de las ramas resecas rasgaron su nívea piel, pero a ella no le importó. Salió del embrolló de ramas y percibió que Mu se detenía detrás suyo.

— Parece que somos los primeros —comentó él en ver que ni Aldebarán ni Shaka habían llegado aún al lugar citado. Laupheim le miró por el rabillo del ojo, vislumbrando el rostro serio del caballero de oro de Aries.

— Habéis llegado antes de lo que esperaba.

Aquella jovial voz solo podía pertenecer a una persona. Ambos clavaron sus mágicas miradas sobre el gigante caballero que se acercaba a ellos con una alegre sonrisa y sus brazos extendidos en señal de bienvenida.

— ¡Aldebarán!

La princesa salió corriendo hacia Tauro, embistiéndolo en un abrazo que logró desconcertar al caballero. Este la miró un instante, viendo como trataba de rodear su cintura con sus finos brazos; luego miro hacia Mu. El caballero de Aries permanecía de pie en el mismo lugar, de brazos cruzados y con una divertida sonrisa tirando de sus labios. Aldebarán incluso podía decir que Mu estaba enternecido con la escena que estaba presenciando.

No queriendo darle más vueltas al asunto, Aldebarán devolvió el abrazo a Laupheim, siendo algo difícil debido a su diferencia de alturas. Y mira que ella no era precisamente una chica bajita.

— ¿Cómo has estado, Laupheim? —Ella se apartó y le miró con su usual sonrisa— ¿Has logrado dormir bien a pesar del sol?

— Pensé que sería peor.

En poco tiempo Aldebarán y Laupheim empezaron una animada charla a la que Aries no quiso sumarse. En realidad, Mu ni siquiera prestaba atención a lo que sus acompañantes comentaban con tanta energía y alegría. Su mente vagaba lejos y su atención solo estaba puesta en una única persona.

— Aldebarán —Tauro y Laupheim cesaron abruptamente su conversación y miraron hacia su amigo, quien lanzaba miradas desconfiadas a su alrededor— ¿Dónde está Shaka?

Tauro se rascó la cabeza con ligera confusión.

— Pues la verdad no tengo ni la menor idea. Fui a buscarlo a su templo pero no había nadie.

Esa última frase hizo que Aldebarán se ganase la atención de Mu, logrando que este le mirada con sus intensos ojos.

— ¿Shaka abandonó Virgo?

El brasileño se encogió de hombros un instante y luego cruzó sus brazos sobre su pecho. Ladeó la cabeza, desconforme.

— Solo espero que no le hayan reprimido.

— ¿Ha pasado algo? —preguntó Laupheim, interviniendo por primera vez.

— Ayer se declaró toque de queda. Lo extraño es que nadie nos informó de ello, por lo que esta mañana hemos tenido un encuentro no muy agradable con los guardias. Al final todo ha acabado bien, pero no puedo evitar pensar que hayan reprimido a Shaka de algún modo.

— Nadie se atrevería a reprimir a Shaka —puntualizó Mu.

— No muchos —contraatacó Aldebarán—. Incluso muchos de los caballeros de oro se echarían atrás pero Afrodita o Deathmask no creo que tuvieran demasiados escrúpulos.

— ¿Quiénes son ellos? —preguntó la princesa mirando directamente hacia Mu.

— Afrodita de Piscis y Deathmask de Cáncer. Dos caballeros dorados bastante temibles. Aunque, me costaría imaginarme a Deathmask con el valor suficiente para enfrentar a Shaka. No lo veo capaz, ahora, de Afrodita podría esperármelo.

Você está certo.

Laupheim miró a Aldebarán sorprendida.

— ¿Portugués?

— Brasileño —corrigió el caballero de Tauro con orgullo.

— ¿No son lo mismo?

La mirada de Laupheim cayó sobre Mu, quien, fuera del campo de visión de Aldebarán, negaba con apuro. Ella asintió lentamente y regresó sus ojos sobre el caballero de Tauro.

— No, son distintos.

Aldebarán le sostuvo la mirada unos minutos más hasta que sonrió y acarició su cabeza con cariño.

— ¡Claro que lo son!

Laupheim dio un rápido vistazo a Mu. Este alzó el pulgar, logrando arrancarle una sonrisa a la chica. Ella suspiró aliviada y se unió a las risas de Tauro.

— Me alegra ver que os lo pasáis tan bien.

Aquella cuarta voz silencio las risas. Ninguno tuvo problemas en saber quién era su propietario, por lo que rápidamente sus miradas escanearon las cercanías. Poco después, el susodicho apareció de entre las ruinas. Su capa ondeaba al son de su andar, pesado y calmado. Su cabello caía grácilmente tras su espalda, como siempre solía hacer.

— Buenas noches, Shaka —Mu fue el primero en saludar. Aldebarán rápidamente le secundó.

— Pensé que habías tenido algún problema con los guardias.

Shaka soltó una pequeña risa. Detuvo sus pasos y encaró al resto de los presentes. Nuevamente, permitió que contemplasen su profunda y azul mirada, en especial Laupheim quien era el foco de su atención.

— Estuve buscando este objeto —Shaka alzó su mano, su puño cerrado, sujetando una cadena dorada con una perla colgando de ella. Laupheim sintió su cuerpo paralizarse en reconocerlo— ¿Te suena, Laupheim?

Las miradas de Mu y Aldebarán rápidamente corrieron sobre la princesa, quien miraba con ojos grandes la joya. Su boca estaba ligeramente entreabierta, como si intentara hablar pero la sorpresa no se lo permitiera.

— ¿Lo has visto antes? —preguntó Aldebarán, dando un paso hacia ella.

Lentamente ella asintió, aún sin apartar la mirada del objeto.

— ¿Dónde lo lograste? —la mágica mirada de la princesa subió hasta encontrar los ojos del caballero de Virgo— Ese colgante —insistió con algo más autoridad.

— Lo imaginaba —comentó Shaka con cierta resignación. Virgo guardó el colgante en algún rincón de su armadura bajo la atenta mirada de aquellos que lo acompañaban.

— ¿Qué es? —inquirió Mu con el ceño ligeramente fruncido. No logró ver demasiado bien el objeto, sin embargo algo le decía que aquello no era un accesorio corriente. Desde allí podía percibir malas vibraciones emanar de él.

Shaka, sin embargo, no dijo nada. Volvió sus ojos a la princesa, indicándole en silencio que le correspondía a ella explicar su historia. Laupheim le sostuvo la mirada por unos instantes. Buscaba algo de coraje en los ojos de Virgo y, cuando por fin creyó encontrarlo, las palabras salieron de su boca.

— Ese colgante… —tragó en seco—. Me lo entregó Zwölf.

Mu se tensó en escuchar ese nombre. Lo recordaba a la perfección. Laupheim le habló de él antes. Inexplicablemente, tenía piel de gallina y una extraña opresión en el pecho. Temía lo que iba a suceder.

— ¿Quién es él? —preguntó Aldebarán.

— El sacerdote de Lemuria. Él me lo dio la noche en la que salí de Lemuria. De hecho… —Laupheim detuvo sus palabras, tratando de viajar por sus memorias de la noche en la que estaba en el jardín junto con Shion—. Después de cogerlo fue cuando perdí la memoria —pronunció con una inusual cautela.

— Y saliste de la barrera que rodea tu país —terminó Shaka con cierto apuro en su voz—. Laupheim, este es un objeto divino.

Los ojos de la princesa se abrieron como platos.

— ¿Cómo?

— Este colgante guarda en su interior el poder de Cronos. Estoy seguro de que conoces acerca de él —ella asintió—. Él lo creo para castigar a su esposa. Cronos estaba seguro de que Rea, su esposa y hermana, le estaba engañando con Hiperión, otro de los titanes. Cronos lanzó una maldición al colgante, dejándolo encantado incluso hasta nuestro tiempo.

— Tremenda maldición —murmuró Aldebarán asombrado. Shaka le dedicó una mirada a Tauro, algo consternado por la rudeza y falta de tacto de ese comentario— ¿Pero porque le daría algo así a Laupheim?

Inmediatamente, toda la atención recayó sobre el segundo custodio. Aunque este apenas notó algo. Con una mirada cargada de impotencia y frustración, Aldebarán miró a Shaka.

— ¿Qué sentido tendría? Si en nuestro tiempo ese colgante aun alberga poder. 200 años en el pasado sería capaz de…

— Lanzar a alguien a cualquier momento del flujo temporal —terminó Shaka.

Aldebarán calló, sintiendo una extraña ansiedad crecer en su pecho. Los rasgados ojos del caballero viajaron hasta Laupheim. Ella permanecía extrañamente callada, su mirada incluso parecía ausente, enfocando únicamente al suelo.

— Es muy simple—Shaka se sorprendió de lo difícil que se le estaba diciendo decir aquello—. Él quería quitarse a su mayor obstáculo de en medio.

Aquella oración fue capaz de silenciar, no solo el lugar donde se encontraban, sino todo el bosque que los rodeaba. Los presentes quedaron helados con las palabras que Shaka acababa de decir. Aunque sus preocupaciones rápidamente volaron hacia la más afectada. Lentamente, y bajo la atención de todos, Laupheim alzó la mirada.

Shaka se paralizó en ver sus ojos, cristalinos y haciendo un esfuerzo exagerado para evitar que las lágrimas no salieran de ellos. Incluso Shaka, con su estatus de semidiós, se sintió impotente e insignificante ante la magnitud de la situación. Aun así, se obligó a seguir hablando.

— Hablé con Shion, Laupheim —prácticamente murmuró Virgo. Sin embargo, todos pudieron escuchar sus palabras. Los ojos de la chica aún se acristalaron más, provocando que una lágrima traicionera corriera por su mejilla.

— ¿Cómo está? —su voz era entrecortada.

Se quedó sin palabras. El desespero en los ojos de Laupheim le impedía decirle el verdadero estado de Shion de Aries, quien vagaba sin rumbo por los indefinidos confines del limbo. Le costó en demasía, pero finalmente logró que las palabras salieran de su boca.

— Preocupado por ti —añadió. Shaka la observó con atención, pero le fue imposible descifrar lo que podía estar pensando aquella chica en ese momento, por lo que optó por seguir explicando sus descubrimientos—. Él fue quien me contó esto.

— ¿El qué? —inquirió Aldebarán, al borde del desespero— ¡Shaka! ¡No te hagas tanto de rogar!

El caballero de Virgo cerró sus ojos un instante, tratando de mantener su paciencia bajo control. Él que estaba tratando de lidiar con esa situación con el mayor cuidado posible y Aldebarán exigiéndole que lo soltara ya.

Mu miraba todo como un espectador, sintiendo que no debía intervenir puesto que esto era un asunto que concernía a Laupheim especialmente. Quería darle privacidad, sin embargo, una sensación helada recorrió su columna. Sus ojos cayeron sin explicación sobre la princesa. Algo, llamémoslo intuición, le decía que debía ir hasta ella. Así lo hizo. Discretamente pasó por detrás de Aldebarán y se detuvo a una distancia prudente de Laupheim, observándola desde atrás. Shaka abrió finalmente sus ojos, centrando toda su atención en la princesa y luego, vino la terrible verdad:

— El sacerdote es el verdadero padre de tu hermana, Laupheim.

Por un instante, a Mu le pareció que toda Laupheim se tambaleaba. Juraría que había sucumbido y había llegado a su límite, sin embargo, ella se mantuvo en pie. Observó que sus manos temblaban ligeramente; a diferencia de su voz que parecía demasiado firme para la noticia que acababan de darle.

— Entonces ¿Shenda y yo no somos hermanas?

— Tenéis la misma madre, pero vuestro padre es distinto —aclaró Shaka. Ella asintió con lentitud, un gesto que pasó inadvertido por Aldebarán o Mu, quienes no salían de su asombro—. Siendo así, únicamente tú puedes ser la heredera al trono de Lemuria.

Laupheim reculó un paso, negó. Su boca se movió, pero ninguna palabra salió de ella. Shaka sintió su pecho encogerse, pero hizo de tripas corazón y siguió hablando. A pesar que se sentía pequeño, a pesar que ver las lágrimas caer por las sonrojadas mejillas de Laupheim lo estaba matando, a pesar de eso, siguió.

— Tu padre estaba al corriente de eso. Él sabía que Shenda no era su legítima hija, pero manifestando ese conocimiento solo hubiese logrado ponerte en peligro. Por eso mismo actuó e hizo como si Shenda realmente fuera su heredera —Laupheim retrocedió otro paso, más lágrimas se escaparon de sus ojos—. Sin embargo, su intención era coronarte a ti en cuanto cumplieras la mayoría de edad.

— No… —fue lo único que salió de los labios de la princesa. Un ligero susurro que no logró callar a Shaka. No porque este quisiera torturarla, sino porque consideraba que la verdad debía ser dicha.

— De algún modo, el sacerdote descubrió que el rey estaba al tanto de todo y empezó a idear un plan para quitarte de en medio. Si su hija era la reina, él quedaría proclamado rey automáticamente. Desconozco… —Shaka ladeó la cabeza—, desconocemos el como dio con el colgante pero… Evidentemente él sabía de su poder y el que te lo diese no fue una mera equivocación. Todo lo premeditó cuidadosamente.

La mirada de Laupheim cayó al suelo, sentía un extraño frío cubrir su cuerpo. Su mente estaba en blanco, sus emociones parecían haberla abandonado por completo. Las lágrimas caían sin control, pero ella no quería ni podía hacer nada para detenerlas. A su cuerpo le drenaron toda la energía, toda la alegría, siendo golpeada por la más dura realidad.

Se sintió sola, engañada y traicionada. De pronto todos sus recuerdos le parecieron irreales, oníricos. Nada de lo que creía era cierto: Toda su vida era una gran mentira. Retrocedió un paso más. Se tambaleó, asumió que se caería pero no le importó. Dejó que la gravedad jugase con ella.

Y entonces unos brazos la rodearon. La atraparon desde atrás, le proporcionaron algo de calor pero ella aún sentía ese velo de hielo encima suyo. Una agradable esencia viajó hasta su nariz. No hacía falta que se girara para saber quién era quien la estaba sosteniendo. Aquellos fuertes brazos la estrecharon un poco más, sintió que querían proporcionarle algo de seguridad y consuelo. Y aunque ella se sentía incapaz de sentir algo así, agradeció en silencio el gesto.

Todo quedó sumido en el silencio por unos largos minutos. En especial Shaka lo resumiría como infinitos, puesto que durante todo ese tiempo sintió la culpa apuñalarlo por la espalda. La duda de si debería haberse callado todo aquello rápidamente afloró en su mente. Buscó respuesta en Aldebarán, pero Tauro no ayudó. Él parecía igual de sorprendido que Laupheim, aunque evidentemente no lo afectó a la misma escala que ella.

Finalmente Mu se atrevió a romper ese tedioso silencio; Shaka sintió un ligero alivio en su pecho.

— Espero que haya alguna solución, Shaka —conforme hablaba, Laupheim sentía el cálido aliento de Mu acariciar el lóbulo de su oreja—. Confío en que hay una.

— Teniendo en cuenta que ya hemos descubierto de que objeto se trata, encontrar una solución no debería resultar muy complicado. Apostaría mi armadura a que la respuesta está en la biblioteca del Santuario.

— ¿Qué? ¡¿Entonces, a qué esperamos?! —Aldebarán caminó a grandes zancadas y se detuvo justo al lado de Shaka— ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso!

— Precioso sería que nos descubrieran —le respondió Shaka sarcástico. Aldebarán frunció el ceño con molestia—. Ya tenemos un aviso por violar el toque de queda. No nos conviene tener otro. Tendremos que esperar hasta mañana.

— ¡Tienes que estar de broma!

— Lamentablemente, no.

— ¡Pero…!

— Yo también creo que es lo más sensato —intervino Mu en la discusión, ganándose la atención de ambos caballeros—. Dejémoslo por hoy.

Los ojos verdes de Mu bajaron ligeramente, enfocando a aquella que permanecía presa entre sus brazos. Ninguno podía afirmar si ella estaba prestando atención a la conversación o simplemente estaba allí de cuerpo presente mientras su mente vagaba lejos. Y todo indicaba que era la segunda opción.

— Por favor— insistió Mu en una voz suave.

Aldebarán lo miró por unos instantes, se rascó la cabeza y asintió con pesadez.

— Puede que tengas razón, Mu.