Capítulo 8

Fue después de medianoche cuando Edward entró en el dormitorio, desapareciendo inmediatamente en el baño. Bella se acurrucó bajo la sábana, escuchando cómo se duchaba, tratando de borrar las imágenes de cuando la arrastró dentro de la ducha con él. Salió del baño con una toalla liada a la cintura, el pelo húmedo, y gotas de agua atrapadas en el vello de su pecho. Los músculos de su abdomen se tensaron al sentarse al borde de la cama. Ella cerró los ojos apretándolos, y tratando de calmar su respiración para que creyera que estaba dormida.

—Eres una pésima actriz, ma petite —dijo al meterse bajo la sábana, aunque se quedó en su lado de la cama, y el almohadón en su sitio—. Sé que estás despierta, igual que sé lo poco que duermes todas las noches.

—No sé cómo, cuando siempre te duermes en cuestión de minutos —dijo Bella, agradecida por que hubiera apagado la luz, para que no notara cómo le ardían las mejillas.

—Yo también he estado despierto. La frustración sexual es terrible, ¿no, chérie?

—Cómo voy a saberlo —murmuró tratando en vano de usar un tono tedioso—. Buenas noches —se dio la vuelta para quedar cara al ofensivo almohadón, y oyó a Edward suspirar al otro lado.

—Te debo una disculpa. Ese comentario que hice en el salón no venía a cuento.

—Pero era cierto —dijo con tristeza—. Rosalie me dijo lo mucho que querías a tu primera mujer y lo destrozado que te sentiste tras su muerte.

—¿Eso hizo? —Edward miró hacia arriba, hacia el dosel dejando escapar un silencioso gemido. Podía sentir el dolor en la voz de Bella, las dudas sobre sí misma. ¿Se sentiría mejor si le revelara que se había desenamorado de Tanya mucho antes de su trágica muerte? Siempre había dudado en hablar a Bella sobre su primer matrimonio porque no había sido el capítulo más constructivo de su vida. No sólo había sido un mal marido, sino que no había conseguido salvarla. Bella, al menos al principio de su relación, le había adorado y admirado como a un héroe. Le había hecho sentirse bien consigo mismo. Ahora le miraba como si no fuera a volver a creerse ni una sola palabra de él, y no podía culparla por ello—. No te había hablado de Tanya porque pertenecía al pasado, y no era importante para nuestro futuro juntos. Obviamente, me equivoqué, y desearía que no te hubieras enterado del modo en que lo hiciste.

—Rosalie siempre ha estado decidida a causar problemas entre nosotros —dijo con cansancio, pero para su sorpresa, Edward no saltó a defenderla.

—Eso parece —admitió, y ella aguantó la respiración, sin atreverse a pensar que por fin la escuchaba.

—Entonces, pídele que se vaya. Estoy segura de que hay montones de empleados cualificados para ocupar el puesto de asistente personal.

—No es tan fácil —respondió, y ella se sentó y le miró por encima del almohadón.

—¿Por qué? ¿Porque estuvo casada con tu hermano? Me dijiste que Emmet murió hace cuatro años, y aunque entiendo lo devastador que debió de ser para Rosalie, ¿no es hora ya de que siga con su vida? —se hizo el silencio y él suspiró—. Dijiste que querías darle a nuestro matrimonio una segunda oportunidad —le recordó—, pero estará destinada a fracasar si Rosalie sigue entre nosotros, especialmente si siempre valoras más su palabra que la mía. ¿Acaso tiene algún tipo de control sobre ti? —le preguntó con creciente impaciencia al no recibir contestación.

—En cierto modo —su confesión le sorprendió, y se quedó pasmada mirándole, deseando poder ver bien su rostro, pero su expresión estaba oculta tras la oscuridad—. Es difícil de explicar —añadió, preguntándose cómo podía pedirle a Bella que entendiera el frágil estado de ánimo de Rosalie. Adoraba a Emmet, y su muerte la había dejado una tendencia suicida. El se había convertido en su apoyo emocional y, por primera vez se dio cuenta de lo poco que debió de gustarle a Rosalie perder la atención exclusiva de Edward cuando se casó con Bella.

—¿Cómo esperas que me quede aquí con Ethan cuando hay tanto trasfondo que no comprendo? ¿Y te extraña que quiera poner mi propio negocio y ganar cierta independencia, en lugar de dejarme arrastrar al turbio inframundo de secretos en el que pareces vivir?

De repente, él se incorporó y encendió la luz, haciendo que Bella parpadeara como un búho.

—El Château Montiard no es un turbio inframundo —gruñó furioso—. Pensé que te gustaba.

—Y me gusta —desistió y se dejó caer sobre la almohada. Ella hablaba y él escuchaba, pero de alguna manera los mensajes se codificaban, y ninguno de los dos conocía el código.

—Entiendo que puedas sentirte algo aislada aquí, pero la ciudad no está lejos.

—Pero no me dejas usar ningún coche, y no creas que no sé por qué. Tienes miedo de que desaparezca con Ethan, ¿no?

—La confianza hay que ganársela, ma chérie, y actuar a mis espaldas para discutir tu plan de negocio con el director del banco no es manera de convencerme.

¿Era posible dejar sin sentido a un hombre con un almohadón de plumas?, se preguntaba Bella.

—Ya te he explicado que quería ver todas las posibilidades antes de discutirlas contigo, pero supongo que tampoco habrías escuchado entonces, ¿verdad?

—No sé —el control de su temperamento era más tenue de lo que creía, y el repentino grito de frustración la sobresaltó. Nunca le había visto tan inquieto.

—Lo siento. Sé que no lo entiendes, y puede que hasta pienses que soy una desagradecida. Desde el punto de vista financiero, probablemente no veas necesidad de que trabaje cuando tú ya me has proporcionado un lugar tan maravilloso para vivir, pero es algo que quiero hacer, Edward, algo por mí. Nunca he destacado en nada. Mis hermanas eran inteligentes y guapas, y a mí siempre me hicieron sentirme una fracasada. Diseñar y hacer ropa para Ethan e fue una revelación. Por fin encontré algo que podía hacer bien, y se convirtió en una pequeña empresa de éxito en España. Con la ayuda de Claire sé que puedo repetirlo aquí. Nada grande. No estoy hablando de producción en masa —explicó tumbándose sobre el almohadón en su afán por explicarle sus planes—, pero hay un vacío de mercado para la ropa de bebé exclusiva y hecha a mano.

—¿De verdad significa tanto para ti? —dijo en un tono suave.

—Tanto como volver a reunirme con Kasim —dijo, mordiéndose el labio inferior—. No te imaginas lo maravilloso que ha sido volver a verle. Me quedé… sin palabras.

—Ya lo noté, seguramente porque no pasa muy a menudo.

—Y después discutimos, y no te lo agradecí adecuadamente —resultaba difícil pensar cuando la miraba de esa forma. Tenía ganas de apartar el almohadón, pero había algo que se lo impedía. No tenía ninguna duda de que el sexo sería tan maravilloso como siempre, pues no había duda de su compatibilidad sexual, pero mientras que antes siempre se había conformado rascando el poco de atención que estaba dispuesto a darle, ahora ya no era suficiente. Durante el tiempo que habían pasado separados, ella había madurado, y aunque su amor por él no había disminuido, su respeto por sí misma había aumentado, y se negaba a dejar que lo destrozara.

—¿Es tan malo querer recuperar lo que tuvimos una vez? —susurró él apoyándose sobre el almohadón, a escasos milímetros de ella, y acariciándole el rostro con una mano—. ¿Es tan difícil confiar? Tú pusiste esta barricada para separamos, y yo juré que no la traspasaría, por mucho que piense que es lo que quieres —dijo rozando ligeramente sus labios con los suyos—. Pero si tú la quitas, estaré más que dispuesto a cooperar.

Era más tentador de lo que pudiera pensar, y momentáneamente, sus dedos se enroscaron alrededor del almohadón que se había convertido en un muro tan grueso e infranqueable como las murallas del castillo. El la besó con el deseo de un hombre hambriento, usando todas las armas seductoras de las que disponía para separar sus labios y provocar una respuesta. Al sentir el calor que recorría su cuerpo, Bella pensó que no soportaría que se detuviera, que sería tan fácil quitar el almohadón y aprisionarle rodeando su cuello con sus brazos, pero algo se lo impedía. Si no fuera la madre de su hijo, ¿estaría allí ahora? ¿Habría puesto tanto empeño en encontrarla si Ethan no existiera? Quería que la amara por ella misma, no porque continuar con ese matrimonio fuera lo mejor para su hijo. ¿Y Tanya? ¿Y Rosalie? Tal vez no hubiera sido infiel, pero no se fiaba del apego que sentía hacia su asistente personal. Y sin confianza, el acto de hacer el amor se reducía al sexo, a un deseo básico y primitivo desprovisto de emociones. Cuando él apartó sus labios, Bella estaba sin aliento, y se pasó la lengua por los labios como para saborearle.

—Quitaré el almohadón el día que nombres a otra asistente personal —dijo con firmeza, y él se puso tenso, luchando entre la ira y el deseo.

—No puedes esperar que despida a una mujer que me gusta y a la que respeto, y que ha demostrado ser una buena trabajadora, por un capricho. ¡Era la mujer de mi hermano!

—Y como tú esposa que soy, espero que mis deseos sean más importantes que los de un miembro de tu plantilla.

—No es justo echar la culpa a Rosalie de nuestros problemas matrimoniales.

—Sin Rosalie, no tendríamos ningún problema. Es o ella o yo, Edward. Tú eliges si nuestro matrimonio sobrevive o muere. Y hasta que decidas, esto se queda aquí —golpeo el almohadón con decisión. Recibió una mirada tan amarga y airada como respuesta que se acurrucó bajo la sábana en el extremo más alejado de la cama mientras él maldecía en voz alta. Por una vez en su vida, estaba agradecida por sus pobres conocimientos de francés.

Pasó otra semana, y Edward no hizo alusión a su petición de despedir a Rosalie, pero la tensión era patente. Habían desaparecido las risas y la amistad que habían empezado a crecer entre ellos, y el fantasma de STanya siguió persiguiéndola. Si no hubiera sido por Ethan, la atmósfera en el château habría sido insoportable. El tiempo, al igual que su humor, había pasado de los días soleados a días grises y lluviosos, y el château parecía sombrío y triste al acercarse el invierno. La constante presencia de Ethan en el cuarto de Ethan no ayudaba, aunque había notado que las únicas veces que sonreía era cuando estaba jugando con su hijo, lo cual reafirmaba su creencia de que tan sólo toleraba su presencia por su hijo. A lo mejor estaba frustrado, pensó recordando su comentario sobre que la frustración sexual era un infierno. Tenía un enorme apetito sexual. No podía olvidar esos primeros meses de casados, cuando parecía que su deseo por ella era insaciable. A veces le hacía el amor durante toda la noche, dejándola exhausta, mientras él se iba a trabajar a la oficina doce horas seguidas. Le resultaba imposible creer que se hubiera pasado el año de separación en abstinencia, aunque eso explicaría su humor de perros. Pero ella tenía sus propios problemas, y la vida sexual de Edward era el menor de ellos.

Al ver la fecha en el periódico que estaba leyendo Edward, se tranquilizó pensando que la regla sólo se le había retrasado unos días, cinco como mucho, por lo que no había ninguna razón para preocuparse. Aun así, había encargado a Liz que le llevara un test de embarazo del pueblo.

—¿Qué pasa? —Edward la miraba por encima del periódico, dándose cuenta de la palidez de su rostro—. ¿Alguna noticia te ha disgustado? —preguntó ojeando los titulares de la primera página—. Tu francés debe de estar mejorando, chérie, si puedes seguir un artículo sobre fraude en el gobierno.

—No es eso. No es nada —murmuró, tratando de contener las náuseas que sintió cuando Simone le sirvió una taza de dulce café aromático—. No me encuentro muy bien. Probablemente haya pillado algún virus.

—Hmm —Edward no parecía muy convencido, y ella cambió, incómoda, de postura bajo su atenta mirada. A veces sentía que podía leerle la mente, lo que deseaba evitar en esos momentos. Si estaba embarazada no quería contárselo hasta hacerse ella a la idea primero. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Un embarazo accidental ya era suficiente, y al menos en el caso de Ethan la culpa no fue suya. Pero esa vez, sería por pura negligencia. Ni siquiera había pensado en los contraceptivos, y aunque una pequeña voz interior le decía que Edward tampoco, él no era el que tenía que llevar a otro niño en sus entrañas. No era que no quisiera otro bebé, pensó con una suave sonrisa mientras observaba a Ethan desparramar el yogur sobre la mesa de la trona y luego jugar con ello. Era lo mejor que le había pasado en la vida, y un hermanito o una hermanita contribuiría a aumentar esa alegría, pero dudaba que pudiera decir lo mismo de Edward. Siempre había dicho que no quería niños y, a pesar de la evidente adoración que sentía por su hijo, sudaba con sólo pensar en su reacción si le decía que iba a ser padre por segunda vez.

—Hay algo que me gustaría enseñarte —la voz Edward la sacó de su meditación. Se había ausentado durante dos días, al parecer, por un viaje de negocios a las Filipinas. A pesar de la tensión que existía entre ellos siempre que estaban en la misma habitación, le había echado de menos. Era una pena que el viaje no hubiera hecho nada para mejorar su humor, pensó, sin saber que había vuelto a Londres, ni que la conversación mantenida con el ama de llaves del apartamento era la responsable de sus pensativas miradas al otro lado de la mesa. Si no fuera porque le parecía ridícula la idea, pensaría que se estaba ocultando detrás del periódico—. Pero puede esperar a mañana si te encuentras mal —añadió, y ella sacudió la cabeza, deseosa de hacer cualquier cosa con tal de retrasar el momento en que se encerrara en su despacho el resto del día.

—Estoy bien —respondió alegremente, apartando disimuladamente el café de su lado. Con su atención centrada en limpiar a Ethan, no se dio cuenta de la expresión de extrañeza de Edward.

Edward subía los escalones que llevaban a la torre oeste del castillo de dos en dos para aliviar la rabia contenida. ¿Qué demonios le iba a decir a Bella? ¿Cómo podía admitir que se había equivocado, que la había juzgado mal basándose en la palabra de la mujer que ella siempre había sospechado que quería romper su relación? Había confiado más en Rosalie que en Bella, y había empezado a tener serias dudas sobre los motivos de Rosalie. Ahora tenía la prueba definitiva de que le había mentido, pero no sabía cómo reparar el daño causado. Miró atrás para ver a Bella tratando de mantener su ritmo, con el rostro enrojecido, pero decidida.

—¿Para qué me traes a la torre? —preguntó al alcanzarle en un pequeño rellano, desde donde había una increíble vista del valle del Loira—. Espero que no estés pensando en tirarme —bromeó con una risa nerviosa.

—¿Por qué iba a querer hacer eso, chérie? —el ronco tono de su voz hizo que levantara los ojos para mirarle, notando por primera vez los surcos de cansancio alrededor de sus ojos y labios. Parecía tan cansado y tan al límite que sintió el impulso de acercarse, pero se llevó las manos a la espalda para evitar la tentación.

—Últimamente no nos hemos llevado muy bien —dijo ella—. Tengo la sensación de que sigues enfadado conmigo.

—Sí, estoy enfadado —admitió severamente—, pero no contigo, ma petite, sino conmigo mismo —sin dejarle tiempo para responder, abrió la puerta y la hizo pasar a una gran sala circular rodeada de ventanales que dejaban pasar gran cantidad de luz.

—Unas vistas espectaculares —dijo Bella, adelantándose para admirar el impresionante paisaje del valle—. ¿Qué es este lugar, Edward?

—Es tu taller de trabajo… a no ser que prefieras alguna otra habitación —añadió al obtener el silencio por respuesta—. Pensé que te gustaría estar aquí. Las vistas son, como bien has dicho, espectaculares, y la luz es buena para que puedas trabajar. Di algo —le pidió, pasándose una mano nervioso por el cabello al ver las lágrimas de Bella—. ¿Por qué lloras? Pensé que te gustaría.

—Me gusta. Estoy… atónita —admitió, restregándose los ojos con el dorso de la mano. Ante ese gesto delatador, Edward sintió ganas de tomarla en sus brazos y pedir perdón. Pero era un poco tarde para eso, reconoció dándose la vuelta con las manos en los bolsillos. Había una serie de cosas que tenía que hacer antes de empezar a pedir perdón.

—Creo que encontrarás todo lo que necesitas aquí —le dijo sin aparrar los ojos de la ventana—. Tus diseños están ahí, junto con las muestras de tela que trajiste de España. La mesa es lo suficientemente grande para usar como mesa de corte y, como puedes ver, tu máquina de coser está sobre el banquillo, bajo la ventana. He conseguido a dos chicas del pueblo que vendrán a verte. Las dos han estudiado diseño y confección, y podrían ser tus ayudantes, pero la última decisión es tuya, claro.

Bella miró a su alrededor con ojos lagrimosos. El inesperado cambio de Edward la dejó sin saber qué pensar ni qué decir.

—No lo entiendo —dijo al fin—. Te oponías tanto a la idea de que empezara mi propio negocio.

—Me he dado cuenta de lo egoísta que estaba siendo —dijo despacio mientras se giraba para mirarla—. Esto es importante para ti y, a pesar de lo que puedas pensar, quiero que seas feliz en el château. Tengo entendido que Claire te ha invitado a ver su tienda de París, y estoy dispuesto a dejarte ir.

¿Quería eso decir que, por fin, confiaba en ella? ¿O suponía que dejaría a Ethan con él, y no le importaba si ella volvía o no?

—Es demasiado para asimilar de golpe —dijo sentándose en un taburete antes de que le flaquearan las pierna —. Te has tomado tantas molestias, y puede que mi idea ni funcione. Puede que me esté engañando a mí misma creyendo que soy buena en esto, y existe la posibilidad de que nadie quiera mis diseños.

—Claire no habría sugerido venderlos en sus tiendas si no creyera que se van a vender. Detrás de su sonrisa se esconde una astuta mujer de negocios. Creo que deberías ir a París con Ethan. Os vendrá bien a los dos pasar un par de días en la ciudad.

—Pero pensaba que no confiabas en mí. ¿No te preocupa que desaparezca con él?

—No —contestó con seguridad, negándose a dejarse llevar por el miedo a que hiciera precisamente eso. Podía ser que no le hubiera dado muchos incentivos para querer quedarse con él, pero esperaba que el taller Sanara alguna de las heridas que había infligido a la relación—. No creo que trataras de hacerme daño deliberadamente, y nunca harías nada perjudicial para nuestro hijo.

—Vaya, parece que has cambiado de estribillo. ¿Quieres explicarme a qué viene ese cambio?

—Espero poder hacerlo pronto, ma petite —le aseguró, y a ella se le aceleró el pulso. Edward confiaba en ella lo suficiente como para darle su libertad, y sintió como si se le quitara un enorme peso de encima. De repente ya no parecía importarle y le dedicó una enorme sonrisa.

—Quizás podríamos ir todos juntos —sugirió—. Tengo recuerdos maravillosos de la última vez que estuvimos allí —se acercó a él, y deslizó una mano por su pecho. Estaba claro que le había ofrecido aquel taller de trabajo como una rama de olivo, y ella estaba dispuesta a aceptarla. Parecía estar dispuesto a aceptar una relación de igual a igual, y ella estaba deseando mostrarle que él y Ethan siempre serían sus prioridades.

—Lo siento, chérie, pero tengo una reunión urgente en Orleans —murmuró, y ella dejó caer su mano de inmediato, con el rostro enrojecido—. Philippe te llevará a París.

—¿Philippe? Pero pensé… —su voz se quebró al darse cuenta de que no confiaba en ella tanto como había pensado en un primer momento—. Puedo conducir yo sola. Soy perfectamente capaz.

—No estás acostumbrada a conducir en Francia, y ya sabes lo ajetreadas que son las calles de París y alrededores. Estarás más segura con Philippe.

—No es mi seguridad lo que te preocupa, ¿verdad? Se trata de Ethan.

—Es normal que me preocupe por él. Daría cualquier cosa, hasta mi propia vida, por asegurar su bienestar —dijo en un tono de voz inesperadamente feroz—. ¿Me culpas por ello?

—Por supuesto que no —Bella se tragó las lágrimas que obstruían su garganta. La seguridad de Ethan era importante para ella también, pero Edward no podía haber enviado un mensaje más claro. No le importaba que Ethan fuera el primero en su lista de prioridades, pero le dolía que ella fuera la última. No había cambiado nada desde su infancia. Siempre la habían hecho sentir que estaba de más. ¿Es que era tan malo desear que la amaran enteramente e inequívocamente por quien era? Bajó la cabeza para ocultar su pena, pero él hizo que le mirara a la cara con la mano en su barbilla.

—¿Qué pasa, ma petite? ¿No te gusta tu taller de trabajo?

—Es maravilloso —contestó sinceramente—, pero no cambia nada —no podía seguir amándole tanto que era incluso doloroso, cuando él la trataba como a su prima favorita. No era su culpa que no la amara, pero por su propio bien, no podía quedarse con él—. Esto no va a funcionar.

—¿El qué, el taller?

—No, nosotros, tú y yo. No me puedo quedar contigo, sabiendo que no confías en mí.

—No es cuestión de confianza.

—Es cuestión de sentimientos, o mejor dicho, tu falta de ellos.

—Quiero a Ethan —gritó furioso—. ¿Cómo puedes dudarlo?

—No lo dudo —dijo mientras su ira desaparecía tan rápido como había aparecido. Sentía como si se hubiera golpeado la cabeza con un muro, y estuviera demasiado dolorida para que nada le importara.

—No dejaré que eches por la borda lo que tenemos. Te doy mi palabra de que nuestro matrimonio tiene mi total compromiso.

—Mientras que yo esté encerrada en el castillo y sólo pueda sacar a Ethan escoltada por un carcelero, mientras nos mantengamos tan distantes, acercándonos sólo para el sexo de vez en cuando, no parece que sea una vida, Edward.

—La única que tendrás. No dejaré que te marches, Bella —vociferó siguiéndola por la habitación, al tiempo que ella trataba de crear espacio entre ellos, para terminar arrinconándola contra la mesa que ocupaba la mayor parte de la habitación—. Si el sexo es lo único que puede conectarnos, pues bienvenido sea. Nunca te he preguntado si tomabais la píldora, y con la excitación del momento yo tampoco usé anticonceptivos. ¿Has pensado que podrías estar embarazada?

No había pensado en otra cosa en los últimos días, pero no era momento de expresar sus sospechas. De repente, Edward le puso las manos en las caderas y la subió a la mesa.

—No quieres más niños —dijo nerviosa—. Ni siquiera querías al primero.

—Siempre lo he querido. Y si no quisiera más, tomaría las medidas necesarias para asegurarme de que no concibieras. Nada me gustaría más que verte hinchada con nuestro hijo —puso la mano sobre su vientre plano, haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Bella. Cuando deslizó las manos hacia sus pechos, sus pezones se endurecieron, mendigando una caricia. Edward atrapó sus labios ferozmente, apasionadamente, buscando una respuesta, y ella gimió de desesperación al abrir los labios, permitiendo que su lengua penetrara con tal fuerza que la hizo temblar.

—Por favor, Edward —rogó. No podía dejar que la controlara de ese modo. Una caricia era todo lo que hacía falta para encenderla. El abrió sus piernas a la fuerza y se colocó en medio. Deslizó la mano debajo de la falda, y ella contuvo la respiración en el momento en que él descubría la evidencia de que estaba desesperada por saborearle. Avergonzada, dejó escapar las lágrimas mientras seguía atrapada en el beso—. Por favor, no hagas esto —susurró de forma entrecortada.

—¿Porque no me quieres? —la desafió furioso—. ¿Porque quieres tu libertad? Eres mi esposa, chérie, y por el bien de todos, te sugiero que lo aceptes —se apartó de ella, y se fue hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —gritó, y se sintió encoger ante su mirada de ira.

—¡Al infierno! Es donde te gustaría mandarme, ¿no? —dijo antes de desaparecer. Y al oír los pasos de Edward en las escaleras, hundió la cara en sus manos y empezó a llorar.