Disclaimer: Como ya sabrán, los personajes son de Stephenie Meyer, a ella las gracias, yo sólo peleo con el ocio.
Capítulo IX
Palabras
«Y hasta que apareciste por ahí me decidí a aterrizar.»
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Pero cómo explicarle: «Edward, lo que sucede es esto: desde que tu hermana te presentó conmigo por medio de una foto me gustaste y sí, mis hormonas estaban despertando. Te convertiste en mi amor platónico y hasta soñé contigo. Alice me mantenía informada de ti, sí, lo sé, puedes llamarme psicópata no me ofendo. Sólo sabía que eras inalcanzable, por eso ella inventó el apodo de Tony, así podía hablarme de ti sin levantar sospechas. Es la historia de mi vida, ¿quieres saber el final? Te conocí y fue fantástico, me pediste ser tu novia a lo que acepté luego de darme cuenta que por años fuiste una fantasía y ahora realmente eres tú, real y alcanzable. Siento si se te paran los pelos, en mi defensa te digo que conocer a Edward fue lo mejor que me ha pasado en años.»
Lindo, pero de mi boca eso no saldría nunca, era ponerme la soga al cuello. ¿Se sentiría molesto luego de saber esto? Quería hacerle entender que si no lo hubiese conocido desde antes, estaría igual o más colada de él como hasta ahora. Difícil si se mira desde afuera.
—¿Te parece hablarlo otro día?, necesito tiempo y verte de frente, no por el retrovisor de tu coche.
—Como te sea más fácil —musitó sin apartar la vista de la carretera.
Genial, ahora pensaba que era algo malo y estaría preocupado, seguramente me daría espacio ya que él era el intermedio entre Tony y yo, y no pretendía incomodarme. Bufé, iba a ser complicado.
La música era lo único que se oía hasta llegar a la casa. Salieron Emmett y Alec a ayudar a bajar el pastel. Entraron dejándonos solos, Edward estaba bajándose por lo que lo intercepté cuando cerró la puerta y volteó.
—¿Estás molesto? —pregunté con inseguridad. Su semblante era indescifrable. Movió la cabeza y suspiré—. Se trata de ti, ¿vale? Todo gira en torno a ti, así que quita esa cara, no dejas ver al Edward que me gusta.
—No se trata de eso, de verdad eres importante Bella, y no me agradaría se…
Le corté colocándome de puntitas para alcanzar sus perfectos labios. Condenados obsesivos y adictivos labios. Lo tomé por sorpresa, mas me devolvió el beso en el instante en que chocaron nuestras bocas. Lo abracé del cuello atrayéndolo a mí, él por su parte rodeó mi cintura pegándome a su pecho.
Hicimos a un lado todo, sólo nosotros importábamos, y la manera en que nos besábamos no era como las demás veces, esta vez era diferente. Sentí emociones extrañas, me sentí a mí misma entregando una parte de mí, absorbiendo de él algo que no podía definir y que me llevaba a besarlo con pasión.
Nos separamos dejando nuestras frentes juntas sin abrir los ojos. Besé su mentón y lo observé; me miraba con sus esmeraldas oscurecidas, con una cierta chispa de alegría.
—Me vas a volver loco —murmuró rozando mis labios con su pulgar.
Le sonreí dándole un casto beso antes de tomar su mano y encaminarnos a la casa.
—Tengo que ir con las chicas, estoy retrasada. Nos vemos en la cena —le informé a los pies de las escaleras.
—Estaré ansioso de verla, bella dama —dijo él besando el dorso de mi mano. Sonreí divertida y encantada por su gesto—. Grita si Alice te hace algo, sé hacer que se tranquilice.
—Lo tomaré en cuenta.
Subí hasta el cuarto escuchaba risas y ciertos grititos. Ya pasaban de las cinco, así que lo de la fase dos ya estaba hecho. Entré sin tocar y todas voltearon a verme. Bueno, eran cuatro. Alice se acercó.
—Al fin Bells, a la ducha rapidito, tengo que peinar y maquillarte en menos de una hora —alcancé la toalla que me entregaba y comenzó a empujarme hacia el baño—. Ducha exprés.
Me bañé en diez minutos y gracias a mi vanidosa —no en extremo— amiga, no tendría que preocuparme por depilar ciertas zonas en un buen tiempo. Así que sólo me propuse lavar bien mi cabello y que el agua caliente me relajara. Salí envuelta en una bata, ya las demás estaban casi terminando sólo faltaba yo.
—Gracias por todo Alice, terminaremos con lo poco que nos falta nosotras mismas —dijo Kate tomando sus cosas y yendo a la puerta. Rosalie ya no estaba.
—Eres fabulosa —comentó Irina siguiendo a su hermana.
—Rose y tu deberían tener un salón —sugirió a modo de despedida Jane.
Al momento de cerrar la puerta, mi súper amiga me sentó con delicadeza, que no tenía, frente al tocador.
—Lamento todo lo que te he hecho, fue sin intención —comencé a disculparme—. No te desquites, ¿de acuerdo? Sabes que te quiero.
Su sonrisa y mirada me decían que no valía la pena suplicar nada.
—Intentaré no tirar tanto tu cabello ni nada por el estilo, Bellita —me tranquilizó—. Seré buena.
Quise creerle, pero en cuanto sacó la toalla que secaba mi pelo me di por vencida. Se supone que era mi amiga, tenía que ser delicada, suave, no bruta. Me quejé una vez y riéndose de mí dejó de ser tan brusca en jalarme los cabellos, de hecho hasta me adormeció su trato. Era malvada si se lo proponía.
—Ahora gírate y mantente quieta —me ordenó con voz suave—. Ya sabes qué hacer.
Sí lo sabía, algunas veces era su muñequita de práctica. El toque delicado me adormecía aún más. Y todo estaba en silencio ni siquiera podía seguir la letra de una canción, pensar en traducirla, mantenerme despierta.
—No duermas, Bella —regañó al terminar—. Cámbiate mientras voy abajo por los zapatos.
Busqué mi ropa interior, que sólo era la parte de abajo, y comencé a vestirme. Si encontraba que el vestido me había quedado bien, ahora que estaba maquillada y peinada podía decir con modestia que realmente me hacía ver linda. Indagué en mi bolso hasta encontrar mi perfume, su fragancia quedó impregnada en mi cuello y mis muñecas al igual que una pulsera de plata que nunca me quitaba, regalo de mi abuela.
Alice llegó y acomodó los zapatos —prácticamente una trampa mortal— delante de mí.
—Estás hermosísima, Bella —chilló al verme lista—. Si fueras más comprensiva con tu amiga, dejarías que te ayudara a vestir y maquillar de vez en cuando.
Rodé los ojos ante su falsa tristeza.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté al ver la hora, todavía faltaban veinte minutos para la cena.
—No puedes salir de aquí, no, no, no —dijo negando con su dedo índice—. Falta completar la fase dos.
—Creí que ya estaba lista —mascullé al pensar que tendría que ayudarla—. ¿No podemos dejar las cosas como están?
—No.
Refunfuñé hasta que puso delante mí los productos de la tienda.
—¿Preparada, dulce Bella?
Oh, no. Esto acabaría muy mal.
Nos encontrábamos en la cocina luego de que Irina bajara a inspeccionar si había testigos a nuestra misión. Alice sacó la única botella color rojo del frigorífico, las hermanas Denali sugirieron que esa bebida era la favorita de Tanya, por lo que mi amiga tomó mí pequeño frasquito y lo vertió todo ahí.
—Creo que te excediste Alice, es demasiado —mi conciencia decía que eso no estaba bien.
—Sshh, Bella, que si nos oyen morimos las dos.
Me callé, aunque sabía que Esme nunca me culparía de algo, Alice era la que me corrompía.
—Subamos, hay que evitar sospechas —dijo ella guardando la botella detrás de todas las demás.
—¿Alguien sería capaz de revisar la casa entera para hallar al culpable? —pregunté al saber cómo era Tanya.
—No creo que Esme lo permita, pero si así fuera todos los cachivaches están en mi cuarto y ahí nadie entra sin mi autorización —determinó con seriedad—. Rodarán cabezas si lo hacen.
Asentí sin mucho convencimiento.
—Creo, sólo creo, que ahora ya no me parece una buenísima idea.
Agarró mi mano y tiró de mí hasta llevarme de vuelta a su cuarto subiendo las escaleras como si se le fuera la vida en ello. Al entrar y sentarme en su cama reconsideré su bendita venganza.
La que debía decidir si quería un desquite era yo. Y mi lado bueno decía que esto no acabaría del todo bien, pero… mi otro lado me incitaba a hacer cosas malas porque simplemente Tanya se lo merecía. Ahora, ¿a quién le hago caso? Fácil. Alice siempre ha sido mi opuesto, la decisión era toda suya y las consecuencias también. De acuerdo, admitiría mi mitad de culpa.
Unos golpecitos perturbaron mis pensamientos. La pequeña Cullen abrió y las chicas sonreían.
—Emmett pidió que bajáramos, la cena está servida —nos informó Jane retirándose y caminando hacia las escaleras.
La seguimos en silencio. Al llegar a la planta baja, venían entrando los señores Hale junto a una hermosa Rosalie. Más atrás, Renée y Carlisle caminaban platicando dirigiéndose hacia nosotros y sonreían maliciosamente. Mi madre se fijó en que estaba delante suyo —era muy despistada— y me abrazó.
—Cariño, estás más que hermosa —halagó dándome una vuelta vergonzosa—. Los vestidos te quedan de maravilla, podrías usarlos más a menudo.
Reprimí las ganas de rodar los ojos.
—Vivimos en Forks mamá, lluvia la mayor del tiempo, grados bajo cero —intenté explicarle lo obvio—, desequilibrio. No es una gran idea para mí.
Me sonrió disculpándose, mordiéndose el labio. Manía que también tenía yo. Claro, era mi madre.
—Renée, tanto tiempo, me has tenido abandonada —llegó a saludar mi amiga con reproche. Malditos pucheros.
—Oh, cielo, prometo recompensarlo cuando quieras —le prometió mi madre dándole un abrazo—. Por cierto, estás guapísima.
La aludida sonrió abiertamente en modo de agradecimiento.
—¿Crees que Bella pueda quedarse hoy? —preguntó usando su táctica de demostrar inocencia—. Claro, si estás de acuerdo linda madre de Bella.
Pequeña chantajista emocional.
—Nena, creo que no podrá ser —le respondió con tono de disculpa—. Ya se ha quedado desde el viernes, cariño, debe volver conmigo al terminar la cena. Tiene unos cuantos deberes en casa, no sería apropiado alargarlos más.
Alice hizo una mueca desanimada y me miró, yo por mi parte no sabía que ella quisiera que me quedara así que me encogí de hombros. Un gesto práctico.
—Está bien, entiendo —murmuró—. Esto sucede al ser menor de edad y vivir con los padres.
Renée a mi lado soltó una suave y breve risita al ver el dramatismo de mi amiga. La plática se terminó cuando Carlisle nos condujo al exterior. Algo raro en Forks: no llovía, y el aire era perfectamente neutro para no congelarse. La mesa estaba decorada y servida con esmero, las florcitas —estresantes florcitas— adornaban el patio junto con unas cuantas velas. Se veía precioso. Elegante.
Cada quien se acomodó en su silla según lo desease. Irina se las ingenió para dejar a su hermana apática lejos de mí, lo que me parecía fantástico. A mi lado izquierdo se encontraba Alice y al derecho Edward que no había visto hasta ahora.
Cogió mi mano por debajo y le dio un cariñoso apretón. Le sonreí en respuesta a su gesto y se acercó a susurrarme.
—Te ves más que hermosa, Bella —me sonrojé por supuesto y como pude le di una pequeña sonrisa.
Rió con disimulo y le dio otro apretón a mi mano. Frente a nosotros, Rosalie y Emmett nos daban miradas de burla. El mayor de ésta familia, siempre bromista, le dio una pequeña mirada de soslayo a Renée y levantó una ceja en dirección a nosotros. Lo reté arqueando también la mía y viendo de reojo al padre de Rose, un señor que con solo observar su tamaño intimidaba considerablemente.
Abrió su boca sospechando mis intenciones —que nada más era juego— y movió su dedo amenazándome.
—Con una patada queda tranquilo —me sugirió Alice sin tiempo de reaccionar.
Vi a Emmett quejarse en silencio y a una Rose confundida por la actitud de su novio. Nos observó y su rostro se transformó en sonrisa al comprender la inocente cara de Alice. Y yo que pensaba que sabía actuar. Se delató sola.
—Pueden servirse —habló una emocionada Esme quien aún no se sentaba, con una sonrisa—, con confianza por favor.
En el preciso momento en que terminó de hablar se escucharon los cubiertos hacer su trabajo en los platos. Al parecer desde que almorzaron no habían probado bocado, porque todos comían con muchas ganas la exquisita cena que prepararon las mujeres de la casa. En toda la mesa se encontraban distintas clases de ensaladas y para mi mala suerte, la que deseaba comer estaba enfrente de mi súper amiga. Excelente.
Suspiré al entender que no probaría justamente mi preferida.
—¿Qué pasa? —preguntó aquel hombre de voz sensual a mi lado.
Giré a verlo dedicándole una sonrisa tranquilizadora. Su escepticismo me volvía loca, es como si supiera cuando mentía. Bueno, qué lista eres. Mientes fatal, idiota. Esa vocecita se apoderaba de mi yo interno molestándome a mí misma. Jodida conciencia o lo que sea. No la necesitaba en estos momentos.
—No es nada —intenté sonar convincente. Él y como yo esperaba, no me creyó—. ¿Me pasas la ensalada?
La cercana era de repollo así que me conformé con esa. Alice conversaba con Jasper que ni idea de dónde ni cuándo llegó. Él era muy raro. Quiero decir, en el buen sentido. Será por eso que mi amiga está loca por él. Es un raro lindo.
La cena iba como lo previsto por Carlisle y sus hijos. Conversación gratis, más comida y buena compañía. Una agradable noche…
…hasta que Kate le sirvió a Tanya «sangre machacada» —como le había llamado— y se la bebía a grandes bocanadas. Reprimí un jadeó fingiendo toser. Alice que sabía perfectamente lo que ocurría, pasó una de sus manos por mi espalda dándome suaves palmaditas y al verla, la muy desvergonzada sonreía con malicia. Esta niña es mala. Muy mala.
Las demás se contenían las ganas de reír al ver que la «susodicha superficial» rellenaba su vaso otra vez. No quería ver cómo iba acabar. Sólo sabía que si no se enteraba Charlie en California por el grito que daría, sería de suerte. Aparte de cínica, la chica era melodramática.
—¿Alice, querida, ya tienes pensado qué estudiar? —preguntó Sulpicia puestos más allá—. ¿Aún quieres irte a Paris?
Un nombre bastante rarifico para una mujer. Eso fue lo primero que pensé al Jane presentármela horas atrás. Su esposo no se quedaba atrás con el nombre tampoco; Aro. Ése sí que fue aún más extraño. Pensándolo bien, la familia de Jane era así: especial.
—No lo sé—decía Alice viéndola en los sitios de enfrente—, en realidad aún no me decido qué carrera escoger. Hay varias interesantes, pero decidí quedarme dentro del país. No sirvo para estar lejos de mi familia.
La mujer asintió brindándole una sonrisa maternal. Atenodora —un nombre más chocante aún— le preguntó en italiano a Edward algo que no entendí. Eso era obvio, apenas manejaba mi propio idioma. Mi novio le respondió en la misma jerga, lo que me sorprendió porque no tenía idea que supiera más lenguas.
—No entiende muy bien si no le hablan en su idioma —me explicó tras contestarle a Atenedora—. Francés, italiano, español y por supuesto inglés.
Me guiñó un ojo con la sonrisa torcida que me encantaba. Enarqué mi ceja dándole a entender mi indiferencia a su grado de arrogancia. Alice le dio unos toquecitos a mi pierna y volteé a ver qué quería, en cuanto lo hice mis ojos se desviaron solos hacia Tanya, que se levantaba y disculpaba para dirigirse dentro de la casa. Las demás fingieron no haber visto nada, pero ¡se trataba de mí! Dios, no soy buena mintiendo ni haciendo mal por venganza. Mi cargo de conciencia me lo recordaría siempre, por lo mismo evitaba los planes de Alice y si nos pillaban, la culpa era de ella. Me creían lo bastante niña buena para ese tipo de cosas.
Si supieran.
—Lástima —susurró esa vocecita cargada de sarcasmo.
Le di un golpe en la pierna lo bastante fuerte para que se quejara. Jasper se inclinó unos centímetros y miró a Alice y después a mí. Meneó la cabeza y sonrió. Síp, él me caía bien.
—¿Lees mentes, eres telepática, quizás Madame Pixie? —murmuré y seguí con mi comida. Ella sin más me dio a entender que le pagaría caro el golpe. ¿Cómo? Fácil, mi Talón de Aquiles desde que la conocí ha sido Tony. Maldita pequeñuela.
—Hermano mío —empezó a hablar. Emmett y Edward la observaron—. Edward.
—Especifica enana —murmuró Emmett frente a ella.
Alice le hizo una mueca y antes de que volviera a abrir la boca, Kate se levantó de su silla seguida de Irina. Creo… que eso no podría ser nada bueno. No, no, no.
Al parecer nadie se dio cuenta de lo extraño de la situación, porque seguían en sus conversaciones sin prestar mucha atención a lo que pasaba.
—Es hora del postre —anunció Carlisle.
—Estaba delicioso, Esme —halagó el Sr. Hale—. Felicidades.
Esme le sonrió y agradeció.
—Tuve mucha ayuda.
Nos hizo ir hasta la esquina del patio —cerca de los ventanales corredizos de la casa— donde en una pequeña mesa se encontraba el pastel. Emmett sonreía con anticipación al verlo. Gran glotón, tenía el físico de un personal trainer y no engordaba nada. Malditos ejercicios que no funcionaban conmigo. Sí, soy sedentaria, pero nada raro en un pueblito como este.
—¿Va a haber mordisco? —preguntó con ilusión a su madre.
—Ni lo pienses —advirtió sonriéndole.
—Vamos —la incitó—, es por tu cumpleaños. Tienes que hacerlo.
Ella negó y se alejó unos centímetros de él. Haciéndose el ofendido le hizo un maduro puchero, el cual Rosalie borró enseguida con un leve beso. Vi cómo los demás sonreían ante ese gesto. Su relación era muy linda. Equilibrada.
Edward se mantenía a mi lado sin tocarme. Deseaba que sus brazos rodearan mi cintura o una de sus manos sujetara la mía. Pero nadie sabía lo nuestro.
Suspiré y me acerqué más a él, la mitad de mi cuerpo contra la mitad del suyo. Sentí su mano sobre mi espalda y levanté mi cabeza para verle. Besó mi mejilla y en ese momento salía Kate de la casa.
Alice, quien estaba al lado de Esme, encendió la única vela del pastel con forma de corazón. Jane fue la primera en comenzar a cantar seguida de todos los presentes. Rosalie y Kate cantaban con más fuerza —eran afinadas— provocando la risa de Esme que las observaba divertida y emocionada. Edward ahora me tenía abrazada de la cintura y mis manos entrelazadas en las suyas. Carlisle nos sonrió y me guiñó el ojo.
Bueno, creo que eso fue vergonzoso.
Tras pedir sus deseos, sopló y aplaudimos pidiendo lo típico.
—¡Mordisco, mordisco!
Esme les dio gusto. Al agacharse se irguió rápidamente para pillar a Alice con la mano alzada. Rió haciéndose la inocente, pero la sorprendió de nuevo al intentar morder el pastel por segunda vez.
—Mary Alice, detente —le advirtió risueña. Su hija suspiró vencida y puso sus manos tras la espalda.
—Seré niña buena, madre.
Quise reír pero me contuve a duras penas. Edward besó mi cabello al verme tapar la boca, lo que me distrajo unos segundos.
—Su especialidad es mentir —murmuró en mi oído.
Asentí con esfuerzo, sus susurros me volvían lenta, quedaba como una boba delante de él. Todo porque él es sexy y tiene una voz que me eriza los pelos.
Alguien me jaló del brazo separándome bruscamente de Edward quien miraba confundido. Irina me llevó dentro.
—Está vomitando —dijo con cara de asco.
Abrí los ojos. Sabía las reacciones de la «sangre machacada», pero saber que le ocurría a mi archi enemiga y que la idea indirectamente era mía, me preocupaba.
—¿Está bien?
—Al parecer sí —respondió sin inmutarse—, no es para tanto Bella, le dije que seguramente comió algo en mal estado en la tarde.
—Y el color rojo probablemente no la asustará —repliqué con sarcasmo.
Negó divertida. Yo no le encontraba lo gracioso. Ahora al parecer, me arrepentía de no haber detenido a Alice.
—Le pasa inadvertido, se supone que bebió ¿no? —le asentí—. Y era de color…
Entendí su punto. Di un suspiró para relajarme, la idea de que no sospechara me aliviaba un poco.
—¿Qué vamos a hacer? No va a estar con los demás, se preguntarán qué le pasó.
—Todo arreglado, tú no hables. Haz como si nada —sugirió sonriéndome—. Ahora, pequeña, volvamos allá porque ese pastel está llamándome —entrelazó su brazo con el mío y me encaminó al patio.
Antes de llegar, Kate, Jane y Rosalie se encontraron con nosotras.
—Al parecer —empezó Kate haciendo una sonrisa que parecía mueca— hay un pequeño problemita.
Y mi final como buena samaritana llegó hasta aquí.
—Creo que la posibilidad de no necesitar la ayuda de Carlisle es —Jane hizo una pausa misteriosa y siguió—: nula.
Suspiramos al unísono. Alguien tenía que decirle, esa era la pregunta que nos hacíamos mentalmente. Pero quién…
Oh no. Ni lo piensen.
Creo que lo divertido para mí, para algunas personas no lo es, en fin... esto sí fue divertido en mi caso asdhjk. Cuando releo este capítulo río siempre en las mismas partes al imaginarlo todo de nuevo.
Saludos.
