CAPÍTULO 8
42
Mientras los niños se desvivían por resolver el examen, la mujer de los guantes negros tapó la boca de Iruka y le rebanó el pescuezo como si fuera mantequilla. Su cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo, y para cuando sus mechones castaños tocaron el suelo, él ya había muerto.
Tan sólo unos instantes después, la sala de descanso de la Academia quedó regada con la sangre de seis jóvenes chuunin. La asesina se movía tan rápido que su figura se difuminaba como sombras al ir de una víctima a otra, y sólo tomaba forma en el mismo momento en el que les hundía el cuchillo en la carne. Entonces, era como si el tiempo se detuviera y podías ver cómo se mordía los labios de anticipación antes de cortar, y cortar, y cortar, tan rápido que no había defensa posible; tan rápido que, a ojos de una persona normal, hubiera parecido que todo sucedía al mismo tiempo.
Apenas habían pasado unos segundos cuando abandonó la habitación, y detrás de ella sólo dejó carne muerta, y un lago de sangre que todavía olía a fresco.
43
Más o menos al mismo tiempo, en el aula se estaba librando una batalla de distintas características. Los pocos alumnos que habían logrado acceder al código —Gaara, Hinata y Taishi— se desvivían por resolverlo. El resto de los genin se dividía entre los que aún buscaban una manera de leer el folio del Hokage, y los que se habían rendido y ahora intentaban copiar a sus compañeros, con la esperanza de que ellos sí lo hubieran logrado. Los miraban con recelo, midiéndolos, juzgándolos, y tratando de adivinar quiénes podrían tener la respuesta correcta.
Naruto estaba entre ellos. Sus habilidades tenían poco que ver con el espionaje, o con el reconocimiento, y ni siquiera el Zorro podía ayudarle con esta pregunta. En sus propias palabras:
«Niño, ¿eres tonto? ¿Cómo voy a saber qué piensa ese anciano?»
Así que esa vía quedó descartada. Sólo le quedaban dos opciones: o bien ocurría un milagro (algo poco probable, teniendo en cuenta la suerte que tenía) o ponía todas sus esperanzas en el plan de Ino. Era un plan sencillo, pero podía funcionar. El problema es que tenía sus riesgos: si fallaban, serían automáticamente suspendidos. Pero oye, ¿qué otra cosa podían hacer?
De modo que les dio la señal: un ritmo de cuatro toques en la mesa con la punta del lápiz. Tap, tap, taptap. Entonces supieron que debían estar preparados. Tenían que ser rápidos, actuar de manera coordinada y, sobre todo, improvisar: el examen no habían sido lo que esperaban, así que el plan original quedaba inservible. Había que adaptarlo a las nuevas circunstancias.
Primero, una distracción.
Naruto levantó la mano.
«Tengo una pregunta.»
El Hokage alzó la mirada, y luego las cejas. Preguntar durante el examen no estaba estrictamente prohibido, pero se veía como algo poco profesional, algo que debía evitarse. Algunos de sus compañeros le miraron y pusieron todo un abanico de caras que iban desde la sorpresa a la más clara burla.
«¿Sí?»
Piensa rápido, Naruto…
«Disculpe, pero no sé qué ha escrito en la última pregunta. ¿La podría escribir en la pizarra?»
A alguien se le escapó una risita. La cara del Hokage era un poema, pero supo recomponerse.
«No», dijo. «No puedo hacer eso.»
«Pero, señor Hokage, no tengo otra manera de ver qué ha escrito.»
Ahora que todos —incluso la mayoría de los ANBU— estaban distraídos con la escena, Ino puso en marcha el plan. Hizo algunos sellos por debajo de la mesa, luego apoyó las manos en ella y, con cuidado, apuntó a la espalda de Hinata. Cuando todo estuvo preparado, susurró:
«Jutsu: Cambio de Cuerpo y Mente.»
La técnica fue un éxito.
A Naruto no le estaban saliendo las cosas tan bien. El Hokage le miraba muy fijamente, con esa cara tan severa, y le estaba poniendo muy nervioso. Le hubiera dejado dejar la cosa ahí mismo, pero la técnica de Ino era bastante sencilla de detectar si uno se la esperaba, así que era necesario que su distracción durara todo lo posible. Sólo por si acaso.
«Lo lamento, pero no puede ser.»
«Pero…»
«Naruto, te recuerdo que esto es un examen. No hay más que hablar.»
El rubio intentó alargar todo lo posible su respuesta.
«De acuerdo, entendido. Lo siento. Volveré a mi examen…señor.»
Para cuando todos dejaron de prestarle atención, Ino ya había vuelto a su cuerpo. Más abajo, Hinata parpadeaba, confusa, y no tardó en darse cuenta de lo que había pasado. "¡Esa Ino!", pensó, pero la verdad es que tampoco le importaba tanto. Si le ayudaba a ella, también estaría ayudando a Naruto…o eso suponía.
Ino había acertado al suponer que Hinata sería el mejor objetivo posible. No sólo estaba en su línea de visión —y lo suficientemente alejada de Naruto como para no ser un blanco peligroso— sino que, gracias a su byakugan, era una de las personas con más posibilidades de haber leído la pregunta del Hokage. Fue un alivio saber que no se había equivocado, porque no tendrían otra oportunidad como esta. Si Naruto volvía a preguntar, sería demasiado sospechoso y, además, tampoco era cuestión de que el pobre quedara como un imbécil delante de todos…más aún, claro.
Lo que no se le había ocurrido es que la respuesta pudiera estar en código. Ahora que lo estaba apuntando en su propio folio —menos mal que tenía buena memoria—, se preguntaba si sería capaz de resolverlo. En la mente de Hinata había encontrado algunas pistas, pero no eran suficientes. Necesitaría ayuda para esto. Sólo esperaba que aquellos dos fueran capaces de dársela…
Ino dio tres golpes en la mesa con la punta del lápiz. Taptap, tap. Eso significaba que la segunda parte del plan se ponía en marcha.
Sin perder tiempo, sus dos compañeros sacaron sendos frasquitos de sus bolsillos, y eran unos frascos muy pequeños y suaves que ella les había entregado aquella mañana. Ambos contenían la esencia de una flor especial, y ese perfume estaba cargadísimo con su propio chakra. Lo que iba a intentar era una técnica secreta de su familia, una que había aprendido de su padre y a la que le había añadido alguna modificación gracias a los entrenamientos con Kurenai. Pero como era la primera vez que la intentaba bajo semejante presión, se estaba poniendo realmente nerviosa. Ino tragó saliva, y esperó a la señal.
Tanto Naruto como Chōji abrieron sus frascos por debajo de la mesa, y derramaron una gotita en sus dedos índice, tal como les había enseñado Ino. Luego se llevaron el dedo a la nariz, y el perfume —que, con suerte, sería imperceptible para los demás— les llenó los pulmones. Ambos colocaron el lápiz sobre la mesa, y el ligero ruido —ya se estaban empezando a arriesgar con los ruiditos— confirmó que estaban preparados.
Ino inspiró profundamente, y susurró:
«Jutsu: Sincronía de Cuerpo y Mente.»
Tras unos segundos de incómoda inseguridad, algo hizo clic en la parte de atrás de su cerebro, y a sus pensamientos se sumaron los de sus compañeros, que sonaban amortiguados, pero audibles.
"Joder", pensó Naruto. "Ha funcionado."
A Ino se le hacía muy extraño escuchar esa voz dentro de su cabeza. Era una cosa bastante incómoda, sobre todo teniendo en cuenta que su compañero podría enterarse de cualquier cosa que pensara. Inmediatamente se aseguró de pensar únicamente en el examen sólo en el examen y nada más.
"¿Se me oye?". La voz de Naruto sonaba algo más fuerte que antes, y tenía un efecto como de eco de lo más molesto. "Eh, ¡eh! ¿SE ME OYE?"
Su voz se escuchó tan alta que a Ino se le escapó un respingo. Un ANBU anotó algo en su libreta.
"¿Eres imbécil, Naruto? ¿ERES IMBÉCIL?", se quejó Ino.
"Es imbécil, Ino. Es imbécil." Era Chōji.
"Vamos, chicos, no seais así."
"Cállate. A ver, tengo una noticia buena y otra mala."
"La mala pri…", comenzó a decir Naruto. Pero Ino siguió hablando, como si nada.
"…la buena es que me he colado en la cabeza de Hinata, y tenía la respuesta…"
"¡SÍ SEÑOR!", pensó Naruto.
"Menos mal", pensó Chōji, a lo que añadió: "Gilipollas", refiriéndose a su amigo.
"…la mala es POR DIOS NARUTO DÉJALO YA que está escrita en código. ¿Sabéis algo de código?"
"No", respondió Naruto.
"Apenas", respondió Chōji.
"Sí", respondió una voz.
"Me lo ima…espera, ¿quién es ese?"
"Así que me puedes oír…"
En ese momento, los pensamientos de Naruto fluyeron fuerte como una cascada.
"Espera, no, ¿qué haces? ¿Por qué hablas ahora? ¡Shhh!"
"¿Naruto?", preguntó Chōji. "¿Estás bien?"
"Sí, sí, no pasa nada. ¿Qué ibas a decir, Ino…?"
"Para con las tonterías, niño. Deja que me escuchen."
La nueva voz era profunda como las fosas marinas, y francamente, daba bastante miedo. Sus palabras sonaban como rugidos, y sus frases, como mordiscos en el pensamiento.
"¿Quién…quién eres?", preguntó Ino.
"Tu pregunta no tiene sentido, niña, porque ya sabes la respuesta."
"Es…¿Kyubi?" La voz de Chōji sonaba débil, casi como un quejido. Sus padres le contaron historias sobre el Nueve Colas cuando era pequeño, y hablar con él era como enfrentarse a un demonio de cuento.
"¿Te doy miedo, pequeño Akimichi? Bien."
"¡Kyubi!" Naruto estaba nervioso, pero también enfadado. "Déjanos en paz."
El Zorro procedió a ignorarlo completamente, y dirigió sus pensamientos a Ino.
"Niña Yamanaka, ¿qué es esta técnica? He devorado a otros de tu clan, pero ninguno demostró ser capaz de algo así."
"¿Qué? Es…"
"Respóndeme."
A Naruto le sonó como una amenaza. Qué demonios, era una amenaza. Le hubiera gustado patear a ese maldito zorro, pero, ¿qué podía hacer él? ¿Darse puñetazos en sello de su estómago?
"H-he modificado el Jutsu de Transmisión de Cuerpo y Mente de mi clan", respondió Ino. "H-he añadido una capa de genjutsu olfativo…utilizando mi perfume. Todavía…no la he perfeccionado, pero nos permite sincronizar…nuestras mentes. El perfume es el catalizador..." De los nervios, sus pensamientos sonaban entrecortados, con muchas pausas. El corazón le iba a mil por hora. Ella sabía de la existencia del Zorro, pero…¿hablar con él? Nadie le había preparado para eso.
"¿Estás conectada a ellos?", preguntó Kyubi. Si era consciente de sus nervios, parecía darle igual. Quizá ya estaba acostumbrado. Quizá le gustaba dar miedo.
"Algo así. Técnicamente, Naruto y Chōji están capturados en un genjutsu. Bueno, y yo también. Es difícil de explicar…"
"Entonces es eso. Muy bien." Por supuesto, no era ningún tipo de elogio. "Ahora escuchadme atentamente."
Los tres genin tragaron saliva a la vez.
"Si sois como este inútil, no os habréis dado cuenta de esto, pero vuestro…examen no es lo que parece."
"¿Qué quieres decir?" Naruto seguía molesto, y se le notaba en la voz.
Ellos no lo podían ver, pero Kyubi esbozó una enorme y lupina sonrisa.
"Me has oído, niño. Todo esto no es más que una farsa."
"Explícate, zorro."
La sonrisa del Nueve Colas se hizo incluso más grande.
"¿No os habéis preguntado qué es lo que le pasa al viejo Sarutobi?"
"¿A qué te refieres?"
"Ja, ja, ja, ja. ¡Así que no tenéis idea de nada!" Su risa pilló desprevenido a Naruto. Era la primera vez que le oía reír. Aunque sonaba hiriente como una lluvia de cuchillos.
"Esto...chicos", intervino Ino. "No nos queda mucho tiempo."
"Joder, es verdad", respondió Naruto, contento de poder ignorar al Zorro. "Venga, ¿cuál es el plan?"
"Dejadme un momento." Ino se concentró todo lo que pudo en el código que había escrito en su examen. "Este es el código que escribió el Hokage. De verdad que tenemos que resolverlo a la de ya, o vamos a suspender."
"Lo veo", pensó Chōji. "Pero no tengo ni idea de lo que pone."
El Kyubi guardaba silencio, estupefacto.
Ino sonaba decepcionada. "Mierda. ¿Tú sabes algo, Naruto?"
"No. Bueno…espera. Esto me suena."
Una pausa, luego continuó.
"¡AH, SÍ!", y su voz les habría reventado los tímpanos de no haber sido pensada. "Recuerdo estos símbolos. Estaban en el pergamino que ro…que tomé prestado de la oficina del Hokage."
"¿Estás seguro, Naruto?"
"Sí, Ino. En su momento intenté leerlos, y no me enteré de nada, así que me puse a aprender las técnicas que no estaban escritas en código, como mi Kage Bunshin."
"Vale. Entonces tenemos una pista. Entiendo que estás hablando del Pergamino de las Técnicas Ocultas, o al menos de uno de ellos. La mayoría fueron escritos en tiempos del Segundo Hokage, así que…este código debe ser de esa época. Eso explicaría por qué no lo aprendimos en la Academia."
El Nueve Colas no se podía creer que le estuvieran ignorando de esa manera. ¿Acaso temían suspender más de lo que le temían a él mismo?
"Entonces, ¿cómo sabemos qué pone?" Chōji parecía muy frustrado. "No tengo ni idea de código antiguo."
"Tiene que haber alguna similitud entre el actual y el antiguo. Espero. Es decir, tendría sentido que el nuestro viniera de ese…"
"…a menos que lo hayan cambiado porque, ya sabes, se supone que debe ser secreto."
"Muchas gracias, Naruto, qué optimista. Es posible que sea así, pero tenemos que intentarlo, al menos. Así que vamos a intentar combinar esfuerzos para descifrarlo."
"Ser un shinobi significa hacer florecer la verdad en cada mentira."
Kyubi sonaba como si repitiera algo de memoria.
"¿Qué?", pensaron los chicos.
"Ahí tenéis vuestro código. Ya habéis aprobado el examen. Ahora escribidlo."
"Pero…"
"ESCRIBIDLO."
Los tres genin copiaron la frase en sus folios. A su alrededor, sus compañeros seguían rascándose la cabeza en busca de una solución a sus problemas. La mayoría tenía pinta de no tener ni idea de lo que hacer, excepto Gaara, que estaba a punto de resolver el código. Pese a lo que uno pudiera pensar, era un chico inteligente, y más adelante descubriría que este tipo de tareas se le daban muy bien.
Cuando acabaron de escribir, Kyubi soltó un largo suspiro antes de continuar hablando. O pensando. Ya me entendéis.
"Ahora que os he quitado vuestras ridículas preocupaciones de encima, volvamos a lo que realmente importa."
No lo dijo, pero la razón por la que conocía ese código, y esa frase, era porque la había visto —y también oído— hace muchos, muchos años. ¿Era posible que...? No, eso no podía ser. En cualquier caso…
"Escuchadme, los tres." Sin darles tiempo a reaccionar, continuó. "Estáis metidos en un asunto que no comprendéis. Todos vosotros. Especialmente tú, niño." Se refería a Naruto. "Así que vais a hacer exactamente lo que yo os diga, y no haréis preguntas. De lo contrario, os matarán, y yo me reiré de vuestros cadáveres."
"¿De qué estás…?"
"Sin preguntas."
De pronto, la conexión entre los tres, mejor dicho, los cuatro, desapareció, y volvió a activarse de nuevo. Era una sensación muy molesta, como si te pellizcaran el cerebro.
"Me estoy quedando sin chakra", explicó Ino. "Sea lo que sea, tenemos que hacerlo rápido."
"¿Cuánto tiempo queda?", preguntó Naruto.
"No lo sé. Un minuto, a lo sumo. Me cuesta mucho mantener esta técnica…"
"Tienes una resistencia lamentable, pero será suficiente", dijo Kyubi. "Quiero que mantengas esta conexión todo lo que sea posible. ¿De acuerdo?"
"Sí", aunque sabía que Kyubi no le estaba pidiendo nada. Era sólo una expresión.
"Bien. Lo repito: haréis exactamente lo que yo os diga. Sin quejas. A partir de ahora sois míos, ¿lo entendéis?"
"Y una mierd…"
El Zorro no dejó que Naruto terminara la frase.
"Ahora, chica Yamanaka, quiero que conectes tu cerebrito al resto de alumnos en esta clase. ¿Puedes hacerlo?"
"¿Espera, qué?"
"¿Puedes hacerlo?"
"No tengo tanto chakra, ni siquiera estando en plena forma…"
"Patético…"
Ino intentó responder, pero el Zorro no parecía ceder ante nadie.
"…así que tendré que ayudarte. No te asustes, niña."
Y antes de que ninguno de ellos pudiera hacer nada, un increíble torrente de chakra inundó el sistema de Ino, y estaba caliente, y ardía como fuego en sus brazos y en sus piernas y en su pecho, y al mismo tiempo se sintió aterrada, y poderosa, y confusa, y furiosa, y todos esos sentimientos casi le hacen perder la conexión con sus compañeros. Pero tal era el chakra con el que contaba en estos momentos —y tal era la fuerza con la que el Zorro, que parecía estar en control de la técnica, le mantenía atada a él— que nada en el mundo podría haber cortado aquel vínculo. Jamás había experimentado algo así. Jamás se había sentido tan fuerte, tan…peligrosa.
"Mantén la calma, niña", le ordenó el Kyubi. "No quieres perder la cabeza."
"¡¿Qué estás haciendo, zorro?!" Naruto se removió en el asiento, furioso.
"¿No es obvio, imbécil? Estoy usando este vínculo para darle poder."
"¡Déjala en paz!"
"No."
"¡ZORRO!"
"Naruto, ya basta." Era Ino, y su tono de voz sonaba más claro y más seguro que de costumbre. Luego se dirigió a Kyubi. "¿Qué hago ahora?"
"¿Por qué le escuchas, Ino?", pensó Naruto, y Chōji se preguntaba lo mismo.
"Con esta técnica puedo sentir vuestras intenciones, y vosotros las mías. Estamos unidos por un vínculo. Él…no está mintiendo."
"Al menos uno de vosotros usa el cerebro", intervino Kyubi.. "Ahora, niña, quiero que conectes con todos los genin en este aula."
"¿Por qué?"
"Les vas a decir el código que os dicté antes."
"¿Qué?", pensaron los tres a la vez.
"Haz lo que te digo, niña."
"Aún así…si hago eso, no me van a creer."
"Lo harán si les muestras los recuerdos de aquella chica Hyuga."
"¿Hinata? Ah, ella…ella vio el examen del Hokage…"
"Exactamente. Y como os queda poco tiempo, no tendrán más opción que creeros."
"Pero, ¿por qué queremos ayudarles?", se quejó Naruto. "Ellos no nos ayudarían a nosotros."
"Porque sois débiles e insignificantes, y necesitaréis su ayuda en un futuro."
"¿No nos basta con la tuya?"
Kyubi chasqueó la lengua.
"De acuerdo. Libérame, y os ayudaré."
"No puedo hacer eso. ¡Y aunque pudiera, no lo haría!"
"Exacto. Así que dejaros de cháchara, y haced lo que os digo."
Ino dudó un poco, pero una nueva oleada de chakra le recorrió los dedos, desde su frente hasta las puntas de los pies. El Zorro le estaba regalando más poder, y éste era…agradable. Embriagador. Ella sabía que él le estaba manipulando, que de alguna manera le estaba atrayendo con su chakra, pero no era capaz de resistirlo, así que formó sus sellos, y dijo:
«Jutsu: Transmisión de Cuerpo y Mente.»
Fue una sensación espectacular. Era como tener mil brazos de infinito alcance, como poder hacerlo todo, como poder cambiarlo todo. En un instante estuvo conectada, a la fuerza, con todos y cada uno de los genin que había en el aula. Notaba su sorpresa, su desconcierto, y en algunos casos, el miedo que les hacía sentir. Algunos intentaron librarse de su control, pero no estaban preparados para él, y de todas maneras, ella tenía demasiada fuerza ahora. Su voluntad era demasiado poderosa, y su chakra, abrumador. No había nada que pudieran hacer, y le encantaba. Cuando estuvo segura de que todos y todas le estaban prestando atención, les habló:
"Todos, soy Ino Yamanaka. Estoy aquí para ayudaros. Esta imagen que veis…" Mientras hablaba, les mostró los recuerdos de Hinata, y el examen del Hokage. "…es la respuesta que estáis buscando. Como podéis ver, es un código. Ahora os voy a decir lo que significa..."
Al mismo tiempo, y aprovechando la conexión, una voz sonó muy bajita y grave, tanto que ninguno de los genin pudo detectarla, pues para ellos sonaba más bien como un rumor. Como un gruñido. El único que la pudo escuchar fue Gaara…pero esa voz hablaba en un idioma que desconocía. En un idioma antiguo. Pero afortunadamente, nosotros podemos comprenderlo:
"Shukaku", dijo la voz.
"Kurama", respondió otra.
"Tengo que hablar contigo."
QUEDAN CINCO MINUTOS
44
En la entrada de la Academia había un ANBU con cara de pocos amigos. Tenía una cara como de berenjena, alargada y extraña, y su máscara —que representaba a un tigre— le colgaba de un costado. Kurenai lo reconoció enseguida. Era un tipo famoso entre los suyos: durante la invasión de Orochimaru, derrotó a diez jonin de la Arena a la vez, y sin ningún tipo de ayuda. Sólo con sus puños. Decían que pegaba muy fuerte. Y ella no tenía ganas de comprobarlo.
«Te lo repito, no puedes pasar», le decía él.
«¿Por qué?»
«Órdenes del Hokage.»
«Pero yo tengo que entrar.»
«¿Por qué?»
«Órdenes del Hokage.»
«Oh.»
«Exacto.»
«Bueno, de todos modos, no puedes pasar. Nadie entra ni sale de aquí.»
«Vamos a ver, ¿ha pasado algo?»
«Eso es confidencial.»
Pero entonces sonó un terrible grito, y le siguieron numerosos golpes y alaridos, y el sonido de la piedra al romperse. Kurenai le miró a los ojos, y vio que se estaba poniendo nervioso.
«¿Y eso que ha sido?», preguntó ella.
«Confidencial», respondió él.
Entonces ella caminó hacia el ANBU, y estaba tan cerca que él podía oler su perfume, olía a melocotón, no, a albaricoque, y estaba tan hermosa en sus ropas blancas que se le paró un poco el corazón. Kurenai le perforó con sus ojos rojos, esos que en ocasiones podían confundirse con sharingans si estabas despistado, y le dijo:
«Escucha, voy a entrar. Te sugiero que te apartes.»
Había algo en su tono que era realmente sexy.
«Yo te sugiero que no lo intentes. Tengo órdenes de utilizar la fuerza si es necesario.»
De verdad que no quería hacerle daño. Aquella mujer le gustaba.
«Puedes intentarlo, chico», y le apartó con una mano. Craso error.
Con la velocidad de un relámpago, el huesudo puño del ANBU se estrelló contra el pecho de Kurenai, rompiéndole el esternón en mil pedazos, y enviándola a volar metros y metros hasta que cayó en el suelo, rota y moribunda. Él arrugó la expresión, disgustado.
«Deberías haberte quedado donde estabas, guapa», concluyó. «Te lo has buscado tú misma.»
«Eso es. Tú mismo te lo has buscado."
Y Kurenai, la de verdad, la que existía fuera del genjutsu en el que había caído, le atravesó el cuello con el metal de su kunai.
45
En los baños había una persona. Era un chico joven, apenas un adolescente, y en su aldea alcanzaba el humilde rango de genin. Tenía rasgos atractivos, y unos músculos tallados a conciencia, y un montón de arena en los pantalones. Se había sentado en el inodoro, tenía el estómago flojo y las pelotas ardiendo de dolor después de lo que sea que le hubiera pasado en el examen. Al chico se le daba muy bien esconder su presencia, y se sentía tan avergonzado y tan triste que una vez en el baño, se había escondido tras una de las puertas de madera, como si quisiera que la Tierra le tragase. ¡Y eso era exactamente lo que quería! Por el Dios, jamás había sentido tal dolor en su vida. ¡Qué humillación! ¡Y encima, le habían suspendido! Vaya puta mierda. El día no podía ir a peor.
Excepto que sí podía. De pronto, escuchó un grito, uno terrible, un aullido, le puso los pelos de punta y le aflojó más las tripas hasta que tuvo que abrazarse el estómago, encogido sobre sí mismo. Luego escuchó golpes, y algo rompiéndose, y pasos corriendo a lo largo del pasillo. Alarmado, tiró del rollo de papel higiénico y se limpió apresuradamente, usando mucho más papel del que debería, y tiró de la cadena en el mismo momento en el que las luces se apagaron.
Entonces, el baño, que no tenía ventanas ni ninguna fuente de luz más allá de la puerta, quedó casi a oscuras. Y unos pasos entraron, cautelosos, y avanzaron hacia él. El chico estaba realmente acojonado, y no se atrevía a hacer algún ruido, pero entonces recordó…¡que la cisterna seguía funcionando! ¿Cómo podía ser tan imbécil? Los pasos se detuvieron justo por fuera de su puerta, y por debajo vio unos pies pequeños, de mujer, con las uñas pintadas de negro. Sus sandalias, negras y sencillas, estaban manchadas de sangre.
