Capítulo 9:
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BPOV
Escribí la última carta escondida sobre un árbol escuchando a lo lejos el sonido de las armas disparando.
Mi reducida tropa se marchaba hoy, pero faltaba el soldado Reed, y no me marcharía hasta encontrarlo, fuera vivo o muerto.
Escribí unas pocas líneas, explicándole a Jasper que no volvería si no era con mi soldado. Y si volvía sería un verdadero milagro. Que buscaría la forma de llegar hasta la base sana y salva. Era una promesa, sólo si volvía con vida hasta el lugar.
Para despedirme le escribí que lo quería y que era el mejor y que por favor no me olvidara. Después de todo, probablemente no saldría con vida de aquí. Estaba herida y tenía una fiebre de los mil demonios.
Mandé a mi tropa en el camión y me despedí de todos ellos quienes me miraban con pena. Ellos sabían lo mismo que yo. Muchos de ellos consiguieron salvarse gracias a esfuerzos que muchos hicimos para distraer al enemigo. Pero al menos estaba satisfecha. Había enviado al menos 70 prisioneros, quienes como dice el dicho… Servirían para otra guerra.
Cuando cayó la noche decidí ir por Reed.
Mi cabello había crecido un poco y llegaba hasta mi nuca. Molestaba, pero apretando bien el casco, no lo sentía y era más cómodo así.
La primera noche barrí todo el norte, y no encontré rastros de Reed, lo cual me desanimó demasiado. Pero mañana barrería el sector sur, en donde si no lo encontraba, tendría que adentrarme en la zona enemiga.
Me escondí en lo más alto de los arboles cuando vi como los soldados azules llegaron hasta la línea que delimitaba nuestros terrenos. Eran cuatro soldados. Y mi revolver tenía 8 balas. Pero no, no los mataría.
En otras condiciones podría perfectamente con ellos, pero no hoy, no cuando la herida de mi brazo aún estaba inflamada a pesar de todos los días desinfectarme con licor, además de la maldita fiebre y dolor de cabeza que la infección había producido.
Comí algunas bayas y nueces que encontré cuando saltaba de un árbol a otro.
Cuando llegó la noche, me escabullí en el sector sur del frente. Sin tener suerte otra vez, me fui con las manos vacías, sin mi soldado. Cada vez tenía menos esperanzas de encontrarlo con vida.
Para la tercera noche, no tenía otra alternativa. Tenía que adentrarme en el frente enemigo.
Sigilosamente, imitando el sonido de los búhos, me moví de un árbol en otro, de rama en rama, hasta que a lo lejos vi el cuerpo de mi soldado.
Se me encogió el corazón cuando noté el rastro de una baja directa en su pecho. Estaba muerto, de eso no había dudas. Pero aún así, no iba a dejar el cuerpo de mí soldado ahí tirado, tenía que darle una sepultura digna así como las de los otros muchachos caídos.
Cinco soldados azules. Sólo cinco… ¿Sería capaz de cavar seis tumbas? Podría lanzarme sobre uno de ellos con la daga, y ellos no dudarían en dispararme. Pero, ¿y si me lanzaba con el corvo? , tenían que ser cinco ataques perfectos, pero no mataría a cinco chicos, no, no podía… Ni quería ni estaba en las condiciones de hacerlo.
Tenía que hacer algo… Separarlos, sí, eso. Pero, ¿Cómo?
Me dirigí a un árbol que se alejaba un poco de la fogata y moví las ramas. Invoqué a Dios y a toda su gloria para que el aullido saliera perfecto. Esta era la única forma de hacerlo.
Hasta mi misma me impresionó la calidad de mi aullido. Jasper estaría verde de la envidia. Reí cuando escuché los susurros de dos de los soldados que caminaban con sus fusiles en sus manos, listos para el ataque.
Pero ellos no sabían usar el maldito fusil. Carajos, tenía el fusil tomado casi por la punta, esta era una verdadera comedia. Esto sería fácil, incluso conmigo herida y enferma.
Esperé a que se alejaran mientras caminaba sobre las ramas, hasta que uno de ellos se dirigió hacia un árbol apartado para orinar.
Esta era mi oportunidad.
Cuando el muchacho de no más de 16 años, dejó el fusil en el suelo, bajé rápida pero sin hacer ruido del árbol, y lo ataqué con el asa de mi navaja suiza. Directo en la nuca, inconsciente por quizá un par de horas. Oh, vamos, era acero, y además inoxidable. Este chico debería estar orgulloso por la calidad de ataque que le hice.
Escondí el cuerpo del chico (que no estaba muerto, por supuesto), y me subí a un árbol, esperando a que el otro muchacho llegase.
-¿Max? ¿Dónde estás cabrón? –y entonces le salté encima y le apliqué el mismo golpe que a su compañero. Fácil, rápido, efectivo y elegante. Vaya que fina soy.
Cuando volví a buscar el cuerpo de mi compañero, los tres mocosos restantes estaban durmiendo. Sí, esto se estaba volviendo cada vez más fácil. Tanto que asustaba.
Esperé aproximadamente 45 minutos para que se durmieran bien, y cuando no noté ningún movimiento en ellos, decidí que ya era momento.
Con mucho cuidado me dirigí hasta el cuerpo de mi soldado y lo arrastré unos cuantos metros. Cuando estaba por llegar a un árbol, fue cuando escuché el típico sonido de cuando se carga un fusil. Cerré mis ojos y supe que era mi hora.
Lo primero que vino a mi mente fue cuando Seth llegó recién nacido a casa, y me lancé al suelo a llorar diciendo que por él ya no me querrían. De pronto, toda mi vida escolar, amigos, salidas, cine, hasta conocer Edward.
Edward, sus ojos verdes, su fuerte mandíbula, sus músculos, sus brazos, sus manos sobre mi pie herido. Su intensa mirada, sus ojos cerrados al dormir. Nuestras charlas de madrugada, sus entrenamientos especiales… Edward…
-Vaya, ¿A dónde crees que vas, amigo? –dijo uno de ellos.
-Se cree muy listo. Hey, ¿Dónde están nuestros compañeros? –me gritó otro.
-Detrás de unos árboles, inconscientes –respondí rápidamente.
-¿Solo inconscientes, o los mataste?
-Inconscientes. –aseguré. Estaba de espaldas a ellos, con las manos en alto.
-Oh, eso es muy noble de tu parte, pero no te dejaremos ir, al menos no con vida –rió otro.
A decir verdad, no tengo idea que pasó luego. Pero escuché como uno a unos los cuerpos de los chicos caían al piso gimiendo lastimeramente. Fue entonces que temí lo peor. ¿Y si había llegado Vulturi y al verlos conmigo decidió matarlos? Ahora vendría por mí y anda a saber cómo carajos terminaría…
Estaba planeando esconderme tras el árbol, era lo mejor ante las balas, y luego escalar. Vamos, parecía un mono cuando subía los arboles, eran tan veloz, pero dudaba poder huir si mi brazo estaba herido… Entonces lo escuché toser.
-Voltéate, Swan. –era su voz, ¡Era su voz!
Volteé rápidamente y ahí estaba él, como un maldito Lucifer, hermoso, seguro de si mismo, empuñando su navaja al revés. Sonreí y quise lanzarme sobre él. ¡Era Edward! Estaba aquí, ¡me había salvado!, pero un maldito disparo me sacó de mi ensoñación.
-¡Intrusos! –escuchamos una voz y rápidamente el corrió hacia mí. Tomó el cuerpo de mi soldado y se lo echó al hombro como si no pesara nada. Me tomó de la mano y corrimos bosque adentro, o afuera, en realidad daba igual, solo estábamos huyendo.
Corrimos demasiado, más de una hora quizá, hasta que llegamos hasta una camioneta militar que estaba escondida dentro de una pequeña cueva al norte, lejos del antiguo campamento.
Entonces él dejó el cuerpo sobre el piso, no sé por qué carajos tenía eso ahí, pero sacó una pala de la camioneta y sin decirme nada, comenzó a cavar.
Yo estaba muda. Mirando cómo hacía una fosa lo suficiente profunda para enterrar el cuerpo de mi soldado. No sabía que decirle. En realidad sí, quería darles las gracias por ser mi héroe, quería abrazarlo, besarlo, decirle que lo quería, que me volvía loca, que era un maldito cabrón.
Pero de mi boca no salía absolutamente nada y el no ayudaba en nada ya que ni siquiera me miraba. A tal punto que me acurruqué cerca de la camioneta, me apoyé sobre la dura roca que rodeaba la cueva. El dolor de cabeza me estaba matando, y realmente necesitaba dormir un ratito…
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Desperté realmente confundida.
Estaba tendida sobre un saco de dormir, y cuando logré sentarme, sentí caer un frío paño de mi frente.
Busqué a mí alrededor y no vi más que la camioneta. ¿Dónde estaba Edward?
Una pequeña fogata estaba a unos cuantos metros de mí, al igual que un balde de metal lleno de agua. También vi un botiquín muchísimo más elaborado que el mío, y junto a él, unas jeringas que me hicieron temblar. ¿Qué carajos quería hacerme Masen?
-Ya despertaste. –no era una pregunta, era una afirmación.
Miré hacia donde estaba él, solo con su camiseta blanca y su chaqueta apretada en su cadera. Venía con unas ramas en una mano y otro balde en la otra.
-Sí –susurré y agaché la cabeza. Apreté el paño que tenía en la mano y entonces recién noté que no llevaba puesta mi chaqueta militar.
Cuando miré hacia abajo, sentí que toda la sangre de mi rostro se iba a mis pies.
Estaba solo en camiseta… Entiéndase, SOLO con la camiseta.
Cerré los ojos esperando a que él digiera algo primero. Pero no lo hizo, simplemente, sacó un pescado del balde, lo atravesó con una rama y lo puso a asarse en el fuego.
Bueno, si él no rompía el hielo, tenía que hacerlo yo, ¿no? Abrí la boca para decir algo, pero él me interrumpió.
-¿Cuándo pensabas decírmelo? -entonces me quedé sin palabras.
-Nunca –respondí simplemente, esta vez utilizando mi voz.
-¿Por qué?
-Porque está mal lo que hice. No debí suplantar a mi hermano, pero tampoco podía dejarlo venir a morir.
-Esa es no es una respuesta, Isabella –entonces lo miré con la boca abierta-Te pregunté, ¿Por qué no pensabas decírmelo?
-Porque… Temía de usted, oficial. –agaché la cabeza. Y era verdad, si ya me había golpeado, ¿Qué podía esperar de él?
-¿Por qué? –entonces él me miró y no supe que responderle.
-No sé… Por favor, no pregunte más… Dígame que va a hacer ahora conmigo. ¿Se lo dirá a su general? –estaba muy nerviosa, demasiado. ¿Qué pasaría con Seth?
-Debería hacerlo –se acercó a mí hasta llegar a mi lado, donde se sentó y tomó mi brazo izquiedo con cuidado. –Te he inyectado penicilina para la infección y te he curado correctamente –revisó que las vendas estuvieran correctamente puestas y luego apuntó el pequeño parche en el hombro.- También te que quitado las vendas de los pechos, estaban increíblemente casi sin circulación. Pueden dolerte los siguientes días, pero pasará, al menos no hay nódulos ni indicios de otras enfermedades graves. –lo miré con la mandíbula apretada. Era un degenerado.
-No solo me viste, ¿sino que también me tocaste? –Oh sí, ahora salía la verdadera Isabella Swan.
-No tenía otra opción, Isabella, te hubieras visto, tus senos estaban casi tan rojos como está tu cara en estos momentos. –entonces noté que estaba sonrojada, no sabía si por la rabia o por la vergüenza- No te violé por si te lo preguntas, estaba preocupado por ti, nada más.
Sus ojos me mostraban la sinceridad con la que hablaba. Aún tenía mi brazo entre sus manos. Lentamente una de sus manos afirmó mi codo, y su otra mano de dirigió hacia la mía, donde entrelazó nuestros dedos delicadamente.
-Casi enloquecí, Isabella… -susurró y yo tragué en seco.
-¿Por qué, oficial?
-Porque le escribías a él y no a mí –apretó un poco mis dedos y me sorprendí- Porque no me lo dijiste a mí y a él sí. Porque me tuviste con el alma pendiendo de un hilo cuando supe que te habías quedado para buscar un cadáver. – no tenía idea de que decirle. Primero tenía que entender que era lo que me estaba queriendo decir entre líneas, para saber que responder.- Conduje hasta aquí como un loco, y cuando te encontré, estabas herida a punto de ser asesinada por esos imbéciles. Te traje hasta aquí, te desmayaste y entonces noté la gravedad del asunto. Esa maldita herida estaba infectada hasta la madre, tuve que inyectarte dos dosis de penicilina para calmar tu fiebre y la infección. Además de encontrarte vendada entera, haciéndote daño con esas estúpidas cosas, por mantener a salvo un patético secreto. –No dije nada, solo agaché la cabeza- Pero llegué a tiempo –con su otra mano, tomó mi rostro y me obligó a mirarlo a los ojos. Sentí mi corazón latir a mil- Llegué a tiempo, Isabella. Tú estás a salvo ahora, conmigo –me sonrió y sentí que mis ojos se aguaban… Creo que ni en el mejor de mis sueños, esto pudo ser mejor-
-Gracias, oficial… -le susurré mientras acariciaba con mis dedos, su mano que afirmaba mi mejilla.
-No volveré a dejarte sola, nunca más, Isabella. –el me sonrió y yo mordí mi labio inferior tratando de ocultar mi sonrisa. El apegó nuestras frentes y cerré mis ojos.
Entonces, sentí como su respiración chocaba con la mía. Mi corazón estaba a punto de explotar, y mi rostro estaba tan caliente como nunca pensé que lo sentiría. Hasta que finalmente sentí como sus labios rozaban los míos, en un contacto tan suave como el pétalo de una flor. Pero no pasó de eso, y más rápido de lo que esperaba, se separó de mí, mirándome con una sonrisa que me dejó sin aliento.
-Tienes fiebre de nuevo, pequeña. Será mejor que descanses. –me besó la frente y me dejó con las ganas a flor de piel. Maldito y mil veces maldito. Se levantó de donde estaba y salió a paso lento de la cueva.
Quedé con la boca abierta. ¿Eso había sido todo? ¿De verdad?
Me decía cosas lindas, me prometía cosas, me besaba, y ¿ahora se iba? Este hombre iba a volverme loca. Más loca de lo que ya estaba por él.
Me arrojé de espaldas al saco, y noté que su chaqueta estaba sirviéndome de almohada ahora. Al menos, iba a dormir con su olor cerca. Y si tenía suerte, soñaría con que me besaba otra vez.
Cerré los ojos y con una sonrisa en el rostro, me dejé llevar por el cansancio.
EPOV
Las tropas aliadas habían llegado hace unas horas.
Les había comentado que estaba cerca del lugar con un cabo herido y enfermo. Les pedí que no se preocuparan y que siguieran con la batalla. Les indiqué el lugar donde estaban los cinco chicos azules inconscientes para que fueran por ellos, ya personalmente yo me encargaría de ellos…
Isabella estaba un poco mejor ahora. Ya había amanecido y ella aún descansaba. Le tomé la temperatura hace unos momentos, y ya no tenía fiebre. Eso era bueno, el medicamento le había hecho efecto, eso quería decir que podíamos viajar de vuelta a penas despertara.
Tenía que sacarla de aquí lo más pronto posible. Necesitábamos hablar tranquilamente sobre lo que venía por delante. Finalmente, ella no tenía que estar aquí, nunca debió estarlo.
Estaba apoyado en la parte trasera de la camioneta, pensando en ella. Sonreí como un tonto al recordar como se había puesto anoche después de apenas rozar sus labios… Tonta chiquilla…
Quité de inmediato la sonrisa cuando vi como traían a rastras a los imbéciles que ayer intentaron matar a Isabella… Estos de mí no se salvaban, oh no, claro que no lo harían. Me acerqué a ellos mirando al que iba al frente, al parecer el cabecilla.
-Veamos… Después de dárselas de machotes, mírense ahora. –reí en su cara y el imbécil me desafió con la mirada. Mala decisión, bastardo.
Lo mandé directo al suelo con el puñetazo que le di en la quijada. Otro de los chiquillos se zafó del soldado rojo y quiso patearme, pero de inmediato le tomé la pierna y di un doblón que, si no le quebré el hueso, probablemente si le desgarré el músculo. A esto le iba a costar meses sanar... Gritó como condenado. Y cuando iba a encargarme del tercero, escuché el gritó de mi pequeña soldado.
-¡No, Oficial! –gritó ella con su voz enronquecida. Entonces voltee para mirarla. Llevaba puesta su chaqueta, ocultándose como siempre.- Déjelos, ya los llevaremos a la base. –ella me suplicó, pero no le presté atención. Este imbécil la había apuntado con el maldito fusil, así que de esta no se salvaba.
-No te metas, Swan, este imbécil intentó matarte –sin decirle más, le di un derechazo en la mejilla al último muchacho que quedaba en pie , y después de un gemido, cayó al piso.
Los soldados ahí presentados me miraban espantados, y yo, sin borrar la sonrisa de satisfacción de mi rostro, jadeaba mientras trataba de calmar la rabia que sentía.
Le hice un gesto a uno de los soldados para que los metieran en la parte trasera de mi camioneta y me dirigí hacia la cueva, donde estaba ella sentada en el piso, mirando la fogata extinta.
-¿Por qué lo hizo? –sollozó.
Ella lloraba, y lo que era peor, yo la había hecho llorar con mis actos. Y si ya odiaba ver llorar a una mujer, verla llorar a ella era como que me quemaran las bolas con un fierro caliente.
Me acerqué a ella lentamente. Y cuando estuve arrodillado a su lado, me empujó con fuerza mientras escondía su rostro en una de sus manos. Estaba llorando, por mi culpa, maldición.
-Ellos… Quisieron matarte, Isabella –traté de excusarme pero ella me ignoró negando con la cabeza.
-¿y qué? No lo hicieron, no tenía derecho a golpearlos –al fin me miró. Tenía sus ojos rojos y me mostraba lo enrabiada que estaba. Tanto que por una fracción de segundo, sentí la culpa por hacer lo que hice.
-Yo… Lo siento –no sabía que más decirle. Y a decir verdad, jamás me había disculpado después de darle una paliza a alguien y muchos menos a una persona que no tenía nada que ver. Lo único que sentía eran ganas de abrazarla, pero me ella rechazaba.
-No te disculpes, no si no lo sientes. Pero no debiste… Es todo lo que he evitado durante este tiempo, dañar a más gente. –entonces se limpió toscamente las lágrimas y desvió su rostro.
-Isabella… Yo… -entonces me levanté. Bien, ahora yo estaba molesto- Esos imbéciles intentaron matarte, niña tonta, si lo hubiesen hecho, yo mismo hubiese declarado la guerra y… -no, ni siquiera podía imaginar el resto de mi vida sin ella- ¡Agh! ¡Me hubiese vuelto loco! –me agarré los pelos y entonces casi me arrojé delante de ella, afirmándole ambas manos en el proceso- Isabella… Por favor, perdóname, pero no sabes cómo me sentí cuando los vi, riendo, apuntándote con esos malditos fusiles, a punto de matarte, mi niña… -junté sus manos y se las besé alternadamente.- Por favor… Perdóname, Isabella. –ella me miraba consternada. Y yo era un bruto, me la llevaba a rodeos intentando decirle que… Oh bueno…
-Oficial… Yo…
-Shhh –le silencié poniendo uno de mis dedos sobre sus labios.-No me digas nada, bonita. Sólo perdóname. –ella cerró sus ojos y asintió después de un momento.
Acaricié su rostro lentamente. Y realmente me sentí como un verdadero imbécil. No sé cómo no me di cuenta antes. Sus facciones, sus labios, su nariz, su cabello, todo en ella era femenino y hermoso.
Aprisioné su cara con una de mis manos y la acerqué lentamente a mí. Quería besarla, sí, necesitaba hacerlo. Ella cerró sus ojos mientras sus mejillas iban tomando color. Y entonces, como si fuese un latigazo en mi rostro, recordé que para ella, sólo existía Jasper.
Besé su mejilla y me alejé conteniendo mis ganas de gritar por qué él y no yo. Ella estaba sonrojada, con sus ojos cerrados, esperando a ser besada por mí. Me miró tiernamente y me sonrió.
Ella le había confesado su amor a Jasper; Emmet fue testigo. Además de su última carta. Yo mismo la había leído, haciendo que mi frío corazón se quebrajara.
"Te quiero mucho, Jasper, eres el mejor". Palabras que a mí nunca me dirigiría, por supuesto.
Y era ahora que me daba cuenta. Que esta chiquilla, sin siquiera saber que era una chica, se había instalado en mi frío corazón, haciéndolo latir de nuevo, haciéndome sentir vivo por primera vez en mis 27 años de vida.
Pero ella no me quería, quería a mi mejor amigo, que para mi consuelo, estaba comprometido. Por primera vez me sentí como todas aquellas mujeres que rechacé en el pasado. Perdido, con ganas de pedirle que me amara a mí y no a él. Con ganas de gritarle promesas de amor, jurarle que la querría toda mi vida. Que nunca la dejaría sola y que la protegería con mi vida.
Suspiré no sin antes mirarla directo a los ojos y transmitirle mentalmente todo mi dolor por no ser merecedor de su amor.
Me había enamorado, como un tonto, de ella, de la soldado Isabella Swan.
Volví :) Espero que este capítulo sea de su agrado. Preguntaron si habría amor... Y sí, amor, desamor, confusiones y demás.
Volví luego como les prometí, 3 capítulos en la semana. Este es el último, así que nos vemos quizá el lunes o martes... Las adoro, lindas, de verdad, 15 reviews en el último capítulo, ¡no saben lo feliz que me han hecho! Espero que sigais así, me animan muchísimo en mis momentos de depre por no poder ir aun a ver la segunda parte de Breaking Dawn :(
Nos leemos!
