Hola de nuevo! Aquí les traigo otro cap :3

Veremos un poco más de participación de Claire en este cap, así como va a ir viéndose más adelante. Espero les guste.

Ahora, tengo unas noticias algo no buenas, y es que no podré volver a escribir hasta el fin de semana por todo lo que debo estudiar.

Pero tranquilos, subiré el prox cap apenas pueda. Espero que sigan ahí para leer.

Dejen sus reviews! Muchas gracias a NimCastleGrey por su constancia y apoye :3

Saludos!

Capítulo 8.

El día lunes, en la mañana, Claire se despertó a primera hora, como cada vez que tenía que trabajar. Se estiró, sentada sobre su cama, para quitarse un poco del sueño residual de encima. Se puso las pantuflas y se levantó. Desde que la temperatura había descendido usaba pijamas largos para dormir, en especial porque el castillo de por si era bastante helado. Llevaba aquel de pantalones de algodón, un poco más largo que sus piernas, en cuadros de tonos azules, y de camiseta de manga larga a juego. Y se preparó para hacer lo que hacía todas las mañanas; darse un baño, arreglarse y bajar a desayunar.

Apenas si había alcanzado su bata cuando se dio cuenta de que algo iría diferente. Un pergamino enrollado sobre su escritorio. Curiosa, fue hasta el pergamino y lo tomó, quitando la cinta y desenrollándolo. Y tras leer su contenido, apretó la mandíbula un segundo. No pudo evitar pensar que había sucedido más rápido de lo que había imaginado. Aquel pergamino informaba acerca de la decisión de la Gran Inquisidora de, debido a que sus habilidades no demostraban ser competentes ni adecuadas para la profesión de la enseñanza, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechizaría se veía en la penosa necesidad de prescindir de sus servicios. Además le daba plazo hasta el final de aquella semana para seguir trabajando en su cargo y poner sus cosas en orden. Luego de eso debería abandonar el castillo y los terrenos del colegio.

Claire se permitió expresar su molestia y enojo solo una vez, y bastante controlada, con fuerza cerró la mano en la que sujetaba el pergamino, arrugándolo por completo. Solo habían pasado dos días desde que los estudiantes se reunieran en el Cabeza de Cerdo; seguramente aún no tendrían los detalles refinados para comenzar a aprender ellos mismos. Y decidió que aquella última semana los ayudaría con todo lo que pudiera.

Relajó su mano y dejó el pergamino arrugado de regreso sobre la mesa. Tendría que reportar aquello lo más pronto posible, además. Fue hasta su ropero y encontró ropa limpia y planchada, dejada ahí por los elfos domésticos la noche anterior. Eligió una blusa blanca y, porque aquel día parecía hacer más frío que los anteriores, un pantalón negro de tela negra. Sus calcetines ya habían dejado de ser los más delgados que tenía. Generalmente utilizaba aquellos atuendos en el mundo muggle cuando dictaba seminarios, o tenía reuniones con gente que financiaba las investigaciones de los laboratorios de la universidad. Y ahora para dar clases en Hogwarts.

Se fue al baño, llevando su ropa en sus brazos. Acomodó todo en un perchero de metal, estirado, se lavó los dientes y abrió la llave del agua caliente de la ducha para esperar a que ésta cogiera temperatura. Probando a intervalos de pocos segundos la temperatura con la mano, cuando estuvo satisfecha abrió el paso hacia la ducha y se desvistió para entrar bajo el agua caliente. Fue un gustito en el que se hubiera quedado por horas, pero con calma se frotó jabón para limpiar su cuerpo, y luego se lavó el cabello. Disfrutó de la calidez del agua unos minutos más antes de cerrar el paso del agua y envolverse el cuerpo con una toalla. El baño había cogido algo de la temperatura del agua.

Se secó manualmente, porque tras varios años era una costumbre. Además, le servía para pensar en el día que se le venía por delante. Se acercó hacia el espejo, y de un anaquel tomó una pequeña botella tapada con un corcho. La destapó y vertió un poco de la loción humectante en la palma de su mano, y procedió a untarse la loción por el cuerpo. Mientras tanto pensaba en las clases que tendría aquel día. A primera hora no tendría ninguna clase, así que aprovecharía de corregir algunos ensayos de segundo en el Salón de Profesores. Después tenía que dar una clase sobre las Maldiciones Imperdonables para los de Gryffindor y Slytherin de cuarto año. Después de almuerzo era el turno de los estudiantes de primero, y luego los de quinto. Probablemente la hora que más esperaba era aquella última.

Cuando terminó de untarse la loción, tapó el frasco y lo dejó de regreso en el anaquel. Tomó su varita y tocó suavemente su cabeza con la punta de ésta, y en menos de un segundo su cabello liso color castaño oscuro estuvo completamente seco y desenredado.

Finalmente se vistió y salió del baño, encontrándose con su cama impecablemente hecha. Sonrió.

- Gracias. – dijo claramente. Si los elfos escuchaban cada vez que les daba las gracias o no, ni idea tenía. Pero le gustaba pensar que sí.

Se puso sus zapatos de taco bajo, su reloj de pulsera, viendo que pronto podría ir a desayunar si así lo quería, y descolgó su túnica del perchero junto a la puerta. Regresó hacia su escritorio mientras se colocaba la túnica y tomó el pergamino de aviso sobre su despido y, estirándolo un poco con sus manos primero, lo dobló con cuidado y lo guardó en uno de sus bolsillos. Iría a ver a Dumbledore, cómo éste le había solicitado que hiciera una vez tuviera el resultado de su período de prueba, antes de ir al Gran Comedor.

Mirando el que seguramente sería su despacho solo hasta el final de la semana, Claire abrió la puerta y salió, atravesando su salón de clases antes de salir a los pasillos y dirigirse hacia la oficina del Director.

A mitad de camino se encontró con algunos estudiantes de Slytherin que se dirigían, desde su Sala Común de seguro, a desayunar antes de las primeras clases del día. Los saludó amablemente, y algunos de ellos respondieron el saludo. Como era natural, su severidad al momento de enviar y corregir los trabajos y tareas no era muy bien recibida por los estudiantes de Slytherin. Recordaba perfectamente, de sus años de estudiante, que en general los alumnos de la casa de la serpiente preferían las cosas más fáciles. Claro, como en todos los establecimientos educacionales, había estudiantes brillantes, también en Slytherin. Claire daba por sentado que parte de su labor como profesora era hacer presión para que todos los estudiantes sacaran lo mejor de ellos mismos.

Camino al corredor indicado del tercer piso, encontró a Peeves intentando soltar la base de uno de los candelabros, seguramente pensando que sería divertido ver como caía sobre el próximo desgraciado que pasara por ahí.

- Nos pusimos en marcha temprano hoy, ¿verdad, Peeves? – preguntó la profesora. El Poltergeist se volteó hacia ella y le dedicó un gesto obsceno. Claire rodó los ojos. – Será mejor que lo dejes ya.

- Uuuuy la bajita cree que puede darle órdenes a Peeves… pero la bajita ya no será profesora. Oh no, no. – se burló el espectro. Claire hizo un puchero suave, más por una costumbre que tenía para con Peeves en el colegio que por estar realmente enfadada.

Desde más joven supo que no sería muy alta, pero en un país donde la media de estatura femenina era de al menos cinco centímetros más que la suya eso llegó a ser frustrante en algún momento. Ya de pequeña Peeves la llamaba por varios sobrenombres que aludían a su tamaño. Pasados los quince años ya no se preocupó por ello.

- Quizás yo no pueda darte órdenes, pero sí puedo avisarle al Barón. – amenazó, y sonrió con malicia. – Él también me recuerda; estoy segura de que no le molestará hacerme el favor de venir a… detenerte.

Si Peeves hubiera podido quedarse pálido, seguramente lo hubiera hecho. Hizo una serie de muecas y sonidos ofensivos y vergonzosos antes de irse, maldiciendo, recorriendo el pasillo. Claire negó, divertida, aquello siempre había funcionado. El fantasma de la Casa de Slytherin siempre estaba más que dispuesto a ayudar a quien lo pidiera; el problema era que no muchos se atrevían a pedírselo. Había sido un chico de Slytherin, de hecho, quien le había aconsejado que simplemente fuera a hablar con el aterrador fantasma, el primer año que ella fue prefecta.

Ella siguió su camino hacia la oficina del Director, volviendo al presente. Hacía años que no pensaba en aquel chico. Recorrió un pasillo final hasta llegar a la gárgola que cuidaba el acceso a la entrada de la oficina.

- Mokaccino. – dijo Claire. La gárgola saltó hacia un lado, dándole acceso a una escalera de caracol ascendente que subía sola.

Claire sonrió. Le había ofrecido un sobre de mokaccino instantáneo a Dumbledore la mañana del primer día de clases, durante el desayuno, para que lo probara. Al amable mago anciano le había encantado la combinación de café con chocolate elaborada por lo muggles, y decidió cambiar la contraseña de acceso a su oficina por el nombre de aquel bebestible. Dumbledore siempre había sido abierto de mente a probar cosas nuevas, hasta las fabricadas por los muggles.

Al llegar al final de la escalera, se encontró con la puerta doble de roble que ella recordaba de cuando había ido hacia esa misma oficina para ser nombrada Premio Anual, en su séptimo año. Tocó la puerta con una mano en puño.

- Adelante. – llamó la amable voz de Dumbledore desde el interior.

Claire abrió la puerta y entró en la oficina.

- Buenos días, director. – saludó la joven.

- Buenos días, Claire. – saludó Dumbledore, estaba sentado detrás de su escritorio, escribiendo lo que parecía ser una carta. - ¿Qué te trae por aquí tan temprano?

Claire sacó el pergamino del bolsillo de su túnica.

- Lo que me pidió que reportara. – respondió la joven, acercándose y ofreciéndole el pergamino.

Dumbledore tomó el informe y lo leyó con mucha tranquilidad. Claire miró a Fawkes y lo saludó con la mano, sonriendo. La majestuosa ave emitió un corto canto. La profesora miró al anciano, quien ya había terminado de leer y estaba dejando el pergamino sobre el escritorio.

- Ya sabíamos que esto iba a suceder. – dijo Dumbledore. – Aunque ni yo me imaginé que fuera a ser tan pronto.

Claire se encogió de hombros.

- Que digan lo que quieran de Dolores Umbridge, pero de que ella es tenaz, lo es. – opinó la joven, divertida. Pero el asunto principal era algo más serio. – Los chicos no pueden quedarse sin aprender… no durante un año entero.

- Y no lo harán. – dijo Dumbledore, tranquilo. – Tu prometiste enseñarles, Claire. Y confío en que cumplirás con tu palabra.

Claire consiguió no mostrarse sorprendida con sus palabras.

- Será muy difícil que lo haga si debo irme del castillo.

Dumbledore, sorprendentemente, sonrió.

- ¿Realmente crees que permitiría que te hagan marchar luego de haberte traído hasta aquí desde el otro lado del mundo? – preguntó Dumbledore, con suavidad.

Claire alzó una ceja unos segundos antes de esbozar una sonrisa de alivio.

- Pero por supuesto que tiene un plan. – dijo la mujer, casi riendo. Dumbledore asintió.

- Nos dará algo más de tiempo, y te permitirá seguir en contacto con los estudiantes de manera regular para seguir enseñando a, y cito tus palabras, "quienes quieran aprender". – Dumbledore se acomodó contra el despacho de su silla, sonriente.

- Debí saberlo. – dijo Claire, negando con la cabeza. Como admiraba a aquel hombre. – Bueno, es genial enterarme que aún no deberán verse obligados a pasar por la "penosa" necesidad de verme partir.

Dumbledore rio por lo bajo.

- Tendremos tiempo de que te dé los detalles esta noche. – dijo Dumbledore. – Por ahora, hay un pie de limón que espero alcanzar antes de que se acabe.

Se puso de pie y se dirigió hacia donde ella estaba y le ofreció el brazo. Claire lo tomó y ambos fueron juntos hacia la salida de la oficina. La diferencia de estaturas era mucho más marcada dada la cercanía. Dumbledore medía más de un metro ochenta centímetros, y se mantenía completamente erguido para su edad; lo que quería decir que, usando tacos bajos que le daban algunos centímetros más, Claire seguía siendo prácticamente veinte centímetros más baja.

Claro que aquella directa demostración de camaradería solo siguió hasta que llegaron a la parte baja de las escaleras de caracol, donde soltaron sus brazos y comenzaron a caminar, ahora en espacio público, con una distancia intermedia de medio metro.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aquel día había comenzado no como el mejor para Harry. De partida se había levantado para encontrar en el tablón de anuncios de su Sala Común, un aviso que decretaba que todas las agrupaciones de estudiantes del colegio quedaban automáticamente disueltas, por órdenes de la Gran Inquisidora, y que era a consideración y con autorización de ésta que podían volver a formarse. Harry, Ron y Hermione solo habían podido pensar que Umbridge se había enterado de que estaban planeando algo en grupo. Durante el desayuno, Angelina se había acercado a él para pedirle que, por favor, controlara su temperamento con Umbridge, pues tenía que pedirle permiso expreso para volver a formar el equipo de Quidditch de Gryffindor.

Su primera clase de aquel día, Historia de la Magia, fue tan aburrida en principio como todas las demás que habían tenido desde su primer año. Hasta que más o menos a la mitad de la clase, Hedwig había aparecido en la ventana del salón, por afuera, llevando una carta y con un ala herida. Harry había fingido sentirse mal para poder llevar a su blanca lechuza con la profesora Grubbly-Plank.

Se dirigió escaleras abajo desde el salón de Historia, mirando por la ventana para intentar encontrar a la profesora. No se hallaba en las cercanías de la cabaña de Hagrid, y si no se encontraba enseñando solo podría estar en la Sala de Profesores.

Dos gárgolas de piedra flanqueaban la puerta de entrada a la Sala de Profesores. Cuando Harry se aproximó, una de ellas graznó.

- Debería estar en clases.

- Esto es urgente. – dijo Harry, bruscamente.

- ¿Urgente? Vaya… eso lo explica todo. – dijo la otra gárgola.

Harry tocó la puerta. Escuchó algunos pasos y de pronto se encontró cara a cara con la profesora White, quien llevaba sus lentes de lectura puestos.

- ¿Señor Potter? – preguntó, sorprendida. - ¿No debería estar en clases?

Antes de que Harry pudiera responder, escuchó otra serie de pasos apresurados y la profesora apareció también frente a la puerta, con los ojos brillándole alarmantemente.

- ¡No habrá recibido otra detención! ¿Verdad? – exclamó la mujer más alta.

- ¡No, profesora! – exclamó Harry precipitadamente.

- ¿Entonces por qué está fuera de clase?

- Aparentemente, es algo urgente. – dijo una de las gárgolas, burlón.

Claire le dio una palmada en la espalda a la gárgola por ser maleducada.

- Lo siento. – se disculpó ésta.

Harry le sonrió en agradecimiento a la profesora.

- Estoy buscando a la profesora Grubbly-Plank. – explicó Harry. – Se trata de mi lechuza, está herida.

- ¿Una lechuza herida, dice?

La profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas apareció detrás del hombro de la profesora McGonagall, fumando pipa y con un ejemplar de El Profeta en las manos.

- Sí. – afirmó Harry. – Llegó después que el resto de las lechuzas y su ala se ve rara, mire.

Con cuidado deslizó a Hedwig fuera de su hombro. La profesora Grubbly-Plank apretó su pipa firmemente entre sus dientes, tomó a Hedwig y la examinó, mientras las profesoras McGonagall y White observaban.

- Hmmm. – murmuró la profesora, con la lechuza en las manos. – Luce como si la hubieran atacado. Aunque no puedo imaginar qué puede haberlo hecho. Los Threstals a veces van tras las aves, pero Hagrid tiene a los Threstrals del colegio entrenados para que no se acerquen a las lechuzas.

Harry no podía preocuparse menos acerca de lo que eran los Threstals, sólo quería asegurarse de que Hedwig iba a estar bien. Las profesoras McGonagall y White, sin embargo, se miraron una a la otra antes de fijarse en él.

- ¿Sabe si viajó muy lejos su lechuza, Potter?

- Ehhh… - titubeó Harry. – Hasta Londres, creo.

Supo que ellas dos habían comprendido el lugar exacto hacia donde se había dirigido Hedwig. No sabía si la profesora White era conocedora del cuartel general de la Orden, pero seguramente sabía dónde estaba.

La profesora Grubbly-Plank examinó más de cerca el ala de Hedwig.

- Podría solucionar esto si la deja conmigo, Potter. – le dijo. – De todas formas, no debería volar grandes distancias por unos días.

- Er, gracias. – aceptó Harry, justo en el momento en que la campana sonaba para el receso.

- No hay problema. – dijo la profesora Grubbly-Plank bruscamente, regresando al interior de la sala de profesores.

- Un momento, Whilhelmina. – pidió la profesora McGonagall. – La carta de Potter.

Harry recuperó su carta y, tras una advertencia por parte de McGonagall acerca de posibles intentos por interceptar el correo, como parte de la vigilancia de la comunicación dentro y fuera de Hogwarts, se internó en los pasillos del castillo, en búsqueda de sus amigos, con un mensaje de Sirius en la mano.

Luego de discutir acerca de lo que McGonagall había dicho, los tres amigos descendieron pesadamente los escalones hacia las Mazmorras para la clase de Pociones. Ahí no sólo Harry tuvo que aguantar la presencia de Snape, sino que también la de Umbridge, quien se apareció en la clase de aquella tarde para realizar la inspección del profesor.

Harry estuvo tan distraído escuchando las preguntas de Umbridge para Snape, que volvió a arruinar la poción que debían preparar aquel día. Como consecuencia, y también en parte para aliviarse un poco del enojo provocado por Umbridge, Snape lo mandó a escribir un ensayo acerca de la correcta preparación de aquella poción, indicando sus errores cometidos aquel día. Eso en adición a la tarea que ya les había enviado.

Luego tuvo adivinación, donde se enteraron de que la profesora Trewlaney estaba también en período de prueba. La adivina no lo había tomado muy bien. Desquitó gran parte de su enojo gritando a cada estudiante en su clase, y finalmente se había ensimismado en un rincón de su salón de clases, llorando miserablemente mientras los estudiantes trataban de leer sus libros.

Por suerte el día mejoró un poco con su última clase; Defensa Contra las Artes Oscuras. Hacía unas pocas semanas habían comenzado a estudiar algunas criaturas siniestras, a veces sólo teóricamente, pero la mayoría de las veces siempre había lecciones prácticas.

- Buenas tardes. – saludó la profesora White, sonriente.

Los alumnos le respondieron enérgicamente.

- Hoy tendremos una clase completamente práctica. Primero quiero que me entreguen los ensayos preliminares acerca de sus temas individuales para las presentaciones, los corregiré y tendrán la nota puesta la próxima clase. – explicó la profesora. – Hagan correr sus ensayos hacia delante, por favor.

Varias series de pergaminos fueron pasando de mano en mano hasta llegar al escritorio de la profesora. Había dado los temas de aquellas sesiones en que serían los mismos alumnos quienes deberían explicar la semana anterior, y aquel día debían entregar un ensayo con la información que hubieran recopilado acerca del tema en particular. A Harry le había tocado presentar acerca de los Nundu, una bestia increíblemente peligrosa que vive en el Este de África.

- Muy bien, espero que se hayan esforzado. – hizo desaparecer todos los pergaminos con un movimiento de varita. – Ahora, nuestro tema de hoy.

Tocó la pizarra con la punta de la varita y una palabra escrita con grandes letras mayúsculas apareció sobre la superficie de ésta: Lethifold.

- ¿Quién puede decirme qué es un Lethifold? – preguntó la profesora.

Naturalmente, Hermione alzó la mano rápidamente.

- Es una criatura mortal que habita en climas tropicales; se le conoce también como Mortaja Viviente. – respondió la chica. – Tiene el aspecto de una capa negra y gruesa que se arrastra por el suelo durante las noches en busca de sus presas, a las cuales envuelve para digerir con calma.

- Correcto. Diez puntos para Gryffindor. – premió la profesora. – Lo que la hace una criatura tan letal es que es completamente silenciosa, y de noche es casi imposible de ver pues se confunde con las sombras. Además, solo puede ser repelida por un Encantamiento conocido. ¿Alguien sabe cuál es ese Encantamiento?

Hermione volvió a levantar la mano. La profesora esperó un momento a que algún otro se animara a responder, pues siempre gustaba de dar oportunidades a los demás, pero cuando nadie más lo hizo, le indicó a Hermione para que respondiera.

- El Encantamiento Patronus. – respondió Hermione. Hubo un murmullo de emoción entre los estudiantes.

- Exacto. Y es justamente el encantamiento que practicaremos esta semana. – confirmó la joven profesora, haciendo un ademán para que los estudiantes se levantaran y la siguieran hacia el salón anexo.