Notas de autor: Mil gracias por los favoritos y reviews recibidos. Gracias también a ti, pequeño anónimo.
Subo el siguiente, espero que os guste.
9. Flores para el Campanile.
Contra todo pronóstico, Ludwig sí durmió; era tarde cuando despertó, pues le había costado horrores conciliar el sueño. Al abrir los ojos, saltó de la cama, cogió una fruta, se vistió rápidamente, agarró el paraguas ajeno y se dirigió hacia el hospital. ¿Cómo estaría Feliciano? ¿Se habría recuperado ya? Parecía realmente enfermo… tenía ojeras, su rostro revelaba agotamiento… habló con Marco de camino al hospital.
—Voy a llegar tarde, no me esperéis. Me quedaré después a terminar los informes.
Marco le respondió que no era necesario, no era urgente y le pasó con el jefe para que hablaran. Ludwig no le dijo que tenía un amigo cuyo pronóstico era reservado. No le dijo que iba al hospital tan rápido como sus piernas le permitían. No contó cuán preocupado y angustioso se hallaba. Ni cómo su ansia creció en el instante en el que pisó el hospital: apenas había luz, los corredores eran húmedos, no parecía haber doctores en las salas y ni siquiera se veía a los enfermos. A pesar de ser el hospital principal de la ciudad, tan solo parecía un hospital fantasma.
Chapurreó en su italiano dando el nombre de Feliciano Vargas, y la recepcionista tardó unos diez minutos en volver. Para entonces, Ludwig había estado rezando diecisiete veces, tratando de rescatar su reducida fe.
—Lo siento, pero el señor Vargas está grave. No puede pasar a verlo nadie, únicamente los familiares allegados. ¿Es usted pariente? —y lo miró con ese desdén de "sé que eres extranjero y no vas a colarme una mentira".
—No. No, señorita, pero ¿qué le pasa? Yo lo encontré, soy un amigo… por favor, dígame su estado… mmm… no hablo muy bien italiano, lo siento… solo quiero saber…
—Señor, no estamos autorizados a dar información sobre el estado de los pacientes. Solo archivamos —y se giró hacia otra sala, como si realmente tuviera algo mucho más urgente que atender que hacer su trabajo.
Ludwig se derrumbó en una silla mohosa, próxima a un ventanal, la única zona más luminosa del lugar.
Decidió esperar. Su hermano iría a verlo en cualquier momento, si no estaba ya con él. Podría preguntarle.
Tres largas horas después y con el estómago rugiéndole, Ludwig decidió salir del lugar.
"¿Qué te pasa, Feliciano? Nadie quiere decirme…"
Se percató del paraguas en su mano. Se acercaría a su casa, y de paso le devolvería el paraguas a la señora. Por suerte, ya no llovía, aunque tenía que sortear los diversos charcos formados en el suelo. En San Marcos, con toda seguridad, habría Acqua Alta.
La vecina no respondió a su llamada, pero en la mansión de los hermanos Vargas, tampoco. Ludwig acudió al Campanile. Un sustituto hacía las horas de Feliciano. No le dijo nada más, y el rubio se cansó de reunir información. Acudió a su oficina, trató de olvidarse de un querido amigo que, sin saberlo, se debatía entre la vida y la muerte.
Kiku abordó al alemán en cuanto salieron de clase de italiano.
—¿Te ocurre algo, amigo? No pareces el de siempre.
Ambos se despidieron de la profesora y se dirigieron a la salida. Llovía de nuevo en Venecia, y ambos llevaban sus botas de goma para caminar por las calles inundadas.
—Es… es Feliciano —Ludwig se giró cuando todos los compañeros salieron de clase y no hubo nadie en recepción.
—¿Feliciano? ¿Qué le pasa?
La lluvia. Mojado. La angustia. El gato. El frío. Inconsciente. Croce Verde.
—E-está enfermo y lo tienen bajo vigilancia en el hospital.
Los ojos de Kiku se abrieron enormemente.
—¿Cómo? ¿En el hospital? No sabía nada… ¿y cómo está?
—No lo sé —dijo el rubio con resquemor—. No me dejan verlo. No dejan entrar a nadie que no sea pariente de él.
—Eso… eso es que está en cuidados intensivos, ¿verdad?
Ludwig asintió.
—Vamos a verlo —sugirió el japonés, firme—. Dime dónde es.
—No tengo fe, la verdad. El hospital deja además mucho que desear, no solo las instalaciones, sino también el personal.
Kiku observó a su amigo. Sin duda, Ludwig parecía preocupado. Tenía ojeras, y en clase no parecía prestar atención como hacía regularmente. Y conociendo la forma de ser de Ludwig, se le veía afectado. ¿Y qué le había pasado a Feliciano? Si era un chico lleno de vida…
Ambos se dirigieron hacia el hospital lúgubre, como Ludwig lo llamaba, y se dirigieron de nuevo al mostrador: esta vez fue otra italiana quien los atendió, pero no pudo decirles nada más que Feliciano seguía en cuidados intensivos.
—¿Pero va mejorando? Escuche, señorita, este hombre lleva viniendo dos días a preguntar por él. Estamos preocupados, por favor, díganos algo.
—Como el señor ya sabe, no estamos autorizadas a dar información sobre los pacientes. Solo los doctores.
—¿Y dónde hay un maldito doctor en este hospital de mala muerte? —gritó Ludwig, cansado. Kiku lo miró, extrañado, y lo apartó con un brazo para tranquilizarlo.
—Si aquí no van a decirnos nada, ¿por qué no hablamos con algún familiar de Feliciano?
—Solo tiene un hermano mayor, y me odia.
—Ludwig, cálmate. De verdad, no vamos a conseguir nada enfadándonos. Te acompañaré a su casa, y allí esperaremos.
Ludwig se talló las sienes, respiró hondo. No era él mismo. Pero es que su amigo Feliciano… ¿cómo era posible que dos días después de encontrarlo en la calle, deshidratado, empapado, frío y lívido, no pudiera saber de su estado?
—S- solo tiene a su hermano, que yo sepa.
—Haremos una cosa, Ludwig —sacó la libreta de clase y le mostró la última página—. Hazme un mapa de dónde está su casa. Tú te quedarás aquí por si ves a su hermano. Yo iré por si hay alguien más en la casa.
Ludwig quería decirle que no encontraría a nadie más, que posiblemente los vecinos tampoco estuvieran o supieran nada, pero estaba tan terriblemente cansado, que accedió. Volvió a sentarse junto a los ventanales, frente a recepción.
Se quedó dormido porque el día anterior había pasado la mitad de la tarde-noche en el hospital. El sonido del teléfono lo despertó. Ludwig, en su prisa por cogerlo, lo tiró al suelo, y solo era Kiku, llamando para decir que llevaba dos horas esperando y allí no se había personado nadie. El rubio se reunió con él en la plaza de San Marcos, le pidió perdón por haberse dormido, y tomó una decisión.
—No puedo estar tan preocupado y angustiado. Ya intenté hablar con el doctor ayer en el maldito hospital, y solo me dijo que estaban haciendo todo lo posible por recuperarlo… ¡y como no entiendo este maldito idioma, no puedo expresarme como quisiera!
—Cálmate, amigo. Haremos una cosa. Tú tienes el teléfono de Feliciano, ¿verdad?
—No le dejan recibir llamadas. Tampoco podrá cogerlo, supongo, si está intubado o vigilado.
—¿El contacto de Lovino?
—No lo tengo. Y he pasado también por su zona de trabajo y tampoco saben nada.
Quedaron silenciosos. Kiku, entonces, propuso:
—¿Qué ocurre si venimos aquí con Felice, la profesora? Ella es italiana y seguro que puede decirles algo a estas personas.
—No quisiera molestarla… ella tiene sus cosas —dijo Ludwig, pero en su tono se adivinaba desgana y esperanza a partes iguales. Después se dio cuenta de que tenía que resolverlo él solo. Kiku tenía razón, no podía vivir angustiado, y no entendía ese tumulto de preocupación. Como no pudiera pararlo, prefirió encontrar una solución lógica—. Voy a quedarme en el Campanile hasta que venga su hermano. Hablaré con él. Puede prohibirme la entrada a su casa, pero no puede prohibírmela a esa torre. Tengo un pase.
Ludwig se estaba arreglando para pasar por el campanario antes de ir a su oficina, cuando algo le hizo volver a su habitación.
Afortunadamente, justo en ese instante en que todo parece derrumbarse, en que la esperanza puesta en una respuesta a través de un canal era olvidada, el teléfono de Ludwig comenzó a sonar. El alemán tuvo tiempo de ver ese gigante nombre en la pantalla, y su corazón, necesitado de apremio, dio un vuelco tan grande que Ludwig se mareó.
—¡Feliciano!
Una voz temblorosa respondió al otro lado.
—Feliciano ya no contestará a este teléfono.
—¿Hola? ¿Quién es? ¿Qué ha pasado?
—Eh, bastardo —sonido de mocos—, soy su hermano Lovino. Deja de molestar.
—¡Lovino! ¿Cómo está Feliciano? No me dejan entrar a verle en el hospital… —Extraño silencio al otro lado, delirios confusos acompañados de latidos apremiantes del alemán—. ¿Lovino?
—No… Feliciano ya no está.
—Per favore… Déjame verlo. No te pediré nada más.
Largo silencio, interrumpido por algún tictac de reloj.
—A las doce en el Campanile.
Cuán lento se mueve la vida alrededor, cuán lento avanza el tiempo en los instantes en que van a darte una noticia. El resto de la vida pasa en un suspiro, pero los momentos decisivos se hacen tan largos como la caída al vacío cuando uno se debe lanzar. Las piernas de Ludwig se movían tan deprisa, que temblaban, prisioneras de una demora acongojada. La plaza de San Marcos estaba desierta. Había Acqua alta, y las botas chapoteaban, salpicando el resto del pantalón, ajenas a ese pequeño inconveniente.
Tocaron las campanadas a la vez que Ludwig llamó a la puerta, por lo que tuvo que esperar y volver a llamar.
Allí, entre la penumbra, podía adivinarse, gracias a un pequeño farolillo de emergencia, el rostro amargo de Lovino, que se volvió hacia él con pasividad.
Ludwig cruzó todo el claustro, con pasos agigantados, olvidándose de los modales.
—Buenas noches.
Lovino giró la cabeza, como si el que le hablara en inglés le fastidiara.
—Bona notte —respondió en italiano, casi agresivo—. Ni tú ni yo nos caemos bien, así que seré breve. Me he compadecido de ti porque no quería darte esta noticia por teléfono, pero supongo que ya lo sabes, o, si eres lo bastante listo, te lo imaginarás.
—Per favore…
Lovino arrugó el rostro, sin entender por qué esa mole apática estaba suplicándole.
—Feliciano se fue.
—No —fue el simple ruego de Ludwig, aún plantado frente a Lovino, sin haberse movido.
Como si Lovino quisiera hacerse creer, sacó de su bolsillo el móvil de Feliciano. Ludwig lo reconoció enseguida, porque había pegatinas de helado en la carcasa.
—No va a volver a responder, y como persona adulta te pido que no sigas insistiendo.
—¿Qué pasó? No quisieron decirme nada en el hospital… —Ludwig trató de luchar contra el nudo en su garganta, con la voz muy neutral, carente de todo sentimiento.
—Feliciano tenía neumonía. Se complicó.
—Pero no… yo le dije que se cuidara —ahora sí, Ludwig puso una mano sobre la tabla de madera tras la que trabajaban los conserjes.
—-Eres un maldito —le dijo Lovino con la mirada envenenada—. No sé qué le hiciste a mi hermano, pero se pasaba horas en su sala, pintando. ¿Sabes qué hacía cuando él creía que no le veía? Abría las ventanas para que se secara antes su lienzo.
—No… —la voz de Feliciano diciéndole que él solo utilizaba carboncillo… ¿era una mentira?
—Así que ya lo sabes, tu querido Feliciano ya no está, no podrás llamarlo porque no irá. Me ha dejado solo, déjame tú vivir mi dolor en paz.
La voz del alemán apenas fue audible cuando pronunció:
—¿Cuándo… cuándo es el sepelio?
—Hace tres días —Ludwig rebuscó en su memoria fehacientemente, como si quisiera encontrarle algún agujero a ese argumento, punto final de una conclusión que nadie quiere—. Lo incineramos.
Ludwig comenzó entonces a hablar en alemán, sin parar. Lovino lo miró, asombrado, antes de que el otro saliera por la puerta rápidamente y mirara al cielo.
Pasaron unos minutos en los que Lovino retomó sus notas. Al poco rato, una enorme mole llorosa asomó frente a su escritorio.
—Si necesitas algo, cualquier cosa —y le tendió una tarjeta que Lovino recogió por educación. Evitó mirarlo a la cara, pero entonces una rabia profunda lo poseyó.
—Vete.
Ludwig no se paró a escuchar ninguna otra cosa más. Por primera vez en su vida corrió movido por un sentimiento extraño, una mezcla explosiva de tristeza, negación y culpabilidad. En pocos minutos había llegado a su casa, cerró la puerta y se deslizó hacia el suelo. Comenzó a temblar. Sus lágrimas salían tan fácilmente que Ludwig pensó que se quedaría sin reservas. Años de sequía lagrimal dieron paso a olas enormes que asaltaron sus pestañas, dejándole la vista borrosa y el sentir dormido.
Si existía Dios, no tenía piedad. Había millones de personas malvadas en el mundo y tuvo que llevarse a Feliciano. Y así, torpe, descuidado, descarado y sincero. Demonios, ni siquiera había aprendido a atarse los cordones…
Y sus dibujos… tan maravillosos. Ludwig sabía que nunca podría haber sido (cómo dolía cambiar al pasado) arquitecto porque exudaban sentimiento, pero su necesidad de mostrar al mundo ese arte o dejar que al menos los ejecutivos pudieran disfrutar de un talento como el suyo se le metió tan adentro que tal vez fue más un deseo suyo que del propio Feliciano.
Todo un esfuerzo para no verlo colgando de esa campana… para mantenerlo a salvo.
La culpabilidad no tardó en acechar al alemán, después de que incluso Kiku le hubiera convencido de que "no hay accidente capaz de revertir la muerte". Pero cuando amas, para devolverte ese amor, incluso se hacen pactos locos con el Universo para recobrar tu pasado, más que a la persona misma, ese pasado que era rutina, relax, que aburría sin saberlo, pero en cuya vida había alguien por quien darías la vida para que volviera.
El dolor parecía no terminar, el paso del tiempo se hizo insoportable; inexorable, lento.
Y así, la vida de Ludwig comenzó a teñirse de una rutina farragosa, y los días transcurrían sin pena ni gloria ni ganas de diversión. Trabajar le iba bien, le impedía pensar, sentir. Comenzó a hacer horas extraordinarias, comenzó a ayudar a otros compañeros en otros proyectos, comenzó a visitar la iglesia después de sus jornadas de trabajo, tal vez para dirigir a Feliciano aquel discurso que nunca pudo darle, tal vez para redimirse personalmente, creyente aún de haber sido el culpable de su fatal desenlace.
Kiku se convirtió en su sombra, en su heraldo, y aunque Ludwig agradecía su compañía, en ocasiones solo quería estar solo, porque la soledad no le recordaba las características tan diferentes entre su amigo japonés y el italiano. La comida sabía amarga, los canales de Venecia se veían sucios y abandonados, como si realmente la ciudad se hubiera contagiado de la tristeza de Ludwig, o tal vez era él quien lo veía así.
Kiku acudió al hospital donde el joven estuvo ingresado, en aras de aclarar la imagen de la que Ludwig no quería deshacerse, a saber, la de un Feliciano alegre y ruidoso escapándose de la mesa porque no quería pagar su parte de la cena, solo para ser confirmada por una huraña señorita de recepción.
El alemán no se dio cuenta de sus sentimientos hasta que recibió una llamada de su hermano aquel miércoles. Sin dejarle responder, Gilbert comenzó a llorar como si no hubiera un mañana, lamentándose porque su querida pretendiente húngara encontró a su amado precisamente dentro de la casa que él mismo habitaba.
—Te juro que casi lo mato cuando me entero. Francis y Antonio tuvieron que sujetarme, se emborracharon conmigo, impidiendo que cogiera un avión y viajara a Austria para romperle las piernas al maldito de tu primo.
Al parecer, en su ausencia, Elizabeta visitó la casa de los Beildsmitch para encontrar a un señorito culto, agradable, talentoso para el piano. Tras varias visitas, se encendió la llama del amor en Elizabeta y Roderich.
Cuando Gilbert le relató cómo se sentía, lo insulso de su vida, la necesidad de respirar el aroma de Elizabeta y de recordar su rostro, entonces Ludwig comprendió algo: él se sentía así desde hacía semanas. Sí, deseaba abrazar a Feliciano, mirarle a los ojos hasta que cayera la noche. Escuchar su incesante parloteo, sus agudos cantos hacia nadie en particular; deseaba verlo acunar un gato callejero, sucio y maloliente. Sonreír eternamente, encontrarse con sus ojos marrones llenos de brillo mientras lo llamaba "Lud". Aún recordaba el tacto de su cuerpo delgado y fibroso; la suavidad de su cabello cuando lo acostó.
Las lágrimas salieron a borbotones. Desde aquella noticia, siempre llevaba pañuelos a mano, pequeños cuadraditos que apenas se empapaban, morían al instante.
Tampoco podía controlar el pesar en su pecho, ni el agudo dolor en su garganta, que nada tenía que ver con gripe o anginas. Sus párpados pesaban, sus noches seguían llenas de pesadillas: protagonizaba un sueño en el que llegaba al Campanile y veía a Feliciano con el cordel de su campana colgado al cuello, su delgado cuerpo meciéndose. O ahogado en los canales. Volvía de trabajar, salía a correr y al llegar a su casa, en el astillero, estaba el cuerpo de Feliciano boca abajo, sucio y desmadejado, como si llevara mucho tiempo ahí.
Ludwig no entendía su dolor y la intensidad de éste. Su mayor pérdida había sido no ser correspondido, o ser dejado por su pareja en las breves relaciones mantenidas a lo largo de su vida.
La tristeza lo estaba devastando.
No hizo partícipe de sus pesares a Gilbert; pensó que era suficiente con una desgracia.
—Amigo, por favor. Sé que eres muy reservado, pero llevo semanas sin ver una sonrisa tuya —le dijo en una ocasión su colega Marco—. No es que sonrías mucho, tú ya me entiendes. Puedo presentarte a unas chicas… ya sabes, de esas que no necesitas volver a ver. No me mires así, Ludwig. No hay tristeza que no cure una prostituta. Es una mujer, lo entiende todo.
—Eres un bruto —contestó Ludwig muy ofendido, porque lo último que necesitaba era ver un cuerpo desnudo, porque hasta cuando iba a la iglesia los frescos de los ángeles le recordaban a Feliciano. Marco jamás volvió a proponérselo.
Poco sabía su compañero la identidad tan distinta de quien le ayudaba a mojar las sábanas en sus poluciones nocturnas. Porque sí, Ludwig, además de soportar una insondable tristeza y falta por el día, cada dos pesadillas aparecía un sueño erótico con el muchacho.
"Lo que necesito es ir al médico. Le contaré que tengo una obsesión malsana y podrá recetarme algo".
Ludwig salió del doctor con una receta para complementos vitamínicos, pero su corazón seguía roto. Tras un mes y medio de aquel triste acontecimiento, Ludwig pensó en recuperarse seriamente. Debía ser pragmático y concentrarse en lo importante: no podía permitirse fallar en esa época de su vida, podía ser grande profesionalmente.
Primero, cambió la decoración de su apartamento. Guardó todos los dibujos de Feliciano en una carpeta y los escondió en un cajón de la repisa de su habitación cuyo acceso era complicado. Se dio un corte de pelo, se vistió y quedó para salir con sus amigos de las clases de italiano. Kiku también se apuntó. El grupo charló, se conoció aún más; se divirtieron, se contaron sus temores y deseos futuros. Después, dieron un largo paseo por el sestiere de San Marco. Se hicieron fotos, y Ludwig trató de sonreír de verdad, sin saber si lo logró. El tour finalizó en la hermosa basílica. Ludwig había evitado pasar por allí todo ese tiempo. Entonces, alzó su mirada al cielo, vio el ángel (sequía de momento) en lo alto del edificio y Kiku susurró:
—¿Les digo a los demás que vayamos a Lido o a alguna otra parte?
Y aunque Ludwig quería fervientemente que su corazón dejara de latir simplemente al mirar ese campanario (no había vuelto a subirse a la altana desde la noticia y mucho menos a visitar ese cónclave), concluyó que no podía negar su alrededor. Quizá en un tiempo se cansase de Venecia y pidiera un traslado, de momento había trabajo que hacer y Ludwig era responsable de las consecuencias cuando firmó ese papel.
Había estado curioso y deseoso de experimentar la vida en Venecia, y seis meses después su alma estaba de luto. Cuán voluble es la vida.
—No, ya basta, Kiku. Tengo que ser fuerte.
Kiku esbozó una ligera sonrisa, fiel a su naturaleza japonesa, no comentó nada más. Una chica del grupo, entonces, sugirió entrar al Campanile todos juntos, y el teutón movió sus pies con dificultad. Debía contagiarse de la alegría del grupo, eran compañeros realmente estupendos.
Frente a ellos, en la mesa de conserje, un muchacho de cabello castaño escribía algo a toda prisa.
—Buenas noches —fue el saludo cortés de Ludwig al acercarse.
El chico levantó la mirada, extrañado.
—Bu-buenas.
—Mis amigos quisieron entrar y he visto que estabas aquí. ¿Cómo te encuentras?
Lovino lo miró con desconfianza y por algún motivo, se sonrojó.
—Bien.
—Oh. Supongo que no me has perdonado. Escucha, me gustaría donar unas flores a este campanario. ¿Puedo hablar con tu jefe?
Lovino apretó los puños.
—¿Para qué quieres hacer eso?
—En memoria de Feliciano.
Los ojos de Lovino se empañaron. Ludwig lo notó.
—Disculpa, no quería incomodarte. Dime cuándo puedo hablar con tu jefe, por favor.
—No hace falta —murmuró Lovino, disgustado, y Ludwig tuvo que preguntar de nuevo, no le había escuchado—. Que no es necesario, puedes traerlas aquí. Pero no quiero que sean coronas ni nada de muertos, ¿entiendes? Si veo una sola corona en esta sala te haré comer las malditas flores hasta que tengas indigestión.
Qué extraño este Lovino, ¿bromeaba con él?
—Ninguna corona, entonces. Entendido. Gracias, Lovino.
Y sin más, Ludwig salió a la puerta para esperar a que sus compañeros terminaran.
