Notas de Autor: La idea que tenía originalmente era distinta a esto pero bueno, una vez que comencé me dije: ¿por qué no conectar las viñetas? Así que al menos cinco de ellas estarán conectadas. No me juzguen tanto, sigh. Me gusta pensar que Taichi no dijo nada no por consideración a sus amigos, sino por consideración a él mismo. Es tanto emocionante como positivamente aterrador encontrar a esa persona.


Premisa: Emblemas y sus opuestos. Genee


Forfeit: En varios deportes, el forfeit se utiliza para terminar un partido antes de que termine de manera regular.


Recordaba el día en que se dio cuenta que sus sentimientos por Sora habían cambiado. Era un día de otoño, y Taichi había estado resfriado. Lo recordaba porque, al verla, todas las otras personas desaparecieron de su campo de visión. Pero Yamato entró sin anunciarse, sin avisarle a nadie; sin siquiera darle la oportunidad de decir que no. Pasó su brazo alrededor de los hombros de la pelirroja y sus mejillas se encendieron. Entonces Taichi supo con una certeza poco característica de sí mismo que había perdido esa carrera sin siquiera haber comenzado a correr.

Cuando su hermana se dio cuenta (porque Hikari siempre se daba cuenta), trató de convencerlo de confesarle sus sentimientos a Sora. Le decía que era lo más noble que podía hacer. Ahora, Hikari sabía muchas cosas de nobleza, pero no era eso lo que detenía a Taichi. Ni siquiera era su amistad con Yamato lo que lo detenía.

Era algo más grande que Yamato, o Sora, o que él mismo.

Taichi sabía que el momento en el que se confesara, no habría vuelta atrás. Le aterrorizaba pensar que a su corta edad ya había conocido a la mujer de su vida, que la había tenido tan cerca desde un principio. Hizo lo que pudo por evitarlo, negándose a aceptar que no estaba engañando a nadie. Sora no era feliz con Yamato, y el rubio cada vez se alejaba más. Taichi trató de convencerlo de quedarse, de intentarlo una vez más con ella porque sabía que una vez que Yamato desapareciera, no habría tras quién esconderse.

El día que tanto temió llego muchas semanas después de que Yamato y Sora se separaran. Tras su práctica de futbol, encontró a su amigo sentado en las canchas, viéndole con esa misma insolencia que tantas veces le había hecho golpearlo.

—Hey —le saludó—, qué sorpresa verte aquí.

Yamato lo miró por detrás de sus largas pestañas, suspirando.

—Sabes que lo siento, ¿verdad? —le preguntó, haciendo que el moreno se paralizara y que el cabello detrás de su nuca se erizara.

— ¿De qué estás hablando?

—Taichi.

Yamato lo miró, ladeando su cabeza y Taichi se sintió incomodo como siempre que el rubio lo miraba fijamente. Había algo sobrenatural en la manera en que su mirada podía penetrarlo, como si lo pudiese leer como a un libro. A veces pensaba que de existir un ser humano sobre la tierra capaz de dominar la habilidad de la telepatía, ese sería Yamato.

—Ya, ya, ¿a qué viene esto? —Taichi preguntó, rompiendo el contacto visual y tratando de esconder su bochorno tras la excusa de estar afanado tras su práctica.

—Te ha esperado todo este tiempo —contestó, levantándose y sumergiendo sus manos dentro de sus bolsillos—, ya es hora de que le digas algo.

Se alejó, caminando en silencio mientras que Taichi lo miraba. Quería pedirle que se quedara, rogarle que no lo obligara a hacerlo, gritarle que se equivocaba.

—Sora no espera a nadie —soltó sin pensarlo, haciendo que Yamato se detuviera. Hubo silencio por un momento y luego, se volteó minúsculamente sobre su hombro, dedicando un ojo grande y azulado hacia él.

—Te espera a ti.

Taichi lo vio alejarse, el sudor en su frente y brazos frío; el calor de su cuerpo, olvidado. Le molestaba verse afectado de esa manera, pero no podía evitarlo; Yamato lograba darle esos pequeños impulsos cuando más lo necesitaba, y cuánto más los resistía. Sacó su teléfono, marcando el número de memoria y masticando la parte interior de su mejilla mientras esperaba que contestara.

— ¿Hola?

—Sora —Taichi saludó—. Acabó la práctica. Voy a mi casa y paso por ti en una hora.

—Taichi, pero … ¿habíamos quedado en algo? Es temprano para vernos.

—No —suspiró—, ya esperamos lo suficiente.

Escuchó el silencio al otro lado de la línea en un oído y el palpitar de su corazón en el otro. Quería colgar, correr, gritar. Quería que Sora dijera algo, porque sabía que ella entendía lo que le estaba diciendo pero al mismo tiempo no quería que dijera nada y así poder pretender que no estaba dando un salto a ciegas en ese asunto. El silencio se prolongó y no podía dejar de apretar el pequeño aparato, o de morderse el labio, o detenerse de hundir el talón en la grama bajo sus pies.

—Está bien. Te espero en una hora.

Soltó el aliento que no sabía le faltaba y sonrió al colgar. Quería mirarla, tomarla de la mano, quedarse ahí. Se fue sin despedirse de sus compañeros de equipo, sintiéndose cansado pero satisfecho. Una vez que comenzó a correr, sabía que no pararía hasta llegar al final.