Uf! Nenas, paso súper rápido a dejarles capítulo que quedó pendiente esta semana.

Espero les guste... porque se vienen cosas nuevas para el próximo, ya sabrán por qué.

Besos a todas, gracias infinitas a todas por estar aquí.

Disfruten su fin de semana.

Cata!


Capítulo 9

―Gracias a todos por venir ―dijo el director del centro hospitalario, dirigiendo una junta extraordinaria con algunos de los funcionarios del lugar que cada jefe de área eligió. ―Como se habrán enterado por las noticias, el sector de Galvarino está en estado de alerta sanitaria por la ola de contagios del virus kori.

Es una localidad rural y apenas cuentan con un centro de atención primaria que no está dando abasto, por eso el Servicio de Salud requiere que una nómina amplia de funcionarios de Leonilde y otras ciudades de los alrededores que vaya allá y preste apoyo. A cada jefe de cada área de este hospital, se le ha pedido que seleccione a tres o cuatro personas para enviar a ese lugar, y son ustedes los seleccionados.

Los murmullos de los asistentes, unos treinta en total, resonaron en el pequeño auditorio de la última planta del recinto, no tomándolos por sorpresa, pues desde hace uno días rondaba la noticia de que enviarían a gente del hospital en apoyo a la localidad de Galvarino.

―Te lo dije, somos las elegidas ―susurró Leah a su compañera Isabella, quienes habían sido reclutadas para aquel trabajo. Como a los demás, a ellas no les pareció sorpresivo el anuncio del director del hospital, pues el jefe de ambas les advirtió aquella mañana de lo que se trataría la junta, asintiendo ambas sin poner dificultades para atender a ese llamado.

Es más, para Isabella, que durante los últimos dos días había puesto de todo su ahínco para seguir adelante con su trabajo y olvidar lo que había pasado con Edward, le parecía que ese trabajo fuera de la ciudad le venía muy bien, para tomar distancia y calmar a su corazón ansioso y triste.

A continuación, y continuando con la temática de la reunión, el director del hospital anunció la cantidad de días que el equipo estaría afuera, indicándoles que al día siguiente partirían a dicho lugar.

Al acabar, cada funcionario se dirigió a cubrir su puesto de trabajo, caminando Isabella hacia su sector, con los hombros encorvados y la cabeza gacha, deseando que su turno acabara pronto para refugiarse en su casa, que era el lugar más seguro para estar. Su madre había sido del todo comprensiva con su estado de ánimo y la había dejado llorar todo lo que ella quisiera por ese amor que había llegado a alterar su vida fuera de tiempo. Renée no la juzgaba, simplemente se limitaba a ofrecerle su apoyo y aconsejarla de la mejor manera, siempre mirando a hacer el bien. Además, Alice no se encontraba en la ciudad por el viaje de fin de semana que realizó junto a Jasper, por lo que en su casa era el único lugar donde encontraba refugio.

―No me gusta esa carita triste que traes, Isabella.

Isabella alzó la cabeza y se encontró con el rostro preocupado del doctor Eleazar Ananías, que se había interpuesto en su camino cuando la vio caminar tan cabizbaja. Se paró frente a ella y torció su cabeza, haciendo una mueca de preocupación con los labios.

Ella intentó esbozar una sonrisa, la que no salió convincente como hubiese querido, así que se dio por vencida, bajando el rostro otra vez.

El doctor, que estaba sinceramente preocupado, dio un paso adelante y puso sus manos sobre los hombros de la chica, apretándolos ligeramente. Quería ayudarla, como amigo o como lo que fuera que ella eligiera usarlo, a él le parecería bien en tanto ella se sintiera mejor.

―Dime qué puedo hacer por ti, déjame ayudarte por favor.

―Ya se me pasará. ―Carraspeó y volvió a alzar la cara, encontrándose con el semblante preocupado del cardiólogo ―Lo mejor para las penas, es el trabajo, ¿no cree?

―Toda la razón ―concordó, atreviéndose a poner su mano en la espalda de Isabella y acompañarla hasta su puesto de trabajo, caminando despacio a su lado ―Presumo que si vienes de la reunión con el director, es porque eres parte del equipo que se va a Galvarino.

―Así es. Mañana partimos a primera hora.

― ¿Y por cuántos días he de extrañarte? ―preguntó, metiendo su mano desocupada dentro de su delantal blanco de médico que llevaba abierto sobre su camisa celeste y sus jeans azul marino.

―Cuatro o cinco días.

―Ah, bueno… tendré que enlistarme si me piden ir… para no sufrir tu ausencia, digo ―comentó en tono de diversión, soltando una risa sin poder evitarlo cuando vio que Isabella escondía de él su rostro rojo como el tomate.

―Usted no puede moverse de aquí, es jefe del área cardiológica, ¿recuerda?

Él sonrió y siguió caminando junto a la enfermera, quien al parecer se había relajado un y olvidado su pena de momento.

―Es que Galvarino es un pueblito muy lindo. Fui a hacer clínica allá cuando recién me titulé de médico, antes de sacar mi especialidad. Debes darte el tiempo de buscar a la familia que trabaja haciendo dulces de alcayota… ¿conoces la alcayota?

Y Eleazar tenía razón. Isabella no sabía cómo logro que el doctor Eleazar la distrajera de su lamento, mientras le contaba de sus días como médico en el pequeño pueblo y le recomendaba lugares allí para visitar en sus momentos libres.

Apoyados en el área de información del tercer piso de cuidados intensivos, Isabella prestaba atención a lo que el doctor le contaba, llamando la atención de otras enfermeras que pululaban alrededor y que se preguntaban si la escurridiza Isabella había caído finalmente en los encantos del cardiólogo por quien la mayoría de las féminas suspiraba allí.

―Esto… ¿me acompañarías a tomar una taza de café cuando salgas de aquí? Hay una pastelería donde preparan todo tipo de delicatesen con dulces caseros, perfecto para una tarde fría como esta ¿Me haces el honor?

Isabella inspiró profundo, sopesando la invitación. Necesitaba conocer gente, recorrer otros lugares, hacerse de amigos para dejar de pensar en amores no correspondidos. Además, el doctor Ananías se había ganado su confianza de buena forma, no atosigándola ni poniéndola incómoda con sus acercamientos, todo lo contrario. Debía reconocer que había prejuzgado al doctor antes de conocerlo realmente. Por eso y porque una vocecita dentro de ella le repetía que debía olvidarse de cierto músico casado, aceptó la invitación del doctor, que sonrió como un niño recibiendo un premio cuando ella lo hizo.

Acordaron reunirse en la planta baja en media hora, antes que ella firmara su salida y se despidiera de las chicas a las que volvería a ver a su regreso del viaje. Titubeó en buscar a Edward en el pasillo que hace dos días para evitar toparse con él, y para decirle que se iba de viaje, declinando finalmente de esa idea. Era mejor tomar distancia de esa manera, no quería hacerlo sufrir más, pues no deja de recordar los ojos del músico que se tornaron opacos de tristeza aquella última vez que habló con él.

―No sabía que eras una chica de boinas ―le dijo el doctor Ananías cuando se encontraron donde habían acordado, apareciendo ella envuelta en su abrigo rojo carmín bajo su ropa de calle que se había cambiado antes de salir, y luciendo una boina negra que hace tiempo atrás le había regalado su madre, que se enamoró de la textura suave del ornamento. Él en tanto, se había enfundado en un abrigo negro con las solapas levantadas y la esperanza afirmado en su coche mientras jugueteaba con las llaves.

―No las suelo usar a menudo. Es un regalo de mi mamá ―respondió, reacomodándoselo cuando el doctor abrió la puerta de copiloto para ella. La cerró de un golpe seco y rodeó el coche para subirse en su lugar tras el volante. Una vez allí, volvió a mirarla con una sonrisa ancha en los labios cuando agregó:

―Es que tu madre debe ser una mujer muy sabia. Te da un toque… elegante, como el de las chicas parisinas.

―No lo creo…―respondió avergonzada, viendo de reojo como el doctor sonreía y sacaba el coche fuera del aparcadero con ella sentada a su lado.

Durante el trayecto, Eleazar le contó a su acompañante de lo poco que había dormido, debido a una cirugía de trasplante que había dirigido la madrugada anterior. Se sentía exultante como cada vez que una intervención de esa magnitud resultaba exitosa, sobre todo cuando el paciente era un pequeño de diez años que había estado esperando su oportunidad durante un largo tiempo.

Al llegar al pequeño café con aires hogareños, siguieron con el mismo tema que los apasionaba a ambos por igual, mientras una simpática mujer de unos setenta años se acercaba a ellos para darles la bienvenida, saludando al docto por su nombre y con la cordialidad de quienes se conocen hace años, aprovechando de dejarles la carta y darle sus tiempo para decidir su pedido. Isabella se tomó el tiempo para contemplar el café que no tenía nada de elegante o sofisticado como ella temía, sino todo lo contrario. Las aplicaciones en madera y la decoración como si se tratara del comedor de la casa de la abuela le daba ese toque acogedor, además del aroma a café y otras especies que se entremezclaba en el ambiente. Las mesas también de madera eran cubiertas con manteles blancos y al centro de estos, un florero con coloridas flores naturales que completaba el ambiente del restaurante.

―Atendido por sus propios dueños ―exclamó Eleazar, llamando su atención. Ella desvió su vista del estante tras la barra repleto de diferentes tipos de tazas, de todos los estilos, colores y tamaños.

―Nunca había visto este lugar, y me parece maravilloso ―dijo ella, encantada, mirando a su alrededor ― ¿Cómo es que alguien como usted sabe de él?

―No voy a preguntar lo que significa que "alguien como yo" conozca este lugar ―comentó, estrechando sus ojos hacia ella, quien respondió con un simple encogimiento de hombros. ―Es la familia de uno de mis pacientes. La mujer que nos trajo la carta es la hermana de la esposa de mi paciente, Karl.

― ¿Y él está aquí? ―dijo Isabella, mirando hacia todos lados. Eleazar bajó la cabeza y jugueteó con una miga imaginaria sobre la mesa.

―Karl murió en mi mesa de operaciones.

Isabella abrió los ojos y enseguida se arrepintió de haber preguntado. ― ¡Oh, Dios! Perdona… yo…

―No te preocupes, de eso ya un poco más de un año ―contempló hacia la barra y levantó la mano saludando a otra mujer que agitó también su mano muy entusiasta ― ¿Es increíble, no crees? Que una familia me tomara semejante cariño, a pesar que no pude salvar al hombre de la casa. Pero ellos fueron muy amables, además no estaba pasando por un buen momento emocionalmente hablando.

― ¿Un mal momento?... Uhm… perdone por preguntar de más…

―Puedes preguntar. Fue la época en la que me divorcié. Me casé muy joven, siguiendo un impulso y un par de años más tarde me arrepentí de haberlo hecho. Tenemos tres hijos que nacieron a raíz del sexo sin amor, y que pese a ello son lo más valioso que tengo.

Siempre que vivimos en la misma casa lo hicimos en habitaciones separadas, ninguno de los dos se atrevía a hablar de divorcio. Quizás por eso se me cataloga de casanova o cosas como esas, pues siempre pasaba el tiempo con una u otra mujer que no era mi esposa, pero a ella nunca le importó. Ella también tuvo relaciones extramaritales y a mí me daba lo mismo, mientras llevásemos la fiesta en paz en casa, con nuestros hijos… ―la vista del doctor Ananías quedó fija en el mantel blanco iluminado por la farola de luz led que colgaba sobre ellos mientras hablaba con la enfermera ―Ante quienes no me conocían, yo era un tipo engreído que no respetaba a su mujer, pero quienes en verdad me conocían sabían la verdad y cómo era que escondía tras esa careta falsa mi realidad. La esposa de Karl logró ver algo más allá de mí, como lo haría mi madre si estuviera vivía… El fin de mi matrimonio, las preguntas de mis hijos que ya comenzaban a entender sobre lo que pasaba alrededor y esta "derrota" profesional me tiraron al suelo… pero logré salir de eso. Soy libre y feliz ahora. ¡Imagínate! Una de las eminencias de la cirugía cardiovascular está soltero y disponible, ¿no te parece atractivo?

A pesar de la broma del doctor, Isabella no pudo relajarse no reírse abiertamente, pues el tema se le hacía más familiar de lo que ella desearía, pues no pudo evitar pensar en Edward y el camino futuro que había decidido tomar cuando su esposa Rose se recuperara, disolviendo su matrimonio para estar con ella. Pero no podía pensar en eso, no podía alimentar esa locura. Su esposa despertaría y lo necesitaría a su lado en su recuperación. La historia que rodeaba el divorcio del doctor Eleazar Ananías era diferente a la historia de Edward, no podía comparar.

― ¡Ey, Isabella, a dónde te fuiste!

―Yo… ―parpadeó rápido y sacudió ligero su cabeza ―perdona, estaba pensando en lo que me contaste.

―Mi divorcio es agua pasada. Mi ex mujer y yo nos llevamos mejor ahora que cuando estábamos casados, incluso lo notan los niños, así que todo está bien.

―Me alegro por usted… por ti.

―Entonces, ahora que estamos en confianza… ―dijo el doctor, tanteando su suerte ― ¿Puedes contarme por qué te he visto tan triste? No es propio de ti. ¿A caso extrañas a Alice?

―Alice se fue solo por el fin de semana. Pero no, no se trata de eso… ―se mordió el labio, sabiendo que no podía ser del todo sincera con el doctor sobre lo que le ocurría, pero sentía una presión en el pecho que la estaba empujando a hablar. ―Se trata… se trata de las cosas que llegan a una fuera de tiempo… cuando no puedes hacerlas parte de ti, cuando no están en libertad para hacerlo. Eso me tiene triste.

―Amor no correspondido, ¿verdad? ―Isabella bajó la cabeza ante la rápida deducción de Eleazar, siendo esa toda la respuesta que el él necesitaba ―El amor nos hace libres, eso dicen las Sagradas Escrituras.

Dejó en pausa su punto de vista, recibiendo a la mujer que llegó amablemente a tomarles el pedido, acompañando ambos el rico café de mocca con un buen trozo de pastel de arándanos que acaba de salir. Cuando la mujer les tomó el pedido, se retiró y Eleazar continuó con su teoría.

―Y la libertad es algo que nos corresponde por derecho, pero por lo que tenemos que pelear, sobre todo cuando el amor está involucrado. Si es eso lo que te tiene así de cabizbaja, es porque te has dado por vencida y no es una buena actitud. Si es amor de verdad, perdurará en el tiempo y no te dejará en paz hasta que no hayas luchado por él. Quizás debas dejar espacio y tiempo para que las cosas se sitúen en el lugar adecuado, lo que no significa que has bajado los brazos. Si sientes que es un amor que se merece esa espera y esa lucha secreta, no debes perder las esperanzas. No lo hagas o serás infeliz el resto de tus días.

―Es más…complicado de lo que parece. Yo… no podría explicarte…

―Y no te estoy pidiendo que lo hagas. Además, ninguna historia de amor es fácil; aquellas por las que más se pelea, por las que más sufres, son las que más se arraigan en el corazón y las que son capaces de sobrevivir a cualquier cosa.

―No quiero perder las esperanzas ―susurró, pensando en Edward. Él sonrió con tristeza y alargó la mano sobre la mesa para tomar la de Isabella que descansaba sobre esta.

―Pues no lo hagas. Toma tu tiempo para pensar y evaluar, pero no dejes de luchar… o no serás feliz.

―Para ser un hombre soltero que parece no aferrarse a ningún amor, parece que sabes mucho al respecto, como si hubieras pasado por ello antes…

―Quizás lo digo por experiencia. Quizás yo soy una de esas personas que se conformó y que no luchó y que finalmente fue infeliz con la vida que eligió… pero ahora es diferente. Ha pasado mucho tiempo y estoy abierto a recibir el amor cuando este vuelva a llegar, lo que espero que suceda pronto.

―Seguro así será ―dijo ella, deseando que el doctor encontrara a su media naranja.

―Tú y yo tendremos lo que nos merecemos, Isabella, así que deja de estar triste ―susurró, guiñándole el ojo, pese a lo cual Isabella no se sintió incómoda ni nada por el estilo. Se sintió cómoda y entendió lo que el doctor quiso decir, queriendo creer en su vaticinio, haciendo que su esperanza del amor verdadero volviera a refulgir dentro de ella.

Usaría estos días fuera de la ciudad para tomar distancia y pensar con claridad, decidiendo que le daría una oportunidad a sus sentimientos aunque tuviera que esperar mucho para finalmente concretarlos… y lo haría porque sabía valía la pena. Pero no haría nada hasta que las cosas de Edward estuvieran resultas.

Al llegar a casa, como cada día, se sentó junto a su madre en la mesa de la cocina donde solían comer, para contarle lo de su viaje de trabajo y de su charla con un buen amigo doctor en el café al que prometió llevarla a su regreso. Renée se alegró de sentir a su hija más relajada y menos triste, pese a que ella sabía se le venía una ardua lucha por delante, entre sus sentimientos y su razón. Solo esperaba que tomara la mejor decisión y que no saliera dañada en el proceso.

Después de eso, fue a su cuarto donde le brindó atenciones a su fiel mascota Kal-el, para más tarde desnudarse y tomar una larga ducha de agua caliente antes de meterse a la cama a leer un libro mientras escucharía algún buen disco de su colección.

Arregló una pequeña maleta para el viaje que debía emprender a primera hora de la mañana siguiente y después de eso siguió con sus planes, tomando su libro favorito mientras se metía bajo las colchas de su cama. Entonces sin darse cuenta, se quedó dormida.

**oo**

Lo bueno de los sueños, es que uno es completamente libre de vivir cualquier historia, aunque a veces algunos sueños parecían más reales que otros. Eso al menos le pareció a la enfermera, que despertó tendida en su cama en medio de la noche, restregándose los ojos antes de escanear su mirada en el entorno oscuro de su cuarto, encontrándose con una figura alta que se erguía en una esquina del dormitorio iluminado apenas por la luz de las farolas amarillas de la calle que se colaban entre sus cortinas de la ventana. Lentamente se incorporó sorprendida y confundida, sin dejar de mirar a su visitante nocturno, mientras su corazón martilleaba a toda velocidad.

El hombre, saliendo de su escondite, caminó hacia la cama con paso lento exponiendo ante ella su semblante decidido, viendo el fulgor en su mirada pese a estar rodeado de sombras. Llevó su rodilla sobre el colchón junto a Isabella, en tanto una de sus manos fue a parar directo a la piel desnuda de su cuello expuesto de la chica, que acarició suave y lento, pero decidido, provocando en ella una ola de calor que la hizo cerrar los ojos y levantar su cuello dándole aún más acceso. Sintió la otra mano del visitante colarse por su nuca y jalar suavemente su cabello corto, antes que sus labios rozaran los suyos con anhelo. Se abrió a él sin dudarlo, dándole la bienvenida, inclinándose hacia atrás con él siguiéndola hasta llegar a cubrir su cuerpo pequeño con el suyo.

Levantó sus manos y rodeó el cuello del músico desfilando sus dedos entre su cabello espeso y suave, gimiendo frente al calor que comenzaba a sentir sin remedio crecer desde su vientre.

El músico, poco a poco, hizo a un lado la manta de la cama, permitiéndole a sus manos vagar bajo la ropa de dormir de la enfermera, a la vez que sus labios paseaban por su cuello, succionando y besando, haciéndola gemir de placer, completamente lista para entregarse a él.

―No voy a dejar que me dejes caer… ―susurró el músico justo en su oído, antes de jalar el lóbulo de su oreja con sus dientes, soltando ella un jadeo placentero. ―No voy a dejar que juegues con mis sentimientos, abandonándome a la primera complicación. Me diste esperanza y no permito que me la quites así de fácil, como si no te costara nada…

Isabella jadeaba por lo que las manos de Edward estaban haciendo bajo su ropa, justo sobre sus senos pequeños, amasándolos y jugueteando con sus erectos pezones, además de lo que provocaba en todo sus sistema el sonido oscuro y ronco de la voz del músico, que parecía estarle hablando con resentimiento, duramente.

―Edward… no… no te abandonaré…

La hizo callar con su boca demandante, con sus manos ansiosas de develar los secretos del cuerpo de esa mujer que hasta ese momento habían estado escondidos para él.

La ropa que hasta hace un segundo había sido un estorbo, ahora había desaparecido por arte de magia sobre el cuerpo de ambos, dándole la libertad al visitante nocturno de recorrer con su boca y sus manos el cuerpo de la mujer con entera libertad, como tantas veces lo había soñado. Ella en tanto se restregaba sobre las sábanas y se retorcía de placer mientras el músico de manos ágiles y diestras tocaba las partes de su cuerpo apropiadas que sabía la estremecían de placer, como lo haría este hombre su piano, tocando las teclas precisas para dar con los acordes perfectos de su mejor sinfonía, sinfonía que Isabella hacía resonar conforme sus gemidos escapaban de sus labios.

―Estoy ansioso… ―rápidamente el hombre volvió a cubrir el cuerpo desnudo de la joven, inclinándose hasta que su boca rozó su oído ―realmente ansioso por estar dentro de ti de una vez por todas.

―Pues aquí me tienes ―lo alentó ella, alzando su pelvis para rozar el miembro erecto del músico que no se demoró en aceptar la invitación, sin más preámbulos que un gemido ronco desde el fondo de su pecho, tomando posesión del cuerpo de esa mujer quien exhaló profundo y se aferró a los hombros firmes de él siguiendo el ritmo de sus profundas y acompasadas estocadas en su interior, mientras con sus frentes juntas y sus ojos presas de aquellos dilatadas orbes verde pardos del músico, que la observaba como si hubiese descubierto en ella un tesoro, el más preciado que jamás se imaginó.

Ella gimió ligero cuando el músico salió y volvió a entrar muy despacio, disfrutando de la lenta fricción como si tuvieran todo el tiempo del mundo para amarse. La joven sonrió y hundió su cabeza en la almohada, cerrando los ojos y concentrándose en el placer que nacía ardiente desde su entrepierna y se extendía como fuego por el resto de su cuerpo, llegando incluso a alcanzar los dedos de sus pies, los que se enroscaban y se tensaban.

―No me dejes… ―susurró ella aun con sus ojos cerrados ―y no permitas que yo lo haga contigo…

―No, Bella… eso nunca, nena…

Para el pavor de la enfermera, la voz que respondió a su súplica no era la misma, tornándose esta vez en más ronca y peligrosa, helando la piel y la sangre que hasta hace un momento circulaba caliente por sus venas.

Se tensó y se sacudió violentamente para quitarse ese cuerpo repulsivo de encima, mientras sentía como este aplicaba presión y se negaba a dejarla, riéndose ronco, oliendo ella el característico aroma a whisky tan característico de ese hombre, que no era el músico al que ella amaba.

Sentía la necesidad de gritar y de llorar pero estas acciones lo lograban salir de su garganta, estancándose allí, impidiéndose siquiera abrir los ojos por miedo a volver a encontrarse con el rostro que durante mucho tiempo la inquietó hasta lo más profundo.

La repulsión de sentir las manos de este hombre que no era Edward sobre su piel, la hizo finalmente liberarse y sacar fuerzas para soltar un grito de angustia, logrando empujarlo lejos, recluyéndose contra el respaldo de su cama, mientras aferraba a las sábanas hasta su cuello para cubrir su cuerpo desnudo.

Inclinó la cabeza hacia adelante y se obligó a cerrar los ojos fuertemente otra vez para impedir verle la cara a ese hombre a quien oía reírse como burlándose de ella, con esas carcajadas roncas tan características que alguna vez encontró excitante pero que ahora le parecía siniestra y escalofriante. Sintió sus mejillas bañadas de lágrimas calientes de puro temor mientras podía asegurar que él miraba de pie, con su postura petulante y de superioridad.

―Bella… mi Bella… siempre mi Bella….

― ¡No, no!

Finalmente se despertó jadeando y sudorosa, sentándose sobre su colchón mientras llevaba su mano hasta el pecho, recorriendo su dormitorio a oscuras donde el único habitante fuera de ella era su reptil que parecía estar descansando en su caja.

Isabella cerró los ojos y se dejó caer e regreso sobre el colchón, deseando que ese sueño que al inicio fue tan "placentero", no se tornara en un aviso sobre el regreso de su pasado, que de ser así volvería simplemente para atormentarla y hacer más dificultoso su presente y aún más incierto su futuro.

―Eso no pasará, Isabella, tranquilízate… ―se auto convenció, volviendo a cerrar los ojos y concentrarse en retomar sus horas de sueño.

**oo**

― ¿Empeoraron las cosas con Rose?

La pregunta sorprendió a Edward, que a solas bebía café en la cafetería del hospital. Se giró y vio a James saludarle con una sonrisa pequeña y preocupada, mientras se sentaba junto a él, justo frente al ventanal.

―No. Sigue igual ―respondió, jalándose las mangas del suéter azul. James torció la boca y se desabotonó su abrigo gris, acomodándose en la silla.

― ¿Entonces? ¿Por qué tienes esa cara?

Edward suspiró y afirmó sus codos sobre la mesa, pasándose el dedo índice por la frente. La respuesta a esa pregunta tenía un nombre de mujer que no se trataba precisamente del de su esposa, pero no lo reconocería en voz alta, menos en ese momento que…que sentía todo había acabado.

―Los días aquí están comenzando a pasarme la cuenta. Es todo. ―James estrechó su mirada hacia su amigo.

― ¿Sabes que puedes confiar en mí, verdad?

― ¿Por qué me dices eso?

―Porque soy tu amigo y siento que llevas sobre la espalda más peso del que aparentas ante los demás… peso que está hiriéndote desde hace unos días. Qué sucede, Edward…

Edward escudriñó el rostro de James. Si bien era cierto eran buenos amigos, nunca habían compartido secretos tan delicados como el que llevaba atragantado en la garganta y el corazón, pero siempre había sido un hombre discreto en el cual confiar, y ahora que Jasper se había largado con su nueva novia a la casa de sus padres y luego emprendería un viaje de promoción dejándolo solo, no tenía con quien desahogarse. ¿Sería James una buena opción?

―Yo… ―miró la base de la mesa con su ceño arrugado, aun meditando si ser honesto o no… decidiendo finalmente inclinarse por el no. ―Lo más importante es la salud de Rose. Están pasando otras cosas, pero… no valen la pena mencionarlas, créeme.

―Bueno amigo, ya sabes que aquí me tienes.

―Gracias James.

El silencio volvió a caer sobre ellos cuando Edward volvió a concentrar sus ojos cansados hacia el exterior que se mostraba al otro lado de los vidrios. La lluvia aquella mañana se había dejado caer con dureza y sin piedad sobre los transeúntes de Leonilde, aunque el músico de personalidad más bien introvertida sentía que esa misma lluvia inclemente caía sobre su cabeza como si se trataran de peñascos de cemento en vez de agua.

Derrotado. Era así como se sentía. La esperanza de vivir junto a su amor verdadero había sido hecha añicos por ella misma y ahora sentía vagaba a la deriva.

La noche en que Isabella dictaminó dar un paso al costado y no seguir adelante, llegó a su apartamento y lloró como un niño en medio de la sala y bajo el tragaluz. Al día siguiente trató de dar con ella por los corredores del hospital, pero ella simplemente se escabullía no pudiendo él encontrarla, hasta que esa mañana llegó más temprano de lo habitual y desde su coche la vio abordar un autobús de recorrido especial que llevaba a un numeroso grupo de funcionarios del recinto no sabe bien dónde. Había soportado no marcarle a Jasper para que se lo preguntara a Alice, pero fue imposible no hacerlo, diciéndole su amigo que aquel grupo al que Edward vio, iba a prestar ayuda a un poblado no muy lejos de allí por una emergencia médica o algo por el estilo, y que estaría fuera de la ciudad por cinco o seis días. Eso hizo que el pesar se sintiera aun con más fuerza contra el pecho ya adolorido de este músico, que parecía estar cayendo en picada.

―Dios, Edward, tienes el semblante de un adolecente sufriendo por penas de amor ―comentó James que no apartó sus ojos de Edward, confirmando sus sospechas que finalmente eran más que simple intuición después de que lo viera noches atrás con aquella chica en esa actitud tan… íntima.

Edward volvió a mirar a su amigo, habiendo olvidado que él se encontraba haciéndole silenciosa compañía. Antes de verbalizar una mentira para dejar en paz, James alzó su larga y pálida mano en el aire, desestimando de antemano lo que Edward fuese a decir.

―Da igual Edward. ¿No te parece mejor ir por ahí a respirar otro aire? Los hospitales son tan… deprimentes. Una buena sesión de música quizás… ¡Dime hombre!

Edward sabía lo que necesitaba para sentirse bien, pero James no era ni por asomo la persona que se lo daría.

―Te agradezco lo que estás tratando de hacer James, pero ahora mismo no estoy de ánimo para eso. Aunque sí creo que saldré por ahí a tomar un poco de aire…

― ¿Quieres que te acompañe? ―preguntó James, cuando Edward se puso de pie.

―No mi amigo. Necesito estar solo. ―golpeó su hombro en agradecimiento y sin decir más lo dejó solo sentado en aquella mesa de la cafetería.

Le envió un mensaje a su suegra mientras se dirigía al estacionamiento, diciéndole que saldría un momento del hospital pero que regresaría dentro de un par de horas. Que lo llamara si lo necesitaban.

Se metió en el auto y salió sin rumbo fijo mientras pensaba y recordaba a la mujer que lo tenía padeciendo el abandono que sentía en ese momento. ¿Se sentiría ella igual? ¿O se habría convertido para ella en un suceso pasajero, superable?

―Dios, no… —susurró jalándose el cabello con la mano desocupada, mientras esperaba el semáforo diera la luz verde de la avenida principal. Él estaba seguro que para Isabella había sido tan intenso el encuentro y los sentimientos que en poco tiempo se fueran creando entre ambos, que muy probable el miedo a ser descubierta la empujó a acabar con él.

"Cuando todo esto pase y cuando tengas tu vida resuelta, búscame. Prometí esperarte y lo haré, pero mientras tanto, es mejor poner distancia". Eso le había dicho ella… pero la distancia era peligrosa e intolerante, no ahora que la había tenido por una fracción de tiempo demasiado corta, pero suficiente para estar seguro de lo que sentía por ella y de que era a ella a quien quería para acompañarlo el resto de su vida.

Estacionó el coche en La Plaza de los Álamos para desesperarse de todo eso que estaba pensando, cuando vio atravesar la plaza bajo la lluvia al cura que visitó a Rose hace días atrás, el tío de Isabella, el mismo que le advirtió sobre su "relación" con su sobrina. El párroco se dirigía con paso raudo hacia la iglesia frente a la plaza, donde lo vio ingresar por la puerta principal.

No sabe por qué lo hizo, pero le siguió los pasos hasta la iglesia, empujando las puertas de la entrada al templo en ese momento vació, rodeado por las figuras típicas a las que el músico no les prestó atención.

Se sentó en una de las bancas de madera oscura del sector derecho, uniendo sus manos sobre su regazo y bajando su rostro hasta que su barbilla tocó su pecho, esperando. Mientras aguardaba que el cura apareciera, deseaba sentir en la quietud del lugar sagrado la paz de la que mucha gente religiosa hablaba, pero al parecer con él no funcionaba así, porque el silencio parecía gritarle fervoroso su pecado.

Después de un buen rato en la misma postura, oyó sonidos cerca del altar. La suela de unos zapatos moverse de un lado a otro, hasta que dichos pasos fueron acercándosele hasta donde él se encontraba, deteniéndose a escasos dos metros de distancia. Incluso pudo oír al cura suspirar antes de reanudar sus pisadas y sentarse junto a él en el banquillo.

―Qué puedo hacer por ti.

―No tengo experiencia en esto de las audiencias con los curas y esas cosas ―reconoció Edward mirando la punta de sus pies ―así que usted dígame.

―Bueno ―Marcus giró su cara hacia el músico quien seguía con sus ojos pegados en el suelo — podrías comenzar por decirme a qué viniste, o qué viniste a buscar.

―Honestamente no venía aquí. Estaba aparcado en la plaza y lo vi entrar ―se alzó de hombros y su rostro se levantó en dirección al altar para encontrarse con la figura de una virgen de gran tamaño sosteniendo a un niño pequeño en sus brazos ―No sé por qué lo seguí, después de todo, es seguro que yo encabezo su lista de personas indeseadas.

―No digas eso, Edward. Pero… ―carraspeó llamando la atención del músico que se había quedado cautivo con la imagen, desviando su vista hacia el padre Marcus ―Este tema me atañe de varias maneras: como cura, ya sabes que ni por asomo estaría de acuerdo con la infidelidad de la pareja, y aunque no llevara la sotana, no sería alguien que la alentara. Y por otro lado está mi parentesco con Isabella: la amo como si fuera mi hija, así la amé desde el día que nació, y comprenderás que es natural que sienta esta preocupación porque no quiero que le hagan daño. No quiero que sus decisiones la dañen a ella o a alguien más.

―A mí me está dañando.

―Edward, estás casado…

―Usted no sabe… ―cerró los ojos como si algo dentro del pecho le doliera ―No llevaba una vida perfecta, pero sí tranquila. Mi amor por la música absorbió toda la pasión que no desbordaba en mi relación de pareja con Rosalie, pero ella estaba consciente y me quería… me quiere así. Pero en realidad, mi amor por ella no se compara ni por asomo a lo que siento ahora por Isabella, que es mucho más que la pasión arrebatadora y carnal, si es eso lo que está pensando.

Fue entonces que supe lo que era el amor a primera vista, porque no fue preciso más que eso para saber que ella… que ella me haría amar como Rose no lo consiguió.

― ¿No se casó enamorado? ¿Ya antes le fue infiel a su mujer? ―se sintió en libertad de preguntar el cura, ya que Edward estaba tan abierto a hablarle.

―No me casé enamorado, eso ahora puedo asegurarlo. Me casé queriéndola mucho, y lo sigo haciendo, pero pese a eso nunca le fui infiel. Como le digo, llevaba una vida tranquila… creo que me conformé con ese cariño que ella me hacía sentir. Quizás mi pasado me hizo pensar que el amor verdadero y desinteresado, ese que arrebata los sentidos realmente no existe.

― ¿Su pasado, dice? ―preguntó, alzando una de sus cejas. Edward sacudió levemente la cabeza, no estaba dispuesto a develar esa parte de su vida con él, por muy llamativo que fuese su cuello clerical.

―Lo siento, eso ocurrió mucho antes, en mi adolescencia. No… no quiero hablar de eso ahora, lo siento.

―Descuide.

Dos segundos de silencio pasaron para sacudirse Edward de los recuerdos de su adolescencia y Marcus de su intriga por ese pasado.

―Si usted cree que este comportamiento de casanova es algo habitual en mí, pues no, no lo es. ―continuó Edward ―No soy así… si es por eso que teme le puedo hacer daño a Isabella, yo…

―No hablo de eso, y no soy quien para juzgar sus sentimientos hacia ella, ―se explicó Marcus ―simplemente me remito a hacerles ver la realidad. Esto no tendrá buen un futuro si siguen adelante. Usted ya tomó una decisión, un camino, y…

― ¡¿Y acaso no es válido cambiar, o tomar otro camino, enamorarse una vez, desilusionarse y volverse a enamorar?! ―exclamó Edward, dejando fluir su frustración ― ¿O solo algunos tienen ese privilegio? ¡Maldita sea! Me enamoré de Isabella y quiero ser feliz con ella… ¡¿cree que no me atormenta saber que estoy engañando a mi esposa quien para colmo está tendida en una cama de hospital?! ¡Me siento un hijo de puta!... ―agarró su pelo con ambas manos y lo jaló al agregar: ― ¡Dios, estoy desesperado…!

Con tono suave y conciliador el cura tomó la palabra. La ansiedad que destilaban los dichos de Edward y la forma pasional en que las decía lo hacían creer en él, entendiendo que su acercamiento a Isabella no era una treta de seductor. Además, él era un enviado de Dios y debía mediar entre el Padre y sus ovejas, sobre todas en aquellas que como Edward estaban desesperadas.

―Edward, tú puedes ser feliz y tienes derecho a serlo, pero nunca lo serás si pretendes construir una vida sobre otra dejándola inconclusa….

―No es lo que pretendo…

― ¡Escúchame! ¿Has pensado en mi sobrina y cuando ellos se enteren de que ella es tu amante? Porque por mucho sentimiento profundo y real que haya entre ustedes, esa es la relación que ustedes tienen, la de dos amantes clandestinos ―aclaró con mucha frialdad, avergonzando al músico ―Cuando uno ama, protege, y entiendo que llevando esta relación a escondidas es la forma natural de proteger, pero no es la manera. Hazlo bien Edward, protege a Isabella con tu amor de forma correcta y segura, no escondiendo tu amor hacia ella de los demás.

―Me basta con tenerla cerca, con saberla a mi lado mientras… esto se aclara, mientras llega el momento de hablar con mi esposa sobre la verdad. Pero ni eso tengo ahora, ella me quitó la esperanza con la que esperaba vivir en este tiempo. Lo que menos quiero es que la apunten con el dedo como a las amantes canon, pero la quiero cerca, la necesito cerca…

―Que Isabella esté cerca es peligroso. No sé hasta qué punto ella y tú han llegado en la intimidad, pero que ella esté cerca significará que siempre desearás su compañía y nunca tendrás suficiente… no sé si me explico.

―Lo entiendo ―y el músico lo hacía pues las veces que se encontraron a solas, ya suficiente difícil le era no ir más allá. Era como si su alma y su cuerpo se lo pidieran como una cuestión necesaria, vital.

―Dale ese espacio. Date ese espacio… ―cerró los ojos y le pidió perdón a dios en silencio ―sana tus heridas, cierra tus círculos inconclusos y se feliz… y si esa felicidad sientes que solo la encontrarás con Isabella, espera entonces el momento indicado para caminar por ese camino a la felicidad, pero no seas imprudente porque puedes perderlo todo en el camino.

―Me parece más que estoy hablando con un psicoanalista que con un cura… ―comentó visiblemente más relajado, mirando al padre que asentía con diversión también ―pensé que me diría que soy un pecador empedernido y que me mandaría a rezar cincuenta Ave María y cincuenta Padre Nuestro.

―Lo haría, pero sé que no te sabes ni el Padre Nuestro ni el Ave María. Además, no estás confesándote… pero aun así mantendré esta conversación en total reserva. Pero te pido que tomes mi consejo… mi sobrina tampoco lo está pasando bien con esto, pero quiere hacer las cosas bien, sin dañar a nadie.

―La esperaré… y mantendré mi distancia durante me sea posible.

―Y sin presiones, Edward.

―Nunca.

Edward salió de la iglesia con algo más de tranquilidad de la que había llegado. No sabe bien si fue producto del entorno santo que rodeó su conversación o si fue por el hecho de haber estado hablando con alguien cercano a Isabella. La cuestión es que salió con algo más de paz, en ese momento con la intención de regresar al hospital.

Se metió en el coche tras el volante y cuando puso la llave en el contacto, su móvil sonó avisando la llegada de un mensaje. Edward sacó el móvil de su bolsillo y desplegó la aplicación para observar atentamente el mensaje luego de percatarse quién era el remitente.

Sus labios dibujaron una muy pequeña sonrisa mientras veía el contenido, que se trataba más bien de una fotografía: era un muro blanco sobre el que estaba escrito con letras grandes y negras, una frase que fue todo lo que él necesitó para sentir la esperanza aletear dentro de su pecho como si se tratara de un colibrí.

"No sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero si va a ser será en su momento… y será hermoso"

Sus dedos se detuvieron en el abecedario táctil con la intención de responder, pero se detuvo, porque tenía tanto que decir pero las palabras iban a resultar tan limitadas, que aguardó a encontrar otra forma de responder a ese mensaje de Isabella, que lo hizo volver a respirar con tranquilidad.

―Claro que será hermoso, Isabella ―comentó en un susurro para sí, poniendo el vehículo en marcha hacia el hospital.

**oo**

― ¡Qué haces, James! ―se quejó Esme, empujando al joven que la encontró a solas cuidando a su nuera. No pudo con su anhelo y se lanzó sobre ella para abrazarla y robarle un apasionado beso antes que esta reaccionara. Se olvidó de la mujer que se mantenía en coma sobre la cama que dominaba la estancia y solo se dejó llevar por sus deseos.

―Es que no me aguanto…. ―reconoció, mirándola de arriba abajo, con ese vestido color azul atado a su cintura con cinturón negro de charol, a tono con sus zapatos.

― ¡Apártate! ¿Olvidas dónde estamos? ¿Y olvidas que no estamos solos…?

―Si lo dices por Rose, para ella será como si nunca lo hubiera visto ―comentó divertido, guiñándole un ojo. Ella bufó molesta, y caminó hacia la ventana, poniendo distancia entre el hombre y ella. ― ¿Por qué no me acompañas a dar una vueltecita?

―Voy a esperar que llegue la enfermera.

― ¿Después me acompañarás?

―No, James.

―Me estás tratando bastante mal, considerando el favor que me pediste.

Enseguida Esme miró a James, que como si nada se acercó a la cama de Rosalie y apretó una de sus piernas, como si quisiera darle su apoyo a través de ese gesto, ignorando la mirada de la suegra, que estaba a la espera de que dijera algo más.

―Me voy.

― ¿No me dirás nada? ¿Tu y Edward han hablado? ¿Te ha dicho algo?

James inspiró y miró de regreso a Esme, meditando en su interior si decirle o no lo que había visto, una flagrante escena romántica entre una chica y su hijo, además de su evidente estado de ánimo que develaba una preocupación mayor sobre su colega, lo que él apostaría tendría que ver con esa chica, quien quiera que fuera.

"¿Quieres saberlo, Esme?"

―No. No me ha dicho nada ni yo he visto nada extraño.

"Pues no te lo diré"

― ¿Seguirás averiguando?

―Seguro… ―abrió la puerta y mantuvo su mano sobre el pomo, mientras agregaba antes de salir ―pero la próxima vez que vuelvas a preguntar si tengo noticias sobre eso, fíjate cómo me tratas. Ya no soy el chiquillo al que azotabas en su adolescencia a cambio de un orgasmo.

― ¡James! ―exclamó Esme, espantada por la forma tan despreocupada en que James había dicho aquello. Cerró los ojos cuando la puerta se cerró y los volvió a abrir mirando a Rose y agradeciendo que estuviera en coma, ajena a la realidad.

Caminó otra vez hacia la ventana, jugueteando con el collar de perlas negras que Carlisle le regaló para su ultimo aniversario de matrimonio, cuando la puerta volvió a abrirse entrando Antonieta y Edward por esta. Sonrió con nerviosismo esperando que su hijo la mirara, pero nada, como siempre él ignoraba su presencia cada vez que le era posible.

―Vimos salir a James.

―Sí… apenas estuvo dos minutos… buscando a Edward ―dijo, mirándolo, pero él ya estaba junto a su esposa, sosteniendo su mano y apartando un mechón de pelo rubio de su rostro.

―Ten, traje tu café. ―Antonieta entregó un vaso desechable para Esme, que miró el contenido y arrugó la nariz, pues no era de su gusto el tipo de bebida que servían en ese lugar. ―Vendrá una de las enfermeras a asear a mi Rose.

―Entonces salgamos.

Las dos mujeres salieron del cuarto justo cuando la enfermera entraba con los adminículos listos para realizar su trabajo. Edward miró y aunque sabía que no sería Isabella la que ingresaría, una leve decepción recayó sobre él.

―No tardaré mucho, señor Masen.

―Está bien.

Al salir, el músico caminó por el pasillo y chocó de frente con Alice, a quien no había visto desde hace unos días.

―Hola Edward.

― ¿Cómo estuvo el viaje, Alice? ―preguntó Edward con una leve sonrisa. Ya Jasper le había comentado que sus padres se habían enamorado de Alice y que estaban muy contentos.

―Mejor de lo que esperaba. Regresé apenas esta mañana justo a tiempo para entrar al trabajo ―explicó la enfermera ―Los padres de Jasper son increíbles. Me acogieron muy bien.

―Me alegro mucho.

―Ejem… ¿y tú… estás bien?

―Dentro de lo que se puede ―respondió honestamente, metiéndose las manos a los bolsillos de su pantalón ―Pero no pierdo las esperanzas.

Alice podría haber estado preguntando por cómo se sentía el músico respecto al estado de salud de su esposa, pero lo que Edward entendió que no se refería a eso, sino a lo que ocurrió con Isabella, concluyendo él que Alice había hablado con ella, pero no preguntó abiertamente sobre eso, iba a darle el espacio que prometió al cura, tío de Isabella.

Después de ese pequeño diálogo, Alice se disculpó y se despidió del músico, pues debía ir a cubrir un procedimiento. Se notaba la merma de profesionales en el piso después que varios de ellos hubieran salido rumbo al poblado vecino a prestar refuerzos.

Edward llegó a sentarse a la salita de espera, y mientras Antonieta y Esme hablaban, él se concentró en su teléfono móvil y responder muy agradecido algunos mensajes que sus alumnos habían hecho llegar para él. No pudo resistirse a mirar otra vez el mensaje que Isabella le había hecho llegar esa mañana, suspirando con alivio cuando lo hizo.

―Si tienes algo que hacer, puedes ir con calma. Yo me quedaré aquí ―le dijo Antonieta, distrayéndolo de su lectura. ―Más tarde llegará Emmett a hacerme compañía.

―Jane preguntó por ti esta mañana. Quizás puedas ir a verla… ―intervino Esme, dejando a un lado la taza de té que ni siquiera había probado.

―Iré a la sinfónica por la tarde y después de eso le daré una visita a Jane.

― ¡Oh, esa niña es tan encantadora!

Esme sonrió con orgullo y comentó sobre un curso del teatro al que la pequeña había sentido curiosidad de asistir. Y mientras las damas seguían hablando de la pequeña Jane, Edward volvió a concentrar su atención en su teléfono, dejándole un mensaje a su amigo Jasper, a quien le dijo que había visto a Alice, con quien había cruzado unas cuantas palabras. Fue cosa de segundos para que la pantalla se iluminara por una llamada entrante, con el nombre de Jasper.

― ¿Me extrañas, maestro?

―No sabes cuánto ―respondió con ironía mientras se ponía de pie para hablar con su amigo con más privacidad. ― ¿Cuánto dinero has ganado?

―Me ofendes. Sabes que esto es una pasión para mi… además el negocio no da para llenarse los bolsillos.

―Lo sé, lo sé. Ahora, dime cómo estás galán, por tu tono de voz mejor de la última vez que hablamos.

―Tuve una especie de sesión de confesión en una iglesia con un cura.

― ¿Quién, tú?

—Así como lo oyes, y nada menos que con el cura de la otra vez, Marcus, el tío de Isabella.

― ¡El cura que los descubrió! ¡Válgame Dios, Edward! Seguro te mandó derechito al purgatorio…

―Fue mejor de lo que esperaba. Me siento más tranquilo…

―Los detalles me los cuentas a mi regreso. Por cierto, mañana debes ir por mi al aeropuerto. Te enviaré un mensaje con los detalles del arribo. Ahí aprovechamos de hablar, maestro.

―Seguro lo haremos.

Estuvo hablando un buen rato con su amigo de esto y lo otro antes de colgarle y dirigirse al cuarto de su esposa después que la enfermera a cargo terminara de realizar su trabajo. Seguido de Antonieta y de Esme, entró y lo primero que hizo fue acercársele y tomar su mano, la que estaba fría después del baño en seco que le realizaron.

― ¿Será necesario la presencia de otros especialistas para ver el caso de mi hija, Edward? ―preguntó Antonieta, llamando la atención de Edward, que se apartó de su mujer y se unió a las damas que hablaba a los pies de la cama de su esposa.

El día anterior, el doctor de cabecera de su esposa había presentado la idea de traer un doctor, eminencia en tratamientos neurológicos, que podía ver el caso de Rose, para pedir más opiniones, pese a que él insistía en que solo era cuestión de tiempo para que Rosalie despertara. Estaban hablando del tema cuando Esme miró a su nuera y abrió los ojos, soltando una exclamación que llamó la atención tanto de su consuegra como de Edward, que la miraron frunciendo el entrecejo.

Antonieta fue la primera en mirar hacia donde Esme mantenía sus ojos fijos y sorprendidos, llevándose una mano a la boca, anegándosele los ojos de lágrimas al instante. Entonces fue el turno de Edward de girarse y ver lo que había dejado atónitas a las señoras, viendo a Antonieta caminar hacia su hija.

― ¡Hija, Rose! ¿Me escuchas?

Edward respiraba pesado y se encontraba en un estado de inmovilidad que no supo explicarse. Lo que había esperado durante las últimas semanas de su vida se había hecho realidad. Lo que tanto temió, se había materializado, porque Rose, inmóvil sobre la cama, tenía sus parpados muy abiertos con su vista fija en el techo blanco de la habitación.

Rosalie había despertado.