"Hija de la Tempestad"
Cap. 08: La ladrona y el capitán.
Tempest no pudo reprimir que un enorme bostezo le llenara la boca para, un momento después, escapársele traicioneramente de los labios de forma contundente y sonora.
Le pasaba muy a menudo cuando hablaba con Ongar, el traficante de Bruma. Cada vez que le iba a ver, los dos acababan intercambiando oro y mercancías varias en mitad de un concurso de bostezos, a cada cual más grande y exagerado que el anterior.
Ésa quizás era la única pega que la chica le podría colgar al viejo nórdico: que era un puto vago.
Siempre con aquello de "Entra sin llamar", "Estoy muy cansado, ¿podemos seguir con lo nuestro?"o "Por Ysmir, qué sueño tengo...".
En aquel instante, Ongar se desperezó momentáneamente alzando los brazos mientras se estiraba hacia arriba como un felino viejo y artrítico para, un segundo después, soltar su enésimo bostezo del día.
- Un día atraerás la atención de Vaermina, Ongar. – le dijo Tempest tratando por todos los medios de no quedarse sobada sobre la silla en la que estaba sentada. Ongar le daba sueño – Luego te cagarás de miedo y no querrás volver a dormir en toda tu vida.
El nórdico le dio una mirada adormilada.
- Qué va. – replicó repantigándose más de lo que ya estaba sobre su silla – Soy su mejor cliente. Creo que siempre acabo soñando las últimas novedades de su ámbito antes que el resto del género mortal. – añadió, medio riendo, medio bostezando – No puede prescindir de mí, soy su conejillo de indias.
La chica rodó los ojos. Además de vago, cuentista.
- Oye, encanto de criatura. – le dijo de repente Ongar, imprevisiblemente más despejado – Sabes que ya llevas más de mil septims en mercancías robadas, ¿verdad?
- Sí. – asintió ella con una sonrisa de pura satisfacción – Este negocio ha resultado infinitamente más lucrativo de lo que había pensado en un principio. Me estoy hasta planteando comprarme una casita en Skingrad.
El viejo se echó a reír. Después de eso bostezó.
- Tiras alto. – asintió – Skingrad y Chorrol son las ciudades más pijas de toda la provincia de Cyrodiil sin contar, por supuesto, la propia Ciudad Imperial.
- Creo que la Ciudad Imperial está demasiado... provista de guardias para mi gusto.
Ongar volvió a reírse, esta vez tan estrepitosamente que le entró un ataque de tos, el cual hubo de paliar metiéndose para el cuerpo un botellín de cerveza que sacó de su despensa personal y el cual se bebió de un solo trago.
Tempest enarcó una ceja. Vaya tipo, no le extrañaba nada que se pasase todo el día durmiendo la mona si se bebía el alcohol igual que si fuera agua.
- Por Ysmir... esto de tener la saliva tan pastosa le pasa a uno factura. – se quejó el hombre una vez su ataque de tos se hubo calmado. Tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo.
- La tendrías menos pastosa si bebieras menos. – replicó la chica torciendo el gesto.
- ¡Bah! - desdeñó Ongar con un gesto torpe de su mano enorme y basta – La cuestión, como te iba diciendo, es que ya llevas mucho dinero en limpiar casas.
- ¿Y tú cómo sabes que son casas? - inquirió ella.
- Porque no haces más que traerme juegos enteros de vajillas y cubiertos de plata y porcelana. – respondió el nórdico volviendo a su dinámica del bostezo – Eres una de las pocas personas que se centra en traer cosas pequeñas y valiosas que la mayor parte de la gente ni se entera de que le han robado hasta que pasa mucho tiempo. – observó – Otros se meten en joyerías... en almacenes de armas... o, peor aún: sin tener ni puñetera idea de nada, se arriesgan a meterse en los dormitorios de la gente a hurgar en sus arcones y joyeros. A ésos casi siempre los pillan. Tienes que ser muy habilidoso y llevar años en esto para intentar retos difíciles a cambio de tan poco.
- También vacío las despensas. – apuntó ella – Así luego siempre tengo comida en la mochila y no tengo que estar gastándome el dinero en suministros.
- Chica lista. – murmuró el nórdico – Pues bien, te informo que, una vez has rebasado cierta cantidad de oro en bienes robados, el Gremio suele confiar en ti y te dan trabajillos extra con los que te puedes llegar a sacar un buen pellizco.
Tempest se inclinó sobre la mesa, atenta.
- Sigue. – pidió.
- Bueno, son trabajos que varían según la categoría que tengas dentro del Gremio. – explicó él – En tu caso, que eres carterista, la categoría más baja, has conseguido tanto oro que sería conveniente que le hicieras una visita a Armand Christophe, en Waterfront, para pedirle trabajos extra. Le he hablado de tus... progresos y me juego lo que quieras que con un solo robo de encargo te sacas más de lo que conmigo te sacas en cinco días.
La chica entonces sonrió. Este viejo borrachín... qué majo era cuando quería.
- Te has portado bien, viejo. – dijo – Así que te voy a regalar algo que pensaba quedarme yo para mi disfrute personal.
Y, hurgando en su mochila, sacó una botella de vino en cuya etiqueta podía leerse claramente "Hnos. Surillie, año 399, 3E".
Lo había mangado de la residencia de una de ésas parejas imperiales a las que no es que precisamente les sobrara el dinero pero seguían viviendo conforme a un estatus de vida que no podían permitirse con objeto de ser la envidia de sus vecinos de puertas para afuera. Así aprenderían a no gastarse los ahorros en mamarrachadas, hombre.
Así pues Ongar, ante tan inesperado obsequio, se quedó un momento en blanco hasta que entendió lo que se le ofrecía y abrió desmesuradamente los ojos mientras tomaba la botella del preciado licor entre sus manazas peludas.
- ¿Para mí...? - preguntó con la misma ilusión que un niño al que acaban de dar un caramelo.
- Sí, para ti. – asintió Tempest complacida de ver la cara de felicidad del tipo – Sigue portándote así de bien y yo te seguiré regalando cosas chulas, ¿eh?
El hombre la miró alelado y desplegó una enorme sonrisa de asno en cuya dentadura podían apreciarse varios huecos donde debían haber estado en otro tiempo los dientes.
- Oh, gracias... - dijo con la voz nasal, síntoma de su mucha emoción – Nunca antes me habían regalado nada... y menos un vino tan caro como este.
- Bueno. – dijo ella levantándose de la silla y estrechándole la mano calurosamente – Ahora no te me pongas a llorar, ¿eh? - bromeó – Has sido un tío legal, Ongar... dentro de tu ilegalidad, está claro. – rió – Iré a Waterfront y ya te enterarás de cómo me ha ido con los trabajillos que Christophe decida mandarme. Ya me pasaré por aquí de vez en cuando a hacer negocios y a despertarte de tus siestas interminables.
- Sí, claro, cuando quieras. – le dijo el nórdico abriéndole, por vez primera desde que se conocían, la puerta de su casa como todo un caballero.
- Adiós, Ongar. – se despidió ella.
- Adiós, encanto de criatura. – rió él tratando de reprimir uno de sus habituales bostezos – Que se te dé bien. Camina con las sombras.
- Igualmente, viejo.
Y la puerta de la casa del viejo nórdico se cerró para, probablemente, seguir sobando como el bendito borrachín que era, ahora con más incentivos alcohólicos que respaldar su sueño. Incentivos alcohólicos vintage, de ésos de a los que a uno le entra una especie de respeto reverencial cuando descorcha la botella. A buen seguro que la saborearía bien, era de cosecha limitada y más cara que una docena de bollos dulces.
Tempest inhaló aire por la nariz y lo expulsó lentamente por la boca formando una nada desdeñable vaharada a menos de un palmo de sus narices.
Era curioso, estaban ya casi a finales de Mitad de Año y en Bruma seguía haciendo fresquete por las noches. Y, en aquel instante, el sol estaba ocultándose tras los picos nevados distantes de la cordillera del Jerall.
En realidad, tal vez ése sea el motivo del clima de aquí: las montañas. – pensó la chica comenzando a pasearse tranquilamente cuesta arriba de los suburbios hacia la posada de Olav "Coser y Cantar".
Siempre se alojaba allí si se le hacía muy tarde y no tenía ganas de irse andando de noche hasta el Templo del Soberano de las Nubes; era un lugar barato, discreto, y el asado de pata de cabra que hacía Olav estaba para chuparse los dedos. Otra cosa no, pero lo que es hacer carne asada, ya fuera de cabra, cerdo, ternera, cordero o de horker, ése extraño animal marino perteneciente a la fauna de las salvajes estepas de Skyrim al cual Tempest no había visto en su vida sin trocear; al nórdico dueño de la posada se le daba de miedo.
Una vez llegó, la chica se paró frente a la puerta del establecimiento, pensativa.
Le había estado dando vueltas a muchas cosas últimamente, a cosas referentes en lo que respectaba a su nueva vida. Ella era una Cuchilla, un soldado de la guardia personal del futuro Emperador de Tamriel.
De Martin.
Tempest cerró los ojos ante este pensamiento. Sabía y había acabado aceptando dónde estaba su lugar y que sus esperanzas románticas, por muy puras que estas fuesen, estaban completamente fuera de su alcance.
Por nacimiento, por estatus social, por posición en el Imperio... hasta inclusive por mera cultura. Akatosh, ¿a quién pretendía engañar?: era de baja cuna, ignorante, maleducada, deslenguada, pequeñaja y, muy a su pesar, más plana que una tabla de planchar.
¿Y con todo eso esperas que un Septim, alguien que ha sido anteriormente sacerdote, se fije en ti? Ya puedes dejar de darle al skooma, bonita, que los chutes te han dañado seriamente el cerebro.
Aquello, lógicamente, le ponía triste. Tenía dieciocho años, aún estaba en la edad del pavo y secretamente una parte de su cerebro, la más soñadora e irracional, seguía empecinada en que, al final, las cosas cambiarían. Las leyes, la sociedad, los convencionalismos... los mismos sentimientos... para que el final de cuentos que su inmadurez tanto ansiaba se cumpliera junto con todos sus sueños de ser feliz, vivir bien, formar una familia propia y envejecer tan ricamente, sin mayores preocupaciones.
Pero las cosas, y siendo racional lo sabía a ciencia cierta, nunca son como queremos o como nos gustaría que fuesen. Así que tendría que comerse sus sentimientos con patatas fritas y seguir con su vida.
Y una vida, en primer lugar, requiere de orden y cierta estabilidad. Si su pensamiento era el de envejecer sin preocupaciones, necesitaría preparar el terreno con tiento y buen ojo.
Una vida empieza por ganar dinero, y ya lo tenía. El siguiente paso a dar era buscar un lugar donde vivir, y Skingrad le gustaba mucho.
Sabía que una casa no era lo que se dice barata de adquirir, y menos en la ciudad del estandarte rojo y negro, pero ya había empezado a ahorrar. Le daba la mitad de sus ganancias a Martin, una cuarta parte se destinaba a transporte y alojamiento, y la otra cuarta parte era, por así decirlo, su fondo de pensiones.
Había ganado dinero a mansalva con las limpiezas de casas que hacía para el Gremio de Ladrones, pero... la verdad es que se estaba volviendo algo impaciente y... un pelín tacaña.
Quería conseguir más dinero en menos tiempo y ahorrar todo lo posible.
Así que, mal que le pesara, el tema de los alojamientos le daba bastante por saco, la verdad. Aún era socia del Gremio de Luchadores y podría alojarse en las sedes que había en las ciudades... pero, y siendo honestos, le daba vergüenza dormir y comer en un sitio al que no aportaba nada; llevaba tiempo inactiva y un Gremio no te respalda si tú no trabajas, así de fácil.
Tempest se apartó de la entrada a la posada, refunfuñando, sopesando vagamente la idea de irse a dormir con los mendigos cuando, repentinamente, algo chocó contra ella enviándola de culo al frío suelo de Bruma rodeada de una nada desdeñable cantidad de pergaminos dispersos a su alrededor.
- ¡Oh, por todos los dioses! - exclamó una voz de mujer - ¡Lo lamento muchísimo! - y entonces, antes de que Tempest pudiera reaccionar, una mano extendida y manchada de algún tipo de colorante morado llenó su campo visual – Por favor déjame ayudarte.
- Er... sí, gracias... supongo. – murmuró Tempest aceptando la ayuda que se le ofrecía y que la izó del suelo de un suave tirón.
La dueña de aquella mano singular era una mujer imperial de unos cincuenta y tantos, piel tostada, ojos marrón claro, pelo corto y castaño y un rostro alegre que solo poseen aquellas personas cuyas vidas fluyen ajetreadas pero completamente llenas.
Tempest alzó un momento las cejas y, sin saber cómo, tras un par de frases apresuradas, la mujer acabó convenciéndola casi al instante de que la ayudase a recoger los caídos pergaminos para transportarlos entre las dos hasta la sede del Gremio de Magos presente en la ciudad.
- De veras que lo siento mucho, querida, debes dispensarme. – le iba diciendo la mujer a modo de disculpa mientras subían las escaleras de piedra que daban a la zona alta de Bruma, al distrito de las clases más pudientes – Me paso el día yendo de aquí para allá con ingredientes y pergaminos para el Gremio. Soy, si te lo preguntan, la chica de los recados. – en esto se echó a reír con una risa clara y cantarina, impropia de alguien de su edad – Si al menos Volanaro o J'Skar hicieran algo más provechoso que malgastar recursos en gastarle bromas a Jeanne Frasoric... pero, en fin... estos muchachos...
Tempest no se estaba enterando ni media torta de todo lo que le estaba diciendo, ya que aún no se había repuesto de la impresión y el torbellino verbal de aquella mujer, cuyas palabras parecían encadenarse las unas con las otras a causa de la celeridad con la que hablaba, solo contribuía a confundirla más.
Decía llamarse Selena Orania, Oficial en el Gremio de Magos y maestra en clases de Alquimia a tiempo parcial.
- ¿Sabes?, en ocasiones me da la sensación de que no somos bienvenidos aquí. Los nórdicos no tienen mucho cariño a los de las Tierras Centrales, tú ya me entiendes. – expresó con un evidente halo de tristeza en la mirada – Pero dime, querida... – dijo cambiando repentinamente de expresión a la candidez que mostrara antes - ¿Qué te parece la escuela de Alquimia?, ¿te gusta a ti la magia?
Tempest se quedó un momento en blanco. En realidad no sabía a ciencia cierta si le gustaba o no la magia. Lo poquísimo que sabía hacer canalizando sus energías místicas lo consideraba una utilidad, no un pasatiempo.
- Oh, pero qué digo. – le dijo la mujer rápidamente antes de que le diera tiempo a contestarle – ¡Tu naturaleza misma se basa en la magia!, todo bretón que se precie tiene contacto con ella en mayor o menor medida.
La chica se detuvo en mitad del camino, indignada.
- Señora, yo no soy ninguna bretona. – aclaró, frunciendo el ceño – Soy tan imperial como usted, ¿vale?
La mujer, Selena Orania, la observó un momento sorprendida y, por un instante, pareció verdaderamente apurada.
- Oh, perdona cariño, no me había fijado... - se excusó, dudosa, intentando apaciguar los ánimos – Al ver el tono de tu piel pensé... - pero se detuvo en mitad de la oración - ¿Qué edad tienes, cielo?
Tempest la observó fastidiada. Y dale con el tema de la edad, ¡qué obsesión tan tonta tenía la gente de a pie con las edades y demás giliflautadas! ¿Acaso tendría que colgarse un maldito cartel al cuello que rezara: "Tengo dieciocho años. Soy mayor de edad, así que ahórrate eso de "peque", "cielo" y "cariño" si quieres que nos llevemos bien. ¿Estamos?"?
Pero se calló. Ante todo, no era ninguna cenutria. No soltaría las barbaridades que cruzaban en aquel instante por su cabecita loca.
- Dieciocho años. – respondió firmemente – Sigamos hasta el Gremio a dejar los pergaminos. – añadió rápidamente dando a entender que el tema quedaba oficialmente zanjado.
- Ah, sí, los pergaminos... perdona, tengo la cabeza en las nubes. – asintió la mujer, evidentemente aliviada de haber dejado de lado la incómoda situación momentos antes – Sigamos pues.
Tempest asintió y, habiendo sentido alivio momentáneo cuando la mujer se hubo callado, su gozo en un pozo en cuanto Orania recuperó la confianza en sí misma y volvió a la carga con su carraca verbal, haciendo el camino hasta la sede poco menos que interminable para la chica.
Al llegar, atravesaron las puertas del edificio cada una cargada con su correspondiente pila de pergaminos y luchando a cada paso que daban por ver algo en medio de tanto papel.
- Bajémoslos a las habitaciones residenciales. – dijo Orania observando las escaleras que comunicaban las plantas superior e inferior con el ala Oeste del amplio vestíbulo – Allí tengo mi laboratorio particular. – añadió guiñándole un ojo, cómplice.
Tempest asintió de nuevo, resignada, y siguió a la mujer escaleras abajo. Orania sacó una llave del bolsillo de su elegante vestido de terciopelo azul y abrió los cuartos privados de los miembros del Gremio. Atravesaron un amplio pasillo con dos puertas a cada lado y entraron en lo que Tempest entendió que era una sala dedicada por entero a la práctica a gran escala en cuestiones de pociones y venenos a juzgar por el amplio surtido de materiales e ingredientes que había dispersos por las dos mesas situadas a la izquierda de la habitación. También había allí estanterías llenas de tomos viejos y sobados y despensas, probablemente surtidas hasta los topes de más material con el que trabajar.
Tempest observaba todo aquello sin decir esta boca es mía y, una vez dejó los dichosos pergaminos donde le señalaron, no pudo evitar preguntarse el qué se sentiría sabiendo manipular aquellas cosas... prepararse pociones curativas, sales relajantes y saberse defender a distancia con una bien dirigida bola de fuego... aquel sí que debía de ser un mundo fascinante el de los magos.
- Ay querida, muchísimas gracias por tu ayuda. – oyó que le decía Selena Orania – Últimamente no es fácil encontrar a gente tan bien dispuesta como tú para ayudar a una alquimista despistada como yo. – sonrió – En fin... creo que será conveniente que nos vayamos poniendo en marcha, ¿verdad?
Tempest entendió el final de esta última frase: se le estaba pidiendo amablemente que se marchara de la zona privada del Gremio de Magos.
Sonaba lógico de todos modos, ella no era socia.
Tras haberse despedido, caminó a paso tortuga permitiéndose una última ojeada de aquel lugar: nunca volvería a pisarlo, ella no podría pagar nunca todo aquel despliegue de comodidades.
Entonces oyó una risilla ronca a sus espaldas, sintió como si alguien le hubiera tocado en el hombro y se giró. Pero no había nadie allí.
Frunciendo el ceño, evidentemente desconcertada, Tempest extendió una mano hacia delante y no encontró nada que asir.
Me lo habré imaginado. – pensó meneando la cabeza de lado a lado. Probablemente solo estaba cansada y necesitaba comer algo.
Al salir por la puerta y subir escaleras arriba hacia el vestíbulo, se topó con otra mujer que iba justo en la dirección desde la que había venido ella. Una bretona.
- Hola, ¿qué tal? – le saludó alegremente interponiéndose deliberadamente en su ángulo de visión para frenarla en su ascenso por las escaleras - Debes de ser nueva. ¡Es tan agradable ver caras nuevas en el Gremio!
Tempest la observó medio atontada; la mujer no aparentaría más de treinta años, era pálida como una mañana de invierno, de rasgos faciales un tanto sosos, cabello largo de un rubio oscuro recogido en una coleta trenzada y grandes ojos de un azul tan desvaído que uno tenía la impresión de estar hablando con un muñeco de nieve acatarrado y con peluca.
- No... discúlpeme. – se excusó con torpeza – Yo no soy socia del Gremio.
La expresión de la pálida mujer cambió entonces a absoluto desconcierto.
- Pero... - dudó – El ala residencial... se necesita una llave para entrar en ella... - entonces le dirigió súbitamente una mirada suspicaz – No habrás entrado por la fuerza, ¿verdad?
Tempest levantó las cejas.
- No. – replicó tranquilamente – Una de sus asociadas, Selena Orania, me pidió que le ayudase a transportar cierta montaña de pergaminos para el Gremio. Eso es todo.
- Oh, ya veo... - musitó pensativamente – Y... ¿no te interesaría ingresar como socia en el Gremio? La verdad es que ando un poco necesitada de ayuda...
- No creo que pudiera permitirme pagar las tasas. – respondió la chica cruzándose de brazos.
La mujer la miró un instante sorprendida hasta que se echó a reír sonoramente con una de ésas risas chillonas que le irritan a uno los oídos.
- Vaya, ¿tasas? ¿A qué tasas te refieres? - inquirió, divertida.
- Pues a las tasas que cobrarán ustedes por ingreso. – argumentó Tempest sintiéndose el foco de un chiste que no entendía en absoluto – Si no, ¿de qué modo sostienen su economía?
- Oh, eso es cosa del Consejo de Ancianos. – dijo la bretona ondeando una mano despreocupadamente – Ellos nos subvencionan. El Canciller Ocato el primero de todos. – afirmó orgullosamente – Así que, si se trata de temas monetarios, creo que lo único por lo que deberías preocuparte es de tener dinero para un caballo o transporte con objeto de viajar por las ciudades de la provincia haciendo méritos para que los mandamases de las sedes locales te concedan sus correspondientes recomendaciones... si es que quieres acceder a la Universidad Arcana de la Ciudad Imperial, claro está.
A Tempest entonces casi se le salieron los ojos de las cuencas con aquella información.
O sea, que ingresar como socia en el Gremio de Magos... ¿era gratis?
- Pero... - balbuceó - ¿De verdad que no cobran nada de nada? ¿Ni siquiera la estancia?
- Nada en absoluto, querida.
¡Akatosh mío!, ¡menudo chollo!
Y había una sede en cada ciudad de Cyrodiil... si se hacía socia, se acabó gastarse dinero en alojamientos varios.
- Y... - empezó valientemente - ¿A quién debería de acudir para hacerme socia formalmente?
- A cualquiera de los encargados de las sedes en las ciudades. – replicó la mujer con una sonrisa – En el caso de Bruma, acabas de dar con la persona adecuada. – añadió extendiéndole la mano para estrechársela – Jeanne Frasoric, Gremio de Magos, encargada. Mucho gusto.
Tempest le estrechó la mano con la cabeza dándole vueltas. Su suerte a veces es que era impagable...
Jeanne Frasoric la llevó hasta su despacho, le hizo rellenar unos papeles donde se inscribió como socia y firmó un documento en el que se comprometía a respetar las normas del Gremio siendo su castigo al incumplirlas la inmediata expulsión del mismo o el cumplimiento de algún tipo de penitencia sujeta a la clase de transgresión o delito cometidos, le hizo entrega de una llave maestra para las habitaciones residenciales común a todas las sedes en Cyrodiil, y, cómo no, le adjudicó inmediatamente una tarea que cumplir.
- Es una situación de la que ambas podemos beneficiarnos, asociada. – le había propuesto la bretona - Si me haces un pequeño favor, me alegrará mucho enviar una recomendación elogiosa para ti a la Universidad Arcana.
A Tempest tampoco es que le quitara mucho el sueño el acceder o no a la Universidad Arcana, pero no le iba a hacer el feo a la mujer...
- ¿De qué se trata? - había preguntado con desgana.
- Uno de nuestros asociados, J'Skar, ha... bueno, desaparecido. – le había dicho la mujer, evidentemente incómoda - Ha desaparecido de verdad. Aquí hace días que no lo ve nadie. Volanaro cree que puede deberse a un hechizo que le salió mal.
Y Tempest había enarcado una ceja. Vaya problemas más raros tenían los magos, desaparecer por hacer el tonto con algún hechizo... siempre había pensado que la gente que se dedicaba a estas cosas sería más cuidadosa.
- Si viene alguien del Consejo y no lo encuentra aquí, voy a quedar muy mal. Y eso no lo puedo permitir. – había proseguido Frasoric ceñuda, más centrada en las apariencias que en el serio asunto de que uno de los asociados perfectamente la podría haber palmado por hacer experimentos indebidos y mal controlados.
A juicio de Tempest no es que la mujer fuera a quedar mal o no, es que demostraba ser bastante inepta para el puesto.
- Habla con los magos, a ver qué puedes averiguar. Si consigues que J'Skar reaparezca, tendrás tu recomendación. – había finalizado la bretona dándose la vuelta para seguir con sus cosas y dejándola a ella con todo el marrón encima como si tal cosa.
Ponte tú a buscar a un mago que se ha volatilizado... pues sí que estamos buenos.
Suspirando, Tempest inició las pesquisas pertinentes para dar con el sujeto en cuestión.
Bajando las escaleras y, tras recibir una efusiva bienvenida por parte de Selena Orania, quien estaba encantada de que se hubiera hecho socia formal del Gremio, Tempest le preguntó acerca del desaparecido J'Skar.
La mujer, pese a ser todo lo amable posible con ella en el asunto, le dio a entender que no quería saber nada de aquellas... "jugarretas" como las denominó, de Volanaro y J'Skar para tomarle el pelo a Frasoric, y continuó con sus retortas e ingredientes, desentendiéndose completamente del asunto.
Entonces Tempest se puso a buscar al famoso Volanaro, quien resultó ser un altmer espigado, melenudo, con una cara más dura que el pedernal y un morro que se lo pisaba.
Le dijo que si quería encontrar al susodicho J'Skar, primero tendría que hacer algo por él antes. A Tempest no le hizo ninguna gracia el tonito de cachondeo con el que se lo dijo y decidió buscarlo ella sola. A lo largo de la conversación le había parecido oír que el "fallido" experimento le había vuelto invisible, así que muy lejos no podría estar.
Anduvo recorriéndose el edificio entero de arriba abajo en busca de la más mínima anomalía hasta que, en una de ésas, el espíritu bromista del desaparecido le pudo más que la prudencia y comenzó a molestarla arropado en su invisibilidad.
Tempest en una primera instancia no le dio demasiada importancia, pero en el momento en que vio que se la estaban jugando, agarró tranquilamente una manta de uno de los armarios que había en las habitaciones de los residentes, esperó a que volvieran a molestarla y, en el momento en que le pincharon el hombro, en lugar de volverse echó hacia atrás la manta y, cuando supo que había pillado algo, se giró y se tiró en plancha sobre lo que la tela había atrapado.
- ¡Ay! - exclamó una voz ronca, la voz de un khajiit, desde debajo de la manta - ¡No hagas eso!, ¡vas a estropearlo todo!
- No me gusta que me tomen el pelo, tío. – replicó la chica enganchándose como una lapa en torno a la figura cubierta por la tela – Dime qué bromita os traéis con la encargada o me lío a chillar para que vengan todos y se descubra el pastel.
El khajiit invisible bufó.
- ¡Solo nos estábamos divirtiendo! - exclamó – Estamos hartos de que Jeanne ande imponiendo su posición sobre nosotros, cuando apenas sabe nada de magia. Así que, de vez en cuando, nos gusta engañarla.
- ¿Una bretona que no sabe hacer magia?, ¿te crees que me he caído de un guindo?
- ¡Oye, siempre existe la excepción que confirma la regla! – se defendió el khajiita – Y Jeanne es, a todas luces, una inútil. Seguro que le preocupa más qué cara poner cuando alguien del Consejo de Ancianos venga y vean lo sumamente lerda que es antes que preocuparse si estoy o no realmente vivo.
Ahí llevaba razón, la verdad.
- Pues a mí me metes en un brete, ¿qué voy a decirle? - razonó ella.
- Habla con Volanaro. – sugirió el hombre debajo de la manta – Hagamos un canje: nos ayudas a gastarle otra broma, esta vez más inofensiva, a Jeanne, y yo me dejaré ver de nuevo. ¿Qué me dices?
Tempest lo meditó un instante. La verdad es que eran ganas de meterse en donde no le llamaban pero... ella también tenía su vena gamberra y le parecía justificado jugársela a alguien tan... ¿superficial e interesada serían las palabras correctas para definir el comportamiento de la bretona?
Le soltó.
- Muy bien, hablaré con Volanaro. – cedió – Pero como me la juguéis destapo el pastel.
- Bien, bien, de acuerdo. – susurró el hombre echando la manta a un lado, volviéndose nuevamente invisible – Gracias. Hasta luego pues.
Y volvió a su dinámica de esconderse.
Tempest, por su parte, regresó a hablar con el altmer caradura aquel y este propuso el siguiente trato: la visibilidad de J'Skar a cambio de robarle el Manual de Hechicería a Jeanne Frasoric.
- Te enseñaré un hechizo para abrir cerraduras. – se ofreció el altmer con una sonrisilla traviesa - Lo que tienes que hacer es ir a la mesa de Jeanne y traerme el libro, ¿de acuerdo?
Y le intentó enseñar el hechizo, vaya si lo intentó; pero Tempest se vio en un momento incapaz de canalizar sus energías y pensamientos hacia la cerradura de prueba con la que Volanaro y ella estuvieron alrededor de una hora practicando.
Finalmente, harta, la chica se sacó una ganzúa del bolsillo.
- Esto también me sirve. – replicó mostrándosela elocuentemente al sorprendido alto elfo – Para el caso es lo mismo.
El altmer se mostró a la par que excitado muy nervioso al ver a una chica tan joven ir por ahí mostrando ganzúas tan alegremente, pero finalmente cedió.
- Su habitación está arriba; asegúrate de que no te vea nadie. – le previno en voz baja.
Tempest entonces se dirigió muy tranquilamente escaleras arriba hasta la habitación de la bretona. Era ya muy tarde y la mujer se había ido a dormir.
Tempest pasó con todo el cuidado del mundo al cuarto sin hacer un solo ruido y, con calma y tiento, forzó la cerradura del cajón de su escritorio y, tras revolver un par de cosas, dio con el susodicho Manual de Hechicería con el que salió bajo el brazo sigilosamente.
Cuando se encontraron en el ala residencial de la planta sótano, Volanaro, arreglo a su palabra, avisó a J'Skar y este, con su interminable risilla ronca, retiró el hechizo que le hacía invisible.
- Bueno, fue divertido mientras duró. – rió el khajiit - Tendré que empezar a pensar en algo nuevo para probar.
- ¿Qué haréis con el libro? - inquirió la chica, curiosa.
- Esconderlo durante un tiempo. – resolvió Volanaro – Así tendrá entretenimiento para largo pensando en dónde lo habrá puesto. – añadió riendo.
Aquel par, pese a lo creciditos que estaban, eran unos gamberretes bastante entretenidos con los que la muchacha se echó unas risas hasta que decidieron que ya era hora de irse a la cama.
Tempest aquel día se fue a dormir con una sonrisa de oreja a oreja pensando en lo bien que se lo había pasado, en la recomendación que le había prometido Frasoric por sacarla del bache y en el apaño económico tan estupendo que tenía ahora con el Gremio de Magos.
- Bendito Akatosh, Tempest, qué cosas te ocurren.
Martin trataba de no reírse ante la historia tan surrealista del khajiit invisible que le había acaecido a la chica durante su estancia en el Gremio de Magos de Bruma. Estaban los dos sentados al amor de la lumbre intercambiando pareceres y Tempest reía también.
- Si supieras la cara que la mujer puso esta mañana cuando nos vio subir las escaleras a los tres tan telendos... yo creo que tanto J'Skar como Volanaro estaban tratando de no soltar la carcajada. – dijo – La pobre acabó escribiéndome la recomendación con dolor de cabeza, me parece a mí. – revolvió en su mochila para mostrarle la carta sellada – Mira, si las consigo todas podré entrar en la Universidad Arcana.
- Y espero que lo logres. – asintió Martin tras tomar el sobre para mirarlo con detenimiento y devolvérselo sonriendo – En mi época de estudiante no había ésos requisitos tan arbitrarios para acceder a la Universidad, esta siempre abría las puertas para todo aprendiz entusiasta.
Tempest le miró sorprendida.
- ¿Tú has estado en el Gremio de Magos? - inquirió.
- Hace mucho tiempo ya de eso. – respondió Martin repentinamente serio – De ahí mis conocimientos en Restauración.
- Ah, sí. – asintió la chica – Impagables, por cierto.
Martin asintió y no añadió más.
- Bueno... - notando su repentino cambio de humor, Tempest decidió que lo mejor sería ir a otro tema - ¿Cómo va el asunto de la instrucción?
- Ya han empezado a volver hombres. – replicó Martin, súbitamente cansado – Tenemos a cinco con los que no hay problema: reciben su asignación y vuelan a cerrar Portones. El problema reside en que la mayoría de los candidatos, tras entrar de prueba, no albergan muchos deseos de repetir la hazaña, me temo.
Y Tempest sabía muy bien el porqué. Probablemente más de uno tendría que ir a cambiarse de pantalones tras meterse en aquel lugar. No los culpaba.
- En fin... - suspiró el sacerdote imperial – Lo que importa ahora es que, mientras sigas trabajando para el Gremio de Luchadores y ganando dinero, no tendrás que volver a entrar al Oblivion.
Sí, bueno, ésa era otra parte del asunto: no podía decirle a Martin que sus ingresos procedían de robos varios a lo largo y ancho de todas las ciudades de Cyrodiil. Porque no, porque sabía que no era moralmente correcto y que la Orden la repudiaría por llevarles el deshonor a su seno.
Una protectora del futuro Emperador, una Cuchilla... choriza. No, verdaderamente, no quedaba bien, pero nada de bien. Eran dos conceptos totalmente irreconciliables.
Lo mejor era seguir con el cuento e ir de tanto en tanto a dejarles dinero. Tampoco es que les diera el total de sus ganancias. De hacerlo hubiera resultado... un tanto sospechoso. Y máxime con aquellas cifras tan desmesuradas en tan poco tiempo.
- Bien. – Tempest se levantó pesadamente de su asiento con poca o ninguna gana de marcharse de allí – Me toca irme a la Ciudad Imperial. He de ver allí a un amigo para que empiece a pasarme trabajos mejor pagados y si no pillo un carro que me lleve desde Bruma hasta allí perderé un valioso día esperando a que vuelvan las luces. – explicó y añadió – Por suerte estamos en verano y los días son más largos.
- Eso es cierto. – asintió Martin, triste por tener que dejarla marchar. Allí, sin mucha gente con la que cruzar más de tres frases seguidas, se aburría como una ostra – Todavía no entiendo por qué precisamente la Ciudad Imperial. El Gremio de Luchadores, que yo sepa, no tiene sede allí.
Mierda, sabe escuchar entre líneas.
- Mi amigo vive allí y es un maldito vago al que no le gusta alejarse mucho de casita. – mintió Tempest inmediatamente – Solo hace los trabajos justos y necesarios para subsistir, por eso el resto me los deriva a mí.
Aquello se podría tornar muy peligroso si no tenía cuidado. Debía sonar convincente y no volver a meter la gamba.
- Hay que ver lo que hacen los contactos... – murmuró el hombre.
- No lo sabes tú bien. – musitó la chica.
Unos minutos más tarde, ambos se despidieron con un apretado abrazo a las puertas del templo.
- Por favor, Tempest, sabes que siempre te lo digo, pero ya sabes que...
- … Debo de tener cuidado. – acabó la frase ella – Lo sé, Martin, lo sé. Iré con pies de plomo, te lo prometo.
Y, tras unos segundos, se separaron definitivamente.
- Camina con Los Nueve, mi pequeña amiga.
- Tú también, Martin, tú también.
Tempest suspiró y, tratando de no ponerse ñoña ni sentimentaloide, tomó aire y le echó ganas al asunto emprendiendo su consabido descenso hasta Bruma donde contrataría por enésima vez los servicios de transporte rápido por carretera para irse a toda mecha hasta la Ciudad Imperial, hasta Waterfront.
Ya le vería la semana que viene... o puede incluso que antes. De todos modos, fuera cuando fuese, el corazón le dolería igual al despedirse y sentiría la misma dulce tristeza de, pese a hacer todo lo posible por llamar su atención, nunca conseguir ésa correspondencia de sentimientos que tanto le pesaba en el ánimo.
Definitivamente, el tema de enamorarse no era para ella.
- Vaya, "trabajos para el Gremio" dices. ¿Acaso no sabes que, como ladrona, dependes de ti misma? No somos artesanos ni escribas, Tempest.
La joven imperial, de brazos cruzados, una ceja arqueada y dando golpecitos impacientes con el pie en el suelo, le observaba sin el mínimo rastro de humor en la mirada. Christophe a veces podía llegar a sacarte de quicio cuando le daba por hacerse el interesante.
- Pues a mí me han dicho que ofreces trabajillos con los que te sacas buenos pellizcos. – argumentó ella.
- Si quieres un trabajo donde te den buenos pellizcos tal vez deberías plantearte hacerte camarera de bar. Al final de la jornada acabarás con el trasero más pellizcado que se haya visto a lo largo y ancho de Cyrodiil. – replicó Armand echándose a reír con socarronería.
El guarda rojo sentía una desesperante inclinación a tocar las narices cuando y como fuera.
Tempest en ése momento visualizó en su mente cómo darle la patada en los huevos que tan a pulso se estaba ganando. No lo haría, desde luego, pero el pensarlo le relajaba.
- Disfrutas poniéndome histérica, ¿verdad, Christophe?
- Oh, vamos, ¿dónde está ése sentido del humor, chica del pelo verde? - rió el guarda rojo guiñándole un ojo – Está bien. Sí, efectivamente, hay... determinados círculos de gente con dinero que nos contratan a veces para hacer robos de encargo. De ahí que Ongar te mencionara ciertos "trabajos especiales" en el Gremio.
- Trabajos, según tengo entendido, muy bien pagados. – dijo Tempest descruzando los brazos – Ongar te habrá contado mis "aportes" a las arcas del Gremio, ¿no es así? Con eso se supone que me he ganado vuestra confianza.
- ¿De veras lo crees así?
- ¡Joder, Christophe, no me vaciles!
El hombre se echó a reír de nuevo.
- Ay... - confesó divertido mientras se limpiaba una lagrimilla de la risa – Me encanta cuando te cabreas, Tempest, me alegras el día. Este sitio es muy aburrido sin ti.
- Menos ruido y más nueces, Christophe, a lo que íbamos. – advirtió ella.
- Vale, vale, no te me sulfures, chiquilla. – dijo Armand alzando las manos en son de paz – En realidad hay cierto asunto que me gustaría que resolvieras por nosotros, el Zorro Gris me ha pedido que me ocupe del problema y voy a hacer que te encargues tú. – explicó – Al lumbreras del capitán Hieronymus Lex se le ha metido en la cebolla recaudar tributos a todos los que viven aquí, en Waterfront. Tu tarea consistirá en recuperar esos tributos. ¿Estás dispuesta a hacerlo?
Tempest se quedó un momento en blanco.
- ¿Me estás pidiendo... que le robe a un madero?
- Técnicamente no sería robar, sería una suerte de "recuperación" de una serie de tributos que nunca deberían haberse impuesto a estas pobres gentes. – replicó el guarda rojo con calma - Tradicionalmente la ciudad no les recaudaba impuestos, incluso aunque lo dictara la ley. El Zorro Gris siempre ha garantizado su protección a los pobres de Waterfront. No permitirá que se pase por alto esta injusticia. Es una cuestión de principios.
- Hombre, visto así... - Tempest meditó un instante la cuestión – Christophe, ¿quién es Hieronymus Lex en realidad? Sé que es capitán y que debe tener algo personal contra el Zorro Gris, pero no le ubico.
- Es, ni más ni menos, que un estúpido capitán de la Patrulla de Vigilancia Imperial. – explicó Armand con evidente disgusto - Del estilo "si la Ley dice esto, la Ley SIEMPRE lleva la razón", y no te pares a discutir con él acerca de este punto si no quieres pasar una temporada entre rejas. Le guarda resentimiento al Gremio de Ladrones y al Zorro Gris en concreto. Lex ha convertido su captura en una misión personal. Hace dos años le hice quedar como un idiota cuando intentó arrestarme. Nunca lo ha olvidado.
Acabáramos. Un madero cabreado y rencoroso.
Tempest suspiró, cruzando los dedos para que aquella locura llegara a buen puerto.
- Muy bien, lo haré. – confirmó no sin ciertas reservas - ¿Cuál es su zona?
- La Sur. – informó él.
- Vale, pues mañana tendrás la suma del total de los impuestos aquí mismo. – aseguró ella.
- Ya sabes, la misma hora, en el jardín de Dareloth.
- Que sí, pesado.
Armand Christophe volvió a reírse una última vez.
- Ve con cuidado y camina con las sombras.
- Sí, guapo, porque las voy a necesitar una cosa mala.
Y así habían empezado las peripecias con los trabajillos extra del Gremio de Ladrones para Tempest.
Tampoco es que se rompiera mucho la cabeza para pensar cuándo colarse dentro de los barracones de la Vigilancia Sur: se sabía más o menos los horarios de cambios de turno y, en favor de la Guardia Imperial, cabía decir que eran puntuales como un reloj.
Tempest aprovechó al día siguiente el cambio de turno para comer y, camuflada con la capa de Eidon, se coló con toda su desfachatez por montera pisos arriba de la torre hasta que tuvo, con mucho cuidado para que no la oyeran, que forzar la cerradura de la trampilla que daba a los aposentos personales del capitán. Le costó lo menos diez intentos. El tipo tenía una cerradura del quince.
Lógicamente, se encontró con la habitación vacía para revolver a sus anchas por donde mejor le viniera en gana.
Le hurgó los cajones, le abrió el arcón, el armario, saltó encima de su cama como si tuviera tres años... hasta que se quedó un momento quieta y pudo apreciar con mayor detenimiento la estancia. Tenía un poco de todo: una diana de prácticas, una mesa considerablemente grande donde debía de comer, una despensa particular, un montón de libros distribuidos aquí y allá y... para gran sorpresa de Tempest, un caballete con útiles de pintura que ostentaba un lienzo a medio acabar de un paisaje forestal bastante logrado.
El señor policía tenía una faceta artística, de eso no le cupo la menor duda.
Tempest observó más cuadros colgados por la estancia y se preguntó vagamente si los habría pintado el capitán. Estaban muy, pero que muy bien hechos. Todos de paisajes, eso sí, pero muy logrados.
Tras contemplarlos un rato, alelada, fue derecha a por el escritorio personal del capitán, un mueble bastante elegante con bureau. Tuvo que hacer otros cinco intentos con las ganzúas, que ya empezaban a escasear debido a la facilidad con la que las rompía, hasta que dio con el mecanismo y consiguió abrir los cajones.
De los mismos sustrajo una jugosa bolsa llena al menos de unos cien septims por el peso y una lista que recogía los nombres de los habitantes de Waterfront y las ridículas sumas que se le habían pedido a cada uno que pagaran. La cantidad más grande que encontró por persona ascendía a los siete septims.
¿Y para esta mierda monta todo este tinglado? Akatosh... vaya tío. - pensó meneando la cabeza.
Con el botín ya en sus manos, Tempest asomó la nariz por la trampilla y, una vez lo encontró todo despejado, bajó un nivel. En el siguiente hizo lo mismo, pero, en el momento en que asomó la nariz al primer nivel se puso blanca del susto cuando advirtió la cantidad ingente de soldados que había en el primer piso y que la verían de seguro si intentaba bajar.
En aquel momento tuvo que pensar rápidamente: había varios guardias durmiendo la siesta en el segundo piso, donde estaba ella, y cualquiera de ellos podría despertar de un momento a otro.
Antes de empezar con aquella misión suicida se había planteado el cómo entrar, pero no el cómo salir.
Buscó con la mirada y, tras observar una de las armaduras de los soldados desechó prontamente la idea de disfrazarse. En aquella coraza cabrían, mínimo, dos como ella.
Observó distraídamente un ventanuco a su derecha por el que se colaba una suave luz blanca y, a la desesperada, lo intentó por allí.
Abriéndolo con todo el sigilo del mundo, Tempest encontró, por primera vez en su vida, que ser delgaducha y chiquitaja tenía sus ventajas ya que, de haber tenido un solo centímetro más de hombros o caderas no hubiera pasado por aquel ventanuco ni de casualidad.
Acabó, eso sí, prácticamente de bruces contra el empedrado de la calle.
Con la bolsa de los impuestos, la lista de gente y un señor chichón en la coronilla, Tempest se marchó tranquilamente hacia el Distrito de los Jardines Élficos para comerse un bocadillo que traía en la mochila y pasar la tarde paseando.
Al caer la noche, fue a ver a Armand Christophe al... (tos)... jardín de Dareloth para dar su misión por concluida.
Que las cosas saliesen bien sentaba de maravilla.
Maldita sea, no debería haber aceptado este trabajo, no debería haberlo hecho...
Tempest caminaba prácticamente de puntillas y conteniendo la respiración como si no hubiera un mañana mientras atravesaba los lúgubres pasillos del Salón de los Muertos ubicado en las catacumbas bajo la capilla de Arkay, el dios, valga la redundancia, de la muerte y los ritos funerarios.
Estaba en Cheydinhal por un asunto de negocios.
Un asunto de negocios delictivos ya que su próximo objetivo era un robo por encargo que el Gremio de Ladrones le había adjudicado.
O, más bien, un robo que Armand Christophe le había endosado a ella.
Dioses, qué mal rollo... esto es profanación, esto es profanación...
Porque el objetivo de tal robo era, ni más ni menos, que el busto esculpido en mármol de la fallecida condesa de Cheydinhal, Llathasa Indarys, quien había sido asesinada recientemente.
Y Tempest debía bajar hasta su sepulcro para llevarse el susodicho busto.
Ya es mala idea ir a robar a una muerta... ay, dioses... qué malita me estoy poniendo...
Tempest no es que fuera una persona supersticiosa, ni mucho menos, pero tenía cierto respeto por los muertos y a ella ésas cosas de profanar tumbas le parecía, francamente, de muy mal gusto.
Había estado observando los sermones religiosos en la capilla un par de días antes de entrar y le parecía casi mejor hora por la mañana, durante el sermón de las once, que por la noche cuando sin duda doblarían la vigilancia en la tumba de la condesa hasta hacer casi imposible la extracción del busto sin que la detectasen.
Había entrado como una feligrés más del montón y se había sentado en uno de los bancos del fondo para, una vez empezada la ceremonia y con todos los ojos puestos en el sacerdote de turno, deslizarse escaleras abajo, forzar la cerradura del Salón de los Muertos y avanzar al más puro estilo rata de alcantarilla por los pobremente iluminados subterráneos de piedra.
Avanzaba insegura, observando en todo momento a la vigilante (porque era una mujer) y a la nada pequeña espada de acero que llevaba colgada al cinto mientras predecía el patrón de movimiento que seguía.
En una de ésas giró a la derecha y, ocultándose en las sombras con su capa de Camaleón, halló finalmente el sepulcro de la condesa, más iluminado que ninguno y lleno de ramos de flores por doquier.
Y el busto, eso también.
Tempest respiró aliviada de no tener que abrir el ataúd y se hizo rápidamente con la pequeña escultura, ocultándola apresuradamente en su mochila de viaje.
Pero, ¡ay!, con lo que no contaba era con el folklore y las viejas leyendas que ponían los pelos de punta sobre ciertos mitos acerca de fantasmas que no han hallado la muerte de forma apacible y cuyos espíritus vagan en pena buscando venganza o redención.
Pues eso fue exactamente lo que le ocurrió a la joven imperial ya que, en el momento de tomar entre sus manos el busto, a sus espaldas se manifestó una repentina corriente de aire helado que tomó la forma etérea de una mujer quien, al ponerle la mano sobre el hombro, se lo dejó helado.
Tempest, al sentir aquel contacto frío que le puso la piel de gallina, se giró lentamente y contempló aterrorizada al espectro con la boca abierta, incapaz de gritar.
- "Te lo ruego." - oyó la voz de la aparecida dentro de su cabeza - "Ayúdame, por favor. He sido injustamente privada de la vida que con tanto celo forjé al lado de mi hijo y mi esposo." - suplicó lastimeramente - "Encuentra a mi asesino. Haz que pague por lo que ha hecho. ¡Véngame!"
Tempest, desde las sombras no pudo contestar ya que un súbito chillido le hizo volver a la realidad para percatarse de que la mujer vigilante estaba contemplando con los ojos desorbitados la imagen de la muerta hasta que, afortunadamente, se desmayó.
El espectro, tan súbitamente como había venido, se desvaneció en el aire como un jirón de niebla y Tempest, aún no repuesta de la impresión, pensó que era ahora o nunca antes de que viniera más gente a ver lo que sucedía.
Logró salir de las catacumbas temblando como una hoja y, nada más sentarse de nuevo en las bancadas de oración donde la comunidad de feligreses seguía fervientemente el acto religioso, juntó las manos y rezó muerta de miedo por que los dioses le perdonasen aquel atropello, que jamás volvería a robar en una tumba y que, por favor, aquel fantasma cruzase el umbral de Aetherius y no se manifestase nunca más, tanto como si su alma necesitaba venganza como si no.
Aquel día no tuvo ni ganas ni humor para intentar suerte en el Gremio de Magos de Cheydinhal con el tema de las recomendaciones. Había salido a toda velocidad en transporte rápido, escaldada de Arkay, Cheydinhal y sus fantasmas.
Waterfront estaba tomado al asalto.
Patrullas enteras de soldados imperiales peinaban la zona de Norte a Sur y viceversa, alborotando los suburbios pesqueros como nunca desde que la gran inundación y la leyenda de la "Hija de la Tempestad" pasara de boca en boca llenando de temor y superstición a las lenguas pastosas y los oídos ignorantes por aquellos arrabales.
Tempest se encontró abrumada en un momento cuando, en menos de cinco minutos, tres soldados distintos la abordaron para preguntarle si sabía del paradero de Armand Christophe.
- Se le busca por robo y profanación. – le informó uno de aquellos hombres, sudoroso al hallarse enfundado en su habitual lata de sardinas de acero imperial – Es su deber, buena ciudadana, el informarnos lo antes posible de su paradero si le ve. Buenos días.
Tempest no podía creer aquello. Había hecho muy, pero que muy bien habiéndose marchado lo antes posible de Cheydinhal. Siendo visitante en la ciudad no hubieran dudado en detenerla con objeto de interrogarla para, probablemente, encontrar el busto de la condesa en su mochila y caerle todo el marrón encima de golpe.
Además de que robar a un noble, máxime en su propia tumba, era casi hasta más grave que matar a alguien. Al menos, la sentencia era bastante más severa.
Dio vueltas y más vueltas por Waterfront, sopesando vagamente que, con todo aquel lío, Christophe no aparecería en el jardín de Dareloth a medianoche ni aunque le pagaran por ello.
Pasando distraídamente por delante de una de las casuchas de madera con mejor aspecto en aquel lugar mugriento, la puerta se abrió repentinamente y alguien le agarró del brazo para, de un tirón, llevarla al interior de la vivienda.
Antes de que pudiera razonar, se encontró cara a cara con la mujer bosmer a la que soplara el diario de Amantius Allectus durante la prueba de iniciación en el Gremio: Methredhel.
- Menos mal que te he encontrado. – se apresuró a informarle antes de que la chica pudiera reponerse del susto - Supongo que sabes que Hieronymus Lex ha ordenado la detención de Armand Christophe.
Tempest asintió, muda de asombro. ¿Entonces esta mujer también estaba metida en el ajo? Akatosh, sí que era una tipa persistente...
- Debes saber que Armand está escondido. Le han acusado de robar el busto de Llathasa Indarys de Cheydinhal. Dicen que el propio conde Indarys presentó los cargos.
- Pero... ¿qué hago entonces con el busto? - inquirió la chica.
- Jamás ha habido ningún cliente que encargara al Gremio robar el busto de Llathasa. – le dijo la elfa bosmeri despacio - Armand te usó para descubrir a un informador que se había infiltrado en el Gremio.
Vale, estupendo, ahora resultaba que ella se había jugado el cuello y había visto un fantasma que clamaba por venganza solo para descubrir que la habían usado como cebo. Encantador.
- Vale, acabo de cabrearme. – bufó indignada – Me gustaría poderos mandar a freír espárragos si no fuera porque también estoy de mierda hasta el cuello. Dime quién es el informante de las narices.
- Myvryna Arano. – replicó Methredhel secamente - Ahora Armand necesita tu ayuda para neutralizarla. Tú vas a cargarle el robo del busto a Myvryna. Vive aquí, en Waterfront.
Tempest enarcó una ceja.
- Lo dices como si colarle el robo fuera pan comido. ¿Y las evidencias?, ¿qué me dices de los guardias?, ¿eh?
- Cuélate en su casa y coloca el busto en su armario. – instruyó la mujer bosmeri - Asegúrate de que no te ve por nada del mundo. Después ve a decirle a Hieronymus Lex que ella es la ladrona.
- Sí, claro. – se mofó la muchacha - ¿Y tú te crees que el capitán, sabiendo que ella es su confidente, se va a tragar ése cuento akaviri?
- Probablemente no te creerá, así que puede que tengas que convencerle. – concedió Methredhel - Con un poco de suerte al menos irá a comprobarlo.
- O me arrestará sin mayores contemplaciones y todos salen ganando menos yo. – repuso Tempest ásperamente – Me habéis jodido viva. Sois unos cabrones.
- Somos ladrones, simple y llanamente. – repuso la elfa cruzándose de brazos – Y, si eres de los nuestros, ayudarás a Armand y dejarás de quejarte.
Refunfuñando, Tempest aceptó de muy mala gana hacerle la jugarreta a Arano, una elfa oscura a quien había tenido el disgusto de conocer dos semanas atrás cuando se tropezó con ella por la noche en el jardín de Dareloth y la tipa, educada como ella sola, le había espetado que a ver si miraba por dónde narices iba caminando.
Saliendo de la casa de Methredhel como si tal cosa, Tempest se arrimó a la choza donde residía la dunmer (no porque lo supiera, sino porque se lo habían indicado) y, tras dirigirles un par de miradas nerviosas a los patrulleros, forzó la cerradura de medio calibre de dificultad que le abrió paso hacia el interior de la vivienda.
Allí encontró a la vieja bruja de Arano roncando tan tranquila como un chucho borracho y medio espatarrada en la cama en lo que debería estar siendo una suerte de siesta temprana.
Conteniendo la respiración, siguió las instrucciones de Methredhel al pie de la letra y le abrió silenciosamente el armario para depositar con todo el cuidado del mundo el dichoso busto de mármol, que pesaba cosa mala pese a lo pequeño que era, y cerrarlo para salir lo más rápidamente posible antes de que la tipa se despertara y la pillase con las manos en la masa.
Una vez en la calle, Tempest se limpió el sudor de la frente y esperó un momento a que el corazón le dejase de latir con tanta fuerza. Ahora le tocaba la parte más difícil: Hieronymus Lex.
Le observó a lo lejos, no distinguiéndole muy bien salvo por la armadura distintiva a su rango como oficial al mando, y suspiró.
Bueno, tendría que hablar con el capitán, ¿no? Desde luego no iba a venir él solito a decirle: "Mmm, ¿buena ciudadana?, ¿no sabrás así, por casualidad, dónde está escondido el busto de Llathasa Indarys, verdad?"
A ver, el asunto era parecer convincente, segura de sí misma, engañar al tan famosísimo Hieronymus Lex, que tantos problemas estaba dando al Gremio de Ladrones…
Tempest tomó una gran bocanada de aire y cruzó disimuladamente los dedos a la espalda al tiempo que se dirigía a paso vivo hacia el enérgico capitán, quien ahora se estaba dedicando a disponer instrucciones a un par de soldados.
Llegó a su altura, tomó otra bocanada de aire y le tocó el brazo, casi con miedo, esperándose una reacción si no hostil, al menos desfavorable.
- Eh… ¿capitán?
El hombre se crispó un momento y se fue a dar la vuelta, raudo y veloz como el viento, mientras farfullaba algo acerca de lo muy pesada que es la gente.
Cuando se volvió del todo hacia ella y los ojos de ambos se encontraron, incómodos los de la chica, ceñudos los de él, hubo un choque inmediato que les hizo a los dos cambiar sus expresiones al asombro.
Tempest se quedó con la boca abierta y pestañeó varias veces.
¿Este era Hieronymus Lex?
Oh, por Akatosh… no era ni remotamente parecido a cómo se lo había imaginado… Ella había pensado en un petimetre (ya que le habían dicho por ahí que era joven) altanero, estirado, orgulloso y que iría por ahí de chulo y sobradito dispensando órdenes como un sargento de caballerías a todo el que se le cruzase de por medio.
Vamos, el típico madero gilipollas.
Pero el hombre frente a ella tenía un rostro agradable, de tez morena, mandíbula ancha, boca generosa, frente despejada y ojos felinos de un azul ultramar profundo y brillante. Todo esto enmarcado por una lustrosa y abundante melena de color caoba que llevaba peinada hacia atrás recogida en una coleta no muy larga.
En definitiva, un hombre guapo. Y no parecía de estos que se lo tienen muy creído; no daba ni mucho menos ésa impresión, la verdad.
La cuestión es que a Tempest se le habían acelerado considerablemente los latidos del corazón y notaba cómo la sangre le recorría el cuerpo a toda velocidad dejando tras de sí un agradable hormigueo que la desconcentró momentáneamente, quedándose callada mientras se regalaba la vista y olvidaba el propósito de su… ¿misión?
El capitán tampoco dijo nada durante un momento, mientras la observaba absorto desde su altura, superior a la de ella, hasta que se aclaró la garganta y la sacó de sus ensoñaciones.
- ¿Qué puedo hacer por usted, señorita? Me temo que en estos instantes me hallo volcado de pleno en mitad de una importante investigación. – le dijo aquel hombre con una cortesía inesperada y dedicándole una sonrisa que a Tempest le pareció tremenda e hizo que se le cortara la respiración durante unos segundos.
¡Qué sonrisa tenía!, ¡y vaya ojos…! Mierda, iba a lamentar sinceramente el tener que colarle una trola tan grande a un hombre tan encantador.
- No, si ya lo sé… - dijo la chica tras recuperarse un poco de la impresión – Por eso mismo he venido a… bueno, a avisarle de que sé quién tiene el busto de la condesa Indarys.
Y la expresión del hombre cambió, radicalmente: aquella cara de sorpresa era todo un poema.
- ¿El busto? – inquirió, totalmente desconcertado - ¿De la condesa?, ¿y dice… que sabe dónde está?
- Sí, bueno… - a ver cómo se lo podía montar para no resultar muy sospechosa – Ya sabe… la gente cotillea, y los mendigos son especialmente muy chismosos y poco discretos. Y yo tengo el oído fino cuando me aburro, si le soy sincera. – aquí tuvo el decoro de simular vergüenza, eso le haría ganar muchos puntos frente al capitán – Así que oí de casualidad una conversación entre dos mendigos acerca de algo relacionado con trabajos o algo así del Gremio de Ladrones. Y la curiosidad me pudo, así que les anduve escuchando a trozos y salió a colación el tema del busto, del robo y escuché el nombre de Myvryna Arano.
Los ojos azules del capitán casi se salieron de sus cuencas al escuchar aquel nombre.
- ¿Myvryna Arano dice? – murmuró asombrado.
- Sí. – asintió Tempest, tratando de sonar convincente – Sé que vive aquí, en la Ciudad Imperial. Si es verdad lo que dijeron, lo lógico es que lo tenga ella, ¿no?
La mirada de Hieronymus Lex entonces vagó perdida un momento en un punto a lo lejos y se llevó la mano a la barbilla cuadrada e impecablemente afeitada en un gesto que indicaba claramente que estaba pensando.
- ¿Está segura de lo que dice? – preguntó finalmente, regresando el punto de mira de aquellos... señores ojos hacia la muchacha – La verdad es que estoy desconcertado, no puede ser cierto, ella es mi… - aquí hizo una pausa, donde vendría seguramente la palabra "informante", pero se abstuvo de decirla. El capitán no era ningún bocazas. Eso agradó a Tempest sobremanera – Quiero decir… bueno, ella no parece de ése tipo de personas.
Ja, ja, qué gracioso. – pensó ella tratando de no sonreír – Qué diplomático es el tío, es un encanto.
- Yo solo le digo lo que he oído. – dijo mirándole a los ojos – No sé si será verdad o no, pero si puedo… ayudar a la Guardia Imperial a hacer su trabajo pues mejor que mejor, a ustedes les debemos nuestra seguridad. – añadió muy seriamente, tanteando si con esta explicación bastaría. Los de la Legión se enorgullecían de su trabajo, untar vaselina en ése punto solía ser un buen recurso.
Y no falló.
- En fin… - dijo el capitán tras un momento de vacilación – Supongo que tendré que comprobarlo de todos modos, si está usted en lo cierto se va a desatar un infierno. – en esto que le dio una mirada de disculpa – Me temo que, si no le importa, va a tener que acompañarme.
Qué monada, hasta pone cara de compungido y todo.
Tempest trató una vez más de no sonreír.
- Por supuesto, no se preocupe – le dijo amablemente – Es normal.
Y le siguió, ya no asustada, sino más contenta que unas castañuelas hasta la puerta de Myvryna Arano donde el capitán, con muy pocos miramientos, empezó a golpear con el puño metálico hasta que la vieja le abrió con cara de sueño.
- Pero, ¿qué haces...? - balbuceó la mujer medio dormida.
Lex la apartó de su camino y se abrió paso hasta el interior de la casucha seguido de cerca por Tempest, quien observó no sin cierta satisfacción maliciosa cuando el imperial se dispuso a registrar cada rincón del lugar hasta que dio con el busto metido en el armario.
- Bien, tenía usted razón. – se dirigió a Tempest con una amable sonrisa – El busto está aquí.
Para Arano, el gesto que le dedicó no fue tan agradable.
- Esta ciudadana te acusa de robar el busto de Llathasa Indarys de Cheydinhal. – la increpó duramente - Y puedo dar fe de que lo he hallado escondido a conciencia dentro de tu propiedad. ¿Qué tienes que decir?
La mujer miró un momento al capitán con los ojos carmesí como platos para luego contemplar atónita a la chica a su lado.
- ¡Estúpido! ¡Acabas de descubrirme ante el Gremio de Ladrones! ¡Ésa "ciudadana" es en realidad el miembro del Gremio que se contrató para realizar el robo! - acusó señalando a Tempest.
El capitán se giró un momento hacia la chica, inseguro.
- ¡Eso se lo acaba usted de inventar! - replicó la muchacha con auténtica indignación en la voz - ¡Será posible!, ¡qué cara más dura!
- ¡Mentirosa! - gritó la otra.
- ¡SILENCIO!
Las dos mujeres callaron inmediatamente al oír la potente voz del capitán llenar en un momento la habitación.
- Para tu propia desgracia, ya no me eres de utilidad. – sentenció mirando a la dunmer como si fuera alguna clase de gusano fangoso - Si lo que he oído es cierto, eres tú quien se dedica al latrocinio. Si lo que dices es cierto, el Zorro Gris sabe que eres mi confidente. – y mirando detenidamente a Tempest, que presentaba en aquel instante cara de no haber roto un plato en su vida, se decidió – Y yo opto por lo primero. – dijo solemnemente - De todas formas, se acabó. No creerías realmente que confiaría en alguien como tú durante mucho tiempo, ¿verdad?
La mujer en aquel momento se derrumbó.
- Pero... ¡te he sido leal! - gimió desolada - ¡Te he informado de todo lo que ha estado haciendo Armand! ¡No puedes desecharme tan tranquilamente como si fuera un trapo sucio!
- Oh, ya lo creo que puedo. – replicó el hombre imperial despectivamente - Myvryna Arano, te arresto por el robo del busto de Llathasa Indarys, condesa de Cheydinhal. Acompáñame y no te resistas o será peor para ti. – en esto que se giró hacia Tempest y volvió a ser un hombre cordial y educado – Me temo que he de arrebatarle parte de su tiempo, pero usted también debe acompañarme para que firme una declaración. Papeleo, ya me entiende...
La dunmer miraba a los dos imperiales de hito en hito. Aquello era el colmo: le habían acusado injustamente, habían entrado en su casa sin su permiso y por la fuerza... ¿y el idiota de Lex se dejaba engatusar por una cara de porcelana? El Gremio se la había jugado pero bien.
Tempest le dedicó al capitán una de sus más encantadoras sonrisas. Y no era solo por disimular.
- Oh, por supuesto. – accedió dócilmente – Entiendo el trabajo que deben tomarse con esta gente. Para mí no es ninguna molestia.
Y les acompañó.
La elfa oscura fue todo el camino refunfuñando y, en una de ésas en que el capitán no pudo verle la cara, Tempest le sacó la lengua. Que se fastidiara, por meterla en aquel fregado.
Arano acabó en los calabozos de la Prisión Imperial, despotricando, entretanto que Tempest acompañaba al capitán Lex a rellenar los documentos pertinentes.
Mientras escribía, la chica se percató inconscientemente de que el capitán se la comía con los ojos y aquello la llenó por dentro de una especie de entusiasmo embriagador.
Se envalentonó tanto y estaba tan obnubilada con eso de que un hombre tan guapo le dedicara tantas atenciones que, en un momento dado, se le piró el panchito y pensó en hacer una pequeña locura. Le daba un poco de corte, pero... jolín, que la vida son cuatro días...
Ayyy... qué vergüenza...
Venga... lo iba a hacer, ¿no? Lo que pensaba era normal, ¿verdad?
Tempest tomó aire, lo soltó pausadamente y, sin darle otro pensamiento más, que de seguro le terminaría de acobardar, le echó narices y lo dijo:
- Capitán... ¿a qué hora termina usted de hacer su ronda de hoy?
El hombre, que en aquel momento estaba revisando los papeles, levantó la vista y se la quedó mirando unos segundos con cara de no entender. Evidentemente le había pillado con la guardia baja por completo.
Bueno... lo he intentado...
Sin embargo, el capitán no era tonto.
- A las seis, ¿por qué? - inquirió mirándola fijamente. Muy fijamente.
Qué ojos, madre... me va a dar algo...
Y Tempest tragó saliva, mucha saliva. Cantidades ingentes de saliva.
- Mera curiosidad. – contestó mientras trataba por todos los medios de mantener su actitud de interesante sin que se le trabara la lengua – Me preguntaba si tendría algún plan o si dispondría de un rato libre.
Oooh... qué fuerte... qué huevos tengo, qué huevos tengo...
El hombre sonrió levemente.
- Señorita, ¿me está usted invitando a salir?
Ouch, es bueno el tío.
- Pues... a lo mejor. - dijo ella hecha un manojo de nervios hasta que, viendo la sonrisa del hombre, que interpretó como condescendiente, le vino un súbito pensamiento a la cabeza que la desarmó. Joder, no había caído en la cuenta... - No estará usted casado, ¿verdad?
El hombre entonces se echó a reír. Tempest se puso colorada como un tomate. Dioses, debió de haberlo supuesto, acababa de hacer un ridículo espantoso...
Fue dando media vuelta lentamente para marcharse, deseando que se la tragara la tierra en aquel momento, cuando oyó la voz del capitán hablarle:
- No estoy casado. - le dijo con suavidad, muy tranquilamente – Y tampoco prometido, así que pierda cuidado, no está usted haciendo nada inmoral.
Tempest se volvió hacia él despacio. Aquel tío era listo, la había entendido a la primera y había captado su malestar inmediatamente. Era alucinante.
El hombre frente a ella estaba inclinado sobre el escritorio y la miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Una sonrisa amable.
Tempest se humedeció los labios, nerviosa.
- ¿Ah... no? - dijo como podría haber dicho cualquier otra cosa.
- No. – le aseguró el hombre imperial.
Tempest tomó aire.
- Pues... ¿nos vemos a las seis?, ¿sí? - preguntó como un niño que pregunta inocentemente si tiene permiso para algo.
La sonrisa del hombre se amplió.
- Sí. – dijo – Búsqueme en el cuartel de la Torre Sur, es mi zona. – aclaró.
No, si ya... te tuve que ir a mangar los impuestos allí, ¡y lo siento mucho, mucho!
- Bien... vale... - titubeó la chica, odiándose al instante por estar tan nerviosa – Pues le recojo a las seis, je, je...
Oh, bendito Akatosh... deja de hacer el payaso, deja de hacer el payaso...
- La estaré esperando. – dijo aquel hombre imperial con aquellos ojos tremendos.
- Sí... - asintió Tempest como una tonta – Hasta luego...
- Hasta luego pues.
Y aquella tarde, Tempest salió de los Juzgados de la Prisión Imperial con una sonrisa estúpida en la cara, y permaneció con la misma estúpida sonrisa en Waterfront, en el Distrito del Mercado donde fue a comprarse un vestido para ir más arreglada... hasta el mismo momento en que, dioses, se percató de que tenía una cita con un madero.
Nota de la autora: ¡Tempest ataca de nuevo!, y esta vez con más artillería que nunca jajaja
Bien, ha sido divertido el escribir la cursilada que se trae con Hieronymus Lex (siempre tengo que copipastear el nombre, nunca sé dónde va la "i" latina y la "y" griega U¬¬). La chica está con el pavo subido, no la culpéis :D
Este ha sido el capítulo más largo hasta la fecha y he tratado de atar cabos por todas partes (o lo que es lo mismo: revisarlo y corregirlo tropecientas veces) con el tema de los alojamientos y demás. En realidad, Tempest no le encontraría ninguna utilidad al Gremio de Magos de no ser por el tema del alojamiento y de lo poco que pueda aprender allí, así que la he metido a capón como quien no quiere la cosa :D Además, la misión del minino invisible siempre me resultó de lo más graciosa.
Zyra Rose Weasley: Graciassssss ^^ Me estoy leyendo tu fic y te animo a que sigas y lo desarrolles, nunca sabes por dónde pueden salir tus propios personajes. Y tranquila, yo también tuve mi etapa con Martin Septim, antes de crear a Tempest yo iba con una nórdica revoloteando alrededor del NPC y su impagable voz prestada por Sean Bean... hasta que Martin desapareció y yo me di por vez primera cuenta de que mi personaje era una giganta U¬¬).
Deefth: ¡Yay! ^^ El Skyrim... a mí se me ocurrió empezar sobradísima a nivel DIFÍCIL en dificultad. Me frieron viva en las cuevas subterráneas para salir de Helgen (y fue un maldito oso al que no debí de haber disparado cuando dormía). Tempest y Martin... es que, siendo honestos, yo le veo con ella más como un amigo que de otro modo, me dio por ir mirando edades en el ConstructionSet y casi me caí de espaldas al ver que Martin tenía... ¡50 años! Como no me cuadra con el tema de que es el menor de cuatro hermanos y el más joven de los otros tres tenía 53 cuando lo asesinaron, pues le he quitado 6 años cuadrándolo todo con las fechas del Simulacro Imperial. Graciasss ^^
AyleidGirl: Gracias de verdad por toda tu ayuda para fijarme cuando me paso con las descripciones. Tempest tiene, efectivamente, una vena macarra que le hará desenvolverse bien con la gente que necesita que le den caña (ya que no puede patearles el culo, pues que les ponga de hoja perejil xDDD). Y a Armand es que siempre le vi cara chiste xD
FranOviedo20: ¡Gracias por comentar! Intento ser amena, ya que escribo mucho texto y la gente se puede aburrir, pero es que no me gusta nada acelerar una historia innecesariamente sólo para ir a lo esencial, porque le resta mucho potencial y se suelen quedar en nada. A Tempest la voy desarrollando poco a poco, ya que cambiará de pensamientos en muchas cosas, evolucionará como persona y madurará a la fuerza. Y el amigo Lucien Lachance todavía se oculta en las sombras, soy consciente de que es un personaje muy popular y con carisma, yo misma quiero llegar al punto en el que aparece, pero todavía no... todavía... ahí lo dejo xD
No tengo idea de cuántos capítulos me llevará ésta historia, que, a su vez va enlazada con la que estoy preparando sobre Skyrim. Todo se andará. ¡Un beso a todos y espero que os guste!
