Capítulo 8: La carta de Cora

Emma subió al VW y le permitió a Regina arrancarlo. La morena la guió por una ruta hacia las afueras de la ciudad, hasta un pequeño lago que se encontraba al final de un alambrado. Luego le preguntó si tenía repelente para mosquitos. La rubia respondió que sí, que siempre llevaba uno debajo del asiento del acompañante. Gina intuía la respuesta: su padre hacía lo mismo.

Para la corredora no sería necesario usarlo ya que aún vestía el traje de carreras, pero Regina, con un simple vestido y las piernas al completo descubierto, era una carne tentadora para cualquier bicho de las praderas… y de una profesional de las pistas, también.

Al llegar, la latina se tendió sobre el pasto y lanzó a un costado sus tacones. Unió sus piernas y las arqueó hasta tocarse con las manos sus pies descalzos. Luego se recostó en el pasto unos segundos y cerró sus ojos. Un rato después, el sol comenzó a asomarse por el oriente, por lo que el cielo comenzó a tomar un tono naranja, al igual que el color del agua. Regina abrió sus ojos, y notó la mirada atenta de Emma clavada en su nuca.

Regina: Disculpa. Me estoy demorando más de lo acordado. Vamos.

Emma: No, está bien. Sólo te miraba, no entiendo muy bien qué hacemos aquí, pero veo que te hace bien.

Regina: Me acerca a mi padre. A veces, cuando necesito un poco de paz, calmar mis nervios o simplemente conectarme con él vengo aquí. Este lugar me recuerda mucho a la costa de Olivos, a la orilla del Río de la Plata, donde él solía llevarme de pequeña. Cuando me convertí en una adolescente comencé a venir sola. Siempre que discutíamos, que me peleaba con mi novio del momento, que me pasaba algo desagradable o que simplemente perdía por algún motivo mi equilibrio emocional iba allí. -Toma aire- Una vez, cuando tenía 15 años, se me ocurrió la loca idea de irme de mi casa. -Hace memoria.- Estaba muy enojada con mi papá. Unos corredores amateurs le habían obsequiado unos conejos y un pato hembra para cocinarlos en Navidad en unos 5 meses. Él les había prometido que cuando estuvieran iba a invitarlos a almorzar el 24 y los comerían. Me había dicho que no me encariñara con ninguno de los animales, pero claramente no le hice caso. Les puse nombre, jugué con ellos. Quería ser siempre yo quien los alimentara. Los orejones se llamaban Matilde, Cordelia y Mordelón; y la patita, Ugly, porque era medio feucha cuando la trajeron, pero al mes de alimentarla se transformó en una gansa preciosa. -Sigue el relato, sin quitar la vista del lago- Un día antes, y pese a mis súplicas, los mató a los 4. Según él, debía sacrificarlos porque ya le había confirmado el almuerzo a sus seguidores y, al fin y al cabo, habían nacido para eso. Yo me llené de ira. No podía perdonarlo, tampoco creía que tuviera razón. En la madrugada me escapé. Le dejé una carta diciéndole que no podía perdonarlo, que estaba equivocado. Que uno no nace con el destino marcado, que está en nosotros mismos todos merecemos una oportunidad, y que esos animalitos no iban a ser un plato siempre y cuando tuvieran alguien que luchara por ellos aún después de muertos. Me llevé sus cuerpos a la orilla del río y, mientras preparaba unas balsas con unas maderas que había recogido de algunos árboles, llegó mi papá. Me abrazó desde atrás y yo atiné a sacarlo y a amenazarlo con una rama larga. No iba a volver a casa y… ¡Que ni se acercara al cuerpito de mis mascotas! -Suspira- Bueno, para mí eran mis mascotas. Él me aseguró que no se los llevaría, que cancelaría el almuerzo con los corredores y que me ayudaría a hacer las balsas. Esa noche construimos juntos las balsitas y a cada una le prendimos una velita antes de lanzarlas al río. -Toma aire- Por supuesto, volví a casa. Cuando llegamos, le pregunté cómo sabía dónde estaba yo. Me respondió que me conocía, que me había enseñado todos los lugares que hasta el momento conocía y que sabía a cuál de ellos podía recurrir en una situación como esa. Ahí me di cuenta que no había lugar en el mundo hasta el momento que no hubiera recorrido con mi padre, y me propuse como meta, comenzar a recorrerlo sola. -Gira la cabeza, y ve a Emma sentada mirándola con la cabeza apoyada en su rodilla izquierda.- Disculpa, me extendí demasiado. No soy como August.

Emma: Al contrario, te estaba escuchando. Me causa ternura imaginarte peleando por esos animalitos, Es dulce ver que detrás de esa coraza de formalidades se encuentra una mujer sensible y con mucho amor para dar. -Bosteza-.¿Tienes perros? ¿Un gato?

Regina: No, Robin es alérgico. Además, vivimos viajando, Creo que le tomarían más cariño a Rubí que a nosotros.

Emma: ¿Quién es Rubí?

Regina: Nuestra empleada doméstica.

Emma: Ah, bien. ¿Sabes? Yo creo que te haría bien una compañía, alguien a quien amar. -Se hace un silencio y se ruboriza.- Me refiero, como mascota. Quizás no puedas viajar con un gato, pero quizás un hamster…

Regina: Ya te he dicho, Robin es alérgico y, en general, adonde viajo viajamos juntos.

Emma: Claro.

Regina: No lo tomes a mal, no quise ser grosera, yo sólo explicaba…

Emma: No tienes que explicarme nada. Es sólo que ustedes… no sé, no parecen un matrimonio. Quiero decir, no parecen un matrimonio que se ame. Quizás se quieran mucho, se respeten, o no. pero no se aman. Yo no te veo enamorada.

Regina: -Intenta incorporarse.- Bueno, ya es tarde, va a ser mejor que vayamos…-Se tropieza, y una astilla se clava en su pie izquierdo. Pierde la estabilidad y cae directamente sobre Emma. Por el peso y la inclinación del terreno, ambas rodaron hasta caer a la orilla del lago, y embarrarse por completo.- ¡No, no, no, no, no, y no! -Golpea el agua.-

Emma: -Corre la cara, salpicada por el golpe de Regina- ¿Estás bien?

Regina: -Sale del agua saltando en un pie- Me astillé pero sí, estoy bien. -Se sienta y toma su pie, intentando quitarse la astilla.- Soy horrible para esto.

Emma: En todos los aspectos podés decir mil cosas menos que sos horrible. ¡Ni siquiera llena de barro lo sos! Mostrame el pie, yo te ayudo. -Levanta el pie de la dama.- Toma una piedra.

Regina: ¿Para qué?

Emma: Para apretarla fuerte cuando te duela.

Regina: ¿Que me duela q… -Emma le apreta la planta para sacarle la astilla- ¡AUUUUGH!

Emma: Eso. Ya está. Menudo pinche.

Regina: -Intenta incorporarse- Gracias. -La rubia le tiende la mano, y Gina la toma.- Te voy a embarrar todo el auto.

Emma: No a mí, a tu padre.

Regina: Eso es un golpe bajo.

Emma: Sólo trataba de que no te sientas ajena al coche, sé lo importante que es para ti.

La morena se tambaleó, y Swan la tomó de la cintura para evitar que perdiera estabilidad. Por reflejos, Regina trató de evitar el contacto, frenando con su mano derecha el brazo de la corredora. Sin embargo, luego la soltó y se dejó tomar.

Emma: ¡Ey! ¿De verdad estás bien?

Regina: S… sí. -Gira la mirada, evitándola.- Si, gracias.

Emma: Ok. -La suelta, y mira alrededor.- ¿Cómo te ves haciendo de indígena?

Regina: ¿Qué?

Emma: Aprendí en un viaje a África a desinsectizar artesanalmente hojas de palmera para hacer taparrabos. Supongo que puedo adaptarlo a corpiños también. Acá no hay palmeras pero podemos usar las hojas de un filodentro que… -mirando el terreno- debería de andar por aquí…

Regina: -Tose- Oh, no. Debes estar bromeando. Además… ¿Filodentro dijiste? Eso no crece en Estados Unidos. Sólo hay en Sudamérica.

Emma: No crece… hasta que la plantas.

Regina: -Frunce el ceño.-

Emma: Oye, no eres la única que frecuenta este lugar, ¿Sabes? También le encontré su encanto hace unos meses. -Silencio.-

Regina: Ya veo. -Suspira.- A veces me asustas, Swan. Me sorprendes.

Emma: ¿Te asusta que te sorprenda?

Regina: No lo sé. Tal vez me asusta notar… que después de todo no somos tan distintas. -Cambia de tono- Igual me niego a usar un sostén de clorofila.

Sin embargo, el asco al barro y la necesidad de estar en su hogar antes del horario de partida a Barbados pudieron más que el pudor de Regina. Así fue como mientras Gina se aseó un poco en la parte más profunda del lago, Emma entretejió hojas de filodentro con algunas de helechos más cortos para confeccionar dos bikinis, un short y una pollerita de helechos. Antes de salir, Emma le tiro por partes su parte del ajuar.

Regina: -Sale del agua y se viste, mientras Emma estaba de espaldas.- Quiero una explicación de por qué a mí me hiciste una pollera, muy pinchuda por cierto, y vos te hiciste unos pantaloncitos.

Emma: -Aún de espaldas- En primer lugar, porque no puedo desfoliar toda la planta. Es un ser vivo también, y sufre. Y en segundo… bueno, confeccioné yo la ropa, algún morbo me tengo que permitir. -Sonríe y saca un poquito la lengua, pícara.-

Regina: No tienes cura. Bien, ya estoy.

Cuando Emma giró, perdió el aliento. El cuerpo de la morena era realmente una escultura. Sabía que alabarla sólo la haría quedar grosera, pero no podía evitar contemplarla. Era perfecta. Soñada. El corpiño le quedaba completamente entallado. Pese a no conocer sus medidas, sabía hacerse a la idea de sus curvas, aunque nunca había podido cristalizar sus visiones. Por su parte, Regina también la observó. Si bien la corredora no estaba trabajada la notaba hermosa. Verla así, tan despojada de todo y mostrándose salvaje y dócil a la vez le daba un escalofrío que, de alguna forma, la hacía sonrojar.

Regina: Bien, ¿Dónde pongo el vestido?

Emma: En el baúl. Yo ya guardé el traje. Con suerte llegaré apenas abra la lavandería. Ten cuidado al subir al coche. Tengo algunas cosas desparramadas por el piso y puedes cortarte.

Regina: -Le entrega el vestido a la rubia y ella lo guarda en el cajón- Gracias.- Sube al auto y se sienta en el asiento de la acompañante. Emma hace lo propio frente al volante.-

Emma: -Observa que no pise nada, y nota una tobillera con un dije particular en el pie izquierdo de la morena.- ¿Lo llevas siempre? Nunca noté que lo tuvieras.

Regina: -Se mira el pie- ¿La tobillera? Sí. Como la tira es larga, tiendo a esconderla en el zapato.

Emma: ¿Tiene un dije? No es habitual que la gente lleve de esas aquí.

Regina: Sí, es una llave.- Levanta la pierna, causando un leve mareo en su pilota.- ¿Ves? Me la obsequió mi padre al mes que empecé a salir con Robin. Me dijo que cuando fuera el momento, me diría el valor de esa llave.

Emma: ¿Y te lo dijo? Es decir, llegó a decirtel…

Regina: -La interrumpe.- No, pero igual la llevo conmigo. No sé, supongo que siento que en algún momento podré hallarlo yo sola. Bueno, ¿Tu casa es lejos de aquí? Conoces la zona, tomando en cuenta que la frecuentas también.

Emma: -Abre mucho los ojos- ¿Disculpa?

Regina: ¿Qué? ¿Qué dije?

Emma: ¿Mi casa? Y luego soy yo la que no paro…

Regina: Ay, no. No me mal interpretes, pero está claro que debo pasar por tu casa a vestirme, aunque sea de mujer. No puedo entrar a la mansión semi-desnuda y vestida de planta. Hoy es la caravana al barco que zarpa para Barbados y ya deben estar llegando los primeros medios.

Emma: -Toma aire.- Entiendo. Mira, yo también corro la ROC. Puede que haya medios allí también.

Regina: Si, pero puedes meter el auto en el garage.

Emma: ¿Qué garage?

Regina: ¡¿No tienes aparcamiento?!

Emma: Sabes que lo dejo en el taller. Nunca creí necesario tenerlo.

Regina: -Mufa- Genial.

Emma: Pero allí tengo el otro traje de corredora que usaste la primera noche y el traje de las chicas.

Regina: ¿Los de mecánica?

Emma: ¿Qué pasa? ¿Bajarte de los tacones y el Chanel te da urticaria?

Regina: No es eso, sólo que levantará sospecha que el hecho de que llegue vestida así.

Emma: Yo creo que no, por el contrario, pasarás desapercibida. Unos buenos lentes, el traje, y eres una empleada doméstica más de tu mansión. Una alfarera, albañil, obrera.

Regina: No tenemos nada de eso.

Emma: Ellos no lo saben.

Regina: Ok.


Barbados es un estado soberano insular situado entre el Mar Caribe y el Océano Atlántico que integra las Antillas Menores Está dividido administrativamente en once parroquias que deben su nombre a la religión anglicana de los colonos ingleses. Si bien la economía tradicional del lugar se sostenía principalmente por la producción de azúcar, en los últimos años se generó una explosión turística proveniente de Estados Unidos y Europa que convirtió al turismo en su principal fuente de PBI, convirtiendo a la isla en un sitio de constantes migraciones. Como todos sabemos, en donde hay abundante recambio de gente, hay abundante tráfico. Y sexo, por supuesto. Una alta y ostentosa oferta sexual.

No es casual entonces, que la ROC se fuera a realizar allí aquel año, aunque resulta una increíble ironía del destino que Zelena Fisher estuviera trabajando en ese sitio ese año, ni que ejerciera el oficio que sorprendentemente había ejercido la persona que, de algún modo, le había arruinado la vida.

Tinkerbell tenía que arreglar unos asuntos con respecto a ella en la Isla, por lo que llegó unas horas antes que los corredores al lugar, y se citó, como es de costumbre, en uno de aquellos bares de mala muerte en los que suele plantear sus trabajos sucios.

Xxx: Bonsoir, madame. ¿Qué la trajo por esas tierras tan temprano? -Le toma la mano, y hace reverencia.-

Rose: No te hagas el fino conmigo, que conozco la zanja de la que saliste. -Le quita la mano.- Yo te saqué de ahí.

Xxx: Sólo trataba de ser cortés. ¿Para qué me necesitas, Rose?

Rose: Tengo que rastrear dos cosas, y sé que sólo hay dos personas con fama de buenas rastreadoras en América del Norte. Una es un personaje de historietas llamado Detective Conan, y la otra eres tú.

Xxx: Pues entonces has dado con la persona indicada, dime.

Rose: -Saca un papel.- Mira, esta es la carta-testamento de un viejo corredor de origen argentino. En él menciona dos personas y una cosa: su ex mujer, su hija perdida y una carta. Necesito encontrar estos tres pilares, y creo que uno puede llegar a estar acá.

Xxx: ¿Qué te hace pensar eso?

Rose: En el escrito se menciona que la mocosa ya crecidita se llama Zelena, y que tiene 5 años más que Regina, la mujer de uno de mis representados. Hace dos años conocí a un corredor, gatero él, que estuvo con una tal Zelena Fisher. Casualmente el apellido de la ex mujer de este argentino era Fisher. No me sorprendería que la muchacha hubiera dejado de usar el apellido del padre y se tratara de la misma que estoy buscando. Rastreando un poco la red de prostitución en la que se maneja llegué aquí. No me preocupaba hasta ahora. En realidad, sigue sin sacarme el sueño, pero puede resultarme útil para mantener calmadito al imbécil de mi cliente, que se me está retobando un poco últimamente.

Xxx: Bueno, encuentro a la chica ¿y qué hago después?

Rose: Nada, sólo dime dónde ubicarla y ya. ¡Ah! y la carta.

Xxx: ¿Está acá también?

Rose: En realidad no sé dónde puede estar, pero le guardo respeto. Los papeles son filosos. Más peligrosos que un fusil. Se firma un papel cuando se dicta una sentencia de muerte, y una persona se electrocuta en la silla eléctrica. Se firma un papel cuando se declara una guerra y se firma un papel cuando se otorga un acta de defunción. Los papeles, muchas veces, cargan con la vida y la integridad de las personas. No se debe subestimar el poder de los papeles.

Xxx: ¿Con qué datos voy a contar para encontrar dicha carta, entonces?

Rose: Con esto. -Le entrega el testamento.- yo no pude hacer más nada pero intuyo que tú sabrás qué hacer. Para eso te pago.

Xxx: No me parece información suficiente para encontrar un objeto del que no se sabe nada.

Rose: Sé que no es suficiente y que te resultará difícil, si fuera algo sencillo lo habría conseguido yo. Lo derivo porque no la pude obtener. Para eso te pago, bueno para nada.

Xxx: Ok. Veré qué puedo hacer.


Emma y Regina llegaron al taller pasadas las 7 a.m. La corredora le facilitó a Gina el traje de mecánica de Luciana y fue con la ropa a la lavandería, que estaba por abrir sus puertas.

Al regresar al taller se sonrió, puesto que Mills vestida de mecánica era realmente otra persona. Divertida, fue a buscar los lentes de soldar para pedirle que los use y poder reirse juntas un rato, cuando notó la presencia de un cofre en el armario de las herramientas. Recordó que ese pequeño nécessaire se encontraba en el baúl del VW cuando se lo vendieron. Por su apariencia, alguien había intentado profanarlo, pero sin éxito. Emma olvidó los anteojos y tomó el cofre.

Emma: Mills, ¿puedo mostrarte algo?

Regina: -Se gira.- Claro, ¿qué?

Emma: -Extiende el pequeño cofre.- Este pequeño baúl se encontraba en el VW al momento que lo compré. Estaba bajo un asiento, lo descubrí poco tiempo después de comprarlo. Un día que las chicas no podían lavarlo porque estaban de vacaciones y lo mandé a un lavadero de autos. Está algo golpeado, quizás esos rufianes intentaron abrirlo para saber si había dinero. Como sea, se me ocurrió… Quizás sea un delirio, pero pensé que tal vez la llave de tu tobillera lo abra.

Regina: ¿Qué? Ay por dios, ¡Cómo se te ocurre! -Mira el cofre.- Es un viejo cacharro, alguna mujer lo debe haber olvidado allí.

Emma: Puede ser pero… ¿podrías intentar abrirlo, aunque sea?

Regina: ¿Hay algo que tú sepas que yo no?

Emma: No por el momento, pero puede que lo averigüemos juntas.

Regina: -La mira de reojo.-

Emma: De verdad, mira, no sé que sea, pero siempre fui una persona intuitiva. He cometido graves errores en mi vida por no seguir a mi intuición. Aprendí de ello. No pierdes nada con intentarlo.

Regina: -Aún dudando de la veracidad de las palabras de la rubia, se desprende la tobillera por debajo del pantalón de gomera y toma la llave en su mano derecha- Okay. Espero que no tengas nada entre manos, Swan. -Coloca la llave en el cerrojo del cofre. Ésta baila un poco, pero luego encaja. Le da dos giros. El cofre abre.- No.

Emma: -Mira a Regina, quien se tira hacia atrás y patea la llave- Oye, espera, ¿qué ocurre?

Regina: -A los gritos- ¡¿Quién eres?! Dime quién eres, maldita seas. Quién eres, qué tienes que ver con mi padre y por qué sabías el valor de esa llave. ¡Dime por qué te lo dijo!

Emma: ¡Cálmate ya, Regina! Yo no sé nada, simplemente lo supuse, lo intuí y lo compartí contigo porque imaginé que para ti sería importante. En vez de atacarme a mí fíjate tú por qué conoces o desconoces lo que te rodea.

Regina: -Toma aire y se pone en cuclillas- No sé. No sé.

Emma: -Se le acerca y pone una mano en su hombro- No me ataques, no busco lastimarte. -Se agacha.- ¿Quieres ver qué hay dentro?

Regina: No. Es decir, no estoysegura.

Emma: Podemos abrirlo juntas.

Regina: -La mira directo a los ojos- Está bien.

Abrieron juntas el cofre. Allí encontraron fotos de Regina de pequeña, fotos de su padre, de una mujer que parecía ser su madre y de una pequeña, de entre cuatro y seis años que la tenía en brazos. También dibujos realizados por un niño pequeño en el que se veía, con un trazo particular, dos mujeres adultas, una con panza, un hombre y una niña. La niña tomada de la mano del hombre y de la mujer sin panza, mirando con una sonrisa a la mujer panzona. Luego, al final del nécessaire, una carta. Se encontraba en un sobre amarillo, perfectamente doblada. La morena titubeó, pero luego de cruzar miradas con Emma la abrió. Lo que leyó fue lo siguiente:

Querida Hija:

Si estás recibiendo esta carta, será seguramente porque encontraste el verdadero amor. Le pedí a tu padre que te la haga llegar cuando estuvieras próxima a ser mamá, a formar una familia y a ser feliz. Sé que no soy un ejemplo, que nunca lo fui y que no espero que me sigas, pero sí que mis errores te ayuden a ser una mejor persona. A amar de verdad.

No dudo en que él habrá sabido guiarte, cuidarte y criarte. Que te llenó de amor, tanto a vos como a tu hermana, y que te dio la familia que yo no fui capaz de darte. De todos modos, tu final será diferente del mío. Todo niño tiene derecho a conocer su historia, incluso siendo pequeño, pero intuyo que, si Henry cumplió mi pedido, tú aún no conoces por completo la tuya. La nuestra. La mía. Es por ello que hoy te entrego esta carta, es hora de que sepas la verdad.

Fui una niña intrépida, audaz y muy desfachatada. Estudié baile desde muy joven, incentivada por tu tía. Con tan sólo 13 años comencé la carrera de bailarina profesional de ballet en el Teatro Colón, como sabrás, uno de los más prestigiosos de la Argentina. A los 20 años culminé mis estudios de danza, pero debido a mi baja estatura y a la falta de contactos en el medio me resultó dificultoso ingresar a las tablas. Por este motivo bailaba principalmente en eventos privados y festivales, aunque jamás dejé de presentarme a audiciones. Fue una de éstas la que me cambió, de alguna forma, la vida.

Fue en noviembre de 1982. El país estaba pronto a retornar a la democracia. Me presenté a la audición de "El Cisne Negro", un repertorio de ballet que se montaría en el Teatro San Martín. En esa obra restaba importancia la estatura. No es por falsa modestia, pero me destaqué en casi todas las etapas de la selección, llegando a ser una de las favoritas del jurado. Sin embargo, no era la única en destacarme. Eva, una joven bailarina de 18 años también había conseguido obtener excelentes críticas, por lo que ambas debimos elaborar una performance desempate.

El día de la presentación, mi tía tuvo un sospechoso accidente. Un bus de la línea 168 la envistió cruzando con el semáforo en rojo, causándole múltiples fracturas y una gran pérdida de sangre. Obviamente que desistí de ir a la audición y llegué lo más rápido que pude al hospital. Ella no había perdido el conocimiento y cuando me vio, acarició mi mejilla y me dijo "Cora, mi bella, no dejes de presentarte por mí. Esta es una prueba más que te pone la vida, yo voy a estar bien, ve y demuéstrale al jurado de lo que eres capaz. Lucha por tus sueños. Necesitarás mucho valor, fuerza y coraje para cumplirlos."

Le hice caso y fui. Con todo el pesar del mundo dancé como nunca lo había hecho. Sin embargo, perdí la audición. Esa misma noche, mi tía falleció. Dos semanas después vi a Eva a los besos con uno de los integrantes del jurado.

Admito que ese hecho me partió en dos, pero no fue el que desencadenó mi perdición. Un mes después de la muerte de mi tía, comenzaron las audiencias de conciliación previas al juicio por el accidente. Allí conocí al chofer del colectivo. Después de ese día, sólo lo vi una vez más. Fue una noche de marzo de 1983. Salía de un albergue transitorio del barrio de Almagro… con Eva. Fue así como comprendí su juego. Entendí lo que había ocurrido. Siendo apenas una teenager, Eva había sabido utilizar su cuerpo para seducir a quienes le permitirían acceder fácilmente a cumplir sus sueños. El mundo es machista, y pocas son las mujeres que se atreven a desafiar sus leyes. Mi tía fue una de ellas. Espero que tú, hija mía, seas otra. Yo no tuve ese valor.

A partir de allí, empecé a utilizar mi cuerpo cual si fuera una mercancía. Me acosté con el mismo jurado que Eva, por supuesto. Y también, con todo miembro del jurado de índole masculino. Cuando me llegó la propuesta de protagonizar El Cisne Negro, está en claro que la rechacé. Sólo me encamé para vengarme. Para vengarme de Eva… y vengar la muerte de mi tía.

A partir de allí, lo tuve todo y me vacié por dentro. Comencé a trabajar como promotora, hasta que conocí a un manager de modelos de Turismo Carretera, casado por supuesto, con el que me acostaba todos los lunes y miércoles de la semana. Él consiguió darme un empleo como promotora de Volkswagen, pese a mi baja estatura. Me pagaba muy bien y me hizo conocer a varios individuos más que comencé a llamar clientes con los que por una suma de billetes verdes pasaba las noches de mis dos décadas y media de vida. Sin embargo, fue durante el día que conocí al hombre que más me amó. Tu papá.

Comenzamos siendo amigos, y sinceramente nunca quise que fuéramos más que eso. No quería arrastrarlo a arruinarse la vida. Fue mi primer y único amigo. Mi primer y único amor. La única persona a la que podía confiarle todo y, aun así, seguía manifestándome afecto. Él estaba casado, yo lo sabía, y sólo porque también lo quería, no quise destruir su matrimonio. Quizás por esto fue que nunca pasó "nada" entre nosotros. Nada más que un amor puro, corto y eterno, que sólo pudo dar una corta rienda cuando me atreví a contarle la verdad acerca de mi patología. Cuando quedé embarazada de ti, nuestra "amistad" llevaba dos meses. No sé con exactitud quién es tu papá biológico y creo que no lo sabré nunca. Por las noches, la heroína era lo único que me ayudaba a salir, a olvidar lo que la vida me había deparado por cobarde. Henry quiso ayudarme. Quiso amarme. Apenas supe que vendrías, quise despojarte de mí. Me parecía un acto completamente egoísta traerte al mundo, para que seas, como yo, una infeliz. Sin embargo, él no me dejó. Me pidió que te tenga, que me cuidara y que te cuidara. Que tomara la medicación para que tú no nacieras con la misma enfermedad con la que la muerte me habrá llevado pronto. Muchos lo llaman por el nombre de su causante, el Virus de Inmunodeficiencia Humana. Otros le dicen SIDA por las siglas del síndrome. Yo simplemente le llamo La Cosa. Esa cosa que, cuando finalmente decidí dejar de autodestruirme, se encargó de seguir haciéndolo por mí.

Cuando llevaba cuatro meses, él dejó a su mujer. Le imploré que no lo hiciera, pero me dijo que no podía engañarla. Que me amaba y que, aunque yo no lo quisiera corresponder, él ya no podía amarla. Sé que fue un acto de amor, pero me destrozó el alma por Zelena. Esa pequeña, tu hermana mayor, es muy apegada a él. Temí que, cuando se separara, ella sufriera. Sin embargo tu padre es un gran hombre y la está llevó como un campeón. Siempre traía a la nena a los controles, ella le hablaba a la panza y te hacía dibujitos que cuando naciera te iba a regalar. Yo guardé algunos en el cofre, espero que sepas valorarlos. El arte de una niña de cinco años suele ser algo surrealista.

Cursando el octavo mes de embarazo me diagnosticaron un tumor de páncreas que casi me cuesta la vida, y a ti también. Sin embargo sobrevivimos. Naciste un 15 de julio, radiante y hermosa. Hacía frío. Tu hermanita llegó con dos bufandas y tres camperas para conocerte. Bueno, ya sabrás, tu padre es un exagerado. Verte me hizo feliz. Fuiste, eres y serás lo más lindo que me dio la vida, aunque ya esté próxima a acabárseme. El tumor que me diagnosticaron hizo metástasis en todo mi cuerpo. Mi enfermedad, seguramente, colaboró para que su propagación fuese en tiempo récord. Pronto, no sé si en una semana, un mes o un semestre, dejaré este mundo. Espero poder cuidarte desde donde esté. No dudes que desde allí también te amaré. Ojalá algún día puedas perdonarme por no haber podido ser la madre que hubieras soñado. Por no poder ser, en sí, tu madre. Por pedirle a tu padre que te oculte parte de tu historia. Quizás algún día seas madre y me entiendas. Una para sus hijos quiere lo mejor, y ellos simplemente nos tienden a imitar, aun siendo sólo unos bebés.

Te ama,

Mamá.