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Capítulo 9: Después de la tormenta
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Eran varios cientos de personas, todas ubicadas ordenadamente en la arena del coliseo y sus tribunas, una junto a la otra. Soldados y aprendices, todos aguardaban en el más absoluto de los silencios, observando expectantes hacia las elevadas gradas superiores. Silencio…uno casi palpable. No importaba que prácticamente todos los habitantes del Santuario se encontraran allí en esos momentos, el silencio era tal que las respiraciones casi podían sentirse en el aire. Ni siquiera la presencia de las sagradas senshis, ubicadas aquí y allá entre las gradas de piedra, despertaba los usuales murmullos de sorpresa y admiración. El Santuario entero contenía el aliento, observando atentamente hacia arriba, hacia Magno, el Gran Patriarca, quien contemplaba a la multitud reunida a sus pies desde lo más alto del coliseo. Recto como una lanza, con las manos entrecruzadas detrás de la cintura y su larga túnica azul, el anciano sacerdote parecía la imagen misma de la solemnidad. Cuando finalmente habló, rompiendo el tenso silencio, su voz sonó fuerte y decidida.
—Guerreros del Santuario, hermanos míos, todos saben porque han sido convocados aquí el día de hoy—el silencio se mantuvo suspendido como un manto sobre la multitud expectante—Algunos de ustedes estuvieron allí, en las puertas de nuestro refugio, cuando las pobres gentes de Magellan acudieron a nosotros en busca de ayuda. Otros, soldados de plata, patrullaban los alrededores en esos instantes, cuando la tierra tembló y los cielos se iluminaron…—Magno cerró los ojos, inclinando levemente la cabeza—Y muchos otros…muchos otros ya no se encuentran aquí para contar lo sucedido… Es con éstos últimos con quienes estaremos eternamente en deuda, y por eso es mi deber, mi honor y mi obligación informar a todos sobre lo que realmente sucedió hace tres noches.
Los soldados y guerreros reunidos en el coliseo aguardaron expectantes. Mucho se había dicho y especulado sobre el terrible ataque dirigido por las huestes de Chaos, el cual había logrado llegar hasta las mismísimas puertas del santuario de la diosa de la Luna. Sin embargo, muy pocos eran los que realmente sabían lo que había sucedido. Muchos rumores corrían de boca en boca. Se sabía que varios soldados de plata jamás regresaron de sus turnos de vigilancia. Se decía que incluso algunas de las sagradas senshis habían caído, aunque la gran mayoría parecía estar allí en esos momentos, repartidas aquí y allá entre las gradas del coliseo, escuchando impasibles lo que el Gran Patriarca tenía para decir. Con solo girar la cabeza, cualquiera podía ver a Minako, la senshi de Venus, apoyada de brazos cruzados contra una de las grandes columnas de mármol de las tribunas. Allana senshi del Sol se encontraba de pie justo a su lado, con la misma expresión de preocupación llenando su rostro. Asteria senshi de la Tierra también estaba allí, de pie en una de las gradas más altas, observando fijamente al patriarca. En un rincón apartado, Setsuna, la afable guardiana de Plutón, esperaba tranquilamente sentada en posición de loto, con los ojos cerrados y los dedos entrelazados a la altura del regazo.
—Hace tres noches fuimos atacados—continuó Magno, alzando orgullosamente la cabeza—Fue un ataque muy bien pensado, meticuloso, que involucró a dos de los llamados Guerreros Centinelas y a una hueste de más de doscientos soldados oscuros. La mayoría de ellos fueron detenidos en la entrada a Magellan por los diez valientes soldados que en esos momentos vigilaban la zona—el patriarca guardó un instante de respetuoso silencio, bajando la mirada—Galba , Himrar, Marcus, Algernon, Kain, Hagen; Lucyus, Nobo, Haeilk y Reon …todos ellos lucharon con valentía, conteniendo a los numerosos guerreros que intentaron destruir Magellan y avanzar hasta el Santuario. Y de esa forma, luchando con bravura y honor, fue que cayeron… —Magno abrió ambos brazos, convirtiendo su voz en un trueno—Más su muerte no tardó en ser vengada, pues no solo los soldados de plata se encontraban allí… Pandora guardiana de Némesis, una de las doce sagradas senshis, se presentó en la escena, venciendo no solo al resto de la legión de guerreros negros, sino también a su poderosa lider, Zell, la personificación de la rivalidad y la discordia, una deidad llena de inquina y odio hacia todos a su alrededor.
Los murmullos de asombro rompieron el sepulcral silencio que envolvía al coliseo. Prácticamente ninguno de los allí reunidos sabía demasiado de la agresiva senshi de Némesis. Aún así, la noticia de que ella sola hubiera logrado destruir ese frente de ataque, incluyendo a la terrible centinela, los maravilló y sorprendió a la vez. No pareció ocurrir lo mismo con el resto de las senshis, muchas de los cuales bajaron la mirada, consternadas. Minako, la joven senshi de Venus, fue incluso más lejos, asestando un fuerte puñetazo en la columna contra la que había estado apoyada. El resto de los presentes no tardó en entender el por qué de ese gesto.
—Tamaña victoria, sin embargo, no estuvo exenta de sacrificios…—prosiguió Magno, en un tono más bajo, pero sin perder el orgullo en su voz—Pandora logró vencer a tan terrible oponente…pero dejando su vida en el campo de batalla a cambio…—el silencio volvió a extenderse, más sombrío que nunca, sobre el coliseo—Así es, hermanos míos, los rumores son ciertos. Pandora cayó durante el combate, y no solo ella… Aprovechando la distracción generada en el pueblo, un segundo centinela de poder incalculable se infiltró en el Santuario. Cratos, la mítica personificación de la fuerza y el poder, logró llegar hasta las puertas del templo de Ceres. Allí fue interceptado por el Sakura, quien no le permitió continuar su avance hasta las habitaciones de la señorita Selene...
Aquello fue un golpe mucho más duro de lo que cualquiera podría haberse esperado. Todos intercambiaron miradas llenas de confusión y dolor. Dos de las poderosas senshis, prácticamente consideradas semidiosas entre los habitantes del Santuario, habían caído durante el ataque. Y una de ellas era Sakura, la maestra, quizás la senshi más querida y admirada. ¡Muchos de los allí reunidos eran jóvenes que hasta tres días atrás habían estado bajo sus sabias enseñanzas! No había manera de mitigar el asombro y el dolor ante semejante pérdida, ni siquiera por parte del resto de las senshis. Minako no hizo nada por ocultar las lágrimas que comenzaron a resbalar por sus mejillas, ni tampoco Allana, la senshi del Sol, de pie a su lado, quien apoyó una mano en el hombro de su amiga intentando contenerla. Nuevamente fueron las palabras de Magno las que sacaron a todos de su trance.
— ¡Hermanos, préstenme sus oídos!—exclamó con un profundo vozarrón—Incluso las poderosas senshis han caído a causa de esta terrible guerra… Hemos decidido que ya no esperaremos más. Numerosas tragedias han sido reportadas en el norte, donde el sello de Chaos se encuentra escondido. Sus huestes han expandido progresivamente su influencia por todo el territorio alrededor, masacrando gente inocente y reduciendo pueblos y ciudades enteras a cenizas. Las autoridades del Imperio están desconcertadas ante semejantes acontecimientos, no entienden quien puede ser el responsable de ataques tan terribles dentro de sus fronteras. Pero nosotros sí entendemos, nosotros sabemos. Por eso no podemos consentir estas atrocidades, ni permitir que la esencia divina de Chaos reencarne en el mundo. En tres semanas, hermanos, en tres semanas nos pondremos en marcha hacia Elysion. Preparen sus cuerpos y sus corazones hasta entonces, porque les aseguro que la masacre de los inocentes y la muerte de nuestros camaradas de ninguna manera serán pasados por alto…—Magno volvió a abrir ambos brazos, haciendo bailar los pliegues oscuros de su túnica—En tres semanas pondremos fin a la ambición del Señor de la Destrucción; en tres semanas vengaremos a nuestros caídos… ¡Por la paz y el bienestar del mundo! ¡Por Selene!
Cientos de puños se alzaron en el aire al unísono, algunos cubiertos por corazas de plata, otros completamente desnudos, pero todos compartiendo el mismo sentimiento y determinación.
— ¡POR SELENE!
La hora de atacar por fin había llegado.
Todo el Santuario hervía en actividad. Los soldados marchaban apresurados de un rincón a otro, preparando las provisiones y suministros necesarios para el largo viaje que se aproximaba. Los aprendices habían redoblado sus turnos de entrenamiento, al igual que los soldados de plata sobrevivientes. Todos querían aprovechar al máximo los días que aún tenían para prepararse lo mejor posible para lo que se avecinaba. Después de todo, no era algo cotidiano enterarse de que la mayor ofensiva en siglos por parte del Santuario iba a realizarse en tan solo tres semanas. Él, sin embargo, no se había movido del coliseo desde que Magno finalizó su gran discurso. Estaba sentado en las gradas superiores, cabizbajo.
Endimión soltó un profundo suspiro, observando de reojo como el sol comenzaba a ocultarse a lo lejos, más allá de las colinas que bordeaban el refugio de Selene ¿Tendría sentido ponerse a entrenar sin descanso hasta que el día de marchar llegara? Eso era lo único que había hecho en las últimas semanas, luego de su terrible encuentro con Delta. Apretó fuertemente los puños, sintiendo que la amargura y la impotencia lo llenaban poco a poco. ¿Le había servido de algo todo ese esfuerzo? ¿Había podido evitar la muerte de Galba y de los demás, la muerte de la propia Pandora, quien entregó su vida para detener al enemigo? No…no había servido de nada. Y no serviría de nada cuando la hora de partir hacia Elysion, hacia el castillo que Makoto había descubierto, finalmente llegara. Bajó la cabeza, clavando la mirada en el suelo de piedra. Jamás se había sentido tan insignificante en su vida, él, que luego de todo el dolor vivido durante su infancia, al perder a su familia, a su pueblo, lo único que siempre deseó fue proteger a la persona más importante que le quedaba en el mundo. Si…aquella niña que poco a poco había crecido para transformarse en una hermosa mujer; su mejor amiga, aquella niña que finalmente creció para ver nacer el poder de la diosa Selene en su interior.
—Me sorprende ver que aún sigues aquí.
Endimión no hizo ningún ademán de voltear. Había reconocido al instante la voz que sonó a sus espaldas.
—Asteria…—susurró.
La senshi de la Tierra se acercó lentamente hacia él, deteniéndose a su lado. La soberbia armadura turquesa la cubría del cuello a los pies, con el casco sostenido a un costado, bajo el brazo.
— ¿No tienes pensado sumarte a los entrenamientos?—preguntó, observando fijamente como el sol se ocultaba tras el horizonte—Te habías centrado mucho en eso últimamente.
Endimión permaneció cabizbajo, sin mirarla.
— ¿Y acaso me sirvió de algo? Yo estuve ahí, Asteria… Sé que no debí, pero estuve ahí cuando aquella maldita y su ejército atacaron el pueblo…—la voz de Endimión poco a poco se transformó en un susurro—Y no pude hacer nada cuando asesinó a Galba y a los demás…no pude hacer nada cuando la enfrenté cara a cara antes de que Pandora se sumara a la lucha. Si hubiera sido más fuerte, si hubiera tenido más poder, entonces todas esas muertes podrían haberse evitado…
Asteria desvió por primera vez la mirada del horizonte, clavando sus ojos marrones en él.
—Ellos murieron luchando, Endimión, ellos cayeron cumpliendo con su deber hasta el final. ¿Crees que alguno de ellos estaría contento de verte así, dejándote consumir por la culpa y la vergüenza?
—No…—susurró Endimión—De seguro me lo reprocharían, de seguro intentarían animarme. Pero aún siendo así, nada podrá cambiar el hecho de que tuve la oportunidad de evitar esas muertes… La tuve, y no fui capaz de aprovecharla.
— ¿Y qué es lo que harás entonces?—le espetó Asteria, alzando bruscamente la voz— ¿Te quedarás aquí lamentándote y llorando como un crío cuando todos partamos hacia Elysion? ¿Eso es lo que harás? Te recuerdo que esta será una ofensiva que concentrará gran parte de las fuerzas del Santuario. Necesitaremos del poder de cada uno de nuestros soldados y generales. Te necesitaremos a ti, Endimión. ¿Crees que podrás participar de un ataque tan importante en este lamentable estado? ¿Crees que estarás en condiciones de vengar a nuestros caídos si te empeñas en seguir culpándote por todo lo ocurrido?
Endimión levantó la vista del suelo, enfurecido.
—No hay nada en este mundo que me impida marchar hacia ese maldito castillo…—murmuró apretando los dientes—Estaré ahí…les haré pagar… No permitiré que sigan destruyendo y asesinando a su antojo. Ayudaré a todos los inocentes que se han visto involucrados en esta guerra. Ninguno es culpable de los caprichos de los dioses…
—Entonces empieza por ayudarte a ti mismo—Asteria suspiró, negando con la cabeza—No pienses que no entiendo por lo que estás pasando, Endimión, porque si lo hago y mucho mejor de lo que tú te imaginas. Pero si sigues dejándote sumergir en la oscuridad de la culpa ésta te consumirá por completo… Aún tenemos muchos amigos y seres queridos por los cuales luchar, por los cuales seguir adelante. ¿Acaso podrás protegerlos si no renuncias a seguir así?—Asteria lo señaló con un dedo— ¿Acaso podrás proteger a Selene en este patético estado?
Endimión abrió enormemente los ojos, olvidándose de la furia que lo había inundado.
—Serena…
—Si…—asintió Asteria, suavizando su voz y su mirada—Serena, la niña que se aferraba desesperada a ti hace ocho años, cuando yo los rescaté de aquellos malditos asesinos; la niña que aún se aferra y deposita su confianza en ti.
Endimión bajó aún más la cabeza, apoyando los brazos sobre las rodillas. Era cierto… Proteger a Serena era lo único que siempre le había importado. ¿Pero cómo podía hacerlo si se resignaba a continuar así? No, no podía ¡No podía seguir así! Debía vencer la culpa y volverse más fuerte, más sabio. Tal vez solo había una manera de conseguirlo.
—Asteria…yo…lo siento—murmuró, llevándose una mano a la frente—Tienes razón… Jamás podré proteger a Selene, a Serena, si no supero lo que ocurrió en Magellan, si no obtengo la fuerza necesaria para hacerlo. Por eso…por eso…—Endimión se incorporó de golpe, arrodillándose humildemente ante su maestra. Había tomando una decisión, una tan repentina como radical— ¡Por eso te pido que por favor vuelvas a entrenarme!
Asteria lo observó arqueando ambas cejas, asombrada por lo que su orgulloso discípulo acababa de pedirle.
— ¿Entrenarte?
—Sí. Por favor concédeme ese honor, maestra—contestó Endimión, sin levantar la cabeza. A pesar de que seguía de rodillas su voz había cambiado. La profunda tristeza oculta en sus palabras había sido reemplazada por una gran determinación—Concédeme el honor de volver a entrenarme utilizando todo tu poder de senshi; por favor prepárame para hacer frente a los terribles enemigos que nos esperan en Elysion. Solo así, luchando contra ti con todas tus fuerzas, podré sobrepasar mis límites…
Asteria permaneció unos cuantos segundos en silencio, observando fijamente al que había sido su alumno. Endimión no levantó la cabeza, arrodillado aún sobre la fría piedra del coliseo. Fue por eso que no vio como la senshi se acercaba lentamente hacia él, tomándolo con firmeza por el brazo para luego levantarlo del suelo.
—Escúchame bien, Endimión—dijo con voz seria—Si vuelves a estar o no bajo mi tutela es algo de lo que luego podremos hablar… Antes hay algo más importante que tú y tus amigos deben hacer.
Endimión la miró confundido, sin entender.
— ¿Algo más importante? ¿A qué te refieres?
—Para luchar con el máximo de tus fuerzas en Elysion, para poder emplearte al máximo en tu afán de defender a Selene, primero tu armadura debe ser reparada. De lo contrario tu poder jamás podrá alcanzar todo tu potencial.
— ¿Repararla?—preguntó el joven general. Sabía muy bien que a Asteria no le faltaba razón. Tanto su armadura como la de sus compañeros generales habían sido severamente dañadas durante el combate contra Zell. No obstante, hasta ese momento jamás había tenido necesidad de hacer algo semejante.— Es necesario repararlas… ¿Pero cómo?
Asteria sonrió.
—Deberás ir hacia Pallas para averiguarlo.
— ¿Pallas?
La senshi de la Tierra asintió con la cabeza.
—Así es. Pallas es una remota región ubicada al sur… Desde tiempos inmemoriales ha sido conocido como el lugar donde los mantos protectores renacen. Debes partir cuanto antes hacia allí, Endimión, y encontrar al Alquimista de Pallas. Solo el tiene los conocimientos y las habilidades necesarias para reparar las armaduras de los guerreros de la Luna.
—El Alquimista de Pallas…
Asteria tenía razón, cada una de sus palabras era cierta. Si quería ser capaz de defender a Selene, entonces debía salir de la oscuridad en la que su culpa lo estaba sumergiendo. A su vez, para mantenerse en su deber y posición como general, era menester contar con su armadura. Debía repararla… Debía encontrar a la persona capaz de obrar ese milagro.
—Lo haré—dijo en voz baja pero firme, mirando a su maestra directamente a los ojos—Partiré hacia Pallas a restaurar mi armadura, y cuando vuelva…me enfrentarás con todas tus fuerzas.
Asteria amplió su sonrisa.
—Te estaré esperando.
El sol casi había terminado de ocultarse cuando Endimión abandonó por fin el coliseo, seguido por la atenta mirada de su maestra. A pesar del asombro que había sentido ante la decisión de su alumno, Asteria se había esperado que algo como aquello ocurriera. Conocía muy bien a Endimión, lo conocía mejor que nadie en el mundo. Ella prácticamente lo había criado bajo su dura tutela en el Santuario, y sabía muy bien de qué modo había llenado el vacío que la muerte de sus padres había dejado en lo más profundo de su alma. Tras los terribles sucesos del día en que se conocieron, Endimión se había fijado como meta y deber proteger a la persona más importante que le quedaba en el mundo, defenderla para que lo que sus padres sufrieron jamás le sucediera a ella. Si…Endimión se había jurado a sí mismo proteger y hacer feliz a Serena mucho antes de convertirse en general, mucho antes de adquirir ese deber sagrado para con Selene, la niña junto a la que había crecido. Eso era para lo que ahora vivía. Como hombre y como general se debía al bienestar de Serena…de Selene. Ahora, ante los sucesos de la guerra que enfrentaban, verse incapaz de cumplir ese deber lo estaba destruyendo. Por eso sabía que haría hasta lo imposible para volverse más fuerte, para superar sus límites, para volverse apto y capaz de proteger a quien más amaba en el mundo. Y no le importaban los medios, no le importaban si para ello debía desafiar a una de las sagradas senshis.
— ¿Estás seguro de que es prudente dejarlo marchar solo hasta Pallas?—susurró una amable voz a sus espaldas—Sabes muy bien lo importante que es este joven, mi estimada amiga.
La senshi de la Tierra observó de reojo hacia atrás, esbozando una media sonrisa. No se sorprendía de no haber sido capaz en absoluto de notar la presencia de aquella persona.
—Sí…lo sé muy bien, Setsuna.
La sobria senshi del Tiempo apareció de repente a su lado, como si siempre hubiera estado aguardando allí, fundida en las sombras del coliseo. Sus pasos cortos y gráciles no arrancaron ni un solo sonido de la piedra del suelo, lo cual no sorprendió a Asteria: Setsuna era silenciosa como un fantasma y apacible como una brisa de verano. Su apariencia, al igual que su temple, era algo que engañosamente invitaba a la confianza. La senshi de Plutón era una mujer alta, pero poseedora de una complexión delgada y esbelta que casi la hacía parecer frágil. Su oscura cabellera eran tan larga que llegaba hasta por debajo de la cintura. Su rostro era bronceado, de piel increíblemente inmaculada. Los ojos de Setsuna eran de un color rojizo claro, bellos, pero dueños de una mirada sabia y penetrante que la hacía parecer mayor de lo que en realidad era. Se situó junto a su compañera a paso lento, calmo, clavando esa extraña mirada en el horizonte naranja del ocaso.
— ¿Y aún así dejas que marche solo hacia las lejanas montañas del sur?—preguntó con voz amable, no a modo de reproche, sino con curiosidad—Él y sus jóvenes compañeros podrían toparse con numerosos peligros en el camino.
Asteria sonrió, refugiándose también en la contemplación del horizonte.
— ¿Sabes algo? Desde el primer momento en que vi a Endimión, cuando aún no era más que un niño, supe que había algo especial en él… Ahora, luego de tantos años, he sido testigo de cómo ha llegado a ser el más fuerte de los generales, incluso tan poderoso como Artemis. Pero ese no es todo su potencial… Su aura, ese aura tan lleno de convicción y determinación, es capaz de brillar con una intensidad única e inigualable—Asteria hizo una pausa, mirando de reojo a la senshi de Plutón— Estoy segura de que Endimión aprenderá mucho de este viaje, y que, cuando regrese, estará más preparado para hacer frente a su destino. Por eso es que no debemos imponerle limitaciones a ese poder que poco a poco, inconscientemente, comienza a despertar… Debemos dejar que el abra sus alas y vuele…Y tú sabes mejor que nadie por qué, ¿verdad Setsuna?
Setsuna sonrió de modo casi imperceptible.
—Porque solo volando libre a través de los cielos, amando, sufriendo y aprendiendo, será capaz de alcanzar el potencial capaz de proteger lo que más ama.
—Maldición…me hubiese encantado poder estar ahí cuando Magno dio su discurso—exclamó Makoto, cruzada de brazos en su cómoda posición—Suele ser tan…elocuente cuando habla en público.
—Y puedo asegurarte que esta vez no fue la excepción—contestó alegremente Michiru—Luego de lo que ocurrió, todo el Santuario necesitaba oír palabras como esas. La moral está ahora mucho más alta. ¿No lo crees así, Haruka?
Sentada de piernas cruzadas a un costado de la habitación, Haruka se limitó a encogerse de hombros.
—Magno no podía guardar silencio después de lo ocurrido—aseguró sin demasiado interés—Además, los rumores de una ofensiva a gran escala eran cada vez mayores. Hizo bien en comunicarlo de una vez por todas.
—Me encanta tu punto de vista tan alegre de todo lo que te rodea—comentó burlonamente Makoto—Aunque esta vez no te falta razón, mi estimada Haruka. Ya todos estaban esperando el momento de pasar de verdad a la acción. Bueno, tal vez me perdí el discurso, pero estaré ahí con ustedes dentro de tres semanas, cuando partamos a Elysion a buscar a esos idiot…
—Ni siquiera se te ocurra.
La voz de Motoki sonó fría como el hielo a través de la pequeña habitación. Estaba sentado en una rústica silla de madera, justo frente a la cama donde Makoto descansaba. Vestido con las ropas de entrenamiento propias de los soldados del Santuario, Motoki a punto estuvo de estamparle contra la cara la manzana que había estado pelando para ella.
—Apenas empiezas a recuperarte luego de la paliza que te dieron la última vez—exclamó airado—No permitiré que vayas hasta allí para que terminen de matarte.
— ¡Pero Motoki, ya me encuentro mucho mejor! ¡Mira!
Makoto se sujetó uno de sus bíceps en un clásico gesto de fuerza, sonriendo de oreja a oreja. Sin embargo, solo unos segundos después de haber alzado el brazo, la fina camisa blanca que vestía comenzó a teñirse de rojo justo a un costado del pecho.
—Oh…
— ¡Idiota!—reprochó el muchacho, agitando sus cortos cabellos rubios— ¡Has vuelto a abrir una de tus heridas! ¿Y así quieres emprender semejante viaje?
Michiru dejó escapar una suave carcajada ante la escena, sujetando firmemente el casco bajo su brazo. Era una mujer joven, alta y esbelta, con una expresión vivaz que aún no perdía ese aire tan propio de la adolescencia. El rostro era pálido, de rasgos amables, con dos grandes ojos de un turquesa claro. La larga melena, ordenada y ondulada, era de un verde azulado. La armadura que vestía, complementada con la larga capa blanca, era tan brillante como las aguas del mar. Poseía un par de grandes hombreras de forma redondeada, con diseños similares a un espiral en el nacimiento de las mismas. Las protecciones de piernas y brazos concluían en grabados en espiral tanto allí como en el peto, el cual protegía completamente el torso. El casco que sujetaba bajo el brazo cubría los lados del rostro y la frente como si fuera una máscara. Su nombre era Michiru, la joven senshi de Neptuno.
A diferencia de ella, Haruka hizo caso omiso de la pequeña escena montada por Motoki y Makoto. Se cruzó de brazos en su silla, mirando de reojo hacia la ventana de la habitación donde la senshi de Júpiter convalecía. Era tan alta como Michiru, aunque de complexión más gruesa. La corta cabellera, desordenada en muchas ondas rebeldes, era del dorado oscuro propio de los guerreros bárbaros del norte, al igual que la tez pálida y el azul glacial de sus ojos. Los cortos cabellos caían desordenados sobre la capa blanca y sobre las hombreras de su armadura, contrastando con el azul oscuro e intenso del metal. Era una armadura rica en grabados y diseños de líneas curvas, con brazales que se abrían justo a la altura del codo. El casco era una bella diadema de tres puntas, dos cubriendo los lados del rostro como si fueran alas, y una en forma de diamante protegiendo la frente. Su nombre era Haruka, la senshi guardiana de Urano.
—Creo que deberías escuchar al joven, Makoto—advirtió en tono indiferente—Tú sabes mejor que nadie de lo que son capaces nuestros enemigos.
Makoto suspiró tristemente, desviando la vista hacia el paisaje del Santuario tas la ventana.
—Si…lo sé muy bien. Después de haberme enfrentado a Delta no me sorprende que Pandora y Sakura hayan caído…
Todos guardaron un repentino silencio tras sus palabras. Makoto bajó tristemente la mirada, tendiéndole la fruta que había estado pelando. Makoto la tomó sin ganas, mirando a sus compañeras con una expresión llena de significado.
—Ni Pandora ni Sakura eran presas fáciles—murmuró Haruka—Pandora tenía una energía y una frialdad a la hora de combatir increíbles. Nadie podría haberla enfrentado sin saber que se estaba jugando la vida con todas las de perder, ni siquiera una de nosotras.
—Y un combate cuerpo a cuerpo contra Sakura hubiese supuesto un suicidio para cualquiera—reflexionó Makoto—Tenía en uno solo de sus brazos más fuerza bruta que todas nosotras juntas. Aún me cuesta creer lo que los centinelas de Chaos son capaces de lograr cuando luchan con todas sus fuerzas…
—No olvides que ellos tampoco vivieron para contarlo—la voz de Michiru sonó monótona, mecánica—A pesar de todo no pudieron sobrevivir a sus combates contra Pandora y Sakura, y tú lograste acabar con uno de ellos en Elysion. Podemos vencerlos.
—Si…—Makoto sonrió—Podemos acabar con todos ellos antes de que ese miserable de Chaos despierte.
—Y si llega a despertar entonces nos aseguraremos de que se arrepienta—sonrió Michiru, guiñando un ojo en forma animada—Aunque creo que debes hacer caso a lo que dice Motoki, amiga. Deja todo esto en nuestras manos por ahora y quédate aquí hasta recuperarte por completo de tus heridas.
Makoto observó al muchacho con una sonrisa nerviosa. A pesar de que la chica le sostenía la mirada de forma amenazadora.
—Lo más probable es que la señorita Selene no abandone el Santuario—le espetó de pronto Michiru—Ninguno de nosotros quiere ponerla en riesgo, mucho menos Magno, que desea esperar a que los poderes ocultos en ella despierten por completo. Por eso creo que lo más seguro es que algunas senshis también permanezcan aquí durante el ataque. Sería bueno que tú también te quedaras; herida o no, una senshi sigue siendo una senshi—miró de reojo a Motoki—Además, creo que si de todos modos decides partir lo más probable es que mueras antes de poner un pie fuera del Santuario.
— ¡Hey!—exclamó la chica, cruzándose de brazos con aire indignado— ¿Qué es lo que insinúas?
Michiru volvió a reír de ese modo tan jovial que tanto la caracterizaba, al igual que Makoto, ganándose el reproche de su compañero. Incluso Haruka esbozó una muy leve sonrisa antes de incorporarse de su asiento en forma elegante, avanzando hacia la puerta.
—Ahora será mejor que nos marchemos, Michiru. Sabes muy bien que a Magno no le agrada tener que esperar.
Makoto alzó ambas cejas al oír esto.
— ¿Magno? ¿El patriarca ha solicitado su presencia?
—Así es—afirmó la senshi de Neptuno—Pero antes decidimos venir a ver qué tal estabas. Hacía bastante que no sabíamos nada de ti.
— ¿Pero por qué es que el patriarca los ha mandado a llamar?—insistió Makoto.
Haruka abrió la puerta de la habitación muy lentamente.
—Por nada bueno si requiere de dos senshis…
— ¡Torrente de Fuego!
Zander lanzó un brutal puñetazo, concentrando todo la energía del que fue capaz. Una explosión de energía naranja brotó de todo su cuerpo en menos de un parpadeo, avanzando con la potencia de una avalancha. No obstante, el trayecto de su puño concluyó de repente como si se hubiera encontrado con un grueso muro de piedra. Minako le sonrió cara a cara, conteniendo tranquilamente su puño con una sola mano. A diferencia del joven general, la senshi de Venus no llevaba puesta la armadura de su planeta protector. Vestía sencillamente con una túnica abotonada al estilo oriental de un invariable color amarillo, salvo por el blanco de las mangas y los botones. Zander soltó un gruñido, presionando hacia adelante con todas sus fuerzas. Fue inútil. A pesar de estar vistiendo su armadura, todo el poder del Torrente de Fuego fue absorbido por la increíble presión generada por los dedos de Minako. Sentía como si su puño estuviera siendo estrujado por una prensa de acero, justo como ocurrió contra el centinela…
Pero no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Aprovechando la distancia casi inexistente que los separaba, Zander dejó de hacer presión con el puño para inclinarse y contraatacar con un golpe utilizando su mano libre. Desafortunadamente, todo continuaba siendo un simple juego para la senshi del la luz y el amor. Sin dejar de sonreír, Minako inclinó el rostro hacia un costado, eludiendo por apenas milímetros el puñetazo. La propia inercia llevó a Zander hacia adelante, lo cual su amiga aprovechó para sujetarlo firmemente por el brazo, tumbándolo por encima del hombro con una letal llave de artes marciales. Zander permaneció de espaldas en el piso, agitado, observando directo hacia el cielo despejado del ocaso.
—Tu mano se encuentra mucho mejor, amigo mío—exclamó Minako, observándole sonriente—Los sanadores del Santuario hicieron un gran trabajo. Desafortunadamente, no puedo decir lo mismo de tu armadura.
Zander giró la cabeza hacia un lado, levantando el polvo de la arena del coliseo. Durante unos segundos no hizo más que observar su mano derecha. Minako tenía razón. La piel casi había recuperado su tono habitual, y el dolor ya no le molestaba tanto como antes. Sin embargo, la protección del brazo casi había desaparecido. Múltiples rajaduras cubrían el resto de la armadura.
—Escúchame bien—continuó Minako, sentándose tranquilamente a su lado en el suelo—No podrás partir con nosotros hacia Elysion con tu armadura en ese estado.
—Lo sé… Pero creo que no tengo otra opción.
—No seas idiota. Claro que la tienes.
— ¿Cuál?
—Reparar tu armadura, por supuesto.
Zander se incorporó a medias del suelo con sumo interés, sentándose con las piernas cruzadas.
— ¿Pero cómo podría hacer algo así?
—Pallas.
La voz sonó clara y tranquila a espaldas de ambos. Zander miró por encima del hombro.
—Endimión…
El joven general avanzó lentamente hacia ellos, arrastrando los pies por la arena de combate. Sus ojos azules estaban clavados en el suelo, tan pensativos como toda la expresión en su rostro. Minako lo observó atentamente durante unos segundos.
—Así es, Endimión, Pallas—afirmó con una sonrisa—Muy destacable viniendo de alguien que apenas puede ubicar las estrellas en el cielo. Debo asumir que Asteria ya te ha comentado que es lo que debes hacer, ¿verdad?
Endimión esbozó una débil sonrisa.
—Si… Acabo de hablar con ella.
— ¿Pero de qué están hablando?—protestó Zander, incorporándose de un salto— ¿Y qué demonios es Pallas?
—Una región muy remota perdida en las profundidades de las montañas del sur, a más de siete mil metros de altura por sobre el nivel del mar—explicó Minako, cruzándose de brazos con aires de suficiencia—Desde siempre, allí ha residido una antigua casta de alquimistas cuyos conocimientos son vitales para la orden de Selene.
— ¿Por qué?—insistió Zander.
—Porque solo ellos son capaces de restaurar las armaduras de los soldados…
Minako asintió con la cabeza, observando a Endimión con una sonrisa.
—Si queremos sumarnos a la ofensiva del Santuario, debemos encontrar al alquimista de Pallas y pedirle que repare nuestras armaduras—prosiguió el joven—Solo así estaremos en condiciones de luchar con todas nuestras fuerzas.
—Ya veo…—murmuró Zander, observando fijamente el brazal destrozado que le cubría el puño derecho—Aún estamos a tiempo.
—Así es—afirmó Endimión, sonriendo con sinceridad por primera vez—Debemos ponernos en marcha cuanto antes… ¿Estás conmigo en esto, Zander?
Zander asintió, alzando el pulgar en un gesto de aprobación.
— ¡Claro que sí! Cuenta conmigo, Endimión.
— ¡Y conmigo!
Minako se incorporó enérgicamente, cayendo entre ambos con una gran sonrisa. Los jóvenes la observaron incrédulos.
— ¿Acaso quieres venir con nosotros?
— ¡Por supuesto! Será mucho más divertido que quedarme aquí en el Santuario, siguiendo el protocolo y aburriéndome mientras Magno planea minuciosamente el ataque. Además…—Minako amplió su sonrisa, clavando sus ojos en Endimión con una extraña expresión—…es muy probable que se presenten muchos peligros en el camino. No puedo permitir que jóvenes tan talentosos y prometedores como ustedes pongan sus vidas en riesgo, más teniendo en cuenta la importante batalla que se avecina—se llevó ambas manos a la cintura, riendo divertida—Además, lo más seguro es que terminen perdiéndose antes de poner un pie en Magellan. Yo sé cómo llegar a Pallas, así que confíen en mí. Los guiaré.
— ¿Y cómo es que conoces el camino?
Minako se pasó una mano por su lacia cabellera dorada, echándosela hacia atrás sin dejar de sonreír.
—Digamos que el alquimista de Pallas es un gran amigo nuestro.
"Te he enseñado cómo funcionan las fuerzas de la naturaleza, como manipularlas a través del poder de tu aura. Te he enseñado a desacelerar el movimiento de las partículas; a congelar la materia hasta el punto de hacerla estallar en pedazos. Sin embargo esto no funcionará contra un adversario más poderoso que tú… Solo deteniendo por completo el movimiento de las partículas, podrás superar la defensa de cualquier rival, llevándolo a una muerte segura" la mano de su maestro, envuelta en el brazal de su armadura, resplandeció en una intensa luz blanca, enfriando el mismísimo aire glaciar que los rodeaba "Pero para lograrlo es necesario que despiertes la esencia verdadera del aura. Y eso es algo que no puedo enseñarte... Eso es algo que deberás descubrir por ti mismo."
Las palabras resonaron en su mente cuando juntó ambas manos por encima de la cabeza, encendiendo su aura como jamás lo había hecho antes. En ese momento todo fue claro para el. No se trataba solo de detener a aquel monstruo…sino de evitar algo mucho peor que la derrota. Por eso fue que su aura brilló tanto, lanzando el ataque más poderoso que jamás hubiera ejecutado antes.
— ¡Onda Congelante!
El aire glaciar salió disparado en la forma de un perfecto rayo de energía turquesa, moviéndose a una velocidad difícil de igualar. Pudo notar la sorpresa en la expresión de aquel terrible sujeto, la cual quedó literalmente congelada en su rostro cuando el rayo lo golpeó de lleno en el pecho. La onda generada por el choque, y el brusco descenso de la temperatura corporal, tenían el poder suficiente como para matar al instante a un soldado común y corriente. Eso sin tener en cuenta la gruesa capa de hielo que cubría a la víctima en menos de un abrir y cerrar de ojos, congelándola de afuera hacia adentro. Y eso fue exactamente lo que sucedió cuando su Onda Congelante, la técnica más poderosa de la que era capaz, golpeó de lleno a Zell, la Centinela de la quinta Legión Caótica, la mítica deidad de la rivalidad y la discordia. Durante un segundo creyó que la tenía, que lo había logrado. Que iluso fue… El hielo se resquebrajó repentinamente, liberando de su prisión helada a una ilesa y sonriente asesina. No había tenido el poder suficiente para detener por completo el movimiento de las partículas, no había logrado despertar el aura final necesaria para vencer a una enemiga como esa… Lo último que pudo ver fue un resplandor cubriendo la mano blanca y delgada extendida hacia él; lo último que pudo sentir fue el insoportable calor golpeándolo en la espalda cuando se dio vuelta, cubriéndola, abrazándola, protegiéndola con su propio cuerpo. Luego la oscuridad lo envolvió…y también los recuerdos, o sueños, las sombras constantes de su fracaso.
Hasta ese momento.
Dante abrió lentamente los ojos, casi cegado por la repentina luz que llenó todo el espacio a su alrededor. Parpadeó varias veces, confundido, intentando acostumbrar sus ojos al brusco cambio de iluminación. Poco a poco la mancha blanca que era el mundo fue adquiriendo contornos, formas, nombres. Las paredes de piedra se hicieron visibles, al igual que el suelo y el techo de madera. La ventana, abierta de par en par, dejaba ver la lejana silueta del santuario subiendo colina arriba. Ya estaba anocheciendo…
Bajó la mirada, contemplando las sabanas blancas que lo cubrían del pecho para abajo. Estaba acostado en una simple cama con colchón de paja, postrada contra una de las paredes de la habitación. A su izquierda pudo ver una pequeña mesa, un par de sillas y una cómoda con un jarrón lleno de flores encima. Aquel no era su lugar de residencia en el Santuario…
Se incorporó lentamente, sintiendo un dolor punzante en la espalda. Al instante notó el ajustado vendaje que le cubría el torso, y las marcas de quemaduras alrededor de sus manos. Claro… Había sido gravemente herido durante el combate en Magellan. Pero… ¿qué había pasado luego? ¿Y cuanto tiempo había transcurrido? Se levantó totalmente, bajando de la cama. Estaba apenas vestido con un simple pantalón blanco, descalzo y desnudo de la cintura para arriba. El vendaje le cubría buena parte del torso, y era evidente que se lo habían colocado, o cambiado, hacía muy poco. Clavó los ojos en la puerta, echando a andar lentamente hacia ella. Debía salir de allí, debía saber que era lo que había ocurrido, debía…
La puerta se abrió repentinamente ante sus narices, dejándolo cara a cara ella. Dante se detuvo, observando inexpresivamente a la chica de pie ante él.
— ¡Dante!—exclamó Dasha— ¡Despertaste!
El joven continuó observándola en silencio durante unos cuantos segundos. Dasha vestía con las típicas ropas de entrenamiento. Llevaba una gran canasta en su mano derecha, repleta de pan, frutas, vendas y…un ramo de flores. Paseó lentamente la mirada por la habitación, comprendiendo al instante. Así que ella había estado cuidando de él…
— ¿Hace cuanto despertaste?—prosiguió la chica, cerrando la puerta a sus espaldas— ¿Cómo te sientes? ¿Te encuentras b…?
— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?—la interrumpió Dante.
Dasha se apresuró a dejar la canasta sobre la mesa. Sus cabellos rojizos se veían desordenados y alborotados, bastante en sintonía con lo desaliñado de su vestimenta. Era obvio que hacía bastante que no descansaba bien.
—Tres días…— contestó en voz baja, con la mirada clavada en el suelo.
— ¿Tres días?
—Si… Pero no debes preocuparte por eso ahora. Tus heridas fueron muy graves, pero por suerte han comenzado a sanar—Dasha levantó levemente el rostro, mirándolo con timidez—No puedes hacerte una idea de lo feliz que me hace verte de pie nuevamente. Estuve tan preocupada por ti… Luego de lo que hiciste, yo…
Dante sacudió la cabeza, sin prestar atención a sus palabras. ¿Había permanecido inconsciente durante tres días enteros? ¿Qué había sucedido durante todo ese tiempo? Se acercó rápidamente hacia ella, deteniéndose a solo unos pocos pasos de distancia.
— ¿Qué sucedió con la centinela?—la interrumpió— ¿Logró llegar hasta el Santuario? ¿Sufrimos algún otro ataque?
Dasha retrocedió un paso, intimidada tanto por el brusco interrogatorio como por la escasa distancia que los separaba.
—La mujer que nos atacó, Zell…ella fue derrotada por Pandora de Némesis en Magellan…
— ¿Pandora? ¿Qué diablos hacía ella ahí?
Dasha sacudió la cabeza.
—No lo sé… Apareció de repente en el pueblo y ordenó a Endimión que nos marcháramos de allí. Estaba segura de que estaríamos a salvo una vez que alcanzáramos el Santuario, pero algo muy grave sucedió…
— ¿A qué te refieres?
—Zell no era la única centinela… Otro de ellos logró infiltrarse y avanzar, aprovechando la distracción provocada por el combate en Magellan—Dasha inclinó la cabeza, angustiada— Sakura le hizo frente, y logró derrotarlo, pero…
Dante abrió grandemente los ojos, comprendiendo recién entonces lo que había sucedido.
— Pero tanto ella como Pandora cayeron durante la batalla…
La joven asintió en silencio. Dante no podía creerlo. Incluso las senshis, las más poderosas entre todos los guerreros, habían caído enfrentando a los centinelas del Dios de la Destrucción. ¿Hasta dónde eran capaces de llegar esos malditos?
—No hay manera de que Magno pase por alto algo semejante—murmuró— ¿Cuáles son sus órdenes ahora?
Dasha pareció sobresaltarse ante la pregunta, Dante lo supo de inmediato. Era evidente que no deseaba hablar de aquel asunto.
—El patriarca…—susurró—Él ha ordenado marchar hacia Elysion dentro de tres semanas. Dice que el momento de atacar ha llegad… ¡Espera!
Dante dio media vuelta, dispuesto a abandonar en ese mismo instante la habitación
—No tendrás pensado ir, ¿verdad?—continuó la chica—Tus heridas aún no han terminado de sanar, tú…
Dante la observó por encima del hombro con sus implacables ojos grises.
—He dormido más que suficiente, no tengo pensado quedarme aquí ni un solo segundo más. Si faltan tan solo tres semanas para el ataque entonces debo prepararme y recuperar el tiempo perdido.
—Pero tus heridas…y tu armadura…
— ¿Qué sucede con mi armadura?
— Todas nuestras armaduras fueron severamente dañadas durante el combate…—susurró Dasha—No están en condiciones de ser utilizadas. Debemos...debemos hacer algo antes…
Dante entrecerró los ojos.
—Pallas…
— ¿Cómo lo sabes?—preguntó Dasha, asombrada—Yo jamás había oído hablar de ese lugar hasta que Endimión lo mencionó…
— ¿Endimión? ¿Qué tiene pensado hacer él?
Dasha titubeó nuevamente, indecisa.
—Él y Zander estuvieron aquí hace unas horas. Tienen pensado partir esta misma noche hacia Pallas junto con Minako. Yo les pedí que llevaran también nuestras armaduras, no podía abandon…
Dante no se quedó a escuchar esta vez. Dio media vuelta nuevamente, echando a andar hacia la puerta de la pequeña habitación. No podía dejar semejante asunto en manos de nadie. Él mismo llevaría su armadura hasta Pallas, y derramaría su propia sangre sobre ella si era necesario. Algo lo hizo detenerse a medio camino; los suaves brazos que de pronto lo rodearon, abrazándolo por la espalda. Dante se quedó absolutamente inmóvil, sintiendo el roce del pequeño cuerpo detrás de él. El suave tacto contra la piel de su hombro le provoco un estremecimiento.
—Gracias…—escuchó susurrar en su oído—He deseado decírtelo una y otra vez desde aquella terrible noche… Gracias por haberme protegido, Dante, gracias por haberme salvado arriesgando tu propia vida. Gracias, gracias, gracias…
Dante no dijo nada. Se sentía…extraño. Permaneció totalmente inmóvil sobre sus pies, con la mirada clavada en el suelo. Podía sentir el calor del cuerpo a sus espaldas, los suaves brazos rodeándolo, las lágrimas que humedecían poco a poco la piel de su hombro. Dasha estaba llorando. Aquello lo hizo sentir más extraño aún.
— ¿Por qué lo hiciste?—preguntó de repente la muchacha— ¿Por qué interpusiste tu propio cuerpo como escudo? Podrías…podrías haber muerto…
Dante tampoco contestó a eso, pero no pudo evitar preguntárselo a sí mismo. ¿Por qué lo había hecho? Había actuado por instinto, por reflejo. En ese momento, la idea de perder a Dasha le había resultado totalmente inconcebible. Quería creer que no tenía idea de por qué había sido así, pero en realidad se equivocaba. Desde su llegada al Santuario, luego del duro entrenamiento en las heladas tierras del noreste, estaba seguro de que había terminado por entablar algún tipo de relación con algunas personas. Estaba seguro, por ejemplo, de que Endimión y Zander lo veían casi como a un "amigo"…pero era Dasha, la alegre e ingenua Dasha, la que lo había tratado como nadie jamás antes. Dante era alguien que había crecido y vivido solo desde que tenía memoria. Nadie se le había acercado nunca salvo su maestro, el cual, en realidad, era muy parecido a él en su forma de ser y sentir. Nunca había tenido ni la necesidad ni la obligación de interactuar con nadie, y no le importaba en lo más mínimo lo que los demás dijeran o pensaran de él. No le interesaba si querían conocerlo o no. A pesar de haber cambiado las interminables llanuras heladas por un lugar lleno de vida como el Santuario, aún deseaba estar solo. Pero Dasha había sido diferente. Aún a pesar de su fría actitud ella le ofreció desde un principio su amistad, su compañía, su amabilidad. Ella le sonrió cuando nunca nadie lo había hecho antes. En eso fue en lo único que pensó en ese momento, cuando su propio cuerpo recibió el ataque que la habría asesinado…
—Está bien…no te preocupes—volvió a susurrar la muchacha, aún rodeándolo entre sus brazos—No tienes por qué decir nada. Yo…
—Gracias.
Dante habló; muy a su pesar rompió el silencio que siempre se había autoimpuesto. Dasha sonrió dulcemente.
— ¿Y eso por qué?
—Por haber cuidado de mí. Por haberte quedado conmigo. Por…—cerró los ojos—…por haber estado. Siempre.
Dante pudo sentir como el suave abrazo se estrechaba, como las lágrimas resbalaban libres por su espalda.
—De nada…
— ¿Alguna idea de por qué el Gran Patriarca requiere de nuestra presencia?—preguntó Michiru, la senshi de Neptuno. Sus ojos turquesa estaban fijos en la larga escalera de mármol.
—Ya lo dije antes—replicó Haruka—Por nada bueno si necesita a dos de nosotras.
Michiru sonrió con ganas, observando de reojo a la senshi de Urano.
—Oh, vamos, te conozco desde hace mucho tiempo. Sé lo meticulosa y organizada que eres para absolutamente todo. Te gusta tener las cosas bajo control, y estoy bastante segura de que no te debe haber agradado para nada no saber qué es lo que está sucediendo aquí—Michiru amplió aún más su sonrisa—Supongo que para estas alturas ya le debes haber dado muchas vueltas al asunto, ¿verdad? Así que dime, ¿cuál es tu mejor conclusión?
Haruka torció sus labios en algo que podría considerarse una sonrisa, cruzando ambos brazos sobre el peto de su armadura.
— ¿No te has puesto a pensar por qué Magno quiere esperar tres semanas antes de partir hacia la fortaleza de Chaos? Claro, hay que preparar todo lo necesario para el viaje, pero aún así dudo que ese sea el único motivo.
— ¿Cuál otro entonces?
—Creo que nuestro Gran Patriarca ha decidido no correr riesgos. Después de lo ocurrido, nuestros enemigos deben estar esperando que contraataquemos de un momento a otro. El viaje sin duda será largo, y tal vez lo que Magno quiere es asegurarse de que ninguna sorpresa nos está esperando en el camino.
Michiru se llevó una mano a la barbilla.
—Una clásica misión de reconocimiento entonces, ¿no es así?
—Sí. Pero como ya aclaré, sin dejar nada a la suerte esta vez. Luego de la muerte de tantos soldados plata, incluyendo a los que acompañaron a Makoto, el viejo ha optado por no correr más riesgos y enviarnos a nosotras, dos senshis.
—Supongo que tiene sentido—reflexionó Michiru—Abrirle el camino al grueso de nuestras fuerzas es algo cauto y astuto, muy propio de Magno.
—Sí, no está de más tomar estas precauciones pero…
Haruka hizo una pausa, subiendo unos cuantos escalones en silencio.
— ¿Pero qué?
—Pero ya sea que nos esté esperando o no una emboscada allá fuera, el momento decisivo de esta guerra será cuando todos nos encontremos frente al castillo en Elysion…
Michiru entornó la mirada, pensativa. Su amiga la observó de reojo durante unos instantes, esbozando una media sonrisa.
—Pero tú lo has dicho; Chaos y sus hombres se arrepentirán de haber despertado cuando nosotras nos encarguemos de ellos.
La sonrisa volvió a bailar en los labios de la senshi de Neptuno.
—Sí, así se hará. Tenemos mucho que proteger…
—Lo sé. Por cierto… ¿cómo ha estado tu hermano?
La expresión de Haruka se nublo. A diferencia de la mayor parte de los guerreros de Selene, ella no había ingresado sola al Santuario cuando inició su aprendizaje. No importaba lo que pudiera haber sucedido en aquel entonces, ella jamás habría sido capaz de abandonar a su hermano pequeño. Y aún seguía siendo así. Tenía mucho, demasiado, por proteger…
—Zaid se encuentra bien—contestó finalmente—Es un muchacho muy fuerte. Debe seguir adelante para convertirse en general de Selene algún día.
Michiru asintió en silencio, sin apartar sus ojos azules del mármol de los escalones. Zaid, el hermano menor de Haruka, era un chico muy joven aún, el cual sin embargo ya había comenzado por decisión propia a recorrer el duro camino para convertirse en guerrero. La pregunta de Michiru no había sido en vano, pues tanto él como muchos otros de los aprendices habían recibido un muy duro golpe al enterarse de la caída de su maestra, la senshi de Ceres. Sakura se había encargado personalmente de entrenar al hermano de Haruka, y el muchacho habían logrado grandes avances bajo su tutela, sin embargo… No había duda de que la caída de la guardiana había sido un duro golpe no solo para el, sino para todo el Santuario.
—No te preocupes—lo animó Michiru—El se sobrepondrá a esto y se convertirá en un gran guerrero. Yo misma puedo encargarme de continuar con su entrenamiento.
Haruka alzó ambas cejas en forma nerviosa. Michiru era la mejor amiga que jamás había tenido, pero dudaba que su carácter, impaciente y algo antipático fuera apto para entrenar a su pequeño hermano.
—Ehh…gracias, pero creo que seré yo quien continúe instruyéndolo.
La senshi de Neptuno la miró de reojo, alzando una ceja en forma perspicaz. No obstante, detuvo por completo su avance cuando volvió a centrar la mirada hacia el frente.
—Hablando de alumnos de Sakura…—murmuró.
Se encontraban de cara a las enormes columnas que delimitaban la entrada al Templo de Marte. Haruka se encogió de hombros, atravesando tranquilamente las puertas del último de los doce templos.
—No creo que vaya a estar muy contenta de vernos, pero aún así tendrá que dejarnos pasar sin rechistar. Son órdenes del Patriarca.
—Ella no estaría contenta de ver a nadie—replicó Michiru en modo despectivo.
—Mira quien lo dice...
El templo de Marte era una enorme estancia de mármol y piedra, flanqueada a ambos lados por altas columnas al estilo griego.
Michiru contestó con un gruñido inteligible, observando de un lado a otro atentamente. El eco de sus pasos fue lo único que pudo oírse durante un muy largo rato.
— ¿Dónde diablos está?—preguntó Haruka en tono impaciente, paseando la mirada de un extremo a otro de la habitación. Ya habían recorrido más de la mitad del templo sin detectar ni el más mínimo rastro de su guardiana.
Michiru pareció igual de sorprendida cuando finalmente salieron al otro lado de templo. Frente a ellas se extendían nuevamente las escaleras, el tramo final que conducía en forma directa hacia las habitaciones del Gran Patriarca.
—Me sorprende que no estuviera aquí—reflexionó Haruka, mirando hacia atrás por encima del hombro—Pensé que alguien como ella jamás abandonaba su templo.
—Tampoco es que tenga muchos amigos con quien hablar, ¿verdad?
Haruka entendió a la perfección a que se refería su amiga.
—Vamos…—suspiró, echando a andar nuevamente.
El templo de Ceres, tal como ocurría con cada uno de los templos contiguos, estaba separado del de Mercurio por un largo tramo de escaleras. El mármol y la piedra de los escalones llevaban en forma directa a una gran plataforma rectangular, la cual constituía una pequeña plaza en sí misma; un espacio abierto justo frente a las puertas del segundo de los templos. Sakura solía pararse allí, entre las columnas que marcaban la entrada, con los brazos cruzados sobre el pecho y su espléndida armadura brillando como un segundo sol. Quienes habían podido contemplarla allí, regia e imponente, habían sido testigos del auténtico poder y nobleza que las más grandes entre las guerreras debían poseer.
No obstante, la imagen que el templo de Ceres ofrecía ahora mucho distaba de aquella que Sakura defendió con valentía hasta el final. Las altas columnas de mármol habían caído, reducidas a pilas de escombros amontonadas aquí y allá. La plataforma en sí prácticamente había dejado de existir, siendo reemplazada por un irregular campo de cráteres con un inmenso hoyo circular justo en el centro, el cual se extendía casi de extremo a extremo. El polvo y el humo aún danzaban perezosamente en el aire, elevándose en delgadas columnas hacia el cielo despejado del anochecer.
En medio de aquel cuadro gris de destrucción, la resplandeciente silueta de pie en la entrada ofrecía un contraste fuera de lugar. La larga capa blanca le caía libre hasta los tobillos, asomándose desde debajo de las dos imponentes hombreras metálicas. La armadura, como cualquier otra de las doce túnicas sagradas, poseía una belleza y un brillo sobrenaturales. Cada una de sus piezas combinaba los grabados tradicionales con bordes más rectos y cortantes, pero que aún así lucían esbeltos y redondeados como la mejor pieza de joyería. Las hombreras eran dobles, firmemente superpuestas una sobre la otra.
Sin lugar a dudas, se trataba de una soberbia coraza, forjada con el metal más bello y brillante que el hombre jamás había visto. Sin embargo, incluso la belleza de la armadura de Marte palidecía ante la imagen de su magnífica portadora. Un rostro joven, blanco, perfectamente delineado; un rostro de increíbles ojos violetas que incluso un dios envidiaría; un rostro tan hermoso que no parecía real. Cada rasgo, cada gesto, cada contorno, todo en ella parecía esculpido en el más perfecto de los mármoles. La larga cabellera, negra con brillos violetas, solo contribuía a resaltar aún más su increíble apariencia. La llevaba larga hasta cintura, separada en una firme raya al medio que hacía que los mechones cayeran rebeldes sobre el rostro y las hombreras.
Pero aún así…había algo que turbaba aquella imagen. Los rasgos eran perfectos, si, pero era la increíble frialdad en su expresión lo que ensombrecía la apariencia de aquella senshi. Su boca era una línea recta, muerta, la cual no parecía haber conocido jamás el placer de una sonrisa. Los ojos eran dos trozos de amatista, fríos y opacos como un témpano de hielo. Era la expresión de la oscuridad en el hermoso rostro de la luz.
—Así que caíste—murmuró con voz fría, indiferente, paseando la mirada por el destrozado campo de batalla—Así que a pesar de todo tu gran poder, de tus nobles ideales y de toda tu fe en la justicia…caíste.
Reí, la senshi de Fuego, sonrió en forma irónica, dándole las espaldas al templo que Sakura había protegido.
—Jamás creí en tus palabras, jamás las acepté. ¿Cómo podría haberlo hecho cuando lo único que conocí, lo único que viví, fue la muerte y la esclavitud? Lo intentaste, pero no… No te debo nada, Sakura…
Reí dirigió una última mirada a las columnas que delimitaban la entrada al templo, echando a andar lentamente a través de los restos de la plataforma. Su paso elegante levantó aún más el polvo del suelo a medida que se alejaba, indiferente a la destrucción, al silencio, a la casi palpable ausencia de la segunda guardiana…
Pero aún así se detuvo.
La senshi de Marte se quedó inmóvil al pie de las escaleras que descendían hacia Mercurio, con la vista clavada en ningún lugar. Durante unos cuantos segundos no hizo más que permanecer en ese insistente mutismo, dejando que la brisa bailoteara entre su capa y sus largos cabellos negros. Entonces, con un movimiento tan lento y fluido que casi pareció innatural, Reí levanto su brazo derecho. Una hermosa rosa de pétalos escarlata cayó suavemente al suelo.
En el mismo lugar donde Sakura libró su última batalla.
Las inmensas puertas dobles cedieron con un chillido sordo, revelando el largo pasillo alfombrado de la recámara del patriarca. Haruka y Michiru, las senshi de Urano y Neptuno, avanzaron a paso lento a través del intenso plateado de la alfombra. Sus pasos resonaron suavemente en la inmensidad de la habitación, sostenida por altas columnas a izquierda y derecha, hasta que, de improviso, se detuvieron. La impactante escena frente a sus ojos las obligó a hacerlo.
—Señorita Selene…—murmuró Haruka.
Serena, la joven encarnación de la diosa de la Luna, descansaba en el trono de ébano ubicado al final del pasillo…rodeada por las armaduras de soldados caídos durante la batalla en Magellan. Las corazas de plata, se ubicaban armoniosamente a ambos lados del trono en lo que casi parecía una muestra de adoración hacia su diosa. Sin embargo, la muchacha sentada en el soberbio asiento era incapaz de contener las lágrimas. Selene lloraba desconsolada, sujetando entre sus dedos blancos un casco dorado en forma de diadema. El casco que en vida había permanecido a Pandora de Némesis. La armadura de se encontraba justo delante del trono, a sus pies, brillante y silenciosa junto a su hermana de Ceres.
Haruka y Michiru permanecieron en absoluto silencio, la primera con la sorpresa y la tristeza grabadas en el rostro; la segunda con sus helados ojos turquesa clavados en la joven. Recién entonces, luego de unos interminables segundos en los que solo su llanto fue audible, Selene se percató de la presencia de las dos senshis ante ella.
—Haruka, Michiru…—murmuró en un susurro ahogado, con sus ojos celestes enrojecidos por las lágrimas.
Ambas guerreras se arrodillaron solemnemente al pie del trono, bajando la vista al suelo en señal de respeto. Era lo menos que podían hacer ante el sufrimiento de su diosa, la jovencita que, con algo tan humano como las lágrimas, demostraba el dolor que la muerte de sus amados súbditos había provocado en lo más profundo de su ser. Sin emitir palabra alguna, Selene se incorporó lentamente de su regio asiento, avanzando a pasos cortos hacia la armadura de Némesis. Sus dedos acariciaron suavemente el metal del casco antes de agacharse y devolverlo con delicadeza a su lugar. En ese instante, la túnica de la guardiana de Némesis pareció brillar con más intensidad que nunca.
—Señorita Selene—susurró Haruka en tono solemne—Nos encontramos a sus órdenes…
La muchacha contempló la armadura con gesto ausente, secando las lágrimas que le empapaban el rostro con el dorso de su mano. Intentó sonreír, desviando la mirada hacia las dos senshis que esperaban arrodilladas en el suelo.
—Me alegra verlas, Haruka, Michiru…—susurró con sinceridad—Magno y yo hemos meditado mucho que es lo debemos hacer a partir de ahora…
Haruka alzó levemente la cabeza, dispuesta a formular la pregunta, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.
—Así es, senshis—confirmó de repente una voz clara y potente a sus espaldas—Espero que estén listas para cumplir con su deber.
La senshi de Neptuno observó de reojo como Magno, el Gran Patriarca del Santuario, avanzaba tranquilamente hacia ellas con ambas manos entrelazadas detrás de la cintura, deteniéndose al pie de los pequeños escalones que llevaban al trono. El anciano sacerdote observó atentamente a las dos sagradas senshis, paseando su mirada de una a otra.
—Haruka, Michiru, como todos ya saben, el momento de atacar se encuentra cada vez más próximo. Sin embargo…antes es necesario que nos ocupemos de otros asuntos igual de apremiantes.
— ¿Su excelencia desea que aseguremos que ninguna fuerza enemiga nos está esperando allí afuera?
El tono de voz de Michiru fue frío y educado, pero aún así pudo percibirse un muy leve dejo de insolencia en él. Magno y Selene intercambiaron miradas durante un segundo. El patriarca alzó las cejas, clavando sus ojos marrones en la senshi de Neptuno; la muchacha, en cambio, estiró sus labios en una débil sonrisa, la cual devolvió algo de la luz habitual a su rostro opacado por las lágrimas.
—Así es, Michiru—confirmó Selene—Magno ha considerado que sería prudente explorar los alrededores antes de emprendernos en esta travesía. Luego de… lo ocurrido…el enemigo tal vez esté esperando un contraataque. Debemos eliminar toda posibilidad de una emboscada. Por eso es que los hemos convocado a ambas. Aún así…—la sonrisa abandonó por completo el rostro de la joven—Aún así, mucho me temo que eso no es todo…
Michiru alzó la mirada con interés. Había sospechado desde el comienzo que una misión de ese tipo sería un paso lógico a dar. Tal como había supuesto, Magno estaba decidido a no correr más riesgos. ¿Pero qué otra cosa podía depararles una misión, en principio, tan simple como aquella?
—Estamos a sus órdenes—aseguró Haruka con vehemencia—Solo díganos que es lo que debemos hacer y nosotras nos encargaremos.
Magno volvió a mirar a Selene antes de contestar.
—Como ya saben, nuestras misiones de reconocimiento no son llevadas a cabo únicamente por las senshis. Los soldados y aprendices, tan fieles como cualquiera de nosotros a Selene y al Santuario, son enviados constantemente a las grandes ciudades y capitales en busca de información, más en tiempos tan críticos como este—la expresión del patriarca se ensombreció—Últimamente hemos recibido cierta información… Algo que no podemos ignorar.
— ¿De qué se trata?
Fue la joven Selene quien respondió, con una tristeza imposible de ocultar.
—Los ataques del ejército de Chaos se han recrudecido… Esta vez no se trata de sus habituales masacres sobre pueblos y ciudades específicos. Es algo diferente…
— ¿A qué se refiere?—preguntó Michiru con interés, observando fijamente a la diosa.
—Esta vez el alcance del ataque ha aumentado de forma exponencial—intervino Magno—En muy poco tiempo, los habitantes de ciudades enteras han sido asesinados de un modo sumamente extraño.
Aquello sorprendió y enfureció a Haruka por igual.
—Hasta ahora las huestes de Chaos se habían limitado a quemar los pueblos y ciudades, exterminando a toda la población…—reflexionó furiosa—Esos miserables… ¿Qué nueva atrocidad han cometido ahora?
Magno desvió la mirada hacia un lado, ensombreciendo aún más su expresión.
—Tienes razón en lo que dices, Haruka, pero esta vez ha sido diferente. Las ciudades y los pueblos no han sido destruidos, todo lo contrario; sus estructuras continúan intactas. Es la gente la que ha muerto sin razón aparente…
Las dos senshis se miraron entre sí durante un segundo. ¿Sin razón aparente? ¿Cómo podía ser posible tal cosa?
—Según se nos ha informado, los caídos no tenían señal alguna de daño físico—prosiguió el patriarca—Simplemente cayeron de repente sobre las calles, como si se hubieran quedado dormidos… No volvieron a levantarse. Ya son varios pueblos y ciudades, todos cercanos al castillo del Dios de la Destrucción, los que han sufrido este destino.
El silencio se hizo presente en la habitación, inalterable durante lo que parecieron varias horas. Lo que Magno contaba carecía de lógica. ¿Quién podía ser capaz de materializar tamaña maldad?
—Esta terrible tragedia ha sido obra de los sirvientes de Chaos…—reveló de improviso Selene. Su expresión había recuperado la determinación que en tantas ocasiones la había caracterizado—Las huestes del Dios de la Destrucción están profundizando cada vez más en su mensaje de muerte y guerra… Es por eso que las hemos convocado, Haruka, Michiru. Su misión tendrá un doble objetivo. Por un lado, descubrir y neutralizar cualquier emboscada que los ciervos del Señor de la Destrucción estén preparando para el momento de nuestra partida—la joven se inclinó levemente, acariciando con tristeza la armadura de Ceres a sus pies—Y en segundo lugar…detener a quien sea que esté asesinando a la gente inocente del norte. No podemos permitir que esto continúe por más tiempo…
Michiru y Haruka sonrieron en forma orgullosa. Habían pasado años desde el día en que vieron por primera vez a la niña llamada Serena, una chiquilla asustadiza e inocente que Asteria había rescatado de la crueldad de los hombres. Esa niña había crecido para convertirse en la noble mujer que ahora tenían ante ellas, la reencarnación de la diosa a quien profesaban su lealtad incorruptible.
Si, lealtad.
Pondrían fin a tan terrible amenaza. Honrarían la confianza que Selene depositaba en ellos.
Poco a poco, la noche había vuelto a caer en todo su magnífico esplendor.
Como siempre, el cielo nocturno le hizo pensar en un inmenso lienzo de un negro azulado; un lienzo en el cual los dioses venían plasmando sus obras desde el origen de los tiempos. Observó atentamente, intentando vislumbrar los mensajes ocultos en el firmamento. Las estrellas, brillantes e infinitas, siempre habían sabido susurrarle los misteriosos designios del destino. Ella las escuchaba, intentando interpretar y dar forma a las nublosas señales; arte en el que se había vuelto cada vez más y más experta a medida que el poder oculto en su interior comenzaba a despertar. Aquella noche, sin embargo, las estrellas guardaban silencio. Nada podía ver en su brillo eterno, ni en las figuras que trazaban en el cielo. Desvió la mirada hacia un punto lejano en el horizonte.
Nada.
Serena soltó un largo suspiro, apoyando las manos sobre la ancha baranda de mármol. Detrás de la habitación del patriarca se extendía una amplia plaza de piedra. Allí se encontraba en esos momentos, de pie en el borde de la gran plaza, la cual, como si fuera un inmenso balcón, se erigía en lo más alto de la colina del Santuario.
Había transcurrido menos de una hora desde que ordenara a Haruka y Michiru que partieran en aquella peligrosa misión. Magno había resaltado la importancia de la misma, y ella había estado de acuerdo, pero aún así no podía evitar sentir una terrible opresión en el pecho, como si una mano helada le estuviera estrujando el corazón. ¿Cuántos de sus valientes guerreros habían muerto ya, sacrificándose por protegerla? ¿Cuántos inocentes, hombres y mujeres que nada tenían que ver con las guerras entre dioses, habían perecido ya bajo las garras de Chaos?
En ese instante se odió con todas sus fuerzas; si, ella, la mismísima reencarnación de la diosa de la Luna. Se odió con el fervor propio de los humanos por su debilidad, por su incapacidad de despertar completamente el poder oculto en su interior, de utilizarlo contra aquellos que amenazaban a la tierra y a sus queridos guerreros. Observó compungida la gran estatua a sus espaldas. La diosa Selene se erguía orgullosa, con su poderoso báculo lunar. A los pies de esa estatua, oculta en un compartimiento secreto del cual solo unos pocos sabían, se encontraba la armadura divina de la diosa de la Luna. Aún no era capaz de vestirla…
Volvió a suspirar largamente, centrando su mirada en las estrellas. Se lo debía a ellos, a los incorruptibles guerreros dispuestos a dar su vida a cambio de la suya; por ellos debía ser fuerte, por ellos debía despertar del todo el germen divino que dormían en su interior, la fuerza que no solo le posibilitaría enfrentar al Dios de la Destrucción, sino que a su vez le permitiría salvarlos…
Se los debía…
Se lo debía a Pandora, a Sakura, a Galba, a Gávrel, a Dorian, a Bastiaan…a todos los soldados que habían muerto luchando por ella, y a los que aún luchaban por el amor y la justicia del mundo. Cerró los ojos. Se lo debía a el...a Endimión.
—Creo que no te veía así de seria desde que éramos niños…
Serena abrió enormemente los ojos al oír aquella voz, volteando con el corazón martillando contra su pecho. Allí, a solo unos cuantos pasos de ella, sonriente y tranquilo como siempre había sido, se encontraba Endimión. Alto y delgado, de alborotada cabellera negra y ojos azules, el joven general alzó una mano en señal de saludo, observándola directo a los ojos.
—Endimión…—susurró ella, sonriendo asombrada. Era como si sus propios pensamientos lo hubieran convocado hasta allí, a su lado— ¿Cómo has podido llegar hasta la estatua de Selene?
Endimión se llevó una mano detrás de la cabeza, entre avergonzado y divertido.
—Digamos que Asteria tuvo algo que ver.
— ¿Asteria prestándose para algo que va contra las reglas?—rió Serena—Me cuesta imaginarlo.
El joven le devolvió la sonrisa, situándose a su lado con los codos apoyados sobre la baranda. Pese a la alegría inicial del encuentro, durante varios segundos ninguno de los dos dijo nada, absortos en el manto infinito de las estrellas. Serena lo observó de soslayo varias veces, sintiendo como su rostro se encendía. Podía ser la reencarnación de la mismísima Selene, podía ser poseedora de un poder que ni siquiera la más fuerte de las senshis podría soñar con tener, y aún así continuaba sintiéndose como una niña nerviosa cada vez que estaba a su lado, la misma niña que creció con él en el pequeño pueblo de Elysion. Continuó observándolo, esta vez sin tanto disimulo. Endimión se veía sumamente pensativo, con el mentón descansando sobre la palma de su mano y la vista clavada en las estrellas.
—Te pido perdón por haberme presentado de esta forma—susurró de improviso—Pero en verdad necesitaba verte…
—No te preocupes. La verdad es que yo…también deseaba verte.
Endimión sonrió gustoso.
— ¿Si?
—Si…—asintió ella, sintiendo como el calor se acumulaba aún más en sus mejillas—Es decir, tú sabes… Ha pasado mucho tiempo desde que el Santuario se transformó en nuestro hogar. Tanto tú como yo tenemos nuestras responsabilidades ahora, y eso ha limitado mucho las ocasiones en las que podemos vernos…como antes.
Endimión sonrió tristemente. Sabía muy bien a qué se refería Serena. A pesar de que aceptaba su vida en el Santuario y era feliz con ella, aún añoraba los lejanos días en su pequeño pueblo, cuando nadie era capaz de separarlos. En momentos como el que ahora experimentaba, de pie a su lado en la tranquilidad de la noche, deseaba que el tiempo se detuviera para siempre.
Pero tal cosa no era posible… El tiempo corría, y eran muy importantes los asuntos que aún debía atender.
—He venido porque deseaba despedirme, Serena.
La muchacha abrió grandemente los ojos, asustada.
— ¿Despedirte? ¿Pero de qué estás hablando?
—No te preocupes, no es lo que te imaginas—la tranquilizó Endimión—No pienso dejar el Santuario ni nada parecido, eso jamás. Pero si quiero estar en condiciones de luchar junto a mis hermanos dentro de tres semanas, entonces hay un lugar que debo visitar primero.
— ¿Acaso te refieres a…Pallas?
Endimión sacudió la cabeza, ampliando su sonrisa.
—Parece que todos estaban al tanto de la existencia de ese lugar menos yo.
—Ese puede ser un viaje muy peligroso, Endimión—susurró ella—Si deciden seguirte, estarás completamente a merced de las fuerzas del Dios de la Destrucción…
—Lo sé… Pero es mi deseo y mi deber marchar hacia la fortaleza de Chaos cuando llegue el momento; y para eso es necesario restaurar mi armadura. Debo ir.
Serena permaneció en silencio, inclinando la cabeza. Sus largos cabellos rubios ensombrecieron su rostro, reflejando la preocupación que sentía. Lo que Endimión proponía era algo necesario, pero sumamente peligroso. Debía haber otra solución… De seguro podía enviar a alguien en su lugar para que llevara las armaduras hasta Pallas, o cualquier cosa que fuera necesaria. No podía perderlo, no a él…
Iba a alzar la mirada, dispuesta a enfrentarlo, pero calló al sentir las manos del joven tomándola suavemente por los hombros.
—No debes preocuparte Serena—le susurró casi al oído, provocándole un agradable escalofrío en la piel del cuello—Te prometo que regresaré sano y salvo a tu lado. Tú solo espérame.
La chica levantó levemente la mirada, sintiendo como su corazón golpeaba acelerado contra su pecho. No recordaba haber estado jamás tan cerca de él. Bueno, tal vez sí, cuando eran unos niños, pero en aquel entonces no sentía del mismo modo que ahora…
— ¿Me lo prometes?
—Claro—la tranquilizó Endimión—Además no iré solo. Zander, Dasha y Dante me acompañarán. Incluso Minako decidió venir con nosotros. Estaremos bien.
Serena sonrió tímidamente, asintiendo con la cabeza. Casi sin darse cuenta alzó una de sus manos, apoyándola sobre los dedos que Endimión presionaba sobre su hombro.
—Bien…te estaré esperando entonces. No lo olvides.
—Estaré aquí antes de tres semanas, te lo aseguro—los ojos del joven brillaron con entusiasmo—Juntos acabaremos con ese imbécil de Chaos.
Serena soltó una suave carcajada, sintiéndose tontamente feliz.
—No lo dudo. Estoy segura de que serás un guerrero clave en esta guerra, Endimión.
En ese momento, jamás podría haber sospechado lo ciertas que eran esas palabras.
El hombre de cabellos rubios apretó la mandíbula en una mueca de rabia, atravesando a Alpha con sus afilados ojos azules.
—Primero te marchas del campo de batalla dejando solo a Delta—le espetó con la voz llena de ira—Te atreves a hacerlo cuando sabes perfectamente que la muerte de las senshis es algo primordial.
Alpha, Centinela de la Primera Legión Caótica, una joven de lacios cabellos rubios y ojos color escarlata, le sostuvo la mirada en forma indiferente. El hombre ante ella lo superaba considerablemente en estatura, y le hablaba encolerizado casi cara a cara, separados por apenas un palmo de distancia. Aún así, Alpha permaneció impasible, observándolo con los brazos cruzados sobre su túnica blanca.
—No conforme con eso—continuó el hombre alto—tienes el atrevimiento y la arrogancia de organizar un ataque al Santuario por tu propia cuenta, desobedeciendo las órdenes de permanecer aquí e involucrando a la vez a Cratos y a Zell en tus maquinaciones—cerró su mano en un puño, fulminándola con la mirada—La sangre de nuestros compañeros, no la de nuestros enemigos, es la que mancha tus malditas manos.
Alpha había permanecido inexpresiva como una estatua de piedra, pero sus labios se estiraron en una pérfida sonrisa ante aquella acusación. Observó burlonamente a su interlocutor de pies a cabeza, casi insultándolo con sus extraños ojos rojos. Era un hombre alto y de musculatura marcada, ataviado con una corta túnica negra ceñida a la cintura. Sus lacios y largos cabellos, de un rubio dorado, la barba corta y los fríos ojos azules lo hacían poseedor de una atractiva apariencia más propia de los guerreros bárbaros del norte. Alpha amplió su sonrisa, sin dejar de mirarlo despectivamente.
— ¿Su sangre mancha mis manos? ¿En verdad piensas eso, mí querido Aeron? Zell y Cratos no marcharon al Santuario obligados por mí, lo hicieron por su propia cuenta, cayendo en combate como todo buen centinela. Y no fueron arrastrados solos al infierno…dos de las senshis los acompañaron, dos senshis que ellos lograron derrotar.
— ¡Tu arrogancia nos ha costado la vida de tres Centinelas!—rugió Aeron, Centinela de la Séptima Legión Caótica—Tienes suerte de que Kunzite haya decidido hacer la vista a un lado ante semejante traición… ¡Porque si de mí dependiera tu cabeza ya no seguiría sobre tus hombros!
La sonrisa de Alpha abandonó por primera vez sus labios, siendo reemplazada por un fugaz brillo de ira en sus ojos.
—Así que me cortarás la cabeza, eh. Dime… ¿acaso hay algo que te impida hacerlo ahora?
Aquellas palabras fueron como una chispa sobre la madera seca. Aeron soltó un potente alarido de ira, encendiendo en una explosión escarlata un aura de proporciones gigantescas. Toda su musculosa contextura fue rodeada de repente por una poderosa corriente de energía, la cual se concentró como un latigazo en su mano empuñada.
Toda la habitación tembló sobre sus cimientos cuando el brutal puñetazo fue bloqueado por Alpha. Las columnas de piedra negra a los costados se sacudieron haciendo caer el polvo en finas líneas hacia las baldosas, la densa oscuridad que envolvía la estancia retrocedió rápidamente hacia los muros, iluminada por la colosal colisión de energía; en las paredes, las pocas antorchas chisporrotearon hasta casi apagarse, como si fueran sacudidas por un fuerte vendaval.
Aeron tenía el brazo derecho extendido en un feroz golpe de puño, el cual era bloqueado forzosamente por Alpha. La joven de ojos rojos contenía el ataque con la palma de su mano, haciendo presión hacia adelante con todas sus fuerzas. Durante espacio de varios segundos ambos se mantuvieron tensamente igualados, apretando los dientes con el sudor recorriendo sus rostros. Aeron avanzó forzosamente un paso, acumulando aún más energía en su puño, pero su rival no le permitió colocarse en ventaja. Elevando su aura al mismo nivel, Alpha hizo estallar la presión concentrada en el titánico forcejeo. Ambos salieron despedidos hacia atrás bruscamente, arrastrando los pies por las negras baldosas con un fuerte chirrido. Aeron observó furioso a Alpha, la cual le devolvió la mirada con una sonrisa feroz en el rostro.
—Estaba esperando esto…—murmuró Aeron entre dientes—Claro que lo esperaba…
Con un brusco movimiento se arrancó la parte superior de la túnica, revelando un torso musculoso y cubierto de cicatrices. Alpha amplió la hambrienta sonrisa en su rostro, midiendo cada uno de los movimientos de su rival con la frialdad de una fiera al acecho. Extendiendo el brazo hacia adelante con la mano empuñada, Aeron hizo estallar su terrible energía, resquebrajando las baldosas bajo sus pies.
— ¡Prepárate, Alpha!—exclamó enfurecido, rodeado por poderosas corrientes de energía que parecían llamas rojizas— ¡Gran Destructor de Mont...!
— ¡Deténganse ahora mismo!
Los dos guerreros alzaron la mirada con expresión furibunda, sin disminuir o calmar la tensión de sus poderosas auras. La habitación crecía hacia arriba dando lugar a un segundo piso, el cual rodeaba toda la estancia como si fuera una especie de balcón. De pie allí, con una mano apoyada sobre la baranda de piedra, una mujer vestida completamente de negro los observaba. Detrás de ella, con ambos brazos cruzados sobre el pecho, se encontraba el mismísimo Kunzite. El general del Negaverso echó un vistazo a la escena con gesto indiferente, cubierto de pies a cabeza por su afilada armadura de alas oscuras. Era como si no le interesara en lo más mínimo que dos de los centinelas a sus órdenes acabaran de iniciar una riña en el mismo interior del castillo. La mujer de negro, en cambio, apretó la baranda hasta hacer crujir la piedra bajo sus dedos, observando a los dos centinelas en forma furiosa e indignada.
— ¡Aeron, Alpha!—bramó con una profunda voz —Por las ocho prisiones del infierno… ¿Qué demonios creen que hacen?
Alpha apagó rápidamente su aura, bajando los brazos hasta dejarlos a ambos lados del cuerpo. Sonrió inocentemente a la recién llegada, encogiéndose de hombros como si nada hubiera ocurrido. Aeron, en cambio, continuó en la misma postura beligerante, mirando hacia arriba con los dientes apretados en una mueca de disgusto.
—Lyanna, señor Kunzite…—murmuró, bajando un poco los puños—Yo…
— ¡Suficiente!—lo interrumpió la mujer llamada Lyanna—Ya hemos perdido a tres de nuestros hermanos en armas, ¿acaso creen que es momento de ponerse a pelear entre nosotros mismos?
— ¡Delta Cratos y Zell han caído por su culpa!—rugió Aeron, señalando furiosamente a Alpha.
—Si cayeron fue porque sus enemigos supieron superarlos—lo corrigió fríamente Lyanna—No hay excusas en un combate uno a uno. Los centinelas del señor Chaos no podemos permitirnos semejante bajeza.
Aeron palideció de ira, clavando sus ojos azules en la mujer de pie en el balcón. Lyanna era joven, una muchacha de unos veintitrés o veinticuatro años, de rostro pálido y agresivo. Tenía una larga y oscura cabellera, la cual se recogía altamente en una cola de caballo, muy por encima de la nuca. Sus ojos azules brillaban con la misma expresión severa y desafiante grabada en su rostro, como si estuviera preparándose para atacar en cualquier segundo. Vestía completamente de negro, cinturón, botas cortas de cuero, y un ajustado jubón sobre una camisa con correas y hebillas metálicas. Cruzada detrás de la espalda llevaba una larga lanza de metal negro, con la afilada punta de plata sobresaliendo a un lado de su cabeza. Sus ojos azules se movieron lentamente de Aeron a Alpha, atravesándolos con la mirada.
—Sin embargo…—reflexionó en voz baja, sin dejar de observar a la joven de ojos rojos—…tampoco podemos permitirnos actuar por cuenta propia sin medir las consecuencias…
Alpha le sostuvo burlonamente la mirada, mostrándole sus perfectos dientes en una sonrisa repulsiva. Aquello enfureció aún más a Aeron. Alpha, la centinela de la Primera Legión Caótica, aquella jovencita de ojos antinaturales y sonrisa maligna, no mostraba ningún tipo de lealtad o respeto por absolutamente nadie, algo imperdonable para una de los Doce Centinelas del Dios de la Destrucción. Había actuado por su propia cuenta, desobedeciendo a Kunzite aún a sabiendas de la fuente de su autoridad; había organizado un ataque que terminó por llevar a la tumba a Zell y a Cratos. ¿Qué demonios pretendía? Era imperdonable.
—Señor Kunzite—exclamó Aeron, arrodillándose sobre la fía piedra con la mirada alzada hacia arriba—Hemos perdido a tres de nuestros centinelas, tres de mis amigos y hermanos. Por favor permítanos marchar hacia la batalla y vengar esta afrenta…
Kunzite, quien hasta entonces había permanecido completamente indiferente a todo, clavó sus ojos celestes en él.
—No—contestó, implacable.
—Pero…
—Las senshis de Selene vendrán hasta aquí mucho antes de lo que te imaginas—lo interrumpió—Hasta entonces proseguiremos tal y como he ordenado hasta ahora—desvió la mirada hacia Alpha, quien había agriado su expresión al oírlo hablar—Alpha, tú escoltarás a Eneas en la importante misión que le he asignado; no solo es la voluntad del señor Chaos, sino que contribuirá a quitar del medio a algunos cuantas senshis...estoy completamente seguro.
Alpha hizo una burlona y exagerada reverencia, con sus ojos sangrientos clavados en el general del Negaverso.
—Como su señoría ordene…—siseó, con la falsedad y el veneno derramándose de sus labios.
Kunzite no le prestó ni la más mínima atención. De hecho, el oscuro general había desviado distraídamente la mirada hacia un lejano y oscuro rincón de la habitación, varios metros por debajo de él. Lyanna observó de reojo en la misma dirección, extrañada, pero no había nada allí; solo las profundas sombras que escapaban a la luz de las pocas antorchas en los muros.
—Y en cuanto a ti…—susurró de repente Kunzite, sin apartar la mirada de aquel rincón—…reunirás a tus hombres y marcharás hacia el lugar donde las armaduras renacen—su voz se volvió tan fría como el hielo—No dejarás a nadie con vida. Es una orden.
Recién entonces los demás comprendieron a quien le estaba hablando; solo cuando vieron a las lejanas sombras retorcerse como si estuvieran vivas, extendiéndose a través de la habitación a una velocidad escalofriante.
Algo se movía en la oscuridad.
Una silueta menuda y delgada emergió lentamente de la penumbra, desprendiéndose de las sombras como si hasta entonces hubiera formando parte de ellas. Un joven, un hermoso joven de ojos y cabellos negros, caminó tranquilamente a través de la oscuridad que se extendía bajo sus pies a cada paso, alzando la mirada con gesto triste y melancólico.
—Será como usted ordene, su señoría—susurró—Cumpliré con la voluntad del señor Chaos.
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Continuará…
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Capitulo 10:
—Una senshi…—murmuró uno de los soldados, colocándose cautelosamente en guardia.
Sus compañeros hicieron exactamente lo mismo, desbandándose como un enjambre alrededor de la recién llegada, cercándola desde todas las direcciones. Su señor Cratos les había advertido del gran poder de las doce senshis, y para ellos su palabra era ley. A pesar de que habían estado ocultándose a la perfección, de algún modo aquella guerrera se había percatado de su presencia, y estaba allí para matarlos. Pero ellos eran más…muchos más. No debían ser tomados a la ligera. Ni siquiera una senshi podía permitirse algo como eso.
— ¿Quién demonios eres?—insistió el guerrero negro— ¿Qué sucedió con el señor Cratos?
Nada.
La mujer frente a ellos ni siquiera dio señales de haberlos escuchado. Su expresión continuó tan imperturbable como una máscara de piedra, observándolo fijamente de arriba a abajo. En medio de semejante inexpresividad, la ceja azabache que alzó casi pareció extraña en su movimiento.
— ¿Cratos?—preguntó la mujer, con una voz tan fría y clara como la nieve— ¿Ustedes son hombres al servicio de Cratos?
— ¡Así es!—exclamó enfurecido el soldado— ¡Y si algo le sucedió a nuestro señor nosotros nos encargaremos de vengarlo!
El guerrero se lanzó disparado como una flecha hacia la senshi, haciendo arder una energía agresiva y poderosa.
...
— ¡Extinción Glaciar!
— ¿Pero qué diablos fue eso?—exclamó Dasha aún con los brazos alzados, observando atónita el resultado de aquel indescriptible ataque.
Las decenas de enemigos que hasta hacía unos instantes los habían enfrentado habían desaparecido por completo, como si nunca hubieran estado allí. Sin embargo, los pocos restos de armadura repartidos aquí y allá, en el inmenso cráter en el que se había transformado el campo de batalla, delataron la escalofriante verdad oculta tras el humo y las rocas: el ataque prácticamente los había congelado y vaporizado… Los guerreros negros habían sido reducidos a polvo perdido en el aire.
¿Qué demonios había pasado allí?
Al cabo de unos segundos de inalterable silencio, Minako se adelantó unos cuantos pasos con gesto disgustado, llevándose ambas manos a la cintura.
— ¡Hey!—exclamó indignada— ¿Justo cuando estoy a punto de irrumpir gloriosamente en escena tienes que aparecerte con semejante entrada?
Los jóvenes no habrían sabido a quien le estaba hablando de no haber escuchado los repentinos pasos a sus espaldas, acercándose con toda la tranquilidad del mundo hacia ellos. Voltearon bruscamente, topándose con… ¿Tristán?
El chico les sonrió de oreja a oreja, alzando una mano con los dedos índice y mayor extendidos en forma de V.
— ¡Aquí llegó la caballería, muchachos!—exclamó divertido.
Luego de mucho esfuerzo, pero antes de lo previsto, he aquí el capítulo 9. Sin duda este es el episodio más largo hasta ahora, y el que más trabajo costó sacar a la luz. Por eso agradecería mucho poder conocer sus opiniones...
Aureo-Chan
