Capítulo 8:
No se sentía capaz de mirar a Inuyasha a la cara. ¿Por qué hizo aquello? Él la besó y ella se dejó besar como una estúpida durante horas. Era ya madrugada cuando se fue a la cama con los labios hinchados por los besos, las mejillas sonrojadas y el vientre ardiendo. Había deseado irse a la cama con Inuyasha, pero logró resistir la tentación y regresó como una niña buena a su dormitorio, donde estaba durmiendo Setsu. Se puso el camisón como una autómata. Antes de meterse en la cama, le acarició el cabello a su hijo, pensando en él, en lo que era lo mejor para el niño.
A la mañana siguiente no fue capaz de mirarlo. Lo esquivó en el desayuno, asegurándose de tomar el café cuando él se marchó de la cocina. Se ocupó de las tareas del hogar, esquivándolo en cada esquina. Si Setsu quería irse con su padre, no se interponía para no tener que encararlo. Inuyasha no era estúpido; debía haberse percatado de que se estaba comportando como una cría, pero, a esas alturas, ya no le importaba nada. Tenía veinte años, aún estaba en su pleno derecho de comportarse como una cría de vez en cuando.
Así transcurrió todo el fin de semana. Si él entraba en la habitación, ella salía. Si Inuyasha ofrecía ir a algún sitio, a ella le surgían tareas. Si Setsu intentaba juntarlos, ella le decía que le dolía la cabeza y se iba a su dormitorio. Si Kaede la llamada, se hacía la dormida. Y así hasta el lunes, hasta que ya no pudo esquivarlo más. Tenían que ir juntos al día del deporte en el colegio. Había pedido un día libre en el trabajo para poder estar allí y no podía hacer como que Inuyasha no existía. Setsu ya empezaba a sospechar del extraño comportamiento de su madre. Era hora de enfrentarse a sus sentimientos.
Se levantó muy temprano para preparar la comida, el almuerzo y la merienda para ese día mientras trazaba un plan de actuación para la jornada. Para cuando todos se levantaron, ya tenía toda la comida empaquetada y había preparado el desayuno. Por primera vez desde aquella noche, se enfrentó a Inuyasha. Se sentó frente a él, como ya era costumbre, y le colocó el desayuno delante a su hijo. Tomó el café intentando aparentar la mayor tranquilidad posible e incluso le ofreció zumo. De repente, Inuyasha la miraba como si se estuviera volviendo loca.
Vistió a Setsu con el chándal gris y rojo del colegio y ella se puso unos vaqueros ajustados, unas playeras y un sencillo niki rosa palo. Kaede iba más formal con su vestido de flores y una pamela. Inuyasha también optó por vaqueros, zapatillas y una camiseta de algodón negro que le quedaba insoportablemente bien. No era justo que los hombres, especialmente, los hombres con músculos marcados, vistieran con esas camisetas.
Setsu saltó durante todo el camino agarrado de las manos de sus padres. Cuando llegaron al colegio, se lo encontraron lleno de familias. Tuvieron que buscar sitio durante varios minutos y fue Inuyasha quien finalmente encontró un sitio estupendo en primera fila. Tenían un árbol que les daba sombra justo al lado y allí corría una brisa estupenda. Extendieron un par de toallas y un mantel y se sentaron con las canastas con la comida que Inuyasha cargó durante todo el camino. Fue muy caballeroso por su parte llevar todo el peso por el camino mientras, además, hacía saltar a su hijo. Si Houjo se pareciera remotamente a…
Sacudió la cabeza enfadada. No quería que Houjo se pareciera a Inuyasha; eso era estúpido. ¿Por qué iba a querer casarse con un hombre como Inuyasha? ¡No tenía sentido! Aunque nada tenía sentido desde que Inuyasha volvió a entrar en su vida.
— ¿No has invitado a Houjo, Kagome?
¿Por qué Kaede le preguntaba aquello en ese momento? ¿Esperaría que Houjo apareciera por allí? Ni siquiera le habló de ese día. Prefería ahorrarse la negativa y el mal trago.
— ¡Houjo es un manta! — exclamó Setsu entonces.
Setsu y Kaede se rieron ruidosamente. Aunque Inuyasha no lo hizo abiertamente, notó la diversión y la burla en su mirada. ¿Cómo se atrevía?
— ¡No es verdad! — exclamó con las mejillas sonrojadas — No ha venido porque tenía que trabajar.
Eso era lo que ella se decía a sí misma. Siempre se decía que si Houjo rechazaba algo tan importante para ella era porque tenía que trabajar y no le iban a dar un día libre en un banco con cualquier excusa. No obstante, Houjo terminaba a las dos, podría llamarle por teléfono y pedirle que se pasara. No, no lo haría. Tenía miedo de que su respuesta no fuera la que ella esperaba.
— ¡Sí que es verdad! — insistió Setsu y se volvió hacia su padre — Una vez, jugué a fútbol con él y, cuando fue a chutar el balón, se cayó de espaldas al suelo.
Inuyasha se rio a carcajadas con el niño. Ella frunció el ceño, apretó los dientes con fuerza y se le sonrojaron las mejillas por la rabia que sentía en ese momento. Se levantó, dejándoles saber a todos lo mucho que le habían ofendido sus palabras, y se marchó. No se perdería por nada del mundo la competición de su hijo, pero necesitaba estar sola un rato para tranquilizarse. No soportaba que se burlaran de esa forma del que iba a ser su marido. Lo peor de todo era que su propio hijo de cinco años se riera de él. Jamás lo respetaría si era así como lo veía.
— ¡Kagome!
Lo que le faltaba para ponerla la guinda a aquel día: Inuyasha persiguiéndola. Lo ignoró, hizo como si no lo hubiera oído, y, para evitar que la agarrase y montasen un numerito allí en medio, se acercó a la madre de un compañero de clase para hablar con ella.
Captó el mensaje en seguida. Kagome no quería hablar con él. Sabía que no estaba buscando a esa persona, que no se había acercado a ella porque tuviera algo que decirle o por amistad. Kagome le estaba diciendo sin palabras que ya podía marcharse por donde había venido. Justo cuando pensaba que las cosas habían mejorado entre ellos... Esa mañana volvió a mirarlo a la cara e incluso a hablarle, pero todo se había estropeado a la velocidad de la luz. No debió reírse de las burlas de su hijo hacia Houjo. Cuando percibió lo mucho que le habían dolido a Kagome, regañó a su hijo y le prohibió volver a hablar así del niño pijo delante de su madre.
Sus problemas con Kagome eran mucho más difíciles de solucionar. Kagome ya era una persona adulta, no le debía obediencia y jamás le dejaría imponerse después de todo lo acontecido entre ellos. Con ella no funcionaría una regañina. ¿Acaso no se daba cuenta de que se sentía atraída hacia él y no hacia Houjo? Los había visto juntos y no eran ni por asomo lo que eran Kagome y él. Había un mundo entre las dos parejas y empezaba a hartarse de ese trío amoroso. Kagome no sabía llevarlo con madurez, pero eso era en parte culpa suya. Le faltó el consejo de su madre y la experiencia con otros chicos durante la adolescencia para aprender. Era evidente que no sabía con exactitud qué sentía.
Otro problema que se le presentaba con fuerza era que tampoco estaba seguro de que entre Kagome y él pudiera funcionar una relación seria. Se deseaban, algo evidente desde la primera vez que se vieron seis años atrás. Nada de eso había cambiado. Ahora bien, el deseo no era suficiente para mantener a flote una relación; mucho menos cuando había un hijo de por medio que podría verse afectado por sus problemas maritales. No sabía si Kagome lo amaba y no estaba seguro de que pudiera hacerlo algún día. Había mucho rencor acumulado, mucho dolor. Al menos, él por fin tenía bien claro que estaba perdidamente enamorado de ella. Lo estuvo desde siempre y esa visita le había servido para entenderlo, para comprender su verdadero problema. Su psicólogo lo adivinó; por eso lo envió allí, esperando que él mismo lo descubriera. Tendría que pagarle un extra.
Se volvió de nuevo hacia donde se encontraban Kaede y Setsu. Todo aquello lo inició la anciana, pero no dio el resultado que ella predijo. Lo notó en su mirada. Al preguntar por Houjo, esperaba que Setsu soltara algún comentario para burlarse de su torpeza en los deportes. No la decepcionó y Kagome dio la respuesta esperada. Sin embargo, la estratagema se le fue de las manos cuando Setsu contó aquella cruel y, al mismo tiempo, divertida anécdota. Mientras lo contaba, a Kaede se le desencajó la mandíbula y se volvió lentamente hacia una Kagome que se estaba calentando como una tetera hirviendo. Él fue tan tonto como para reírse. ¡No debió reírse! Entonces, Kagome huyó furiosa con todos.
Setsu ya había salido al campo de juego con sus compañeros cuando volvió a su lugar. Kaede le dio una botella de agua bien fría.
— Siento lo sucedido. — se disculpó — Los niños son impredecibles.
— Agradezco tu ayuda, Kaede. — señaló — Pero creo que es mejor que lo dejemos, los dos.
— ¿Vas a rendirte? — parecía sorprendida — Ya has visto a Houjo. No puedes permitir que…
— No puedo tomar las decisiones por ella. Es Kagome quien debe elegir qué es lo mejor para ella y para Setsu.
— No quiere a Setsu. — le recordó — Ese hombre no quiere a vuestro hijo y Kagome es incapaz de verlo. Es tan joven y tan inocente todavía…
Sí, Kagome no había perdido una de sus mayores facultades: la inocencia. Desgraciadamente, esa inocencia le seguía jugando malas pasadas y no tenía nadie a su lado que pudiera protegerla. Kaede no se atrevía a interferir directamente en su vida por miedo a perder a lo más parecido que tendría nunca a una hija y un nieto. Por lo tanto, solo quedaba él, quien, desgraciadamente, no era una buena opción.
Kagome regresó cuando se iniciaron los juegos y no les dirigió la palabra a ninguno de los dos. Era lo esperable. Bebió agua fresca de su botella, deseando que fuera una buena cerveza para ahogar sus penas.
Las pruebas se decidían primero por cursos; luego, según las diferentes clases de cada curso. En el curso de Setsu, se formaron dos grupos de cerca de veinte niños. Para la primera prueba, compitieron en una prueba de velocidad. Era una carrera por relevos en los que se escogían a los cuatro mejores de cada clase. Setsu fue uno de ellos y con él no podían perder. En el último relevo se enfrentaron Setsu y Mance. No sabía que Mance fuera a otra clase. Esa primera prueba la ganó Setsu, tal y como había predicho. Saltaron del sitio aplaudiéndole y vieron encantados como le daban la primera medalla del día junto a los demás compañeros que habían participado.
A la distancia, vio a la madre de Mance. Le dio agua a su hijo y le dijo lo que supuso que serían palabras de consuelo tras haber perdido la carrera. Entonces, Tsubaki alzó la vista y lo vio. Se sintió avergonzado. Esperaba la misma reacción por parte de ella después de lo sucedido entre ellos, pero lo saludó a la distancia con total normalidad y hasta le mandó un beso. ¿Acaso se había vuelto loca? Le dejó las cosas muy, muy claras la última vez que hablaron.
Cuando se volvió enojado, se percató de que Kagome lo había visto. Le puso cara de pocos amigos. Después de aquello, intentar hablar con ella fue como hablar con una pared. Su capacidad de respuesta y receptividad se volvieron tan limitadas que tuvo que desistir. ¡No lograba entender a las mujeres! Una no captaba su directo y absoluto rechazo; la otra se negaba a escuchar la maldita verdad. ¿Por qué eran tan complicadas?
La siguiente prueba fue un partido de fútbol corto. Duró la mitad de lo acostumbrado. Se le hizo un partido muy igualado y tedioso para ser entre niños. El tal Mance no dejaba respirar a nadie en el campo; tenerlo de rival no era nada recomendable. Sin embargo, Setsu ya conocía su juego y sabía cómo enfrentarlo. Utilizó las fintas que él mismo le había enseñado y realizó sorprendentemente bien para su edad el tiro con efecto. Debía admitir que estaba muy impresionado. Al terminar el partido, su hijo se alzó de nuevo para recoger la segunda medalla del día.
Entonces, el árbitro tocó el silbato y todos los niños corrieron hacia sus padres. Setsu se tiró sobre él, agarró su brazo y tiró de él con fuerza.
— ¡Vamos, papá!
No entendía nada.
— ¿A dónde?
— ¡Tienes que jugar! — gritó emocionado — ¡Gánalos a todos!
Poco después, lo entendió. Los padres de cada niño iban a tomar sus lugares en el equipo para tener un partido de fútbol. Ese partido servía para darles puntos extras a las clases de sus hijos. Se miró la ropa, apenado. Ojalá le hubieran avisado antes para vestirse con un chándal y no con unos vaqueros tan caros y rígidos. Calentó en el sitio ajeno a todo lo demás hasta que se fijó en que sus contrincantes y su propio equipo lo miraban mal. Claro, sus mujeres lo perseguían y lo estaban animando en ese momento como unas grupis. ¡Diablos, jamás caería bien a nadie en ese pueblo!
— ¡Ánimo, papá! — escuchó a su hijo — ¡Demuestra que eres mi padre!
Deseó que Kagome también le procesara alguna palabra de ánimo, pero ella seguía en sus creces con un enfado monumental en su contra. Tuvo que morderse la lengua y aceptar a regañadientes que el capitán del equipo fuera un hombre con una enorme barriga cervecera. Aquellos hombres preferían a alguien incapaz de correr dos minutos seguidos a escogerlo a él.
Cuando sonó el silbato que daba inicio al partido, corrió hacia donde estaba el capitán para coger el balón antes de que se lo quitaran. En cuanto le regateó el primero, se metió de por medio y lo cogió. Todos fueron a por él. Abandonaron sus posiciones para perseguirlo sin un plan. De repente, se vio huyendo de una bandada de hombres cabreados. ¿Qué había hecho él para merecer aquello? Eran sus mujeres las culpables de todo, no él.
Saltó cuando intentaron hacerle la zancadilla, se acercó al área y realizó su tiro con efecto. Setsu lo hizo genial, pero se notaba una gran diferencia cuando era un hombre adulto y con más fuerza el que lo realizaba. Marcó, por supuesto, y de ahí en adelante todo fue a mejor. Sus compañeros de equipo, al percatarse de lo bueno que era en el juego, le fueron cogiendo más y más cariño. Finalmente, cuando marcó su séptimo y último gol, lo alzaron sobre sus hombros dos de ellos e hicieron un paseo del orgullo burlándose del equipo contrario. No fue muy deportivo hacer aquello, pero estaba de buen humor y al fin se había ganado algunos amigos.
A ellos también les dieron unas medallas conmemorativas. Cuando se volvió para buscar a su hijo, alguien lo besó en la mejilla. Era Tsubaki. Inmediatamente, buscó alarmado a Kagome. ¿Y si ella lo había visto? No, no lo vio. Estaba demasiado ocupada preparando a su hijo para que regresara al campo.
— ¡Eras el mejor del campo! — lo elogió — Vas a tener todo un club de fans después de esto.
Eso era lo último que quería en el mundo. Entonces, se percató de que Mance estaba pegado a las faldas de su madre. Claro, no tenía padre.
— ¿Quién ha jugado por…?
— Mi hermano. — lo señaló — No es tan bueno como tú.
¿No debería estar a favor del equipo de su hijo y de su hermano?
— Bueno, tengo que volver con mi hijo…
— ¿Por qué no te pasas a la hora del almuerzo a comer algo con nosotros? — le propuso — He preparado unos tentempiés estupendos.
— Lo pensaré…
Ni por todo el oro del mundo. La comida de Kagome frente a la comida de Tsubaki; no había nada que pensar. Ya la tenía bastante enfadada como para provocar más todavía su mal genio. De todas formas, estaba allí para pasar tiempo con su hijo.
Hablando de Setsu… Su hijo se tiró sobre él en cuanto lo vio.
— ¡Guao, papá! — parecía contento — ¡Les has dado una paliza!
— Me pediste que se notara que soy tu padre.
Chocaron los cinco y le revolvió el pelo antes de dejar que se marchara. Después, se sentó y se bebió de un trago todo el contenido de su botella de agua. La lanzó a la papelera y encestó a la primera. En seguida, Kagome le puso otra botella de agua bien fresca al lado. No le dijo ni una palabra, pero fue suficiente para él.
Las siguientes pruebas eran mini juegos de toda clase. Setsu participó menos, puesto que ya había participado mucho hasta ese momento. Fue divertido verles. Se rieron muchísimo hasta que les tocó a ellos. Se levantó a disgusto por tener que volver a participar tan pronto aunque Kagome tuvo que ir con él en esa ocasión. De repente, se vieron tan pegados el uno contra el otro que era imposible respirar. Les habían atado los pies. Su tobillo izquierdo se unía con una cuerda al tobillo derecho de Kagome, formando una sola pierna. Los dos trastabillaron para ponerse en la salida e intentaron no mirar al otro.
La discusión llegó cuando pasó el brazo alrededor de la cintura de Kagome para agilizar la torpe marcha. Ella se lo tomó como una ofensa.
— ¡Te recuerdo que estoy prometida! — le gritó — ¡No puedes hacer eso!
— Es la mejor manera para movernos. — intentó decirle con toda la calma que le fue posible.
— ¡Te exijo que me sueltes!
— Pues será mejor que dejemos la carrera y hagamos perder a Setsu. — le contestó — Si te suelto, nos caeremos en cuanto demos el primer paso.
Todo lo que dijo era verdad. Aparte del premio grupal para la clase, se daba uno individual a la excelencia deportiva y Setsu estaba haciendo todo lo posible para acumular puntos y ganarlo. No podían dejarlo tirado y humillarlo peleándose en medio de la pista. Entonces, intervino la última persona que ambos deseaban ver en el mundo.
— Si queréis, podemos cambiar de pareja… — ofreció Tsubaki señalando a su hermano — A nosotros no nos importa.
— ¡Ni en tus mejores sueños!
Por fin quedó zanjada la discusión. Le dio la espalda a Tsubaki de la forma más grosera posible y lo agarró pasando su brazo sobre sus hombros. A lo mejor era bueno que esa mujer pusiera de tan mal humor a Kagome. Más bien, la ponía celosa. Kagome nunca lo admitiría, pero era la pura verdad.
Flexionaron las rodillas al mismo tiempo para situarse bien en la meta, como un auténtico equipo. Cuando sonó el silbato, corrieron con todas sus fuerzas. A diferencia de las otras parejas, no se tropezaron ni una sola vez. Fueron los únicos, además, que pudieron llevar el ritmo corriendo, mientras que los demás apenas lograban caminar de prisa. Parecía que hubieran practicado en casa antes de competir para estar tan compenetrados, y llegaron a la meta en seguida. Su victoria fue aplastante. Recibieron otra medalla en recompensa.
— ¡Habéis estado genial!
Setsu estaba emocionadísimo con el puntaje. Era de los primeros, casi ganaba a los más mayores, y ya saboreaba la medalla por la excelencia deportiva. Después de esa prueba, llegó la hora del almuerzo. Bebieron unos refrescos y tomaron unos sándwiches vegetales y otros de tortilla francesa con jamón york. Setsu se estaba comiendo un plátano cuando lo llamaron a competir de nuevo. Fardó delante de las chicas, tal y como lo hubiera hecho su padre de más joven, y volvió a su equipo. Entonces, organizaron partidos de baloncesto. Después de eso, jugaron a béisbol y hubo una última prueba exclusivamente femenina.
Se podía palpar la tensión desde su sitio entre Kagome y Tsubaki, quienes se dirigían miradas de puro odio. Tsubaki, a diferencia de otras madres, parecía relajada y se pavoneaba como si estuviera muy segura de que resultaría ganadora. No fue capaz de predecir una cosa que él ya sabía: Kagome era muy flexible. Hizo gimnasia rítmica durante toda su infancia y parte de su adolescencia y estaba en buena forma. Corría más rápido que nadie, saltaba alto, incluso podía dar elegantes piruetas. Tsubaki la seguía de cerca, pero estaba haciendo tal esfuerzo que parecía que fuera a vomitar en cualquier momento. Finalmente, Kagome se dobló en mitad de la carrera para pasar bajo una barra que no le llegaba ni a la altura de las caderas y sonaron los aplausos en el público. Cuando se volvió a alzar con la misma facilidad y continuó corriendo sin ninguna dificultad, el público gritó.
Kagome llegó hasta la meta y se volvió con una sonrisa hacia su contrincante. Tsubaki se había quedado en la barra doblada, sin poder moverse por el esfuerzo.
— Mamá, ¿cómo has hecho eso?
Kagome se sentó con las piernas cruzadas sobre el mantel y sonrió a su hijo.
— ¿Hacer qué?
— ¡Te has doblado! — exclamó con los ojos brillantes — ¡Y corrías igual de bien!
— No lo sé… — se apartó los mechones que se le habían adherido a la piel mientras corría — Aprendí a hacerlo hace muchos años…
— Pero, ¿cómo? — insistió.
— Práctica. No hay ningún truco. — le aseguró — Solo repetirlo una y otra vez hasta que te sale y sufrir mucho.
Setsu perdió el interés con esas palabras y salió a realizar la última prueba antes de la comida. Hicieron un pequeño partido de hockey sin hielo; en esa ocasión, en vez de ganar, los dos equipos quedaron empatados. Cuando Setsu regresó, Kagome le hizo quitarse la camiseta y le limpió el sudor con una toalla antes de ponerle otra camiseta diferente. Después, comieron.
Kagome había preparado ensalada, una tortilla que tenía muy buena pinta, más sándwiches, una empanada de atún y panecillos de mantequilla. Empezaron a comer con buen apetito, desgastados por la mañana de deportes. Setsu devoraba la comida como un hombre adulto, apenas sin respirar entre bocados. A pesar de las tiranteces, estaban incluso disfrutando de la comida hasta que Tsubaki se presentó allí con una fiambrera y se sentó a su lado sin saludar a nadie, ni pedir permiso. Esa muestra de mala educación lo cabreó.
— ¿Por qué no pruebas mi comida? — ella misma pinchó un pedazo de carne guisada y se le ofreció — Lo he preparado yo misma, está delicioso.
No era nada modesta al parecer. Miró el pedazo de carne con desconfianza. ¿A quién se le ocurría llevar carne guisada a un picnic? Además, estaba fría. Odiaba la carne fría. Y todo eso por no añadir el dato de que le quería dar ella la comida, como a un niño. ¿Se había vuelto loca? Ojalá la hubiera visto venir antes de haberla invitado a merendar aquel día. Solo buscaba una amiga, charlar como lo hacían otros padres; no una acosadora.
— No me va la carne fría.
Apartó la cara de su tenedor y compuso su peor mueca de desagrado. Eso no la amedrentó. Se levantó y le sonrió.
— En un rato volveré a traerte otra cosa entonces.
— No hace falta que vuelvas.
— Seguro que quieres algo de postre… — insistió.
— Kagome ya ha hecho el postre. — se cruzó de brazos impasible — No vuelvas.
Se fue disgustada, despotricando sobre ellos, y molestando a la gente en su camino. Pudo respirar al fin, aliviado de haberse librado de una buena vez de esa mala mujer. No la soportaba. Cogió otro pedazo de tortilla sin darle mayor importancia. Mientras lo masticaba, levantó la vista hacia Kagome casualmente. Lo estaba mirando fijamente, confusa. ¿Habría estado pensando hasta ese momento que tenía algo con Tsubaki? No, le dejó las cosas claras el viernes anterior. Debería saber muy bien detrás de quién iba.
Se chupó los dedos comiendo la quesadilla que Kagome había preparado de postre minutos antes de que se reiniciaran los juegos. Por la tarde, los niños tuvieron una carrera de obstáculos primero para acumular más puntos. Después, les tocó una carrera con pistas, retos y actividades diferentes que exigían movimiento. Ganaba el más rápido en conseguirlo, ya que también corrían por una pista para hacerlo. Setsu fue el primero en llegar a la última fase. Tenía que coger un papel en el que le pedían que consiguiera algo. Leyó el papel y se quedó unos segundos pensándolo hasta que se le iluminó la mirada. Ya tenía la respuesta.
Corrió hacia ellos, decidido. Ambos empezaron a buscar a ciegas lo que querría el niño. ¿Qué objeto podrían haberle pedido que estuviera en su posesión?
— ¡Papá, mamá, tenéis que venir conmigo!
Los dos se quedaron conmocionados al escucharlo, pero no dudaron en seguirlo. Cada uno lo cogió de una mano y corrieron hacia el examinador. A lo mejor en el papel pedía que buscara a sus padres, a un hombre y a una mujer o algo por el estilo. Cuando llegaron, Setsu le dio su papeleta al examinador y este se la mostró: "un beso de amor".
Los dos palidecieron. Setsu les había montado una buena encerrona y con todo el colegio de público. Kagome se mordió el labio por dentro y deseó darle a Setsu su primera azotaina por ponerla en aquella posición. ¿Acaso no se daba cuenta de que ellos no eran pareja? Sabía a la perfección que se iba a casar con Houjo. No podía besar a Inuyasha por las bravas delante de todos aquellos testigos. Todos sabían que ella estaba prometida con Houjo Akitoki.
— ¡De prisa! — los instó Setsu — ¡Ya vienen los demás!
Si no se besaban, Setsu perdería automáticamente, pero se la jugaba mucho más si besaba a Inuyasha allí. Además, Setsu ya había ganado más que suficientes medallas; tenía que dejar que otros niños ganaran. Ahora bien, Inuyasha pensó mucho más rápido que ella y no le dio opción. Rodeó su cintura, la acercó de un tirón y juntó sus labios con los suyos. No era un beso apasionado como los que acostumbraban a compartir. Era un beso apto para todos los niños del lugar y un beso que le costó muchos silbidos y cumplidos picantes del público.
Cuando Inuyasha la soltó, estaba sonrojada hasta las raíces del cabello y el examinador daba su aprobación a Setsu para continuar con la carrera. Setsu ganó, por supuesto, pero ella no fue capaz ni de felicitarlo. Todos lo habían visto. ¿Y si llegaba a oídos de Houjo? Quería que la tierra se la tragase. No pudo disfrutar ni un poquito de la entrega del premio a su propio hijo de lo agobiada que estaba con el asunto del beso. ¿En qué demonios estaba pensando Setsu? Pero también fue culpa suya. Debió exigirle que leyera lo que ponía en la papeleta antes de acompañarlo. De esa manera, podría haber encontrado alguna alternativa.
Recogieron en silencio, al darse por terminado el día del deporte, y se dirigieron hacia la salida. Inuyasha volvía a cargar con todo sin que nadie se lo hubiera pedido y la miraba fijamente, expectante. Ella no se atrevía a devolverle la mirada. Mientras tanto, Kaede y Setsu llevaban la delantera como si nada hubiera sucedido.
— ¡Kagome!
La voz de Houjo a su espalda le hizo dar un brinco por el susto. La abrazó desde atrás con total normalidad, ajeno a lo que ella estaba pensando.
— Siento no haber podido venir antes. Ya sabes que estaba trabajando.
No le había invitado.
— ¿Có-Cómo lo sabías?
— Tsubaki. — sonrió — Pidió el día libre. Al dar sus motivos, supuse que tú también estarías aquí. Hoy no había casi nadie en el pueblo. — le explicó — Todos están aquí. ¿No es increíble?
Asintió con la cabeza intranquila por la mención del nombre de la otra mujer.
— No tenías que ocultármelo, Kagome. — le puso las manos sobre los hombros — Setsu va a ser mi hijo, tengo que acudir a estos eventos.
— Y-Yo… lo… lo si-siento… — balbuceó — No quería interferir en tu trabajo…
— Lo sé. — volvió a abrazarla — ¿Y qué tal? ¿Ha ganado Setsu?
Asintió con la cabeza en respuesta mientras que Houjo componía su mejor mueca de asombro. Hizo la pregunta normal por educación, pero sin imaginarse tan siquiera que un niño de cinco años se llevaría el premio frente a niños de once años. Setsu era un gran deportista y había acumulado muchísimos puntos. Hizo todas las pruebas incluidas las extras y lo dio todo. Nadie pudo prever que un niño tan pequeño haría algo semejante.
— ¿En serio? ¿Ha ganado a los de sexto de primaria?
Volvió a asentir con la cabeza.
— ¡Ja, increíble! — exclamó — Deberías llamar a un cazatalentos.
Inuyasha escuchó en silencio a la pareja y apretó los puños. Sintió el mimbre ceder en sus manos y aflojó el agarre para evitar romper las asas de las cestas. ¿Cómo podía tener tanta cara? Lo supo desde el principio y no se le ocurrió la gran idea de aparecer por sorpresa. No tenía ni el más mínimo interés por Setsu. Aun yendo a trabajar, podría haber aparecido hacia las tres. ¡Eran las cinco y media! No fue a ver a Setsu porque no le dio la real gana.
— ¡Inuyasha!
¿Cuándo iba a librarse de Tsubaki? Había intentado ser educado, pero no había funcionado. Fue pasivo y desinteresado, pero tampoco coló. Finalmente, fue borde y ella volvía a estar allí. Todo eso por no hablar del beso público que le dio a Kagome.
— ¡Mi hermano se ha llevado a Mance! — se aferró a su brazo — ¿Qué tal si vamos tú y yo solos a tomar algo? — mientras le hacía la propuesta vio a Houjo — ¡Hola, Houjo!
— Buenas tardes, Tsubaki. — sonrió — Siento lo de Mance. Ya me han dicho que Setsu es un as de los deportes.
— Sí, ha acumulado muchísimas medallas. — se rio — Supongo que a los niños les gustan esas cosas. — entonces se quedó pensando algo — Y supongo que a los mayores también. Si supieras las cosas que están dispuestos a hacer algunos padres para que sus hijos ganen…
Tsubaki se rio como si se tratara de una broma; Kagome e Inuyasha empezaban a sudar. Quería joder a Houjo Akitoki, quería que él y Kagome rompieran, pero no quería que fuera de esa forma. No era justo para Kagome, ni para él mismo.
— ¿Cómo qué? — preguntó Houjo con humor.
La suerte ya estaba echada.
— Verás, tu prometida y…
— ¿Por qué no vamos a dar esa vuelta? — tiró de ella — Me estoy aburriendo aquí.
Tsubaki quedó tan fascinada por las palabras de Inuyasha que se olvidó por completo de lo que iba a decir y tiró de él para marcharse cuanto antes. Se despidieron y se alejaron inmediatamente. Tsubaki creía que iban a tener una cita, pero la realidad no podría ser más diferente. Iba a cantarle las cuarenta y le dejaría muy claro lo que iba a sucederle si le contaba a Houjo algo de lo sucedido entre Kagome y él.
Kagome lo vio partir agradecida. Al fin había comprendido que Inuyasha quería librarse de Tsubaki, que no le gustaba, y, con ello, el verdadero motivo de que se marchara con ella en esos momentos. La estaba salvando de lo que sería la bronca del siglo entre Houjo y ella.
— ¿Y tú qué, campeón? — Houjo se acuclilló para estar a la altura de Setsu — ¿Te has divertido?
Setsu no se alejó, ni puso mala cara por primera vez. En vista de la buena actitud de ambos en ese momento, a lo mejor empezaban a llevarse bien. Ese podría ser un primer paso para…
— ¡Sí, mucho! — asintió con la cabeza para enfatizarlo — Lo mejor ha sido cuando mamá y papá se han besado.
Se equivocó por completo. Houjo miró al niño sin creérselo hasta que alzó la vista y se encontró con su evidente palidez. Entonces, se irguió furioso con ella.
Continuará…
