IX. ALAS PARA VOLAR

Ekaterimburgo, Rusia, 1918

La Revolución Rusa ha estallado desde febrero de 1917, producto del conflicto existente entre la sociedad y el Estado, y la revuelta de las masas contra el orden establecido, la familia Imperial rusa ha sido recluida y mantenida en arresto para culminar con el exterminio de los Romanov…


Ночь пришла,
Темноту привела.
Вышла маменька,
Закрыла став еньки.
Баю-бай,
Засыпай!
(1)

Ya llegó la noche
Y trajo con ella la oscuridad
Mamá salió,
Cerró los postigos
Arrurú, arrurú
¡Duérmete!

Me entretenía cantando esa vieja nana que no sé bien de dónde había aprendido, quizás se trataba de un recuerdo de cuando era un niño y mamá me arrullaba, no lo puedo recordar… tal vez era eso.

Apenas recuerdo a мама, era muy pequeño cuando ella murió… recuerdo su cabello rubio, como el mío, recuerdo el olor a té de hierbabuena en la cocina… siempre olía a té de hierbabuena, a мама, le gustaba tanto... y el olor a hierbabuena desde entonces siempre me siguió.

Mi padre, Jaritónov Sednev(2), se hizo cargo de mí, nunca me faltó nada, nunca tuve hambre… hambre… el pueblo tenía hambre… la gente moría de hambre en las calles… una gran revolución en toda Rusia había teñido de sangre las manos de su pueblo, del alma rusa: sus obreros… yo no sabía mucho de ello, porque mi vida era muy cómoda, mi vida se desarrollaba en el palacio al lado de mi padre, que era el cocinero real, y yo era su ayudante…

Aprendí tantas cosas a su lado…

Pero lo que realmente tenía que aprender, lo que pasaba afuera… eso no lo aprendí hasta que todo fue demasiado tarde.

Habían entrado al palacio en el invierno, un invierno particularmente crudo, eran los enviados de Aleksandr Kérensky(3), el gobernador… rápidamente Rusia, después de una gran revuelta, había desestimado a los zares, y ahora teníamos un gobierno provisional… que se enfrentaba a los bolcheviques(4)… yo tenía doce años y no entendía nada.

Sólo sabía que estábamos todos atrapados en el palacio, como arrestados(5), papá dijo: "no preguntes y continúa trabajando" y eso hice, trabajar…

Hasta el día en el que llegaron por la familia real…

Nos hicieron subir al tren, a todos, al zar, a la emperatriz, a sus cinco hijos, cuatro chicas y un chico bastante débil de salud, a mi padre, a mí, al lacayo, a la asistente, y al doctor… todos estábamos en el tren, amontonados, apretujados…

Nos llevaban a Ekaterimburgo, pero estuvimos diez días viviendo en los vagones.

Yo cantaba en voz baja, cantaba esa nana en un susurro mientras me apretujaba al cuerpo de mi padre, el me abrazaba, me abarcaba con su brazo fuerte y me sentía tan protegido ahí, aunque no fuésemos más que hojas echadas al viento.

Tenía miedo.

Las princesas se retorcían las manos, verificaban que todo estuviese en su lugar, que todo lo que habían cosido entre sus ropas siguiese ahí: joyas. Toda la familia tenía la preocupación dibujada en el rostro.

Llegamos a una enorme casa, la llamaban la Casa Ipátiev(6), era impresionante, al menos la fachada lo era, calculé unos treinta metros de largo.

Pero no tuve tiempo de apreciar nada…

Ese fue el último día que vi la calle.

Nos hicieron meter a todos a empujones al interior… después nos mantuvieron encerrados, la familia Romanov en dos habitaciones, el resto de nosotros en otras dos habitaciones en el mismo piso.

—¿Por qué nos tienen aquí? —pregunté con inocencia.

—No hagas preguntas y calla.

Esa fue la única respuesta que obtuve. Me enfurruñé, ¡toda mi vida había sido "no hacer preguntas y callar"!

Estaba por protestar cuando entró él… un chico pecoso y espigado, pelirrojo, tendría a lo sumo unos doce años, como yo, pero sus ojos estaban tan fríos… tan helados, no parecía sentir emoción alguna, no parecía siquiera estar vivo.

Nos mandó llamar, a mi padre y a mí, luego nos llevó a la cocina… que era un cuchitril por cierto, estaba ocupada por un sinfín de soldados: tropas de choque bolcheviques.

Ahí nos dedicamos a cocinar lo mejor que pudimos, con lo que había, primero para los soldados, y al final para la familia real, había empezado su calvario…

Más tarde supe que ese chico, el pecoso, era hijo de Alexander Avadeiev(7), su nombre era Kirill Avadeiev.

Si me lo preguntan no sé bien porque empecé a hablar con él.

Mi trabajo, al igual que el de mi padre, comenzaba a las siete de la mañana para el desayuno, después, pasado el mediodía, el almuerzo, y cerca de las seis de la tarde, la cena.

Así que en realidad tenía tiempo de sobra para merodear por la casa.

—No puedes estar aquí —dijo la voz fría de aquel chico.

—¿Por qué no? —inquirí.

—Porque… no —había contestado con cierta duda en la voz, ni él mismo sabía porque no podía estar merodeando—, tampoco puedes estar hablando con "ellos"…

Se refería a la familia cautiva, y no es que yo charlara mucho con ellos, como si fuesen de mi familia, simplemente de vez en cuando contestaba a algunas de sus preguntas.

Había hecho sonar el "ellos" como si fuese una grosería.

—No tiene nada de malo que…

—No puedes hablarles, yo te he visto, pero si alguien más te ve, te harán azotar o hasta fusilar por considerarte un traidor a la Revolución…

—¿Por qué estamos aquí? —pregunté aprovechando que había sacado el tema a colación.

—¿Realmente no lo sabes? —contestó arqueando la ceja y dibujando una especie de sonrisa cruel en los labios.

—No…

—Porque el régimen zarista ha llegado a su fin —zanjó como si todo fuera tan claro.

—¿Y yo que tendría que ver con eso?

—Tu trabajabas en el palacio, ¿no?

—Sí…

—Bueno, pues te han traído como parte de "ellos".

—Yo no soy ningún objeto y mi padre tampoco —refuté molesto.

El pecoso simplemente se encogió de hombros y se fue, creo que él tampoco entendía que era lo que hacíamos ahí encerrados.

Los meses pasaban para todos con lentitud… la vida era monotonía y luego más monotonía. Los soldados vivían para fastidiar a los Romanov, mi padre y yo cocinábamos para sobrevivir, los Romanov vivían para no querer seguir viviendo…

Y yo… había encontrado una distracción a mi encierro, hartazgo y miseria en la extraña amistad que había surgido entre el pecoso y yo.

Creo que él igual que yo… era uno más de los que estaban atrapados ahí sin saber el porqué, simplemente le habían dicho que debía estar ahí, que debía hacer lo correcto, que debía respetar la Revolución, que debía honrar la sangre rusa obrera… y él no había hecho preguntas, simplemente estaba ahí, con todas su dudas igual que yo.

A veces sonreía.

A veces… cuando yo le decía alguna estupidez… cuando fantaseaba con ser un gran cocinero, cuando fantaseaba con ser libre…

—¿Para qué quieres correr si tienes alas para volar? —dijo una vez.

—¿Alas? —pregunté frunciendo el ceño.

—Alas… aquí… —señalo mi pecho— y aquí… —luego señaló mi cabeza.

Tuve que reír, no estaba seguro si entendía bien, pero… me gustaba pensar eso, que tenía alas que nadie podía cortar y que yo podía usar para irme lejos… muy lejos de ahí.

Todo era tristeza en aquellos días, por más que trataba de no sentirme deprimido no lograba mucho, bastaba con ver a la emperatriz que había envejecido muchos más años de los que tenía, lo mismo sucedía con el zar, que de pronto había encanecido totalmente… y las princesas estaban siempre tristes, delgadas y con los ojos hundidos…

Mi padre parecía tan preocupado.

A pesar de los años no puedo olvidar su gesto de terror y de abandono, parecía como si él mismo hubiese aceptado el final antes de que llegara.

Y de pronto todo empezó a pasar muy rápido, era julio, 17 de julio, lo recuerdo bien, había muchos que iban y venían en la Casa Ipátiev, entraban y salían, había alboroto.

Unos decían que al fin seríamos libres… incluso la familia real estaba más animada, porque habían escuchado eso mismo, que serían libres… pero aquella libertad no significaba lo que todos pensábamos.

Incluso yo mismo estaba platicando más que otros días, mi padre sólo asentía, parecía angustiado, no prestaba atención a todos los planes que le estaba contando, a todo lo que haríamos cuando estuviéramos de regreso, me tomó de la mano de pronto en la cocina, tiró tan fuerte de mí que estuve a punto de echarme encima el agua caliente.

—Debajo de la cama hay una tabla floja, tienes que hacer un poco de fuerza para sacarla, ahí encontrarás lo suficiente para irte y para poder vivir bien, ahí también está la llave de la casa y la llave más pequeña es del cofre en donde hay bastantes monedas y algunas joyas… ¿entendiste?, tienes que tomar todo e irte… —me dijo con vehemencia, me estaba asustando.

—Pero…

—¿Entendiste?

—Sí, padre… pero…

Poco después escuchamos a los soldados que subían por las escaleras, iban por los Romanov…

Mi padre y yo salimos cuando los llevaban hacia el sótano… en grupos, iba el médico, la asistente, el lacayo…

Kirill llegó corriendo hasta donde estábamos.

Observó a mi padre y él pareció entender algo en el silencio sepulcral del pelirrojo, algo que yo no entendí, como siempre, mi destino era no entender nada…

—Vámonos —dijo el pelirrojo tomándome de la mano y arrastrándome fuera de ahí.

—No, espera… ¿qué haces? —contesté negándome a ser arrastrado por él.

—¡Vámonos! Hay que salir de aquí.

—¿Por qué? ¿A dónde?

—Nos tenemos que ir cabezota, ¿no entiendes?, se los llevan para fusilarlos… ¡Vámonos!...

Escuché disparos en la lejanía, muchos disparos, y corrí… corrí escaleras arriba, más disparos, esta vez abajo, me olvidé de todo y de todos, entendía que mi padre de alguna manera presentía que todo iba a terminar ese día, por eso tenía que correr.

Kirill iba corriendo tras de mí, maldecía y me pedía que me detuviera, pero yo no lo escuchaba, estaba convencido de que llegaría hasta la habitación para sacar lo que me había dicho mi padre y luego los dos nos iríamos de ahí…

Al atravesar por el largo pasillo de la casa pude ver las habitaciones de la familia, ahora los soldados peleaban por hacerse de las joyas, de la ropa, de todas las pertenencias de valor que habían abandonado sus dueños, y me parecía a mí que se trataba de una especie de rapiña sobre los cadáveres aún frescos…

Me deslicé por debajo de la cama, hasta el fondo, era muy delgado así que entré sin problemas por la ranura hasta que localicé la tabla que me dijo mi padre, la levanté y encontré algunas cosas, dinero, las llaves, guardé todo entre mis bolsillos.

Tan ofuscado estaba en mi empresa de sacar las cosas que no escuché a los soldados que se acercaban y discutían con Kirill… luego escuché risas y un disparo…

Me quedé quieto en el rincón, escondido debajo de la cama… vi al pelirrojo caer a los pies de la cama, vuelto hacia mí, me observaba con sus ojos azules tan fríos… y en ese instante parecían cálidos, parecían vivos… quise gritar pero él se llevó un dedo a los labios para que me quedara callado, no sé cuánto esperé…

Esperé hasta que me entumí encogido, esperé hasta que no escuché ruido, me deslicé por debajo de la cama de nuevo y me acerqué a Kirill, estaba vivo, sangraba pero estaba vivo.

—Hay un pasadizo, nadie lo conoce… —susurró—, al final del pasillo, en la biblioteca…

—No… estoy harto de que todos me digan que hacer, vamos los dos…

—No, no siento las piernas… no puedo moverme… —contestó con la peculiar simpleza con la que solía hablar.

—Pues bien, entonces te llevo arrastrando si hace falta.

—No vas a poder… tienes que salir por donde te estoy diciendo ¡Hazme caso!

No discutí más con él y como pude lo llevé en la espalda, no mentía cuando dijo que no podía moverse, parecía como si sólo la parte superior del cuerpo le respondiera…

—Mi padre…

—Está muerto…

No dije más y continué, fue fácil dar con el pasadizo detrás de algunos libreros, el lugar parecía nunca haber sido pisado, al menos no en muchos años, sentía tal pesar en el corazón… pero seguí… seguí hasta que alcanzamos la calle muy lejos del lugar.

Nadie parecía ver de forma extraña a dos niños, uno cargando al otro en medio de la noche, deambulando por la calle.

Caminé hasta encontrar a un médico, pagué sus servicios con lo que llevaba, que era bastante dinero, pudieron sacar la bala que se había incrustado en la espalda de Kirill… pero él jamás volvería a caminar… nunca.

Cuando despertó recuerdo que lloré, lloré todo lo que no había podido llorar, lloré por mi padre muerto, lloré por mi estupidez, lloré porque gracias a mí, él estaba ahí condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida… lloré por mí… porque tenía miedo… y no sabía qué hacer.

El pecoso simplemente me abrazó, me acunó entre sus brazos delgados, como solía hacer mi padre…

—Lo siento… es mi culpa…

—No pasa nada… ¿recuerdas lo que te dije, que tenemos alas para volar?, ahora mis alas son diferentes…

Todavía despierto por las noches escuchando disparos, todavía veo entre sueños los rostros tristes de todos en la Casa Ipátiev…

Aún despierto llorando como si no hubiese llorado lo suficiente…

Después de doce años parece que no ha sido suficiente para volar lejos…

La mano tibia y blanca se acercó hasta mi pecho para acariciarme, para abrazarme con suavidad, el corazón se me estaba saliendo del pecho otra vez.

—¿Otra pesadilla? —inquirió Kirill observándome somnoliento.

—No…

—Mientes muy mal —comentó sonriendo en la oscuridad de la habitación—, ya no estamos ahí…

—Lo sé, ya no estamos ahí —contesté acurrucándome a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo y oliendo su cabello rojo, ahora lo llevaba largo, me gustaba oler su cabello, me daba la impresión de que olía a hierbabuena.

O tal vez era mi imaginación.

Ночь пришла,
Темноту привела.
Вышла маменька,
Закрыла став еньки.
Баю-бай,
Засыпай!

Ya llegó la noche
Y trajo con ella la oscuridad
Mamá salió,
Cerró los postigos
Arrurú, arrurú
¡Duérmete!

Comencé a cantar en ruso la vieja nana mientras empezaba a quedarme dormido en sus brazos, no tardaría mucho en amanecer… los inviernos en Finlandia eran parecidos a los inviernos en Rusia… al menos no extrañábamos el frío…

(1) Tradicional nana rusa: "Ya llegó la noche".

(2)Jaritónov Sednev - Se trata del cocinero que fue llevado como parte del personal de los Romanov, únicamente figura entre los registros y testimonios recogidos como "Jaritónov", el apellido es completamente ficticio creado por la autora. Fue ejecutado con la familia real.

(3)Aleksandr Kérensky - Lider revolucionario ruso, partícipe del derrocamiento del régimen zarista. Durante la Revolución Rusa es colocado como Primer Ministro del Gobierno Provisional.

(4)bolcheviques - Grupo político radical ruso dirigido por Vladímir Ilich Uliánov, conocido como Vladímir Lenin. Durante la Revolución Rusa, fueron los principales opositores del gobierno provisional. El término bolchevique pasó al desuso a partir de que se proclaman como Partido Comunista de la Unión Soviética.

(5)Los Romanov son sometidos a lo que hoy llamaríamos arraigo domiciliario mientras Rusia se encuentra envuelta en un sinnúmero de revueltas sociales que derrocan al régimen zarista. Su situación política es incierta. Los bolcheviques desconocen y someten al último zar: Nicolás II y a su familia.

(6)Casa Ipátiev - Originalmente se trataba de la residencia de un acaudalado comerciante: Nikaláiv Ipátiev, en Ekaterimburgo, Rusia. Dicha casa es designada para mantener en cautiverio a los Romanov. De acuerdo a testimonios, se creía que los Romanov serían exiliados después de un tiempo, sin embargo esto es incierto. Las especulaciones se acabaron cuando los bolcheviques decidieron eliminar por completo a la familia real. La casa también era conocida como la casa del "destino especial", por su funesto fin.

(7)Alexander Avadeiev - Guardia del grupo de choque bolchevique que se encargaba de custodiar a los Romanov, quién se encargaría de todo tipo de abusos y torturas en contra de la familia real.