Disclaimer: Ya me canso de decir que todos los personajes y escenarios conocidos son de Joanne. Y no, no me pagan por escribir esto.
No habrá un siempre para los dos, al final de este invierno.
Deshielo, Lori Meyers
Capítulo 8.
─ ¿Te vas? ¿Cómo que te vas? Sé que hemos discutido, pero…
─ No, no es por ti ─ le interrumpió la morena a mitad de frase ─. Me voy a Rumanía.
─ ¿A Rumanía? ─ Val estaba realmente sorprendida, su cara parecía un cuadro de emociones contradictorias.
─ Sí. He estado pensando en lo que me has dicho, eso de que Erich es sólo un chico. Y creo, bueno, sé que es algo más ─ Elsa parecía tan feliz… Era un contraste muy grande con su estado de ánimo en los días anteriores.
─ ¿Algo más en plan… amor?
─ No sé si el amor es esto, Val, pero nunca me había sentido así ─ la sonrisa de la chica inundaba la habitación, y el brillo de sus ojos lo hacía resplandecer todo con una nueva luz.
Valeria sonrió.
─ Entonces es amor. ¡Fregogoteo! ¡Reparo! ─ añadió, apuntando con su varita a lo que quedaba del risotto en el suelo.
Como respuesta, su amiga abrió por completo la puerta de su habitación, dejando a ver una maleta a medio hacer encima de la cama. Elsa vagaba de un lado a otro de la estancia dando saltitos, apuntando con su varita a un montón de objetos que se metían perfectamente ordenados en su maleta. Val pocas veces la había visto tan ilusionada.
─ Por cierto, ─ añadió poco después, todavía dando saltos ─ siento lo que te dije. No creo que seas una frígida, ni que tu relación con Charlie haya sido patética.
Val, que todavía no había dejado de sonreír, sintió un inmenso alivio al escuchar las palabras de Elsa. Al final parecía ser que había cumplido su objetivo, aunque de una forma un tanto diferente a lo que esperaba.
─ Yo también lo siento, Elsa. Ya sabes que no pienso que sea malo acostarse con chicos.
─ ¡Genial! ─ exclamó la morena con alegría ─ Lo último que quería era irme estando peleada contigo. Val… ─ la llamó. Por primera vez desde que había empezado la conversación, Elsa estaba quieta y la mirada fijamente ─ Eres mi mejor amiga y te quiero mucho, ya lo sabes. Nada de eso va a cambiar porque yo esté en Rumanía…
─ ¡Vaya! Creo que esto ya lo he vivido antes… ─ le respondió, intentando bromear con el asunto de su relación con Charlie.
─ Idiota… ─ le dijo Elsa, mientras se acercaba y la envolvía en un cálido abrazo.
─ Yo también te quiero, Elsa. Y te voy a echar mucho de menos ─ las dos jóvenes permanecieron unos segundos más en esa posición, sin embargo, Elsa no pudo aguantar mucho. Tenía demasiada energía en el cuerpo, producto, sin duda, de la alegría ─. Por cierto, ¿Qué vas a hacer con el trabajo?
─ Lo he dejado. Antes de que entraras le he enviado una carta a Moody y ¡He dimitido! ─ exclamó entre carcajadas.
─ ¡Estás loca de remate! ¿Lo has pensado bien? ¿Y si cuando llegues allí…
─ ¡Me da igual! ─ le cortó ─ Me apetecía hacer una locura.
Val negó con la cabeza, mientras sonreía. A veces Elsa era tan impulsiva como una niña pequeña. Sólo esperaba que no tuviera que lamentarlo luego. Se despidió de su amiga, que seguía atareada con la maleta, dispuesta a meterse un buen plato de risotto entre pecho y espalda. El hambre había acompañado a las buenas noticias. Parecía que, a pesar de cómo había empezado, el día iba a acabar de maravilla. Había arreglado las cosas con Bill, había arreglado las cosas con Elsa, y esta le había contagiado toda su alegría. Ya sólo quedaba una cosa mala, allá en el fondo de su mente, pero, si no pensaba mucho en ello, podía llegar a sentirse incluso feliz. En ese momento, una idea invadió su mente y la hizo volver casi corriendo al cuarto de Elsa.
─ Oye, Elsa ¿Qué te parecería si te acompañase a Rumanía?
─ ¿Chicos? ¿Qué os pasa? Estáis muy raros desde que volvisteis de vacaciones…
Paulette Joubert no entendía por qué sus amigos estaban tan taciturnos desde su regreso. Habían llegado cuatro nuevos dragones ¡Cuatro! Y todos tenían mucho que hacer. Normalmente, Erich habría empezado a moverse sin parar y habría intentado acaparar todo el trabajo. Charlie, por su parte, habría seguido siendo el más tranquilo, pero tendría ese brillo en los ojos que siempre aparecía cuando algo le hacía ilusión. A lo largo de los años, Paulette había podido comprobar con creces la grandísima expresividad de los ojos del pelirrojo. Pero…
Erich no estaba hiperactivo y Charlie tenía los ojos apagados, opacos.
Era muy extraño. Y más extraño aun cuando Sophie se pasaba el día colgada del brazo del inglés. Vale que eran novios, pero nunca habían sido tan… pegajosos. No es que a ella le molestara, que va, pero los creía demasiado independientes como para tener ese tipo de relación.
─ Pasa que la vida es un asco, Paulette ─ le respondió el alemán. Los cuatro estaban de pie, esperando a que les asignaran una tarea. La cara de Paulette en ese momento fue de pura sorpresa ¿Erich siendo pesimista? ¿En qué mundo se había visto eso?
─ Lo que les pasa ─ intervino Sophie ─ es que las inglesas son un poco arpías.
La pobre Paulette cada vez entendía menos de lo que sus amigos le decían ¿No se suponía que habían ido a Londres a colaborar con la Orden? De Erich esperaba que conociera a alguna chica, pero ¿Charlie? Se negaba a creer que le había sido infiel a Sophie. Charlie no era así.
─ Lo siento, pero… No os entiendo.
Erich suspiró antes de hablar. Era raro verlo tan decaído.
─ Elsa, eso pasa. Bueno, y que el hermano de Charlie se ha tirado a su ex.
Por fin Paulette empezaba a comprender, al menos la parte de Erich. Lo que todavía no comprendía era por qué Charlie había apretado los puños con fuerza y crispado sus facciones. Además, Sophie enseguida le había rodeado con los brazos, intentando ¿Consolarle?
─ ¿Qué tiene de malo que el hermano de Charlie se tire a sus ex novias? ─ preguntó Paulette, ingenuamente.
─ A las suyas no, Paulette. A la de Charlie.
Y fue entonces cuando, por fin, lo comprendió todo. Valeria. Debí imaginarlo. Pocas cosas alteraban tanto a Charlie como esa chica. El joven no hablaba demasiado de ella, por no decir que nunca hablaba de ella, pero, durante su primer año en la reserva, concretamente, durante su primera borrachera, le había confesado a Paulette que creía que era el amor de su vida.
Aquella noche, todos los novatos celebraban que llevaban un mes allí. El salón de actos, un edificio de madera, de techo bajo pero inusualmente ancho, se había transformado en una especie de sala con música alta, luces de colores y alcohol, mucho alcohol. Alina, su compañera de habitación, y a la que más conocía, estaba bailando en el centro, probablemente borracha. A ella no le gustaba bailar, ni le gustaba el alcohol. Sólo había aceptado ir a esa fiesta porque no quería parecer antisocial, pero después de un rato empezaba a agobiarse bastante. Unos minutos después, a vista de que su amiga no iba a dejar de bailar, decidió que le sentaría bien un poco de aire fresco, así que cogió su chaqueta y salió de la sala. No esperaba encontrar a nadie fuera, por eso le sorprendió ver a ese chico pelirrojo que parecía tan majo. Sabía que era nuevo, como ella, lo que no sabía era por qué no estaba dentro con todos los demás.
─ Hola ─ saludó, acercándose, dispuesta a averiguarlo.
─ Hola ─ respondió él, mirando al cielo. Lo cierto era que esa noche las estrellas se veían excepcionalmente bien.
─ ¿Por qué no estás dentro con todos los demás? ─ le preguntó, curiosa por su actitud.
─ Creo que voy borracho, y esas luces me marean. ¿Y tú?
─ No me gusta demasiado bailar.
─ Ya somos dos, pues. Me llamo Charlie, Charlie Weasley.
─ Encantada Charlie Weasley, yo soy Paulette Joubert.
─ Llámame Charlie, por favor ─ le dijo mientras extendía la mano y componía una de esas sonrisas made in Charlie ─. Oye, Paulette ¿Te apetece que busquemos un sitio mejor para ver las estrellas?
─ ¡Vale! ─ des de el primer momento, Charlie le cayó muy bien. Era fácil hablar con él, era gentil y muy caballeroso, y sabía conducir una conversación hasta el humor casi sin que los demás se dieran cuenta. No tardaron demasiado en encontrar un prado de césped donde tumbarse, uno al lado del otro, cara a las estrellas. Durante el día dejaban a los dragones un poco más libres por allí; por la noche, sin embargo, era el lugar idóneo para encontrar tranquilidad. Poco a poco, la conversación entre los dos jóvenes fue decayendo, hasta acabar en el más completo silencio. Se escuchaba de fondo la música de la fiesta, los grillos cantando, el viento. Paulette sentía tanta paz que, de no ser porque Charlie volvió a hablar, se habría quedado dormida.
─ Paulette.
─ ¿Sí?
─ ¿No lo echas de menos? A los que has dejado en Francia, digo.
─ ¿Y tú como sabes que soy francesa? ─ ante esta pregunta, Charlie giró la cabeza. Tenía las cejas levantadas y la miraba como si le estuviera tomando el pelo. Esta expresión le pareció muy cómica a la francesa, que no pudo evitar romper a carcajadas. Poco después, consumida la risa, el silencio se volvió a instaurar entre los dos ─ Sí. Los echo mucho de menos ─ un sentimiento de nostalgia se apoderó de su pecho al pensar en su familia y en sus amigos ─. Pero estoy aquí para cumplir mi sueño, así que merece la pena.
─ ¿Nunca piensas en cómo habría sido tu vida si te hubieras quedado?
─ La verdad es que no, intento no pensarlo. No tiene sentido pensar en algo que no se puede cambiar.
─ Entonces soy idiota ─ le contestó él con vehemencia.
─ No creo que seas idiota, Charlie. Es normal echarles de menos…
─ Tengo tantas ganas de verla… ─ la interrumpió el chico, que no parecía prestar atención a lo que ella le decía. Ahí fue donde Paulette descubrió que todo ese asunto era sobre una chica. Sabía que ella no era precisamente suspicaz, pero era tan obvio que se atrevió a preguntar.
─ ¿Verla?
─ Sí ─ Afirmó, sin más. Estaba empezando a arrepentirse de haber preguntado cuando el chico continuó hablando ─. Se llama Valeria, la conocí cuando teníamos once años porque unos imbéciles la tiraron a un lago. Ha sido mi mejor amiga desde entonces, y luego… Bueno, en realidad la he querido desde siempre. Es maravillosa, de verdad, tienes que conocerla. Es tan buena… Es la mejor persona que conozco. Y además es preciosa, es tan bonita que no puedo mirar a ningún otro sitio si está. Tienes que conocerla, en serio – los ojos de Charlie se iluminaron. Sonreía.
─ Parece una chica estupenda… ─ suspiró con frustración, lo cierto era que sentía un poco de envidia. Ella siempre había sido una fanática de las novelas románticas, pero nunca había logrado experimentar ese sentimiento. Pero Charlie… parecía tan enamorado.
─ Lo es. Es la mejor.
─ ¿Y ella lo sabe? ¿Sabe lo que sientes por ella? –le preguntó curiosa.
─ Espero que sí, estuvimos juntos… Casi dos años. Sé que sólo éramos…. Bueno, somos críos, pero te juro era real, que es real. Nunca me había sentido como sentía cuando estábamos juntos…
─ ¿Por qué rompisteis? ─ no tenía sentido, parecía que todo les iba bien, era extraño que se hubiera acabado. A no ser que…
─ Me dieron la beca. Venir aquí era lo que siempre había deseado…
─ Vaya. ¿Se lo tomó bien?
Charlie dudó un momento antes de responder.
─ Sí, creo. Es decir, ella me felicitó y sé que en parte se alegraba por mí, pero… Bueno, una ruptura es una ruptura y… Creo que no lo pasó muy bien, aunque intentara escondérmelo. Me siento mal por hacerle daño ¿Sabes?
─ Lo entiendo, pero una oportunidad así no se puede dejar pasar, Charlie.
─ Lo sé, y ella también lo sabe ─ el pelirrojo hizo una pausa antes de continuar ─. Se supone que dejas a alguien porque ya no le amas, no porque estás… profundamente enamorado.
─ Lo siento… ─ Charlie hizo un gesto con la mano, indicándole que no importaba.
─ Siento todo este discurso, necesitaba alguien con quien hablar y el alcohol me ha soltado la lengua demasiado.
─ No te disculpes, puedes hablar lo que quieras ¿Por qué no me cuentas más cosas de ella?
─ De verdad… ¿No te importa? ─ Charlie le miraba con la duda impresa en su semblante. Ya desde ese momento, Paulette empezó a tomarle cariño. Parecía tan vulnerable, tan humano… Esa tal Valeria debería considerarse afortunada, no todos los chicos hablan tan abiertamente de sus sentimientos. Aunque quizá fuese el alcohol, o la falsa sensación de confianza que nos ofrecen los desconocidos.
─ No, por supuesto que no ─ le respondió con una sonrisa. Charlie se la devolvió, retomó su observación de la cúpula celeste y, poco después, continuó hablando.
─ Creo que es el amor de mi vida. Y es una locura porque sólo tengo diecisiete, pero es que sé que no voy a sentir por nadie lo que he sentido, lo que siento por ella.
─ Eso es precioso, Charlie…
Vaya, era cierto que habían pasado años desde esa conversación, pero Paulette no podía concebir que Charlie estuviera enfadado con su Valeria. Ellos dos eran la viva representación de los cuentos y, aunque Charlie se negara a reconocerlo, Paulette tenía la esperanza de que acabarían juntos. Después de todo lo que le había contado el pelirrojo, estaba segura de que estaban hechos el uno para el otro. Pero… la verdad es que era sorprendente que Valeria y el hermano de Charlie… En realidad, pensó, no la conoces, podría ser muy diferente de como la imaginas. Y eso lo explicaría todo, por qué Charlie estaba tan desanimado, por qué Sophie estaba tan encima de él… En fin. Ella sólo esperaba que todo eso se arreglara pronto, no estaba segura de poder soportar a dos de sus amigos con ese ánimo por mucho tiempo.
Unos cuantos días después, el ánimo de Charlie no había mejorado lo más mínimo. Sophie se cuidaba de hacer que no le faltara de nada, estaba todo el día encima de él, hasta un punto que era casi agobiante. Le gustaba la Sophie independiente, no esa Sophie que le acompañaba hasta al baño. Y, de todas formas, nada de lo que ella pudiera hacer iba a hacerle sentirse mejor. Se sentía traicionado, engañado, dolido, y no creía que eso fuese a cambiar. Sincerándose consigo mismo, sabía que, con el tiempo, empezaría a sentirse mejor, pero lo último que le apetecía era que le agobiaran para ello. Eso sólo empeoraría las cosas.
─ Charlie, amor ─ era Sophie, otra vez ─. Me han dicho que esta tarde llegan dos visitantes y tengo que ir a recibirlos. No te importa quedarte solo ¿No?
Era el día libre de Charlie, y la verdad era que lo que más le apetecía era quedarse solo. Ojalá esos visitantes ocuparan a Sophie toda la tarde y, a poder ser, la noche. Necesitaba tiempo para sí mismo, para pensar y, posiblemente, desahogarse pegando a un cojín.
─ Tranquila, no te preocupes ─ le dijo, intentando poner una sonrisa que resultara convincente. Por lo visto, funcionó, porque Sophie le dejó solo en su cabaña, argumentando que tenía que darse una ducha antes de que llegaran.
Unas horas después, ni siquiera sabía cómo, Paulette les había convencido a Erich y a él para ir a tomar unas cervezas al comedor de la reserva. Era un edificio de madera, de solo un piso, como todos allí. Con aspecto de cabaña pero algo más grade. En el interior, las mesas también eran de madera, y los bancos para sentarse estaban hechos del mismo material. La comida levitaba desde la cocina, haciendo que tuvieran que andar con cuidado para no chocar, especialmente los más altos.
─ ¡Vamos, chicos, animad esas caras! ─ normalmente, a Charlie le gustaba pasar tiempo con Paulette, la de la sonrisa perenne y alegría casi infantil, que acababa resultando contagiosa. Pero ese día no estaba para fiestas. Sentado a su lado, miró a Erich, que esbozó una débil sonrisa con tal de contentar a la francesa.
De repente, Paulette cambió la cara de un extremo a otro: donde antes había una expresión de alegría, ahora había sorpresa mezclada con algo de tristeza. Había dejado de mirarlos para mirar algo detrás de ellos. Antes de girarse, Charlie no tenía ni la más remota idea de lo que le esperaba. Quizá si lo hubiera sabido, nunca se habría girado.
Valeria.
El comedor estaba lleno de gente, pero él sólo podía verla a ella. Le miraba, sonreía de lado, componiendo esa expresión que sólo ella utilizaba para pedir disculpas. El corazón le dio un bote y, acto seguido, empezó a notar un pinchazo muy intenso en el pecho. Apenas le costó unos segundos asumir que ella estaba allí. En cuanto lo hizo, se levantó todo lo rápido que pudo y salió casi corriendo por la puerta.
¿Por qué estaba allí? ¿Qué hacía ella allí? No quería verla, ni hablar con ella. Lo que necesitaba ahora era aislarse. Necesitaba tiempo, paz, no a una Val rondando por allí y confundiéndole aún más. No tenía derecho a aparecer así de repente, y menos después de lo que había hecho.
Casi sin darse cuenta estaba frente a un cerco, en el interior del cual uno de sus compañeros maniobraba con un Galés Verde. Se apoyó en la valla, puso sus manos sobre la cara y ahogó un grito ¿Por qué?
Poco después, escuchó unos pasos a su espalda. Ni siquiera se giró, había pasado el suficiente tiempo con ella como para reconocer el sonido de sus pasos al andar. Ese simple hecho, hacía que el pecho le doliera un poco más.
─ ¿Qué haces aquí? ─ le espetó con brusquedad.
─ Yo… Lo siento ─ a su lado, Charlie notó como Valeria se encogía ─. Tenía que decírtelo, no podía dejar que te marcharas de mi vida así como así…
─ No quería irme, lo sabes ─ dijo suspirando. No quería sus disculpas ─. Pero no puedo olvidar lo que has hecho ¿Lo entiendes? No puedo dejarlo pasar sin más…
─ Lo sé, y lo entiendo ─ el tono de la chica estaba tan lleno de dolor que a Charlie le costaba horrores no abrazarla ─ La he cagado, me he equivocado, pero ya no lo puedo cambiar… Lo siento.
─ Sé que no lo puedes cambiar, Valeria, pero… Entiéndeme ¿Cómo voy a estar seguro ahora de que las cosas que me dices son verdad? ─ decirlo en voz alta dolía más que pensarlo.
─ No puedes ─ susurró Val, luchando por contener las lágrimas.
─ Exacto, no puedo. Supongo que sabes que esto me gusta tan poco como a ti, pero… ─ ojalá nunca hubiera pasado, ojalá no me hubieras mentido, te quiero.
─ Ya… Lo sé, lo siento ─ las lágrimas habían empezado a caer del rostro de la chica y, aunque sabía que él no tenía la culpa, Charlie se sentía terriblemente mal ─ He tenido la culpa no… No tienes que darme explicaciones.
─ Quería dártelas. A pesar de cómo ha acabado todo, eras alguien muy importante en mi vida.
─ Te quiero Charlie, te quiero como nunca he querido a nadie ─ esas palabras, pronunciadas sin pensar, acabaron de romperle por completo. Quería creérselo, lo deseaba más que nada. Perdonarla, olvidarlo, que todo volviera a ser como antes…
─ Y yo, Valeria ─ acabó por contestar ─ Pero no puedo… Todavía no. Lo siento.
